lunes, septiembre 26, 2016

Video La verdad oculta del Plebiscito de Santos y las FARC. El escritor Plinio Apuleyo Mendoza, opositor a los diálogos con las FARC, cuestiona el acuerdo en materia de justicia.

Published on Sep 21, 2016
Vídeo didáctico elaborado por el equipo de Álvaro Uribe en el que se explica cuáles son los detalles del plebiscito que se celebrará en Colombia el 2 de octubre. Con esta votación se pretende perdonar todos sus crímenes al grupo terrorista de las FARC.

La verdad oculta del Plebiscito de Santos y las Farc



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“Colombia es un país que vive de ilusiones como la paz”

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El escritor Plinio Apuleyo Mendoza, opositor a los diálogos con las FARC, cuestiona el acuerdo en materia de justicia
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Por Sally Palomino
Bogotá 26 SEP 2016

El escritor colombiano Plinio Apuleyo Mendoza (Tunja, 1932) ha cuestionado el diálogo de paz con las FARC desde su inicio. Varias de sus columnas de opinión, publicadas en el diario ELTIEMPO, rechazando el proceso con la guerrilla han despertado la reacción del Gobierno, que ha intentado responder, a través de pronunciamientos oficiales, los reparos que ha planteado el escritor.


(Plinio Apuleyo Mendoza, escritor colombiano. Juan Carlos Zapata )

Apuleyo Mendoza reconoce que se “desencantó” de la izquierda casi al tiempo que su amigo Gabriel García Márquez se acercaba cada vez más a la revolución cubana, a los hermanos Castro. Cuenta que en el momento de polarización política que vive hoy Colombia, “estaría bromeando con Gabo porque él seguramente le diría sí al proceso de paz”. En 1996, con el libro Manual del perfecto idiota latinoamericano, Apuleyo Mendoza se unió al cubano Carlos Alberto Montaner y el peruano Álvaro Vargas Llosa (hijo de Mario Vargas Llosa) para reiterar sus críticas a los modelos de izquierda en la región. Esos que ahora, con el tránsito de las FARC hacia la vida política, Apuleyo Mendoza teme que se consoliden en Colombia.

Pregunta. ¿Qué espera de Colombia después del 2 de octubre?

Respuesta. Habrá celebración, esperanza, pero las bandas criminales y el ELN seguirán armadas, con acceso al negocio del narcotráfico. La verdad es que viene un camino muy confuso para el país, sobre todo porque las FARC aunque dejen la lucha armada no van a dejar de lado el objetivo de llegar al poder.

P. Desde el inicio de los diálogos con las FARC usted manifestó reparos, ¿qué opina ahora que el acuerdo está cerrado?

R. Lo leí con dificultad y tengo muchas críticas. En realidad, nunca estuve de acuerdo con esas conversaciones, que fueron de igual a igual con las FARC, sin tener en cuenta que son un grupo terrorista.

P. ¿Cuál es su mayor crítica al acuerdo?

R. Me parece que hay varias cosas que pueden ser muy peligrosas. Desde luego, la impunidad porque los responsables de crímenes no van a pagar cárcel, tal vez una transitoria reclusión, pero que no es realmente una sanción. Al contrario de esto, vemos que hay militares detenidos, muchos acusados con falsos testigos o de forma injusta. Hay un desequilibrio total: impunidad para los guerrilleros y castigos para los militares.

P. Usted ha seguido el caso de varios uniformados detenidos, ¿qué dicen ellos sobre el acuerdo?

R. Lo consideran injusto. Son militares que golpearon fuertemente a la guerrilla, durante la política de seguridad democrática del expresidente Uribe, y que tras la suspensión del fuero militar empezaron a ser juzgados por la justicia penal ordinaria. Algunos tienen penas hasta de 30 años de cárcel.

P. ¿Qué le parece el plebiscito?

R. Hay una presentación tramposa en esto porque muchos colombianos consideran que el ‘sí’ es por la paz y que el ‘no’ es volver a la guerra. Supongo que por esa razón el ‘sí’ se va a imponer. Yo voto ‘no’ porque, entre otras cosas, me parece peligroso el control que las FARC van a tener en las regiones en donde se van a concentrar para hacer el tránsito a la vida civil. El ‘no’ es solo un voto simbólico, un voto de protesta. Sabemos que el ‘no’ no va a lograr que haya una nueva negociación o que se aplace lo que se ha acordado. Eso es imposible.

P. Ante el triunfo del ‘sí’, ¿cómo cree que quedaría la figura de uno de los grandes opositores al proceso, el expresidente Uribe?

R. Él sabe que será un golpe, pero tiene claro que será momentáneo. Habrá alborozo y júbilo, producido por el triunfo del sí, pero después vendrá la implementación de los acuerdos y una reforma tributaria, que no gustará mucho y que empeorará la imagen del presidente Juan Manuel Santos. Al final habrá un momento en que la opinión pública exija un cambio ante las elecciones presidenciales del 2018. Continuismo del ‘santismo’ no creo que haya.

P. Usted recorrió como periodista varias zonas del país que fueron centro del conflicto, ¿cómo se imaginaba el fin de las FARC como grupo armado?

R. Las FARC perdieron a sus líderes más importantes durante los dos gobiernos de Uribe. El paso que se esperaba era que Santos hiciera una capitulación de la guerrilla, que los sometiera a la justicia, como se hizo con los paramilitares, que entregaron las armas y pagaron penas hasta de ocho años de cárcel.

P. Quienes van por el ‘no’ dicen estar preocupados por el modelo de justicia y el capítulo de participación política, ¿cuál es el mayor temor en ese sentido?

R. Temo mucho que se le esté dando paso a un país como de Venezuela. Las FARC sabrán aprovechar todas las concesiones que les da el acuerdo y con su discurso político, basado en el leninismo y marxismo, podrá abrirse un camino riesgoso para el país.

P. Usted dice que tuvo un momento de “embeleco del sueño revolucionario”, ¿qué lo desencantó de la izquierda?

R. Yo fui siempre muy de izquierda, pero tuve mi primer desengaño cuando, junto a Gabriel García Márquez, viajé por la Unión Soviética. Fue un desconcierto, regresé muy desilusionado del mundo comunista. Después, cuando surgió la revolución cubana la recibí como algo nuevo y le di mi apoyo total. Fui director de la agencia de noticias Prensa Latina hasta el momento en que comencé a ver el viraje que se estaba dando. Me desencantó el monopolio que iba teniendo el partido comunista.

P. ¿Cómo cree que vería Gabriel García Márquez el acuerdo de paz con las FARC?

R. Yo creo que él apoyaría el ‘sí’. Seguramente estaríamos bromeando por las posiciones políticas tan opuestas que siempre tuvimos. Recuerdo cuando yo le decía ‘¿Todavía andas con el ‘barbuchas’?, refiriéndome a la amistad entre él y Fidel Castro, y él me respondía entre risas ¿y tú qué, te estás haciendo de derecha?” Siempre en broma, nunca peleamos por política.

P. ¿Por qué cree que los colombianos votarían ‘sí’ al acuerdo de paz?

R. Al colombiano se le engaña poniéndole a escoger entre la guerra y la paz. Por el hecho de que las FARC se desarmen es comprensible que la gente vote ‘sí’, pero no es justificable porque eso va a tener un alto precio para el futuro del país, además porque tienen una base equívoca y es la de haber hecho una negociación con las FARC de igual a igual. Sin embargo, entiendo perfectamente que la gente vote que sí. Colombia es un país que vive de ilusiones como la paz.

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sábado, septiembre 24, 2016

Carta de Plinio Apuleyo Mendoza a Mario Vargas Llosa sobre el plebiscito en Colombia sobre el Acuerdo de Paz con las FARC

  Published on Sep 5, 2016
04/sep/16, 5:30pm, Pedro Corzo entrevista a Andrés I. Franco y Juan David Vélez sobre los acuerdos de paz en Colombia. Programa Opiniones, WLRN C17- Miami, FL

Programa Opiniones: Pedro Corzo entrevista a Andrés I. Franco y Juan David Vélez



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Tomado de http://www.elblogdemontaner.com/

Carta a Mario Vargas Llosa

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De allí, mi querido Mario, que nuestro común amigo Carlos Alberto Montaner escriba que “a Colombia le espera un futuro atroz, infinitamente peor y más negro que este presente, incómodo y a veces sangriento, que hoy padece”
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Por Plinio Apuleyo Mendoza
24 Septiembre 2016
Querido Mario:

Debo confesarte que me sorprendió mucho tu artículo publicado en El País, en el cual afirmas que si fueras colombiano votarías por el Sí en el plebiscito. Desde los remotos tiempos de la revista Libre, en París, hemos compartido las mismas ideas, identificadas con un pensamiento liberal que defiende la libertad política y económica, y se opone a las supersticiones ideológicas del marxismo y otras corrientes totalitarias. Siempre hemos estado de acuerdo. De ahí mi sorpresa.

En tu artículo confiesas que tras muchas dudas, y luego de leer un texto de Héctor Abad Faciolince, darías tu aprobación electoral al llamado acuerdo de paz suscrito por el gobierno de Juan Manuel Santos y las Farc. Crees equivocadamente que de no ser aprobado, Colombia seguiría sumida en una guerra que dura más de 50 años. Tal es la engañosa y dramática alternativa que le serviría a Santos para alcanzar el triunfo del Sí en el plebiscito.

Sin duda, esa falsa alternativa ha tenido efecto en buena parte de la opinión internacional, pero no corresponde a la realidad que vivimos en Colombia. En caso de que ganara el No, el propio ‘Timochenko’ ha dicho que el plebiscito no afecta el acuerdo final y que no hay riesgo de que las Farc vuelvan a la guerra.

(Mario Vargas Llosa)

Debes saber, Mario, que la desmovilización de las Farc no impedirá que tanto el Eln y el Epl como las bandas criminales continúen sus acciones terroristas. De modo que hasta ahí llegan las ilusiones de la paz. También te recuerdo que las Farc constituyen el tercer cartel mundial de la droga y que no van a renunciar a su millonario negocio. La prueba es que en los dos últimos años de negociación, los cultivos de coca se han duplicado en el país, pues el Gobierno suprimió la fumigación aérea.

Otros hechos que debes tomar en cuenta: los miembros de las Farc quedarán eximidos del pago de cárcel a pesar de los atroces delitos que cometieron durante más de 50 años; tendrán 26 curules efectivas en el Congreso, 31 emisoras de radio, canal de televisión, un caudaloso presupuesto para la difusión de su plataforma ideológica y ocuparán vastas zonas de concentración en el país, sin presencia de la Fuerza Pública, y que de hecho se convertirán en pequeños estados independientes para propagar su proyecto socialista.

La llamada Jurisdicción Especial para la Paz, convenida conjuntamente con el influyente asesor de las Farc, el abogado comunista español Enrique Santiago, será conformada por instancias extranjeras y tendrá facultades y poderes que sobrepasan los que tienen las altas Cortes, así como juzgados y tribunales del país. Sus fallos serán inapelables y no admitirán doble instancia. De ahí los temores e inquietudes que genera esta justicia transicional.

Por otra parte, el presidente Santos ha obtenido poderes extraordinarios del Congreso, incluso para reformar la Constitución. Aunque parezca increíble, son superiores a la arbitraria ley habilitante de Maduro en Venezuela.

Sin duda, el acuerdo de paz debe verse como un importante escalón alcanzado por las Farc en su camino hacia el poder. Es un triunfo de la nueva estrategia de lucha que años atrás ideara su máximo comandante ‘Alfonso Cano’ cuando debió abandonar para siempre el mito castrista de una revolución armada después de que sus tropas fueran diezmadas bajo el gobierno de Uribe. A lo largo de cuatro años, las Farc, pese a ser vistas en todo el mundo como una organización terrorista, lograron obtener todas sus exigencias y ahora, convertidas en partido político, proyectan una real alarma sobre el futuro de Colombia. Por eso, muchos colombianos votaremos por el No el 2 de octubre.

De allí, mi querido Mario, que nuestro común amigo Carlos Alberto Montaner escriba que “a Colombia le espera un futuro atroz, infinitamente peor y más negro que este presente, incómodo y a veces sangriento, que hoy padece”. Ya ves por qué el sueño de la paz puede convertirse en pesadilla.


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Plinio Apuleyo Mendoza sobre Colombia: EL SUEÑO DE LA PAZ PUEDE CONVERTIRSE EN UNA PESADILLA


COLOMBIA: EL SUEÑO DE LA PAZ PUEDE CONVERTIRSE EN UNA PESADILLA

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Colombia corre el riesgo de seguir el tétrico rumbo de Venezuela
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Por Plinio Apuleyo Mendoza *
Libertad Digital
Septiembre 24, 2016

El acuerdo final suscrito por el Gobierno y las Farc será sometido a consideración de los colombianos en un plebiscito que tendrá lugar el próximo 2 de octubre. Abarca 297 páginas que muy pocos han tenido la paciencia de leer. Son densas, abordan temas muy complejos y a veces resultan nada claras para el ciudadano común. No obstante, sin tener un real conocimiento del acuerdo, el elector se encontrará a la hora de votar con una pregunta para la cual solo existen dos opciones: un sí o un no.

Redactada con su conocida astucia de hábil jugador de póquer por el presidente Santos, la pregunta dice así: “¿Apoya usted el acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera?”. A cualquier observador extranjero el voto por el no debe de resultarle exótico, incomprensible, como si su depositario fuese amigo de la guerra.

Por cierto, este es el camino que sigue la estruendosa propaganda oficial. Su lema “Sí a la paz, no a la guerra” invade no solo todos los medios de comunicación, sino también ventanas y edificios con carteles con la seráfica imagen de una paloma. En la televisión y la radio se pregunta a los colombianos si desean el fin del secuestro, de la extorsión, de los atentados, del reclutamiento de menores y de otras tantas acciones que desde hace más de cincuenta años vienen asolando el país.

Sin duda, el acuerdo logrado en La Habana –y los alardes publicitarios que lo acompañan– puede alcanzar un efecto positivo en el ámbito internacional y también en electores rasos de Colombia, especialmente en las zonas rurales que por largo tiempo han vivido bajo la constante amenaza de las Farc.

Ahora bien, ¿cuáles son las razones de quienes se proponen votar no en el plebiscito? Conviene mirarlas con detenimiento. De un lado, obedecen a una realidad que el Gobierno tuvo que maquillar o pasar por alto para abrir el diálogo con las Farc y aceptar sus exigencias. De otra parte, el sombrío porvenir que muchos de los acuerdos tienen para el inmediato futuro de Colombia.

En busca de esa realidad escamoteada, debemos volver atrás, a los primeros años de este siglo, cuando el entonces presidente Álvaro Uribe Vélez puso en marcha su política de Seguridad Democrática para combatir, al fin con mano firme, a las guerrillas y a las Autodefensas Campesinas o paramilitares. Dos experiencias del gobierno de Andrés Pastrana le sirvieron para trazar esta nueva ruta de acción. La primera fue el fracaso de los diálogos del Caguán, que mostraron la manera cómo, gracias a la concesión de un territorio, las Farc extendieron su poder militar en muchas zonas del país. La segunda fue el apoyo logístico que obtuvo Pastrana de los Estados Unidos con el Plan Colombia, apoyo que permitió un mejor acceso aéreo a las regiones donde las Farc tenían sus campamentos.

Los resultados de Uribe fueron innegables. Desalojadas de muchas zonas que antes controlaban, dados de baja sus principales cabecillas (Raúl Reyes, el Mono Jojoy, Alfonso Cano) o detenidos y extraditados como Simón Trinidad, liberada del secuestro la famosa Íngrid Betancourt y desmovilizados 52.000 integrantes de paramilitares y guerrillas, las Farc por primera vez fueron diezmadas y obligadas a considerar imposible la toma del poder por las armas. Ninguno de sus campamentos estaba seguro.

El objetivo último de Uribe Vélez (foto) era lograr con ellas, como había ocurrido con los paramilitares, que aceptaran un sometimiento a la justicia a cambio de que solo pagaran ocho años de cárcel por los delitos cometidos. Pensaba que este último objetivo iba a realizarlo Juan Manuel Santos, su ministro de Defensa, quien logró ganar las elecciones presidenciales de 2010 gracias a su apoyo.

Como es bien sabido, desde el primer día de su gobierno Santos no quiso aparecer como el continuador de la política de Uribe. Al contrario, marcó rotundas diferencias con quien había facilitado su triunfo. Se acercó a Chávez llamándolo su “nuevo mejor amigo”. Y en vez de continuar asediando a las Farc con fuertes operaciones militares, abrió secretas conversaciones con sus comandantes. Dos factores lo movieron a ello. El primero, las vanidades de su ego. El segundo, un cambio en la estrategia de las Farc.

Chávez convenció al entonces comandante supremo de las Farc, Alfonso Cano, de que ya no era viable en el continente llegar al poder por las armas, como lo consagraba la cartilla castrista. Era factible aprovechar el descontento de las clases marginales para lograr un triunfo electoral y una vez en el poder poner en marcha su proyecto revolucionario, identificado con el socialismo del siglo XXI.

Sin dudarlo, bajo esta sugerencia, Cano creó varias iniciativas: el llamado Plan Renacer, que implicaba un regreso a la guerra de guerrillas, la disminución del número de efectivos, la suspensión de combates abiertos con las Fuerzas Militares, la formación de un movimiento político y la infiltración de milicianos clandestinos en la justicia, los sindicatos, las universidades, las comunidades indígenas y afrodescendientes y, algo de suma importancia, los medios de comunicación. Dentro de esta nueva estrategia, buscó contactos confidenciales con Juan Manuel Santos para iniciar negociaciones.

Para hacer efectiva esta propuesta, Santos no tuvo inconveniente en bautizar como conflicto armado lo que bajo el gobierno de Álvaro Uribe era una abierta lucha contra el terrorismo. Pasó por alto con esta denominación el prontuario criminal de las Farc, que condenaba a sus máximos líderes a un total de 1.629 años de prisión por cuenta de 27.000 secuestros, 25.000 desaparecidos y seis millones de desplazados. De igual manera, pasó por alto también que las Farc se habían convertido en el tercer cartel mundial del narcotráfico, con ingresos de 600 millones de dólares al año. Escogió como intermediarios en este proceso de negociación a los gobiernos de Cuba y Venezuela, que comparten la ideología marxista de las Farc, y no vaciló en elegir como sede de los diálogos La Habana.

En síntesis, el hecho de haber definido a las Farc como uno de los actores del conflicto, colocándolas en pie de igualdad con el Estado, es una de las primeras razones que han movido a un creciente número de colombianos a votar no en el plebiscito. Las primeras, pero no las únicas.

Peligrosas concesiones

Luego de cuatro años de negociaciones, muchos de los puntos contenidos en el Acuerdo Final representan concesiones inaceptables a las Farcy riesgos muy grandes que ensombrecen el futuro del país. El primero de ellos es la impunidad, pues el acuerdo admite que los miembros de la guerrilla quedan eximidos del pago de cárcel por los delitos cometidos. Solo tendrán una temporal restricción de la libertad en zonas previamente acordadas donde realizarán “trabajos, obras o actividades reparadoras y restaurativas, programas de protección del medio ambiente, de desarrollo rural, de eliminación de residuos o reparación de infraestructura”.

La supuesta restricción de la libertad a que serán sometidas las Farc no les impedirá ocupar curules en el Congreso de la República. No sobra señalar que mientras las Farc reciben este beneficioso trato, los militares retirados que están siendo investigados o ya fueron condenados (muchos de ellos injustamente) se mantienen en centros de reclusión militar.

La aplicación de la justicia transicional convenida con las Farc plantea varias dudas sobre su funcionamiento y la selección de jueces que tendrán fueros no contemplados en la Constitución. La denominada Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) será conformada por instancias extranjeras y tendrá facultades y poderes que sobrepasan los de las Altas Cortes, juzgados y tribunales del país. La Fiscalía General, la Procuraduría y la Contraloría pierden sus atribuciones penales, y sus decisiones en cualquier época pueden ser revisadas e incluso anuladas. Los fallos de la Jurisdicción Especial para la Paz serán inapelables y no admitirán doble instancia. Hay, pues, muchas inquietudes y temores de que esta clase de justicia proceda con abierta parcialidad.

El narcotráfico, calificado como delito conexo al de rebelión, seguirá convertido en un millonario recurso para las Farc una vez se constituyan como partido político. En efecto, la decisión del gobierno de Santos de suspender la fumigación con glifosfato de los extensos cultivos de coca ha producido un considerable aumento de estos en los últimos dos años. Hoy cubren nada menos que 170.000 hectáreas, ello sin contar que las Farc no confiesan ser narcotraficantes y por tal motivo declaran no tener recursos para resarcir a sus víctimas.

Sorprenden otros beneficios otorgados a las Farc. El Acuerdo Final establece para sus líderes diez curules directas en el Congreso durante ocho años sin necesidad de votos. Además de las que ya tienen movimientos políticos de cercana orientación ideológica, habrá 16 más en la Cámara de Representantes por cuenta de unas circunscripciones especiales de paz ubicadas en áreas donde las Farc han tenido una presencia dominante. El futuro partido político creado por ellas recibirá el diez por ciento de los recursos que el Estado destina a todos los partidos políticos. Además de un cinco por ciento adicional para financiar la mejor difusión de su plataforma ideológica, tendrán acceso a 31 emisoras de radio y a un nuevo canal de televisión. Parece increíble que después de cincuenta años de acciones terroristas las Farc reciban estos beneficios, nunca antes concedidos a partido político alguno.

La reforma rural integral contemplada en el acuerdo supone crear un fondo de tierras de distribución gratuita y de carácter permanente. Solicitada por las Farc, suscita inquietudes por varias razones. Se practica sobre las llamadas tierras insuficientes, sin que se explique el alcance de este término. Los expertos aseguran que la creación de un fondo de tierras con subsidios y créditos va a generar inmensos costos para la economía nacional. El otro tema que inquieta es que muchas de estas tierras van a quedar en manos de comunidades agrarias creadas o influidas por las Farc.

Lo que queda claro del Acuerdo Final es que a las Farc se les han atendido todas sus exigencias, con el chantaje de que sin ellas no llegaría a buen término el proceso de paz. En realidad, su aspiración no es la paz como tal, sino un nuevo punto de partida para llegar al poder por la vía electoral y, una vez alcanzado, consolidar el proyecto revolucionario tal como lo hicieron en el continente Maduro, Correa, Evo Morales y Daniel Ortega con la complicidad de los Castro.

Desde luego, para las elecciones presidenciales de 2018 no van a postular un candidato propio, teniendo en cuenta la baja favorabilidad que tienen en el país. Su nueva estrategia está encaminada, como bien lo dice su asesor, el jurista español Enrique Santiago, “a la reconformación de la izquierda y a la unidad de los movimientos de progreso antineoliberales como ha pasado en otros países de América Latina”. He aquí el riesgo que se nos presenta. Aunque en este país la gran mayoría es consciente del terrible desastre que produjo el chavismo en Venezuela, es cierto también que un fenómeno como el vivido por el país hermano en 1998 se puede deslizar sigilosamente en Colombia.

La corrupción que invade el mundo político, el descontento que va a producir una voraz reforma tributaria –que afectará a la mayoría de los colombianos–, la crisis en la salud y la administración de justicia se harán sentir, y como como consecuencia de todo ello pueden abrirle el paso a una opción totalmente diferente y lograr que una izquierda dentro de la cual se ubicará el partido político de las Farc recoja el creciente descontento que se empieza a sentir en lo que podríamos llamar el elector raso.

Debe tenerse en cuenta que el sueño de la paz, fervorosamente pregonado por la propaganda oficial y acatado por quienes votarán sí en el plebiscito, se derrumbará cuando en reemplazo de las Farc y con el sustento del narcotráfico, el Eln, el Epl y las llamadas Bacrim (bandas criminales) ocupen su lugar con las mismas acciones terroristas. Dueños de las 29 vastas zonas de concentración, comandantes de las Farc, libres de cualquier control y con mucho dinero en su poder, tendrán a su cargo la movilización campesina por primera vez con fines electorales.

Este es el inquietante panorama que se advierte en Colombia a raíz del Acuerdo Final que se firmará en Cartagena el 26 de septiembre. El engaño está sobre la mesa. El sueño de la paz puede convertirse en una pesadilla.

*Periodista, escritor y diplomático colombiano

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Published on Sep 5, 2016
04/sep/16, 5:30pm, Pedro Corzo entrevista a Andrés I. Franco y Juan David Vélez sobre los acuerdos de paz en Colombia. Programa Opiniones, WLRN C17- Miami, FL

Programa Opiniones: Pedro Corzo entrevista a Andrés I. Franco y Juan David Vélez


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Colombia. Por qué votaré ‘no’ . Fernando Londoño sobre el plebiscito relativo a los llamados acuerdos de paz con las FARC

 Published on Sep 5, 2016
04/sep/16, 5:30pm, Pedro Corzo entrevista a Andrés I. Franco y Juan David Vélez sobre los acuerdos de paz en Colombia. Programa Opiniones, WLRN C17- Miami, FL

Programa Opiniones: Pedro Corzo entrevista a Andrés I. Franco y Juan David Vélez


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Por qué votaré ‘no’

Por Fernando Londoño *
2016-09-23

Porque me opongo a una Constitución blindada de 297 páginas, a espacio sencillo, que nos condena para siempre a lo que en ella se dispone. Es una barbaridad, así fuera la Constitución más sabia. Pero es monstruosa. Ni los hijos de los hijos de nuestros hijos la podrían modificar.

2) Porque crea un sistema de impunidad detestable, con horrendo valor ejemplarizante. No hay delincuente potencial que no quiera un trato semejante. Las penas previstas en ese mamotreto son un mal chiste. Lo dijo Vivanco, el Director de Human Rights Watch. "La clemencia asesinaría si perdonase a los que matan". (Shakespeare, Romeo y Julieta).

3) Porque no es acto de paz, sino una declaración de guerra. La "lucha contra las organizaciones criminales que hayan sido denominadas como sucesoras del paramilitarismo" es un capítulo entero de esta aberración. Claro que serán ellas, las FARC, las que digan quiénes serían denominados como sus enemigos, para matarlos o encarcelarlos.

4) Porque me niego a vivir en una Patria comunista. En diez millones de hectáreas, dos veces el departamento de Antioquia, se formará una "economía campesina, familiar y comunitaria" que dominarán económica, social y políticamente las FARC, que nunca, ni ahora mismo, han renunciado a su credo marxista leninista. Está claro cuáles tierras serán despojadas y a quiénes se practicará ese despojo.

5) Porque el acuerdo de pazes hambre para Colombia. El modelo agrario ha sido tomado de Cuba, Venezuela, Corea del Norte y China antes de que se volviera capitalista. Ese modelo agrario no produce sino hambre, buena condición para dominar a los hambrientos con un mendrugo de pan en la mano.

6) Porque me niego a vivir en el reino de las FARC. Nada garantiza que las FARC entreguen las armas que tienen. Pero lo que es seguro es que no entregarán su dinero, que tienen acumulado en cantidades gigantescas. Con el que ganan cada año como narcotraficantes y mineros ilegales, les basta para acabar de corromper este pueblo y ganar todas las elecciones. Armas, dinero, curules gratuitas, 31 emisoras FM, comunidades campesinas en su poder, 31 zonas de dominio, diez millones de hectáreas a su disposición (toda el área sembrada de Colombia es de cinco millones de hectáreas) aseguran que de aquí en adelante, hasta el desastre final, las FARC serán dueñas de Colombia.

7) Porque el acuerdo arruina definitivamente el país. Las inversiones en el campo, en las zonas que se entregan a las FARC, son de tal magnitud que no queda un centavo para el resto de Colombia. Solamente la pensión para "los trabajadores y trabajadoras del campo en edad de jubilarse" y la comida gratuita para todos los raspachines de coca y las "comunidades" cocaleras garantizan este resultado. Seremos más pobres que Cuba.

8) Porque no voy a vivir en un Narcoestado. Quedan constitucionalmente prohibidos los bombardeos a los campamentos cocaleros; constitucionalmente prohibidas las fumigaciones aéreas; constitucionalmente prohibidas las extradiciones de narcotraficantes; constitucionalmente prohibida la acción de la Policía y el Ejército contra el narcotráfico. El acuerdo garantiza que Colombia será, para siempre, un Estado de narcotraficantes para narcotraficantes. La sustitución voluntaria de los cultivos es otro chiste de mal gusto. Convencer a un campesino de que deje por las buenas una actividad que le da diez veces lo que cualquier otra no pasa de una charada.

9) Porque me niego a vivir en una dictadura. El Congreso quedará en manos de las FARC. Pero el que se elija, cualquiera, quedará sometido a las 297 páginas de esta basura supraconstitucional. El Poder Judicial queda suplantado por el Tribunal Judicial de Paz, para absolver delincuentes de las FARC y para condenar como delincuentes a los miembros del Ejército, a los empresarios, profesores, agricultores y periodistas que "amenacen la implementación de los acuerdos y la construcción de la paz". Las instituciones, tan imperfectas como se quiera que sean, se van al diablo. Solo quedan Timochenko y Santos y los suyos. Y no voy a votar por Santos y por Timochenko.

10) Porque no quiero vivir en un desierto empobrecido en poder de delincuentes. La deforestación del país es trágica; la destrucción de los ríos, patética; la conversión del campo en un narcocultivo de cocaína, marihuana y amapola, incontenible. Y el acuerdo garantiza que eso se multiplique. La llamada paz es la guerra mortal contra el país que produce, la industria, el desarrollo en las ciudades, la ciencia, la clase media, los asalariados.

Todo esto lo digo con el Acuerdo Final en la mano. Que tengo estudiado, repasado, subrayado, analizado. Y lo digo en honor de los que queriendo la paz van a votar por su destrucción definitiva, sin leer una página del mamotreto letal que supuestamente la contiene. Querido lector: puede hacer dos cosas. Creerme o estudiar el acuerdo. De ambas maneras vamos a coincidir. Seguro.

* Fernando Londoño Hoyos, exministro colombiano de Interior y Justicia.

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