sábado, febrero 19, 2022

Carlos Espinosa Domínguez: Lucille Ball, la esposa del cubano y «Presidente» Desi Arnaz

 
Tomado de https://www.cubaencuentro.com

La esposa del «Presidente»

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Lucille Ball escribió un artículo para aclarar y desmentir algunas afirmaciones que han circulado sobre ella y su esposo Desi Arnaz. Lo hizo porque, desafortunadamente, algunas de ellas dieron pie a mitos

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Lucille Ball y Desi Arnaz

Por Carlos Espinosa Domínguez

Aranjuez

18/02/2022

Cinco años después de haber aparecido el artículo de Desi Arnaz que glosé hace un par de semanas, la propia revista Bohemia acogió en sus páginas uno firmado por Lucille Ball: “Me casé con el ‘Presidente’”. Se publicó el 4 de enero de 1959, y de acuerdo al breve texto que acompaña una de las fotos, “mi Presidente” era como cariñosamente ella llamaba a su esposo. A diferencia del de Arnaz, su texto tuvo que ser traducido a nuestro idioma, labor que realizó, no muy profesionalmente, Vicente Cubillas Jr.

Ball no redactó el artículo para hablar de su vida y de sí misma, sino para aclarar y desmentir algunas afirmaciones que han circulado sobre ella y su esposo. A propósito de este, comienza diciendo, se han escrito millones de palabras, “algunas de las cuales, desafortunadamente, han dado pie a mitos”. Y pasa de inmediato a referirse al primero. Anota estar cansada de leer: “Cuando se casaron. Lucille era una artista importantísima y Desi un infeliz bongosero”. Eso la lleva a apuntar: “La verdad es que Desi con su orquesta y su negocio de grabaciones de discos estaba haciendo cien mil dólares anuales. Vamos entonces a no prestarle oídos a eso de ‘la artista importantísima y el infeliz bongosero’”.

Se ocupa después de otro punto que quiere dejar dilucidado: “Desi no compró la RKO para mí, ni yo le pedí que lo hiciera porque una vez trabajé allí y me echaron a la calle. Ciertamente trabajé allí, pero nunca me despidieron. Desi y yo no tenemos más que recuerdos muy agradables de nuestros días allí. La razón real de esta compra de la RKO por la empresa Desilú es menos romántica. Simplemente necesitábamos el espacio. Nuestras facilidades para filmar las películas de televisión escaseaban y la RKO estaba en venta. Nos quedaba cerca de nuestros estudios y el precio era tentador. De modo que la compramos”.

Otro mito que Ball refuta es el de que el verdadero poder detrás de Desilú era ella, quien además tomaba las grandes decisiones. Estas son las palabras con las cuales lo riposta: “Ningún mito podría estar tan lejos de la verdad. No hago ninguna decisión. Mi trabajo está en casa, atendiendo a los niños. Desi me pide opinión de vez en cuando, pero siempre sobre asuntos personales o sobre problemas de mucha importancia. Hasta en esas ocasiones, es él el que decide”.

Un tercer comentario al cual se refiere es el de que ella alcanzó el éxito por la vía difícil, después de una lucha larga y tenaz. “Ese mito es ridículo. La verdad es justamente lo opuesto: nunca he estado fuera de ningún trabajo. En mis días de Nueva York, malamente podía estar pasando hambre, como se ha dicho: yo ganaba muy buen dinero como modelo. Entonces vine a Hollywood y Sam Goldwyn (se refiere al productor que fundó, junto con Louis B. Mayer, la Metro-Goldwyn-Mayer) me ofreció un magnífico contrato. ¿Y a eso se le llama lucha?”.

Otra historia que, según ella, empezó a circular algunos años atrás, fue la de que ella se retiraría pronto. Explica que cuando ella y Arnaz le dieron la noticia a un reportero que no les estaba prestando mucha atención, hablaban no sobre ella, sino sobre I Love Lucy. Y agrega que aunque la popular serie terminó, “todavía estamos filmando programas especiales de una hora”.

Retoma el tema de la RKO y escribe: “Trabajar de nuevo en los estudios de la RKO nos trae muy buenos recuerdos. Desi y yo nos conocimos allí hace dieciocho años. Él había sido traído a Hollywood para hacer la versión fílmica de su éxito de Broadway Too Many Girls. Fui escogida para actuar en el rol femenino principal y naturalmente me sentí curiosa por este latino soñador que se había convertido en la sensación de la sociedad de Nueva York y Long Island.

“Su entrada en el estudio me sorprendió: llegó en un largo automóvil guiado por un chofer. Más tarde, el director me invitó a almorzar con la nueva estrella, y esa noche tuvimos nuestra primera cita para salir a pasear. Después de cortejarme a través de llamadas transcontinentales, nos casamos en una ceremonia civil en Connecticut, en noviembre de 1940, y más tarde en una iglesia católica de California”.

Cuenta que durante varios años vivieron en el Valle de San Fernando, en las afueras de Hollywood. Allí nacieron Lucie y Desi, sus dos hijos. Pero comenta que hace unos pocos años la familia se mudó a Beverly Hills lo cual inevitablemente dio pie a otro mito que ella rectifica: “No todas las casas de los artistas en Beverly Hills tienen piscina. La nuestra carece de ella”.

Le encanta cocinar… y comer

Ball apunta que en algunas ocasiones, las invenciones acerca de una persona nacen precisamente donde más se la conoce: en su propio hogar. Lo ilustra con una anécdota: “Una noche, recientemente, la cocinera estaba enferma, de modo que yo preparé la comida. Cuando llamé a la mesa, diciendo: ‘La comida está servida’, Lucy contestó: —¿Cómo puede estar lista la mesa si Frances está enferma? Esto fue aterrador. Aunque siempre me he enorgullecido de ser una buena cocinera, mi hija de siete años ni siquiera suponía que yo pudiera hornear una patata”.

(Lucille Ball y Desi(derio) Arnaz y sus hijos)

Esa la hizo tomar la decisión de preparar la comida durante las dos primeras semanas de las vacaciones de la familia. Pero se enfermó de catarro, y su esposo fue quien hizo las veces de cocinero. Y hace sobre él este comentario: “Le encanta cocinar… y comer. Lo mismo que a mí. Cuando yo estaba en la Metro, era la única estrella en el estudio que podía comerse una chuleta de puerco, patatas fritas y una cazuela de salsa en el almuerzo. Mi peso nunca variaba. Pero Desi tenía que ponerse a dieta. Y esto no es un mito”.

Tras esa confesión gastronómica, refuta una falsa idea: la de que una vez logrado el éxito, el artista ya puede sentarse a descansar. Comenta que es algo que Arnaz no puede hacer, “mientras tenga que producir dieciséis programas. Nos sentimos dichosos de poder disfrutar, por lo menos, de unas vacaciones de fin de semana. Por lo regular, Desi se levanta a las siete y a las ocho ya está trabajando en su oficina. Su día de trabajo no termina hasta mucho después que los niños han ido a la cama. Es entonces que él cena y revisa algunos de los asuntos que no pudo dejar resueltos en la oficina”.

Ese afán por trabajar demasiado es la causa de las frecuentes discusiones que, de acuerdo a Ball, tienen ella y su esposo. Este “le pone al trabajo el mismo impulso que dedicaba al golf”. Recuerda que cuando jugaba ese deporte “se le despellejaban las manos, hasta sangrarle, de manejar los palos. Pero él se las cubría de grasa, apretaba los dientes y volvía a sus palos y sus pelotas, diciendo: ‘Dominaré este juego aunque sea la última cosa que haga en la vida’”. Y añade Ball: “No hay moderación ni términos medios para Desi. Él va adelante, adelante, adelante. Hasta celebra conferencias en su auto”.

Hay un último mito que Ball quiere rebatir, aunque admite que carece de importancia. “Muchos amigos y periodistas insisten en que nací en Butte, Montana. Ocurre que Butte está a 2 mil millas de mi verdadera ciudad natal”. No obstante, confiesa que esa ficción es culpa suya. “Montana, donde viví de pequeña, me sonó más romántico que Jamestown, New York, donde nací. Mi romántica invención me ha estado dando lata desde entonces”.

Ball finaliza su artículo de este modo: “Pero a pesar de lo que la gente dice de Desi y de mí —y mucho de lo que dicen es cierto y delicioso—, no puedo quejarme. La vida sigue siendo un sueño para mi Presidente y para mí”.

A esos textos escritos por separado por Arnaz y Ball, se sumó una entrevista hecha a ambos por el antes citado Vicente Cubillas Jr. Apareció también en Bohemia en abril de 1954, bajo el título de “Desi y Lucy: el matrimonio ideal”, e iba lustrada por varias fotos tomadas por Osvaldo Salas. En tres de ellas la pareja aparece hojeando un ejemplar de la revista. Y en otra sostienen en las manos un gallardete del equipo de béisbol Habana, que el corresponsal de Bohemia les obsequió y que, según se dice en el pie, “irá a adornar el cuarto del pequeño Desi, en la casa cerca de Hollywood”.

La entrevista fue realizada en Nueva York, a donde la pareja había viajado para el estreno de la película The Long, Long Trailer. Estaban entonces en la cima de la popularidad. Como comenta el periodista, “cuando los diarios publicaron el año pasado que la firma de cigarrillos Phillip Morris había contratado la producción de I Love Lucy por la fabulosa suma de ocho millones de dólares, un estremecimiento de asombro sacudió el país. Ello daba el espaldarazo consagratorio al programa de media hora que por casi tres años ha sido el número uno en el rating en Estados Unidos”.

La visita a Nueva York de la pareja constituyó un acontecimiento sin precedentes. En el aeropuerto fueron recibidos por una banda de música y por millares de admiradores. Dieron una conferencia de prensa en el hotel Waldorf Astoria, a la cual asistieron 400 periodistas. En Times Square fueron ovacionados por cientos de admiradores. Recibieron varios homenajes y el tiempo apenas les alcanzó para atender todos los compromisos. Los diarios calificaron esa visita como la más importante desde la realizada por la Reina Isabel y su esposo. Arnaz y Ball hallaron, no obstante, un hueco para recibir al periodista (fue la única entrevista privada que concedieron, aseguró al reportero el agente de prensa de la pareja), pues como le confesó Arnaz tenía mucho interés en ello. Una de las razones era la de poder referirse al robo hecho por Joaquín Condall, quien en Mi esposo favorito plagió I Love Lucy. De acuerdo a Arnaz, lo que más le duele “es que sea un cubano el que haga esto”.

“¡Este cubano me trae loca!”

Cubillas Jr. describe a Arnaz como “un santiaguero alegre y decidor, a quien veinte años lejos de Cuba no han hecho mella en su campechanía”. Y anota que “con tono guarachero, criollísimo”, lo recibió con “un saludo en español. Mejor sería decir que en correcto cubano”. Después de las primeras declaraciones de Arnaz, entra Ball, quien una vez que su esposo le presentara al periodista expresa: “¿Otro cubano más? ¡Anjá!”. La sesión de fotos en que Ball y Arnaz comparten la lectura de Bohemia da lugar a una disputa sobre quién debe sostenerla. Ball la concluye jocosamente parafraseando un bocadillo de I Love Lucy: “¡Este cubano me trae loca! ¡Se lo regalo!”.

Quien primero pasa a ser entrevistada es ella. De acuerdo al periodista, entiende mucho español y le comenta que “su suegra, Dolores, que vive en California, es asidua lectora de la revista”. Pasa a hablar de los inicios de su carrera, que confiesa fueron muy difíciles. “Sufrí muchos desengaños. Los cuatro primeros trabajos de corista que conseguí fueron fracasos, pues no pasé de los ensayos. Broadway me atraía desesperadamente. Pero mi primer trabajo en Broadway fue de dependienta de una fuente de soda”. Cuenta que cuando ya estaba haciendo carrera como modelo profesional, tuvo un accidente automovilístico en el Parque Central de Nueva York. Pasó ocho meses en cama y el médico le dijo que iba a quedar paralítica. Vinieron después tres años de esfuerzos para recuperar el uso de sus piernas. Algo que, de acuerdo a Ball, logró gracias a su perseverancia.

Arnaz reclama su turno para hablar y recuerda brevemente su etapa en Cuba. Cuenta que a su llegada a Estados Unidos trabajó de chofer de camiones y taxis, tenedor de libros y limpiador de jaulas de pájaros. Y se refiere a sus inicios en la música, su paso por la orquesta de Xavier Cugat, su salida para formar la propia, su llegada a Hollywood. Al estallar la Segunda Guerra Mundial, fue llamado al servicio militar, pero se fracturó la rótula durante el entrenamiento y lo licenciaron. Fue asignado entonces al grupo dedicado a proporcionar diversión a los soldados. Acerca de aquella actividad apunta:

“Con mi orquesta estuve recorriendo campamentos y bases dentro y fuera de los Estados Unidos. En 1942 estuve en Guantánamo y me di un salto a Santiago de Cuba para abrazar a mi abuelo Desiderio, que peleó junto a los rough-riders de Teodoro Roosevelt, en la batalla de la loma de San Juan. Fue la última vez que estuve en Cuba, después de mi salida en 1933”.

Cubillas Jr. le pregunta si guarda rencor a los revolucionarios que encarcelaron a su padre e hicieron que su familia tomase el camino del exilio. La respuesta de Arnaz fue: “¡Nunca! ¡Al contrario! Les estoy muy agradecido, pues, de no haber sido así, seguiría siendo un santiaguero más, con algunos pesos, pero perdido en el montón. Si ellos no tumban a Machado, todavía andaría yo por Santiago de Cuba, bañándome en La Socapa o en Siboney, o diciéndoles piropos a las muchachas en la Plaza de Marte”.

La penúltima pregunta que le hace el periodista es si ha sido agradable la vida con Ball. “Muy feliz, Cubillas. Aunque no han faltado esas bronquitas como las que has visto tú en I Love Lucy. Pero puedo decir satisfecho que han sido trece años envidiables, que no los cambio por nada. Y para completar esa dicha, ya tenemos la parejita: Lucy Desirée, nacida en 1951, y Desi IV, nacido el año pasado. Por cierto que al nacer el pequeño Desi, la familia de los Arnaz se reconcilio conmigo, pues el único varón que quedaba del apellido, de los de Santiago, era yo. Cuando nació Lucy Desirée, hubo descontento general, pese a que siempre un nieto es bien recibido, sea cual sea su sexo. Pero Desi salvó la situación”.

Para concluir la entrevista, el periodista lo interroga: “¿Quieres decir algo especial para el público cubano?”. A lo cual Arnaz contestó: “Segurísimo. Que llevo a Cuba en el corazón. Y que a mí no me ha alcanzado el tiempo para enseñar a amar a mi patria a mi esposa, a mis hijos, a mis amigos. En Hollywood, en Nueva York, donde quiera que me encuentre, yo soy el cubano Desi Arnaz. Y Lucy, con orgullo dice que ella es la esposa del cubano Desi Arnaz. Debemos una visita a Cuba, porque quiero que mi gente nos conozca en persona. Será una visita familiar de los Arnaz de Hollywood”.

El periodista anota que el actor cubano Luis López Puentes, después de ver varios episodios de I Love Lucy, pidió desde la columna Teleradiolandia, de Bohemia, que el gobierno cubano honrara a Desi Arnaz y Lucille Ball con la Cruz de la Orden Carlos Manuel de Céspedes, por sus constantes menciones a favor de Cuba en su popular programa. Y finaliza su artículo con estas palabras:

“Y ahora yo me sumo devotamente a esa recomendación, porque considero muy merecido ese honor para estos ídolos del público de Norteamérica y del mundo entero, que nos hacen emocionarnos cada lunes, a las nueve de la noche, con sus tiernas y divertidas incidencias, en un rincón de la sala de nuestras casas, ante la luminosa pantalla del televisor”.

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sábado, enero 29, 2022

Confesiones de un triunfador. Carlos Espinosa Domínguez sobre el libro de Desi Arnaz y el film Being the Ricardos sobre Lucille Ball y Desi Arnaz

 
Tomado de https://www.cubaencuentro.com

Confesiones de un triunfador

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Aunque nunca olvidó sus orígenes, Desi Arnaz agradeció a Estados Unidos el haberle enseñado a ser tolerante, comprensivo, sencillo y responsable. En un texto autobiográfico contó la increíble aventura que vivió en su país adoptivo

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Desi Arnaz

Lucille Ball y Desi Arnaz

Por Carlos Espinosa Domínguez

Aranjuez

28/01/2022 

El estreno de Being the Ricardos, el tercer film como director del guionista Aaron Sorkin, ha traído de nuevo a la actualidad a Lucille Ball y Desi Arnaz, quienes en la década de los 50 del siglo pasado integraron la pareja más poderosa de la televisión de Estados Unidos. Además de ganar cinco premios Emmy, su serie I Love Lucy (1951-1957) fue la más popular durante cuatro temporadas y llegó a contar con 15 millones de espectadores, lo cual significaba casi el 60 por ciento de los hogares del país.

I Love Lucy fue, asimismo, uno de los programas más audaces y rompedores de su época. Tuvo como protagonistas a un matrimonio mestizo e incorporó a sus episodios el embarazo de Ball. La propia boda de ambos en noviembre de 1940 había sido ya un desafío: ella le llevaba siete años y pese a ser entonces una estrella que despegaba, no dudó en casarse con un cubano con fama de bebedor y mujeriego.

En 1976, llegó a las librerías A Book by Desi Arnaz, donde este recogió sus memorias. Como era de esperar, fue un superventas. Dos décadas antes, Arnaz había redactado una versión mucho más reducida en un artículo que probablemente apareció en inglés en alguna revista de Estados Unidos. En todo caso, puedo asegurar que quienes sí lo leyeron fueron sus compatriotas. Fue publicado en la revista Bohemia, en junio de 1955. Se titulaba “Mi vida en los Estados Unidos”, y en esas páginas Arnaz revela unos cuantos hechos y anécdotas vividos por él hasta entonces.

“No soy escritor. Hoy por hoy me considero primeramente un hombre de negocios y después un actor. Condensar en unas cuartillas todo lo que me ha sucedido desde entonces hasta ahora, es un empeño muy difícil de realizar. Por eso solo haré referencia a unos cuantos episodios”. Son palabras expresadas por Arnaz cuando lleva ya recorrido buena parte su relato autobiográfico. Bien pudo iniciarlo con ellas, pero, en cambio, lo hizo con estas otras:

“¿Ha pensado usted alguna vez en la maravilla de vivir en un país rico y feliz donde abundan las oportunidades de triunfar? Mi historia es una aventura tan emocionante como increíble. Llegué a la Florida sin un centavo. Tenía dieciséis años y huía de la revolución que acababa de estallar en Cuba. Mi porvenir no podría ser más sombrío, pero encontré oportunidades, confianza, éxitos y facilidades y además a Lucille Ball”.

Declara ser “un americano adoptivo” que ha recibido muchos regalos de ese país. Y entre los más importantes destaca uno: “el que me hizo reconocer mis deficiencias y me enseñó a pararme con los pies en la tierra y aceptar las responsabilidades que me corresponden”. Tras esa introducción, da un salto atrás en el tiempo y habla brevemente de la etapa de su vida que transcurrió en su tierra natal.

Tenía todo lo que se le antojaba

Cuenta que había nacido en Santiago de Cuba en 1917, y su verdadero nombre es Desiderio Alberto Arnaz y de Acha III. Era el hijo único de un rico aristócrata, “cuyas tres haciendas no podían recorrerse en un día aun cabalgando en el mejor caballo”. Su padre fue senador y también alcalde de Santiago. El mundo parecía, comenta Arnaz, hecho para él y todo lo que se le antojaba lo tenía. “A los dieciséis años tenía una lancha, un auto y una mesa en los principales night clubs”. Sus padres habían planificado su futuro y decidieron matricularlo en la Universidad de Notre Dame, en Indiana, para que estudiase derecho.

Pero esa existencia y esos planes se vinieron abajo en 1933. Arnaz recuerda que una mañana del mes de agosto de ese año, cuando se hallaba en una de las haciendas, escuchó disparos a gran distancia. “A poco apareció por el camino una multitud como de setecientas personas, avanzando en dirección a nuestra casa (…) Mi padre se hallaba en La Habana y yo, que solo tenía dieciséis años, me encontraba solo en la hacienda”. Aquellas personas, que festejaban la caída de la dictadura de Gerardo Machado, entraron, dieron muerte al ganado y prendieron fuego a la vivienda. Por cierto, aquella fue, como se sabe, una insurrección popular y no una revolución bolchevique, como Sorkin hace decir a Arnaz en su film.

Recuerda este que mientras su madre recogía el único dinero en efectivo que tenían en la casa, él se fue al garaje. Los dos salieron en uno de los automóviles y se alejaron de aquel lugar que se había vuelto en extremo peligroso. Y agrega: “Cuando nos atrevimos a detener la carrera y mirar hacia atrás, nuestra casa ardía con todos los muebles. Momentos más tarde la vimos derrumbarse”.

Se dirigieron a La Habana, donde tenían familiares. El trayecto hasta allá, comenta, fue una pesadilla, y para evitar problemas recurrió a una artimaña: “Coloqué en el radiador del automóvil una bandera de la Junta Revolucionaria y dondequiera que nos encontrábamos tropas dispuestas a matar a los patricios, le dejaba el timón a mi madre y asomándome por la ventanilla gritaba: ¡Viva la revolución!”.

Una tía suya que vivía en las afueras de La Habana los acogió en su casa. Al principio, no tuvieron noticias de su padre. Después averiguaron que lo habían encarcelado en el castillo del Morro, junto a todos los miembros del Senado. Seis meses después fue puesto en libertad, “porque había permanecido neutral”. Sin embargo, todas sus propiedades fueron confiscadas, y para entonces a él y a su madre no les quedaba nada del dinero que sacaron. En esa situación, a principios de 1934 Arnaz y su padre se vieron forzados a irse a Estados Unidos. Su madre debía aguardar en Cuba hasta que ellos pudieran enviarle el dinero para que se les uniese.

Pensó que no sobreviviría en Estados Unidos

Acerca de sus primeros días en aquel país, Arnaz escribe:

“Mi primera impresión de los Estados Unidos fue desilusionante. Mi padre me llevó a la miserable habitación que había alquilado en las afueras de Miami. No tenía trabajo y sus alimentos consistían en latas de judías en conserva que calentaba en un reverbero en su cubículo. Me dijo en tono amargo: ‘Somos refugiados y tenemos que vivir peor que el peón más pobre en Cuba. Aquí no hay trabajo para los refugiados’”. Para ahorrarse los 5 dólares de la habitación, se mudaron a un almacén donde no había ventilación, pero sí muchas ratas. Eso lleva a Arnaz a apuntar: “En aquellos días consideré imposible que pudiéramos sobrevivir en los Estados Unidos. ¡Todo me parecía tan grande, tan frío y había una competencia tan enorme!”.

Un día, vio a un hombre construyendo una pajarera en el patio de su casa. Como no sabía inglés, se le acercó y mediante la mímica le pidió trabajo. El señor le contestó que lo sentía, pero que nada podía hacer por él. En ese momento salió de la casa su esposa, que resultó ser cubana. Intervino a su favor y su marido colocó a Arnaz en el negocio que poseía, para que atendiera varios centenares de canarios. Su labor consistía en limpiar las jaulas, y le pagaban 25 centavos por cada una. Gracias a lo que ganaba, su padre y él pudieron vivir por varias semanas.

Acerca de la primera vez que pudo ir a comer en un restaurante, narra una anécdota: “Como en entendía el menú, señalé tres platos que resultaron ser tres sopas distintas. Me las trajeron. Cuando las vi pensé que la camarera se reiría en mi cara. Pero no lo hizo. Permaneció muy seria, como si mi orden fuese la cosa más corriente del mundo”. Se lo contó a su padre y recibió de él esta observación: “Desi, los americanos tienen un gran sentido humorístico, pero no se burlan de las personas que incurren en errores por desconocimiento. Poco a poco irás comprendiendo a este gran pueblo”.

Arnaz anota que antes de que tuviese tiempo de aprender más de la vida en Estados Unidos, “los agentes de Inmigración se inmiscuyeron en nuestros asuntos, advirtiéndonos que no podíamos trabajar porque habíamos entrado en el país ilegalmente y no teníamos el derecho de los residentes. Debíamos salir de los Estados Unidos durante seis semanas y regresar con nuestros papeles en regla”. El padre trató de que les hiciesen alguna concesión, pero nada logró.

No obstante, el funcionario que los atendió les aconsejó que, para cumplir con la ley, Arnaz abandonara el trabajo con los canarios por algún tiempo y que después siguieran adelante. El padre de Arnaz tenía amigos en Puerto Rico y tuvo la idea de irse allí, en lugar de regresar a Cuba. Así lo hizo, y seis semanas después volvió a Miami, esta vez con los documentos en orden. Por su parte, Arnaz viajó a La Habana y transcurrido el plazo establecido, también pudo retornar con los papeles a Estados Unidos.

Junto con otros cubanos, el padre logró reunir algún dinero y crearon la Pan-American Export and Import Co., que pese a su nombre era una pequeña empresa. Arnaz se encargaba de conducir el único camión con que contaban para transportar plátanos. El negocio fracasó, y tras su cierre él decidió buscar algún empleo como músico. En Cuba había cantado como aficionado y, según él, lo hacía bastante bien. Sin embargo, lo poco que pudo hacer en bares de los muelles le demostró que definitivamente necesitaba aprender inglés.

Cómo nació la Banda Arnaz

Asistió a una escuela pública, la Saint Patrick Catholic High School, “en cuyas aulas se codeaban los hijos de los millonarios con los desheredados de la fortuna”. Allí descubrió que el alumno más estimado era Sonny Capone, hijo del notorio Al Capone. De acuerdo a la costumbre, cada alumno debía elegir a su condiscípulo más cercano para que el día de la graduación lo acompañase a la tribuna. “Cuando me gradué, anota Arnaz, escogí a Sonny Capone”.

Sus esfuerzos para aprender inglés pronto se vieron recompensados. En 1937, la orquesta que interpretaba rumbas en el hotel Rodney-Plaza necesitaba un guitarrista cantante. Con un traje que le prestaron, fue una noche para cantar a modo de prueba. Y recuerda: “Asustado, tembloroso, canté mi mejor número: Babalú. Antes de que hubiese terminado, el público me aplaudió frenéticamente, como si el propio Bing Crosby se hubiese aparecido de súbito. Me quedé estupefacto, hasta que vi entre el público a mis compañeros de San Patricio, que habían traído a sus padres para ayudarme con sus ovaciones. ¡Se imaginan un cubano llorando de alegría en público!”.

Aún se presentaba en el Rodney-Plaza cuando firmó un contrato con Xavier Cugat, el músico de origen catalán que difundió en Estados Unidos los ritmos latinos. Según Arnaz, su nombre aparecía en las carteleras, pero solo le pagaban 35 dólares a la semana. Con esa orquesta estuvo hasta 1939, cuando volvió a Miami. En ese momento los trabajos en las bandas escaseaban y tuvo que actuar por 10 dólares a la semana. Con el ánimo abatido, entró una noche en el Mother Kelly’s uno de los mejores clubs nocturnos de Florida, y se puso a charlar con el gerente. Le dijo que Cugat no dejaba de insistirle que volviera, cosa que no era cierta. A los pocos minutos, el señor lo animó a que formase su propia orquesta de música cubana, y que él lo contrataría para un nuevo club que abriría próximamente. Así nació la Banda Arnaz, con la cual el santiaguero introdujo con notable éxito la conga al público norteamericano. Apunta que gracias a la orquesta, a los veintiocho años pudo ganar 250 mil dólares a la semana.

A propósito de la Banda Arnaz, en el texto suyo que aquí gloso y resumo narra la siguiente anécdota: “En 1946, estando en Madison, Wisconsin, sufrimos un accidente. Nuestro ómnibus chocó y en la colisión solo seis de los maestros de mi orquesta no resultaron heridos. En tales circunstancias pensé que tendría que cancelar un ventajoso contrato en Akron, pero en esos mismos instantes tuve la gran sorpresa de mi vida. De otras orquestas que me hacían la competencia recibí una cooperación inesperada. Me mandaron un pianista y una sección completa de trompetistas y de maracas. Media docena de directores de orquestas rivales pusieron el mayor empeño en que yo no perdiera mi contrato y me dieron toda clase de auxilios y facilidades. ¡Ayudar al que se halla en dificultades, me parece que es una de las mayores virtudes del pueblo americano!”.

No da detalles Arnaz sobre cómo conoció a Lucille Ball, ni tampoco acerca de la relación amorosa que los llevó ante el altar. Pasa directamente a referirse a cómo surgió I Love Lucy. Cuenta que al cabo de diez años de matrimonio y de haber triunfado en sus respectivos campos del cine y de la música, en el aspecto sentimental eran “casi extraños el uno para el otro”. Explica que la razón era que sus obligaciones artísticas los mantenían separados la mayor parte del tiempo: “No teníamos un hogar, ni teníamos hijos. De cuando en cuando discutíamos acaloradamente y hasta llegamos a pensar en el divorcio. En el fondo yo sabía que no podía vivir sin Lucy y ni ella sin mí. Habíamos llegado a una etapa muy difícil en nuestras relaciones, cuando se nos ocurrió una idea magnífica”.

Esfuerzo coronado por el éxito

Pasaron a estudiar la mejor forma de dejar sus respectivos trabajos para sacar adelante un proyecto juntos. Decidieron proponer un programa de televisión en el cual ellos dos interpretarían los papeles de marido y mujer. Los expertos les pronosticaron que sería un fracaso. Uno de sus principales argumentos era que el público norteamericano no aceptaría que un latino interpretara el personaje del esposo. Además, Ball, con su figura de muchacha de los coros, no podría caracterizar adecuadamente a una mujer de familia. Pero como el éxito o el desastre de su matrimonio estaba en juego, la pareja determinó seguir adelante. Ese fue el origen de I Love Lucy.

Cuando el programa llevaba ya un tiempo en la pequeña pantalla, a consecuencia de un desacuerdo con el patrocinador ellos se encontraron en posesión del 100 por ciento del negocio. Arnaz expresa que no sabe cómo se convirtió en un hombre que, además de actuar, “tenía que hacerlo todo y manejar un negocio de seis millones de pesos”. Y al respecto apostilla: “Los dolores de cabeza del primer año fueron incontables y terribles. Por momentos surgían los problemas y había que solucionarlos en un dos por tres. Poco a poco me acostumbré a aceptar las equivocaciones y convertirlas en experiencias provechosas. El éxito ha coronado nuestros esfuerzos y ahora Lucy y yo no podemos ser más felices de lo que somos. Hace tanto que no discutimos que ya se me ha olvidado cuándo fue la última vez”.

La enorme popularidad que alcanzó I Love Lucy se ilustra en otra de las anécdotas recordadas por él. En 1953, él y Ball, junto a Vivían Vance y Bill Frawley, quienes en el programa interpretaban a los mejores amigos de la pareja, fueron invitados a comer por el presidente Dwight D. Eisenhower. Conviene apuntar que este era un fanático de I Love Lucy. Allí Arnaz conoció, entre otros, al cantante Eddie Fisher y al pelotero afroamericano Jackie Robinson, quienes también estaban entre los invitados.

Durante la comida, Arnaz le contó al presidente que cuando empezaron a hacer el programa muchos les vaticinaron que fracasarían. Alegaron que un hombre con acento extranjero interpretando al esposo protagonista no gustaría a los espectadores. Tras escucharlo, Eisenhower le dijo: “También en Kansas decían que yo nunca llegaría a ser presidente de la república. Y ya ve usted. ¡Dos milagros!”. Eso lleva a Arnaz a escribir en el texto de Bohemia: “Pero mi milagro no se produjo de la noche a la mañana. Durante dos años viví como se dice corrientemente de la mano a la boca”.

Y concluye su artículo con estas palabras: “Mi país adoptivo, como ya he dicho, me ha cambiado por completo, me ha enseñado entre otras cosas a ser tolerante, comprensivo, sencillo y responsable”.

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Lucy y Ricky hablando en español e inglés. #Ilovelucy



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LUCILLE BALL Y DESY ARNAZ (ESPAÑOL)



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