martes, diciembre 14, 2010

DESDE CUBA: CUANDO A VARADERO LLEGUÉ

CUANDO A VARADERO LLEGUÉ





Por Luis Cino
Periodista independiente.
9/12/2010
luicino2004@yahoo.com

Arroyo Naranjo, La Habana, 9 de diciembre de 2010 (PD) Aunque las tres únicas veces que he estado en Varadero, las experiencias no fueron particularmente agradables, esa playa, que hoy para la mayoría de los cubanos es casi tan inaccesible como Waikiki, ocupa un lugar especial en mi nostalgia.

La primera vez que estuve en Varadero fue en noviembre de 1970, durante el Festival de Varadero. Tenía 14 años. Fui con otros dos amigos, más o menos de mi edad, tras los grupos pop españoles Los Bravos (sin Mike Kennedy), Los Ángeles y Los Mustangs, que no eran santos de nuestra devoción precisamente -por entonces, aun sin resignarnos a la separación de The Beatles, nos volvían locos Creedence Clearwater Revival y Santana-, pero en la Cuba inmaculada ideológicamente de la época no se podía aspirar a más. La actuación de aquellos grupos españoles, con todo lo endiabladamente mal que sonaban (peor que Kool and the Gang en el Protestódromo, más de 39 años después) queríamos que fuera nuestra particular versión de Woodstock y no nos la podíamos perder.

Pero la policía nos aguó también aquella fiesta. Terminamos en una unidad policial que apestaba a mierda y donde desde un cartel en la pared nos miraba ceñudo el Comandante en Jefe. No sé si su cara de bravura era por nuestro diversionismo ideológico o porque la zafra de los 10 millones no fue y tuvo que dedicarse a convertir el revés en victoria. Al meternos en el calabozo, casi nos hicieron un favor, porque afuera hacía un frío digno de Kamchatka. Lo malo fue cuando los policías empezaron a hablar de pelarnos y escuchamos a uno decir: “Estos van completo Camaguey”. Por suerte no pasaron de las amenazas. Nos soltaron en la terminal de Cárdenas con la advertencia: “Piérdanse pal carajo ahora mismo, chamas.”

Mi segunda visita fue en el verano de 1979. Fui con mi mujer. Llegamos de sopetón, con un poco de ropa en la mochila, “de guerrilla”, como se decía. Por entonces, Varadero aun no era sólo para turistas extranjeros (¡oh, happy days!). Así y todo, tuvimos que pasar la noche entre el Parque de las Mil Taquillas y las arenas de la playa. Cuando del parque nos echó la policía, nos fuimos a la playa. Bebimos aguardiente Coronilla, hicimos el amor entre las casuarinas y luego hablamos de monstruos marinos hasta que nos quedamos dormidos en la arena. Nos despertaron los guardafronteras, con perros y bayonetas, que nos dijeron que no se podía estar de noche en la costa. Regresamos entonces al parque, ya sin policías. Cuando comenzaba a clarear, volvimos a la playa y en cuanto salió el sol, nos metimos en el mar.

Sólo pudimos conseguir alojamiento, muy barato por cierto, en un hotel de madera, que se llamaba Miramar. De tan viejo y destartalado, supongo ya no exista. La pasamos de maravilla. Pasábamos el día en la playa y por las noches nos íbamos a bailar al compás de los Bee Gees al dancing ligth de La Patana. El único inconveniente era la pareja de la habitación vecina. Cuando hacían el amor, chillaban como si los mataran. Sus gritos atravesaban las paredes de tabla, como invitándonos a emular. O a intercambiar la pareja, porque con tanta gritería, era como si estuviéramos, juntos y revueltos, en la misma cama. Cuando los encontramos una mañana en la puerta, los atletas sexuales resultaron ser una gordita teñida con peróxido, con aspecto de aburrida y un flaco con mostacho, espejuelos de aumento y cara de oficinista de la JUCEPLAN.

La tercera y última vez que estuve en Varadero fue en 1985, en una excursión de ida y vuelta para trabajadores destacados que se ganó mi esposa. Fuimos con el mayor de nuestros hijos, que no había cumplido los dos años. Todo fue bien, hasta que se nos acabó el agua de beber y en la búsqueda de una llave donde llenar las botellas de agua, perdimos el zapato izquierdo del niño. Fue una verdadera tragedia porque el par de zapatos chinos Gold Cup nos había costado una fortuna en la tienda Yumurí. Y créanme que en aquellos años 80 que algunos añoran -no sé bien por qué- tampoco sobraba el dinero.

Desde entonces, no he vuelto más a Varadero. Supongo que después que quedó reservado sólo para turistas y privilegiados de la elite, me hubieran expulsado de mucho peor modo que en 1970. Ni siquiera me hubieran dejado llegar. En la lógica policial, un disidente debe molestar más que un adolescente disfrazado de hippie. De cualquier modo, Varadero, aunque allí no haya conocido la paz (otro motivo para envidiar al Benny), sigue asociada en mi mente, de cierto modo, a la felicidad.

Por eso, me preocupan los planes de demoler el Hotel Internacional, las Cabañas del Sol y varias manzanas del centro urbano de Varadero. Por suerte, son muchos los que están preocupados por este disparate, y no me refiero sólo a los trabajadores del turismo que quedarán desempleados.

El capítulo cubano del Comité Internacional de Monumentos (ICOMOS) pregunta en una carta abierta “hasta dónde llegará la transformación de la Playa Azul y su creciente pérdida de identidad, convirtiéndola en un resort globalizado y ajeno a la cultura cubana”.

Estoy totalmente de acuerdo, pero me temo que a los mandamases, siempre ávidos de divisas para sus bolsillos, no les preocupe demasiado la carta de ICOMOS-CUBA y mucho menos lo que diga un nostálgico periodista independiente que alguna vez creyó estar cerca del cielo en Varadero.
luicino2004@yahoo.com

1 Comments:

At 4:01 a. m., Anonymous Anónimo said...

Lastima q nadie haya comentado su blog. En 1970 cualquiera podia ir a varadero y despues tambien, pero en esa epoca el internacional valia 20 pesos la noche en pesos y la comida era muy barata. Los grupos espanoles encantaban en Cuba y desde 1969 o 1968 ya los beatles se radiaban sin problemas de hecho estuvieron prohibidos al principio de los 60. Realmente los recuerdos son muy personales pero de ahi a generalizarlos va mucho trecho quizas sea mejor dar una opinion y ya.

 

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