martes, septiembre 22, 2020

Vicente Echerri sobre la obra de la primera intervención norteamericana en Cuba

 Nota del Bloguista de Baracutey Cubano

El articulista comete el error de absolutizar cuando afirma que ningún cubano se acuerda de Frye y  de Gorgas; tanto en Cuba como fuera de Cuba hay algunos cubanos que sí sabemos quienes fueron esas personas.  Si yo que soy un aficionado a la historia de Cuba  escibí sobre la obra de Frye  en mi  largo artículo Una primera aproximación a la República (1902-1958), publicado en el número 49 de  la revista Vitral del Centro de Formación Cívico y Religiosa de la Diócesos de Pinar del Río en el año 2002, qué  no sabrán muchos de los académicos y profesionales de la Historia de Cuba; una cosa es no conocer a esas dos personas y otra cosa es no escribir sobre ellas ... 

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La obra de la intervención

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Segunda parte del trabajo publicado ayer lunes bajo el título El recurso de la intervención

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Las tropas de ocupación estadounidense en La Habana.

Por  Vicente Echerri

Nueva York

22/09/2020

A mitad del verano, la resistencia española había dejado de existir. Los soldados españoles permanecían en sus cuarteles en tanto los norteamericanos confraternizaban con los rebeldes cubanos y se iban adueñando de la administración. Formalmente, el dominio español sobre Cuba habría de cesar el 1º de enero de 1899 en que es arriada por última vez el pabellón de España en las fortalezas de La Habana. El general John R. Brooke, primer gobernador de la ocupación, no sólo llegaba investido de todos los poderes, sino imbuido de ese espíritu de rectitud y decencia que han tenido tradicionalmente los militares de esta nación. Lo acompañaba un equipo de industriosos profesionales (ingenieros, médicos, educadores, etc.) que venían a poner su experiencia y su saber al servicio de un país que apenas emergía de la devastación. El historiador Calixto C. Masó, que escribe desde el exilio más de sesenta años después y que hace un análisis bastante amplio y minucioso de este período, afirma que «la labor administrativa de los gobernadores militares John R Brooke y Leonardo Wood fue notable y en ocasiones hasta ejemplar —tomando este vocablo en su sentido estricto— para el futuro desenvolvimiento y desarrollo de Cuba».[1]

El índice de analfabetismo en Cuba en el momento que estalla la guerra hispano-americana se estima cercano al 70 por ciento de una población que apenas sobrepasaba al millón y medio de habitantes. Aumentar el nivel educacional de la isla fue una de las prioridades del gobierno interventor y, a ese fin, contó con los servicios de un educador excepcional, Alexis Everett Frye, a quien ningún maestro ni educando cubano en la actualidad sería capaz de recordar. Frye, que había sido profesor de la Escuela Normal de Chicago y superintendente de escuelas en San Bernardino, California, fue nombrado por Brooke superintendente general de escuelas y sobre él dice Masó:

[…]fue uno de los que mejor comprendió a Cuba y sus problemas, pues se dio cuenta, como había expresado Luz y Caballero, [de] que no bastaba crear escuelas, formar maestros e instruir a los alumnos, sino que era necesario educar, fortaleciendo las características nacionales de maestros y alumnos, y supo infundir a los primeros educadores públicos cubanos un espíritu de apostolado que se fue perdiendo en la etapa republicana.[2]

Y explica más adelante Masó:

Frye modificó el plan de estudios, el sistema de enseñanza y resolvió el problema de la carencia de textos. Introdujo el trabajo manual o sloyd, y creó los kindergártenes, agregando las asignaturas de Geografía, Estudios de la Naturaleza, Historia, Higiene, Dibujo y Música, así como la Educación Física, superando el viejo sistema de las tres erres, o sea, leer escribir y contar.[3]

Masó apunta como Frye fue el autor del primer libro de Geografía de Cuba, así como el promotor del Manual de Maestros, que se publicó en 1901 y que incluye la primera Historia de Cuba escrita por Manuel Sanguily. Se invirtió una considerable suma de dinero en la adquisición de mobiliario escolar —unos cien mil pupitres— así como de material escolar adecuado y se instalaron escuelas en edificios habilitados a ese efecto, entre ellos cuarteles y hospitales militares españoles. (Yo cursé mis primeros cuatro años de la primaria en un caserón de mi natal Trinidad que el gobierno interventor convirtió en escuela y que en la actualidad, más de 120 años después, sigue cumpliendo esa función).

«El número de escuelas», continúa diciéndonos Masó, «mientras Frey ocupó la superintendencia, aumentó de 300 a 3.313 y la matrícula escolar que, en 1899 fue de 85.009 subió en 1902 a 163.348. El número de maestros que en 1899 era de 2.665 […] en el curso de 1901 a 1902 aumentó a 3.579, de los cuales 1.445 eran hombres y 2.134 mujeres».[4] Asimismo, el presupuesto para la instrucción primaria ascendió de $716.892 en 1899 a $2.786.176 en 1902.

En cuanto a la segunda enseñanza, su reforma estuvo en manos de dos cubanos ilustres: Enrique José Varona y José Antonio González Lanuza, fundadores ambos, en 1907, del Partido Conservador. En la Universidad que contaba con 107 profesores, de los cuales sólo 7 eran titulares, se crearon las escuelas de Pedagogía, Veterinaria, Cirugía Dental y Arquitectura y los estudios de Ingeniería Agrónoma y Eléctrica. La escuela de pintura de San Alejandro, así como la de Artes y Oficios, nos dice Masó, «merecieron especial atención de Leonardo Wood, que dotó a esta ultima de un moderno edificio».[5]

La salud y la higiene públicas fueron otros de los caballos de batalla del gobierno interventor que encontraba en Cuba la situación más deplorable en esos terrenos. La fiebre amarilla, la malaria y el tifus eran enfermedades endémicas y las nuevas autoridades entendieron sabiamente que la solución de estos problemas sanitarios era esencial para echar las bases de un nuevo Estado. Franklin Matthews, que publica su libro The New-Born Cuba en 1899, da testimonio del estado de La Habana al comienzo del gobierno interventor:

Cuando los norteamericanos tomaron posesión de la ciudad[… l]os animales muertos abundaban, se encontraba basura por dondequiera, las alcantarillas iban a desaguar al océano o a la bahía con emanaciones pestilentes. Olores nauseabundos llenaban el aire, y el estado de los edificios públicos era tal que los oficiales del Ejército norteamericano rehusaron ocuparlos. Para ilustrar las espantosas condiciones de los edificios públicos, permítaseme decir que en uno de los salones del castillo de La Fuerza, ocupado por la Guardia Civil y en el grupo de edificios públicos, entre los cuales descollaba el palacio de los Capitanes Generales, se encontraron no menos de quince gatos y perros muertos… Treinta y dos carretas de basura sacaron del palacio del gobernador.[6]

El equivalente de Frye en lo concerniente a la educación, lo sería el mayor William C. Gorgas en el terreno de la salud pública, partiendo de las labores de saneamiento, al establecer un servicio de limpieza de calles y recogida de basuras —que antes de la administración norteamericana era muy deficiente o casi nula— la cual se complementó con inspecciones domiciliarias. De estas se llevaron a cabo 66.219, se manipularon 11.937 cargas de materiales de casas desinfectadas y se limpiaron 6.902 fosas.

El 25 de junio (de 1899) llegó a La Habana una comisión presidida por el Dr. Walter Reed, a quien acompañaban los también médicos James Carrol, Arístides Agramonte y Jesse Leazer, con la misión especial de estudiar la fiebre amarilla, que se extendía a pesar de los esfuerzos sanitarios de Gorgas. Luego de varios ensayos infructuosos, la comisión decidió comprobar la teoría del epidemiólogo cubano Carlos J. Finlay, quien proponía que la enfermedad era transmitida por la picada del mosquito Stegonia fasciata o Aedes Aegypti. Los doctores Leazer y Carrol se prestaron a ser picados por el mosquito transmisor y ambos contrajeron la fiebre amarilla, a consecuencia de lo cual falleció el primero. Comprobada así esta teoría, la enfermedad no tardó en ser erradicada al petrolizar las aguas estancadas donde se desarrolla la larva del mosquito trasmisor. Un año después, esta plaga que había sido el azote de Cuba desde los tiempos de la colonización, había desaparecido por completo.

La reforma administrativa, en todos sus aspectos, fue emprendida con eficacia y prontitud por el gobierno interventor. Se destaca, por indudables méritos, la restructuración —o acaso más bien la recreación— del servicio postal, que padecía de corrupción endémica y se encontraba en pésimas condiciones al cese de la dominación española. Para entonces, los empleados de correos, incluidos sus jefes locales, no habían recibido salario alguno en los últimos 10 meses y toda la mecánica de este servicio estaba en ruinas, al punto que los destinatarios de las cartas debían pagarles a los carteros el valor del franqueo, de donde estos devenían la compensación salarial que de otro modo no percibían.

El encargado de poner en pie al servicio postal de Cuba fue el mayor E. G. Rathbone, quien fue nombrado Director de Correos el 21 de diciembre de 1898, apenas 10 días antes de que EEUU se encargara oficialmente del gobierno de la isla. Rathbone encontró que los españoles habían prácticamente saqueado el sistema postal, como también lo habían hecho en la Aduana y en todos los otros departamentos del gobierno. «No dejaron», dice Matthews, «ni un centavo, ni un sello, ni siquiera un documento oficial»[7].

Lo primero que hizo este director, de quien no creo que ningún cubano tenga memoria, fue poner a la venta nuevos sellos de correos en La Habana, establecer salarios para los carteros y otros empleados del servicio postal y reestructurar todo el sistema, incluida la escala salarial. Se dio cuenta de que lo único que exigían las circunstancias era imponer en la isla, partiendo prácticamente de cero, el sistema que regía en Estados Unidos. Se establecieron diez negociados sujetos a su dirección y aunque se organizaron con personal inexperto, en pocos días el departamento tenía cubiertas el cien por ciento de las plazas y funcionaba con sobrada eficiencia en comparación con la gestión española. La correspondencia certificada —que existía en tiempos de España de manera deficiente— se reguló, y los giros postales y el servicio de entrega especial, que hasta entonces eran desconocidos, se implantaron. En sólo 60 días, Rathbone consiguió corregir y encauzar un sistema que tenía muchos años de ineficacia, corrupción y abandono. En una entrevista con Matthews, él le dijo que su objetivo era equipar el servicio postal de tal manera «que cuando llegara la hora de entregárselo a los cubanos, fuera absolutamente moderno y funcionara en perfecto orden».[8] El telégrafo también tuvo importantes mejoras, llegando sus líneas al termino de la ocupación estadounidense a 5.632 kilómetros y sus estaciones de servicio a 77.

En lo concerniente a la infraestructura, se construyeron numerosos kilómetros de carreteras, incluidos los puentes, así como se mejoraron los caminos vecinales. Se llevaron a cabo mejoras en los puertos y vías fluviales y se arreglaron y pavimentaron calles en las ciudades principales. Masó resalta «las obras del puerto de Cárdenas, el Paseo del Prado, el Malecón, la Academia de Ciencias, la Escuela de Artes y Oficios, el Hospital No. 1, así como la adaptación de cuarteles y hospitales militares para la enseñanza, instalándose la Universidad [de La Habana] en la [colina de la] Pirotecnia, la Escuela Luz y Caballero en el Hospital de San Ambrosio, la Biblioteca Nacional en la Maestranza de Artillería y, posteriormente, el Archivo Nacional en la Casa de Recogidas».[9]

La Enmienda Platt

Esta eficientísima labor de gobierno llegó a su fin el 20 de mayo de 1902 cuando el gobierno interventor le traspasa la soberanía de Cuba al gobierno salido de la primera consulta electoral. «Al fin hemos llegado», cuéntase que dijo Máximo Gómez mientras izaba nuestra bandera en la azotea del Palacio de los Capitanes Generales. Era sin duda un gran logro, una indiscutible victoria, teniendo en cuenta todos los obstáculos que se habían interpuesto en este proyecto desde que lo iniciara Carlos Manuel de Céspedes en 1868.

Sin embargo, la independencia de Cuba nos llegaba de manos de los norteamericanos y esto, para algunos, era motivo de frustración e ineptitud. En tres años de guerra (1895-1898), y pese a la campaña de tierra arrasada que los mambises llevaron de un extremo al otro del país, los cubanos no estaban ganando la contienda, tal como nos han dicho ciertos historiadores. Ahora, al término de una administración ejemplar, Estados Unidos nos entregaba la república, pero con un apéndice constitucional que lastimó el orgullo de muchos: la Enmienda Platt.

Aunque propuesta ante el Senado de EEUU como iniciativa del senador Oliver Platt, de quien tomó el nombre, la Enmienda Platt fue concebida por el secretario de Guerra Elihu Root como la más sólida garantía de la independencia de Cuba y la protección de vidas y bienes particulares de los habitantes de la república que estaba por nacer. Este gesto, imbuido de buenas intenciones, revelaba, al mismo tiempo, un cierto nivel de desconfianza hacia el autogobierno de los cubanos. En otras palabras, Estados Unidos se ofrecía como garante de la empresa que los cubanos estaban a punto de iniciar.

Esta desconfianza, aunque adversa a la simpatía y buena opinión que tenía de nosotros el pueblo norteamericano, ya había sido expresada por otros. Cabe destacar lo que escribiera el joven Winston Churchill, que visitó brevemente la isla como corresponsal de guerra a fines de 1895: «Un gobierno cubano sería peor, igualmente corrupto, más caprichoso y mucho menos estable. Bajo ese gobierno, las revoluciones serían periódicas, la propiedad insegura, la equidad desconocida».[10]

La visión de Churchill tal vez era demasiado pesimista y, en alguna medida, quedó desmentida (sobre todo en lo que atañe a la propiedad) en las primeras décadas de la nueva república, pero la corrupción, la inestabilidad y las «revoluciones» de distinta índole que se sucedieron casi desde el principio (1906, 1912, 1917, 1923, 1930) servirían para darle la razón (Churchill viviría lo suficiente para ver la llegada de Fidel Castro al poder, que significó el fin de todos nuestros ideales republicanos. Cuando fallece en 1965, setenta años después de su ominoso pronóstico, Cuba ya se había convertido en un despotismo soviético).

Temiendo acaso que una nueva constitución pudiera abrogar la Enmienda Platt, Estados Unidos la incluye en el Tratado Permanente que suscribe con el nuevo gobierno cubano en mayo de 1903. A partir de ese instante es indiferente la existencia o no del apéndice constitucional. Ambas naciones quedan obligadas con los términos de un tratado del que son signatarias. Este matiz que es esencial para entender la relación bilateral es ignorado o desconocido por muchos de los comentaristas de lo cubano y distorsionado en la práctica por ambas partes contrayentes, como bien lo explica el jurista y diplomático cubano Luis Machado en un libro sobre el tema que publica en 1922 y que, ochenta años después, es objeto de una edición facsimilar en Miami.[11]

En modo alguno este tratado —que recogía en su totalidad la Enmienda Platt— conculca la soberanía de Cuba ni le impone una supervisión onerosa. Cuba podía suscribir libremente toda suerte de acuerdos con cualquier otro Estado soberano, sin que mediara ninguna interferencia de Estados Unidos, asimismo, la intervención no era una amenaza constante que paralizara el curso de las relaciones políticas y económicas de la neo república. Como bien apunta Machado, Estados Unidos se reservaba el derecho de intervenir sólo en tres circunstancias: «para conservar la independencia de Cuba (en caso de que se viera amenazada por una potencia extranjera); para mantener un gobierno adecuado a la protección de la vida, la propiedad y la libertad individual y para cumplir las obligaciones asumidas en el Tratado de Paz con España el 10 de diciembre de 1898».[12]

No faltaron funcionarios norteamericanos que, ignorantes de la letra y el espíritu de este contrato, amenazaran a los cubanos con intervenir a la menor provocación, y que igual hicieran gobiernos y oposiciones en Cuba, amedrentándose mutuamente con un expediente que era de muy estricta aplicación y que, en la práctica, no tenía otro propósito que garantizar la estabilidad y el buen funcionamiento de nuestra república. De suerte que la Enmienda Platt, tal como se consigna en el Tratado Permanente, no es otra cosa que un muro de contención, casi teórico, que el gobierno de Estados Unidos le impone a Cuba para que obre de conformidad con su propia constitución.

Luis Machado, en la obra ya citada, incluye dos testimonios esclarecedores de parte de los autores de nuestro debatido apéndice constitucional: Elihu Root y Oliver Platt. El primero, en carta al gobernador militar Leonard Wood, el 29 de marzo de 1901, le expresa:

Espero que Ud. habrá podido desvanecer de la mente de los miembros de la Convención Constituyente toda idea de que la intervención descrita en la Enmienda Platt es sinónima de entrometimiento o interferencia en los asuntos del gobierno cubano.

Sólo significa, desde luego, la acción formal del gobierno de los Estados Unidos, basada en justos fundamentos de fracaso o peligro inminente, y de hecho no es más que una declaración o reconocimiento de hacer lo que los Estados Unidos hicieron en abril de 1898, como resultado del fracaso de España para gobernar a Cuba. No le da a los Estados Unidos derecho alguno que ya no posean y que ellos no hubieran de ejercitar, sino que les da en beneficio de Cuba una posición entre Cuba y las naciones extranjeras en el ejercicio de aquel derecho, que puede ser de inmenso valor para habilitar a los Estados Unidos a fin de proteger la independencia de Cuba.[13]

Y, por su parte, el senador Oliver H. Platt, presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado y redactor de la enmienda que lleva su nombre, se pronuncia sobre el mismo tema en texto dirigido al secretario de la Guerra de Estados Unidos el 26 de abril de 1901:

He recibido su comunicación de hoy, en la cual dice usted que los miembros de la comisión de la Convención Constituyente cubana temen que las disposiciones relativas a la intervención, hechas en la cláusula tercera de la Enmienda que ha llegado a llevar mi nombre, tenga el efecto de impedir la independencia de cuba y en realidad establezcan un protectorado o suzeranía por parte de los Estados Unidos, y me pide que exprese mis puntos de vista sobre la cuestión que suscitan.

En contestación diré que la enmienda fue cuidadosamente redactada con el propósito de evitar todo lo posible la idea de que al aceptarla la Convención Constituyente produjera el establecimiento de un protectorado o suzeranía, o en modo alguno se mezclara con la independencia o soberanía de Cuba; y hablando por mí mismo, parece imposible que se pueda dar semejante interpretación a la cláusula. Estimo que la Enmienda debe ser considerada en conjunto y debe ser evidente, al leerla, que su propósito bien definido es asegurar y resguardar la independencia cubana y establecer desde luego una definida inteligencia de la disposición amistosa de los Estados Unidos hacia el pueblo cubano, y la expresa intención en aquellos de ayudarlo, si fuese necesario, al mantenimiento de tal independencia.

Estas son mis ideas y, aunque yo no puedo hablar por todo el Congreso, creo que mi intención fue comprendida perfectamente por aquel cuerpo.[14]

Desafortunadamente, las malas interpretaciones prevalecieron y el conflicto entre moderados y liberales en las primeras elecciones que se celebraban en una Cuba libre (1906) en las cuales —sin discusión— el gobierno de Estrada Palma recurrió a la intimidación y el fraude para conservar el poder, dieron lugar a una guerra civil que trajeron de vuelta a los norteamericanos por iniciativa nacional. En lugar de llegar a un acuerdo con los liberales rebeldes que se sentían traicionados por la gestión gubernativa, el Presidente dejó acéfalos los poderes públicos y, luego de hacer renunciar a su gabinete en pleno, renunció el mismo e hizo inevitable la intervención. Cuando Gonzalo de Quesada, ministro plenipotenciario de Cuba en Washington, solicitó la intervención en nombre de Estrada Palma, el presidente Theodore Roosevelt respondió: «Dígale al presidente Palma que yo puedo enviar ahora mismo los barcos que me pide, pero que piense en la mancha imborrable que caerá sobre su nombre».[15]

Hubo, pues, desde el principio, una tendenciosa manipulación de parte de algunos funcionarios cubanos (y también estadounidenses) de un recurso que Estados Unidos había consagrado en el Tratado Permanente en beneficio y salvaguarda de nuestra república, cuya estabilidad deseaba y necesitaba en pro de los muchos intereses que había contraído en su territorio. Hay que reconocer que, a pesar de que los cubanos se seguían amenazando mutuamente con la Enmienda Platt, Estados Unidos nunca se animó nuevamente a invocarla luego de la segunda intervención y que los amagos que hizo al respecto durante la crisis del gobierno de Machado no pasaron de la pura pantomima.

En 1934, quedaba abrogada la Enmienda Platt, así como el Tratado Permanente (que se suscribía bajo nuevas bases) y parecía que Cuba había alcanzado la mayoría de edad libre del tutelaje de nuestros vecinos. Desafortunadamente, lo que hacían los cubanos era prescindir de un anclaje que garantizaba su estabilidad, al tiempo que ingresaban en un tiempo de expectativa revolucionaria que encontraría su alumbramiento en el triunfo castrista de 1959, el cual daría lugar, no importa cuantos buenos auspicios lo acompañaran, a nuestro colapso institucional. Acaso por aspirar a más, nuestra democracia terminaba en menos.

No fue una mala idea que Estados Unidos garantizara nuestra libertad y nuestra prosperidad, a pesar de las taras coloniales que el breve período del gobierno interventor no pudo erradicar. La intervención norteamericana que puso fin a nuestra última guerra de independencia fue un hecho afortunado que aceleró nuestro desarrollo en todos los órdenes —político, económico, social, cultural—, un salto de calidad que los cubanos no supieron apreciar o entender en toda su importancia y magnitud. Rechazar esa alianza o tutela nos llevó al absurdo de la gestión castrista que ha postrado a nuestro país en las últimas seis décadas y lo ha convertido en una miserable sentina, con una población envilecida, una economía en quiebra, una infraestructura arruinada y una política decrépita y sin horizontes.

Irónicamente, hoy, al igual que en 1897 (cuando arreciaba la campaña de Weyler) o en 1960 (cuando el régimen castrista despojaba a los cubanos de sus libertades y sus bienes) sigue teniendo pertinencia la intervención militar de Estados Unidos en Cuba; la imponen la misma geopolítica y el agravamiento de una situación que no parece dejar otra salida. Hemos hecho un largo y catastrófico periplo para venir a dar a la misma orilla.

[1] Calixto C. Masó, Historia de Cuba. Miami, Universal, 1975, p. 438.

[2]Ibid., p. 440.

[3]Idem.

[4] Calixto Masó, Op. cit., p. 441.

[5]Idem.

[6] Franklin Matthews, The New Born Cuba, New York and London, Harper & Brothers Publishers, 1899, pp. 95-96.

[7]Ibid., p. 165.

[8]Ibid., p. 178.

[9] Calixto C. Masó, Op. cit., p. 442.

[10] William Manchester, The Last Lion, Little Brown and Co., 1983, p. 230.

[11] Luis Machado, La Enmienda Platt — La isla de corcho. Edición facsimilar, Miami, Editorial Cubana, 2002.

[12]Ibid., p. 98.

[13]Ibid., p. 110.

[14]Ibid., pp. 111-112.

[15] Carlos Manuel de Céspedes, El diario perdido. Ed. Eusebio Leal, La Habana, Ediciones Boloña, 2018, p. 331.

© cubaencuentro.com

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Tomado de http://www.vitral.org/vitral/vitral48/cent.htm

ENMIENDA PLATT Y REPÚBLICA


(Fragmento)

Sabiduría vs imposición

La República nació con su independencia y soberanía limitadas en cuanto a principios se refiere; eso es un hecho innegable en nuestra historia. Los cubanos más preclaros se decidieron por la opción de aceptar por el momento la mencionada enmienda ante la alternativa de la ocupación indefinida de Cuba por las tropas norteamericanas y que la misma pudiera desencadenar una inútil guerra de guerrillas contra el Gobierno Interventor norteamericano que destruyera, más aun, al ya devastado país. El Mayor General Calixto García después de concluida la Guerra Hispano Cubana Norteamericana había dicho:
"Yo creo que los Estados Unidos no faltarán a su palabra empeñada; pero si así fuera siempre habría tiempo para morir, ya que no para vencer" ( Rodríguez, 44 y 45)
La sabia estrategia planteada desde los mismos inicios de la República por Don Juan Gualberto Gómez, y otros patriotas, y que está expuesta en las siguientes palabras, demostró ser la más adecuada para la joven república.
"Declaración solemne del propósito de que mientras ese tratado esté vigente, será escrupulosa y lealmente observado por el pueblo cubano y por su gobierno; sin perjuicio de que el Gobierno de la República de Cuba aproveche cualquier oportunidad favorable que pueda presentarse en el porvenir para influir cerca del Gobierno de los Estados Unidos, a fin de obtener por mutuo acuerdo, la modificación de aquellas cláusulas del Tratado en que el pueblo cubano encuentra limitada su independencia y mermada su soberanía." (Ibarra, 245)
Los contenidos más lesivos de la Enmienda Platt en contra de la plena soberanía cubana fueron abrogados en 1934.

Balance controversial de la Enmienda Platt

El balance de la Enmienda Platt es muy controversial. Considero que sus consecuencias deben analizarse desde al menos dos perspectivas o ángulos diferentes. Una primera perspectiva nos dice que la mencionada enmienda:
1) Propició el aumento significativo de las inversiones extranjeras en un país totalmente destruido necesitado de las mismas. La mencionada enmienda garantizaba, en cierto medida, el ambiente de paz necesario para el desarrollo de las inversiones en el país.
2) Contribuyó grandemente para que no sucedieran en Cuba, largas y sangrientas guerras fratricidas similares a la ocurrida durante y después de la independencia en muchas repúblicas hispanoamericanas y en Haití, o como la ocurrida en los propios Estados Unidos con la guerra de Secesión.
3) Limitó significativamente la posibilidad de una agresión extracontinental por parte de las potencias europeas como la efectuada por Alemania, con la ayuda de Inglaterra, a Venezuela en 1901 mediante los bombardeos a La Guaira, Maracaibo y Puerto Cabello, por ésta no pagar las deudas adquiridas con un poderoso consorcio alemán. Anteriormente, en 1897, la marina alemana ya había realizado demostraciones de fuerza en Haití.
Una segunda perspectiva de la Enmienda Platt nos dice que:
1) Limitó en cierta medida, en cuanto a principios se refiere, la soberanía de Cuba, otorgándole a la república desde un punto de vista formal, una independencia restringida.
2) Creó una mentalidad de Patronato en ciertos segmentos del pueblo cubano mediante la cual, se esperaba que los norteamericanos fueran los que resolvieran nuestros problemas políticos. En otros segmentos de la población cubana, creó o acentuó un sentimiento nacionalista antinorteamericano.
La enmienda Platt nos privó de gozar de una independencia y soberanía total, pero también nos evitó grandes desastres y sufrimientos.

Manuel Sanguily como Ministro de Estado (responsabilidad que corresponde a la de Canciller o Ministro de Relaciones Exteriores en nuestros días) del gobierno de José Miguel Gómez, en su discurso en el teatro Polyteama, a poco más de una década de la imposición de la Enmienda Platt, expresó:
"Mantendrá el Gobierno las relaciones más cordiales en el orden diplomático y de los negocios, con las naciones amigas entre nosotros dignamente representadas, y sobre todo cultivará los grandes y vitales intereses que en franca y afectuosa correspondencia nos ligan a los Estados Unidos, no ya solo en consideración a las ventajas que deriva de ellos nuestra economía, sino por los incomparables servicios que el pueblo y el Gobierno americanos han prestado a la causa de la justicia, de la civilización y de nuestra nacional soberanía.
Y no os sorprenda esta sincera manifestación de quien siempre ha vivido inquieto y receloso en el temor de los grandes y los fuertes. Dos veces -una, por la ceguedad de nuestra vieja y orgullosa Metrópoli; otra por la ceguedad de enconos fratricidas-, vinieron aquí los americanos traídos por su fortuna o llamados por nuestras discordias, y siempre se retiraron de nuestro territorio, haciéndonos el doble beneficio de construir dos veces la república, y dejándonos en el corazón atribulado, desengaños y escarmientos; más en ambas ocasiones, motivos superiores de admiración y de gratitud por esa magnánima conducta que jamás en la historia habían observado los pueblos fuertes y triunfantes con los débiles, conturbados y decaídos" (
Ibarra, 312)

He escogido esas palabras de Manuel Sanguily en el teatro Polyteama, y no las de otro cualquier patriota o ciudadano, por la posición vertical que siempre mantuvo Sanguily en su quehacer político:

Sanguily se opuso en un primer momento, como ya expresamos, a la imposición de la Enmienda Platt. Posteriormente, y ya en la República como miembro del Senado cubano, se opuso a la venta de tierras cubanas a capital norteamericano. En ese cargo de Secretario de Estado del Gobierno de José Miguel Gómez, se opuso de palabra y de hecho a la injerencia norteamericana en Méjico cuando el derrocamiento del presidente Francisco I. Madero y su sustitución por Victoriano Huerta, actitud que suscitó desavenencias con el gobierno norteamericano. Sanguily fue en su momento, él más fuerte y decidido opositor en el Senado cubano a la aprobación en 1903 del Tratado de Reciprocidad Comercial con los Estados Unidos (TRC). La verticalidad de Sanguily llegó hasta el punto de acusar públicamente de corrupto al gobierno de José Miguel Gómez (1909-1913), pese a pertenecer a su gabinete como Secretario de Estado.

El fundamento de la preocupación norteamericana por nuestra estabilidad republicana iba desde los más excelsos y enaltecedores sentimientos humanos de solidaridad, hasta la más fría y calculada preocupación por sus inversiones económicas y su seguridad nacional. En ese amplio espectro, es donde debemos situar los móviles que tuvieron las numerosas personalidades norteamericanas que intervinieron en la confección, aprobación y aplicación de la Enmienda Platt.

Un caso concreto de la aplicación de la Enmienda Platt

Por otra parte, debemos admitir que en general, en el caso cubano, los gobiernos norteamericanos no se inclinaron en hacer un uso indiscriminado o exagerado de la prerrogativa que les daba la Enmienda Platt. El proceder del presidente Teodoro Roosevelt durante "la guerrita de agosto" de 1906 así lo atestigua, pues tanto el presidente Estrada Palma como los alzados contra él, pidieron la intervención norteamericana y fue el presidente Roosevelt el que trató de que la misma no se produjera. La carta de Roosevelt al embajador cubano Gonzalo de Quesada del 14 de septiembre de 1906 y su telegrama a Estrada Palma del 25 de septiembre de ese mismo año así lo muestran. Algunos fragmentos de la mencionada carta son:

" Solemnemente conjuro a todos los patriotas cubanos a unirse estrechamente para que olviden sus diferencias, todas sus ambiciones personales, y recuerden que el único medio de conservar la independencia de su república es evitar, a todo trance, que surja la necesidad de una intervención exterior para salvarla de la anarquía y de la guerra civil.
Espero ardientemente que estas palabras de apelación, pronunciadas en nombre del pueblo americano, por el amigo más firme de Cuba y el mejor intencionado hacia ella que pueda existir en el Mundo, serán interpretadas rectamente, meditadas seriamente y que se procederá de acuerdo con ellas, en la seguridad de que, si así se hiciere, la independencia permanente de Cuba y su éxito como República se asegurarán.
" (Pichardo, 283)
En el telegrama de Roosevelt a Estrada Palma del 25 de septiembre, éste le escribe en un tono invocatorio y suplicante:
" Bajo su gobierno y durante cuatro años, ha sido Cuba República independiente. Yo le conjuro, en bien de su propia fama de justo, a que no se conduzca de tal suerte que la responsabilidad por la muerte de la República, si tal cosa sucediere, pueda ser arrojada sobre su nombre. Le suplico proceda de manera tal, que aparezca que Ud. por lo menos, se ha sacrificado por su país y que lo deja aún libre cuando abandone su cargo." (Pichardo, 285)


Estrada Palma permaneció intransigente y convocó al Congreso para renunciar pese a que los sublevados no pedían su renuncia. Se creó una comisión para convencerlo que retirara la renuncia pero el resultado fue negativo. No pudieron obtener arreglo alguno con Estrada Palma, el cual, para colmo, le pidió al Vicepresidente que también renunciara, dejando así acéfala a la república.
El país quedó sin presidente y con una sublevación en sus entrañas que deseaba también la intervención extranjera. La intervención se produjo y como la anterior intervención militar, no hubo oposición armada a la misma.
El Subsecretario de Estado Bacon, según el historiador Howard Hill, citado por Ibarra, le dijo contrito a Taft:
" Me avergonzaré de mirar a mister Root a la cara. Esta intervención es contraria a su política y a todo lo que él ha estado predicando en América del Sur" (Ibarra, 294)
Elihu Root, el padre de la Enmienda Platt, era en ese momento Secretario de Estado.
Según algunos historiadores cubanos de nuestros días, la renuencia del gobierno norteamericano a intervenir se debió a que podía afectarse la imagen del nuevo modelo neocolonial que se estaba experimentando en Cuba y que deseaba llevar a otros países latinoamericanos. Considero que esa explicación no es compatible con la imagen del gobierno cuyo presidente públicamente dio a conocer la política del Gran Garrote y de las Cañoneras. Esta ocasión no fue la única en la que el gobierno de los E.U. invocó la Enmienda Platt para intervenir en Cuba, pero sí fue la única en la que la intervención verdaderamente se llevó a cabo; las otras invocaciones (algunas veces precedidas de intentos por reconciliar a las partes cubanas beligerantes) se limitaron a amagos de intervención y a algún que otro desembarco en determinadas regiones lejanas del país, cercanas a la Base de Guantánamo o dentro de ella y en Santiago de Cuba, las cuales ayudaron a que se apaciguaran los ánimos de los cubanos que contendían entre sí. El artículo tercero de la Enmienda Platt se aplicó, o estuvo a punto de aplicarse, solamente en momentos en los que se habían producido enfrentamientos armados en el país y el gobierno democráticamente elegido había perdido o estaba perdiendo ostensiblemente el control del país. Esta situación se puede ilustrar también con el siguiente fragmento de la nota del Secretario de Estado norteamericano P.S. Knox, el 16 de enero de 1912, al Presidente José Miguel Gómez: "evitaran una situación peligrosa que pudiera obligar al Gobierno de los Estados Unidos, contra sus propios deseos, a considerar las medidas que debe tomar en función de sus obligaciones con respecto a las relaciones con Cuba"(Alzugaray, 29).
El artículo tercero de la Enmienda Platt nunca se aplicó cuando los objetivos políticos, sociales, obreros y de la mujer se buscaban pacíficamente. La anterior república cubana, pese a los defectos, deficiencias y males que tuvo, ocupó comparativamente una posición privilegiada en América Latina en cuanto a las conquistas políticas, sociales, laborales y de la mujer que en ella se alcanzaron.
No conozco que en esas intervenciones o amagos se haya producido algún enfrentamiento armado entre las fuerzas norteamericanas y alguna fuerza cubana.

Un hecho polémico no sujeto a esquemas

La intervención norteamericana en los asuntos cubanos en las postrimerías del antepasado siglo XIX y en los inicios del pasado siglo XX ha sido un hecho histórico muy polémico de nuestra historia. Para que se tenga una idea de lo controvertida que ha sido la apreciación cubana sobre la intervención norteamericana después de finalizada la guerra de independencia contra España diré, que en contra de todo esquema simplista, podemos encontrar desde burgueses cubanos admiradores de los E.U. opinar duramente en contra de ella, hasta a un destacado político de izquierda defender, en cierta medida y en la década del 40, la presencia norteamericana en los primeros años de independencia de España, pues esta aceleraba el desarrollo del capitalismo en Cuba y con ello, según la filosofía marxista clásica, la instauración del socialismo en Cuba.
La Enmienda Platt no fue abrogada en 1934 por poseer la república cubana en esa fecha, un gobierno fuerte que respondiera a los intereses del gobierno norteamericano, pues todos sabemos lo convulsa que fue en nuestro país la década del 30 del pasado siglo XX; tampoco se abrogó por ser una demanda del sentimiento nacionalista antinorteamericano que había en determinados estratos de la población cubana de los años veinte y treinta (también existían sentimientos antiespañol, antijudio, antihaitiano, antijamaicano, etc), sentimiento que después de 1940 y hasta 1959 disminuyó grandemente (Domínguez, 244). Fueron varios los factores que motivaron esa decisión entre los que, por supuesto, también se encontraban esa corriente y ese sentimiento nacionalista, pero no se pueden obviar tampoco: el trabajo paciente, tenaz y sabio de nuestros diplomáticos, las relaciones de amistad entre Cuba y Estados Unidos, la política del Buen Vecino de Franklyn D. Roosevelt, y finalmente, la percepción norteamericana de los cambios que se habían producido en las relaciones internacionales de las otras potencias con los países de nuestro continente.
Por último, deseo observar que el nuevo tratado sobre las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos que se firmó en esos años, nunca tuvo en su haber, un período norteamericano de ocupación de nuestro país pese a la inestabilidad política y de oposición armada que presentaron algunos gobiernos cubanos antes del primero de enero de 1959.


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Vicente Echerri: El recurso de la intervención (Este trabajo se publica en dos partes. La segunda parte, titulada La obra de la intervención, aparecerá mañana.)

 Nota del Bloguista de Baracutey Cubano 


Si mal  no recuerdo  el intento de  la compra de Cuba  por parte de los EE.UU.  en 1854 era realmente la compra de Cuba por  criollos o cubanos de  El Club de La Habana; lo anterior me parece haberlo leido en el libro Bajo la piél de la manigua  del historiador oficialista cubano  Rolando Rodríguez García, publicado en 1996. Este no fue  el único intento de compra de Cuba a España  por los cubanos utilizando a los EE.UU.  como fachada; recuerdo haber leido que en 1897 se hizo otro intento.

 Nydia Sarabia en su libro Noticias confidenciales sobre Cuba, 1870-1895 publicado en Cuba en 1985 detalla como gracias a Horatio S. Rubens, periodista norteamericano y abogado amigo de José Martí, y a la independencia del Poder Judicial dentro del gobierno norteamericano se logra recuperar buena parte de la expedición de La Fernandina, algo que en la tiranía Castrista siempre se ha tratado de ocultar y que antes del triunfo de la Revolución tampoco fue muy conocido. En la monumental obra en 10 tomos Historia de la Nación Cubana, publicada en 1952, sí aparece algo de esa devolución si mal no recuerdo; dejo eso a los especialistas.

Una digresión: fue Nydia Sarabia la que al encontrarse de casualidad con Dulce María Loynaz y empezar a hablar en una cola de la leche, y conocer que al periodista Pablo Álvarez de Caña, segundo esposo de Dulce María y el amor de su vida, no lo dejaba la dictadura regresar a morir en Cuba, habló con Celia Sánchez Manduley y ´ésta pudo obtener el permiso del régimen por su estrecha relación con el tirano. El otrora famoso periodista de las crónicas sociales de El Diario de La Marina pudo morir en Cuba y al lado de su amada esposa Dulce María que no quiso irse de Cuba con él porque ¨la hija de un general no se va de su país¨.Dulce María Loynaz era hija del Mayor General del Ejército Libertador Enrique Loynaz del Castillo, el autor del Himno Invasor.

Unas breves palabras que aportan gran luz sobre las relaciones entre EEUU y la anterior República de Cuba, que fueron pronunciadas en 1913 por ese arquetipo de integridad que fue Manuel Sanguily, quien fuera Coronel del Ejército Libertador, Senador de la República y Ministro de Estado [Relaciones Exteriores] del gobierno de José Miguel Gómez, en un memorable discurso en uno de los dos  teatros Politeama (ambos  encontraban encima de la Manzana de Gómez) ante el cuerpo diplomático acreditado en Cuba:

Mantendrá el Gobierno las relaciones más cordiales en el orden diplomático y de los negocios, con las naciones amigas entre nosotros dignamente representadas, y sobre todo cultivará los grandes y vitales intereses que en franca y afectuosa correspondencia nos ligan a los Estados Unidos, no ya solo en consideración a las ventajas que deriva de ellos nuestra economía, sino por los incomparables servicios que el pueblo y el Gobierno americano han prestado a la causa de la justicia, de la civilización y de nuestra nacional soberanía.

Y no os sorprenda esta sincera manifestación de quien siempre ha vivido inquieto y receloso en el temor de los grandes y los fuertes. Dos veces -una, por la ceguedad de nuestra vieja y orgullosa Metrópoli; otra por enconos fratricidas-, vinieron aquí los americanos traídos por su fortuna o llamados por nuestras discordias, y siempre se retiraron de nuestro territorio, haciéndonos el doble beneficio de construir dos veces la república, y dejándonos en el corazón atribulado, desengaños y escarmientos; más en ambas ocasiones, motivos superiores de admiración y de gratitud por esa magnánima conducta que jamás en la historia habían observado los pueblos fuertes y triunfantes con los débiles, conturbados y decaídos”.

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Tomado de https://www.cubaencuentro.com/

El recurso de la intervención

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Este trabajo se publica en dos partes. La segunda parte, titulada La obra de la intervención, aparecerá mañana.

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Ejecución de insurrectos cubanos por las tropas españolas, según una ilustración de Liberty The Story of Cuba, de Horatio S. Rubens.

Por Vicente Echerri

Nueva York

21/09/2020 2:17 pm

Desde 1959, cuando la revolución liderada por Fidel Castro empezó a acentuar su tendencia totalitaria, muchos cubanos, de diferentes estratos sociales, creyeron que una intervención militar de Estados Unidos era pertinente para abortar la consolidación de un régimen que se proponía la implantación de una ideología foránea (el marxismo-leninismo) mediante el expediente de una tiranía. Para entonces, la Enmienda Platt (ese salvavidas de que dispuso Cuba en las primeras décadas de su existencia republicana) había sido abrogada desde hacía un cuarto de siglo obedeciendo a un prurito de soberanía. Queríamos —yo, aunque niño entonces, lo quería también— que «los americanos» vinieran una vez más a socorrernos, pero ya antes les habíamos atado legalmente las manos.

A partir de la llegada de John Kennedy al poder en enero de 1961, Washington optó decisivamente por la no intervención, aunque buena parte de los cubanos se negaba a admitirlo. A pesar del popular discurso antiplattista, los nuestros se comportaban como el personaje del cuento que quiere tener el pastel y comérselo a un tiempo. ¡Cómo es que nuestros vecinos del Norte nos dejan a merced de esta pandilla de gánsteres comunistas! Y eso lo decían las mismas voces que no habían dejado de exigir, durante décadas, el derecho de nuestro país a la autodeterminación sin que ningún procónsul yanqui viniera a darle órdenes.  Y los vecinos —que, en verdad, no debían de habernos tomado tan al pie de la letra— optaron por mantenerse distantes y, salvo algunas acciones puntuales en que podía verse afectada su seguridad (como la Crisis de los Misiles), nos dejaron librados a nuestra suerte hasta el día de hoy. Los catastróficos resultados para Cuba de esa política son obvios. El mayor problema de nuestro querido país es que llevamos sesenta años esperando a «los americanos» y estos no acaban de llegar.

Sin embargo, alguna vez, en el verano de 1898, acudieron a librarnos de la opresiva tutela española y a respaldar —con entusiasmo, energía y honrada dedicación— nuestro ingreso en el mundo. La pobre Cuba, asolada por un conflicto atroz, entraba, como menesterosa cenicienta, del brazo de un general norteamericano en el salón de las naciones. Eso nunca debimos olvidarlo y, mucho menos, dejar de agradecerlo. La ingratitud es una de las peores flaquezas del carácter, tanto en los individuos como en los pueblos.

La guerra hispano-americana no se produjo —como algunos insisten en afirmar— como puro acto de rapacidad de Estados Unidos frente al decadente imperio español, sino como la respuesta solidaria del pueblo norteamericano con la lucha y el sufrimiento de los cubanos (aunque filipinos y puertorriqueños terminaran por verse arrastrados en ese conflicto).

Que los norteamericanos intervinieran en la guerra de Cuba a favor de los cubanos fue una idea del liderazgo mambí y del lobby de sus exiliados en Estados Unidos, sin que esto significara que a Máximo Gómez o a Tomás Estrada Palma los motivaran ideas anexionistas. En el momento en que estalla nuestra última guerra de independencia, el anexionismo no interesaba ni a norteamericanos ni a cubanos. Se había contemplado varias veces a lo largo del siglo, sobre todo en la reunión de Ostende (octubre de 1854), en que Estados Unidos estuvo a punto de comprarle Cuba a España por cien millones de dólares (en esto no había nada inmoral, tengamos presente que las colonias, incluidos sus habitantes, se compraban y se vendían como si fuesen mercancías). Para fines de siglo era un proyecto obsoleto.

Los cubanos querían la independencia, pero se sentían impotentes de conseguirla a corto plazo frente a la voluntad represora de España que llegó a emplazar en un territorio relativamente pequeño a un cuarto de millón de soldados. Cuando —debido al cambio de gobierno en Madrid por el asesinato de Cánovas del Castillo— relevan a Weyler, en octubre de 1897, la situación de las tropas mambisas era en extremo precaria. Las posibilidades de llegar a otra Paz del Zanjón eran muy grandes, lo cual hubiera significado para la independencia, en el mejor de los casos, un aplazamiento de varios años.

Convencer al gobierno de Estados Unidos de que debía intervenir decisivamente a favor de la independencia de Cuba fue un empeño meritorio con un ambiciosísimo objetivo sobrado de escollos. En primer lugar, vencer la renuencia de un establishment que no veía ventajas en participar de ese conflicto y que quería mantenerse fiel a sus propias leyes de neutralidad, y luego, comprometer a Estados Unidos a que respetaría la independencia de Cuba y que, después de echar a los españoles, les entregaría el país a los cubanos como un Estado constituido.

Aquí interviene un personaje decisivo e injustamente olvidado, el abogado Horatio Rubens, lobista  y representante de la causa de Cuba ante las primeras instancias del gobierno norteamericano. Hasta llegó a decirse que a Rubens (que había sido amigo de Martí) debíamos agradecerle la independencia de Cuba. En este argumento tal vez haya alguna exageración, pero, al parecer, la mediación de Rubens fue decisiva en conseguir la «declaración conjunta», el pronunciamiento de ambas cámaras del Congreso que decía sin ambages que «Cuba es, y de derecho debe ser, libre e independiente». Esta promesa explícita fijó radicalmente el rumbo de la política cubana de Estados Unidos, sirviendo de freno a cualquier ambición anexionista que hubiera despertado en algunos la fácil conquista del territorio vecino. Los americanos irían a Cuba a hacernos el trabajo «sucio» (en el sentido literal de este término, nuestro país era un enorme muladar), se dedicarían durante poco más de tres años a sanear física y moralmente el país, a crear sus instituciones, a desarrollar su infraestructura y luego nos lo entregarían y se irían. Algo sin precedentes y muy difícil de entender en una nación (EEUU) que estaba aún entonces en una fase expansionista. ¿A qué se debió este insólito gesto de generosidad?

Fundamentalmente, a la simpatía del pueblo norteamericano con la causa de nuestra independencia. ¿Cómo se generó esa simpatía? Gracias a la labor propagandística de tres grandes cadenas de periódicos: El New York World, de Joseph Pulitzer, en memoria de quien todavía otorgan los premios que llevan su nombre; su directa competencia, The New York Journal, de William Randolph Hearst, quien también era dueño de una cadena de medios de difusión, Hearst Communication; y el New York Tribune de Charles A. Dana (aunque éste había muerto un año antes del estallido de la guerra hispano-americana). Estos tres importantes medios de difusión se han tildado, con razón, de amarillistas; pero pusieron el peso de su influencia a favor de la independencia de Cuba y eso los debía hacer acreedores de la gratitud de los cubanos hasta el día de hoy. Y, la pregunta esencial, ¿el porqué de esa simpatía? Se debía a la incansable labor de cabildeo de los exiliados cubanos: una élite política y social de las mejores que haya podio tener país alguno, que se dedicó incansablemente a seducir a estos medios de prensa, a través de los cuales conquistó el corazón de los norteamericanos. La declaración de guerra a España sería una última consecuencia de ese esfuerzo.

La idea de la independencia de Cuba siempre se gestó en Estados Unidos. Las expediciones de Narciso López (que es totalmente falso que fuera anexionista) se gestaron en Nueva York y Nueva Orleáns. La bandera de Cuba (la que llevó López a Cárdenas en 1850 y que es hasta hoy nuestra enseña nacional) fue diseñada en un hogar cubano en Nueva York y ondeó por primera vez en este país (en Nueva York y en Nueva Orleáns) antes que en Cuba. Los exiliados cubanos supieron, con admirable sabiduría política, seducir a los norteamericanos con la idea de su independencia nacional. En esa tarea, José Martí sería un gestor decisivo y, después de su muerte en Dos Ríos, el liderazgo cubano, tanto en los campos de la insurrección como en el exilio, proseguiría en esa campaña de seducción.

Los independentistas cubanos creían, desde la guerra de los Diez Años, que la política norteamericana hacia Cuba era un factor decisivo en su contienda contra España. Estados Unidos, donde había habido exiliados cubanos desde la tercera década del siglo XIX (José M. Heredia, el P. Varela) era visto por nuestros próceres fundadores como un modelo a imitar (mucho más que el resto de América Latina, donde prosperaron tiranías desde el primer día de la independencia). El gran empeño (fallido) de los cubanos en nuestras dos guerras de independencia fue que Estados Unidos reconociera la beligerancia de la República en Armas. Hacia el final del último conflicto (en medio de la campaña devastadora de Valeriano Weyler), el liderazgo cubano empezó contemplar la idea de una intervención de Estados Unidos que pusiera fin al imperio español al tiempo que preservara la independencia por la que luchaban.

En marzo de 1897, desde los campos de Sancti Spíritus, Máximo Gómez le escribe una carta al presidente Grover Cleveland, en la cual, luego de abundar en los desmanes y crímenes del gobierno colonial contra los habitantes de la isla, invoca la Doctrina Monroe para que Estados Unidos le ponga fin de alguna manera a la campaña feroz de Weyler. En primer lugar, le recuerda al presidente la simpatía del pueblo norteamericano, a diferencia de otras naciones del mundo, hacia la causa de nuestra independencia:

«Vea con que egoísta indiferencia o con qué expresiones de abstracto sentimentalismo, el mundo, con la casi única excepción del pueblo norteamericano, mira la guerra que está cubriendo de sangre las hermosas y amables llanuras de la fértil Cuba como si lo que estuviera ocurriendo allí fuese algo ajeno a sus intereses y a los de la civilización moderna; como si no fuera un crimen ignorar de este modo los estrechos lazos que unen a la sociedad»[1]

Más adelante, confiesa su impotencia para salvaguardar las vidas y haciendas de los cubanos, sobre todo de los civiles no combatientes, que quedan a merced de las autoridades españolas:

Tenemos ante nosotros la espléndida iniciativa que Ud. tomó al protestar enérgicamente contra las masacres de europeos y cristianos en China y en Armenia, dando por consiguiente un ejemplo de caritativa energía. Es en este sentido que yo recurro a Ud. ahora, al tiempo que declaro sincera y abiertamente que soy incapaz de prevenir los actos barbáricos que deploro.[2]

Y finalmente, cita y aboga por una intervención más precisa:

El pueblo norteamericano, que con todo derecho marcha a la vanguardia del Hemisferio Occidental, no puede y no debe seguir tolerando el asesinato sistemático y a sangre fría de indefensos americanos, por temor de que la historia pueda acusarlos de complicidad con tales atrocidades. Imite el noble ejemplo que acabo de citarle. Su acción estaría, además, sólidamente fundada en la Doctrina Monroe, ya que esa doctrina no puede referirse meramente a la usurpación de territorio americano, y no puede descansar solamente en la defensa de las potencias constituidas en América contra la ambición europea. No puede proteger el territorio americano y, al mismo tiempo, entregar a sus habitantes desarmados a la crueldad de una potencia europea despótica y feroz. Debe extenderse también a la defensa de los principios que caracterizan la civilización moderna y que completan la vida y la cultura de la sociedad americana. Corone Ud. su honorable historial como estadista con la ejecución de este gran acto de caridad cristiana. Dígale a España que cese la matanza y le ponga fin a la crueldad, y emplee el peso de su autoridad para imponérselo. Miles de corazones agradecidos bendecirán por siempre su memoria, y Dios, el misericordiosísimo, lo contemplará como la obra más meritoria de vuestra noble vida. Su humilde servidor. M. Gómez. [el subrayado es mío].[3]

Los medios de prensa afines a la causa de Cuba fueron decisivos en la captación de la opinión pública norteamericana, llegando al punto de que en los puestos de periódicos de muchas ciudades de Estados Unidos se vendían pequeños objetos de interés (banderas, escudos, monedas, etc.) cuya recaudación se destinaba a la ayuda de los rebeldes cubanos.

Esa intervención se produjo, en principio, con la declaración de guerra de Estados Unidos a España el 21 de abril de 1898. El inicio de las hostilidades en suelo cubano aún demoraría varias semanas. Es curioso que el Ejército español, que tenía cerca de 200.000 efectivos en Cuba, opusiera tan poca resistencia a un cuerpo expedicionario inferior en número y en preparación militar. Los norteamericanos sólo superaban decididamente a los españoles en el mar, como quedó demostrado en las batallas navales de Cavite (1º de mayo) y Santiago de Cuba (3 de julio). No es temerario afirmar que el mando militar español de tierra (con las excepciones que conocemos) debe haber sido víctima de una profunda desmoralización.

Orestes Ferrara, que se encuentra en el campamento de Máximo Gómez en el momento en que éste se entera de que Estados Unidos le ha declarado la guerra a España, cuenta en sus memorias como es recibida la noticia en el estado mayor del hambreado y fatigado ejército mambí:

En tal estado verdaderamente penoso, recibimos la noticia de la intervención americana. No puedo explicar el júbilo intenso, enloquecedor, que se apoderó de los cubanos. Corríamos por el campamento, nos abrazábamos y el grito común era: “Al fin libres”… Nuestra bella bandera flotaba elegante y ligera al soplo de la fresca brisa. Reíamos, llorábamos. Cuba era verdaderamente libre. El viejo Gómez se había alejando de su tienda mezclado en todos y sonreía, sonreía quizás por primera vez después de tres años de constante tragedia. Vitoreado por sus soldados, seguía mirando a aquellos jóvenes ebrios de alegría y, de tiempo en tiempo, miraba a la bandera que estaba, por la fuerza del viento, tan alegre como todos nosotros. En un momento dado gritó: «Eh, cuidado, que no se ha acabado todavía. Hay que pelear aún y hay que seguir muriendo».[4]

[1] Florencio García Cisneros, Máximo Gómez, ¿caudillo o dictador? Miami, Universal, 1986, p. 184.

[2]Ibid., p. 185.

[3]Idem.

[4] Orestes Ferrara, Memorias, una mirada sobre tres siglos, Madrid, Playor, 1975, p. 100.

© cubaencuentro.com

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Breve fragmento de mi ensayo Ecos de Una Extraña Petición, Mención del Concurso Vitral 2000, concurso de la revista del mismo nombre de la Diócesis de Pinar del Río, Cuba; el premio quedó desierto ... por las bases del concurso de haber sido premiado el ensayo, se tenía que publicar en Cuba, algo que a la tiranía no le hubiera gustado nada)

Carlos Manuel de Céspedes  firmó la petición al Presidente Grant  de la anexión a Cuba a la Unión Americana, ya que ese había sido la conclusión de la comisión que se encargó, a pedido de la Asamblea de Guáimaro,  de estudiar el problema de la anexión, pero Carlos Manuel de Céspedes no era un entusiasta de la anexión, como si lo fue, por ejemplos  Ignacio Agramonte y otros miembros e la Asamblea del Centro); Céspedes firmó para cumplir con el resultado de la comisón conformada por la antes mencionada asamblea constituyente de Guáimaro.

La mención al norteamericano Thomas Jordan (quién, por cierto, después de depuesto ¿¿renuncia?? no se manifestó en contra de los independentista ni a favor de los integristas)  y la solicitud de anexión se exponen, por ejemplo, en el siguiente fragmento del mencionado libro de Rolando Rodríguez cuando se aborda la Circular a los mandos, con motivo del nombramiento de Thomas Jordan, como jefe de operaciones de Camagüey; a mediados de 1869:

[Cuento con] que usted con su conocimiento y su voluntad coadyuvará por cuantos medios le sugiera su amor a la patria, a que llevemos a feliz término la consolidación de nuestro gobierno, haciendo conservar el necesario equilibrio de los diferentes poderes que lo constituyen, para que mañana podamos ser dignos de entrar a formar parte de la Gran República Americana que hemos tomado por modelo, y a la cual hemos propuesto ya nuestra anexión...70

La proposición de la que se habla en el fragmento anterior es el acuerdo de la Cámara de Representantes, acuerdo aprobado por unanimidad (y posteriormente firmado por Céspedes), que planteaba:

Hacer presente al Gobierno y al pueblo de los Estados Unidos, que este es realmente, en su entender, el voto unánime de los cubanos y que si la guerra actual permitiese que se acudiera al sufragio universal, único medio de que la anexión legítimamente se verificara, esta se realizaría sin demora.71

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EL ESPECTRO POLÍTICO NORTEAMERICANO CON RESPECTO A LA PROBLEMÁTICA CUBANA

(Breve fragmento de mi ensayo Ecos de Una Extraña Petición, Mención del Concurso Vitral 2000, concurso de la revista del mismo nombre de la Diócesis de Pinar del Río, Cuba; el premio quedó desierto ... por las bases del concurso de haber sido premiado el ensayo, se tenía que publicar en Cuba, algo que a la tiranía no le hubiera gustado nada)



Por Pedro Pablo Arencibia Cardoso

El presidente Grant le prometió inicialmente ayuda a los insurgentes cubanos en una entrevista extraoficial brindada a Morales Lemus, pero en general, fue notoria la posición de Grant en contra de la lucha cubana. Esta actitud fue abiertamente adoptada después de la muerte, 5 de septiembre de 1869, del Secretario de Guerra John A. Rawlins, su amigo y ex compañero de armas. Grant reconoció inicialmente la beligerancia de los cubanos y como consecuencia de ello se habían obtenido ciertas ventajas para la causa cubana en territorio norteamericano; aunque, el historiador Rolando Rodríguez plantea en la obra citada, que el Secretario de Estado Hamilton Fish recibió el reconocimiento pero no le colocó los sellos que lo legalizaban87.

Estas diferentes posiciones adoptadas por personalidades pertenecientes a un gobierno norteamericano, es un ejemplo de la situación general, de que en los diferentes gobiernos norteamericanos han existido personalidades que han adoptado diferentes posiciones con respecto a la causa cubana. No era la misma posición la que ocupaba con respecto a Cuba el Secretario de Guerra Rawlins, de grandes simpatías hacia la causa cubana y llamado "nobilísimo" por el indiscutible historiador antimperialista cubano Emilio Roig de Leuchsenring88, que la posición representada en ese mismo gobierno por el Secretario de Estado Fish.

(John Aaron Rawlins (February 13, 1831 – September 6, 1869) was an United States Army general during the American Civil War, a confidant of Ulysses S. Grant, and later U.S. Secretary of War.)

Poco antes de morir de tuberculosis, el Secretario de Guerra Rawlins le expresó en su lecho de muerte a Creswell, su amigo y compañero de gabinete:

Deseo que le prestéis vuestro apoyo. Cuba debe ser libre. Su tiránico enemigo debe ser aniquilado. Esta República es responsable de ello. Juntos hemos trabajado.89


El historiador Abdala Pupo hace una cita más extensa de las palabras del moribundo Rawlins:

Allí está Cuba, la pobre Cuba que lucha. Quiero que Ud. defienda a los cubanos. Cuba tiene que ser libre. Su tiránico enemigo tiene que ser aplastado. Y no sólo debe ser libre Cuba, sino que deben serlo todas sus islas hermanas. Nuestra República es responsable de su libertad. Yo desapareceré, pero Ud. tiene que tomar a pecho esta cuestión. Por ella hemos trabajado juntos. Ahora le incumbe a Ud. solo velar por Cuba.90

(John Aaron Rawlins cuando era militar)

La imagen de un gobierno norteamericano monolítico y constante en su posición con respecto a Cuba, va en contra del análisis histórico dialéctico de cualquier hecho histórico. Después de comenzada la Guerra de los Diez Años, se presentaron en los Estados Unidos varios proyectos de ley, mociones y resoluciones que reconocían la independencia cubana. El senador Sherman presentó una resolución que autorizaba a Grant a reconocer la independencia, tan pronto considerase que los beligerantes cubanos tenían un gobierno de facto91. Hubo también una proposición que planteaba la anexión.

El presidente Grant con el reconocimiento que inicialmente le dio a la lucha cubana, debido a Rawlins, y su posterior cambio a una posición francamente anticubana, debida a Fish, es una muestra clara de las diferentes posiciones que asumió el gobierno norteamericano en todo el siglo XIX e inicios del XX.
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OTRO FRAGMENTO DE  MI ENSAYO ECOS  DE UNA EXTRAÑA PETICIÓN ES EL SIGUIENTE:

POSICION DEL MANDO MAMBI Y DEL PUEBLO CUBANO ANTE LA INTERVENCION NORTEAMERICANA

Para conocer cual era la disposición del mando cubano con respecto a la intervención norteamericana en la guerra, es importante conocer que después del hundimiento del acorazado Maine ( el 15 de febrero de 1898) y conociendo el fuerte deseo de sectores del gobierno y del pueblo norteamericano de intervenir en la situación cubana, ocurrieron estos dos hechos:

1) Máximo Gómez, General en Jefe del Ejército Libertador, se negó rotundamente, llamándole atrevimiento a la proposición del Gobernador español Ramón Blanco de que se alíe al Ejército español para combatir a Estados Unidos. La carta de Blanco es del 20 de marzo de 1898139 , pero según otros historiadores, ambas cartas son de principios del mes de mayo de ese año. Bernabé Boza en su segundo tomo de Mi diario de la guerra incluye la carta de Gómez, de la cual extraemos el siguiente fragmento:

Usted dice que pertenecemos a la misma raza y me invita a luchar contra un invasor extranjero; pero usted se equivoca otra vez, porque no hay diferencia de sangre ni de razas.Yo sólo creo en una raza: la humanidad, y para mí no hay sino naciones buenas y malas. España habiendo sido hasta aquí mala y cumpliendo en estos momentos los Estados Unidos hacia Cuba un deber de humanidad y civilización. Desde el atezado indio salvaje, hasta el rubio inglés refinado, un hombre para mí es digno de respeto, según su honradez y sentimiento cualquiera que sea el país o raza a que pertenezca o la religión que profese.

(Máximo Gómez Báez)

Así son para mí, las naciones y hasta el presente, sólo he tenido motivos de admiración hacia los Estados Unidos. He escrito al Presidente Mc Kinley y al general Miles dándoles gracias por la intervención americana en Cuba. No veo el peligro de nuestro exterminio por los Estados Unidos a que usted se refiere en su carta. Si así fuese, la historia los juzgará.140

2) Los insurrectos rechazaron la disposición española del 10 de abril de 1898 de suspender las hostilidades en Cuba con objeto de preparar y facilitar la paz .141. 

Posteriormente el Consejo de Gobierno, presidido por Bartolomé Masó, aprobó el 10 de mayo de 1898 supeditar las fuerzas cubanas al mando militar norteamericano142. Esta aprobación fue anterior a que tropas norteamericanas desembarcaran en Cuba; aunque, la guerra entre España y Estados Unidos oficialmente había comenzado el sábado 23 de abril, cuando España le declaró la guerra a Estados Unidos ante la publicación de la Resolución Conjunta, el 19 de abril de 1898, y los preparativos bélicos que se estaban haciendo por la parte norteamericana, pero básicamente, para evitar un golpe de estado militar que derribara a la monarquía y con él salir de la crítica situación militar, política y socioeconómica que presentaba la España de ese fin de siglo. Estados Unidos le declaró oficialmente la guerra a España el lunes 25 de abril.143

Debo añadir que la decisión del Consejo de Gobierno del día 10 de mayo de 1898 fue tomada sobre la base que los insurgentes cubanos debían hacer causa común con Estados Unidos, país valorado como ... nación justa, poderosa y fuerte, dispuesta a coadyuvar con nosotros144.

Para conocer cual era la disposición del pueblo cubano ante la intervención norteamericana en la guerra, me voy a referir a una entrevista realizada el día 16 de diciembre de 1969 por María Poumier al destacado historiador cubano José Luciano Franco, fallecido en Cuba, donde éste planteó:

El ejército americano fue bien recibido, contra todo lo que diga todo el mundo; porque el odio concentrado de Cuba desde años era contra los españoles; se tomó en ese momento por el pueblo la llegada norteamericana como una cosa libertadora. Había, en comparación con España, un idealismo cubano, considerando al norteamericano el mejor del mundo.145


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