martes, julio 27, 2021

Vicente Morín Aguado desde Cuba: De Miami camino a Washington: el exilio cubano entre la conciencia y la razón


Una coalición de 21 países condena la represión en Cuba y envía una advertencia a la Habana



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 Tomado de https://www.cubaencuentro.com/

De Miami camino a Washington: el exilio cubano entre la conciencia y la razón

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Los cubanos no quieren migajas en medio de su desgracia, han identificado correctamente el origen del mal y están decididos a extirparlo de raíz

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Un grupo de cubanos de Miami viajó en autobús a Washington el 17 de julio de 2021 para llamar la atención sobre las protestas sin precedentes en Cuba. Otro grupo hizo lo mismo el sábado 24 y el domingo 25 de julio.

Por Vicente Morín Aguado

La Habana

26/07/2021

Días atrás, Yessy World, una simpática y muy inteligente influencer cubana, urgió a los cercanos colaboradores del “viejito” Joe Biden, para que le colocaran correctamente en el oído el aparatico, a fin de que pudiera escuchar bien el reclamo de los antillanos rebeldes. A juzgar por sus últimas decisiones, el presidente, va mejorando de oídos. La mayoría atronante de una nación que ha despertado repite: los cubanos no estamos pidiendo comida, tampoco visas, ni siquiera la urgencia de medicamentos, exigimos libertad.

Buena parte de la prensa extranjera, inclusive la acreditada en el mayor archipiélago del Caribe, se ha encargado de tergiversar los extraordinarios sucesos que hoy se viven allí, iniciados con el estallido social SIN PRECEDENTES, mayúsculas a propósito, este 11 de julio de 2021.

Hablando de precedentes, si que los hay tratándose de mellar las voces de la prensa extranjera, acreditada según las normas de un supuesto estado de derecho, inexistente bajo el totalitarismo castrista. La última víctima se nombra Ramón Espinosa, fotorreportero español de la AP, golpeado en el rostro hasta sangrar el domingo rebelde de julio.

Lo primero es lo primero, porque una de las reducciones mal intencionadas y/o mal informadas es recordar el célebre “maleconazo” del 5 de agosto de 1994, citado como precursor de una protesta extendida a decenas de ciudades a todo lo largo y ancho del país, sin exagerar multitudinaria, generadora de una represión jamás antes vista en los 62 años de castrismo.

Pero no se trata solo de números, hay mucho mas: durante la tarde calurosa de aquel agosto en los barrios cercanos al Malecón habanero, únicamente fue allí, la gente salió en turbas, apedreando vidrieras de las recién abiertas tiendas en dólares, moneda que circulaba por vez primera, un panorama muy distinto al de hoy.

Tampoco los inconformes de aquel momento corearon consignas contra el régimen. La revuelta terminó cuando las tropas especiales cercaron el área “caliente”, mientras el Comandante caminaba por el Paseo del Prado, vitoreado una vez más, como él estaba acostumbrado a serlo.

Fidel Castro desapareció, una pequeña caja con sus supuestas cenizas es todo lo que va quedando de tan augusta persona, en tanto la veneración hacia su figura se está deteriorando con una rapidez imprevista hasta para sus enemigos acérrimos. Por cierto, ni siquiera se sabe cómo y de qué falleció el inmortal sujeto.

El colmo de los seudo informadores, entre la cobardía y la infamia, que suelen andar juntas, sumándose al enorme monopolio propagandístico del estado comunista, es colocar a partes iguales, durante los sucesos recientes, el asalto parcial a un par de tiendas dolarizadas, junto a la ira desbordada al virar ruedas arriba varios autos policiales, con los coros valientes de miles de jóvenes, gritando abajo el comunismo, basta ya, no tenemos miedo, patria y vida, exigiendo el cambio con la peor de las ofensas posibles, gritada al presidente marioneta de Raúl Castro, frase unimembre, grosería legítima que identifica a su excelencia Miguel Díaz-Canel. (Hasta en Google puede buscarse “Diaz-Canel singao”)

Los cubanos no quieren migajas en medio de su desgracia, han identificado correctamente el origen del mal y están decididos a extirparlo de raíz. Se trata de libertad, de cambiar dictadura por democracia.

Ahora bien, sucede que los pueblos participan, en su humana condición, de razón y sentimientos. En las calles de Cuba han soltado a los perros, unos ladran a la orden, reforzando el terror, otros humanoides, ni siquiera articulan palabras, ocupados en golpear salvajemente a sus semejantes, brazos ejecutores de una maquinaria concebida para actuar bajo la más absoluta impunidad, fuera de la ley.

Aún quedan más de 600 presos de la redada que dio comienzo el pasado 11 de julio, han condenado a prisión, incluso a niños y niñas de menos de 18 años; la contrapartida son jóvenes de similar edad, incorporados bajo coacción al contingente uniformado, compartiendo el trabajo sucio de la dictadura.

No por reclamar democracia, derechos humanos y el cambio, se olvida el hambre, la falta de medicinas y la explosión incontrolable de la covid-19, acompañado de otras plagas que proliferan en medio de la insalubridad reinantes.

Sale del corazón adolorido de dos millones en la diáspora, pedir de urgencia, frente a la Casa Blanca, una intervención humanitaria que ponga fin, con una fuerza mayor, al pronóstico tenebroso que se viene encima de los cubanos de la Isla. Sin embargo, este clamor nacido de la impotencia y la desesperación, merece detenido razonamiento.

Apelando al sentido común, está muy lejos en el horizonte la opción de una decisión tan extrema, se trata de invadir por las armas otro país, con la esperada respuesta de un estado que, desde su fundación en 1959, ha enarbolado precisamente el peligro de una agresión norteamericana como fundamento político de su existencia.

El castrismo ha utilizado con malvada eficacia la apelación al antimperialismo, movilizando a la opinión pública internacional a su favor, en tanto los prejuicios anexionistas, tratándose de EEUU, suelen paralizar a una parte de los cubanos. Aunque el pedido de intervención humanitaria del exilio, está totalmente desligado de la peregrina idea de Cuba estado No. 51 de la Unión Americana, la política, arte de lo posible, se opone a la también peregrina solicitud de resolver con un ejército extranjero el dilema nacional cubano.

¿Se han preguntado seriamente los que claman ante la Casa Blanca, cómo y con qué medios esperan que se produzca tal intervención? ¿Han pensado en sus consecuencias?

Una cosa es traducir a medidas concretas de presión sobre el gobierno genocida, la imperiosa necesidad de una postura vertical, consecuente, sin medias tintas, de parte de EEUU, y otra cosa es llamar a la guerra, opción que, siendo además en extremo improbable, puede de hecho, frustrar energías en sentido equivocado.

A veces la verdad duele, pero la libertad tiene su precio y es preciso pagarlo o renunciar a vivir sin libertad. El propio sentido de disfrutar derechos, implica, desde Maceo y Martí, ejercerlos, no vienen bien como regalo humanitario.

© cubaencuentro.com

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¿Quiénes son los violentos en Cuba?. Haroldo Dilla Alfonso: Los cubanos comunes sufren desde hace décadas una violencia estructural que les impide realizar sus vidas en el lugar donde nacieron

 Tomado de https://www.cubaencuentro.com

¿Quiénes son los violentos en Cuba?

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Los cubanos comunes sufren desde hace décadas una violencia estructural que les impide realizar sus vidas en el lugar donde nacieron

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Violencia represiva en Cuba.

Por Haroldo Dilla Alfonso

Santiago de Chile

26/07/2021

Ser correcto en la política contemporánea es decir que se rechaza la violencia. Por ejemplo, es decir que está muy bien que la gente proteste siempre que no ocurran hechos violentos.

Fue lo que dijo Leonardo Padura cuando sintió consternación por “…la respuesta violenta, en especial contra los no violentos”. O, como acaba de decir Silvio Rodríguez cuando desde su mecedora pedía clemencia para quienes protestaron, siempre, eso sí, que no hubiesen cometido actos violentos. Y como Silvio es bien conocido por sus zalamerías incombustibles con la dictadura cubana, ello apareció —y fue alabado— en cuanto espacio noticioso sabe que Cuba existe.

En realidad, Silvio Rodríguez no dijo nada nuevo respecto a lo que viene diciendo desde que pasaron los tiempos en que pudo cautivar la imaginación de toda una generación que creía que efectivamente asistíamos al parto de un corazón, y se convirtió en un vocero de causas tristes. Como en aquellos días aciagos en que apoyó el fusilamiento express de los jóvenes negros que trataron de secuestrar la lanchita de Regla. Lo que Silvio Rodríguez está haciendo es reduciendo el asunto de la violencia a algunos hechos perpetrados por manifestantes, y de paso vinculando directamente las protestas con estos hechos violentos.

Veamos el asunto de frente. Es lamentable que se hayan producido actos violentos directos por parte de manifestantes, pero ello siempre ocurre en las demostraciones públicas masivas, y obviamente que no permite degradar el significado de estas demostraciones. Silvio Rodríguez no hace esto, reconozcámoslo. Pero hace otra cosa: solo mira la violencia que se produce en un lugar. Es decir, si efectivamente consintiéramos en condenar a los “violentistas”, habría que comenzar a hacerlo condenando a la policía y a las bandas facinerosas que les apoyan. Reitero, condenando la violencia física brutal que se ha cometido sistemáticamente contra opositores y manifestantes: cercamientos, secuestros, apaleamientos, torturas físicas y sicológicas, detenciones arbitrarias, todo un rosario de abusos propios de un régimen dictatorial donde el derecho es, en el mejor de los casos, una intención.

Pero la violencia no es solamente física. Los cubanos comunes sufren desde hace décadas una violencia estructural que les impide realizar sus vidas en el lugar donde nacieron y les obliga a buscar una vida digna fuera del territorio nacional, que le condena a una pobreza cotidiana deshidratante, a afrontar una explosión epidémica alimentada por la incapacidad pública y que no tienen la oportunidad, ya no de protestar, siquiera de preguntar a un estado opaco, represivo e ineficiente.

Y deben afrontar otra violencia simbólica que les ha calificado indistintamente de gusanos, escorias, lúmpenes, quintacolumnistas, entre otros epítetos, cuando han querido mostrar sus desacuerdos. Y, en consecuencia, les convierten en partes desechables que pueden ser reprimidas sin remordimientos. Tengo a mi vista, por ejemplo, un artículo publicado en el faraónico Granma a cargo de un locuaz periodista nombrado Elson Concepción Pérez, titulado “Los opositores”, y dice:

“Llaman «opositores» a los que rompen vidrieras y puertas de centros comerciales y roban sus artículos o a quienes destruyen autos —estatales y privados—, ofenden y agreden a un policía, asaltan y tratan destruir edificios de instituciones, destruyen vías públicas, entre otros muchos actos, violentando la ley y el orden y desafiando la estabilidad y la seguridad ciudadanas”.

Cuando el Sr. Pérez reproduce las agresiones discursivas oficiales contra quienes disienten, está ejerciendo una brutal violencia simbólica contra estas personas que solo quieren ejercer un derecho prácticamente natural: protestar. Y al mismo tiempo, contribuye a justificar la represión física directa que han sufrido cientos de personas en los últimos días y que pudieran expresarse en graves condenas penales en juicios sin debidos procesos. Y, por tanto, cabe preguntarle a Silvio Rodríguez si su condena a los violentos incluye al Sr. Pérez, a los policías y al presidente Miguel Díaz-Canel o solamente a quienes tuvieron la mala ocurrencia de volcarle el carro al secretario del partido de Cárdenas.


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