Es un blog diario digital conformado con los artículos, opiniones, ensayos, etc. del Catedrático universitario Lic. Pedro Pablo Arencibia Cardoso sobre diferentes temáticas de la problemática cubana, actual e histórica, así como por noticias y artículos de otros autores que se consideran de gran interés para profundizar en la realidad cubana.
sábado, julio 25, 2026
Videos y artículos sobre verdades, falsedades y mitos en el ataque al Cuartel Moncada el 26 de julio de 1953 en Santiago de Cuba
Nota de Pedro Pablo Arencibia blogusta de Baracutey Cubano
Deseo mostrar parte del contexto político en que se llevaron a cabo los preparativos y el ataque a los cuarteles Moncada en la ciudad de Santiago sw Cuba y al cuartel Carlos Manuel de Céspedes en la ciudad de Bayamo:
Como consecuencia de la situación creada por los asaltos a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, las elecciones generales y multipartidistas se llevaron a cabo el 1 de noviembre de 1954.
En entrevista del historiador Antonio ¨Tony¨Rafael de la Cova con Mario Salabarría Aguiar (quien fuera comandante jefe del Servicio de Investigaciones Extraordinarias de la Policía Nacional durante el gobierno constitucional del Presidente Ramón Grau San Martín) el 7 de diciembre de 1983, Salabarría expresó algo que se soslaya en muchos de los artículos sobre los preparativos antes del ataque al cuartel Moncada, que indica que ya antes de dispararse el primer tiro en el Moncada ya Fidel Castro y algunos de los futuros asaltantes estaban fuera de la ley:
Yo hable con Orlando Castro en presidio sobre lo del Moncada. El es un elemento serio. Hay otra gente que agranda las cosas, y agregan. Lo del robo de automóviles me lo dijo un preso común, José Sánchez Fernández, apodado “Veinte a Diez” que lo utilizaron para eserobo de autos que llevaron al Moncada. El me hablaba de [Raúl] Martínez Ararás. Sánchez cayó preso en uno de los robos de autos en Matanzas, y Fidel fue como abogado y se lo resolvió.
En el artículo 26 de julio de 1953: Memoria histórica de un hecho publicado en el diario Granma (Órgano Oficial del Comité Central del PCC), se lee lo siguiente en el pie de la misma foto que encabeza artículo de este post.
Fidel con Ñico López, Abel Santamaría y José Luis Tassende en la Finca Santa Elena, en Los Palos, donde hacían prácticas de tiro antes de ir al asalto al Cuartel Moncada. En cuclillas de izquierda a derecha: Ernesto Tizol y Billy Gascón. Esta histórica foto se encuentra en el museo Casa Abel Santamaría de La Habana. Foto: Archivo
Este bloguista de Baracutey Cubano señala que Antonio ¨Ñico¨ López era militante del Partido Socialista Popular (nombre que tenía entoces el partido comunista en Cuba) , luego por disciplina de dicho partido tenía que informar sobre los preparativos y entrenamoentos que se estaban realizado. Eso explica el hecho que parte de la dirigencia del Partido Socialista Popular se encontrara el Santiago de Cuba el 26 de julio de 1953 con ¨la fachada ¨ o pretexto, de que estaban celebrando el cumpleaños de Blas Roca en el marco de los carnavales de Santiago de Cuba. Algunas personas dicen que en un buque jamaicano surto en el puerto de Santiago de Cuba se encontraba oculto y expectante Fabio Grobart, un extranjero jefe de los comunistas cubanos que había sido fundador del Partido Comunista de Cuba en 1925 (algunas personas plantean que el extranjero con seudónimo Fabio Grobart pertenecía a la inteligencia militar soviética o GRU, y no a la KGB o al Comintern), el cual había sido expulsado de Cuba por el gobierno del Dr. Carlos Prío Socarrás si mal no recuerdo haber leido.
De izquierda a derecha: Ñico López, Abel Santamaría, Fidel Castro, persona no identificada, José Luis Tasende, Mario Hidalgo-Gato y Ernesto Tizol.
Por otra parte: en una entrevista llevada a cabo por un relevante historiador e investigador británico o norteamericano al Comandante Universo Sánchez (primer guardaespalda que tuvo Fidel Castro desde los preparativos de la expedición del yate Granma en México) que en 1953 era un joven cuadro del partido comunista en la provincia de Matanzas, el partido le orientó que estuviera atento a la radio en esos días de julio de 1953; esto fue orientado antes de llevarse a cabo el ataque al Cuartel Moncada.
Finalmente y por si todavía hay alguna duda sobre las ideas comunistas que ya tenía ek mentiroso y manipulador Fidel Castro Ruz que estuvo negando ser comunista hasta pocos años después de enero de 1959, veamos este video: pero teniendo en cuenta que muchos revolucionarios murieron luchando en la Sierra Maestra, en los pueblos y ciudades, etc., creyendo que Fidel Castro no era comunista, Un ejemplo sobresaliente es el del anticomunista René Ramos Latour ¨Daniel¨ (el sucesor de Frank País García) el cual tuvo un debate ideológico epistolar con el comunista Ernesto ¨Che¨ Guevara, no pocas veces ocultado. Al subir a la Sierra Maestra el sucesor de Frank País sólo recibió los grados militares de Capitán, pese a las numerosas acciones llevadas a cabo en ¨el llano¨; murió en combate en una de las tantas misiones a las que Fidel Castro lo envió...
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Fidel Castro ¿se perdió, o huyó, en el asalto al cuartel Moncada? 26 de julio 1953/ Batista
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Las 3 veces que Batista salvó a Fidel Castro.Canción Se va el General
************* El Dr. Mario Mencía falleció en La Habana el sábado primero y el Dr. Antonio de la Cova el domingo 30 en West Columbia, Carolina del Sur *************
Por Arnaldo M. Fernández
Broward
09/01/2019
Por coincidencia de los opuestos, los bandos encontrados del problema cubano perdieron en diciembre a sus respectivos historiadores señeros del parto de la Generación del Centenario ya en extinción. El Dr. Mario Mencía (Cienfuegos, 1931) falleció en La Habana el sábado primero y el Dr. Antonio de la Cova (La Habana, 1950), el domingo 30 en West Columbia, Carolina del Sur.
Mencía dio a imprenta, como su obra más acabada, El Moncada: La respuesta necesaria (Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, 2006 / 2013). De la Cova sentó cátedra de historiografía crítica con The Moncada Attack (Editorial de la Universidad de Carolina del Sur, 2007).
Contrapunteo cubano del tabaco castrista y el azúcar exiliar
Al ejercer la crítica de la historia oficial, De la Cova tuvo delante la obra anterior de Mencía, El grito del Moncada (Editora Política, 1986), que apenas dedica 40 páginas al combate y toma prestados pasajes del libro del novelista francés Robert Merle (Moncada: Premier combat de Fidel Castro, Laffont, 1965).
Aparte de no entrevistar a moncadistas revirados contra Castro ni a exmilitares de Batista presentes en Cuba durante su investigación (1972-86), Mencía soslayó la regla elemental de dar la bibliografía consultada y curiosamente omitió la leyenda negra de los prisioneros torturados, que Castro había extremado en La historia me absolverá (1954) con que “les trituraron los testículos y les arrancaron los ojos”.
Sobre la base de las fotos necrológicas del Servicio de Inteligencia Militar (SIM), los informes de los médicos forenses y aun el testimonio del funerario encargado de recoger los cadáveres de los asaltantes y darles sepultura, De la Cova demostró que no hubo tortura, sino infame masacre de prisioneros. Ni trituraron testículos a Boris Luis Santa Coloma ni arrancaron ojos a Abel Santamaría.
La tortura se tornó superflua tras ser apresado bien temprano Osvaldo Socarrás y revelar enseguida desde quién era el jefe hasta dónde se habían concentrado. Otros muchos prisioneros confesarían de plano su participación y hasta abundarían en justificaciones políticas del asalto.
Se procedió a ejecutar a quienes —por haber disparado arma de fuego— daban positivo en la prueba de parafina. A las 11 de la mañana, 35 prisioneros habían sido ya asesinados a mansalva. El saldo de la masacre llegaría a 52, que sumados a 9 caídos en combate totalizaron 61 asaltantes muertos [1].
De la Cova desmintió por igual a Batista, quien imputó a Castro no haber estado “en la trágica escena del combate” [2]. Con moncadistas disidentes del castrismo como Gustavo Arcos y Mario Chanes, De la Cova confirmó que Castro iba en el segundo vehículo de la caravana que arribó al Moncada y se desmontó a combatir. El moncadista exiliado Gerardo Granados atestiguó haberlo visto “en el medio de la calle con una pistola Luger en la mano” [3].
Los comecandelas por Internet dirán hasta que Granados estaba aturdido, pero De la Cova no vino con su libro a dar palos de ciego invirtiendo el eslogan pa’lo que sea, Fidel, pa’lo que sea. Vino a exponer la verdad histórica, que no es castrista ni anticastrista. A tal efecto sudó la camiseta por tres décadas [4] para entrevistar a 115 fuentes personales relacionadas con el Moncada y revisar bien 132 fuentes documentales producidas en Cuba. Así mismo estudió a Castro como si fuera una asignatura, ya que sólo de este modo puede entenderse cómo, con los fórceps del Moncada, nació ese fenómeno histórico denominado revolución cubana [5].
[1] Las cuentas claras conservan la higiene mental y nadie ha manejado mejor los números del Moncada que De la Cova. En Biografía a dos voces (Debate, 2006) Castro aseveró: “Hubo cinco muertos en combate y otros cincuenta y seis que asesinan” (p. 145). De la Cova precisa en The Moncada Attack que Pedro Marrero, dado por Castro como muerto en acción, fue capturado vivo dentro del cuartel y asesinado (p. 108), mientras Manuel y Virginio Gómez, Guillermo Granados, Miguel Oramas y Rigoberto Corcho cayeron en combate (p. 319).
De la Cova encontró también que moncadistas exiliados estimaban entre “más de 2,000” [Héctor de Armas] y “1,500” [Carlos Bustillo] las personas que pasaron la preparación previa organizada por Castro con Isaac “Harriman” Santos, veterano del U.S. Army. Resulta entonces plausible que Castro reclutara “mil doscientos hombres”, como dijo en su biografía (p. 120).
Las armas disponibles reducirían las fuerzas a 160 (136 fueron a atacar el Moncada y 24, el cuartel de Bayamo). De los 99 sobrevivientes, 48 quedaron fugitivos, 32 fueron a la cárcel y 19 salieron absueltos en juicio. Sólo 20 vendrían al reenganche con Castro en el Granma.
[2] Cuba Betrayed, Vintage Books, 1962, 35. De paso quedó desguazado el mito de que Castro se había extraviado camino al Moncada. Quien se perdió —o más bien desertó— fue Ernesto Tizol, conductor del cuarto automóvil de la caravana, al tomar inexplicablemente por Avenida de las Américas en vez de por Victoriano Garzón. Le siguieron otros vehículos que nunca arribarían al cuartel, como el carro de Oscar Quintela, o llegarían demasiado tarde, como el auto de Oscar Alcalde.
[4] De la Cova principió su calicata en el Moncada hacia 1974, durante sus estudios de licenciatura en Historia (Universidad Atlántica de la Florida, Boca Ratón), tras asignársele como tarea de reseñar La historia me absolverá (1954) y llamar su atención que Castro apodara “El Tigre” al sargento Eulalio González.
Por la guía de teléfonos de Miami dio con este militar de Batista, quien aclaró que su apodo era “El Mulo”, ya que había prestado veinte años de servicio en el arria de mulos de La Cabaña. Luego de verificarlo con otros militares, De la Cova formuló como hipótesis de trabajo que detrás de aquella mentira había otras.
Sólo que, ya graduado, fue detenido en mayo de 1976 por tentativa de bombazo, de madrugada, contra el establecimiento Libros para Adultos (Pequeña Habana), que el informante mismo del FBI calificaba de fachada comercial de Castro. Encajó condena de 65 años, pero salió bajo palabra en agosto de 1982 y trabajaría como periodista en Puerto Rico hasta 1990, sin dejar de lidiar con fuentes personales y documentales sobre el Moncada.
A poco de completar la Maestría en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Estatal de San Diego (1989), emprendió su carrera académica en la Universidad de Virginia Occidental, donde se doctoró en Historia de Estados Unidos (1994) con disertación sobre el coronel confederado de origen cubano Ambrosio José Gonzales (Matanzas, 1818 – Nueva York, 1893). La editorial de la Universidad de Carolina del Sur publicó el estudio biográfico en 2003 y para 2007 sacaría en doble tirada —junio y octubre— The Moncada Attack.
[5] Por no consultar The Moncada Attack, el Dr. Rafael Rojas escribió uno de los relatos más disparatados del Moncada en su Historia mínima de la revolución cubana (El Colegio de México, 2015), que incluye retrasar a y difuminar en 1956 el nacimiento de aquella.
[6] Un forro exiliar que pasó a The Moncada Attack (p. 243) fue aquel que había metido Francisco Lorié Bertot en Rafael Díaz-Balart. Pensamiento y acción (Rex Press, 1978): al filo de la Ley de Amnistía (1955), Díaz-Balart había largado discurso en el Congreso para oponerse a que Castro saliera en libertad. No hay ningún rastro de tal discurso —ni mención alguna de Castro— en la relatoría del Diario de Sesiones del Congreso de la República de Cuba [Vol. 91, No. 19, 74 pp.], digitalizado por la Universidad de la Florida.
[7] V.g., Hugh Thomas, quien incurrió en diversas pifias —como la guataquería historiográfica de presentar a Raúl Castro como uno de los jefes del asalto— por entre las 21 páginas de su obra monumental Cuba: The Pursuit of Freedom (Eyre & Spottiswoode, 1971) dedicadas al Moncada. Vid.: The Moncada Attack, xiv.
ENTREVISTA al profesor Antonio de la Cova, PhD en Historia, autor del nuevo libro “The Moncada Attack” sobre "El Asalto al Cuartel Moncada"
realizada por www.cubalibredigital.com
Pregunta: ¿Qué lo llevó a Ud., siendo un opositor al régimen de Fidel Castro, a ahondar en la historia del primer hecho de guerra promovido por el actual dictador
Respuesta: En 1974, cuando comenzaba mis estudios de historiador en Florida Atlantic University, un profesor marxista me asignó hacer una reseña sobre “La Historia Me Absolverá,” la obra basada en la autodefensa de Fidel Castro al ser juzgado después del asalto al cuartel Moncada en Santiago de Cuba el 26 de julio de 1953. En dicho relato, Castro acusa al sargento Eulalio “El Tigre” González, de haber asesinado a Abel Santamaría, un héroe revolucionario. Curiosidad histórica me motivó buscar a González en la guía telefónica de Miami. González me dijo, entre otras cosas, que su apodo era “El Mulo” porque había trabajado con la compañía de transporte de mulos en La Cabaña durante veinte años y que Fidel Castro inventó el apodo de “El Tigre” para presentarlo como feroz. Posteriormente confirmé a través de otros militares que conocieron a González, que su apodo siempre fue “El Mulo,” y que Castro estaba mintiendo. Mi entrenamiento como historiador me decía que donde hay una mentira, siempre hay otras.
Posteriormente encontré en la revista oposicionista “Bohemia,” de diciembre 27, 1953, página 70, en un breve recuento sobre el juicio de Fidel Castro, que había terminado su alegato de defensa diciendo: “La historia, definitivamente, lo dirá todo.” Esto indica que Castro falsificó el lema “La historia me absolverá.” Estos descubrimientos fueron los que me motivaron a rescatar la verdad histórica, para que esta y futuras generaciones comprendan cuales fueron los verdaderos sucesos del 26 de julio. La mayoría de los 115 protagonistas que entrevisté ya fallecieron. Si yo no hubiera tomado sus testimonios, se hubieran perdido para la historia, ya que ningún otro historiador los había entrevistado. Entre estos testimonios rescatados está el del magistrado Aldolfo Nieto, que presidió el juicio de la Causa 37, donde fueron juzgados Fidel Castro y los implicados en los sucesos del 26 de julio.
P: ¿Qué diferencia tiene este libro suyo sobre el Asalto al Cuartel Moncada, de otros libros similares que tratan un tema sobre el cual se han escrito muchos libros antes, tanto por autores comprometidos con Fidel Castro, como por autores independientes?
R: En el prefacio de mi libro hago un análisis de todas las obras que han tratado el tema del asalto a los cuarteles de Bayamo y del Moncada el 26 de julio de 1953. Señalo como los errores históricos se han perpetuado como mitos revolucionarios, sin que ningún historiador haya realizado un estudio académico o crítica de la “versión oficial” del gobierno cubano. Por ejemplo, en 1961 el periodista Robert Taber publicó “M-26: The Biography of a Revolution,” donde dice que Castro era “presidente de la FEU” y que “apareció brevemente dentro del cuartel” Moncada durante el ataque. Ni el propio Fidel Castro jamás ha dicho que entró en el cuartel en aquel momento. Taber se acoge a la “Leyenda Negra” creada por Castro en “La Historia Me Absolverá,” diciendo que los prisioneros rebeldes fueron torturados, les extirparon los ojos, los castraron, los mutilaron, y que a Haydée Santamaría le quemaron los brazos con hierros calientes, una mentira tan absurda que ni ella la repitió en sus memorias sobre el Moncada. Ningún historiador jamás ha cuestionado la veracidad de esos alegatos. En 1965, el novelista francés Robert Merle fue contratado por el gobierno cubano para escribir “Moncada: Premier Combate de Fidel Castro.” Merle entrevistó a sesenta rebeldes participantes, a seis civiles, y a un solo militar, el teniente que arrestó a Castro. Dicho libro carece de un relato balanceado, ya que solo presenta la “versión oficial” de los sucesos. Igual ocurre con las numerosas obras publicadas en Cuba por Marta Rojas, Mario Mencia, y otros autores, que se acogen a la advertencia que Fidel Castro dio en una reunión de la Unión de Escritores y Artistas Cubanos en agosto de 1961: “Con la revolución, todo; contra la revolución, nada.” Hasta el momento, no se había publicado una obra sobre los sucesos del 26 de julio por un académico con un doctorado en historia. Mucho de lo que se ha escrito es por escritores comprometidos con el régimen castrista o por neófitos que no tienen el entrenamiento universitario adecuado necesario para ser historiador.
P: ¿Cuáles son sus credenciales como historiador?
R: Yo recibí el doctorado en Historia de la Universidad de West Virginia en 1994, y este es el segundo libro que publico con una prensa universitaria, que es el más alto reconocimiento intelectual que se le puede dar a una obra.
P: ¿Cuáles fueron sus fuentes principales de información, dado que Ud. no vive en Cuba y no ha viajado a ella para escuchar la versión de los principales líderes de la acción que relata?
R: Mi libro está basado principalmente en entrevistas grabadas y transcritas que realicé durante treinta y un años con 115 personas que participaron directamente en los hechos, además de publicaciones contemporáneas de aquella época, y cientos de artículos y obras que se han publicado en Cuba desde 1959. Todo está citado en la bibliografía del libro. Además, puse mis entrevistas en la red en
http://www.latinamericanstudies.org/entrevistas.htm para que los lectores pue
dan formular sus propias opiniones. Los dirigentes revolucionarios que participaron en los sucesos del 26 de julio, ya han dado sus versiones a la prensa cubana, acogiéndose a los parámetros dictados por el régimen. Yo los cito cuando concuerdan con la verdad, o señalo donde hay discrepancias. Por ejemplo, Robert Merle escribe en 1965 que cuando Abelardo Crespo cayó herido en combate, Jaime Costa lo metió dentro de un auto en retirada. Sin embargo, después que Costa fue detenido en Cuba, Crespo cambia su versión para omitir a Costa y decir que Fidel Castro fue quien lo asistió. Entrevistar a estos protagonistas en Cuba no rendiría mucho más, ya que no van a contradecir la “versión oficial” o lo que ya dijeron en entrevistas previas. Sí tuve la oportunidad de entrevistar telefónicamente a dos personas en Cuba, Gustavo Arcos Bergnes, quien iba en el mismo carro que manejaba Fidel Castro al ataque, y el ex teniente Jesús Yanez Pelletier, supervisor militar de la prisión de Boniato donde estuvieron encarcelados los acusados en la Causa 37. Como los dos eran disidentes, no tenían miedo a decir la verdad y contradecir la versión entronizada. Además, en Estados Unidos logré entrevistar a catorce rebeldes exiliados que tuvieron una participación decisiva en los sucesos. Por ejemplo, los tres dirigentes del simultáneo asalto al cuartel de Bayamo, Raúl Martínez Ararás, Orlando Castro García, y Gerardo Pérez-Puelles Valmaseda, rompieron con Castro en 1955 cuando detectaron sus aspiraciones dictatoriales, lo cual denunciaron en una proclama pública. Los tres han sido borrados de la “historia oficial” del gobierno cubano, quienes le han achacado el liderato de la acción de Bayamo a Ñico López, un analfabeto peón del mercado de La Habana. Ñico entorpeció el ataque al cuartel de Bayamo al no cumplir su misión de llevar un alicates que se le asignó para cortar la cerca de alambre de púas, porque se le olvidó. La “versión oficial” es incapaz de criticar a un mártir de la revolución.
P: ¿Hay otros protagonistas que no aparecen en la versión oficial del gobierno cubano?
R: De los 99 rebeldes sobrevivientes, veintisiete se convirtieron en disidentes, por lo cual han sido omitidos de la “historia oficial.” Fidel Castro no los invitó a participar en los festejos oficiales del cincuentenario del asalto al Moncada. Otras personas cuyo papel no ha sido reconocido o tergiversado son los casos de Raúl Castro, Naty Revuelta y Reinaldo Boris Luis Santa Coloma. Raúl Castro va a Santiago de Cuba por invitación de José Luís Tasende sin saber el plan. Fidel Castro se sorprende al ver a su hermano allí en la granja de Siboney horas antes de ir al ataque, y lo asigna al grupo de menos riesgo, los que toman el edificio del Palacio de Justicia, colindante al cuartel Moncada, que eran dirigidos por Léster Rodríguez. Sin embargo, el muro de contención en el techo de la audiencia era muy alto y no les permitió a los rebeldes disparar hacia el cuartel. Por eso, cuando Raúl Castro es detenido, la prueba de parafina que le hicieron para comprobar si había disparado un arma, resultó negativa. Como Léster Rodríguez era santiaguero y pudo escapar sin problemas, Fidel Castro falsamente le achacó el papel de dirigente del grupo a su hermano Raúl. Natalia “Naty” Revuelta Clews, la amante de Fidel Castro, también ha sido omitida de la versión oficial, a pesar que donó más de cinco mil pesos para comprar las armas que usaron los asaltantes. Reinaldo Boris Luis Santa Coloma aparece en la “versión oficial” como el “novio” de Haydée Santamaría. Sin embargo, el verdadero amor de Boris era Nereida Rodríguez, con quien tuvo un hijo que nació el 13 de julio de 1953. Nereida y su hijo han sido borrados de la historia, hasta ahora.
P: ¿Qué hay de cierto que Boris Luís fue emasculado, que le sacaron los ojos a Abel Santamaría, y que otros rebeldes fueron torturados después de capturados?
R: No hubo tal tortura organizada ni necesidad para eso. La tortura generalmente se aplica cuando algún reo no quiere revelar algo. Allí todos los capturados rápidamente admitieron quienes eran, que Fidel Castro era el líder, y que estaban motivados por patriotismo para redimir la patria. Según el teniente Jesús Yanez Pelletier, el prisionero Osvaldo Socarrás Martínez, lo condujo hasta la granja Siboney, donde se habían acuartelado los rebeldes antes del ataque. Unos treinta rebeldes capturados fueron inmediatamente ejecutados en el campo de tiro de armas cortas dentro del Moncada, bajo la autorización del coronel Alberto del Río Chaviano, quien ordenó que regaran los cadáveres por el cuartel para hacer lucir que murieron en combate. El Servicio de Inteligencia Militar (SIM) le tomó una foto a cada muerto, a quien le pusieron un papel con un número de identificación en el pecho. El régimen castrista ha publicado algunas de esas fotos, pero jamás han mostrado la foto del cadáver de Abel Santamaría. Yo reto al gobierno cubano que publique dicha foto y que reproduzca todos los certificados de defunción que redactaron los médicos forenses. Marta Rojas publicó algunos, pero no todos, y demuestran que los rebeldes fueron ejecutados, pero no mencionan señales de tortura o desmembramiento. Yo entrevisté para mi libro a Manuel Bartolomé, director de la funeraria Bartolomé en Santiago de Cuba, quien recogió todos los cadáveres de los rebeldes muertos. Él dijo que no vio señales de tortura y que los médicos forenses de Santiago de Cuba que reconocieron los cadáveres hubieran levantado la alarma si hubieran visto tal cosa. Uno de los médicos forenses, el doctor Manuel Prieto Aragón, fue entrevistado en la revista “Bohemia” en 1968, pero no confirmó el alegato de tortura de los presos, cuando lo pudo haber dicho a la prensa castrista sin problemas. Haydée Santamaría, quien más propagó la versión de la tortura de los presos y que su novio fue emasculado, sin embargo, cuando testificó en el juicio, sin ser coaccionada, no hizo dicha denuncia. El testimonio de ella en corte aparece en la prensa de aquella época.
P: ¿Qué hay de cierto que los soldados en la posta del cuartel y en el hospital militar fueron pasados a cuchillo por los rebeldes?
R: Ese es el otro gran mito que ha perdurado sobre los sucesos del 26 de julio. Eso surge porque el coronel del Río Chaviano llegó al cuartel después del ataque, según me dijeron varios militares. Cuando el general Batista lo llama por teléfono indagando cómo los rebeldes h
abían pasado la posta, el coronel le dijo que los pasaron a cuchillo y añadió que los dos muertos en el hospital militar, el sanitario José Vázquez y el policía Roberto Ferrándiz, también fueron apuñaleados. Ambos recibieron tiros en la cabeza al asomarse a diferentes ventanas al inicio del ataque. Yo entrevisté a los tenientes médicos Erik Juan Pita y Rolando Pérez Sainz de la Peña, quienes estaban de turno en el hospital militar durante el ataque, y ambos confirmaron que no hubo ningún militar herido o muerto con cuchillo. El soldado José Ferrá Mulet me dijo que vio cuando los rebeldes desarmaron a los dos guardias en la posta 3, Orlando Molina Amores y Walfrido Monzón, y los acostaron en el suelo boca abajo sin lesionarlos. La controversia surge porque una vez que Batista da su discurso al día siguiente, diciendo que la posta y los enfermos fueron pasados a cuchillo, eso se convierte en la versión oficial del gobierno. Sin embargo, la prensa contemporánea, que reportó los eventos del juicio, señala que los testigos médicos militares confirmaron que no murió ningún soldado por arma blanca. Otro dato interesante es que cuando Batista escribe sus memorias, dice que los enfermos fueron asesinados, pero no pasados a cuchillo.
P: ¿Cuál fue la participación directa de Fidel Castro en los sucesos?
R: Fidel Castro, notorio por su memoria y su verborrea, jamás ha descrito en detalle su participación en el combate del Moncada. Nunca ha revelado si disparó un arma, cuantas veces, cuando, o contra quien, como han dicho otros rebeldes. Su actuación la he podido descifrar por rebeldes que estuvieron a su lado, como Gustavo Arcos, que lo acompañó al Moncada, y Héctor de Armas, Carlos Bustillo, y Gerardo Granados, que estuvieron con Castro en la balacera frente a la posta tres, pero no lo vieron disparar su pistola Luger. Castro se pasó los veinte minutos que duró el combate tratando de reagrupar a los rebeldes que se habían dispersado en los patios de las casas del reparto militar y erróneamente penetraron en el hospital militar fuera del cuartel. Un dato interesante es que después que Castro es detenido y llevado a la prisión de Boniato, el médico forense José Ramón Cabrales va a hacerle la prueba de la parafina, para ver si había disparado un arma, y Castro se niega que lo haga. Según el libro de Georgina Cuervo y Ofelia Llenín, “Moncada: Epopeya Heroica,” publicado en La Habana en 1973, página 116, Castro dice: “¿A mí? A mi no me la hacen; ponga que da positivo porque yo sí tiré. A mí no hay que hacerme la parafina. Búsquenme un arma y verán como sigo tirando. – Y fue al único combatiente que no se le hizo la prueba de la parafina.” Parece que Castro sabía que su prueba de la parafina iba a dar negativa, y no quiso desprestigiarse de esa manera, que siendo el líder, no disparó ni un solo tiro.
P: ¿Cuáles eran los antecedentes de los rebeldes del 26 de julio?
R: Castro escogió selectivamente a los 160 rebeldes dentro de la juventud del Partido Ortodoxo, donde él militaba. El libro “Mártires del Moncada” de Marta Rojas, publica biografías de los rebeldes que indica que la gran mayoría no tenían instrucción más allá del sexto grado escolar. Cuatro rebeldes eran graduados de la universidad y había solamente dos negros y doce mulatos, incluyendo a Melba Hernández. Muchos tenían empleos humildes, como peón de albañil, parqueador de autos, dependiente de tienda, mozo de limpieza, campesinos, y desempleados. El hoy en día general Calixto García Martínez era mensajero de bicicleta de la Farmacia Johnson; el general Juan Almeida Bosque era asistente de albañil; el ministro Ramiro Valdés Menéndez era ayudante de camionero; y Agustín Díaz Cartaya, autor del himno del 26 de julio, era un huérfano que tocaba guitarra por las calles de Marianao. Algunos asaltantes eran delincuentes con antecedentes penales. Jacinto García Espinosa era un marihuanero convicto por traficar narcóticos; Carmelo Noa Gil estuvo preso por intento de asesinato; y Flores Betancourt Rodríguez había cumplido un año en el reformatorio juvenil Torrens. Otros cuatro rebeldes habían sido arrestados por fajarse con la policía. Por lo menos veinticinco rebeldes eran huérfanos de padre. Era fácil para el abogado Castro, con su verborrea de persuasión, apelar a los sentimientos patrióticos de dichos jóvenes y manipularlos.
P: Después de tantos años recopilando la información relevante para escribir su libro sobre el Moncada, ¿Qué conclusiones Ud. extrae sobre el carácter de esa acción de guerra, sus lecciones y sus motivaciones?
R: Las acciones del 26 de julio de 1953 comenzaron a prepararse escasamente tres meses antes de realizarse. Raúl Martínez Ararás, jefe del ataque al cuartel de Bayamo, señaló que el plan de ataque era superficial, improvisado, y descabellado. Su segundo al mando, Orlando Castro dijo que más fácil hubiera sido tomar el cuartel de Bayamo sin disparar un tiro si hubieran detenido en su hogar al comandante del cuartel y lo hubieran llevado allí para franquear la entrada. En aquel momento solamente había cinco soldados dentro del cuartel de Bayamo. La prensa había anunciado con anticipación que Batista estaría en las regatas de Varadero el 26 de julio para presentar el trofeo al ganador. Hubiera sido más fácil si se le hubiera hecho allí un atentado en vez de intentar tomar el Moncada. Fidel Castro trató de adelantarse a un plan insurreccional que preparaba la oposición con el Plan de Montreal en abril de 1953. Castro pensó que si él se alzaba primero, el resto de la oposición tendría que secundarlo, como pasó con el prematuro alzamiento de Carlos Manuel de Céspedes durante la Guerra de los Diez Años. El problema fue que los rebeldes iban vestidos de militares, y la oposición no actuó porque pensó que aquello era una bronca entre militares. Otro dato que no menciona la “versión oficial” es que Gustavo Arcos, Pepe Ponce, Abelardo Crespo, Reinaldo Benítez, y algunos otros rebeldes fueron heridos equivocadamente por otros asaltantes porque iban vestidos de militares. Arcos estaba mirando hacia el cuartel, cuando el balazo le entró por la espalda, con trayectoria de abajo hacia arriba. Ponce y Crespo tuvieron heridas de calibre 22 y Benítez fue herido con perdigones, calibres de armas que usaban exclusivamente los rebeldes. En mi libro yo detallo todos los fallos del plan de ataque, cuyo mayor error estratégico fue no tomar la azotea del edificio de tres pisos frente al Moncada, desde donde un grupo de francotiradores hubieran dominado el polígono, las salidas de todos los dormitorios, y hubieran neutralizado la ametralladora que les prohibió la entrada por la posta lateral. Los rebeldes iban mal armados, con rifles 22, revólveres, y escopetas, y con solo un puñado de balas, para enfrentarse a soldados armados con rifles de alto calibre, ametralladoras, y granadas de mano. Por cierto, los huecos de los balazos en la fachada del Moncada inicialmente fueron hechos por una ametralladora calibre 30 que disparó el sargento José Virués Moraga contra cinco rebeldes que se atrincheraron en el ala izquierda del cuartel. Después del ataque, aquellos daños se repellaron y se pintó la pared. Sin embargo, en los 1970s, el gobierno abrió nuevos huecos en la pared, como aparecen ahora, pretendiendo que son los disparos originales. Es evidente que Fidel Castro llevó a esos muchachos a morir allí, para treparse sobre sus cadáveres, y lograr su fama por primera vez a través de la prensa internacional.El ministro de Información de Batista, Ernesto de la Fe, declaró que el coronel del Río Chaviano debió haber sido llevado ante una corte marcial por no cumplir las reglas de guerra y ejecutar a los prisioneros. Eso fue lo que permitió a Fidel Castro convertir una derrota militar en una victoria política.
P: ¿Según su punto de vista, el Asalto al Cuartel Moncada deja alguna lección importante que pudiera extenderse fuera del territorio nacional cubano?
R: Lo más llamativo de esta obra es la manipulación maquiavélica de Fidel Castro sobre sus seguidores para lograr su ambición personal. En la granja Siboney, cuando Castro reveló su plan de ataque, una docena de rebeldes se negaron a participar en lo que denunciaron como un plan suicida. En Bayamo, Hugo Camejo, jefe de la célula de Marianao, desertó a último momento, al igual que Ernesto Tizol, que había rentado la granja Siboney. Tizol, mientras manejaba su auto rumbo al Moncada, se acobardó y desvió una parte de la caravana motorizada de los asaltantes, muchos de los cuales no participaron en el ataque, que solo duró veinte minutos. El “Manifiesto a la Nación” que redactó Raúl Gómez García, que postulaba las metas democráticas de los rebeldes, y por lo cual sesenta y uno de ellos dieron sus vidas, nunca se llevó a cabo por Fidel Castro.
P: Donde se puede adquirir el libro suyo y que recomendaciones daría para una mejor lectura.
R: El libro se acaba de poner a la venta en Miami el Sentir Cubano, en el 2900 S.W. 8 Street. Se puede pedir en la red a http://www.cubanfoodmarket.com/
También está a la venta el la red en www.amazon.com
Ciertas peripecias del nacimiento con fórceps de la revolución cubana que dan para películas de Monty Python
Por Arnaldo M. Fernández
Broward
30/07/2020
El viernes 31 de julio de 1953, Ernesto Tizol —cuadro dirigente del Comité Militar del movimiento insurreccional aún anónimo de Fidel Castro— se entrega a las autoridades tras las gestiones de su padre con un cura y un masón en la estela del asalto a los cuarteles de Santiago de Cuba y Bayamo. Tizol había llegado a casa de sus padres en Holguín el mismo 26 de julio, luego de anticiparse al nacimiento de ese fenómeno histórico denominado revolución cubana con la acción contrarrevolucionaria de doblar por la Avenida Las Américas en vez de continuar por la Avenida Victoriano Garzón hacia el Moncada.
Los vehículos que venían detrás siguieron la rima y en La historia me absolverá (1954) Castro explicó: “Aun cuando disminuya nuestro mérito, la mitad del grueso de nuestras fuerzas y la mejor armada, por un error lamentable, se extravió a la entrada de la ciudad y nos faltó en el momento decisivo (…) Tomó por una calle equivocada y se desvió por completo dentro de una ciudad que no conocían”. Tal como Castro dictó la historia oficial que embaraja la deserción como extravío, Batista echaría a rodar la fake history de que Castro mismo “did not appear at the tragic scene of the fighting” [1]. Así corre aún por mentideros exiliares y redes sociales gracias a quienes no saben de qué hablan o entonan cualquier cosa para el alma divertir.
Ser o no ser bayamés
La ruta al Moncada era intuitiva y el lugarteniente de Castro para el ataque al cuartel de Bayamo, Raúl Martínez-Ararás, cuñado de Tizol, aclaró que no cabía equivocación. Tizol había negociado el arriendo de la Granjita Siboney —punto de partida de la caravana de 16 autos de los asaltantes— con el propietario José Vázquez-Rojas. A tal efecto fue dos o tres veces a una gasolinera en la Avenida Garzón que Vázquez Rojas también poseía. Por eso Tizol sabía bien que, para ir al cuartel Moncada desde la granjita, tenía que pasar por frente a esta gasolinera, sita más allá de la intersección de Avenida Garzón con Avenida de las Américas.
Tizol y los extraviados andaban por Alturas de Quintero cuando escucharon el tiroteo. Boris Luis Santa Coloma, Oscar Alcalde y otros regresaron, pero muchos optaron por no correr al combate. Tizol se deshizo del uniforme y del arma para tomar un ómnibus rumbo a Holguín.
Viernes de Concilio
Para el 31 de julio, las gestiones de otro cura [Arzobispo Enrique Pérez-Serantes] y otro masón [Gran Maestro Carlos Piñeiro del Cueto] habían frenado el desmadre de los militares en la caza de rebeldes. Pérez-Serantes enrumbó por la carretera de Siboney hacia el caserío de Sevilla con ánimo de regresar a Santiago trayendo a Fidel Castro, pero volvió sin él. Ya circulaba hasta en volantes la orden dada por Batista: “Respetar la vida de los insurgentes”. Piñeiro del Cueto oyó a Batista advertirle por teléfono al jefe del regimiento acuartelado en el Moncada, coronel Alberto del Río Chaviano, que iba a pasarle la cuenta si ejecutaban a otro prisionero [2].
De ahí que ese mismo día Ramirito Valdés fuera conducido vivito y cojeando [3] al vivac de Santiago, tras ser detenido cerca de La Calera en la carretera al Castillo del Morro. A sus interrogadores diría que sólo sé que no sé nada, ni siquiera quién es Fidel Castro, pero en juicio se vino abajo esta coartada socrática y fue condenado a 10 años. Otros 19 que negaron haber participado en el asalto corrieron mejor suerte y salieron absueltos por falta de pruebas.
Destino de Tizol
El capitán Bebo Lavastida, jefe de inteligencia militar del regimiento, tomó declaración a Tizol. Su confesión corroborada selló la condena a 13 años, que también encajaron Oscar Alcalde, Raúl Castro y Pedro Miret por estimar el tribunal que habían desempeñado cierto papel de liderazgo. Al salir en libertad por la amnistía de 1955, Tizol marchó al exilio en USA con su esposa e hijos. Regresaría a Cuba en 1959 y ocuparía cargos gubernamentales de poca monta. En 1978 pasó a fungir como tercer secretario de la embajada cubana en Checoslovaquia, donde curiosamente prestaba servicio desde 1974 otro que también salió de la Granjita Siboney —en un Dodge 1950— y nunca llegó al Moncada: Oscar Quintela [4]. Tizol fallecería el 1 de julio de 1984 sin que Granma se dignara a publicar su obituario.
Coda
En vez de meter la pata con que Castro no llegó al Moncada, el teatro bufo del anticastrismo tardío debiera poner en escena ciertas peripecias del nacimiento con fórceps de la revolución cubana que dan para películas de Monty Python: Léster Rodríguez olvidó subir a la azotea en su exploración del Palacio de Justicia y a la hora del combate se topó con un muro tan alto que no permitía disparar contra el cuartel; Ñico López dejó en el motel Gran Casino los alicates con que debía cortar la alambrada para abrirse paso hacia el cuartel de Bayamo por el terreno yermo adyacente; Renato Guitar dibujó mal el plano de ubicación del arsenal del cuartel Moncada y quienes tenía la misión de ocuparlo subieron por una escalera hacia la barbería…
Notas
[1] Cuba Betrayed, Nueva York: Vantage Press (1962), 35.
[2] De la Cova, A. R.: The Moncada Attack, Columbia (SC): Editorial de la Universidad de Carolina del Sur (2007), 168.
[3] Siendo ya ministro del Interior, Ramirito contó al novelista francés Robert Merle que había disparado su pistola contra un sargento alto y mulato, quien devolvió el fuego hiriéndolo en un pie. Cf.: Merle, R.: Moncada: Premier combat de Fidel Castro, Paris: Robert Laffon (1965), 182. Tras escapar en un auto con los neumáticos ponchados por los tiros, Ramirito no pudo rodar más allá del reparto Vista Alegre y andaba a pie al ser arrestado.
[4] Quintela regresó a La Habana y dejó el Dodge en el mismo lugar de donde había salido, con las llaves en la guantera y las puertas cerradas. Sería interrogado como sospechoso unos días después, pero dio excusa tan plausible que ni siquiera fue a juicio. De su célula —Calabazar— sólo René Bedia cayó en el jamo batistiano y fue sancionado a 10 años.
Datos sobre el Asalto al Cuartel Moncada (Fragmento)
Lugares de entrenamiento: Finca Santa Elena en Los Palos Finca de Pijirigua Club de cazadores del Cerro Universidad de La Habana Acera del Louvre San Francisco de Paula Baños de Martín Mesa La Caleray Las Cañas en Artemisa
Puntos de reunión más importantes: Artemisa 25 y O Jovellar 107
Mujeres que participaron: Melba Hernández Rodríguez del Rey Haydée Santamaría Cuadrado
Jóvenes que ocuparon el Palacio de Justicia: Raúl Castro Ruz Léster Rodríguez Pérez Ángel Sánchez Pérez José Ramón Martínez Álvarez Abelardo García Ylls Mario Darmau de la Cruz
Grupo que tomó el Hospital Civil Saturnino Lora: Abel Santamaría Cuadrado Raúl Gómez García Antonio Betancourt Flores José Francisco Costa Velázquez Julio Máximo Reyes Cairo Juan Domínguez Díaz Mario Muñoz Monroy José Antonio Labrador Díaz Pablo Cartas Rodríguez Gerardo Antonio Álvarez Álvarez Tomás Álvarez Breto Roberto Medero Rodríguez Ramón Ricardo Méndez Cabezón Félix Rivero Vasallo Horacio Matheu Orihuela Wilfredo Matheu Orihuela Reemberto Abad Alemán Rodríguez Julio Trigo López Juan Manuel Ameijeiras Delgado Osvaldo Socarrás Martínez Ramón Pez Ferro Haydée Santamaría Cuadrado Melba Hernández Rodríguez del Rey
Combatientes que salieron para el asalto: 135 Asaltantes que llegaron al Cuartel Moncada: 78 Militares acuartelados en el Moncada: 809 (Antonio de la Cova plantea unos 300 aunque casi la mitad vivían en las casa cercanas; apunte del bloguista de Baracutey Cubano)
Asaltantes muertos en el ataque Perecieron en la acción: 6 Asesinados: 61 Heridos que sobrevivieron: 5
Militares muertos en combate: 19 Heridos: 31
Cuartel Carlos Manuel de Céspedes Asaltantes: 28 Muertos en combate:0 Detenidos: 10 Asesinados: 10
Civiles asesinados en el Moncada o en otros lugares a consecuencia de los hechos
Manuel Reyes Cala, "El Niño Cala". Miguel A. Ravelo Ravelo Rubén Cordero Sánchez Eduardo Ambrosio Hernández Rolando del Valle Armando Miranda Montes de Oca Pedro Romero Fonseca Francisco Viera Milián Raúl Villareal
Causa que se abrió para el juicio: Causa 37 del Tribunal de Urgencias de Santiago de Cuba
Composición del tribunal que juzgó a los moncadistas:
Presidente: Dr. Adolfo Nieto Piñeiro Osorio
Magistrados: Dr. Ricardo Díaz Olivera Dr. Juan Francisco Mejías Valdivieso Fiscal: Dr. Francisco Mendieta Hechavarría
Establecieron su autodefensa: Ramiro Arango Alsina Roberto García Ibañez Fidel Castro Ruz
Forenses: Dr. Manuel Prieto Aragón Dr. Alipio Rodríguez López Dr. José Ramón Cabrales Arjona
Abogados defensores: Dr. José Valls Tamayo Dr. Juan José García Benítez Dr. Conrado Castells Cordero Dr. Miguel Angel Pérez Lamy Dr. Elizardo Díaz Lorenzo Dr. Raúl de Villalvilla Carbonell Dr. Carlos Peña Jústiz Dr. Jorge Mariño Branet Dr. Lucas Morán Arce Dr. José María Badell Romero Dr. Luis Pérez Rey Dr. Marcial Rodríguez Dr. Héctor Carrió Caballero Dr. Rubén Alonso Álvarez Dr. Braudilio Castellanos García Dr. Luis Antonio Gómez Domínguez Dr. Héctor Canciano Laboré Dr. Rafael Cisneros Ponteau Dr. Domíngo Estrada Beatón Dr. Andrés Silva Adán Dr. Gerardo Hernández Vera Dr. Eduardo Eljaick Eldidi Dr. Roberto Rosillo Rodríguez Dr. Jorge Pagliery Cardero Dr. Recadero García Fernández
Resultados del juicio: Total de acusados en la causa - 132 Comprometidos con los sucesos - 50 Sancionados – 32
Fuentes: Los días del Moncada Marta Rojas Morir por la patria es vivir Orlando Guevara Núñez Centro de Información para la Prensa
La Fernandina: El día que Washington traicionó a Martí.
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DE LOS ARCHIVOS DEL BLOG BARACUTEY CUBANO
Nota del Bloguista de Baracutey Cubano
Para ser justo, debo decir que Nydia Sarabia en su libro Noticias confidenciales sobre Cuba, 1870-1895,publicado en Cuba en 1985, detalla como gracias a Horatio S. Rubens, periodista norteamericano y abogado amigo de José Martí, y a la independencia del Poder Judicial dentro del gobierno norteamericano se logra recuperar buena parte de la expedición de La Fernandina, algo que en la tiranía Castrista siempre se ha tratado de ocultar y que antes del triunfo de la Revolución tampoco fue muy conocido. En la monumental obra en 10 tomos Historia de la Nación Cubana, publicada en 1952, sí aparece algo de esa devolución si mal no recuerdo; dejo eso a los especialistas.
Una digresión: fue Nydia Sarabia la que al encontrarse de casualidad con Dulce María Loynaz y empezar a hablar en una cola de la leche, y conocer que al periodista Pablo Álvarez de Caña, segundo esposo de Dulce María y el amor de su vida, no lo dejabala dictadura regresar a morir en Cuba, habló con Celia Sánchez Manduley y esta pudo obtener el permiso del régimen por su estrecha relación con el tirano. El otrora famoso periodista de las crónicas sociales de El Diario de La Marina pudo morir en Cuba y al lado de su amada esposa Dulce María que no quiso irse de Cuba con él porque ¨la hija de un general no se va de su país¨.Dulce María Loynaz era hija del Mayor General del Ejército Libertador Enrique Loynaz del Castillo, el autor del Himno Invasor.
En vez de por agentes Pinkerton a sueldo de España, el gobierno estadounidense se enteró de que los yates podrían ser parte de una expedición filibustera por obra de un vulgar informante
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Por Arnaldo M. Fernández
Broward
13/11/2019
EL 14 de noviembre de 1894, José Martí escribió al general Serafín Sánchez acerca del deber de vigilar a ciertos personajes que rondaban por el exilio y posaban a favor de la revolución, pero eran más bien contrarrevolucionarios por espiar contra ella [1]. Semejante situación se da hoy a la inversa con personajes exiliares que posan contra la revolución de Fidel Castro y no hacen más que perpetuarla, pero vayamos al grano martiano.
Para el 11 de enero de 1985, un periódico de Nueva York sacaba que las compañías de seguro habían cancelado las pólizas de los yates Langonda y Amadis por sospecha de filibusterismo o contrabando hacia Nicaragua, Honduras o Haití [2]. Cuba quedaba fuera de sospecha, pero así se anunciaba ya el fiasco del Plan de Fernandina para librar otra guerra contra España.
Bandada de totíes
Aunque Martí mismo nunca pudo resolver la disyuntiva entre “la cobardía y acaso la maldad de [Fernando] López de Queralta” [3], la historia oficial pasa como estudio martiano echar la culpa a este coronel mambí, amén de inventar que “el puerto de Fernandina era un hervidero de agentes federales, de policías [y] espías” hasta con la Agencia Nacional de Detectives Pinkerton metida en el potaje [4]. Toda la trama de esta noveleta histórica del aborto de la primera criatura de la revolución martiana se vino abajo con la labor investigativa del Dr. Antonio Rafael de la Cova [5], quien dio con verdades incómodas al espulgar contrarrevolucionariamente los Archivos Nacionales y Administración de Documentos (NARA), el Museo de Historia de Isla Amelia (FL) y los periódicos de la época.
(Almacén y muelle de Borden en Fernandina.)
López de Queralta no carga solito con la culpa del fiasco. Su falta personal más grave fue haber desobedecido a Martí y reportar como military articles un cargamento de armas que debió mandarse encubierto por tren a Fernandina. La compañía de ferrocarriles rehusó hacerlo, hubo que embarcarlo a escondidas y el plan se atrasó 11 días. Pero Martí mismo comparte la otra metedura de pata grave de López de Queralta.
Aquel coronel mambí temía caer en el jamo de la justicia estadounidense y propuso a Martí que, en vez de chartear embarcaciones con falsos motivos, se hiciera con el propósito claro de expedición filibustera, tal y como el propio López de Queralta había hecho en 1877 para que Marco Aurelio Soto llegara a la presidencia de Honduras. López de Queralta insistió en ir a ver a un corredor de barcos, al cual había revelado ya el plan. Y Martí fue, a pesar de saber que aquel corredor gozaba de dudosa reputación y no tenía barco disponible.
Turismo en Fernandina
Otro error de Martí consistió en registrarse con su nombre en el Club Social de Fernandina, al ser llevado hasta allí a principios de octubre por el coconspirador clave Nathaniel Borden, quien puso su almacén y muelle en Fernandina (Foto) a disposición de la revolución martiana, además de chartear en Nueva York los yates antemencionados y el vapor Baracoa. Por aquel descuido, las autoridades pudieron comprobar que Martí había estado en aquel puerto de la Florida [6].
Borden mismo levantaría sospechas desde que, en nombre de D. E. Mantell, alias de Martí, contrató a dos capitanes que se conocían entre sí. Tuvo que explicar que realmente lo hacía para clientes diferentes. La desconfianza se agudizó al tratar Borden de pasar por alto ciertas cláusulas del contrato de fletamento. Al cabo terminaría confesando —en careo con el capitán del barco ante el recaudador de aduanas— que trasegaba armas en el Lagonda.
A bordo de este yate arribaron el 9 de enero de 1985 los revolucionarios martianos Manuel Mantilla y Patricio Corona. El primero se presentó como John Mantell, hijo del otro Mantell ficticio [7], y ambos se explayaron en la cubichería de darse a conocer por toda Fernandina pagando tragos. A la hora del cuajo, en vez de trasladar todas las armas que traía el Lagonda al almacén de Borden, se pusieron nerviosos por la inminente inspección de aduana y lanzaron algunas cajas al agua, que fueron recuperadas por los aduaneros.
Orden público y chivatería
Fernandina distaba mucho de ser “hervidero de agentes federales, de policías [y] espías”. Sólo hirvió el recaudador de aduanas George Baltzell al calor de las normas legales [Secciones 5289-90 del Título LXVIII, Artículo 136 de los Estatutos Federales] inherentes a su cargo, que exigían retener cualquier nave cargada de armas y municiones bastantes para suponer que su salida de Estados Unidos obedecía al propósito de dar guerra en otro lugar.
En vez de por agentes Pinkerton a sueldo de España, como escribiría Nydia Sarabia, responsable de documentación del Centro de Estudios Martianos, el gobierno estadounidense se enteró de que los yates Lagonda y Amadis podrían ser parte de una expedición filibustera por obra y desgracia de un vulgar informante en Nueva York, James Batewell, quien avisó al Secretario del Tesoro John Carlisle, el 10 de enero de 1895, porque hervía de las ganas de llevarse la prima de recompensa prevista en caso de confiscación del cargamento.
Desenlace
El 12 de enero fue incautada la carga del Lagonda. Ni el yate Amadís ni el vapor Baracoa traían armas. Sólo este último atracó en Fernandina; aquel otro fue interceptado por la aduana y llevado a Savannah (GA) para registro. Ambos retornaron a Nueva York sin complicaciones. Igual rumbo tomaría el yate Lagonda, luego de que el abogado Horatio Rubens deshiciera el entuerto. Borden juró por su madre que eran suyas y no de Mantell todas las armas incautadas en este yate y las demás guardadas en su almacén. Rubens alegó que nada tenía de ilegal la mera compra, posesión e incluso embarque de armas. Sin otro cuanto de prueba, el fiscal federal Frank Clark ordenó a Baltzell devolver las armas a Borden y declaró: “Nothing more would be done by the government in regard to the affair”.
Coda
Rubens enviaría las armas en su propio nombre por tren a Filadelfia. De allí serían trasladadas a Wilmington (DE) hacia septiembre de 1895 con ánimo de meterlas en otra expedición a Cuba. Fidel Castro no sabía de qué estaba hablando el 14 de diciembre de 1960, en el Teatro de la CTC, al soltar que “lo que hacían era quitarles armas a las organizaciones revolucionarias, hacer lo que hicieron cuando La Fernandina, que es vieja la historia de estos alevosos imperialistas”.
Notas
[1] Obras Completas, La Habana: Editorial Nacional de Cuba (1963-73), III, 373 s.
[2] “Off on a Secret Cruise”, World, 11 de enero de 1895, 2.
[3] Carta a Máximo Gómez, [enero de 1895], O.c., ed. cit., IV, 17.
[4] Sarabia, Nydia: “El Plan de Fernandina y los espías del diablo”, Anuario del Centro de Estudios Martiano, Número 5, 1982, 200-09.
[5] “Fernandina Filibuster Fiasco: Birth of the 1895 Cuban War of Independence” [El fiasco de la expedición filibustera de Fernandida: Nacimiento de la Guerra de Independencia de Cuba en 1895], Florida Historical Quarterly, Verano 2003, 16-42.
[6] Un excelente reportaje documental de Oscar Suárez tras la huella de Martí en Fernandina y Jacksonville puede apreciarse en este mismo sitio.
[7] Este Manuel Mantilla era el hijo mayor, nacido en Cuba, del matrimonio de Manuel Mantilla con Carmen Miyares, quienes hospedaron a Martí hacia febrero de 1880 en Manhattan. Al fallecer el padre —el 12 de febrero de 1885— por enfermedad mitral del corazón, Martí regresó a vivir a casa de esta familia, que se había mudado a Brooklyn. De ahí que el 22 de enero de 1895, el ministro español en Washington, Emilio Muruaga, refiriera en cable a la administración Cleveland que Manolito Mantilla era “hijastro del Sr. Martí, el agitador cubano”.
sí como su ocurrencia de que «en Cuba solo ha habido una revolución» animó a la historia oficial, Castro consiguió ponerla en vilo con que «detrás de estos hechos está la CIA». Nydia Sarabia, por ejemplo, se sumó a la comparsa historiográfica de que la agencia de detectives Pinkerton era pionera de la CIA, con deliberada intención de uncir «El plan de Fernandina y los espias del diablo» (Anuario del Centro de Estudios Martíanos, mayo de 1982, páginas 200-209). Así, el fiasco del plan original de Martí para la «guerra necesaria» se habría malogrado por el enjambre de agentes federales, policías y espías estadounidenses que cayó sobre el puerto de Fernandina (Florida).
( Dr. Antonio de la Cova )
A quienes se les ocurren estas cosas para congraciarse con Castro suele aguardarles la mala suerte de chocar con investigaciones históricas rigurosas. Así como desguazó, entre otros muchos, el mito fidelista de que «El Tigre» González le había sacado los ojos a Abel Santamaría, el Dr. Antonio Rafael de la Cova espulgó tanto los periódicos como la correspondencia privada y gubernamental de la época para demostrar que ninguna CIA en cierne estuvo detrás del fiasco de la Fernandina y los cubanos, incluso Martí, tuvieron su tanto de culpa.
Sólo por razón de su cargo, el colector de aduanas George L. Baltzell indagó los pormenores de la flotilla organizada por Martí junto con el empresario de Fernandina Nathaniel Barnett Borden. Todo parece indicar que detrás de Baltzell no estaban «los espías del diablo»: seis meses después del incidente, Baltzell buscaba aún que el gobierno de los EE. UU. le reembolsara $5.02 gastados en telegramas oficiales.
Martí descargó la culpa sobre el coronel mambí Fernando López de Queralta, pero él mismo acompañó a López de Queralta a la oficina de un corredor de dudosa reputación, en busca de algo todavía más dudoso: un barco de vapor. De paso firmó el registro del Club Social y dejó así constancia de haber estado en Fernandina.
Borden había levantado tempranas sospechas al contratar a dos capitanes que se conocían entre sí para los yates Lagonda y Amadís, respectivamente, fletados en nombre del mismo cliente: D.E. Mantell (Martí). Al salir el Lagonda (enero 1, 1895) corría ya por los muelles de Nueva York el rumor de los yates «filibusteros», del cual se apropió enseguida el periódico amarillista World. Un editor telegrafió a Hall, corresponsal en Fernandina, para que estuviera atento a las «embarcaciones sospechosas» Lagonda y Amadís. Hall era también juez del condado y mostró de inmediato el despacho al aduanero Baltzell.
En el Llagonda venían Patricio Corona (alias Miranda) y Manuel Mantilla, quien se presentó como John Mantell, hijo de D.E. Mantell. Ambos empezaron a llamar la atención por frecuentar los bares de Fernandina. Entretanto un tal James Batewell llevó el rumor neoyorquino de la «expedición filibustera» hasta Washington, por carta al secretario del Tesoro, John G. Carlisle, con el declarado propósito de recibir la «recompensa» que concedía el gobierno en casos de confiscación de embarques ilegales.
Baltzell y Hall inspeccionaron sin contratiempos el Llagonda, pero al otro día el capitán Griffing reportó que se habían cargado unas «cajas sospechosas». Mantilla se puso tan nervioso que arrojó armas y cartuchos al agua, en vez de llevarlos a los almacenes de Borden. Baltzell terminaría por incautar el barco y avisarle a Frank Clark, fiscal de distrito del sur de la Florida. Mantilla y Corona se montaron en el primer tren que pasó para Jacksonville.
(Nydia Sarabia Hernández, Historiadora y Presidenta de Honor del Consejo Martiano de la Prensa Cubana, Ibrahim Hidalgo de la Paz, investigador del Centro de Estudios Martinanos y la periodista Miralys Sánchez Pupo, Presidenta del Consejo Martiano de la Prensa cubana)
Cuando la tercera nave (Baracoa) arribó a Fernandida (enero 13, 1895), el Savannah Morning News anunciaba ya que «la expedición estaba presuntamente bajo la dirección de Martí, el patriota cubano». Al día siguiente los aduaneros detuvieron al Amadis en Tybee Island (Georgia), pero sólo encontraron sacos de carbón. Sin embargo, el rumor de que esta nave conducía expedicionarios a Costa Rica propició que el gobierno tico enviara tropas de San José a Puerto Limón. Los exiliados cubanos allí cometieron la indiscreción de justificarse con que la expedición organizada en la Florida se enfilaba contra el régimen colonial español en Cuba.
Así y todo, la animosidad del «diablo» puede inferirse de la actuación del fiscal de distrito, quien autorizó enseguida la liberación de las naves Baracoa y Lagonda. Igual suerte corrió el Amadis en Savannah. Las armas fueron decomisadas en principio, pero al cabo se devolvieron todas a Borden, quien juró por su madre que no eran de D.E. Mantell. El fiscal Clark declaró que nothing more would be done by the government in regard to the affair.
CUBA SIGLO XIX. DECOMISO Y DEVOLUCION DE LA EXPEDICIÓN DE LA FERNANDINA. AUSENCIA CUBANA EN LAS CONVERSACIONES DE PARIS. ¿ QUIÉNES PIDIERON EL LICENCIAMIENTO MAMBI ?
( Muy breve fragmento de mi ensayo Ecos de Una Extraña Petición, Mención del Concurso Vitral 2000, concurso de la revista del mismo nombre de la Diócesis de Pinar del Río; el premio quedó desierto ...por las bases del concurso de haber recibido el premio se tenía que publicar )
Por Pedro Pablo Arencibia Cardoso
DECOMISO Y DEVOLUCION DE LA FERNANDINA
Es frecuente oír. para mostrar con un hecho la política norteamericana contra la independencia de Cuba, que el Gobierno norteamericano decomisó (realmente incautó provisionalmente) en 1895 las armas del plan de "La Fernandina" y que 33 expediciones, de 71 organizadas por el exilio cubano desde el comienzo de la guerra hasta el inicio de la participación norteamericana en la guerra, fueron confiscadas por las autoridades norteamericana124; pero, se omite que ya a los quince días, al cargamento del mencionado plan le fue levantado totalmente la incautación provisional que había efectuado el ejecutivo estadounidense (específicamente el Departamento del Tesoro, pues el Fiscal General se había opuesto a esa incautación provisional). Este levantamiento se debió a las gestiones legales del abogado norteamericano Horatio S. Rubens en los tribunales norteamericanos125 y eso mismo ocurriría con otras expediciones incautadas. La independencia de los poderes Ejecutivo y Judicial hizo posible esa solución.
( En Fernandina, la Florida House, en el número 20 de South 3rd Street, entre Atlantic Avenue y Ash Street, donde Martí se hospedaba y conoció del fracaso de la expedición. Gustavo J. Godoy, profesor de la Universidad de Jacksonville, logró que se reconociera la modesta construcción como un lugar histórico, y donde hizo instalar una placa que recuerda su importancia para la historia de Cuba.)
El gobierno de Grover Cleveland poco podía hacer ante pormenorizadas denuncias hechas por un gobierno español con el cual se tenían relaciones diplomáticas. Aunque debo aclarar, que el Presidente Cleveland no fue un simpatizante de inmiscuirse en los asuntos independentistas cubanos. Ese no sería el caso del gobierno de su sucesor, Williams McKinley, que se haría "de la vista gorda" ante muchos preparativos y expediciones de cubanos para pelear por la libertad de Cuba y que había declarado esas simpatías en su programa electoral aceptado en San Luis Mo.. el 18 de julio de 1896126. Esa posición de Grover Cleveland no era sólo con relación al caso cubano: en su discurso de toma de posesión como Presidente de los Estados Unidos había dicho:
Querellas extranjeras, no la tengamos con nadie. Ni nosotros en la casa ajena, ni en nuestra casa nadie. Sea nuestra política de independencia y de neutralidad: la política de Monroe, de Washington y de Jefferson: “ Paz, comercio y honrada amistad con todas las naciones; alianzas comprometedoras, con ninguna.127
No obstante las palabras anteriores, Cleveland en su último discurso como presidente planteó la necesidad que tendrían los Estados Unidos de reconocer la beligerancia cubana. Debo aclarar que durante el período de Cleveland se efectuaron más expediciones cubanas hacia Cuba que durante el período de McKinley, pero en esto tuvo mucho que ver el lógico agotamiento de los recursos materiales y humanos con el paso del tiempo y no con la represión gubernamental.
Todos estos elementos históricos no pueden dejar de ser señalados, pues, la credibilidad, la profesionalidad y el prestigio de las personas e instituciones que acometen la tarea de exponer sus criterios históricos pueden ser cuestionados. Emilio Roig de Leuchsenring y Ramiro Guerra estudiaron y criticaron al expansionismo norteamericano desde diferentes posiciones políticas, pero nadie, puede dudar de la profesionalidad con la que acometieron esa tarea.
AUSENCIA CUBANA EN LAS CONVERSACIONES DE PARIS
A finales del año 1898 se reunieron en la ciudad de París las delegaciones de los gobiernos de Estados Unidos y España para negociar las condiciones de paz entre ambos países. Es muy frecuente en Cuba resaltar el hecho de que Cuba no estuviera representada en esa reunión. Sobre esto deseo plantear lo siguiente:
En primer lugar diré que soy del criterio que debió existir una representación cubana; pero también, soy del criterio, que debió existir una representación de cada uno del resto de los países cuya suerte se estaba definiendo ( Puerto Rico, Filipinas, etc. ); aunque reconozco la existencia de motivos que engendrarían objeciones de Estados Unidos y España en aceptar delegaciones de estos últimos países, y la particular situación cubana (en cuanto a los antecedentes de las luchas separatistas) con respecto a las de esos otros países.
(John Hay, Secretario de Estado de EE.UU., firmando la ratificación del Tratado de París)
Con relación a la ausencia de la representación cubana a esas negociaciones, diré que España era la más interesada en que no existiera una delegación cubana en esas conversaciones. La razón fundamental que movía a esa actitud española era económica: que los Estados Unidos le pagaran a España la Deuda de Cuba, la cual ascendía a aproximadamente $500 millones128. La Deuda de Cuba era, entre otras cosas, el monto de lo que le había costado a España la guerra de Cuba y las de otros países desde décadas atrás. Con una representación cubana en esas negociaciones, era evidente para España que los Estados Unidos no asumirían el pago de esa deuda, y mucho menos, lo haría, la representación cubana. El resentimiento español hacia los cubanos, por éstos combatirlos durante años, también fue otro factor que movió al gobierno español a no admitir una representación cubana. Por otra parte, los Estados Unidos ya habían decidido mediante una resolución congresional: La Resolución Conjunta, cual iba ser el destino de Cuba.
Quiero señalar además, que en caso de que España hubiera aceptado la participación de una representación cubana a esas negociaciones, se hubiera presentado un gran problema: ¿ Quiénes conformarían esa representación ?.
La representación cubana debía representar, valga la redundancia, todos los segmentos del pueblo cubano. El pueblo cubano estaba conformado, sin caer en posiciones sectarias o idílicas, por independentistas, integristas, autonomistas, pacíficos, anexionistas, etc.
Ha sido una característica de la historiografía cubana el asumir implícitamente que la inmensa mayoría de los cubanos eran independentistas.
El historiador español Benavent, refiriéndose a un período anterior mediato a 1898, plantea:
... El liberalismo autonomista constituía la opción política mayoritaria de las clases medias cubanas; pero era una opción que no podía expresarse por las perversiones del sistema electoral y por el bloqueo político que la tupida red de unionistas, voluntarios del orden, integristas y conservadores, imponían.129
Pero es que aun dentro de las filas de tendencia independentista, existían serias discrepancias que dificultarían en gran medida la composición de una representación cubana formada por elementos de esta tendencia, o la elección de algunos representantes de esta tendencia para la conformación de una comisión mixta, donde las diferentes tendencias estuvieran representadas. Un ejemplo de lo anterior fueron las serias desavenencias que se manifestaron entre el Consejo de Gobierno cubano y el mando militar mambí durante la guerra, y las que después de terminada la guerra protagonizaron La Asamblea del Cerro y el Generalísimo Máximo Gómez y los seguidores de ambos. Debo señalar que la actitud del Generalísimo Máximo Gómez de desconocer la autoridad jurídica de la Asamblea, al entablar conversaciones con el enviado especial de McKinley, Robert P. Porter, sobre el asunto del empréstito para la disolución del Ejército Libertador, fue compatible con la decisión del gobierno de los Estados Unidos de desconocer toda agrupación cubana particular como representación del pueblo cubano, pues E.U. podía ser acusado de apoyar una u otra facción ( fundamentalmente por las potencias europeas ). Hasta que no se hicieran elecciones generales y libres, los Estados Unidos no reconocerían ninguna agrupación o institución como la legítima representación del pueblo cubano. Debo aclarar que la Asamblea ya había iniciado contactos sobre un empréstito con el señor Coen, quien en representación de entidades bancarias norteamericanas ofreció un empréstito suficiente para el licenciamiento del Ejército Libertador.130
Es evidente que todo lo anterior dificultaría el comienzo y la terminación de unas conversaciones cuyo objetivo inmediato era la firma de un tratado que diera un fin oficial y definitivo a la conflagración.
EL LICENCIAMIENTO MAMBI
El licenciamiento del Ejército Libertador es un asunto histórico que ha sido reiteradamente mencionado como un ejemplo del injerencismo norteamericano. Este hecho urge ser detalladamente expuesto según la verdad histórica, pues cuestiona, la actitud tomada por muchos de nuestros más destacados luchadores por la independencia cubana. Es insoslayable plantear que el asunto del licenciamiento fue tratado inicialmente en la carta de Calixto García al general norteamericano Lawton, de fecha 30 de septiembre de 1898, y en la proposición hecha por Manuel Sanguily y Juan Gualberto Gómez a la asamblea de La Yaya pidiendo el licenciamiento del mencionado ejército.
Las razones de esas peticiones eran el temor a que en un país devastado por la guerra hasta en sus últimos cimientos, una parte de ese ejército hambreado, carente de paga y sin rancho, se insubordinase y cometiera actos que atentaran contra el orden y la propiedad en las zonas rurales; originándose así, fricciones con el ejército interventor capaces de provocar enfrentamientos armados.131
(Tropas mambisas en la Loma de San Juan, Santiago de Cuba, julio de 1898)
A los Estados Unidos le convendría o no el licenciamiento, pero esa no fue la razón que primó en esa decisión.
En el licenciamiento del Ejército Libertador, las armas fueron entregadas como trofeo de guerra a los ayuntamientos cubanos, los cuales eran presididos en su inmensa mayoría por oficiales y sargentos del Ejército Libertador. Ningún norteamericano tocó un arma de ese desmovilizado ejército que tenía el compromiso moral de tomar nuevamente las armas si la soberanía de Cuba se veía amenazada. Los aproximadamente setenta dólares entregados por los Estados Unidos a cada desmovilizado no fue el precio de nuestros patriotas. Nuestros patriotas desde el más humilde soldado hasta el más renombrado de nuestros generales no lo hubieran admitido.
No rectificar la falsedad histórica sobre el licenciamiento del Ejército Libertador, es hacernos cómplice de una infamia hacia nuestros ya difuntos veteranos y hacia nuestro glorioso pasado. Además, este suceso no es necesario, al igual que muchos otros, para demostrar contundentemente la existencia del actual diferendo entre Cuba y Estados Unidos; aunque, parafraseando a Erich María Remarque en su novela "Sin novedad en el frente", nunca he visto ofender una pradera norteamericana a una sabana cubana, ni a la Sierra Maestra contender con Las Rocallosas. Los gobiernos pasan, las naciones casi siempre les sobreviven.
El tratamiento histórico que se le da actualmente al licenciamiento del Ejército Libertador, es en buena parte producto de la ignorancia. Gracias a Jorge Ibarra muchos cubanos de estos tiempos hemos conocido esa verdad por su libro ya citado.
Existen otros muchos hechos concernientes a estas relaciones bilaterales que no abordaré, pues, este articulo no pretende ser un exhaustivo ensayo pero abordaré algunos de los más conocidos. *************************
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Licenciado en Matemática Pura en la Universidad de La Habana (UH) y Catedrático universitario con 24 años de experiencia en la docencia universitaria cubana; posee la Categoría Docente Principal de Profesor Titular universitario. Fue expulsado el 29 de enero de 1997 del Instituto Superior Pedagógico de Pinar del Río ( universidad de perfil formativo o pedagógico) por motivos políticos. Activo colaborador desde su fundación de la revista VITRAL y del Centro Católico de Formación Cívica y Religiosa (CFCR) de la Diócesis de Pinar del Río. Colaboró en Cuba con las organizaciones opositoras: Todos Unidos, Asamblea para Promover la Sociedad Civil en Cuba y con el Consejo Unitario de Trabajadores Cubanos (CUTC).
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COLABORADORES:
Paul Echániz