miércoles, agosto 05, 2020

CUBA. EL MALECONAZO LA GRAN REVUELTA CONTRA EL CASTRISMO PERO NO LA PRIMERA PROTESTA POPULAR CONTRA LA DICTADURA. DOS ANTECEDENTES: LAS PROTESTAS EN LA CIUDAD DE CÁRDENAS Y EN EL PUEBLO HABANERO DE EL CANO

Radio Televisión Martí
Agosto 3, 2018

El Maleconazo contado por sus testigos


VIDEO DE IMÁGENES DEL MALECONAZO



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Policia política disparando en Galiano y Malecón frente al Hotel Deauville

El MALECONAZO. REVUELTA CONTRA CASTRO

Por César Leante
Madrid
La Ilustración Liberal
Libertad Digital
España
Info-Search:
Máximo Tomás
Dept. de Investigaciones
La Nueva Cuba
Julio 21, 2004

Como Cuba vive de crisis en crisis (o mejor, en una crisis perpetua), treinta y dos años después de la de los misiles (octubre de 1962), tuvo lugar la de los balseros. Si bien venía goteando desde 1981, cuando se produjo la estampida de 125.000 cubanos por el pequeño puerto de Mariel, la gota se hizo otra vez torrente en julio de 19941. El 13 de ese mes (hacia las 2 de la madrugada) un viejo remolcador, el Trece de marzo, era abordado en la bahía de La Habana por unas setenta personas, entre las que había mujeres y niños. Desde que enfiló hacia la boca del puerto, el remolcador comenzó a ser seguido por un barco "bombero" -de los empleados para apagar incendios en el mar-, pues la fuga era conocida por la policía al haber introducido ésta espías entre el grupo que había planeado la huida del país. Es más, había llegado a oídos del propio Castro, y éste decidió dar un "escarmiento" ejemplar. Pudo haber abortado la operación deteniendo a los que pretendían fugarse o impidiéndoles que se embarcaran. Pero no lo hizo. Prefirió una acción que según sus cálculos pondría fin de una vez por todas a las salidas ilegales de Cuba mediante el robo de embarcaciones. Y dio la increíble orden de hundir aquel viejo barco con todos los pasajeros que llevaba dentro. Fue hundido por lanchas torpederas de la Marina de Guerra cubana, pereciendo cuarenta personas.

Pero ni siquiera este sanguinario escarmiento detuvo a los que querían escapar del país. Así, a menos de quince días del trágico suceso, el 26 de julio, fecha en que se conmemora a bombo y platillo el ataque al cuartel Moncada, "inicio de la revolución", un grupo de personas secuestró a punta de pistola una lancha de pasajeros de las que hacen la travesía entre La Habana y las cercanas poblaciones de Regla y Casablanca, en el lado opuesto de la bahía, y puso proa hacia EE.UU. En el secuestro murió un policía. Una semana más tarde, el 3 de agosto, otro grupo se apodderó de otra embarcación y se dirigió a la Florida. Antes de llegar a su destino, fue interceptada por un guardacostas norteamericano que ofreció a los pasajeros la posibilidad de pedir asilo en EE.UU. De ellos, 120 aceptaron, y la lancha raptada fue devuelta a Cuba.

Y así llegó el 5 de agosto, día en que se produciría un acontecimiento inconcebible hasta entonces en Cuba: la primera manifestación anticastrista en 35 años de dictadura. "Radio Bemba", esto es, el rumor popular, había comenzado a propalar que ese día sería secuestrada otra lancha y cientos de "pasajeros" se acumularon en los muelles de Luz y de Caballería -lugares desde donde salen las embarcaciones de transporte público para cruzar la bahía y llegar a Regla o a Casablanca-, con la esperanza de abordarla o abordarlas caso de ser más de una. Desde el secuestro anterior de las dos lanchas, la policía registraba minuciosamente a todos los viajeros, por lo que había que hacer colas interminables para atravesar la bahía. La gente incluso dormía en el paseo de la Alameda de Paula y en los parques aledaños para acceder de mañana a los muelles, pues durante la noche se interrumpía el servicio. Pero ese día, 5 de agosto, la concentración era multitudinaria. Millares y millares de personas cubrían los Elevados (puentes de hierro sobre los que circulan los trenes de carga) de la flota pesquera, las explanadas de los embarcaderos y la Avenida del Puerto hasta la entrada del túnel (que pasa por debajo del mar en la desembocadura de la bahía). Tan compacta era la muchedumbre que no se podía circular en bicicleta (medio de transporte casi único de los habaneros). Encima del muro del malecón se apiñaban jóvenes con patas de ranas dispuestos a tirarse al mar a la menor ocasión.

Aquella gigantesca afluencia de gente se debía también a que había "corrido la bola" de que ese día llegarían embarcaciones de la Florida a rescatar a fami liares cubanos, como había ocurrido con el Mariel. Alertada, la policía vigilaba en camiones Sil soviéticos y frente a la aduana había paneles con guardias vestidos de civil. "Irónicamente -cuenta un testigo- pusieron dos o tres pipas para vender refrescos (agua con algún edulcorante), pues había personas que ya llevaban varios días allí durmiendo a la intemperie". Como pasaban las horas y nada ocurría, en su desesperación la gente abordó un remolcador atracado frente al ministerio de la Marina de Guerra. Mas el barco no tenía motor y tuvieron que abandonarlo. La policía cargó entonces contra los asaltantes del barco y comenzó a golpearlos. Pero, por primera vez, la gente no se arredró ni se dispersó sino que, por el contrario, se enfrentó a la policía y ésta tuvo que retirarse. Luego, sin que hubiera habido organización previa, sin ser dirigida por nadie, espontáneamente, la multitud marchó primero por la Avenida del Puerto, en la vieja Habana, y después por el Malecón.

Gritaban consignas contra el comunismo, contra el gobierno, contra Castro, y se decían entre sí "Se jodió esto", "Ahora sí ya se acabó el socialismo", "Se cayó Fidel", pero sobre todo coreaban a voz en cuello "¡Libertad! ¡Libertad!" Al pasar frente al Palacio del Turismo, en la Avenida del Puerto y la calle Cuba, comenzaron a "caerle" pedradas a las "guagua s" de turismo, objeto de su furia porque el turismo marcaba la diferencia entre una vida privilegiada y la miserable que ellos llevaban. En el camino se les unían más y más personas, que de espectadoras pasaban a ser manifestantes también. Seguramente en sus mentes y en sus corazones estaban presentes las manifestaciones multitudinarias que no mucho tiempo atrás habían barrido los regímenes comunistas de la Europa del Este. Quizás ellos podían hacer lo mismo, quizás ellos, manifestándose así, masivamente, podrían derrocar también a la dictadura castrista, que al cabo era una dictadura más. Si otras naciones lo habían conseguido, ¿por qué ellos no? Y continuaban avanzando por la ancha avenida del Malecón, con el mar a su derecha y a la izquierda otro mar de ventanas y balcones que se abrían y poblaban de gentes atónitas o solidarias que los veían pasar. En la bocacalle de Galiano estaba el hotel Deauville y los manifestantes rompieron sus vidrieras a pedradas. Otro tanto hicieron con las tiendas "dólar", enclavadas en los alrededores y en otras calles, pues la "despenalización" del dólar había traído un aumento considerable de las desigualdades entre los que tenían dólares y los que no. Había rabia en el pueblo por ello.

Al llegar al parque Maceo, donde se alza la estatua del libertador mulato de Cuba, y donde en la época de la dic tadura de Batista los estudiantes se congregaban para marchar, por ese mismo Malecón o por la aledaña calle de San Lázaro, hacia el Palacio Presidencial, o ya aquí se enfrentaban a la gendarmería batistiana; aquí, donde un héroe muy popular de la revolución, Camilo Cienfuegos, fue herido por primera vez en su vida, chocaron los actuales manifestantes con la policía castrista. No disparó ésta a matar, pero sí cargó contra la multitud con porras, cabillas, tubos y otros objetos contundentes. No empleó sólo el gobierno a su policía, sino sobre todo a su mafia parapolicial, las denominadas Brigadas de Respuesta Rápida, que no son otra cosa que militares vestidos de paisano, una especie de SS nazi disfrazada de organización ciudadana. Los manifestantes se dispersaron entonces por esa zona central de La Habana, por las calles Belascoaín, la mencionada San Lázaro, Neptuno, el barrio de Colón, lanzando los mismos gritos contra la tiranía, pidiendo libertad y, como hemos visto, rompiendo algunas vidrieras de hoteles y de tiendas especiales para turistas. Pero 35 años atrás, el 1 de enero de 1959, algunos habaneros habían hecho lo mismo para acabar con los salones de juego que había en esos hoteles de lujo. Antes destruían el vicio, ahora en lugar de privilegios, un sitio turístico que los ofendía y humillaba. Como antaño, se trataba de un desagravio, o si se quiere una venganza.

La improvisada protesta llegaría a miles de manifestantes hacia el mediodía. Esta es la cantidad que dan The New York Times y France Press, pues la agencia oficial de noticias cubana Prensa Latina los calcula en unos cientos. Miles o cientos, lo real es que por primera vez en 35 años de castrismo se producía un acto de rebelión, ya que el único conato que hubo antes fue durante el episodio de la embajada del Perú, cuando una noche un grupo de ciudadanos avanzó por la bella Quinta Avenida de Miramar gritando "¡Abajo Fidel!" Pero entonces fue sólo un pequeño incidente aislado. Ahora se trataba de una manifestación en toda regla, como si el volcán que era -y sigue siendo- Cuba, hubiera por fin hecho erupción.

Un testigo presidencial me refirió lo siguiente: "Empiezo a subir por Lealtad y cuando llego a Neptuno, lo mismo. Estaban acabando con todas las tiendas área dólar de la zona. Lo único que escuchaba era una gran algarabía, ruidos de cristales rotos y gritos de ¡Libertad! y ¡Abajo Fidel! Sigo subiendo y llego al cuartel (estación de policía) de Zanja. Ahí estaban concentrados y a toda la policía se le veía temerosa. Muchos tienen parientes o viven en la zona del conflicto. Tenían bloqueada la calle. Uno parado al lado del otro con armas largas AKM, temiendo que la gente pudiera acercarse a la estaciC3n y lanzar cócteles molotov o piedras. Y se escuchaban gritos de candela, hay que darle candela a toda la Habana.

"En toda la zona del conflicto: los muelles, la Habana vieja y centro Habana, de Reina hasta el Malecón, y desde la Avenida del Puerto hasta Belascoaín, las calles estaban bloqueadas para los turistas con tanques de basura. Más de cien mil personas deben haber participado, aunque activamente sólo un 10 ó un 20%. Todas las cuadras se encontraban repletas de gente y para las 5 ó 6 de la tarde ya Fidel tenía controlada la situación con un despliegue inmenso de policías, tropas especiales, ejército, milicianos y contingentes. Durante varios días fue un mar de uniformes azules. Toda la zona estaba sitiada."

A la rebeldía sucedió la represión. Y, para darle legitimidad, Fidel Castro se presentó, horas después, en el lugar de los hechos. Según dijo, venía a recibir también su cuota de "balas y piedras". Recorrió algunas calles hasta el castillo de La Punta, al final del Paseo del Prado, y para la prensa, sobre todo extranjera, sin que le vacilara la vergüenza, dijo: "Lo importante es que el pueblo está librando esta batalla y por eso yo estoy junto al pueblo". Era el pueblo el que se había rebelado contra él, pero él, con esa capacidad para la demagogia que tiene , invertía los términos. No era de extrañar en "el gobernante más mentiroso del mundo", como lo había calificado Gorbachov.

En el enfrentamiento con las fuerzas represivas, había habido algunas decenas de heridos -no graves, y tampoco había habido muertos- y otras decenas de detenidos. Pero a la noche de ese día 5 de agosto de 1994 se desató la represión. Y se desató precisamente en circunscripciones populares de la ciudad. En el barrio de Colón, por ejemplo, fueron sacadas de sus casas personas sospechosas de haber participado en la manifestación o de haberse mostrado solidarias con ella. Para esta labor de delación apeló a los tristes Comités de Defensa de la Revolución, que denunciaron a participantes y simpatizantes de la revuelta. En un alarde de poder, componentes de las Brigadas de Respuesta Rápida, de los CDR y miembros de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) y, cómo no, policías con vestimentas civiles, capitaneados por el secretario general de la UJC, Juan Contino, efectuaron a la tarde una contramarcha por las mismas calles y lugares que los manifestantes habían transitado por la mañana, vociferando contra los "traidores", "vendepatrias" y "contrarrevolucionarios" y a favor de Fidel y la revolución. El corresponsal de El País, Mauricio Vicent, relataba así la airada respuesta castrista a la manifestación: "... el malecón y las calles de La Habana se llenaron de gente que, desplazada en autobuses y camiones por las organizaciones de masas cubanas o llegadas de centros de trabajo cercanos, recorrió la ciudad coreando consignas a favor de la revolución e insultando y agrediendo a quienes se manifestasen contra el Gobierno [énfasis mío]". Y en otro momento de su crónica: "... grupos de civiles armados con palos y tubos de metal, la mayoría miembros de los Destacamentos de Respuesta Rápida, recorrían las calles coreando consignas a favor de Fidel Castro".

Y en una noche que el periodista llama "caliente", barriadas populares como San Leopoldo y Cayo Hueso, que para la policía eran "problemáticas", "... fueron tomadas por tropas especiales armadas con fusiles, ametralladoras y pequeñas tanquetas". Por su parte, las turbas castristas estuvieron gritando y amenazando hasta la madrugada y no sólo "golpearon a aquellos que se manifestaron contra la revolución" (de nuevo el corresponsal de El País), sino también a los que "miraron mal a los manifestantes favorables a Castro". En realidad, más que una noche caliente parece haber sido una noche "de las cabillas de hierro", versión castrista de "la noche de los cuchillos largos" protagonizada por los nazis en Alemania en 1934. Y es que todos los fascismos se parecen y se calcan a sí mismos, aunque se llamen comunistas.

Pe rsonalmente, mi testigo puede contar esta anécdota sobre la represión: "Tuve un amigo que cayó preso por andar curioseando el 5 de agosto. Lo tuvieron preso una semana en la estación de policía que está al lado de la Oficina de Intereses Americana. Sin aseo personal, marchando desde que salía el sol hasta que se ponía en el patio, cantando el himno nacional y el del 26 de julio, y gritando consignas revolucionarias y dando vivas a la revolución y a Fidel. Desde que salió (de la estación) andaba con un pulóver con la foto del Che Guevara. Dice que no quería más problemas".

¿Por qué fracasó este brote de rebeldía, por qué no prosperó, por qué se extinguió tan velozmente? En primer lugar, por su espontaneidad, porque no tuvo la menor organización, ninguna dirección. Nació producto de una frustración (no poder irse del país) y de la rabia contra un abuso (la paliza que la policía intentó propinarle a los que se habían apoderado del remolcador sin motor). Esos fueron los detonantes; no hubo otros, como quiso hacer creer el gobierno y el propio Castro, quien declaró que la manifestación había sido "organizada". De haberlo sido, de haber estado preparada o coordinada él no habría podido reprimirla tan fácilmente, no la hubiese aplastado en un solo día. Otro hecho que contribuyó a su liquidación fue=2 0que no pudiera extenderse a otros barrios debido al aislamiento en que vive la población habanera y cubana en general. Como todos los medios de comunicación están controlados por el gobierno, éstos no dijeron ni una palabra de lo que estaba ocurriendo en el área central de la capital, no informaron en absoluto de las manifestaciones. Los habitantes de Miramar, por ejemplo (según me cuenta mi testigo) ignoraban lo que había ocurrido (o estaba ocurriendo) del otro lado de la ciudad, más allá del río Almendares. Y lo mismo les pasaría a los pobladores de la Víbora, el Cerro, Luyanó, no digamos a los de los "ultramarinos" pueblos de Regla y Guanabacoa. En una ciudad donde no hay transporte público vivir en distintos barrios es como vivir en países diferentes. Esto hizo que la protesta del 5 de agosto no se extendiera y benefició a Castro en su aplastamiento.

Pero hay un detalle interesante en esta ola de barbarie oficial: si hubo golpeados después de la manifestación es porque aún después de ocurrida hubo quienes se atrevieron a pronunciarse contra el gobierno o a mirar con desprecio a sus tropas de choque. Mi testigo me cuenta que "el día 19 de agosto, un día antes de lanzarme al mar, desde una azotea destruyeron los techos y parabrisas de dos autos estatales de una empresa sita en Aguiar y Obrapía".

Luego de aquel alarde de prepotencia callejera, Fidel Castro hizo funcionar rápidamente su válvula de escape. Por miedo a un nuevo brote de violencia, producido por la inconformidad reinante en el país, reprodujo lo que había hecho en 1981: permitir un éxodo masivo de cubanos, como el de Mariel, no obstante el enorme descrédito político que le acarrearía. Mil veces prefiere una mala imagen al peligro de una sublevación. Después de todo él no confiaba en ninguna ética -ni política ni moral- sino en las balas de sus fusiles. Y a la revuelta sucedió la fuga de miles de cubanos hacia EE.UU. en las más precarias embarcaciones que concebirse pueda: las balsas.

La revuelta contra Castro y los balseros: he aquí dos signos transparentes de la descomposición del régimen. Y aunque el primero, la revueelta, fue neutralizado por la represión y la subsiguiente fuga de los balseros, aquel hecho probó una cosa: que era posible la rebeldía, que se podían recorrer las calles de La Habana gritando consignas contra Fidel Castro y su fatal sistema. Por eso no es ocioso concluir este artículo suscribiendo el encendido mensaje que Mario Vargas Llosa dirigió a los millares de cubanos que el 5 de agosto de 1994 produjeron la primera rebelión popular contra Castro: "Estuvimos allí -escribía el escritor en su artículo no gratuitamente titulado '¡Con u stedes!'-, bajo el sol ígneo, desfilando y gritando en el Muelle de Luz, en el Castillo de la Fuerza, en el Malecón, salpicados por el agua de mar, gritando y desfilando, y enfrentando también nuestros puños a los palos y fierros de los matones y a las pistolas y metralletas de los centuriones y coreando también ¡Libertad! ¡Libertad! Hasta perder la voz en las barbas del tirano".


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 en Pinar del Río

Por Pedro P. Arencibia Cardoso









Tomado de http://www.cubanet.org/




Los cosieron a tiros de ametralladora

Por Jose Antonio Fornaris y Odelín Alfonso Torna
 Enero 2, 2014

A HABANA, Cuba, 2 de enero, 2014, José Antonio Fornaris y Odelín Alfonso Torna / www.cubanet.org  – Más de cinco decenios no han podido borrar lo sucedido en El Cano, el 28 de mayo de 1962, un hecho de sangre ejecutado por el ejército liderado por el Comandante Fidel Castro, y que dejó el saldo de un muerto, dos heridos y ocho personas arrestadas durante doce días.

Apenas 14 días después del incidente, este poblado, ubicado a 20 kilómetros del centro de La Habana y con una población entonces de 3 mil 800 habitantes, fue declarado el “Primer Pueblo Socialista de Cuba”.

Muchos se preguntarán por qué Primer Pueblo Socialista de Cuba, si ya Fidel Castro se había declarado marxista-leninista a raíz de la invasión organizada por Estados Unidos por Bahía de Cochino en abril de 1961.

El asesinato de Miguel Ángel Escalante, en presencia de otros diez que jugaban Siló (juego con dados) en un improvisado terreno de pelota, (beisbol) provocó indignación en los habitantes de El Cano. Esto motivó que los comercios privados cerraron, en las puertas de las casas se colocaron cintas negras y se avivaron los toques de cazuelas durante horas.

Por años se trató inútilmente de sembrar la historia de que estos jugadores estaban “haciendo contrarrevolución”. Además de contra Ángel Escalante, una patrulla del ejército, comandada por el capitán Camejo, abrió fuego sobre Sergio Quijano González, Matías Ginebra, Manolo Canilla, Amelio Bello, Bernardo Garrido Fuentes, Pedro Pérez Carrillo, José Antonio González (Pichile), Ángel (Bibijagua) y los apodados Yuyito y Minino.

(Sergio Quijano González testimonia ante el periodista Jose Antonio Fornaris  )

Cien negociantes arrestados

El 29 de mayo de 1962, bajo las órdenes del propio Fidel, el ejército tomó el pueblo y estableció un puesto de mando en las afueras, de lo que se conoce actualmente como la “Cafetería El Caporal”. Fue entonces que se decidió intervenir los negocios privados y declarar a El Cano el “Primer Pueblo Socialista de Cuba”. Más de cien negociantes fueron arrestados ese día, entre ellos los dueños de 17 téjares.

Sergio Quijano González (conocido como Cuquito), de 72 años, es el único que sobrevive a aquel hecho. Ya jubilado, Sergio recuerda como si fuera ayer cada detalle. “Éramos un grupo de 11 ó 12 que jugamos el Siló. Fuimos acusados de hacer contrarrevolución y todo fue mentira. A la voz de ¡alto! todos nos mandamos a correr. Ellos (los militares) mataron a Miguel Ángel e hirieron a Pichile (José Antonio González). A Pichile la bala le entró por detrás de la oreja derecha y le salió por el lado izquierdo de la cara.”

¿Fue esto realmente lo que motivó la intervención de Fidel Castro?

Según recoge el volumen La Historia de El Cano, archivado en la biblioteca del pueblo, el hecho se justifica porque “determinados elementos de la localidad, movidos por sentimientos y espíritus burgueses, ´viejos sargentos políticos que se enriquecieron a la sombra de Guas Iclán o del alcalde Orúe, o productos de la explotación de obreros´, utilizando de pretexto para ello un hecho absolutamente accidental, el 29 de mayo de 1962 se lanzaron a la calle, cerraron sus negocios y trataron de escenificar una algarabía contrarrevolucionaria.”

Socialista por la fuerza

Sin embargo, Ricardo Escalante, sobrino de Miguel Ángel Escalante, recuerda como María, una vecina que vivía a doscientos metros de donde jugaban al Siló, los delató con el ejército: “entonces estos maricas pensaban que ellos estaban haciendo contrarrevolución y los cocieron a tiros con la ametralladora (…) Eso que le llamaron el Primer Pueblo Socialista de Cuba no es por la revolución, fue por ese asesinato que hubo”.

(Dionisio Olivera, testigo ocular)

El masón Dionisio Olivera, testigo ocular del tiroteo con apenas 15 años de edad, considera que El Cano se declaró socialista por la fuerza: “Ellos hicieron una de esas conocidas redadas, no fuimos socialistas, más bien nos socializaron (…) Yo paso ese día y veo el corre-corre, ya estaba lo voz de que no se podía jugar. Entonces se formó el tiroteo y yo como muchacho, en lugar de correr para donde estaba el tiroteo corrí para la finca de mi padre. Cuando llego ahí es que me entero que mataron a Miguel Ángel, que era uno de los que estaba jugando al Siló”.

“Miguel Ángel fue uno más de los jugadores que hubo en el pueblo, El Cano se caracteriza principalmente por ser muy jugador desde hace doscientos años. Hubo un capricho, como todos los caprichos de acabar con las religiones, la masonería y las buenas costumbres, y ellos (los gobernantes) quisieron acabar con el juego. No lo lograron, nunca lo lograron”, agrega Dionisio.

“Lo mataron como a un perro”

Si realmente fueron acusados de contrarrevolución, ¿por qué los jugadores capturados permanecieron solamente doce días en prisión, máxime cuanto este delito a principios de la revolución era condenado con largas penas o el fusilamiento? ¿Por qué Ramiro Valdés (actualmente vicepresidente de Cuba), dijo a Sergio Quijano que “ellos no iban a tener problemas por ese incidente”, mientras la familia del fallecido sufrió por años el acoso de la policía?

En busca de testimonios de familiares cercanos a Miguel Ángel Escalante, dimos con una de sus hermanas. La señora, de unos 70 años, se negó a contar la historia por temor a represalias contra su familia, alegando entre sollozos que lo único que quería era tener a su hermano vivo: “Para que voy a estar removiendo una cosa que sucedió hace tantos años, al final me lo mataron como si fuera un perro; y después vinieron los oprobios y demás cosas que tuvimos que soportar, y que finalmente mató a mi madre.”

El 21 de junio de 1966, uno de los hermanos de Miguel Ángel, Amado Escalante, murió cuando el auto donde viajaba fue impactado por un jeep del ejército, hecho que despertó dudas sobre otro posible asesinato. José Becerra, sobreviviente del accidente e indemnizado con 800 pesos por el gobierno cubano (32 dólares con el cambio actual), dijo al respecto: “fue un accidente de tránsito. Veníamos seis muchachones y tres murieron. Que yo recuerde el culpable cumplió seis años.”

El verdugo siguió paseando las calles

El capítulo “El presente Socialista”, del libro extraído de la biblioteca por un voluntario anónimo, cita que en la etapa “pseudo-republicana, El Cano fue zona en la que proliferó la mala yerba de la politiquería y el compadrazgo. Su influencia perniciosa pretendió hacerse sentir en el decurso de la gloriosa Revolución Socialista.”

Para el masón Dionisio, de aquel incidente “lo que más le mortificó a El Cano fue que el ejecutor, el verdugo (capitán Camejo) siguió paseando por el pueblo, y muchas personas –incluyendo mi tía Carmen, dueña de la farmacia– protestaron. Esto supuestamente llegó a oídos de Fidel Castro, porque la ejecución de todo el plan fue por el propio Fidel Castro allá arriba en El Caporal. Lo vi con sus pies grandes, su cabeza grande y su enorme estatura, dirigiendo todo aquel espectáculo.”

Sin dudas la protesta por la muerte de Miguel Ángel dio curso a la intervención de El Cano y posterior nacionalización de los negocios privados en Cuba, ofensiva fidelista que culminó en 1968, con la llamada Ofensiva revolucionaria. Tiempo después el capitán Camejo escapó a los Estados Unidos en un yate robado.


ALGUNOS COMENTARIOS DEJADOS

eddy0155 ha dejado un nuevo comentario en su entrada "El primer ¨toque de cazuela¨ antiCastrista en Cuba...":

soy de cardenas y recuerdo aquello,participo como dice tu abuelo gente de todos lados ,una prima mia embarazada estuvo presa por eso y hubo herido por uno de los primeros actos de reùdio y bandalismo organizado por la tirania casterista,porque lo unico que hicieron esas personas fue salir con calderos y gritar¡queremos comida tenemos hambre! y no era mentira.amo mi pueblo aunque vivi en la habana desde el año 63 hasta que sali de cuba toda mi familia es de alla y estoy orgulloso de ser cardenense y hasta de ser gusano conmo dicen los ñangaras.

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martes, agosto 04, 2020

'Zoquete' y 'patas flojas': el oficialismo de la dictadura Castrista que oprime a Cuba arrecia las críticas contra el cantante y autor Descemer Bueno. El Viceministro de Cultura Fernando Rojas se apunta


'Zoquete' y 'patas flojas': el oficialismo cubano arrecia las críticas contra Descemer Bueno y Fernando Rojas se apunta

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El músico dice que no se había atrevido a criticar al régimen por temor a no poder visitar a su madre que vive en Cuba.
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DDC
La Habana
04 Ago 2020 

El reciente cambio en las opiniones políticas del músico cubano Descemer Bueno, quien ha criticado con dureza al Gobierno de la Isla , provocó críticas de artistas y funcionarios como el viceministro de Cultura Fernando Rojas, el trovador Ray Fernández y el cantante Arnaldo Rodríguez.

Rojas, quien ha retado a peleas públicamente a sus críticos, utilizó su cuenta de Twitter para decir que Bueno es "víctima de la presión de la mafia de Miami". En su opinión el compositor "no aguantó la presión brutal que ustedes (en referencia a los usuarios con los que debatía) y los demás anexionistas ejercen con el dinero del contribuyente estadounidense. Y mintió ahora mismo, como era previsible".

"Lo importante es mi verdad y lo tanto que se escucha internacionalmente mi voz, porque con todo lo que yo he hecho por la cultura cubana, él nunca ha hablado de mí. Nunca he visto a ningún viceministro hablar de mis aportes a la cultura", contestó Descemer Bueno a Rojas durante una de sus transmisión en directo que ya se han hecho habituales.

El trovador Ray Fernández, quien recientemente provocó controversia en las redes al mostrar con orgullo su militancia en el Partido Comunista de Cuba, escribió dirigiéndose a Bueno: "Qué fácil se guapea en el 'Yuma', asere".

Fernández también le dedicó unos versos: "En esta carga al machete/ Pletórica de veneno/ No se ve a Descemer Bueno/ Porque es tremendo soquete/ Grita el de atrás - ¡Al Macheteee!/ Pero se queda mirando/ A Descemer que va echando/ Marcha atrás en su caballo/ ¡Voy a por mi paraguayo/ Que me lo están afilandooooo!".

"Aquí vale decirle al creador de 'Lucha tu yuca': ¡Qué fácil es ser cobarde en Cuba, asere!", escribió al respecto el narrador y humorista cubano Enrique del Risco.

El músico Arnaldo Rodríguez Romero, líder del grupo Talismán, compartió varios contenidos en sus redes sociales criticando al artista, como un video en el que Bueno se mostraba orgulloso de los médicos cubanos.

Rodríguez dijo seguir "admirándolo como el gran músico que es", pero consideró que con sus recientes declaraciones "se ha tirado un cubo de mierda encima y ha embarrado a sus seguidores".

El director del Talismán, quien ha dedicado canciones a los Comités de Defensa de la Revolución, compartió un meme con una imagen del fallecido narcotraficante Pablo Escobar y el cartel: "Repito, córtenle el suministro a Descemer, que se nos fue la mano con el perico y nos va a joder a todos".

También el periodista oficialista Jesús Álvarez López arremetió contra Descemer Bueno, los humoristas Andy Vázquez y Ulises Toirac y la actriz Susana Pérez, a los que llamó "víctimas de patas flojas".

En la opinión de Álvarez López se trata de una cacería contra Cuba en la que "usan francotiradores con cargadores repletos de dólares" contra artistas "que no tienen convicciones, aunque hayan gritado antes 'abajo el bloqueo' o expresado 'yo emigré por razones estrictamente personales'. Algunos no pierden la oportunidad de congraciarse en cada viaje al norte en busca del perdón del imperio".

Descemer Bueno, que ha asombrado a muchos por sus declaraciones contra el Gobierno cubano, confesó que le han sido difíciles de realizar por temor a no poder visitar más a su madre Mercedes Martínez, quien reside en Cuba y padece de Alzheimer.

"Me ha costado mucho y ha sido muy difícil para mí poner en riesgo poder volver a ver a mi madre. He puesto en riesgo a mi familia. No sé qué sería de mis hijos si de momento a mí me pasara algo", afirmó.

"Entonces sí, reconozco que quizás sí puse la música por delante del pueblo, es verdad, pero ¿quién me puede juzgar por eso si en realidad todo el mundo hace algo parecido? ¿Quién me puede juzgar a mí por poner a mi madre por delante de la política?", dijo entre lágrimas.


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DESCEMER B. rompe a llorar: “Quién me puede juzgar por poner a mi Madre por delante de la Política”❓



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Piñera y Lezama, paradojas. José Prats Sariol sobre Virgilio Piñera y José Lezama Lima

Nota del Bloguista de Baracutey Cubano

Virgilio Piñera en su refugio de  Ciudad Celeste,  que así llamaba a la casa de Juanita Gómez y de  su hijo Yonny Ibañez (Juan Gualberto Ibáñez Gómez, el cual se encuentra agachado en la extrema derecha) quien era nieto del patriota independentista y político  Juan Gualberto Gómez. Esa casa (¨Villa Manuelita¨)  se encuentra en la Calzada de Managua  en la frontera entre el Reparto La Lira y Mantilla; en esa casa falleció Juan Gualberto Gómez, patriota al que José Martí le envió  la fecha aproximada del alzamiento para la Guerra de Independencia comenzada el 24 de febrero de  1895. 


Virgilio Piñera, testimonia Yonny Ibañez

Parte I

Parte II



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Tomado de https://diariodecuba.com/


Piñera y Lezama, paradojas

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La más intensa amistad intelectual entre dos escritores cubanos ha sido la protagonizada por Virgilio Piñera y José Lezama Lima. Hoy, 4 de agosto, pero de 1912, nacía el primero.
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Por José Prats Sariol
Miami
04 Agosto 2020

La más intensa amistad intelectual entre dos escritores cubanos ha sido la protagonizada por Virgilio Piñera y José Lezama Lima. Hoy, 4 de agosto, pero de 1912, nacía Virgilio Piñera. El 9 de agosto de 1976 moría su amigo y "coprotagonista" José Lezama Lima. Virgilio moriría el 18 de octubre de 1979. Lezama había nacido el 19 de diciembre de 1910. Apenas se llevaban dos años. El siguiente ensayo quiso y quiere significar cómo la voluptuosidad del debate entre ellos no ha dejado de multiplicar sus resonancias, inaugurar paradojas que en este 2020 de incertidumbres y pandemias abren filosas ironías contra académicos y críticos encharcados en esquemas, incapaces de trenzar las dos poéticas, venturosamente inseparables. De nuevo entra Virgilio a Trocadero 162, saluda sin querer, de mano caída. Siento el privilegio de que los oiré discutir…

Ahora mismo los dos se burlan, junto a Oppiano Licario, de las cotorritas intelectuales que aún aplauden a los hermanos Castro, que como se sabe quedarán en los diccionarios del siglo XXII como "dictadorcitos caribeños, de la época de Virgilio Piñera y José Lezama Lima". Ahora mismo oyen la última travesura estelar de Reinaldo Arenas. Lezama se tapa la boca para reír. Virgilio se quita los espantosos espejuelos de aros negros. Ríen. Ironizan. Desprecian…

Establecer este paralelo puede contribuir a que nuestros esfuerzos por darle sentido a los rumbos de la literatura en el mundo de hoy, que forma parte de nuestro individual afán de sentido, vea en las paradojas entre poéticas no un enfrentamiento irreconciliable, sino un dialéctico juego enriquecedor. Válido también, por cierto, para los sentidos políticos de Cuba o de cualquier país donde los derechos humanos sean vistos como ovnis.

Apenas dos años le llevaba Lezama (1910) a su iconoclasta amigo Virgilio Piñera (1912). Apenas mediaron tres entre la muerte del entonces oficialmente proscrito Lezama (1976) y la del entonces también oficialmente proscrito Virgilio (1979). Al celebrar el centenario del dramaturgo, una comparación entre sus poéticas, desde los textos y con referencias a la turbulenta relación amor-odio entre ellos, puede contribuir a una historia de la literatura cubana que no sea "algodonosa", como llamara Virgilio a la escrita por Cintio Vitier sobre Emilio Ballagas. Ilustra, además, cuán tensa, compleja y por qué no divertida, puede ser la amistad entre dos vigorosos talentos artísticos.

(José Lezama Lima  joven)

Las primeras evidencias del paralelo se remontan a los años cuarenta del pasado siglo. Pero antes hay que esclarecer un fuerte equívoco, cometido por algunos críticos de "teclado ligero", como solía decir Lezama. El agón literario de entonces, en las revistas que preceden a Orígenes (1944), no era entre los que después sí se enfrentarían, es decir, entre los escritores entonces muy jóvenes para suscitar debates filosóficos de corte metafísico, polémicas sobre la agridulce "cubanidad" —ese limbo tan manoseado— y mucho menos esperanzas en una "revolución" salvadora del país, con “mesías” refulgente.

Es absurdo suponer que Cintio Vitier (1921), Eliseo Diego (1920) y Fina García Marruz (1923, "la paloma de hierro", hoy la única sobreviviente) y tal vez Gastón Baquero (1914, autor del inmortal epíteto a su amiga Fina), ya representaban la poética-política que un poco a la ligera se identifica como "teleología insular", con Lezama —punto debatible— de espolón de proa.

Cuando se funda la revista Espuela de Plata (1939-41) —Verbum (1937) fue un primer intento, poco definido— Cintio tenía dieciocho años, Eliseo diecinueve, Fina era una adolescente de dieciséis. Y Lezama era un apuesto joven de veintinueve, Gastón de veinticinco, Virgilio de veintisiete. Los otros dos fundadores de Espuela de Plata, el pintor Mariano Rodríguez y el crítico de arte Guy Pérez Cisneros, también gozaban de una habanera juventud por la calle del Obispo, mientras se burlaban de los políticos de turno…

El agón entonces, como es lógico, era con los poetas mayores en edad, pero casi coetáneos, sobre todo con aquellos distantes en su modo de ver la realidad cubana, la cultura humanística, las "vanguardias literarias"… Era con la revista de Avance (1927-30), como muchos años después puede leerse en la polémica que sostuvieron Jorge Mañach y Lezama en la revista Bohemia, entre septiembre y octubre de 1949.

(Virgilio Piñera Llera joven)

A la vez era la necesidad de establecerse,  individualizarse respecto de aquellos poetas donde reconocían talento artístico, no simple popularidad radial o reconocimientos oficiales de "poeta nacional". Pensaban en Nicolás Guillén, Emilio Ballagas, Eugenio Florit, Mariano Brull… Aunque siempre los que después serían conocidos como origenistas mantuvieron una relación amistosa y hasta admirativa con las voces poéticas precedentes, sobre todo con Ballagas (1908) y Florit (1903). Y en este sentido obsérvese que Lezama sólo era dos años más joven que el poeta de Elegía sin nombre y de Nocturno y elegía, poemas ya publicados en ese entonces; siete más joven que el autor de Doble acento. Añádanse dos años más a Virgilio, para verificar que la diferencia era mínima.

Como ciertos aligerados prefieren sobreponer sus opiniones a las evidencias, relativizar interesada o ignorantemente los hechos, recordemos que estos dos poetas de la promoción inmediata anterior publicaron en Orígenes. Sin embargo, nos falta un estudio de las relaciones entre Emilio Ballagas y Virgilio Piñera, entre sus poemas y poéticas. Además, el primero sólo era cuatro años mayor, nada de pertenecer a otra generación biológica… Lo indubitable son las pruebas, por encima de chismes sexuales, chistes con erratas, chispas de sacristías y crisis espirituales. Lo indubitable son los ensayos que Virgilio le dedica, desde el que corresponde a aquellos años iniciales hasta el publicado en Ciclón: "Ballagas en persona" (No.5, septiembre, 1955, p. 41-50)

Volviendo al hilo: a principios de los años 40, en plena Segunda Guerra Mundial y "democracia" en Cuba bajo una muy progresista Constitución, aún no se definían y mucho menos se oponían entre los futuros "origenistas" la tendencia de estirpe clásica, fundacional y católica, de un lado (Lezama, Cintio, Fina, Eliseo…), y la de corte existencialista, iconoclasta y escéptica, del otro lado (Virgilio, Pepe Rodríguez Feo…). Por supuesto que con muchísimos matices individuales, sin esquemas facilistas. Y recuérdese que de agón proviene agonía, que la lucha literaria por lograr una voz casi nunca ha sido fraternal, como ha estudiado Harold Bloom en los poetas románticos de habla inglesa (Cf. Poetry and Represion. Revisionismfrom Blake to Stevens, Yale University, 1976), sin que la crítica literaria de habla hispana haya tomado suficiente nota atenta de sus enseñanzas, atragantada con el multiculturalismo y el seboruco nacionalista.      

Vale revisar las colaboraciones de Virgilio en las revistas que precedieron a Orígenes, explicar lo que ocurrió en torno y dentro de Poeta, citar una carta posterior de Lezama a Virgilio en Buenos Aires, además de confesar que salvo especulaciones y cuentos, no sabemos si sólo se interpusieron entre ellos cuestiones estéticas y literarias. Por suerte –me refiero a maledicencias— aún no eran Los años de Orígenes.

En Espuela de Plata Virgilio participa como colaborador, comienza a darse a conocer en los nuevos medios culturales que irrumpen en La Habana. Supongo –y así lo corroboraron tantos intelectuales de la época— que su carácter desenfadado y provocador comenzaba también a despertar rechazos, junto a posibles homofobias discriminatorias, realzadas por su condición de pobre, equidistante en este aspecto de José Rodríguez Feo, cuya madre era dueña de un central azucarero, riqueza que como se sabe permitió el financiamiento de Orígenes, la ejemplar independencia de la revista respecto del Estado y de intereses comerciales.

En los seis números que salieron de Espuela de Plata aparecen varios poemas y un importante ensayo de Virgilio, clave para la distinción de su poética: "Dos poetas, dos poemas, dos modos de poesía". Para cuando cesa la revista en 1941 y surgen las tres que preceden a Orígenes, Lezama es una voz única, no solo en el ámbito de la poesía cubana, sino en la del idioma. Muerte de Narciso y los poemas sucesivos de entonces, marcan una individualidad inconfundible. Algo que Virgilio percibe de inmediato, admira y teme. Algo de lo que él aún carecía. Y que le parece una etapa, no un timbre definitivo, desde su poética neovanguardista del rompimiento, de la transgresión de cualquier norma o conducta lexicalizada.

1942 es el año de la ruptura entre Lezama y Virgilio, que culmina en la simpática, desproporcionada y emblemática  pelea en los jardines del Liceo, en El Vedado. Pero al revisar las tres revistas de ese año, se observa una curiosa mezcla. En Clavileño (1942-3, siete números, aunque dos son dobles) no aparece Lezama, pero sí el sacerdote Ángel Gaztelu ("Parábola de la palabra y los cuatro elementos", No. 1, ago., 1942, p.3), con quien Lezama fundaría Nadie Parecía, ese mismo año clave: 1942, de la cual sí estaba excluido Virgilio, sobre todo por sus ideas escépticas y agnósticas, lejanas del catolicismo que la revista tomaba de san Juan de la Cruz y sus versos místicos, los más intensos del idioma.

1942 marca la discordia. Y lo decisivo: marca entonces a Virgilio como uno de los grandes escritores cubanos de todos los tiempos. Es en 1942 cuando escribe Electra Garrigó, que se estrenaría seis años después, pero que señala el inicio del teatro moderno en Cuba, y que la crítica especializada en las artes dramáticas considera un hito dentro del teatro de habla hispana del pasado siglo.

No es casual que también es el año en que Virgilio prepara "La isla en peso" —publicado en 1943—, donde logra sin equívocos la lejanía expresiva de Lezama y del resto de los poetas cubanos. Aunque he argumentado en otro estudio por qué considero ese poema el más representativo de la historia cultural cubana del pasado siglo, reitero aquí lo más significativo para el tema Lezama-Virgilio: el poeta de Cárdenas logra una sesgadura propia, de estirpe coloquialista, con el único antecedente entre nosotros en los poemas, entonces y hoy bastante ignorados, de José Zacarías Tallet. Aunque haya que considerar la influencia del García Lorca de Poeta en Nueva York, cuaderno póstumo salvado por José Bergamín y publicado en su exilio mexicano, en 1940, por la Editorial Séneca.

Y claro que donde puede leerse la "ruptura" como evidencia, sin necesidad de interpretaciones, es en los dos incendiarios editoriales de Poeta, la delgada revista que Virgilio paga, dirige y divulga. Las críticas a Lezama en Terribilia meditans, como estudié hace décadas, marcan la escisión, cuyo colofón estuvo en la pelea física entre ellos, al parecer detenida enseguida, supongo que entre risas de los testigos, por el pintor Mariano Rodríguez, que gritó: "Hay viene la policía".

¿Hubo algo más? Yo no me atrevo a añadir nada, porque caería en rumores rodados… Nunca ninguno de los dos me habló de otras causas. Virgilio no tenía por qué hacerlo, pues no estuve en su círculo íntimo de amistades, nunca tuve el privilegio de las tertulias en Villa Manuela, la casa al sur de La Habana del pintor Yoni Ibáñez, donde por cierto Virgilio ofreció una noche una conferencia sobre Paradiso, tras la muerte de su amigo, que lamentablemente no fue grabada.

Pero Lezama tampoco, ni siquiera cuando preparé en 1971 mi tesis de grado sobre Orígenes. Así que la causa esencial —no cierro la discusión—  era de diferentes poéticas, de diferentes idearios filosóficos, de diferentes modos de entender la estética de las vanguardias, donde cada uno priorizó los rasgos que más se avenían a sus fuertes personalidades.

Lo curioso por la paradoja que entraña es que las críticas de Virgilio a Lezama, a los efectos de que repetía su estilística, también van a caracterizar los poemas suyos, de entonces a su muerte. Ni en los poemas de Lezama se pueden señalar etapas o períodos lejanos a su manierismo; ni en los de Virgilio es posible separar ninguno fuera de su inconfundible prosaísmo dialógico, irreverente y recreador de lugares comunes, tan cercano a los personajes de su teatro. Ni el arrogante Lezama ni el travieso antagonista, dejan sus contrapuestos estilos. Ninguno "evoluciona". Los dos pasan con sus impermeables sobre la historia, que sí, claro está, evoluciona y hasta se "revoluciona" o revuelve.

Veinticuatro años después, cuando en 1966 aparece Paradiso, es que se reanuda la amistad: Virgilio llama por teléfono a Lezama para felicitarlo por la genial novela, y su viejo amigo-enemigo lo invita a visitarlo en Trocadero 162. Sin embargo, en aquellos casi cinco lustros no dejaron de vigilarse, de estar atentos a lo que escriben, a las resonancias de sus obras. Ninguno podía prescindir del otro porque los dos se sabían talentosos, únicos.

El largo apartamiento estuvo marcado —como enuncié— entre otros sucesos  por una poco conocida carta de Lezama a Virgilio, en ese entonces en Buenos Aires. Después por los editoriales de Ciclón y las críticas ácidas contra escritores admirados por Lezama, como José Ortega y Gasset; las diatribas a Lezama desde Lunes de Revolución, lanzadas por muy amigos de Virgilio; y alguno que otro roce mediante comentarios venenosos, que a los pocos días llegaban al otro... Según testimonios, cuando raramente coincidían en algún sitio, procuraban no verse, apartarse. Quizás algún sobreviviente pueda contradecir lo inmediato anterior. Ojalá. Yo no, por lo menos antes de 1966, en mi adolescencia.

De los enunciados anteriores quizás un párrafo de la carta sintetice la crispación. Le escribe Lezama a su temido contendiente, en agosto de 1946, para pedirle una colaboración "pigmentada" sobre las letras en Argentina, donde Virgilio vivía. Y le dice: "A su agitado temperamento basta que se le indique un tema, para que de inmediato lo deseche". Ahí está sintetizada la clave: Virgilio como primera reacción tiene siempre el rechazo, la reticencia, la rebeldía. Siempre fue así. Lejano de la actitud contemporizadora de Lezama. Por ser así, bajo la discriminación a su homosexualidad afeminada y a su pobreza económica, fue más libre que Lezama, sobre todo frente al Poder "revolucionario" que —dueño de todos los empleos y Cuba carente de una sociedad civil— los apabulló a ambos. Al punto de que los dos desearon abandonar el país, como podemos testimoniar varios de sus amigos: Lezama a París y luego a reencontrarse con su hermana Eloísa. Virgilio a Buenos Aires, "de donde nunca debí regresar" —como me dijo en la cola para un aguado café en Infanta y San Lázaro, cerca de su apartamento de 27 y N en El Vedado, pocos meses antes de morir.

En esa misma carta Lezama le confiesa a su amigo-enemigo, al que tiene tan presente: "Cada día se hace más difícil conseguir colaboraciones entre nosotros. La creación es lenta y discontinua, en la gente que entre nosotros hace algo. Un poemita o un ensayo con dimensiones de carta, hay que buscarlo como el oro con cobre de nuestros ríos. Mi pescuezo de vasco persevera, pero los huesos sudan rocío frío. La obstinación contra el muro puesto de moda por los existencialistas, es ya de todos y se quiere jugar un poco al muro y dejar que se resientan contra él." (En Cartas a Eloísa y otra correspondencia, Ed. Verbum, Madrid, 1998, pp. 309-310)

Los dos escritores perseverantes —de vocación y voluntad ejemplares— pronto experimentaran latigazos más fuertes que la desidia o las envidias de la fauna cultural de entonces, siempre intemporal y de cualquier ciudad. Obsérvese, además, el guiño al existencialismo que le regala Lezama a Virgilio, cuya filiación conocía muy bien y de la cual participaba, en cierta forma, pero desde la corriente católica: Jacques Maritain, entre otros… Opuesta a Camus, y sobre todo a Sartre, el gran centro filosófico del hermano de Virgilio, el relevante profesor de filosofía Humberto Piñera Llera.

Después de esa carta la oposición entre ellos prosiguió y se acentuó cuando la escisión que da nacimiento a la revista  Ciclón, en 1955. Sus editoriales —como es fácil verificar en el estilo de ellos— están escritos por Virgilio, aunque firmados por su amigo Rodríguez Feo. El ataque al Orígenes de Lezama es de frente y duro. Aquí sí —y hasta el final de su vida— contra los idearios del grupo católico y "martiano", sobre todo contra Cintio Vitier.

Reitero que la oposición de poéticas y de actitudes existenciales se define en esa fecha, no en los años 40, como algunos han pretendido ubicar; aunque tenga en Poeta (1942) su antecedente. La beligerancia de Virgilio contra los poetas-católicos se hace diáfana a finales de los años 50, mientras prosigue su enfrentamiento a las edulcoraciones de la historia de Cuba, de José Martí y de sus intelectuales y políticos, de corruptos e hipócritas asentados en un supuesto ámbito familiar "armónico", como puede disfrutarse en Aire frío.

Porque la reconciliación fue Paradiso y solo con Lezama. Nada que ver con Cintio Vitier, Fina García Marruz y Eliseo Diego. Tampoco —pero en otro sentido— con Gastón Baquero, ya en el exilio madrileño… Lo triste y patético es que los dos fueron víctimas del Poder, aunque Lezama con mucha mayor ingenuidad política, casi cándida ante el autoritarismo represivo, con más miedo que Virgilio a las sanciones.

Para la idiosincrasia de Virgilio Piñera Paradiso representó una cima cubana, sólo comparable a las alcanzadas por él mismo. Representó, además, la verificación de que no se había equivocado en sus críticas de los años 40 a su amigo. Al leerla completa por primera vez, tras los capítulos que habían aparecido, pudo gozar de las transgresiones lezamianas al canon narrativo, pero a la vez de las fuertes transgresiones lezamianas a la moral de tapadillo, a homofóbicos e hipócritas. Y no sólo en el capítulo VIII, que provocó la recogida de la edición de las librerías, hasta que de nuevo el Partido estalinista autorizara que prosiguiese la venta de la limitada publicación. Aquella lectura en la edición príncipe, le borró los sinsabores acumulados durante décadas. Lo hizo llamarlo, felicitarlo, decirle que lo admiraba por Cemí y Fronesis, por Foción… Por el carácter de novela iniciática que no ocultaba nada, que lejos de velar exhibía.

En los próximos diez años la amistad se consolida y engrandece. Los une la mutua admiración. Los une también el ostracismo que sufren por parte de un gobierno que en 1959 y en los primeros años de "revolución" admiraron, pensaron como el inicio de una Cuba mejor. Ambos chotean los disparates egocéntricos de Fidel Castro, la mediocridad de su hermano, los funcionarios de la "cultura" anegados en los pantanos del "realismo socialista" y el aldeanismo. Los chistes llueven. Aún recuerdo una noche de 1974 donde los dos susurraron burlas sobre el "Comandante", a quien consideraban un muy peligroso delirante, rodeado de vividores y lacayos, en la más encumbrada  tradición latinoamericana de caudillos.

Como apunté al inicio, Lezama murió casi tres años antes que el "endemoniado" escéptico y procaz que fuera, en 1966, el primero en darse cuenta de la grandeza de Paradiso, según atestigua su decisión de reiniciar la amistad, la admirativa llamada telefónica, el irónico poema "El telegrama" (marzo de 1969), manuscrito en el álbum de amigos de Lezama… En aquellos días posteriores al 9 de agosto de 1976, Virgilio le escribió un poema, que tituló "El hechizado". Dice:

Por un plazo que no pude señalar
me llevas la ventaja de tu muerte:
lo mismo que en la vida, fue tu suerte
llegar primero. Yo, en segundo lugar.

 
Estaba escrito. ¿Dónde? En esa mar
encrespada y terrible que es la vida.
A ti primero te cerró la herida:
mortal combate del ser y del estar.


Es tu inmortalidad haber matado
a ese que te hacía respirar
para que el otro respire eternamente.

 
Lo hiciste con el arma Paradiso.
- Golpe maestro, jaque mate al hado -.
Ahora respira en paz. Viva tu hechizo.

En la Isla sobre cuyo peso ahora mismo conversan sobre sus vidas encrespadas, Lezama y Virgilio no han interrumpido nunca su labor formadora. Lezama prosigue su Curso Délfico con los que "están en la obligación de escucharme". Virgilio con los pinos nuevos que siguen las estelas de Abilio Estévez... El hechizo que sus obras exhalan mantiene en jaque a la mediocridad y al Poder. Los dos discuten fraternalmente desde el respeto a la diferencia. Juntos escriben ese raro hechizo: orgullo que ironiza y convoca.
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Julio Cortazar, ¨Chino¨López y José Lezama Lima


José Lezama Lima en su casa con su esposa

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Zoé Valdés sobre el equivocado Eusebio Leal Spengler


Nota del Bloguista de  Baracutey Cubano


Cuando a finales de 1878 Juan Gualberto regresa a La Habana, conoce a  José Martí a través de un amigo en común, Don Nicolás Azcarate, que los pone en contacto en el bufete de Miguel F. Viondi, ubicado en la calle Mercaderes no. 2, Esquina Empedrado.

A partir de aquel encuentro comienzan a  verse todos los días, el propio Viondi les ofreció un despacho en su propio edificio, para que estuvieran más aislados.

El servil y canalla al desnudo:


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Tomado de https://www.cibercuba.com/

El equivocado Leal


Por Zoé Valdés
Agosto 3, 2020

Conocí a Eusebio Leal Spengler en el año 1979, a través del escritor cubano Manuel Pereira, quien en la actualidad vive en México. Ellos eran muy amigos y yo iniciaba una relación profundamente amorosa con Pereira cuyo matrimonio duró siete años.

Eusebio Leal Spengler, el apellido de su padre colocado al final, antes el de su madre (según contaba él, luego se verificaría que se trataba de una de sus mentiras), con quien se crió, en ausencia de su padre (batistiano), según tengo entendido, me pareció un hombre muy simpático.

Siempre andaba corriendo de un lado a otro de la ciudad, paraba poco en su oficina, y cuando llegaba iba saludando invariable y particularmente desde el vigilante hasta al anciano hijo del presidente Zayas, a las guardianas del museo. Desgranaba simpatía, aunque repartía órdenes muy estrictas y rigurosas que había que cumplir de inmediato.

En la época en la que lo frecuenté, algunas secretarias llegaban y se iban con toda rapidez porque no soportaban su ritmo o él no aguantaba la lentitud de ellas, hasta que se quedó con una llamada Diana.

Su brazo derecho, o eso hacía entrever, era otra funcionaria llamada Rayda Mara. Existía también el investigador e historiador, además de arquitecto, el chino Leonel S. Marrero, cuyo rostro denotaba su origen chino, y un equipo de arquitectos entre los que se encontraba una chilena que fue el amor de la vida de Silvio Rodríguez en la época, y dos cubanos, un hombre y una mujer. El arquitecto cubano se quedó algunos años más tarde en Italia, hoy vive en Miami.

Durante la época en que conocí a Eusebio Leal cambió de esposa en cuatro ocasiones, la primera, la madre de sus dos hijos Vivian y Javier, la segunda, Margarita, graduada en Historia del Arte, madre de su hijo Carlos Manuel, después Yamile Mansor, abogada, con la que no tuvo hijos, y Beatriz, una joven estudiante, a la que apenas conocí, porque ya en aquella época nos veíamos poco, y que lo dejó para casarse con uno de esos cubanos exiliados que en Cuba se decía -por debajo del tapete- que se trataba de un prófugo de la justicia norteamericana y otros opinaban que viajaba a Cuba con la esperanza de invertir dinero en aquella isla. Como un Carlos Saladrigas avant la lettre.

Eusebio Leal, sin el Spengler, apellido al que él no recurría nunca o casi nunca, en aquella época era un hombre enardecido que luchaba a brazo partido por el poder de la ciudad. No dudo un instante que su amor por La Habana Vieja fuera verdadero. Antes de llegar al salón que hacía de su oficina decidió conservar otro espacioso salón donde se encontraba la oficina de quien fuera su antecesor Emilio Roig de Leuschering, allí iba su viuda, María Benítez, a diario para hacer cualquier tarea que se le indicara. La recuerdo como una mujer elegante y silenciosa. Leal la utilizaba además como objeto de interés turístico o blasón de amistad.

Leal no era militante del Partido Comunista, y se debatía arduamente por ser aceptado en sus filas, su pasado católico se lo impedía. Tampoco era graduado universitario (estudiaba en el Curso para Trabajadores) ni contaba con publicaciones que lo validaran para heredar el puesto que había alcanzado –como él mismo decía- debido a su amistad y fidelidad con el antiguo historiador y su afectada devoción hacia una gran cantidad de personas, muy ancianas ya, de la antigua y altísima sacarocracia y burguesía cubana a quienes visitaba, y que decía que veneraba devotamente, o al menos eso parecía. Una de ellas, Dulce María Loynaz.

La amistad con estas personas, Sara Soler, la esposa del herrero Soler, y con una gran cantidad de ancianas a las que visitaba a diario, le abrió las puertas y la confianza de una casta marginada y vapuleada por el comunismo. Pero al mismo tiempo Leal pretendía el poder, el poder por encima de quien más lo vetaba, el alcalde de La Habana, Oscar Fernández Mell. Entre ellos no se podían ver, pero Leal siempre fue una persona muy astuta y supo colársele a Fernández Mell brindándole actos y conciertos musicales y poniéndolo en el pedestal que el otro exigía. Leal Spengler supo ser el intermediario entre esa casta marginalizada y los comunistas de poca clase y fineza.

Poco a poco y durante los años ochenta Leal se fue convirtiendo en el “duende” de La Habana, así lo llamaban todos, incluidos los vecinos de los solares aledaños a sus predios, entre quienes hizo amigos y a quienes atendía con tesón. Él mismo vivía en una magnífica casa pintada por dentro de blanco y azul, el exterior de piedra de taille, con persianas y plantas que su madre, la buena y silenciosa Silvia, cuidaba con pasión.

Vi la transformación de Eusebio Leal, pero no le di importancia, en aquella época muchos se comportaban como él lo hacía. Finalmente consiguió su afiliación al PCC, lo reconocieron como historiador –algo que le costó un gran esfuerzo, debido a la gran cantidad de enemigos que tenía, aunque consiguió poco a poco ser apoyado por Haydée Santamaría y por Alfredo Guevara, así como por René Rodríguez, entre otros-. Eusebio Leal siempre se mantenía en un nerviosismo extremo, en un corre p’aquí y arranca p’allá, que daba la sensación de que estaba en aquel momento haciendo su propia revolución. Una revolución a favor de los vecinos de La Habana Vieja. A algunos les prometió villas y castillos, lo que no cumplió.

Excavó La Habana Vieja, alrededor del Museo de la Ciudad, su cuartel, y de la Oficina del Historiador, encontró como tesoro esencial una botellería antigua de lo que fueron los vinos y las cervezas que se tomaron los españoles, y empezó a crear su propia leyenda. Esa leyenda empezó con las conferencias que llevaron como título Andar La Habana. Cada miércoles, al inicio, y luego cada sábado.

Eusebio Leal recorría La Habana Vieja contándola desde su exaltado verbo de historiador callejero, inventaba leyendas, transformándolas hasta el delirio. Lo cierto es que tuvo un éxito enorme. Los habaneros iban a verlo desde todas partes de la ciudad para reunirse con él en el fórum empedrado del Parque de los Enamorados a oír lo que a través del verbo –a veces cursi y hasta picúo- de Leal le contaba cada piedra de su antigua ciudad.

Su popularidad alcanzó niveles increíblemente peligrosos, porque en Cuba se puede ser de todo, menos más popular que los Castro, y su popularidad era su espada de Damocles, la que tuvo que empezar a dirigir –la popularidad, desde luego- a favor de los tiranos. No faltaba entonces el guiño final de cada intervención al identificar todo lo que él hacía como una obra de la revolución, incluso si la revolución no le daba un centavo por ello, o si lo despreciaba, hasta ese momento, ni contaba con su obra para llevar a cabo el trabajo de investigación y de restauración de La Habana.


Fui una de las que no se perdió una sola de sus conferencias. En aquella época estudiaba Filología en la Universidad de La Habana, leía enormemente y había vivido toda mi vida entre las piedras de la Ciudad Intramuros, primero en la calle Muralla, después en Empedrado, y más tarde en Mercaderes.

Eusebio Leal se dio cuenta al instante que yo conocía la ciudad como muy pocos. En una de las conversaciones en La Bodeguita del Medio mencioné que tendría que hacer mi trabajo de servicio social universitario, y mi esposo y él mismo me propusieron que lo hiciera en el Museo. Para mí fue de una gran alegría, primero porque me evitaba coger guaguas y alejarme de mi entorno, y segundo porque uno de los sitios que más amaba de la ciudad era el Museo. En una ocasión me tocó dar una visita dirigida, que terminó mal, porque el policía de la Plaza de la Catedral, creyendo que yo estaba molestando a los extranjeros, me montó en un patrullero, esposada.

En la Primera Unidad pasé momentos bastante angustiosos. Leal llegó allí al día siguiente, un poco tarde, no solo para remedar el error además para reprender al policía que era un pobre guajiro de Oriente que nada sabía de la Catedral ni de turistas –según la excusa que me dieron. Era la época en que empezaban a llegar los primeros visitantes europeos a la isla.

Después escribí tres crónicas sobre las conferencias de Leal que se publicaron en Granma a través de él. Más tarde trabajé durante meses en los dos últimos Diarios de Carlos Manuel de Céspedes, antes de morir en San Lorenzo.


Yo hacía la transcripción paleográfica de los Diarios a máquina valiéndome de una lámpara lupa (la foto de mi avatar en mi blog es de esa época, me la hizo Sonia Pérez) y Zayitas, el hijo del presidente Zayas, ordenaba aquellos documentos con sus referencias onomásticas e históricas, el glosario lo hice yo más tarde. Más tarde Rayda Mara se apoderaría de aquel trabajo como suyo, o quizás el mismo Leal se lo entregó para que ella se lo adjudicara, desconozco cómo se produjo el hecho posterior.

Leal tenía una gran facilidad de palabras, nunca la perdió, para la oratoria, una oratoria rimbombante, pero no así para la escritura. En varias ocasiones él escribía y otros reestructuraban sus textos. Su verdadero trabajo estaba en la acción: no se consideraba en aquella época un verdadero intelectual, sino más bien un investigador de la historia.

Era un hombre con una sonrisa forzada cuando el momento lo requería, casi siempre, o con una verdadera sonrisa cuando no estaba centrado en su verdadero objetivo: el poder. Podía ser muy amable, e igualmente muy altanero y rudo.

Sentía, según afirmaba una gran admiración por Fidel Castro, e intentaba llevarse de maravillas también con Raúl. Creo que la admiración por el primero era más bien actuada e hipócrita, pero supo de alguna manera metérselo en el bolsillo con sus extravagancias. Una de ellas fue sentarlo en el trono del rey de España en una de las salas de Museo, otra pedirle permiso para poder casarse en terceras nupcias, dado que para un militante sucedía lo mismo que para un católico, ese cambio tan frecuente de esposa se veía muy mal; para colmo, al parecer, Castro I tenía un gran aprecio por Margarita, la esposa a la que él dejaba en aquel momento por Yamile.

Así, haciéndose el gracioso indispensable y comprometiéndose cada vez más, se fue convirtiendo en uno de los hombres de confianza del régimen, en uno más del séquito, hasta cierto punto, además de un recaudador de divisas de armas tomar. En Francia algunos personajes de la política lo llamaron El Pedigüeño (Le Mendiant), porque siempre estaba pidiendo dinero para esto y para lo otro, y farolas para la ciudad, Y, con sus mítines históricos al parecer conseguía dormir al más pinto.

En una ocasión contó delante de mí que se había hecho de unas cuantas plumas antiguas y que con ellas iba abriéndose paso por el mundo. Le regaló una de esas plumas a Kadafi diciéndole que era un regalo que le entregaba de parte de Fidel Castro. Estuvo invitado por el Rey de España en varias oportunidades, y creo que hasta obtuvo una audiencia privada.

Al final, muchos años después, cuando yo ya apenas lo veía, nos encontrábamos por azar en algunas reuniones en casa de extranjeros o embajadas, él por su lado representando lo que representaba, y yo invitada por los diplomáticos, algunos ya conocían cómo yo pensaba en relación al castrismo.

Recuerdo una en particular: aquel día Leal había estado atacando fuertemente en la Asamblea del Poder Popular las antenas parabólicas artesanales vendidas en el mercado negro, las había calificado de ilegales, y que instalarlas eran verdaderos actos de corrupción, etcétera; lo que se había visto en la televisión cubana. Al saludarnos esa tarde, me le acerqué y le dije que yo tenía una, y que no entendía por qué él se había metido a denunciar lo de las antenas; sonrió y le preguntó al padre de mi hija si podía conseguirle una a él, para su casa.

No sé cuánto habrá ascendido Eusebio Leal Spengler en la confianza del tirano Raúl Castro, pero lo que sí se notaba qes que tenía mucho más poder del que él mismo hubiera podido imaginar, que alcanzó un puesto muy útil a la dictadura y que tal vez aspiraba a muchísimo más. Aunque dudo que Leal habría podido conseguir el poder absoluto, una vez desaparecidos los Castro I y II.

La pieza para mover y darle relevancia internacional a Mariela Castro, que es a la que quieren aupar como posible sucesora, podía haber sido sea Eusebio Leal, que es quien poseía conexiones para nada desdeñables, sobre todo en el mundo de la iglesia católica, y que sabía colarse en cualquier tipo de círculo, de hecho ya se había colado, sobre todo en esos círculos de la alta clase política y burguesa que se hace llamar de izquierdas, y también en la de derechas.

En resumen, en los círculos del poder político, y de las curias vaticanas. Allí habría llegado con el apoyo del que fuera embajador, Raúl Roa Kourí, entre otros. Su amistad con Carlos Manuel de Céspedes y con Jaime Ortega y Alamino también lo convirtió en un correveidile entre el poder y la iglesia, catapultándolo.

El mismo Alfredo Guevara se asombraba entonces de las habilidades de Leal Spengler, cuando todavía no había ni empezado a ser aceptado. De todo, de lo más mínimo, hacía un combate medieval, una batalla en la que iba armado como un gladiador, y de cada combate, sacaba una gloria personal, pero no le quedaba más remedio que poner esa gloria personal a favor del castrismo.

Los Diarios de Carlos Manuel de Céspedes, tardaron en publicarse, Castro I se negaba a ello, argumentando que de hacerlo se correría el riesgo de que las luchas intestinas que Céspedes señalaba en ellos podían ser comparadas e interpretadas por las que él mismo vivía en ese momento contra otros dirigentes, pero en realidad, a mi juicio lo que le molestaba era que en aquellos diarios apareció, por azar, esa frase tremenda de Céspedes: “La historia dictará su fallo”.

Lo que lo convertía a él en muy poco original con respecto a aquella frase suya del Moncada, o tal vez le molestaba que habiendo existido esa frase escrita tan poéticamente y muy anteriormente por un cubano y nada menos que por el Padre de la Patria, en un momento histórico que a él le hubiera convenido mejor, hubiera tenido que ir a copiársela a un tal Adolf Hitler. Leal se las apañó para convencerlo de lo contrario y por fin fueron editados los diarios en Colombia por primera vez –años más tarde en Cuba-, con un prólogo de Leal con el que se quedó endeudado de la pluma y el talento de algunos que trabajamos en la sombra.

Después de haberme acabado la vista con esos Diarios, mi nombre apareció apenas en letras muy pequeñas en los agradecimientos, entre el nombre del pobre Zayas, al que yo veía cada noche, escondido en la esquina entre Tejadillo y Villegas, contemplar a moco tendido el derrumbe de la estatua de su padre, mientras existió el Parque Zayas. Los demás en primer lugar, claro está. Y eso, en la edición colombiana, en la publicación cubana no existo.

Sí, Leal Spengler fue un hombre de mucho cuidado, pero también fue un hombre muy débil, porque el poder al que tanto aspiró, o los representantes desde hace más de medio siglo de ese poder, le sabían demasiados secretos.

Algunas de esas intimidades ya no tendrán valor ni actualidad, porque forman parte de la vida de un hombre muerto, que no tomó la pistola que guardaba en su escritorio para suicidarse a la edad en que murió Martí como tantas veces pronosticó que haría, pero sí le conocen otras debilidades de mayor peso que forman parte de la historia de su ascensión política y familiar, como escalador en esa soga podrida y frágil del poder, que en un país totalitario y castrista, un día se podría enrollar inesperadamente alrededor de unos cuantos cuellos. Eusebio fue el leal equivocado.

(Por ninguno de los trabajos fui remunerada. Eusebio Leal imprimió una litografía numerada, de un poema mío dedicado a Carlos Manuel de Céspedes, con un dibujo de un pintor del Taller de Grabados de la Plaza de la Catedral, lo que consideré una atención a mi trabajo.) Nota de la autora.

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