jueves, diciembre 11, 2008

LOS NUEVOS MEDIADORES

Los nuevos mediadores


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En la Cuba postembargo, el gringo liberal contará con la colaboración de un gobierno entrenado en la censura.
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Por Néstor Díaz de Villegas
Hollywood | 11/12/2008


El empanelado de los despachos castristas es el triste recordatorio de una deforestación moral. Los rebeldes ocuparon las casas de la oligarquía, los palacios y ministerios republicanos, pero el gusto pequeñoburgués terminó encarcelándolos a ellos. Ahora la caoba y el jiquí vuelven a servir de fondo a las clásicas fotos de ganaderos y senadores norteamericanos.

Pareciera que los Comandantes, exquisitamente sahumados en sus humificadores, habitaran una caja de puros, listos para ser degustados por el conocedor de paso. Por allí aparece Sean Penn en misión secreta, y también el embajador Oliver Stone, cargando una camarita. ¿Y cómo olvidar dónde pasó Steven Spielberg sus gloriosas ocho horas? El maderamen raulista es como una caja de muerto que fuera caja de resonancia. ¡La agobiante circunstancia de la madera barnizada por todas partes!

Desde los tiempos de Sumner Welles, la función mediadora de los gringos no se ha modificado tanto. Y aunque es cierto que todavía meten las narices en nuestros asuntos, no hay que olvidar que con el advenimiento del castrismo dejaron de existir las dos facciones que pugnaban por el favor del intruso. El cisma de 1933 quedó zanjado en 1959. Una facción ganó, y recaba toda la atención de nuestros vecinos. Ni el ABC ni Mañach, sino un übermachadato que usurpa, al mismo tiempo, la porra y la ortodoxia, el ropaje de la resistencia y el lenguaje de la revolución.

'Sweatshop' de la inteligencia

El castrismo es una especie de "régimen más favorecido", y los gringos modernos amenazan con poner a su servicio todo el poder de la nueva propaganda. Esa sería, sin dudas, una de las consecuencias trágicas del levantamiento del embargo. El Ministerio de la Verdad, dominado por la plutocracia hollywoodense, ya no tendría controles ni balances en lo tocante a Cuba. Sin necesidad de guardar las apariencias, ni de fingir recato, el gringo podría entregarse sin fastidio a sus creencias.

(El actor puertorriqueño Benicio del Toro, en una conferencia de prensa en La Habana, el 7 de diciembre de 2008. (AP) )

En otras palabras: Cuba sería un sweatshop de la inteligencia. En la Cuba postembargo, el gringo liberal contará con la colaboración de un gobierno entrenado en la censura. Todo intelectual socialista, de Clifford Odets a Wright Mills, buscó en nuestra isla bienaventurada una coartada ideológica y un ambiente policial que fuera propicio a su obra. No nos hagamos ilusiones: el gringo no quiere que cambie nada en Cuba. A Sean Penn o a Michael Moore les interesa transformar la política cubana en la Paramount, no en La Habana.

Adviértase el gran ciclo propagandístico que va de Comandante y Sicko hasta las más recientes, El guerrillero y El argentino, para entender que vivimos un proceso retro-macartista. El cineasta de hoy no sólo es "agente de una potencia enemiga", sino el promotor oficial de la más vieja dictadura latinoamericana, un hecho sin parangón aun en los tiempos de Elia Kazan.

A propósito de comparaciones: mientras que en la última década Hollywood introducía un modelo de farsa pedagógica donde el conservador, o "neo-con", es visto como enemigo de la humanidad —incluso, como enemigo de la Naturaleza—, las figuras del Che y de Castro eran exaltadas, mediante el mismo dispositivo, al panteón de la democracia ecologista. Ahora los Castro han vuelto a ser "verdes" como las palmas.

La canonización del Che y de Castro por la claque hollywoodense carecería de importancia, si no fuese por este detalle: se trata, obviamente, de un muerto y de un viejo convaleciente, a quienes los magos de DreamWorks han logrado pasar por ídolos juveniles. ¿Ha cambiado mucho la propaganda yanqui desde los tiempos de Herbert Matthews y su nefasto Robin Hood?

La resistencia feroz al cambio en La Habana es la actitud prevaleciente entre aquellos que posibilitaron, el 4 de noviembre, el más espectacular traspaso de poderes en la sociedad norteamericana. Sin embargo, las afirmaciones de juventud y modernidad de los nuevos cubanos son relegadas o renegociadas por un castrismo mancomunado con los yanquis: Yoani Sánchez, el doctor Oscar Elías Biscet, Manuel Cuesta Morúa o Gorki Águila, pierden su intrepidez, o su negritud, o su espiritualidad —en una palabra: su valor mediático— a manos de los nuevos mediadores.

Mientras tanto, el Exilio…

Mientras tanto, el Exilio vuelve a dar muestras de admirable cordura política. A pesar de haber sido objeto de uno de los peores ataques de wishful thinking en la historia de las guerras culturales, y a pesar de haber sido blanco de una soberbia campaña —acento en soberbia— de desinformación (ver, por ejemplo: David Rieff, ¿Se volverá azul la Pequeña Habana?, Letras Libres, octubre 2008), el Exilio demostró, con su voto, que los liberales jamás lograrían transmutarlos en una caterva de tontos útiles.

Después de todo, se trata del exilio más suspicaz y mejor entrenado del continente; nada menos que los sobrevivientes del batistato y de la revolución socialista; los padres de la sedición y la guerrilla; unos comecandela acostumbrados al peligro; los que inventaron la lucha urbana y el sabotaje; y que a pesar de las canas, y de las manchas en unas manos temblequeantes que agitan banderitas a ambos lados del Estrecho de la Florida, siguen empecinados en esa patraña que ellos llaman "Historia", soldaditos de plomo de la misma gesta patriótica.

La Pequeña Habana no puede volverse azul por la sencilla razón de que fue ella quien inventó el azul —si es que con ese color se pretende indicar el matiz del liberalismo burgués. El Exilio histórico de Miami está integrado por las clases sociales que forzaron el cambio en Cuba hace 50 años. En 1958 dijeron "¡Sí se puede!", y cinco décadas más tarde todavía sufren las consecuencias del poder del "Sí". Mucho antes que los gringos, nuestros rebeldes aspiraron a una reforma urbana, y a una reforma agraria, y a una reforma de la salud pública, y a una redistribución de la riqueza. La Pequeña Habana está de vuelta de todos los cambios habidos y por haber.

Por eso no pudieron engañar a los cubanos —¡oh, ese pueblecillo astuto y excepcional!— ni con el incorregible Raúl Martínez; ni con una bonita aspirante salida de abajo de una piedra; ni con el absurdo Joe García. El exilio mandó a todos los cubanólogos, a los Huffington y los Rieff, y a los Tim Padget, los David Brooks y los López Levy, de vuelta a la mesa de dibujo, a ver si eran capaces de crear un Frankenstein aceptable.

La señora Silvia Wilhem imaginó que sería fácil humillar al Exilio histórico, y confió en que podría venderle su puente hacia la Nada y colocar a un maleante en el escaño del congresista. Pero, ¿no venía la señora Wilhem a bailar a casa del trompo? ¿Se había enterado de que los veteranos de la Pequeña Habana eran expertos en destrozar repúblicas, en pasar demagogos por reformistas, y que sus esfuerzos habían sido coronados con el triunfo el primero de enero del 59?

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