domingo, marzo 21, 2021

Luis Zúñiga Reyes sobre el film PLANTADOS: Solo un ignorante de la realidad cubana puede desmentir el contenido del filme "Plantados"

 


Tomado de https://www.diariolasamericas.com/

Solo un ignorante de la realidad cubana puede desmentir el contenido del filme "Plantados"

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Les ha molestado tanto el impacto del filme y que, además, ya lo estén viendo en Cuba, que se sintieron obligados a tirarle el fango habitual

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Por  Luis Zúñiga Reyes

19 de marzo de 2021

El jueves 18 de marzo, el diario castrista Granma publicó un artículo bajo la firma de Rolando Pérez Betancourt, criticando el filme “Plantados” del director Lilo Vilaplana. La primera indicación del disgusto (y evidentemente, la ira) de la gerontocracia castrista, es ese artículo mismo. Les ha molestado tanto el impacto que ha ocasionado el filme y que, además, ya algunos lo estén viendo en Cuba, que se sintieron obligados a tirarle el fango habitual. La dictadura no acaba de entender que el pueblo cubano los conoce muy bien y sabe que, si el régimen critica o ataca algo, es porque ese algo es efectivo. Esa era la táctica de Fidel Castro: criticaba, pero no permitía que el pueblo viera o leyera el objeto de la crítica. La vieja estupidez del avestruz. Pero, esta vez no han podido esconder la causa de su ira.

A ningún criminal le agrada que le recuerden la escena del crimen y, mucho menos, que se muestre a las víctimas. En las salas de corte los criminales bajan la cabeza y guardan silencio.

La segunda indicación importante es: ¿Por qué han usado a un “Don Nadie” para que escriba sobre el filme y su contenido en lugar de hacerlo uno de los conocedores del tema (y responsables) de una historia sangrienta y criminal de la dictadura? ¿Qué sabe el autor del artículo sobre las prisiones políticas castristas? Les aseguro que nada. A mediados del año 1987 el régimen trajo a la Prisión Combinado del Este a un par de periodistas portugueses que querían entrevistar a varios presos políticos. El propósito de la “entrevista” lo conocimos después cuando publicaron una sarta de mentiras que buscaban lavarle la cara a la dictadura en Ginebra donde el régimen había sido condenado por violación de los derechos humanos.

Acompañando a los periodistas vino una hija del Contralmirante Aldo Santamaría que se identificó como psicóloga. Muy molesta cuando yo les dije a los periodistas que había pasado largos años en celdas tapiadas, se atrevió a desmentirme y le dijo al periodista que “esas eran las calumnias usuales que usábamos para difamar a la Revolución”. Con mucha paciencia llamé a un teniente que estaba cerca y que había servido por muchos años como llavero en las prisiones y le pregunté delante de ella: ¿teniente, nosotros hemos estado internados en celdas tapiadas, o no? La respuesta inevitable, fue: Sí, claro. Le volví a preguntar: ¿Por cuánto tiempo hemos estado en ellas? Bueno, que yo sepa por muchos años. El teniente lo dijo con la cabeza baja, abochornado ante los desconocidos, y la jovencita que había tenido una actitud desafiante, se encogió tanto que pensé iba a caer de la silla. No volvió a decir ni una palabra más.

Una segunda experiencia, valiosa de mencionar en este contexto ocurrió en 1988, previo a la visita que hizo a Cuba la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas. En esa ocasión, una delegación de Amnistía Internacional visitó la prisión, pero bajo la condición de que no podían hablar con ningún preso. Poco antes nos habían sacado de las celdas tapiadas de Boniatico en Santiago de Cuba y nos pusieron en un pabellón del Combinado del Este que había sido renovado, pintado y que le habían quitado las celdas tapiadas. Una “vitrina” preparada para esa visita. Desafortunadamente para el régimen, los presos comunes que usaron para desprender con sopletes las planchas de hierro de las puertas, olvidaron quitarlas a una celda junto a la escalera al fondo del edificio y pudimos mostrarle al Secretario General de Amnistía, Ian Martin, y a la presidenta, Marian Murshruns, una celda tapiada. Cuando entró a la celda y notó que no se veía las manos, la Sra. Murshruns comenzó a llorar y a repetir sin cesar: I cannot believe it (No lo puedo creer). Un año más tarde, al salir de prisión, supe que Amnistía nunca mencionó las celdas tapiadas en su informe sobre la visita a Cuba. Así de hipócritas y mentirosos han sido muchos con la causa cubana.

En febrero de 1989 tuve la oportunidad de mostrar en Naciones Unidas en Ginebra una fotografía de las celdas tapiadas y de describir los horrores de las prisiones castristas. Por eso, tratar de desvirtuar la historia criminal de la dictadura, es inútil.

La historia de crímenes, golpizas, tratamientos inhumanos, crueles y degradantes en las prisiones cubanas es muy extensa y la conocen también decenas de miles de presos por causas comunes que desde sus pabellones, galeras y celdas vieron esos horrores. Todavía hoy está en pie el Pabellón “Boniatico” en la Prisión de Boniato como tesimonio de que el régimen ni se arrepiente ni renuncia a su odio y criminalidad contra los presos políticos.

Muchas personas no entienden por qué tanta crueldad. La respuesta está en la ideología que profesan. Karl Marx creó la filosofía comunista, pero el que la llevó a la práctica fue Vladimir Ilich Ulianov (Lenin) en la Unión Soviética. Lenin estableció un principio que decía: “Al enemigo, reedúcalo y si no se reeduca, destrúyelo”.

Bajo esa máxima, los regímenes comunistas crearon en las prisiones sistemas de reeducación política con el objetivo de que, primero, los presos políticos se arrepintieran de haberse rebelado contra el Estado Comunista. Segundo, que reconocieran que se equivocaron y que nunca más se iban a enfrentar al “pueblo”, y tercero, que la reeducación incluía el trabajo como compensación por los errores.

Cumpliendo también con el dogma de Lenin, a los que rechazaban la reeducación había que destruirlos. La destrucción se implementaba en dos direcciones: la afectiva y la física. Para la destrucción afectiva, limitaban o prohibían por largos períodos las visitas familiares. Destruían la correspondencia familiar para crear en el preso la idea de que su familia lo había abandonado o lo tenía olvidado. Enviaban agentes a enamorar a las esposas jóvenes de los presos. Trasladaban a los prisioneros hacia los lugares más alejados posibles de los familiares.

Para la destrucción física los sometían a planes de trabajo forzado, a requizas (registros de sus celdas) constantes, registros que venían precedidos por una avalancha de guardias armados de bayonetas y cabillas que entraban propinando golpes a “diestra y siniestra”, creando en los presos un estado de temor permanente en espera de la próxima requiza. Sistema de hambre permanente proveyendo una alimentación pésima y escasa. La dieta usual era espaguetis sin condimento alguno y un cucharón de un agua que llamaban “sopa”. En la Prisión de Boniato, varios presos políticos murieron de escorbuto en la década de 1970 por la falta prolongada de vegetales o frutas.

Otros componentes del esquema de destrucción física era la falta permanente de asistencia médica, el internamiento en celdas tapiadas donde se afectaba la mente y la racionalidad del preso encerrado en un espacio mínimo donde el ancho no le permitía extender los brazos y donde vivía en una penumbra constante de día y una severa oscuridad de noche. Además de los mosquitos y los insectos que lo acompañaban incentivados por la falta de aseo.

Esa realidad, que con ciertas variantes no ha dejado de existir en las prisiones castristas, ha sido una estrategia fundamental para disuadir a muchos cubanos de enfrentarse a la dictadura. Tratar de ocultar o de tergiversar esa criminalidad contra los presos políticos en Cuba es ridícula y solo se atreve a hacerlo una persona que siga ciegamente los dictados de los comisarios políticos y que no se haya interesado nunca en saber la verdad.

*Luis Zuñiga

Exprisionero político

Exdiplomático

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viernes, enero 31, 2020

Ernesto Pérez Chang desde Cuba:. El Capitolio y una Habana que se cae a pedazos. Hay dinero para acomodar a los diputados y divertir al turista pero el pueblo debe arreglárselas como pueda




El Capitolio y una Habana que se cae a pedazos

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Hay dinero para acomodar a los diputados y divertir al turista pero el pueblo debe arreglárselas como pueda
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Por Ernesto Pérez Chang
30 de enero, 2020

LA HABANA, Cuba. – El espectacular Capitolio de La Habana, en cuya reparación total el gobierno cubano ha invertido alrededor de 6 millones de dólares, pareciera mostrar desprecio por una ciudad que se cae a pedazos.

Es el mensaje que cualquiera percibe al observar lo que ha sucedido con la triple arcada de la entrada posterior, la que da a la calle Industria, y tras la cual transcurren los recibimientos oficiales a las delegaciones y personalidades extranjeras que visitan la nueva sede de la Asamblea Nacional.

El hecho es que el majestuoso zaguán ha sido tapiado con tabiques de yeso que bloquean la visión desde el exterior.

Lo que siempre estuvo a la vista de todos, y que debió continuar así por tratarse de un edificio que (al menos teóricamente) cumple funciones públicas, ahora se ha puesto a resguardo de las “molestas” miradas de esa inmensa mayoría de cubanos a la que el Partido Comunista no considera “la vanguardia de Cuba”, de acuerdo con las mismas categorizaciones impuestas por el régimen, basadas en el grado de “lealtad” a las principales figuras en el poder.

(Vista de la entrada posterior con las arcadas tapiadas. Anteriormente se podía observar el interior desde la calle Industria. Foto P. Chang)

Lo que parecía un recurso circunstancial mientras duraron las labores de restauración, ahora ha pasado a ser una decisión permanente, con la cual quizás pretenden resolver esa “incomodidad” de tener que soportar la presencia de esa “chusma” que se resiste a abandonar los únicos cuatro edificios de vivienda que quedan en ese tramo de calle, a pesar de estar todos en peligro de derrumbe.

Pero el gobierno recién en septiembre de 2019 eliminó los subsidios a la vivienda y no piensa ofrecer opciones justas a quienes han quedado fuera de la planificación del presupuesto estatal.

Hay dinero para acomodar a los diputados y divertir al turista pero el pueblo debe arreglárselas como pueda.

“Están esperando a que se caigan para hacer parqueos y oficinas”, es lo que en resumen opinan algunos de los habitantes del lugar, renuentes a trocar sus casas de toda la vida por albergues de tránsito o apartamentos mal terminados alejados del centro de la ciudad, una estrategia que, para beneficio propio, le ha funcionado al gobierno en otras ocasiones, sobre todo en la Habana Vieja, tanto así que algunos consideran que se trata de una “habilitación” para el turismo más que una “restauración”, teniendo en cuenta la política de desplazamientos aplicada en los sitios y edificaciones más significativos.
(Edificio en la calle Industria que está situado frente al zaguán del Capitolio, ahora tapiado. Foto P. Chang)

De hecho, el centro de la ciudad, más allá de la zona más antigua, hace ya tiempo fue divido en parcelas con el objetivo de ofertarlas al mejor postor, según se advierte en la propia Cartera de Oportunidades publicada y ampliada todos los años por el Ministerio de Comercio Exterior y la Inversión Extranjera de Cuba.

Los tabiques en el zaguán del Capitolio no solo son una expresión o extensión materializada de ese secretismo y voluntad de ocultamiento que practica el gobierno cubano en casi todos los ámbitos de la realidad cubana sino, además, del desdén con que asume aquellos asuntos relacionados con el bienestar de los ciudadanos, donde el déficit y la precariedad de la vivienda parecieran ocupar el lugar más importante pero que, en la práctica, se constata que no existe una voluntad real, creíble, para encontrar soluciones.

Hace días, en una de las tantas reuniones de Miguel Díaz-Canel con funcionarios de la vivienda, se escuchó de manera excepcional la crítica de uno de ellos a los planes de reparación de inmuebles.

Señalaba esta persona que el presupuesto asignado a las localidades para la rehabilitación de edificios multifamiliares era insuficiente, y favorecía apenas el 0,5 por ciento de las necesidades reales.

Hacía referencia a situaciones absurdas como la de planificar la reparación anual de uno o dos edificios en repartos y barriadas que cuentan con más de doscientos bloques residenciales, de modo que el cumplimiento (y hasta sobrecumplimiento) de planes jamás pudiera constituir una noticia para regocijarse sino más bien para crear la ilusión de que las cosas marchan bien cuando en realidad la situación empeora y las soluciones se limitan al ajuste por defecto de las cantidades planificadas.

No hay que hacer muchos cálculos para comprender que, a ese ritmo, al gobierno le tomaría más de un siglo reparar los edificios de una comunidad como Alamar donde existe más de un centenar.

No obstante la prensa oficialista habla de “cumplimiento” en los titulares y hasta los organismos ejecutores se alzan con la distinción de “Proeza Laboral”. Una verdadera tomadura de pelo que se torna más burlesca cuando descubrimos que por “reparación” en la mayoría de los casos se entiende apenas la renovación de la pintura exterior de los inmuebles, algo que contrasta con el derroche de recursos empleados en acondicionar ese gran elefante blanco de la economía cubana llamado Capitolio.

(Los cuatro edificios de vivienda ubicados en el tramo de calle, al fondo del Capitolio. En primer plano, edificio de la fábrica Partagás, restaurado. Foto P. Chang)

Un ejemplar que ni es único ni excepcional sino que es tan solo un ejemplo de cuáles son las verdaderas prioridades en estos tiempos de sálvese el que pueda.

Pero volviendo a la queja del funcionario de vivienda a la que me refería, lejos de suscitar una refriega de Díaz-Canel contra los responsables de tanto “ilusionismo económico”, fue respondida por este con el usual desplazamiento “simulado” de la culpa hacia quienes sufren las consecuencias de ese maremoto de falta de compasión y bandidaje (más que ineptitudes) que ha destrozado Cuba durante más de seis décadas.

Según el presidente cubano serían los vecinos de esos edificios multifamiliares quien deberían ellos mismos asumir las reparaciones acudiendo a colectas entre los propios inquilinos para adquirir los materiales y pagar a las brigadas de albañiles, plomeros y pintores puesto que es necesario despojarse de esa “vieja mentalidad” para la cual el Estado debe ser el encargado de tales asuntos.

No es necesario llamar la atención sobre lo sarcástico de tal respuesta.

Quien conozca nuestra realidad de bajos salarios y carestías perpetuas, de voluntarismos, obstaculización y criminalización de las iniciativas individuales, no necesitará de explicaciones sobre por qué, en nuestra circunstancia, le corresponde al gobierno asumir esos gastos.

Y por carambola también intuirá lo que significan esos tabiques en las arcadas del zaguán del Capitolio: son algo mucho más terrible que cortinas para cubrir la suciedad.

El paseante no tendrá modo de saber qué sucede en ese lugar del edificio, así tampoco los invitados extranjeros que sean recibidos allí podrán detenerse a apreciar el fuerte contraste entre la fastuosidad del “Parlamento comunista de Cuba” y las ruinosas ciudadelas que, en las inmediaciones, milagrosamente resisten la indiferencia de los diputados más que el paso del tiempo.

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