sábado, octubre 12, 2024

Cuba. Rectificando verdades históricas sobre lo ocurrido a los judios del buque Saint Louis en La Habana de 1939. Fidel Castro contrató a ex-nazis para entrenar a militares cubanos en 1962

Nota del Bloguista de Baracutey Cubano

En este posts la rectificación de esas verdades históricas está motivada  por   la frecuencia en que  se cometen  reiterados errores al  exponer los tristes y trágicos sucesos  que  llevaron a la muerte de varios centenares de judios  que huían de la represión nazi en Europa y que intentaron infructuosamente encontrar  refugio en Cuba.

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 Jewish refugees from Germany arrive on the ship Saint Louis in Havana, Cuba. HD Stock Footage




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Enlace Judío
Feb 16, 2022

El 13 de mayo de 1939 un barco con 937 pasajeros salió de Alemania buscando refugio en alguna parte del mundo. La gran mayoría a bordo eran judíos y su intención era llegar a América y poder así, escapar lo suficientemente lejos de las garras del nazismo.

Algunos pasajeros tenían previa autorización para desembarcar en Cuba, ya que el Director General de la oficina de migración de Cuba, había vendido de manera ilegal certificados de desembarco, el acto de corrupción desató el enojo en la población cubana, que se recibían a recibir inmigrantes, pues estos competirían por los pocos trabajos disponibles que existían, ¿Qué sucedió después? ¿Pudieron desembarcar en Cuba? ¿Cuál fue el destino de estos pasajeros? No te pierdas este video.

Barco St. Louis, la indignación en la historia judía; por Nadia Cattan



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 Importante NOTA ACLARATORIA  del Bloguista de Baracutey Cubano donde se aclaran supuestas culpas del General Manuel Benítez Valdés, del Presidente Federico Laredo Brú, ex Coronel del Ejército Libertador,  así como del Jefe del Ejército Fulgencio Batista y Zaldivar 

El St. Louis en el puerto de Hamburgo en junio de 1939

Si les interesa profundizar en el tema del buque MS St. Louis pueden leer el libro titulado Voyage of the Damned, el cual también fue editado en español con el de El viaje de los condenados, de Gordon Thomas y Max Morgan-Witts. Hay varias películas o films sobre ese tema; una de ellas tiene el mismo título de ese libro y fue filmada en 1976. El mencionado libro ofrece una lista de fuentes consultadas pero es importante conocer lo siguiente:


En los trágicos hechos del MS St. Louis es muy frecuente confundir al Coronel Manuel Benitez González con el General Manuel Benitez Valdés; en Cuba, hace ya unos años, una de esas personas que los confundió  fue un experimentado crítico cinematográfico cuando hizo la presentación de la película un domingo por la TV nacional.

El Coronel Manuel Benítez González no era un hombre de Batista, sino del General Rafael Montalvo Morales; Benítez González era cuando los hechos del buque Saint Louis el Director General de Inmigración. El General Montalvo fue el único individuo del Gabinete del destituido Presidente Miguel Mariano Gómez que pasó a integrar el Ejecutivo de Federico Laredo Brú; Montalvo pasó de la Secretaría de Defensa Nacional a la de Secretario de Estado. El General Montalvo era cuñado de Julio Lobo, ¨El Zar del Azúcar¨, el cual era judío. El General Montalvo es el personaje misterioso del mencionado libro. El Coronel Manuel Benitez González es una persona y el General Manuel Benitez Valdés es otra persona  fallecido en Miami hace ya algunos años, y que sí fue durante un tiempo un hombre de Batista, pues  posteriormente  se  convirtió en miembro del Partido Auténtico y llegó hasta ser Senador por dicho partido. Es probable que  Manuel Benitez Valdés sea hijo de  Manuel Benítez González  según se pudiera inferir del escrito de Ciro Bianchi; este último murió a mediados de los años 40 del pasado siglo. Leí que después  del escándalo de corrupción  con lo ocurrido con los pasajeros del buque Saint Louis tuvo que renunciar a su carfo de Director General de Inmigración de la República de Cuba..

S
obre la responsabilidad del Presidente Federico Laredo Brú, leemos lo siguiente  pero tengamos en  cuenta  lo que  son los hechos  y lo que  son  las opiniones subjetivas no avaladas por  testigos fiables y documentos como es, por ejemplo: ¨The President of Cuba, Frederico Laredo Bru, and his cabinet did not like Benitez making a great deal of money – that he was unwilling to share...¨; Traduciendo: ¨Al presidente de Cuba, Frederico Laredo Bru, y a su gabinete no les gustó que Benítez ganara una gran cantidad de dinero, que él no estaba dispuesto a compartir...¨


Decree 937
Decree 55 was adopted in Cuba in early 1939. It distinguished between refugees and tourists. The decree stated that each refugee needed a visa and was required to pay a $500 bond to guarantee that they would not become wards of Cuba. But the decree also said that tourists were still welcome and did not need visas. The director of immigration in Cuba, Manuel Benitez, realized that Decree 55 did not define a tourist or a refugee. He decided that he would take advantage of this loophole and make money by selling landing permits that would allow refugees to land in Cuba by calling them tourists. He sold these permits to anyone who would pay $150. Though only allowing someone to land as a tourist, these permits looked authentic, even were individually signed by Benitez, and generally were made to look like visas. Some people bought a large group of these for $150 each and then resold them to desperate refugees for much more. Benitez himself had made a small fortune in selling these permits as well as receiving money from the cruise line. Hapag had realized the advantage of offering a package deal to their passengers – a permit and passage on their ship.

The President of Cuba, Frederico Laredo Bru, and his cabinet did not like Benitez making a great deal of money – that he was unwilling to share – on the loophole in Decree 55. Also, Cuba’s economy had begun to stagnate and many blamed the incoming refugees for taking jobs that Cubans would have otherwise held.

On May 5, Decree 937 closed the loophole. Without knowing it, almost every passenger on the S.S. St. Louis had purchased a landing permit for an inflated rate which, by the time of sailing, had already been nullified by Decree 937.
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Decreto 937
El Decreto 55 fue adoptado en Cuba a principios de 1939. Distinguía entre refugiados y turistas. El decreto establecía que cada refugiado necesitaba una visa y debía pagar una fianza de 500 dólares para garantizar que no quedarían bajo la tutela de Cuba. Pero el decreto también decía que los turistas seguían siendo bienvenidos y no necesitaban visas. El director de inmigración en Cuba, Manuel Benítez, se dio cuenta de que el Decreto 55 no definía a un turista ni a un refugiado. Decidió que aprovecharía este vacío legal y ganaría dinero vendiendo permisos de aterrizaje que permitirían a los refugiados aterrizar en Cuba llamándolos turistas. Vendió estos permisos a cualquiera que pagara $150. Aunque solo permitían que alguien aterrizara como turista, estos permisos parecían auténticos, incluso Benítez los firmaba individualmente y, en general, se hacían para que parecieran visas. Algunas personas compraron un gran grupo de estos por $ 150 cada uno y luego los revendieron a refugiados desesperados por mucho más. El propio Benítez había hecho una pequeña fortuna vendiendo estos permisos y recibiendo dinero de la línea de cruceros. Hapag se dio cuenta de la ventaja de ofrecer un paquete a sus pasajeros: un permiso y pasaje en su barco.

Al presidente de Cuba, Frederico Laredo Bru, y a su gabinete no les gustó que Benítez ganara una gran cantidad de dinero, que él no estaba dispuesto a compartir, con la laguna del Decreto 55. Además, la economía de Cuba había comenzado a estancarse y muchos culparon a la economía entrante. refugiados por tomar trabajos que los cubanos habrían ocupado de otro modo.

El 5 de mayo, el Decreto 937 cerró el vacío legal. Sin saberlo, casi todos los pasajeros del S.S. St. Louis habían comprado un permiso de desembarco por una tarifa inflada que, al momento de zarpar, ya había sido anulada por el Decreto 937.

El  entonces ex Presidente (del gobierno inconstitucional y no elegido por el pueblo en 1033) Dr. Ramón Grau San Martím  estaba en contra de la entrada de judios a Cuba en ese momento  porque, dada la situación  económica del país, se verían afectados los cubanos en cuanto  el acceso  a fuentes de trabajo; recordemos que en el ¨gobierno¨de Grau-Guiteras se  dictó la ley laboral del 50%  que afectó grandemente  a la inmigración a Cuba; y en particular a la inmigración procedente de  España.
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Nota del Bloguista del blog Baracutey Cubano

Alerta: Ciro Bianchi es un periodista oficialista de la dictadura castro comunista de Cuba.
El ataque al Hotel Nacional de Cuba  lo ordenó Antonio Guiteras como Secretario (Ministro) de Guerra y Marina (del mal llamado ¨Gobierno de los 100 días¨ y  eso de mal gobierno no lo digo por la cantidad de días, que realmente fueron entre 126 y 127 días). Batista era Jefe del Ejército y no tenía mando sobre la Marina y, sin embargo, a dicho hotel barcos de  la Marina de Guerra lo cañonearon.

Mario Alfonso Hernández fue el militar que asesinó al Coronel (Juan) Blas Hernández  después que fue  retomado el Castillo de Atarés el 9 de noviembre de 1933,  en el el marco del gran alzamiento del ABC  en La Habana que había comenzado el día 8 de noviembre. Sobre ese alzamiento pueden leer haciendo click AQUÏ. 

Max Lesnik  ha sido condecorado por  Fidel Castro en Cuba, ya que fue otorgada por el Consejo de Estado, a propuesta de la Unión de Periodistas de Cuba.

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Trabajo terminado. Un exmilitar cubano, el General Manuel Benítez Valdés

Por: Ciro Bianchi
febrero 21, 2017

Un exmilitar cubano, el General Manuel Benítez Valdés, jefe de la Policía Nacional en el primer Gobierno de Fulgencio Batista, fue reclutado en los años 60 por el presidente haitiano François Duvalier  —Papa Doc— para que eliminara físicamente a una importante figura del Gobierno de Paul E. Magloire, expresidente de Haití. Se trata de una historia muy poco conocida que el propio Benítez contó en Miami al periodista Max Lesnik, entonces director de la revista Réplica, de esa ciudad. No hay en ella revelaciones impactantes y más que el relato de un asesinato lo es de un hecho de la picaresca. El sujeto murió de muerte natural, pero Benítez hizo creer al dictador que había sido víctima del lento envenenamiento a que él le había sometido a través de un sirviente.

El bonito

A Benítez Valdés le llamaban «el Bonito». Antes de su entrada al Ejército fue artista de reparto en Hollywood, donde logró meterse en la cama de no pocas luminarias de la cinematografía norteamericana. Tenía una suerte loca con las mujeres.

Su padre, Manuel Benítez González, nacido en Regla, tenía 14 años de edad cuando se sumó a la invasión del Ejército Libertador a occidente. Sirvió a las órdenes de diferentes jefes, pero nunca se pudo precisar el grado que llegó a alcanzar en las fuerzas mambisas. Al cese de la soberanía española, fue periodista del diario habanero La Discusión y en 1903 entró en la Guardia Rural con grados de segundo teniente. A la caída de Machado, cuando era ya Coronel jefe del Regimiento 8, Rius Rivera, de Pinar del Río, fue destituido de su mando y, sujeto a investigación, internado en la prisión militar de La Cabaña. Puesto en libertad poco tiempo después —no hubo sanciones para los machadistas— se afilió al Partido Liberal y como miembro de esa organización política resultó electo delegado a la Asamblea Constituyente de 1940. Con posterioridad llegó al Senado de la República en el cual, en los días de la II Guerra Mundial, ocupó la presidencia de la Comisión de Asuntos Militares. Murió en enero de 1946.

Varias veces lo ha repetido el escribidor: el exGeneral Manuel Benítez es uno de los hombres más nefastos de la historia de Cuba. Para su suerte, son pocos los que se recuerdan de su existencia.

Refería él mismo que el 4 de septiembre de 1933 —era entonces teniente del Ejército— mientras transcurría el golpe de Estado, fue detenido cuando  dormía  en el campamento de Columbia y llevado a presencia del sargento Fulgencio Batista. Lo escuchó dirigirse a una asamblea de clases y soldados y cuando el jefe golpista terminó su perorata, ni lento ni perezoso, en un alarde sin límite de oportunismo,  Benítez se puso de pie sobre su asiento y luego de arrancarse los grados proclamó que ya no quería ser el teniente Benítez, sino el sargento Benítez, lo que, junto con Tabernilla, Ferrer y Querejeta, lo convertía en uno de los pocos oficiales que se sumaba al golpe de los sargentos. Batista lo acogió con los brazos abiertos.

Ayudante de Batista

De oficial del ejército machadista a oficial del ejército batistiano y ayudante de Batista. Instigó para que Batista ordenara, en octubre de 1933, el bombardeo del Hotel Nacional, sin importarle que allí se hallaran refugiados los oficiales que fueron hasta poco antes sus compañeros de cuerpo, y se le acusó de haber ametrallado al ya teniente coronel Mario Alfonso Hernández por orden de Batista.

Mario Alfonso era miembro de la Junta Revolucionaria de Columbia o Junta de los Ocho, que protagonizó el golpe de Estado aludido, y de soldado raso ascendió a teniente coronel, pero un día se atrevió a preguntar al coronel Fulgencio Batista, jefe del Ejército, sobre la fecha en que empezaría a hacerse realidad el acuerdo de la Junta que establecía la jefatura rotativa de las Fuerzas Armadas. Batista no le contestó de momento, pero quedó en enviarle la respuesta. Se la envió con Benítez. Una noche tocó este a la puerta del domicilio de Mario Alfonso, que confiado le franqueó la entrada al identificar la voz de su compañero. Benítez lo ametralló en la propia sala de estar de la casa y en presencia de su esposa. De inmediato, Batista dirigió al Ejército una proclama que se leyó en la diana y en la retreta en  todos los campamentos en que decía que a Mario Alfonso Hernández, a quien quería no como a un compañero de armas, sino como a un  familiar,  hubo que aplicarle la «ley de fuga» en su traslado al campamento de Columbia, en  Marianao, para frustrar su intento de evasión luego de haber sido detenido por traficante y consumidor de drogas, lo que era enteramente falso. Antonio Guiteras afirmaba que Mario Alfonso era el único revolucionario en la Junta de los Ocho.


(El entonces Teniente Coronel Manuel Benítez VALDÉS  dando un discurso en la inauguración de la Ciudad Militar de Pinar del Río en 1936. Fotos y comentario añadidos  por el Bloguista de Baracutey Cubano)

La estrella del General

Cuba entra en la II Guerra Mundial y el presidente Batista, con el decreto ley número 7 de 1942, también conocido como ley orgánica de las Fuerzas Armadas, restablece el grado de General en el Ejército de la República. Hasta entonces, y desde 1933, el grado máximo era el de Comandante, aunque la jefatura recaía en un Coronel que se hacía auxiliar por oficiales que ostentaban el grado transitorio de Teniente Coronel. Benítez fue entonces  uno de los cuatro generales del Ejército. Como jefe de la Policía Nacional, entre otros negocios turbios, se benefició con las tajadas que sacaba de casinos de juego, garitos y vidrieras de apuntaciones, sin contar otras ganancias ilícitas.

No duró mucho tiempo en su jefatura. Batista debía abandonar la presidencia de la República el 10 de octubre de 1944. Como la Constitución no le permitía reelegirse, pensó que el doctor Carlos Saladrigas, de resultar electo en los comicios del 1ro. de junio, lo nombraría Jefe del Ejército y de cualquier manera  garantizaría el batistato sin Batista. Pero Saladrigas perdió las elecciones frente al candidato opositor Ramón Grau San Martín. Batista —dicen que presionado por Washington—  se resignó a entregar el poder a su antiguo rival. Benítez, sin embargo, no era de la misma opinión. Trató de convencer a Saladrigas de que se sumara a un plan encaminado a frustrar el ascenso de Grau. Saladrigas, que era un político astuto, se negó, y Benítez pensó entonces en sacar a Batista del juego, esto es, de la presidencia. Hasta ahí duró como jefe de la Policía. Se le formularon acusaciones por varios delitos, entre ellos, uno tan ramplón como el de sustraer del cuartel maestre general de la Policía 50 camas, que vendió después a 20 pesos cada una.

Salió Benítez de la Isla para evadir la acción de la justicia, pero Grau ya presidente le permitió regresar con todas las garantías para que viera a su padre, agotado por una insuficiencia renal crónica terminal que se complicó con trastornos del hígado y el corazón.

Libre matanza

Más tarde, en octubre de 1946,  fue uno de los responsables de la Conspiración de la Capa Negra, una de las que se orquestaron para derrocar a Grau. Las otras fueron la del Cepillo de Dientes y la del Mulo Muerto. Pese al nombre despectivo con que las identificó la revista Bohemia, que las ridiculizó y tiró a choteo, existieron realmente y no llegaron a descartar el magnicidio.

Los organizadores de la Capa Negra pensaban apoderarse del campamento de Columbia luego de pasar a cuchillo a todas sus postas, y también de la sede del regimiento Rius Rivera en la capital pinareña, donde procedente de Miami habría desembarcado ya el exgeneral Benítez, que se trasladaría a La Habana a fin de asumir las riendas del Gobierno de la nación.

El plan contemplaba el asesinato de las principales figuras del Gobierno grausista y de los líderes más connotados de la Alianza Auténtico-Republicana en el poder, e incluía asimismo lo que los conjurados llamaban «Setenta y dos horas de libre matanza», encaminada a sacar del juego a todos los que se opusieran a la vuelta del pasado batistiano. Los golpistas estaban equipados con armas de fabricación norteamericana tan modernas que no habían llegado todavía a manos el Ejército cubano.

En 1954 Manuel Benítez Valdés accedía al Senado. Lo hacía por el Partido Auténtico que presidía Grau San Martín, a quien tanto había combatido.

Marchó al exterior tras el triunfo de la Revolución y se radicó en Miami. Fue allí que, fuera de récord, refirió al periodista Max Lesnik su relación con «Papá» Duvalier.

El hombre sigue vivo

Un golpe de Estado acabó con la débil democracia haitiana. Unas elecciones amañadas, convocadas al amparo del Ejército y de una junta duvalierista impuesta por el cuartelazo, dieron el triunfo electoral a François Duvalier, quien inaugura un régimen autocrático y dictatorial, y también populista, que se asegura en el poder mediante el terror y la superstición. Depura al Ejército y con su propia fuerza paramilitar, los Tonton–Macoutes, mezcla de policía particular y guardia pretoriana, acomete, con métodos terroristas, una represión sistemática que barre a sus opositores. Washington apoya al «Brujo» Duvalier, maestro del vudú, y lo apoya asimismo la oligarquía  negra y mulata. Su mandato debió finalizar en 1963, pero se reelige por seis años más y en 1964 se inviste como presidente vitalicio. En enero de 1971 proclama sucesor a su hijo Jean Claude. Y cuando fallece es ciertamente Babe Doc, de 19 años de edad,  quien asume el mando del país, en medio de una tupida red de conjuras palaciegas. Tendrá el apoyo irrestricto de un cuerpo paramilitar, Los Leopardos. El 7 de febrero de 1986 una revuelta popular provoca el derrocamiento de Babe Doc, que huye al exterior.

El viejo Duvalier busca la manera de eliminar a sus opositores y se vale de cualquier medio para conseguirlo. Por lo general sus hombres actúan abiertamente, a cara descubierta, en otras conviene al dictador encubrir sus crímenes, moverse sin dejar huellas, cortar cualquier rastro que lo vincule con el crimen. Un enviado del presidente Duvalier hizo contacto con el exgeneral Manuel Benítez en el casino de juego del hotel donde se alojaba en la capital dominicana. El Brujo quería verlo y el cubano se trasladó a Puerto Príncipe. Como es habitual en tales casos, ya en los jardines de Palacio, donde lo recibió el mandatario, no se mencionó el nombre del sujeto a eliminar, pero Benítez lo leyó en el aire. Recibió 50 000 dólares de anticipo por la encomienda.

Pasado un tiempo, Duvalier volvió a reclamar su presencia.

—Van dos meses y el hombre sigue vivo —dijo el mandatario haitiano eludiendo otra vez mencionar el nombre de su adversario.

Entonces Benítez repitió a Max Lesnik el cuento chino que le contó a Duvalier. Dijo que había logrado penetrar el círculo íntimo del político y uno  de sus criados, por orden suya, le administraba un veneno de efecto lento, pero que no dejaba huellas, de manera que resultaría imposible relacionar su muerte con un asesinato. Duvalier se lo creyó. Proseguía Benítez:

«Para suerte mía, el hombre tenía cáncer y murió. Murió de muerte natural. En cuanto me enteré corrí a encontrarme con Duvalier. Le dije: “Trabajo terminado”, y recibí los 50 000 dólares restantes.

«Con todo, cometí un fallo. En el propio casino de juego del hotel, a mi regreso de Puerto Príncipe, referí la historia a Santiaguito Rey, senador y ministro de Gobernación (Interior) en el Gobierno de Batista. Ese desliz me costó 10 000 dólares que me exigió Santiaguito por su silencio y que se jugó allí mismo».
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Constitución de 1940


Después de un proceso político contradictorio y turbulento, se lanzó la convocatoria de otra asamblea constituyente, que finalmente aprobó la Constitución de 1940, firmada en Guáimaro, Camagüey, el 1 de julio. La misma consta 286 artículos, y por su contenido se consideraba que era una de las más avanzadas de su época en América Latina. Esta constitución fue abolida por la dictadura batistiana el 10 de marzo de 1952.

Sus firmantes fueron 71 delegados, electos entre la membresía de los partidos políticos de entonces. Resulta notorio que por primera vez participaron 2 mujeres. Los delegados fueron: Carlos Márquez Sterling y Guiral, Alberto Boada Miguel, Emilio Núñez Portuondo, Salvador Acosta Cáceres, Francisco Alomá y Álvarez de la Campa, Rafael Álvarez González, José R. Andreu Martínez, Manuel Benítez González, Antonio Bravo Acosta, Antonio Bravo Correoso, Femando del Busto Martínez, Juan Cabrera Hernández, Miguel Calvo Tarafa, Ramiro Capablanca Graupera, José Manuel Casanova Diviño, César Casas Rodríguez, Romárico Cordero Gaecés, Ramón Corona García, Felipe Correoso y del Risco, José Manuel Cortina García, Miguel Coyula Llaguno, Pelayo Cuervo Navarro, Eduardo R. Chibás Rivas, Francisco Dellundé Mustelier, Mario E. Digo, Arturo Don Rodríguez, Manuel Dorta Duque, Nicolás Duarte Cajides, Mariano Esteva Lora, José A. Fernández de Castro, Orestes Ferrara Marino, Simeón Ferro Martínez, Manuel Fueyo Suárez, Adriano Galano Sánchez, Salvador García Agüero, Félix García Rodríguez, Quintin George Vemot, Ramón Granda Fernández, Ramón Grau San Martín, Rafael Guas Inclán, Alicia Hernández de la Bara, Alfredo Homedo Suárez, Francisco Ichaso Macias, Felipe Jay Raoulx, Emilio A. Laurent Dubet, Amaranto López Negrón, Jorge Mañach Robato, Juan Marinello Vidaurreta, Antonio Martínez Fraga, Joaquín Martínez Sáenz, Jorge A. Mendigutía Silveira, Manuel Mesa Medina, Joaquín Meso Quesada, Gustavo Moreno Lastres, Eusebio Mujal Bamiol, Delio Núñez Mesa, Emilio Ochoa Ochoa, Manuel A. Orizondo Caraballé, Manuel Parrado Rodés, Juan B. Pons Jane, Francisco José prieto Llera, Carlos Prío Socarrás, Santiago Rey Pernas, Mario Robau Cartaza, Blas Rora Calderío, Primitivo Rodríguez Rodríguez, Esperanza Sánchez Mastrapa, Alberto Silva Quiñones, César Vilar Agular, Fernando del Villar de los Ríos, María Esther Villoch Leyva.
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Pepe Forte: La Historia del barco judío St. Louis (Participación  del Bloguista Pedro Pablo Arencibia: de  1:39:22 a 1:46:34)


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Del canal Bombas y Trincheras 

¿CÓMO UN VIEJO NAZI AYUDÓ A Fidel Castro a DERROTAR A  ESTADOS UNIDOS en la GUERRA FRÍA?



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Fidel Castro Ruz y  Otto Ernst Remer quien fuera General  de la Alemania nazi 

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Tomado de  https://economictimes.indiatimes.com/

(Traducción automática del artículo original mediante la aplicación Google Translate; no obstante en este post   se publica también el artículo original)

Fidel Castro reclutó a exnazis para entrenar tropas durante la Guerra Fría

Artículo de octubre de 2012

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Sinopsis

Fidel Castro reclutó a ex nazis para entrenar a las tropas cubanas en el apogeo de la Guerra Fría, según archivos del servicio secreto alemán recientemente publicados.

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NUEVA YORK: Fidel Castro reclutó a ex nazis para entrenar a las tropas cubanas en el apogeo de la Guerra Fría, según archivos del servicio secreto alemán recientemente publicados.

Castro, el entonces presidente comunista de Cuba, también compró 4.000 armas fabricadas en Bélgica a dos intermediarios que tenían fuertes vínculos con la extrema derecha alemana.

Arroja luz sobre hasta qué punto Castro, quien en público estaba estrictamente comprometido con el socialismo, estaba dispuesto a llegar para ampliar su control sobre la nación insular y evitar una invasión de Estados Unidos.

Bodo Hechelhammer, director de investigaciones históricas de la agencia alemana de inteligencia exterior Bundesnachrichtendienst (BND), dijo: "Evidentemente, el ejército revolucionario cubano no temía el contagio de vínculos personales con el nazismo, siempre que sirviera a sus objetivos".

Los documentos, difundidos por el BND y publicados en línea por el periódico alemán Die Welt, muestran una serie de planes desarrollados en octubre de 1962, en el apogeo de la crisis de los misiles cubanos.

Revelan que dos de los cuatro ex oficiales nazis de las SS invitados a La Habana habían aceptado la oferta y que recibirían "salarios sustanciales" de más de cuatro veces el salario promedio alemán en ese momento, informó el New York Daily News.

Y en cuanto a la compra de armas vinculadas a la derecha, muestran cómo Castro, ahora de 86 años, había negociado con dos traficantes, Otto Ernst Remer y Ernst Wilhelm Springer, para comprar 4.000 pistolas.

La conclusión a la que llegaron los funcionarios del servicio secreto alemán fue que el régimen cubano quería reducir su dependencia de la compra de armas de producción soviética.

Octubre de 1962 fue el mes en el que Estados Unidos y la URSS estuvieron a punto de entrar en guerra por los misiles rusos estacionados en la isla caribeña.

El enfrentamiento de 13 días, entre el 16 y el 28 de octubre, terminó cuando se alcanzó un acuerdo secreto entre el presidente estadounidense John F. Kennedy y el primer ministro soviético Nikita Khrushchev.

Públicamente, los soviéticos acordaron desmantelar las armas en Cuba y devolverlas a la Unión Soviética, sujeto a la verificación de las Naciones Unidas.

A su vez, Estados Unidos acordó declarar que nunca invadiría Cuba. En secreto, Estados Unidos también acordó desmantelar todos los IRBM Júpiter construidos en Estados Unidos y desplegados en Turquía e Italia.


ALGUNOS COMENTARIOS DEJADOS EN 2012 EN EL BLOG BARACUTEY CUBANO CUANDO SE ABORDÓ POR PRIMERA VEZ  ESA NOTICIA.

Era de esperar que los socialistas se ayudaran entre ellos. saludos

José González

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Como comentario "intersante": En Cuba conoci a un personaje que iba a la universidad de la Habana en los mismos años que Castro, y a cada rato me mencionaba la anecdota de que hubo un tiempo en que Fidel andaba con el libro Main Kampf, escrito por Hitler, debajo del brazo aun cuanod iba al baño, y alardeaba del mismo y su importancia. Este "personaje" que me hizo la anecdota entre otras le decian "El cojo Dracula", su nombre era Alfonso, trabajo por muchos años en la Biblioteca Nacional. saludos

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ARTÍCULO ORIGINAL:

Tomado de https://economictimes.indiatimes.com/

Fidel Castro recruited ex-Nazis to train troops during Cold War'

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Synopsis

Fidel Castro recruited former Nazis to train Cuban troops at the height of the Cold War, according to newly released German secret service files.

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Last Updated: Oct 16, 2012

NEW YORK: Fidel Castro recruited former Nazis to train Cuban troops at the height of the Cold War, according to newly released German secret service files.

Castro, the then Communist President of Cuba, also bought 4,000 Belgian-fabricated arms from two middle-men who had strong links to the extreme German right.

It sheds light on the extent Castro, who in public was stringently committed to socialism, was willing to go in order to further his grip on the island nation and prevent an invasion from the US.

Bodo Hechelhammer, historical investigations director at German foreign intelligence agency Bundesnachrichtendienst (BND) said: "Evidently, the Cuban revolutionary army did not fear contagion from personal links to Nazism, so long as it served its objectives."

The documents, released by the BND and published online by German newspaper Die Welt, show a series of plans developed in October 1962, at the height of the Cuban Missile Crisis.

(Otto Ernst Remer, cuando era General de la Alemania nazi; en la foto con la  Cruz de Hierro; muy alta condecoración militar nazi. Foto y comentario añadido  al artículo por el Bloguista del blog Baracutey Cubano)

They reveal that two of the four former Nazi SS officers invited to La Havana had taken up the offer, and that they would receive 'substantial wages' of more than four times the average German salary at that time, the New York Daily News reported.

And regarding the purchase of right-wing linked arms, they show how Castro, now 86, had dealt with two traffickers, Otto Ernst Remer and Ernst Wilhelm Springer, in buying 4,000 pistols.

The conclusion drawn by German secret service officials was that the Cuban regime wanted to lessen its dependence on buying Soviet-produced arms.

October 1962 was the month that the US and the USSR came close to going to war over Russian missiles stationed on the Caribbean island.

The 13-day confrontation, between October 16 and 28, ended when a secret deal was reached between US President John F Kennedy and Soviet Premier Nikita Khrushchev.

Publicly, the Soviets agreed to dismantle the weapons in Cuba and return them to the Soviet Union, subject to United Nations verification.

In turn, the US agreed to declare that it would never invade Cuba. Secretly, the US also agreed it would dismantle all US-built Jupiter IRBMs deployed in Turkey and Italy.

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¿Quién fue Juan Prohías del que se habla en el video?

Tomado de Biblioteca Sefarad

 Juan Prohías Figueredo, periodista, reclutado por la Gestapo, había creado el 24 de septiembre de 1938 el Partido Nazi Cubano. En su programa de radio Hora Liberal Independiente, arremetía diariamente contra los judíos y sus posibles inmigrantes. Atacaban a los judíos y los inmigrantes como causantes de los males de Cuba. Las acciones contra los judíos se intensificaron a partir del estallido de la Guerra Civil Española, en julio de 1936. La Gestapo fue la encargada de reclutar a los hombres que formarían su quinta columna en Cuba. Su objetivo sería, como el de todas las quintas columnas de Alemania, propagar la ideología nazi y servir de apoyo a Alemania ante cualquier contingencia.

Sobre la llegada de judíos a Cuba, véase el artículo de Isis Wirth, “¿Existió complicidad del gobierno cubano con Goebbels en 1939?” (Munich | 23/01/2013 11:00 am)

Véase: https://www.cubaencuentro.com

y Javier del Campom “El drama del buque Saint Louis en La Habana (mayo de 1939)” (21 junio, 2015).

Véase: https://mundialino.wordpress.com/

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En el siguiente fragmento del artículo  Las huellas del nazismo en Cuba , del periodista oficialista cubano Dariel Alba Bermúdez y publicado en el diario cubano (más especificamente cienfueguero) 5 de Septiembre  en el año 2023,  se habla del nazismo en Cuba, pero tal parece que en su investigación no encontró o no quiso incluir  los nombres y la labor en Cuba de  los ex nazi  Otto Ernst Remer y Ernst Wilhelm Springer  pese a que el artícuñp publicado en el Economic Times  es del año 2012. 

Tomado de https://www.5septiembre.cu/

Las huellas del nazismo en Cuba

  Por Dariel Alba Bermúdez

9 agosto, 2023

Asimismo, algunos elementos de la ideología nazi habían sido asimilados por la sociedad nacional. Para aseverar la afirmación anterior, sobresale una crónica periodística realizada por un corresponsal norteamericano del New York Tribune, el 18 de abril de 1838, titulada “Las actividades del fascismo en Cuba” donde recoge las actividades de organización por un grupo ascendente a 5 000 personas simpatizantes con las posturas nacionalista del país teutón. Por otro lado, la agudización de la lucha contra el gobierno de Gerardo Machado Morales, en los inicios de la década del 30, hizo posible el surgimiento de instituciones opuestas al régimen, entre las que sobresalió el ABC. Varios investigadores, como Juan Chongo Leiva y José Tabares del Real, consideran al ABC como la primera manifestación organizada del fascismo en la Isla. Contraria al Partido Comunista y a la Joven Cuba, esta organización integrada por Joaquín Martínez Sáenz, Alfredo Botet, Ramón O. Hermida, Carlos Saladrigas y otros más organizaron la fracasada Marcha sobre La Habana, el 17 de junio de 1934, al estilo de la desarrollada por Benito Mussolini sobre Roma, en 1922. Igualmente, los partidarios del ABC utilizaron los atentados y secuestros como forma de lucha. Además, se convirtió en la cantera primaria donde los ideólogos fascistas fijaron su interés para la captación de futuros agente

No obstante, la mayor influencia ejercida en la Isla por estos nacionalismos provenientes del Viejo Continente tuvo su cúspide en el establecimiento del Partido Nazi Cubano. La legalización del mismo quedó registrada en la capital, el 13 de octubre de 1938. Parece contradictorio y hasta es motivo de risa que su membresía no estuvo compuesta por altos, rubios y fornidos germanos descendientes de la raza aria; sino todo lo contrario. Lo que sí se puede certificar, como copia fiel de su homólogo alemán, es que en él no militaron negros ni hebreos. Su primer presidente fue Juan Prohías Figueredo, quien actuaba por ese entonces como corresponsal del periódico cienfueguero La Correspondencia en La Habana y, además, fungía como propietario de una pequeña planta de radio que, situada en su domicilio, era utilizada para darle propaganda a la institución creada por él. Gracias a ello, el acto fundacional el partido se contaba con 200 socios.

Los nuevos partidarios no pertenecían a la alta burguesía nacional; eran comerciantes y empleados que, apasionados con los éxitos del ejército nazi en Austria, en 1938, zanjaron crear un organismo político de tales magnitudes. El lugar fundacional escogido por Juan Prohías Figueredo fue la propia la Embajada de Austria de La Habana. Sobre este suceso, el encargado de negocios del III Reich en Cuba, Dr. Walter Kaempffe, agasajó el quehacer de estos hombres mediante una entrevista concedida a reporteros nacionales desde la sede del consulado alemán en Matanzas. Tras la fundación, su directiva quedó constituida por su creador en los cargos de presidente y tesorero; Manuel Fraga como vicepresidente, Manuel Montoto como secretario, Roberto Fernández, Jorge Alberto Morales y Antonio Paret como vocales; y Darío Prohías Bello, Gregorio Alonso y Manuel Rodríguez como vocales suplentes.

Durante su existencia, el Partido Nazi Cubano desarrolló una campaña propagandística dentro de la sociedad cubana sobre las supuestas bondades de la Alemania hitleriana que iban desde manifiestos, transmisiones radiales interminables donde el comunismo y los hebreos eran los temas predilectos de los ataques, y pocas actividades fuera de su local en busca de nuevos adeptos, el cual residía en el domicilio de su fundador. En abril de 1939, el partido cambió su nombre al de Asociación Quinta Columna y, también, mudó su sitio de reuniones a la Calle Calzada No. 511, entre D y E, en el Vedado habanero. El término Quinta Columna se usó en la Guerra Civil Española (1936-1939) para referirse a aquel sector de la población que mantuvo ciertas lealtades, reales o percibidas, hacia el bando enemigo; es decir, espías, agentes clandestinos y saboteadores. La metamorfosis de su nombre estuvo dado en los avances de Alemania por el continente europeo y en el rechazo al comunismo. Esto último, fue una de las primeras cosas reflejadas en su nuevo reglamento: “El objeto y fines de esta Asociación serán: combatir el comunismo en cuanto pretenda modificar el régimen institucional y los principios inmanentes que regulan haciendas y vidas, y muy especialmente la propiedad privada, para lo cual patrocinará actos para la divulgación y propaganda de las doctrinas opuestas a las tendencias extremistas (…)”[1] Es por ello, que la versión cubana de Quinta Columna se  declararon enemigos tenaces del sector obrero progresista y de los partidarios de las ideas comunistas.

El otro cambio a considerar, fue la oposición a los inmigrantes que entraban en la Isla, sobre todos los hebreos, quienes huían de los crímenes hitlerianos en Europa y la petición al gobierno de la República de Cuba de restringir la emisión de licencias para comercios e industrias solicitadas por extranjeros. Las modificaciones al reglamento de la institución motivaron un sinfín de denuncias y protestas por parte de sindicatos, partidos políticos, organizaciones cívicas y ciudadanos. Sin embargo, la mala fortuna de los columnistas se acrecentó con los graves acontecimientos acaecidos al otro lado del mundo y, es por ello, que el 1 de septiembre de 1940, el Gobierno Provisional de la capital declaró abolida a la Quita Columna y el cese de sus actividades. De este modo, finalizaron las ilusiones de los partidarios de Adolfo Hitler en Cuba.

No obstante, la efímera existencia del Partido Nazi Cubano, primero, y después la Quinta Columna no significó la única relación de la Isla con los regímenes nacionalistas del Viejo Continente. El 7 de marzo de 1938, surgió otra institución simpatizante con las ideas del autor del libro Mein Kampf –Mi Lucha–, la Legión Estudiantil de Cuba (LEC). Dirigida por el matancero Jesús M. Marinas Álvarez, la asociación tenía como objetivo principal la unión de los estudiantes cubanos en los distintos niveles de enseñanza para luchar por la restauración de la moral cristiana e infundir en las conciencias de los habitantes de la mayor de Las Antillas el amor al estudio y a la Patria. Sin embargo, su verdadera función estaba dada en saturar al estudiantado de ideas fascistoides y utilizarlos como fuerza de choque contra los grupos progresistas y los partidarios del comunismo. Aunque fueron un poco más activos que el Partido Nazi Cubano, las acciones de los legionarios no fue más allá de la celebración de mítines públicos, propaganda y proclamación de manifiestos en apoyo al III Reich. Incluso llegaron a usar una vestimenta desconocida a los ojos de los nacidos en la Isla: camisas grises de manga larga, pantalones oscuros, botas negras y en el brazo un distintivo brazalete con la insignia de la LEC. Este “uniforme”no era más que una semejanza con los «camisas negras italianos», los «camisas azules españoles» y los «camisas negras alemanes». La entrada de los Estados Unidos a la conflagración y la posterior delineación de Cuba con la política norteamericana matizaron el final de los legionarios encabezados por Marinas Álvarez.

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En el ensayo Lo quinta columna en Cuba (1936-1942)  de la autoría de Magalit Bejarano   se amplía un poco más que lo escrito en el diario 5 de Septiembre, aunque  se mantiene la línea de las fuentes oficialistas del castrismo. A continuación dos pequeñas capturas de  pantalla de ese ensayo el cual pueden leer íntegramente haciendo click en el título del ensayo que aparece en este párrafo.




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ALGUNOS COMENTARIOS DEJADOS

Era de esperar que los socialistas se ayudaran entre ellos. saludos
José González
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Como comentario "intersante": En Cuba conoci a un personaje que iba a la universidad de la Habana en los mismos años que Castro, y a cada rato me mencionaba la anecdota de que hubo un tiempo en que Fidel andaba con el libro Main Kampf, escrito por Hitler, debajo del brazo aun cuanod iba al baño, y alardeaba del mismo y su importancia. Este "personaje" que me hizo la anecdota entre otras le decian "El cojo Dracula", su nombre era Alfonso, trabajo por muchos años en la Biblioteca Nacional. saludos

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martes, julio 30, 2024

El escritor William Navarrete entrevista a la profesora Leonor Lobo Montalvo, hija de Julio Lobo, magnate y zar azucarero cubano de origen venezolano al que la Robolución le robó sus propiedades incluyendo colecciones de arte y de carácter histórico

 Tomado de https://www.cubanet.org/

“Todo lo que se exhibe en el Museo Napoleónico son los objetos que nos robaron”

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El escritor William Navarrete entrevista a la profesora Leonor Lobo Montalvo, hija del magnate azucarero cubano Julio Lobo.

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Por William  Navarrete

30 D de julio, 2024 

VERO BEACH, Estados Unidos. – Todos los cubanos sabemos que Julio Lobo fue el hombre más rico de Cuba antes de 1959. Su imperio, fundado en el azúcar, cubría unos 16 centrales azucareros repartidos en las seis provincias de la Isla: Agabama, Pilón, Tinguaro, San Cristóbal, Fidencia, Unión Central, Perseverancia, Caracas, Niquero, La Francia, Tánamo, El Pilar, Araújo, Hershey, San Antonio y Rosario. ¡Si con solo tener uno bastaba para tener yates y aviones privados, cualquiera puede imaginarse lo que significaba tener 16! También organizó el Banco Financiero, del que era el mayor accionista, y poseía las navieras Cubana del Atlántico S.A. y Cubamar S.A., la línea de navegación Golfo Cuba S.A. y la operadora marítima Unión S.A.

Pero, “quien tiene amigos tiene un central”, dice el dicho cubano, y Lobo tenía los dos porque no solo se dedicaba al mundo empresarial, sino que fue un gran apasionado de la vida y obra de Napoleón Bonaparte y, por esta razón, había logrado atesorar la colección de documentos, libros y objetos de arte más grande fuera de Francia relacionada con la vida del emperador de los franceses. A su salida de Cuba, esta colección fue confiscada y colocada en La Dolce Dimora, la mansión también confiscada de Orestes Ferrara para exhibirla en una nueva institución que el Gobierno cubano llamó Museo Napoleónico.

Fue Grace Piney, editora de una de mis novelas hoy establecida en Miami, quien me habló de Leonor Lobo Montalvo, hija ya nonagenaria del acaudalado cubano. Me dijo que vivía en Vero Beach (centro de Florida) desde hacía cinco décadas y que valía la pena visitarla para entrevistarla. Me sirvió prácticamente de cicerón en esta tarea ―Vero Beach no queda tan cerca de Miami como pensaba― el artista Claudio Castillo, emparentado además con la familia, quien me ayudó a reunir las fotos y limar la entrevista porque a Leonor le gusta que las cosas queden bien y es muy cuidadosa con todo lo que publica. De hecho, no suele dar entrevistas largas como esta.

Durante nuestras conversaciones me di cuenta enseguida de que es alguien que habla el español perfectamente, que no olvida sus raíces y posee una jerga dicharachera de la Cuba de otros tiempos que es una delicia. Su memoria es excelente, y la manera en que permanece alerta con cada detalle admirable. 

―Cuéntenos de sus orígenes, de sus padres y abuelos, y de los primeros recuerdos de Cuba.

―Nací en La Habana, exactamente en El Vedado, el 29 de enero de 1933. Mi padre, Julio Lobo Olavarría, poseía varios centrales azucareros. Pero era un hombre de pasiones y una de ellas lo llevó a atesorar miles de objetos relacionados con Napoleón Bonaparte, el emperador de los franceses. Mis abuelos paternos eran Heriberto Lobo Senior, originario de Willemstad, isla holandesa de Curazao, pero establecido desde joven en Caracas (Venezuela), y Virginia Olavarría, de una eminente familia venezolana. A mi padre la fortuna no le venía exclusivamente por su padre, sino que trabajó mucho para fundar su propio imperio. Mi abuelo tenía algún dinero, era de clase acomodada, pues a los 18 años entró a trabajar en un banco caraqueño, y a los 20 ya era el gerente de este. 

Curiosamente, mi abuelo Heriberto se exilió en Cuba expulsado de su país por un militar y presidente venezolano llamado Cipriano Castro, quien gobernó entre 1899 y 1908. Cipriano quiso obligarlo a abrirle las bóvedas del banco que él presidía y don Heriberto se negó. Lo mismo sucedería con nosotros, sus descendientes, pero con otro Castro, medio siglo después. 

Mi padre nació en Caracas, en 1898, pero llegó a Cuba a los dos años de edad. Dos de sus hermanos, Jacobo y Elena, nacieron en la Isla, en donde mi abuelo fue presidente de una sucursal de la North American Trust Company, además de ocuparse de la importación y exportación de granos. Mi padre no quiso dedicarse a lo mismo y le planteó a mi abuelo que deseaba estudiar Agronomía y trabajar en el ámbito del azúcar, por eso fue enviado a Estados Unidos, en donde se graduó de ingeniero agrónomo en Louisiana State University, en 1919.

Como hacendado, mi padre tuvo tierras en todas las provincias y fue propietario único o mayoritario de unos 16 centrales azucareros, empezando por el Agabama, que se encontraba en Las Villas. Este fue el primero que visité a los seis años de edad, en 1939. Los tres últimos centrales que adquirió se los compró a la compañía Hershey en 1957. A mi padre se le conoce también por su enorme colección napoleónica, pero se olvida a menudo que tenía la mayor biblioteca existente en el mundo sobre el azúcar, robada por el gobierno de Fidel Castro y trasladada completamente a la Biblioteca Nacional cuando Julio Lobo se exilió. 

En cuanto a mi madre, María de la Esperanza Montalvo Lasa, era cubana y de padres cubanos. Una niña nacida en el seno de una familia de la aristocracia cubana, a la que no enviaron nunca a un colegio para que no se mezclara con otras niñas, y que recibió solo una educación a base de institutrices y tutores que venían a su casa. Mi abuelo materno fue Eduardo Montalvo Morales y mi abuela María Esperanza Lasa del Río Noriega, muy católica, al punto que vivió con mucho desasosiego el escándalo que en la época representó para la sociedad habanera la relación bígama y posterior divorcio de Catalina Lasa, su hermana, con Luis Estévez Abreu, así como su partida a París con su amante Juan Pedro Baró. Ambos fueron los “Romeo y Julieta” cubanos del siglo XX. 

―Nace en cuna de oro y como tal la educan…

―En realidad, nací en la calle 4, entre 11 y 13 de El Vedado, al lado de la casona de mis abuelos paternos (actual Ministerio de Cultura) y a la que no nos mudamos hasta la muerte de estos. A los seis años de edad nos fuimos a una casa en la Quinta Avenida de Miramar pues mi madre no se llevaba bien con sus suegros. Hay que decir que mi abuela paterna era de armas tomar, una mujer que sabía cocinar y hacer de todo, mientras que a mi madre, muy poquita cosa, le gustaba dormir las mañanas, algo que escandalizaba a su suegra. Mi padre al nacer no era tan poderoso como lo fue después. En realidad, su fortuna empezó a crecer en la década de 1940. 

Yo estudié primero el kínder en el colegio Margot Párraga, una institución en El Vedado, para niñas de la sociedad y luego me mandaron al Ruston, en donde recibíamos casi toda la educación en inglés. Después me pusieron en el Baldor, también en El Vedado y, por último, me enviaron a un colegio en Connecticut (Estados Unidos). Me gradué del Radcliffe-Harvard, en Cambridge (Massachussets) con una licenciatura en Letras. Por cierto, he seguido estudiando en esta universidad, en cursos de otoño, ya octogenaria. He sido oyente por cuatro años y seguido cursos de Filosofía China, Literatura Rusa y otras materias. 

Cuando me gradué regresé a La Habana en 1955. Ese mismo verano conocí a mi esposo, Jorge González Díez, originario de Jerez de la Frontera (Andalucía) y cuya familia tenía y tiene todavía una destilería, la González Byass, y fabrica vinos entre los que se encuentra el famoso jerez Tío Pepe. Conocí a Jorge porque estaba casualmente en La Habana visitando a uno de sus tíos. Nos casamos en 1957.

―A Julio Lobo, su padre, le fascinaba todo lo relacionado con Napoleón. ¿Puede hablarnos de esto?

―Una vez me dijo que a él lo que le fascinaba de Napoleón no era su genio militar sino su genio como estadista. También la manera en que sacó a Europa de la Edad Media pues, a pesar de que transcurría ya el siglo XIX, persistía el espíritu medieval en muchos ámbitos de la vida del Viejo Continente. Su pasión por Napoleón comenzó cuando a los 10 años su padre le regaló un autógrafo del emperador. La colección fue creciendo poco a poco gracias a la compra en subastas de muchos de los objetos que la conformaron. Lo acompañé a varias subastas en Londres y París. Esta colección empezó a atesorarla en la casa de El Vedado. En cuanto a la biblioteca, encargó a la bibliotecaria María Teresa Freyre de Andrade el procesamiento y clasificación de las obras que iba adquiriendo.

―Tengo entendido que usted fue la primera mujer que escaló el Pico Turquino, el más alto de la Isla. ¿Puede contarnos esta aventura?

―En el colegio Baldor tenía malas notas. No era una alumna aplicada. Mi padre estaba analizando enviarnos a estudiar, a mi hermana María Luisa y a mí, a Estados Unidos, pero con aquellas notas no íbamos a poder entrar a ningún colegio norteamericano. Mi padre me dijo: “Saca buenas notas y te complaceré en lo que quieras”. Y yo, muy campechana, le dije: “Me gustaría subir el Pico Turquino”. 

El Pico Turquino quedaba cerca de uno de los ingenios de mi padre: el Pilón, en Cabo Cruz (provincia de Oriente). Allí había un empleado del central, un negro cultísimo llamado Juan Vázquez que de niña me contaba leyendas increíbles del pico. Mi padre le encargaba que nos paseara a caballo a mi hermana y a mí, para que no anduviéramos solas por las faldas montañosas y los campos circundantes. Ese mismo hombre fue el que me habló del Pico Turquino como de un lugar de ensueños y por eso, en mi imaginación, había quedado como un sitio que tenía que escalar.

Mi padre organizó entonces la expedición. Viajamos de La Habana a Cabo Cruz, y una vez en el batey fue a ver al Dr. Manuel Sánchez, el padre de Celia Sánchez Manduley, por si quería que alguna de sus hijas se sumara a nuestra aventura. A eso el doctor respondió que sus hijas no eran marimachas ni se pondrían nunca pantalones. ¡Ironías de la vida, visto en lo que se convertiría pocos años después la propia Celia! Esta familia le tenía mucha consideración a mi padre, porque él siempre satisfizo todas las necesidades de ellos, y para que Manuel ejerciera correctamente su profesión de médico le enviaba desde La Habana todo lo que necesitaba. Es por eso que, en 1960, Celia fue la persona que ayudó a mi padre a salir del país. 

Cuando llegamos al batey de Cabo Cruz había una huelga. Éramos un grupo de ocho personas y para que no nos impidieran salir de la casona familiar lo hicimos de madrugada. El central y la casa quedaban a poca distancia del mar. Embarcamos todos en una lanchita hasta un poblado al pie del Pico Turquino llamado Bella Pluma. Aquel caserío me provocó gran impresión porque sus habitantes eran indios, no sabían leer, y tenían encerrado a un individuo en una jaula. Cuando les pregunté a los escasos moradores del lugar la razón, me respondieron que lo habían enjaulado porque estaba loco y no sabían qué hacer con él. 

Juan Vázquez indagó quienes querían sumarse a nuestro grupo para que nos sirvieran de guía y fueron dos los que se apuntaron y firmaron el documento con una cruz. Nos dijeron que hacía mucho tiempo nadie había subido y que los últimos en hacerlo habían sido gentes de la Sociedad Espeleológica de Cuba encabezada por Antonio Núñez Jiménez. Los trillos estaban en muy mal estado y había que abrirse paso en medio de la maleza con machetes. A mitad de la ascensión, mi hermana y mi padre no pudieron seguir y abandonaron la marcha. Pero yo dije que ya que estábamos en medio del camino quería continuar. Así fue como logré subir hasta el mismísimo pico y sacar del cofre que se conservaba debajo de una piedra en lo alto el documento que, por tradición, dejaban siempre los últimos en subirlo retirando el de sus predecesores. Sacamos entonces el documento de Núñez Jiménez y su grupo y colocamos el nuestro. Cuento esto porque cuando regresé a La Habana en avión desde Santiago me esperaba una cantidad impresionante de escolares y personas para dar vítores por la hazaña. Exhibían banderolas que decían que era una heroína. Fui famosa por dos semanas y hasta impartí conferencias en el Lyceum de El Vedado; el propio Núñez Jiménez me invitó a la Sociedad Espeleológica para que narrara mi experiencia. Lo cuento porque este mismo señor, que me agasajó tanto entonces, fue el que años después ocupó el cargo de jefe de la Reforma Agraria y nos confiscó todas las tierras que poseíamos.

Hoy en día, toda mi papelería sobre este hecho de mi vida la doné a la Universidad de Miami y puede ser consultada incluso a través de la web de esta institución.

―¿Todo fue confiscado cuando salieron del país tras el triunfo del castrismo?

―Pasaron muchas cosas. La colección que el Gobierno cubano muestra ahora se encuentra en lo que ellos llaman el Museo Napoleónico, instalado en la que fue la casa del senador Orestes Ferrara, en la calle Ronda y San Miguel, detrás de la Universidad de La Habana. Sigue siendo la colección de este tema más importante fuera de Francia por la gran cantidad de objetos, obras de arte, libros, documentos, mapas, periódicos, diarios de campaña, entre otras piezas relativas a Napoleón que la conforman. 

Cuando se precipitaron los acontecimientos con la llegada del castrismo, Jorge, con quien ya estaba casada, y yo intentamos salvar cientos de manuscritos y documentos. Hicimos cosas de locura porque una noche a las 3:00 a.m. le tocamos la puerta al embajador de Gran Bretaña, un solterón que daba muchas fiestas y asistía siempre a las nuestras, y quien ya me había invitado a tocar a su puerta en caso de aprietos. El caso fue que, aquella noche, literalmente se la tocamos y salió una criadita asustada que me dijo que a esa hora ella no podía despertar al embajador. Entonces le solté dos o tres malas palabras y la conminé para que lo despertara, cosa que finalmente hizo, y el embajador bajó al fin envuelto en una bata escocesa para recibirnos. Cuando le dijimos que habíamos metido en cajas que parecían de armamentos cientos de documentos de la colección de mi padre y que necesitaba que nos los cuidara para sacarlos del país, se aterrorizó y dijo que de ninguna manera podía ayudarnos. Entonces, como a pocas cuadras quedaba la residencia del embajador de Francia, acudimos a él. Y a esa hora repetimos la gestión de tocarle la puerta y, muy amablemente, el francés accedió a guardarnos aquellos valiosos documentos de la colección. El caso fue que nunca más supimos de la caja ni de su contenido, y todo se perdió definitivamente.

Así y todo, pudimos sacar cientos de cartas y otros papeles a través de un hombre de color, Norberto, empleado que se movía entre dos aguas, o sea, del lado de los fidelistas, pero que a la vez conservaba vínculos con muchas de las familias de la burguesía porque había trabajado para la Bacardí y de noche como mayordomo en fiestas y recepciones elegantes de antes de 1959. No sé cómo lo logró, pero gracias a él pude sacar hacia España muchas de estas cosas.

―¿Cómo logran salir de Cuba?

―El primero en salir fue Julio Lobo, mi padre. Nosotros lo acompañamos al aeropuerto, un 13 de octubre de 1960, en que tomó un avión con destino a Nueva York. El Che lo había convocado a su despacho y le propuso que se convirtiera en gerente general de la industria azucarera o algo así y de todas sus propiedades y centrales; le dejaban el usufructo del Tinguaro (en Perico, provincia de Matanzas), que era su preferido, y en donde había recibido a decenas de huéspedes ilustres desde Esther Williams y Maurice Chevalier hasta Ginger Rogers, Joan Fontaine y Richard Burton, sin contar las fastuosas fiestas que había dado en este sitio. Mi padre le preguntó qué sucedería si se negaba, a lo que el Che le respondió: “Te dejo desnudo”. Y mi padre le dijo: “Los mejores momentos de mi vida los he pasado desnudo”. Aquella misma noche mi padre llegó a la casa a las 3:00 a.m. y nos dijo: “Comiencen a empacar”. 

Como mi esposo era español, nosotros nos creíamos protegidos, pero eso no fue así. Decidimos escondernos en casa de una prima lejana y llamamos a Norberto, pues sabíamos que él hacía maromas para sacar a las personas del país y, como ya dije, los objetos y las cosas personales también. Norberto nos preguntó que hacia dónde deseábamos irnos, y yo le dije que, a cualquier sitio, hasta la mismísima Conchinchina, por tal de irnos de Cuba. Entonces nos dijo: “Mañana se van para el aeropuerto, discretamente, con una maleta pequeña. Yo me reuniré con ustedes allí”. 

Lo obedecimos y cuando llegamos el aeropuerto de Rancho Boyeros estaba abarrotado. Nos pusimos en la fila y nos dimos cuenta de que, al final, justo antes de salir para la pista, había una funcionaria del G-2 que verificaba los papeles y hacía preguntas a cada persona que pretendía viajar. En eso estábamos cuando por la megafonía anunciaron que si en la sala había alguien llamado Jorge González que se presentara porque esa persona no podía viajar. Imagínate, se trataba de mi esposo, de modo que decidimos hacernos los chivos con tontera y seguir en la cola. Mirábamos para todas partes, buscando a Norberto, quien nos había prometido que estaría allí por si se nos presentaba alguna complicación, pero no aparecía. Nos daba mala espina no verlo, pero ya no podíamos dar marcha atrás. Llevábamos a nuestro hijo Boris, con solo año y medio, quien no paraba de llorar y gritar. Entonces, justo cuando llegamos a la mujer apareció Norberto. La agente de la Seguridad al descubrir la identidad de Jorge dijo que esa persona, tal y como habían anunciado, no podía viajar. Fue entonces que Norberto le dijo: “Chica, este no es el Jorge que están buscando, Jorge González hay miles, y al que están buscando es cubano y este señor como ves es español”. La funcionaria titubeó, pero Norberto la convenció y nos dejó salir a la pista y subir, al fin, al avión. 

En la cabina había un calor horrible, nos tuvieron sin aire acondicionado hora y media, y yo aterrorizada con la idea de que nos bajaran. Incluso, estando ya todos los pasajeros sentados, un militar dio una patada y penetró en la cabina. Nosotros pensábamos que era a nosotros a quien venía a buscar, pero fue directo hacia un anciano y lo bajaron dando gritos del avión. Al fin el avión despegó y cuando aterrizamos en Fort Lauderdale rompí en llanto. Era libre, habíamos logrado escapar de aquel infierno, y poner fin a tantas angustias.

―¿Cómo fueron los primeros años en el exilio?

―Nos fuimos inmediatamente a Nueva York, donde ya estaban instalados mis padres. No había cubano en el exilio que no creyera que en tres semanas estaríamos de regreso a la Isla. El tiempo fue pasando y cuando ocurrió el fracaso de la invasión de bahía de Cochinos nos dimos cuenta de que aquello era para largo. Vivimos en Nueva York hasta 1966, pero a mi esposo le propusieron un buen puesto en Madrid y nos mudamos a España. También mi padre se fue a España, y allí vivió el resto de su exilio hasta su muerte en 1983, a los 84 años, en la capital española, en donde fundó el Centro Cubano y estuvo muy vinculado a las actividades de los exiliados. Fue enterrado en la catedral de La Almudena, junto a su hermana Elena. 

―Pero tengo entendido que usted termina instalándose en Florida…

―En efecto. Mi padre nos había regalado a mi hermana María Luisa y a mí por nuestros matrimonios lo que yo llamo un pantano, en el centro de Florida, en Vero Beach. Eran 535 acres de manglares y pantanos inutilizables. En 1969 un abogado amigo de la familia nos advirtió que el administrador de aquellas tierras estaba haciendo muy mal trabajo y hasta había falsificado mi firma para apropiarse de no sé cuántos acres. Entonces Jorge decidió tomar cartas en el asunto y viajar a Florida para que pudiéramos ocuparnos de este asunto en el terreno.

Cuando llegamos en 1971 y vi el lugar me quiso dar un infarto. Allí no había nada, era un paisaje árido y casi lunar. Pero a mi esposo, que rehuía las grandes ciudades, le encantó. Se dio cuenta del potencial del sitio en el que todo estaba por construir, pero ante mi insistencia de que regresáramos a Madrid empezó a entretenerme y a hacerme el cuento de que él se estaba ocupando de dejar todo arreglado antes del regreso. 

El caso fue que, conocí al director de Saint Edward’s, una escuela privada que era la primera de aquel lugar, pegada a The Moorings, y me propuso que me convirtiera en profesora de Literatura, y luego en presidenta del Departamento de Inglés. Al final, me gustó tanto lo que hacía, mi relación con los alumnos y lo que aprendía enseñando que ni cuenta me di de que habían pasado seis años en aquel lugar en el que me sentía tan a gusto, pero tuve que dimitir para terminar un máster en la Universidad de Middlebury. Mientras tanto, Jorge urbanizó todo aquello. The Moorings fue dragado y convertido entre 1971 y 1984 por mi esposo en lo que es hoy, una comunidad próspera con casas familiares de lujo y marinas para yates. Así fue como cursé un máster y me quedé trabajando en ese sitio. Poco después me impliqué en la fundación del museo de arte local, el Vero Beach Museum of Art, una labor titánica, que es, hoy por hoy, la principal atracción del sitio en que ya he vivido los últimos 55 años de mi vida.

―¿Volvió alguna vez a Cuba? 

―En 2016 cuando Barack Obama restableció las relaciones de Estados Unidos con Cuba, quise mostrarle a mi hijo el país en que nació y del que se fue con año y medio. En realidad, yo no pensaba hacerlo, ni volver nunca, pero me dije que el día en que yo muriera mi hijo iba a ir sin mí, al menos por curiosidad, y que para que cualquiera le hiciera otro cuento prefería mostrarle yo los sitios afectivos que tenían que ver con nuestra historia familiar. 

Recuerdo que en el taxi que nos conducía del aeropuerto al hotel Saratoga, en frente del Capitolio, en que nos alojamos, iba tratando de reconocer los sitios. Quedé tan asombrada de la destrucción que le pregunté al chofer si habían sufrido un bombardeo reciente. “Bombardeo no, chica, lo que ves es una Habana que se desplomó”, afirmó. 

Nos quedamos en el hotel que dije, pero a los pocos días nos sacaron de allí porque era donde se iba a quedar Barack Obama y su séquito. Entonces nos trasladaron al palacete de los condes de Santovenia, cerca de la bahía, en La Habana Vieja.

Por cierto, tuve la misma impresión que cuando visité San Petersburgo porque habían colocado tarjas de homenaje o recordatorio de personajes ilustres que ellos mismos habían despojado de sus bienes o condenado al exilio. En el caso de mi padre, una tarja recordaba el lugar en donde había tenido su oficina antes de que le expoliaran todos sus bienes. Y en otras partes, como en el cementerio Colón, sucedió lo contrario: arrancaron la tarja de la tumba de mi familia para poner otra con nombres diferentes en su lugar. Tengo fotos de todos esos sitios.

―¿Qué visitó y qué impresiones tuvo?

―De más está decirte que todo daba grima. Nada funcionaba. Los hoteles muy bonitos pero los inodoros tupidos. Todo sucio. Nos pusieron una especie de guía, muy amable, que nos acompañó a varios lugares. Quise llevar a Boris a ver el central Hershey, unos de los más hermosos que poseía mi padre, y me encontré un campo de ruinas. Solo quedaban chatarra y pedazos de hierro. Los mayores, cuando se enteraron de que éramos la hija y el nieto de Julio Lobo, nos decían: “Ay, ¡por qué no regresan y se ocupan de todo esto como antes!”.

Yo había salido de Cuba a los 27 años, de modo que tenía una memoria vívida de la Isla. Fuimos a Varadero, y en este balneario que antes era un crisol estuvimos en la Villa Xanadu, la antigua casa de Irénée Dupont de Nemours, que yo conocía muy bien por haber estado allí mismo almorzando con mi padre y su propietario. Imagínate que las ventanas se habían perdido y cuando les pregunté qué hacían cuando llovía, me dijeron que tapaban los huecos con lonas o planchas de madera.

No es por despecho, sino que realmente todo daba asco. La mediocridad general era galopante. En esas condiciones no quise ni siquiera visitar el Museo Napoleónico. Todo lo que exhiben allí son los objetos que nos robaron y temía que me diera un ataque de rabia. 

En cuanto a mi hijo, él no tiene las mismas referencias que yo. Y como hombre de negocios, al salir de Cuba, me dijo: “Este sitio es un buen lugar porque todo, absolutamente todo, está por hacer”.

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