miércoles, julio 13, 2022

Alberto Méndez Castelló desde Cuba: Ell 11J y la miopía castrocomunista. La gobernabilidad del castrocomunismo no es real porque está basada en el uso de la fuerza bruta y no en el Estado de derecho

 
Tomado de https://www.cubanet.org/

Ell 11J y la miopía castrocomunista

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La gobernabilidad del castrocomunismo no es real porque está basada en el uso de la fuerza bruta y no en el Estado de derecho

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Por Alberto Méndez Castelló

12 de julio, 2022

LAS TUNAS, Cuba. — Remedando desyerbar un platanal, con el azadón embotado tanto como sus palabras, el gobernante Miguel Díaz-Canel conmemoró el pasado domingo la represión de las protestas del 11 de Julio de 2021 afirmando: “nosotros vamos a celebrar un aniversario de cómo no pudieron lograrlo en aquel entonces y cómo no lo harán ahora”.

Haciendo del platanal un plató para una escena de “trabajo voluntario”, cuando en realidad era una escenografía política que busca retribución con el aplauso, todavía Díaz-Canel pretende hacer creer que las manifestaciones del 11 y el 12 de julio, donde participaron miles de personas en varias ciudades de Cuba, no fueron resultado de un conflicto nacional inducido por la falta de legitimidad y eficacia real del régimen, sino que fueron orquestaciones subversivas conducidas desde Estados Unidos.

Pero si el año pasado fueron a las calles a manifestar su insatisfacción miles de personas, y si hoy cientos de manifestantes del 11J permanecen presos, también hoy son millones de cubanos los descontentos e inconformes con un gobierno al que consideran espurio y sus políticas públicas improcedentes. Incluso, muchos que dicen ser “revolucionarios”, de estratos sociales diversos, civiles, exmilitares y hasta militantes comunistas activos, afirman que “muerto Fidel (Castro), la revolución se fue al carajo”.

Miopes o narcisistas, Díaz-Canel y su tribu de propagandistas pretenden reducir a los cubanos que se les oponen como meros objetos conducidos, incapaces de discernir por sí mismos, pero, ¡oh, qué problema!, ya no es sólo la vieja oposición política la discrepante, sino también nuevas, diversas y evolutivas capas sociales, inconformes con el gobernante designado por el general Raúl Castro, al que consideran, primero que todo, ilegítimo, o, cuando menos, poco fiable por no haber llegado al poder por elecciones democráticas directas. A otros ni siquiera les importan las elecciones ni la democracia, porque los elegidos por el General de Ejército carecen de los imprescindibles méritos “revolucionarios”.

Tildando a los actuales dirigentes de ineptos, ineficientes, acomodados, burócratas, o simplemente llamándolos “los gordos”, los fidelistas más nostálgicos llegan a decir que Raúl Castro, Marino Murillo, Díaz-Canel y sus ministros “nos han quitado todo los que nos dio Fidel”. La ecuación es simple: para esas personas, y por causas que no vienen al caso ahora, Fidel Castro era un gobernante “legítimo”, “eficiente”.

Esos conflictos de legitimidad y eficacia del poder no son nuevos, son inherentes de la transición de un estadio a otro, desde el feudalismo. Está comprobado que la estabilidad de cualquier nación depende no sólo de su desarrollo económico, sino también de la eficacia y legitimidad de su sistema político. Pero la eficacia concerniente a un gobierno consiste en su actuación auténtica, verificable por el grado en que el sistema cumple con las funciones gubernativas, no como el gobierno cree, sino tal como entienden que estas deben ser cumplidas por la mayoría de la población.

La legitimidad, o, más propiamente, la autoridad real, y este es el caso de Cuba, mucho tiene que ver con el carisma o con la rutinización del carisma del líder histórico, que Díaz-Canel, pese a decir que “somos continuidad”, no ha conseguido tomar del difunto Fidel Castro por al menos tres razones a la vista: por carecer de la capacidad intelectual, de mando y de liderazgo natural del difunto comandante; por permanecer a la sombra del jefe con mando real, que es el general Raúl Castro; y, no menos importante, porque sólo tiene para ofrecer discursos, promesas, alguna reparación aquí o allá, mientras que Fidel Castro contaba con la llamada “reserva del comandante en jefe”, donde, en sus buenos tiempos, había desde buldóceres, motoniveladoras y camiones para reparar carreteras, calles y caminos, hasta caramelos para enviar a las tropas combatiendo en Angola.

Los sociólogos lo saben: legitimidad y eficacia del poder y para el poder van de la mano. Pero mientras la eficacia de un gobierno es principalmente instrumental, la legitimidad es evaluativa. La sociedad, o, para ser más exacto, los grupos sociales, consideran un sistema político como legítimo o ilegítimo, según concuerda la manera de ese sistema con los valores del grupo. Incluso, puede que ese sistema político en el poder sea administrativamente eficaz, pero si no concuerdan sus símbolos y valores con los de la comunidad, sea nacional, regional o gremial, ese poder ejecutivo y el partido político en el poder enfrentarán crisis de gobernabilidad, ya sean manifiestas o de pura abulia.

La legitimidad en estas circunstancias puede estar vinculada con diversas formas de organización política, incluso opresivas; pero las crisis de legitimidad, como en el caso de Cuba, es una manifestación no tan reciente, sino de por allá en la dictadura de Gerardo Machado, siempre asociada a las divergencias entre grupos por un calificador común: que debido a la comunicación de masas están capacitados para organizarse sobre valores distintos a los que un día fueron considerados como los únicos aceptables. ¡Imagine usted en la era de Internet! Y esa situación la estamos viviendo hoy en Cuba, pero no es posterior al 11J, sino que fue el percutor de ese estallido social.

La gobernabilidad del castrocomunismo no es real porque está basada en el uso de la fuerza bruta y no en el Estado de derecho. Baste este ejemplo para comprobar esa afirmación: compárese las sanciones impuestas en 1953 a los asaltantes del cuartel Moncada, donde hubo numerosas perdidas de vidas humanas y daños materiales, con las condenas con que los manifestantes del 11J fueron penados, sólo esa tara ética, profesional y humana, debe producir cargos de conciencia.

Por consiguiente, un resquebrajamiento en el muro del poder totalitario puede generar una crisis de legitimidad en el poder, que puede ocurrir por disímiles causas, entre ellas la muerte del nonagenario general Raúl Castro, único líder con autoridad real sobre los militares y la nomenclatura del Partido Comunista de Cuba (PCC). En circunstancias así es de suponer que Miguel Díaz-Canel prestará más cuidado a sus palabras y es poco probable que repita la innoble frase por el dicha el 11 de julio de 2021, que masacró la aspiración libertaria de los manifestantes: “La orden de combate está dada, a la calle los revolucionarios”.

La miopía del castrocomunismo consiste en no ver que la calma en Cuba es aparente, impuesta, pero una nación no puede mantenerse calmada a la fuerza todo el tiempo. Luego, una crisis de legitimidad puede y debe transformarse en una crisis de cambio social. En Cuba, importantes grupos no tienen acceso al poder político y económico real, monopolizado con prácticas esclavistas, feudales o de capitalismo corporativo por el PCC y los militares, ocurriendo en los cubanos hoy lo ya dicho en 1835 por Tocqueville: “No hay grandes hombres sin virtud y sin respeto a los derechos no hay sociedad; porque, ¿qué es una reunión de seres racionales e inteligentes cuyo único lazo es la fuerza?”

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viernes, octubre 29, 2021

Julio M. Shiling: El papa Francisco: un verdadero seguidor del castrocomunismo

El papa Francisco: un verdadero seguidor del castrocomunismo

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El levantamiento cubano del 11 de julio obligaba a una respuesta moral cristiana del jefe de la Iglesia católica. El silencio de la Santa Sede de Bergoglio ha sido escalofriante

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Por Julio M. Shiling

10.27.21

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El 24 de octubre en la Plaza de San Pedro la policía política del Vaticano retiró una bandera cubana a un feligrés arrodillado que rezaba tranquilamente por la libertad de Cuba durante la misa dominical. Este incidente deplorable no debería haber sorprendido a nadie, pues el papado bajo el cardenal Jorge Mario Bergoglio ha sido testigo de un cambio sísmico en la relación de la Santa Sede con religiones políticas paganas como el socialismo desde 2013. El castrocomunismo, sin embargo, parece tener un lugar especial en el corazón y el alma del papa Francisco.

El primer obispo jesuita de Roma ha hecho causa común en un sinfín de temas sostenidos por la ultraizquierda y los actores globalistas sobre el medio ambiente, la política de inmigración, el capitalismo de libre mercado, las premisas de la Teoría Crítica (raza, género, feminista, poscolonial, etc.), las políticas de Covid-19 y los regímenes comunistas e islámicos en el mundo. El papa Francisco nunca ha sido tímido a la hora de expresar sus opiniones sobre asuntos temporales en el ámbito público. Sin embargo, durante su visita de 2015 a la Cuba comunista, no se expresó ni una sola vez sobre la gravedad de los crímenes contra la humanidad que sus anfitriones marxistas-leninistas han cometido sistemáticamente. 

Los temas principales abordados por el primer papa nacido en las Américas durante su viaje papal a Cuba fueron la búsqueda de “reconciliación” en la que el régimen de Castro, la administración Obama y él estaban trabajando en secreto. Esta infame farsa de reproche, el Pacto Castro-Obama, no condicionaba absolutamente nada en términos de mejora de los derechos humanos para el pueblo cubano. Fue un regalo salvavidas que el Vaticano de Bergoglio extendió a la dictadura comunista.

 Durante la reunión privada con el tirano cubano Fidel Castro, el papa Francisco le dio una copia de su encíclica Laudato Si, un tratado de defensa ecosocialista sobre el cambio climático, el calentamiento global y las emisiones de carbono, que además distorsiona y tergiversa las opiniones de San Francisco de Asís. Ni una pizca, ni siquiera un panfleto sobre las libertades civiles y políticas. 

El activista cubano por los derechos humanos y expreso político Ángel Moya declaró en su momento a The Guardian comparando el viaje del pontífice argentino con la visita papal de Juan Pablo II en 1998: “Juan Pablo habló claro, pero el actual papa [el papa Francisco] es demasiado blando con respecto a los derechos humanos. Los cubanos tienen una vida dura, pero él no ha sido lo suficientemente categórico al hablar de las libertades civiles”. Tanto Moya como su esposa, Berta Soler, líder del movimiento de las Damas de Blanco, fueron detenidos al igual que la mayoría de la oposición cubana durante la estancia del Papa Francisco en Cuba. Esta racha represiva no molestó a Bergoglio ni a su séquito. 

 El lamentable y mal llamado “Acuerdo de Paz” colombiano (2016), que fue mucho más un “Acuerdo de Impunidad”, fue apoyado y mediado tanto por el régimen castrista como por el del papa Francisco. Este acuerdo, a pesar de ser rechazado por el pueblo colombiano en un referéndum, el Gobierno de Juan Manuel Santos lo forzó por el Congreso, pasando por alto el escrutinio popular.

La resolución hecha en Cuba extendió una impunidad insidiosa al movimiento terrorista marxista de las FARC y les permitió encajar en la formulación postsoviética del modelo dictatorial del Foro de Sao Paulo, un mecanismo socialista reinventado para lograr el control político por medios democráticos, pero una vez en el poder, comienza la demolición sistémica. Venezuela, Nicaragua y Bolivia son ejemplos de este prototipo dirigido desde La Habana. 

Los lazos de simpatía del papa Francisco con las ideologías de izquierda no han sido un caso aislado entre los sectores del clero latinoamericano de las décadas de 1960 y 1970. La Teología de la Liberación, la Conferencia Episcopal Latinoamericana de Medellín (Colombia) de 1968, el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (Argentina) fueron algunas de las expresiones revolucionarias en acción de un intento de fusión artificial y antinatural entre marxismo y cristianismo que buscaba rehacer América Latina a imagen del socialismo. El actual ocupante de la Santa Sede no fue inmune a esa toxicidad.

El levantamiento cubano del 11 de julio obligaba a una respuesta moral cristiana del jefe de la Iglesia católica. El silencio de la Santa Sede de Bergoglio ha sido escalofriante. Cientos de miles de cubanos salieron a las calles exigiendo ser libres, queriendo esa misma libertad que Dios nos dio a todos como un derecho natural. La esperada carnicería y las draconianas sentencias de prisión, llevadas a cabo por la dictadura comunista cubana contra el vulnerable pero patriótico pueblo cubano que tenía a Cristo en su corazón y en sus oraciones mientras actuaba, tristemente no han encontrado ningún espacio en el mundo del papa Francisco.    

El padre Félix Varela, polifacético sacerdote cubano, filósofo e independentista, se refirió a la impiedad entre sectores de los llamados “religiosos” en su clásico Cartas a Elpidio (1838). Muchos pontífices, a través de encíclicas, cartas y discursos, han advertido sobre los peligros de una penetración comunista en la Iglesia.

Entre las que destacan están Noscitis et Nobiscum (papa Pío IX1849), Pascendi Dominici Gregis (papa Pío X 1907) y Divinis Redemptoris (papa Pío XI 1937). En la Pascendi Dominici Gregis, la encíclica dice al referirse a los enemigos de la Iglesia, “ponen en marcha sus designios para su ruina no desde fuera sino desde dentro, de ahí que el peligro esté presente casi en las mismas venas y en el corazón de la Iglesia”. La Divinis Redemptoris de 1937 declara que “el comunismo es intrínsecamente malo”. 

Estas son algunas expresiones y preocupaciones de la Iglesia real. El papa Francisco es un outsider moral periférico, como lo demuestra su posición frente al comunismo cubano. 

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