jueves, marzo 31, 2022

EL CHURCHILL DE UCRANIA. Alfredo M. Cepero sobre el Presidente de Ucrania Volodymyr Zelenski

 
Tomado de http://www.lanuevanacion.com/

EL CHURCHILL DE UCRANIA

*******

A todos los efectos prácticos Volodymyr Zelenski se ha convertido en una especie de “padre de la nueva ucrania”.

*******

Volodymyr Zelenski

Por Alfredo M. Cepero

Director de www.lanuevanacion.com

Sígame en: http://twitter.com/@AlfredoCepero

3-29-22

 La guerra es algo horrible. Nadie en su sano juicio puede desearla. Únicamente los locos recurren a ella para calmar sus alucinaciones. Es el último recurso en la preservación de la democracia y en la defensa de la libertad. Pero cuando el hambre aprieta, la teoría es relegada a un segundo plano. Cuando el empleo cae y la inflación sube, todos nos volvemos pragmáticos. Por otra parte, nadie puede hacer la guerra sometido a los caprichos de un parlamento. Y eso es lo que sucede con la democracia en la heroica y abandonada Ucrania.

Como Inglaterra frente a Hitler a principios de la Segunda Guerra Mundial Ucrania se enfrenta hoy a un loco con un poderoso aparato militar. Nunca había sufrido una crisis de tales proporciones. Pero es precisamente en las grandes crisis en que surgen los grandes hombres. Inglaterra tuvo entonces a su Winston Churchill y Ucrania tiene hoy a su Volodymyr Zelenski. Un hombre que ha personificado la improbable transformación de cómico a político, de político a guerrero y de guerrero a líder de proporciones mundiales.

El mismo Zelenski que se ha visto obligado a cerrar, al menos en forma temporal, los medios de información ucranianos. El mandatario declaró que esas medidas eran necesarias para combatir la “desinformación rusa’ y decir la verdad sobre la guerra. Al mismo tiempo, Zelenski congeló las actividades de los 11 partidos políticos del país. Acto seguido, las naciones occidentales que hasta ahora le han dado una sólida y firme ayuda se preguntan si Zelenski está siguiendo un camino que conduce a la dictadura.

La realidad es que las medidas de emergencia fueron adoptadas dentro del contexto de la Ley Marcial de Ucrania. El objetivo fue poner en vigor una política de “información unificada”. Y quede bien claro que Ucrania no es la primera nación que ha suspendido las normas democráticas en tiempos de guerra. Recordemos a algunos de esos tiempos.

En tiempos tan remotos como los de la República Romana—uno de los primeros ejemplos de democracia en el mundo—la dictadura era utilizada únicamente en crisis militares o crisis internas. Eso sí, el poder absoluto del dictador estaba limitado a seis meses. Y siguiendo con Roma, la noche del 11 al 12 de enero de 49 a. C., Julio César se detuvo un instante ante el Río Rubicón atormentado por las dudas. Cruzarlo significaba cometer una ilegalidad: convertirse en enemigo de la República e iniciar la guerra civil. Julio César dio la orden a sus tropas de cruzar el río, pronunciando en latín la frase «alea iacta est» 

Diecisiete siglos más tarde, en los Estados Unidos, George Washington y sus soldados se enfrentaban al despiadado invierno de Valley Forge. Esos hombres estaban enfermos, hambrientos y casi desnudos, pero Washington no se dio por vencido. Después del cruce del Río Delaware en la famosa noche de navidad Washington sorprendió a las tropas hessianas acampadas en Trenton, estado de New Jersey. El triunfo de la batalla de Trenton en 1776 cambió el rumbo de la Guerra de Independencia de los Estados Unidos.

Y durante la Guerra Civil americana el compasivo Abraham Lincoln se vio obligado a tomar medidas drásticas para mantener la integridad de la Unión. El 27 de abril de 1861 Lincoln suspendió el recurso de Habeas Corpus para dar a las autoridades militares el poder necesario con el cual silenciar a los disidentes y simpatizantes del sur que minaban la retaguardia. Y no hay que ser estratega militar para saber que no hay ejército que triunfe con una retaguardia comprometida.

En ese mismo período, hubo dos generales que no esperaron órdenes superiores para imponer sus criterios y lograr victorias militares. La captura del Fuerte Donalson, en Tennessee, por el General Ulises S. Grant fue la victoria de la Unión que abrió el camino hacia la derrota de la Confederación. Ante la solicitud de negociación por los sureños en Donalson, la repuesta de Grant fue lapidaria: “No acepto otra cosa que rendición incondicional.”

William Tecumseh Sherman fue otro general que hizo campañas de tierra calcinada para obligar a los sureños a rendirse y, con ello, poner fin a la terrible masacre. Al final de la campaña, conocida como la Marcha de Sherman hacia el mar, sus tropas capturaron Savannah el 22 de diciembre de 1864. Sherman telegrafió a Lincoln, ofreciéndole la ciudad como regalo de Navidad. Abraham Lincoln—quién confrontaba la posibilidad de perder las elecciones—fue reelecto en 1865.

Sherman fue además un hombre agradecido. Cuando un enemigo de Grant comenzó a atacarlo en su presencia Sherman le ripostó: “El general Grant es un gran general. Lo conozco bien. Él estaba a mi lado cuando yo estaba loco y yo estaba a su lado mientras él estaba borracho, y ahora, señor, estamos uno al lado del otro para siempre."

Al sur del continente, Simón Bolívar—padre de cinco repúblicas americanas—emitió un Decreto de Guerra a Muerte contra los españoles el 15 de junio de 1813 en la ciudad de Trujillo, al oeste de Venezuela. Fue tanta su vocación por la libertad que llegó a enfrentarse a la misma naturaleza. Cuando Caracas fue sacudida por un terremoto el 26 de marzo de 1812, y ante la frustración de los generales de su ejército, Bolívar exclamó a “todo pulmón”: «Si se opone la naturaleza, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca»

Con la misma intensidad luchó por la libertad de mi Cuba añorada y flagelada el General Antonio Maceo y Grajales. En solo 90 días, Maceo y una abigarrada tropa que se limitaba a 1,400 hombres cuando salió de Baraguá, en el oriente de Cuba, muchos de ellos descalzos y mal armados, recorrieron  2,056 kilómetros en setenta y ocho jornadas, sostuvieron 27 combates, ocuparon 22 pueblos y despojaron al enemigo de 2,000 fusiles y 80,000 cartuchos. El 22 de enero de 1896 Maceo llegó a Mantua, el pueblo más occidental de Cuba, en la Provincia de Pinar del Río. Los 200,000 efectivos con que contaba en la Isla en ese momento el Ejército Español no fueron capaces de detener el coraje y el patriotismo del “Titán de Bronce” y su legión de centauros.

Otro general que no se detuvo en convencionalismos y que fue quizás el más vilipendiado durante la Segunda Guerra Mundial fue George S. Patton. Este hombre creía en la reencarnación y decía comunicarse con el “más allá”. Quizás por eso advirtió sobre el peligro del expansionismo soviético. En 1945, al concluir la Segunda Guerra Mundial, dijo: “Quizás nosotros hemos combatido contra el enemigo equivocado (los alemanes). Ahora que estamos en la frontera soviética deberíamos de atacar a estos bastardos. Porque, tarde o temprano, vamos a tener que pelear contra ellos.” La “Guerra Fría” del Siglo XX demostró que las palabras de Patton fueron proféticas. Su advertencia probablemente le costó la vida en un “accidente” automovilístico que todavía no ha sido totalmente aclarado.

Asimismo, en la isla que creo un imperio, Winston Churchill sembró la esperanza y fortaleció la voluntad de sus conciudadanos para repeler la agresión de Hitler. En un discurso ante la Cámara de los Comunes, el 4 de junio de 1940, Churchill hizo despliegue de su vibrante y contagioso optimismo.

En aquel momento de desesperación y terror dijo: “Nosotros no descansaremos ni fracasaremos. Nosotros iremos hasta el final. Nosotros pelearemos en Francia y en los mares y en los océanos; nosotros pelearemos con creciente confianza en los aires. Nosotros defenderemos nuestra Isla al precio que sea necesario; nosotros pelearemos en las playas, en los desembarcos, en los campos, en las calles y en las colinas. Nosotros jamás nos rendiremos”.

Por su parte, Harry Truman ha sido probablemente el Presidente de menos carisma pero con más pantalones de todos los presidentes americanos. Eso le permitió tomar la agonizante decisión de dejar caer la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki. Esta decisión, controvertida hasta el día de hoy, causó la muerte inmediata de 70,000 japoneses pero, según estimados confiables, salvó la vida de 2 millones de americanos. Proteger a su pueblo es la primera responsabilidad de cualquier presidente. Harry Truman la cumplió a cabalidad.

Volodymyr Zelenski está haciendo lo mismo y en condiciones mucho más difíciles. Ahora, se encuentra en compañía de todos esos hombres de leyenda que he mencionado en este trabajo. Pero Zelesnki no es un guerrerista por vocación sino por necesidad. Antes de la invasión trato de negociar con Putin y éste lo rechazó. No buscaba el peligro pero tampoco lo temía. El oso genocida lo obligó a pelear y él se paró en firme como los valientes, sin alardes ni bravuconerías como el esperpento que tenemos en la Casa Blanca. A todos los efectos prácticos Volodymyr Zelenski se ha convertido en una especie de “padre de la nueva ucrania”. Que Dios lo bendiga y lo cuide, para bien de su patria y símbolo de la libertad en el mundo.

Etiquetas: , , , , , , , , , , , , ,


Para seguir leyendo hacer click aqui­ ...

domingo, junio 14, 2020

Iconoclastas. Miguel Sales: En defensa de Churchill, de Colón, y de las figuras insignes cuyas estatuas son derribadas hoy por grupos de manifestantes ignorantes.


Iconoclastas

*********
En defensa de Churchill, de Colón, y de las figuras insignes cuyas estatuas son derribadas hoy por grupos de manifestantes ignorantes.
*********

Por Miguel Sales
Málaga
14 Jun 2020 

En la estela de las protestas desencadenadas por la muerte de George Floyd en Minneapolis el pasado mes de mayo, grupos de manifestantes han pintarrajeado, derribado y decapitado estatuas de figuras históricas insignes en diversas ciudades de Europa y Estados Unidos. Más que protestar por los abusos, estos nuevos iconoclastas tratan de borrar la historia y abolir los usos. Se cumple así el conocido apotegma de Ortega y Gasset sobre el espíritu revolucionario, porque a veces la naturaleza imita al arte.

El pretexto de estos ataques vandálicos es que los próceres que los ayuntamientos o los gobiernos nacionales decidieron honrar en el pasado eran racistas, misóginos, autoritarios o poco ecológicos. De nada vale que además hayan realizado aportes considerables a la civilización, porque de eso mismo se trata, de desacralizar y abatir los símbolos de la cultura occidental, blanca, anglosajona y protestante, esa que los radicales de izquierda abrevian como cultura WASP (por sus siglas en inglés).  Para ellos, Winston Churchill fue un eximio representante de ese establishment que tanto detestan, como también lo fue el genovés Cristóbal Colón, que como todo el mundo sabe era blanco, anglosajón, protestante y catalán, por más señas.

(Churchill)

El caso de Churchill es el que mejor ilustra el gran sentido histórico de sus detractores y el grado de coraje cívico que hoy muestran las autoridades occidentales que deberían salir en defensa de su memoria. De conformidad con las ideas de su tiempo y su clase social, Churchill no era gran admirador de otras razas, detestaba a los musulmanes y los africanos, y criticó públicamente a Gandhi llamándolo "faquir semidesnudo". Tampoco era demasiado tierno con las señoras, al menos con algunas de ellas. Es conocida su aversión hacia Lady Astor, la primera mujer que ocupó un escaño en el Parlamento inglés, famosa tanto por su belleza como por su agudo ingenio. "Si Ud. fuera mi marido", le dijo la dama en una ocasión, "le podría veneno en el té". A lo que Churchill replicó sin pestañear: "si Ud. fuera mi esposa, yo me lo bebería".

Pero por muchas sombras y errores que hoy puedan atribuirse al noble inglés, Churchill fue uno de los mayores estadistas del siglo XX y desempeñó un papel histórico tan importante en la Segunda Guerra Mundial que resulta difícil evocarlo sin caer en el ditirambo.

Hoy en día poca gente tiene una idea exacta de la situación de Europa y el mundo en mayo/junio de 1940. Las tropas alemanas acababan de derrotar al ejército francés y habían ocupado la mitad norte del país. Adolf Hitler, tras haberse apoderado de Austria, Checoslovaquia, media Polonia, Dinamarca, Noruega, los Países Bajos, Bélgica y Luxemburgo, se sentía cómodamente protegido en el Este por los ejércitos de su aliado, Josef Stalin, que había invadido la otra mitad de Polonia, Estonia, Letonia y Lituania, Besarabia y Bucovina (lo que es hoy Moldavia) y trataba de conquistar Finlandia. El pacto germano-soviético, firmado en agosto de 1939, había funcionado con minuciosa precisión y ambos dictadores parecían a punto de repartirse el Viejo Mundo. Y para más seguridad del dúo Hitler-Stalin, Mussolini declaró la guerra a los ingleses a principios de junio, deslumbrado por la eficacia de la maquinaria bélica nazi. Estados Unidos todavía se mantenía neutral, en medio de una fuerte corriente aislacionista, que pretendía evitar la entrada del país en el conflicto europeo.

Pocas semanas después, se iniciaba la ofensiva con la que los alemanes prepararían la inminente invasión de las islas británicas, la Operación León Marino, primera etapa de lo que el mismo Churchill bautizó como la Batalla de Inglaterra.

En Londres imperaba el derrotismo. Los ingleses sabían que sus fuerzas terrestres no podrían resistir ni una semana, si las divisiones alemanas lograban desembarcar en las islas. La Royal Navy y un puñado de jóvenes aviadores eran la última barrera que protegía a todo lo que quedaba de democracia en Europa. Ante la barbarie nazi/comunista, Gran Bretaña era el último reducto de la libertad, los derechos humanos y la decencia. Pero nadie estaba seguro de que la armada y la fuerza aérea pudieran evitar la invasión. Gran parte de la clase política, que tan inepta y apaciguadora se había mostrado ante la expansión del nazifascismo y el comunismo, era partidaria de firmar un armisticio con Alemania. En ese momento decisivo para el Imperio Británico y para el mundo entero, llegó Churchill al poder.

El nuevo Primer Ministro tenía 65 años de edad y una carrera política irregular, en la que algunos logros dudosos estaban empañados por errores extraordinarios, como la fracasada invasión de Galípoli, en la Primera Guerra Mundial, cuando dirigía el Almirantazgo. Pero era también el estadista que desde 1933 había comprendido el peligro que representaba la nueva Alemania de Hitler y había advertido reiteradamente de las consecuencias que su estrategia tendría para Europa y para el planeta. Y no solo era un político de ideas claras y un magnífico orador, era también y sobre todo un hombre de férrea voluntad, un soldado que había vivido la guerra en primera línea y era capaz de inspirar y guiar a un pueblo que había emprendido una lucha a vida o muerte por su libertad, sus valores y la supervivencia misma de la civilización occidental.

Diecinueve largos meses, entre la retirada de Dunquerque en mayo de 1940 y la entrada de Estados Unidos en la guerra, en diciembre de 1941, lucharon los isleños ese solitario combate, que solo se atenuó un tanto a partir de la ruptura de la alianza entre Hitler y Stalin en junio de este último año. Ni los bombardeos, ni los reveses en los distintos frentes de batalla, ni el hambre y las penalidades, lograron quebrantar la voluntad de resistencia de Churchill y del pueblo británico. La humanidad contrajo entonces una deuda de gratitud impagable, porque la capitulación del Imperio en la primavera de 1940 habría cambiado radicalmente la historia mundial y no precisamente para mejor.

Ahora una horda de ignorantes se permite mancillar la efigie del gran estadista, que encarnó como nadie la lucha por la libertad y la decencia humana. Pero su analfabetismo histórico no les absuelve del delito de vandalismo ni de la agresión a la memoria y los valores de Occidente, pues de eso se trata.

Esos iconoclastas son los mismos que decapitan las estatuas de Cristóbal Colón en Estados Unidos. Los revolucionarios son grandes aficionados al degüello, ya sea simbólico o real, y la mezcla de la ignorancia con el afán degollador suele ser muy dañina, tanto para el pescuezo de ciertos notables como para la estética urbana. Durante la Revolución Francesa, no satisfechos con las ejecuciones que perpetraban en la que luego se llamaría Plaza de la Concordia, donde la guillotina funcionaba sin descanso, las turbas decapitaron las estatuas de los míticos reyes de Judá que ornaban la fachada de Notre-Dame y arrojaron las cabezas al Sena. Creían que esas obras de arte representaban a los reyes de la dinastía capetiana.

Por la misma regla de tres, los antifas con antifaz degüellan hoy las estatuas del Descubridor de América (eso del "encuentro entre dos mundos" es una patraña del progresismo, como si los aztecas hubieran zarpado en canoas para descubrir Europa y se hubieran tropezado con la Pinta, la Niña y la Santa María en medio del Atlántico).

Colón realizó una hazaña sin precedentes, que cambió la historia universal. Pero no la cambió en el sentido que a los nuevos iconoclastas les habría gustado. No fue feminista, ni ecologista ni partidario de la inmigración irrestricta, y mucho menos del "ingreso mínimo vital". Y como escribió hace poco uno de sus esclarecidos impugnadores, es culpable de "haber inventado el colonialismo", que sin duda se llamó así en honor a su apellido. 
*

Etiquetas: , , , , , , , ,


Para seguir leyendo hacer click aqui­ ...