viernes, junio 02, 2006

VOLTAIRE Y PICASSO CONTRA CASTRO

VOLTAIRE Y PICASSO CONTRA CASTRO




Por Iria González-Rodiles Colaboración Suiza
La Nueva CubaJunio 2, 2006


“¿Esto es a favor o en contra de Castro?”, preguntó un ciudadano suizo, tras irrumpir con peculiar energía en el stand donde nos hallamos.
“!No es a favor!”, contestamos algunos casi al unísono y otros a destiempo, cual armonioso eco en cadena.
Y, aunque tan equilibrada respuesta parezca más próxima al temperamento helvético que al cubano, sólo cumplimenta cierto patrón de conducta exigido para quienes se inserten o pretendan insertarse en la sociedad Suiza, apacible e imparcial, por naturaleza y tradición.
Allí, en la Place du Molard de Ginebra, convocamos la recogida de firmas que respalden a Las Damas de Blanco, propuestas para el Premio Nobel de la Paz por la Asociación Cultural de la Comunidad Cubana en Suiza.
El ciudadano suizo de la tajante pregunta, firma de inmediato, resuelto, una vez aclarada su duda.
El 20 de Mayo, fecha en que celebramos la Constitución de la República de Cuba, sirve como punto de partida para continuar acopiando firmas en otros cantones –como Lausanne y Neuchatel— a favor de esas mujeres cubanas que han sido víctimas de atropellos por parte de grupos organizados con la anuencia e instigación gubernamental.
Por medio de grandes pancartas con fotos y textos, situadas en cada esquina del stand, los transeúntes reciben las primicias sobre quiénes son Las Damas de Blanco: madres, esposas, hermanas, hijas, vestidas con el color de la paz, que reclaman, en marcha silenciosa y pacífica, la libertad de sus familiares, condenados a monumentales años de cautiverio por tan sólo ejercer el derecho a expresar libremente sus discrepancias con el gobierno totalitario cubano.
Luego, dentro del stand y en sus alrededores, se produce el diálogo, la comunicación têtê-a-têtê, que nos deja incontables rúbricas y, también, inolvidables vivencias:
Un personaje suizo sui géneris, hombre corpulento, con barba y pelo grisáceos –parecido al ‘Caballero de París’ habanero—, que deambula por las calles ginebrinas junto un gato dormilón y al órgano de agradable musiquita, comenta por qué da su firma:
“Estuve en Cuba y me di cuenta de la ruptura entre el discurso político y la realidad. Nada anda bien cuando los alimentos están racionados durante casi medio siglo. Quienes viven en una nación democrática y no constatan lo que sucede verdaderamente en otros países, son unos tontos”.
Entre los firmantes también figuran muchos africanos y un refugiado Rhuandés rememora con cierta indignación su viaje a Cuba: “Es el país más represivo que he visitado en mi vida. La policía me detuvo y pidió mi identificación constantemente, sólo por el color de mi piel, porque soy negro. Me confundían con los cubanos de mi raza”.
Otro suizo, joven, escudriña desconfiado las pancartas y los rostros de quienes solicitamos su apoyo; responde que firmaría si no están detrás los terroristas de Miami. “¿Acaso usted los conoce?”, le preguntó uno de los nuestros. Después del diálogo y los argumentos, se solidariza y firma. Se despide afectuosamente: hemos ganado un nuevo amigo, víctima del engaño.
En otro stand, próximo al nuestro, se captaban donantes de sangre. Uno de los médicos que allí laboraba se acerca y expresa: “Vengo a firmar porque me parece ridículo que Castro niegue ser poseedor de la gran fortuna publicada por la revista Forbes; además, porque los hospitales destinados a la población cubana, carecen de la higiene necesaria, medicamentos y recursos mínimos, mientras que en los hospitales, exclusivos para los extranjeros que visiten la Isla, cuentan con todo tipo de recursos; y también firmo porque sé que a los niños se les priva del derecho a tomar leche a los siete años y porque a los viejos sólo les venden una mezcla extraña que dan por nombre ‘cerelax’.
Cierto es que tanto el doctor suizo, como muchos otros firmantes de las más disímiles nacionalidades, saben de Cuba más de lo que imaginamos nosotros, los cubanos.
Atraída por la foto de Las Damas de Blanco, con la Iglesia Santa Rita de fondo y un dibujo similar a La Paloma de Picasso, se acerca un enfermera y nos regala un poético comentario:
“Las enfermeras nos vestimos de blanco, trabajamos por la vida, en los partos, con los recién nacidos, damos amor. Aquí en Suiza también nos llaman ‘les dames de blanc’. Las palomas blancas simbolizan la paz y anidan en los campanarios de las Iglesias. Las Damas de Blanco cubanas se asemejan a nosotras y a las palomas. Firmo”.
Otra mujer suiza, estilizada, fina, de ojos azules y pelo rubio, toma nota en una agenda y se aproxima. Conversamos. Firma y me confiesa que las palabras de Voltaire, expuestas en un cartel sobre la mesa nuestra mesa de trabajo, la indujeron a indagar sobre los propósitos que animan Las Damas de Blanco.
He aquí texto al que ella se refiere:
“Yo defenderé mis opiniones hasta la muerte, pero yo daré mi vida porque usted pueda defender las vuestras”.
Por eso intuyo que hasta Voltaire y Picasso estuvieron presentes en la Place du Molard favoreciendo a Las Damas de Blanco cubanas.

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Iria González-Rodiles, es periodista independiente. Fundadora de la Agencia CubaPress. Escribe para la prensa alternativa desde 1995. Sus artículos y crónicas han sido publicados en diferentes medios tales como en las páginas WEB de la SIP (Sociedad Interamericana de Prensa), CubaFreePress, Nueva Prensa Cubana, Cubaicei.org del Instituto de Economistas Indepiendientes, RSF (Reporteros sin Fronteras) y en revistas como la Hispano Cubana y Nueva Prensa Cubana.