martes, julio 30, 2024

El escritor William Navarrete entrevista a la profesora Leonor Lobo Montalvo, hija de Julio Lobo, magnate y zar azucarero cubano de origen venezolano al que la Robolución le robó sus propiedades incluyendo colecciones de arte y de carácter histórico

 Tomado de https://www.cubanet.org/

“Todo lo que se exhibe en el Museo Napoleónico son los objetos que nos robaron”

********

El escritor William Navarrete entrevista a la profesora Leonor Lobo Montalvo, hija del magnate azucarero cubano Julio Lobo.

********

Por William  Navarrete

30 D de julio, 2024 

VERO BEACH, Estados Unidos. – Todos los cubanos sabemos que Julio Lobo fue el hombre más rico de Cuba antes de 1959. Su imperio, fundado en el azúcar, cubría unos 16 centrales azucareros repartidos en las seis provincias de la Isla: Agabama, Pilón, Tinguaro, San Cristóbal, Fidencia, Unión Central, Perseverancia, Caracas, Niquero, La Francia, Tánamo, El Pilar, Araújo, Hershey, San Antonio y Rosario. ¡Si con solo tener uno bastaba para tener yates y aviones privados, cualquiera puede imaginarse lo que significaba tener 16! También organizó el Banco Financiero, del que era el mayor accionista, y poseía las navieras Cubana del Atlántico S.A. y Cubamar S.A., la línea de navegación Golfo Cuba S.A. y la operadora marítima Unión S.A.

Pero, “quien tiene amigos tiene un central”, dice el dicho cubano, y Lobo tenía los dos porque no solo se dedicaba al mundo empresarial, sino que fue un gran apasionado de la vida y obra de Napoleón Bonaparte y, por esta razón, había logrado atesorar la colección de documentos, libros y objetos de arte más grande fuera de Francia relacionada con la vida del emperador de los franceses. A su salida de Cuba, esta colección fue confiscada y colocada en La Dolce Dimora, la mansión también confiscada de Orestes Ferrara para exhibirla en una nueva institución que el Gobierno cubano llamó Museo Napoleónico.

Fue Grace Piney, editora de una de mis novelas hoy establecida en Miami, quien me habló de Leonor Lobo Montalvo, hija ya nonagenaria del acaudalado cubano. Me dijo que vivía en Vero Beach (centro de Florida) desde hacía cinco décadas y que valía la pena visitarla para entrevistarla. Me sirvió prácticamente de cicerón en esta tarea ―Vero Beach no queda tan cerca de Miami como pensaba― el artista Claudio Castillo, emparentado además con la familia, quien me ayudó a reunir las fotos y limar la entrevista porque a Leonor le gusta que las cosas queden bien y es muy cuidadosa con todo lo que publica. De hecho, no suele dar entrevistas largas como esta.

Durante nuestras conversaciones me di cuenta enseguida de que es alguien que habla el español perfectamente, que no olvida sus raíces y posee una jerga dicharachera de la Cuba de otros tiempos que es una delicia. Su memoria es excelente, y la manera en que permanece alerta con cada detalle admirable. 

―Cuéntenos de sus orígenes, de sus padres y abuelos, y de los primeros recuerdos de Cuba.

―Nací en La Habana, exactamente en El Vedado, el 29 de enero de 1933. Mi padre, Julio Lobo Olavarría, poseía varios centrales azucareros. Pero era un hombre de pasiones y una de ellas lo llevó a atesorar miles de objetos relacionados con Napoleón Bonaparte, el emperador de los franceses. Mis abuelos paternos eran Heriberto Lobo Senior, originario de Willemstad, isla holandesa de Curazao, pero establecido desde joven en Caracas (Venezuela), y Virginia Olavarría, de una eminente familia venezolana. A mi padre la fortuna no le venía exclusivamente por su padre, sino que trabajó mucho para fundar su propio imperio. Mi abuelo tenía algún dinero, era de clase acomodada, pues a los 18 años entró a trabajar en un banco caraqueño, y a los 20 ya era el gerente de este. 

Curiosamente, mi abuelo Heriberto se exilió en Cuba expulsado de su país por un militar y presidente venezolano llamado Cipriano Castro, quien gobernó entre 1899 y 1908. Cipriano quiso obligarlo a abrirle las bóvedas del banco que él presidía y don Heriberto se negó. Lo mismo sucedería con nosotros, sus descendientes, pero con otro Castro, medio siglo después. 

Mi padre nació en Caracas, en 1898, pero llegó a Cuba a los dos años de edad. Dos de sus hermanos, Jacobo y Elena, nacieron en la Isla, en donde mi abuelo fue presidente de una sucursal de la North American Trust Company, además de ocuparse de la importación y exportación de granos. Mi padre no quiso dedicarse a lo mismo y le planteó a mi abuelo que deseaba estudiar Agronomía y trabajar en el ámbito del azúcar, por eso fue enviado a Estados Unidos, en donde se graduó de ingeniero agrónomo en Louisiana State University, en 1919.

Como hacendado, mi padre tuvo tierras en todas las provincias y fue propietario único o mayoritario de unos 16 centrales azucareros, empezando por el Agabama, que se encontraba en Las Villas. Este fue el primero que visité a los seis años de edad, en 1939. Los tres últimos centrales que adquirió se los compró a la compañía Hershey en 1957. A mi padre se le conoce también por su enorme colección napoleónica, pero se olvida a menudo que tenía la mayor biblioteca existente en el mundo sobre el azúcar, robada por el gobierno de Fidel Castro y trasladada completamente a la Biblioteca Nacional cuando Julio Lobo se exilió. 

En cuanto a mi madre, María de la Esperanza Montalvo Lasa, era cubana y de padres cubanos. Una niña nacida en el seno de una familia de la aristocracia cubana, a la que no enviaron nunca a un colegio para que no se mezclara con otras niñas, y que recibió solo una educación a base de institutrices y tutores que venían a su casa. Mi abuelo materno fue Eduardo Montalvo Morales y mi abuela María Esperanza Lasa del Río Noriega, muy católica, al punto que vivió con mucho desasosiego el escándalo que en la época representó para la sociedad habanera la relación bígama y posterior divorcio de Catalina Lasa, su hermana, con Luis Estévez Abreu, así como su partida a París con su amante Juan Pedro Baró. Ambos fueron los “Romeo y Julieta” cubanos del siglo XX. 

―Nace en cuna de oro y como tal la educan…

―En realidad, nací en la calle 4, entre 11 y 13 de El Vedado, al lado de la casona de mis abuelos paternos (actual Ministerio de Cultura) y a la que no nos mudamos hasta la muerte de estos. A los seis años de edad nos fuimos a una casa en la Quinta Avenida de Miramar pues mi madre no se llevaba bien con sus suegros. Hay que decir que mi abuela paterna era de armas tomar, una mujer que sabía cocinar y hacer de todo, mientras que a mi madre, muy poquita cosa, le gustaba dormir las mañanas, algo que escandalizaba a su suegra. Mi padre al nacer no era tan poderoso como lo fue después. En realidad, su fortuna empezó a crecer en la década de 1940. 

Yo estudié primero el kínder en el colegio Margot Párraga, una institución en El Vedado, para niñas de la sociedad y luego me mandaron al Ruston, en donde recibíamos casi toda la educación en inglés. Después me pusieron en el Baldor, también en El Vedado y, por último, me enviaron a un colegio en Connecticut (Estados Unidos). Me gradué del Radcliffe-Harvard, en Cambridge (Massachussets) con una licenciatura en Letras. Por cierto, he seguido estudiando en esta universidad, en cursos de otoño, ya octogenaria. He sido oyente por cuatro años y seguido cursos de Filosofía China, Literatura Rusa y otras materias. 

Cuando me gradué regresé a La Habana en 1955. Ese mismo verano conocí a mi esposo, Jorge González Díez, originario de Jerez de la Frontera (Andalucía) y cuya familia tenía y tiene todavía una destilería, la González Byass, y fabrica vinos entre los que se encuentra el famoso jerez Tío Pepe. Conocí a Jorge porque estaba casualmente en La Habana visitando a uno de sus tíos. Nos casamos en 1957.

―A Julio Lobo, su padre, le fascinaba todo lo relacionado con Napoleón. ¿Puede hablarnos de esto?

―Una vez me dijo que a él lo que le fascinaba de Napoleón no era su genio militar sino su genio como estadista. También la manera en que sacó a Europa de la Edad Media pues, a pesar de que transcurría ya el siglo XIX, persistía el espíritu medieval en muchos ámbitos de la vida del Viejo Continente. Su pasión por Napoleón comenzó cuando a los 10 años su padre le regaló un autógrafo del emperador. La colección fue creciendo poco a poco gracias a la compra en subastas de muchos de los objetos que la conformaron. Lo acompañé a varias subastas en Londres y París. Esta colección empezó a atesorarla en la casa de El Vedado. En cuanto a la biblioteca, encargó a la bibliotecaria María Teresa Freyre de Andrade el procesamiento y clasificación de las obras que iba adquiriendo.

―Tengo entendido que usted fue la primera mujer que escaló el Pico Turquino, el más alto de la Isla. ¿Puede contarnos esta aventura?

―En el colegio Baldor tenía malas notas. No era una alumna aplicada. Mi padre estaba analizando enviarnos a estudiar, a mi hermana María Luisa y a mí, a Estados Unidos, pero con aquellas notas no íbamos a poder entrar a ningún colegio norteamericano. Mi padre me dijo: “Saca buenas notas y te complaceré en lo que quieras”. Y yo, muy campechana, le dije: “Me gustaría subir el Pico Turquino”. 

El Pico Turquino quedaba cerca de uno de los ingenios de mi padre: el Pilón, en Cabo Cruz (provincia de Oriente). Allí había un empleado del central, un negro cultísimo llamado Juan Vázquez que de niña me contaba leyendas increíbles del pico. Mi padre le encargaba que nos paseara a caballo a mi hermana y a mí, para que no anduviéramos solas por las faldas montañosas y los campos circundantes. Ese mismo hombre fue el que me habló del Pico Turquino como de un lugar de ensueños y por eso, en mi imaginación, había quedado como un sitio que tenía que escalar.

Mi padre organizó entonces la expedición. Viajamos de La Habana a Cabo Cruz, y una vez en el batey fue a ver al Dr. Manuel Sánchez, el padre de Celia Sánchez Manduley, por si quería que alguna de sus hijas se sumara a nuestra aventura. A eso el doctor respondió que sus hijas no eran marimachas ni se pondrían nunca pantalones. ¡Ironías de la vida, visto en lo que se convertiría pocos años después la propia Celia! Esta familia le tenía mucha consideración a mi padre, porque él siempre satisfizo todas las necesidades de ellos, y para que Manuel ejerciera correctamente su profesión de médico le enviaba desde La Habana todo lo que necesitaba. Es por eso que, en 1960, Celia fue la persona que ayudó a mi padre a salir del país. 

Cuando llegamos al batey de Cabo Cruz había una huelga. Éramos un grupo de ocho personas y para que no nos impidieran salir de la casona familiar lo hicimos de madrugada. El central y la casa quedaban a poca distancia del mar. Embarcamos todos en una lanchita hasta un poblado al pie del Pico Turquino llamado Bella Pluma. Aquel caserío me provocó gran impresión porque sus habitantes eran indios, no sabían leer, y tenían encerrado a un individuo en una jaula. Cuando les pregunté a los escasos moradores del lugar la razón, me respondieron que lo habían enjaulado porque estaba loco y no sabían qué hacer con él. 

Juan Vázquez indagó quienes querían sumarse a nuestro grupo para que nos sirvieran de guía y fueron dos los que se apuntaron y firmaron el documento con una cruz. Nos dijeron que hacía mucho tiempo nadie había subido y que los últimos en hacerlo habían sido gentes de la Sociedad Espeleológica de Cuba encabezada por Antonio Núñez Jiménez. Los trillos estaban en muy mal estado y había que abrirse paso en medio de la maleza con machetes. A mitad de la ascensión, mi hermana y mi padre no pudieron seguir y abandonaron la marcha. Pero yo dije que ya que estábamos en medio del camino quería continuar. Así fue como logré subir hasta el mismísimo pico y sacar del cofre que se conservaba debajo de una piedra en lo alto el documento que, por tradición, dejaban siempre los últimos en subirlo retirando el de sus predecesores. Sacamos entonces el documento de Núñez Jiménez y su grupo y colocamos el nuestro. Cuento esto porque cuando regresé a La Habana en avión desde Santiago me esperaba una cantidad impresionante de escolares y personas para dar vítores por la hazaña. Exhibían banderolas que decían que era una heroína. Fui famosa por dos semanas y hasta impartí conferencias en el Lyceum de El Vedado; el propio Núñez Jiménez me invitó a la Sociedad Espeleológica para que narrara mi experiencia. Lo cuento porque este mismo señor, que me agasajó tanto entonces, fue el que años después ocupó el cargo de jefe de la Reforma Agraria y nos confiscó todas las tierras que poseíamos.

Hoy en día, toda mi papelería sobre este hecho de mi vida la doné a la Universidad de Miami y puede ser consultada incluso a través de la web de esta institución.

―¿Todo fue confiscado cuando salieron del país tras el triunfo del castrismo?

―Pasaron muchas cosas. La colección que el Gobierno cubano muestra ahora se encuentra en lo que ellos llaman el Museo Napoleónico, instalado en la que fue la casa del senador Orestes Ferrara, en la calle Ronda y San Miguel, detrás de la Universidad de La Habana. Sigue siendo la colección de este tema más importante fuera de Francia por la gran cantidad de objetos, obras de arte, libros, documentos, mapas, periódicos, diarios de campaña, entre otras piezas relativas a Napoleón que la conforman. 

Cuando se precipitaron los acontecimientos con la llegada del castrismo, Jorge, con quien ya estaba casada, y yo intentamos salvar cientos de manuscritos y documentos. Hicimos cosas de locura porque una noche a las 3:00 a.m. le tocamos la puerta al embajador de Gran Bretaña, un solterón que daba muchas fiestas y asistía siempre a las nuestras, y quien ya me había invitado a tocar a su puerta en caso de aprietos. El caso fue que, aquella noche, literalmente se la tocamos y salió una criadita asustada que me dijo que a esa hora ella no podía despertar al embajador. Entonces le solté dos o tres malas palabras y la conminé para que lo despertara, cosa que finalmente hizo, y el embajador bajó al fin envuelto en una bata escocesa para recibirnos. Cuando le dijimos que habíamos metido en cajas que parecían de armamentos cientos de documentos de la colección de mi padre y que necesitaba que nos los cuidara para sacarlos del país, se aterrorizó y dijo que de ninguna manera podía ayudarnos. Entonces, como a pocas cuadras quedaba la residencia del embajador de Francia, acudimos a él. Y a esa hora repetimos la gestión de tocarle la puerta y, muy amablemente, el francés accedió a guardarnos aquellos valiosos documentos de la colección. El caso fue que nunca más supimos de la caja ni de su contenido, y todo se perdió definitivamente.

Así y todo, pudimos sacar cientos de cartas y otros papeles a través de un hombre de color, Norberto, empleado que se movía entre dos aguas, o sea, del lado de los fidelistas, pero que a la vez conservaba vínculos con muchas de las familias de la burguesía porque había trabajado para la Bacardí y de noche como mayordomo en fiestas y recepciones elegantes de antes de 1959. No sé cómo lo logró, pero gracias a él pude sacar hacia España muchas de estas cosas.

―¿Cómo logran salir de Cuba?

―El primero en salir fue Julio Lobo, mi padre. Nosotros lo acompañamos al aeropuerto, un 13 de octubre de 1960, en que tomó un avión con destino a Nueva York. El Che lo había convocado a su despacho y le propuso que se convirtiera en gerente general de la industria azucarera o algo así y de todas sus propiedades y centrales; le dejaban el usufructo del Tinguaro (en Perico, provincia de Matanzas), que era su preferido, y en donde había recibido a decenas de huéspedes ilustres desde Esther Williams y Maurice Chevalier hasta Ginger Rogers, Joan Fontaine y Richard Burton, sin contar las fastuosas fiestas que había dado en este sitio. Mi padre le preguntó qué sucedería si se negaba, a lo que el Che le respondió: “Te dejo desnudo”. Y mi padre le dijo: “Los mejores momentos de mi vida los he pasado desnudo”. Aquella misma noche mi padre llegó a la casa a las 3:00 a.m. y nos dijo: “Comiencen a empacar”. 

Como mi esposo era español, nosotros nos creíamos protegidos, pero eso no fue así. Decidimos escondernos en casa de una prima lejana y llamamos a Norberto, pues sabíamos que él hacía maromas para sacar a las personas del país y, como ya dije, los objetos y las cosas personales también. Norberto nos preguntó que hacia dónde deseábamos irnos, y yo le dije que, a cualquier sitio, hasta la mismísima Conchinchina, por tal de irnos de Cuba. Entonces nos dijo: “Mañana se van para el aeropuerto, discretamente, con una maleta pequeña. Yo me reuniré con ustedes allí”. 

Lo obedecimos y cuando llegamos el aeropuerto de Rancho Boyeros estaba abarrotado. Nos pusimos en la fila y nos dimos cuenta de que, al final, justo antes de salir para la pista, había una funcionaria del G-2 que verificaba los papeles y hacía preguntas a cada persona que pretendía viajar. En eso estábamos cuando por la megafonía anunciaron que si en la sala había alguien llamado Jorge González que se presentara porque esa persona no podía viajar. Imagínate, se trataba de mi esposo, de modo que decidimos hacernos los chivos con tontera y seguir en la cola. Mirábamos para todas partes, buscando a Norberto, quien nos había prometido que estaría allí por si se nos presentaba alguna complicación, pero no aparecía. Nos daba mala espina no verlo, pero ya no podíamos dar marcha atrás. Llevábamos a nuestro hijo Boris, con solo año y medio, quien no paraba de llorar y gritar. Entonces, justo cuando llegamos a la mujer apareció Norberto. La agente de la Seguridad al descubrir la identidad de Jorge dijo que esa persona, tal y como habían anunciado, no podía viajar. Fue entonces que Norberto le dijo: “Chica, este no es el Jorge que están buscando, Jorge González hay miles, y al que están buscando es cubano y este señor como ves es español”. La funcionaria titubeó, pero Norberto la convenció y nos dejó salir a la pista y subir, al fin, al avión. 

En la cabina había un calor horrible, nos tuvieron sin aire acondicionado hora y media, y yo aterrorizada con la idea de que nos bajaran. Incluso, estando ya todos los pasajeros sentados, un militar dio una patada y penetró en la cabina. Nosotros pensábamos que era a nosotros a quien venía a buscar, pero fue directo hacia un anciano y lo bajaron dando gritos del avión. Al fin el avión despegó y cuando aterrizamos en Fort Lauderdale rompí en llanto. Era libre, habíamos logrado escapar de aquel infierno, y poner fin a tantas angustias.

―¿Cómo fueron los primeros años en el exilio?

―Nos fuimos inmediatamente a Nueva York, donde ya estaban instalados mis padres. No había cubano en el exilio que no creyera que en tres semanas estaríamos de regreso a la Isla. El tiempo fue pasando y cuando ocurrió el fracaso de la invasión de bahía de Cochinos nos dimos cuenta de que aquello era para largo. Vivimos en Nueva York hasta 1966, pero a mi esposo le propusieron un buen puesto en Madrid y nos mudamos a España. También mi padre se fue a España, y allí vivió el resto de su exilio hasta su muerte en 1983, a los 84 años, en la capital española, en donde fundó el Centro Cubano y estuvo muy vinculado a las actividades de los exiliados. Fue enterrado en la catedral de La Almudena, junto a su hermana Elena. 

―Pero tengo entendido que usted termina instalándose en Florida…

―En efecto. Mi padre nos había regalado a mi hermana María Luisa y a mí por nuestros matrimonios lo que yo llamo un pantano, en el centro de Florida, en Vero Beach. Eran 535 acres de manglares y pantanos inutilizables. En 1969 un abogado amigo de la familia nos advirtió que el administrador de aquellas tierras estaba haciendo muy mal trabajo y hasta había falsificado mi firma para apropiarse de no sé cuántos acres. Entonces Jorge decidió tomar cartas en el asunto y viajar a Florida para que pudiéramos ocuparnos de este asunto en el terreno.

Cuando llegamos en 1971 y vi el lugar me quiso dar un infarto. Allí no había nada, era un paisaje árido y casi lunar. Pero a mi esposo, que rehuía las grandes ciudades, le encantó. Se dio cuenta del potencial del sitio en el que todo estaba por construir, pero ante mi insistencia de que regresáramos a Madrid empezó a entretenerme y a hacerme el cuento de que él se estaba ocupando de dejar todo arreglado antes del regreso. 

El caso fue que, conocí al director de Saint Edward’s, una escuela privada que era la primera de aquel lugar, pegada a The Moorings, y me propuso que me convirtiera en profesora de Literatura, y luego en presidenta del Departamento de Inglés. Al final, me gustó tanto lo que hacía, mi relación con los alumnos y lo que aprendía enseñando que ni cuenta me di de que habían pasado seis años en aquel lugar en el que me sentía tan a gusto, pero tuve que dimitir para terminar un máster en la Universidad de Middlebury. Mientras tanto, Jorge urbanizó todo aquello. The Moorings fue dragado y convertido entre 1971 y 1984 por mi esposo en lo que es hoy, una comunidad próspera con casas familiares de lujo y marinas para yates. Así fue como cursé un máster y me quedé trabajando en ese sitio. Poco después me impliqué en la fundación del museo de arte local, el Vero Beach Museum of Art, una labor titánica, que es, hoy por hoy, la principal atracción del sitio en que ya he vivido los últimos 55 años de mi vida.

―¿Volvió alguna vez a Cuba? 

―En 2016 cuando Barack Obama restableció las relaciones de Estados Unidos con Cuba, quise mostrarle a mi hijo el país en que nació y del que se fue con año y medio. En realidad, yo no pensaba hacerlo, ni volver nunca, pero me dije que el día en que yo muriera mi hijo iba a ir sin mí, al menos por curiosidad, y que para que cualquiera le hiciera otro cuento prefería mostrarle yo los sitios afectivos que tenían que ver con nuestra historia familiar. 

Recuerdo que en el taxi que nos conducía del aeropuerto al hotel Saratoga, en frente del Capitolio, en que nos alojamos, iba tratando de reconocer los sitios. Quedé tan asombrada de la destrucción que le pregunté al chofer si habían sufrido un bombardeo reciente. “Bombardeo no, chica, lo que ves es una Habana que se desplomó”, afirmó. 

Nos quedamos en el hotel que dije, pero a los pocos días nos sacaron de allí porque era donde se iba a quedar Barack Obama y su séquito. Entonces nos trasladaron al palacete de los condes de Santovenia, cerca de la bahía, en La Habana Vieja.

Por cierto, tuve la misma impresión que cuando visité San Petersburgo porque habían colocado tarjas de homenaje o recordatorio de personajes ilustres que ellos mismos habían despojado de sus bienes o condenado al exilio. En el caso de mi padre, una tarja recordaba el lugar en donde había tenido su oficina antes de que le expoliaran todos sus bienes. Y en otras partes, como en el cementerio Colón, sucedió lo contrario: arrancaron la tarja de la tumba de mi familia para poner otra con nombres diferentes en su lugar. Tengo fotos de todos esos sitios.

―¿Qué visitó y qué impresiones tuvo?

―De más está decirte que todo daba grima. Nada funcionaba. Los hoteles muy bonitos pero los inodoros tupidos. Todo sucio. Nos pusieron una especie de guía, muy amable, que nos acompañó a varios lugares. Quise llevar a Boris a ver el central Hershey, unos de los más hermosos que poseía mi padre, y me encontré un campo de ruinas. Solo quedaban chatarra y pedazos de hierro. Los mayores, cuando se enteraron de que éramos la hija y el nieto de Julio Lobo, nos decían: “Ay, ¡por qué no regresan y se ocupan de todo esto como antes!”.

Yo había salido de Cuba a los 27 años, de modo que tenía una memoria vívida de la Isla. Fuimos a Varadero, y en este balneario que antes era un crisol estuvimos en la Villa Xanadu, la antigua casa de Irénée Dupont de Nemours, que yo conocía muy bien por haber estado allí mismo almorzando con mi padre y su propietario. Imagínate que las ventanas se habían perdido y cuando les pregunté qué hacían cuando llovía, me dijeron que tapaban los huecos con lonas o planchas de madera.

No es por despecho, sino que realmente todo daba asco. La mediocridad general era galopante. En esas condiciones no quise ni siquiera visitar el Museo Napoleónico. Todo lo que exhiben allí son los objetos que nos robaron y temía que me diera un ataque de rabia. 

En cuanto a mi hijo, él no tiene las mismas referencias que yo. Y como hombre de negocios, al salir de Cuba, me dijo: “Este sitio es un buen lugar porque todo, absolutamente todo, está por hacer”.

Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , ,


Para seguir leyendo hacer click aqui­ ...

jueves, marzo 02, 2023

Roberto Álvarez Quiñones: Sin azúcar y sin país. La involución de cómo la otrora azucarera del mundo produjo en el año 2022 menos azúcar que cuando la Guerra de los Diez Años (1868-1878)

 
Nota del Bloguista de Baracutey Cubano

A Cuba antes de 1959 se le llamaba la azucarera del mundo por su gran capacidad de exportar azúcar de caña dada su pequeña población; me explico:  otros paíse producían más azúcar, ya fuera de remolacha o de la caña de azúcar,  pero eran países poseían una  población de muchos  millones de habitantes y tenían que satisfacer al mercado interno con esa produción.  En ese período la agricultura cañera no era de las mejores del mundo pero sí la industria azucarera pues se llegaron a alcanzar hasta 13 de recobrado, que es el porciento (%) de azúcar que se le saca a 100 partes de la caña que llega al central.

 La caña de azúcar es un recurso renovable (el petróleo nolo es) del cual, además de azúcar, se extrae: ¨miel de purga¨ para la alimentación animal;  madera (del bagazo) para muebles;  alcohol para bebidas de consumo humano (el ingreso de la marca Bacardí es superior al PIB de la Cuba Castrista);  etanol para combustible de automóviles. El azúcar es un ingrediente fundamental para la fabricación de confituras (bombones, caramelos, africanas, galletas finas, dulces finos, etc.) y  dulces en conservas ya que el azúcar es un gran conservante. No olvidar que los centrales azucareros  contribuían a la generación de electricidad  y la aportaban  a la red nacional. Ya sabemos lo que ocurrió (por la voluntad de Fidel Castro Ruz y la sumisa cúpula Castrista)  con la mitad o la mitad del número de centrales en Cuba.

Observemos, en la siguiente slide show, por años cómo los países incrementaeon su producción de azúcar nientras que en Cuba  se reducía  alegando que los precios del mercado mundial  hacían de la industria azucarera una industria no rentable. Tomado de https://www.facebook.com

Los Países que Más Azúcar Producen en el Mundo

 

 ***********

Tomado de https://diariodecuba.com

Cuba produjo este año menos azúcar que cuando la Guerra de los Diez Años

*******

Igual que con los resultados del tabaco y el níquel, este es uno de los 'logros de la revolución'.

*******

Por Roberto Álvarez Quiñones

Los Ángeles

10 junio 2022

Los "logros de la revolución" castrista no cesan y son cada vez mayores. En la recién finalizada zafra se produjo menos azúcar que la que se obtenía durante la Guerra de los Diez Años, iniciada en 1868.

En esta campaña de ahora (2021-2022) se produjeron 473.000 toneladas de azúcar, y en la convulsa década de la primera gesta independentista los ingenios de la entonces colonia producían entre 720.250 y 553.364 toneladas de azúcar anuales, según refiere el historiador Julio Le Riverend en su obra Historia económica de Cuba.

Y terminada la guerra, luego del Pacto del Zanjón, la zafra de 1879 fue de 608.364 toneladas. En esta última zafra "revolucionaria" ni siquiera se llegó a las 502.000 toneladas producidas en 1864, cuatro años antes de que Carlos Manuel de Céspedes se alzara en armas en La Demajagua contra el colonialismo español.

Hay más, en 1894, un año antes del desembarco de José Martí y Máximo Gómez en Oriente para comenzar la segunda y definitiva Guerra de Independencia, la zafra en Cuba fue de 1,1 millones de toneladas, más del doble de lo logrado hoy, en la tercera década del siglo XXI.

Sin duda este ha sido el mayor desastre azucarero que ha tenido nunca Cuba. La producción se desplomó en un solo año a la mitad, desde las 816.000 toneladas de 2021. Se incumplió el plan en un 48%, algo jamás ocurrido, que se sepa, en ningún otro país productor de azúcar no afectado por fuertes embates de la naturaleza, plagas, etc.

En esta ocasión el funcionario designado para dar la cara a la prensa, Dionis Pérez, burócrata del monopolio AZCUBA, dijo a Granma que únicamente tres de los 35 centrales que molieron caña en esta zafra cumplieron el plan:  el "Melanio Hernández", de Sancti Spíritus; el "14 de Julio", de Cienfuegos, y el "Boris Luis Santa Coloma", de Mayabeque.

El plan nacional era de 911.000 toneladas de azúcar para destinar 500.000 toneladas al consumo nacional y 411.000 toneladas a la exportación, de las cuales enviar 400.000 toneladas a China para cumplir un acuerdo permanente con Pekín.

Cumplir con China y con la 'libreta'

Con un consumo nacional de aproximadamente 700.000 toneladas está claro que Cuba no solo no podrá exportar azúcar, sino que tendrá forzosamente que importarla para poder cubrir el consumo doméstico y cumplir con China. Si a algún cubano en los años 50 le hubiesen dicho que Cuba tendría que importar de azúcar se habría reído de buena gana con la broma.

Dionis afirmó que "está garantizado el azúcar crudo de la canasta familiar normada (…) Los cubanos pueden estar tranquilos, porque el producto no faltará en las bodegas".

Falso. Eso sería posible si Raúl Castro contrata a un brujo o un mago, pues se produjeron 227.000 toneladas por debajo del consumo total de la nación.

Solo para cubrir las cuotas de la bodega por la "libreta" se necesitan unas 250.000 toneladas, según datos oficiales. Súmese a eso el consumo de hoteles, restaurantes, hospitales, escuelas, centros de trabajo, cuentapropistas, etc. Y luego las 400.000 toneladas para China. 

En fin, es imposible cumplir a la vez con China, con la "libreta", y cubrir el resto del consumo nacional completo. La cuenta no cuadra, y el Estado no tiene, ni en broma, los 2.704 millones de dólares que costaría la importación de 627.000 toneladas de azúcar para satisfacer la demanda interna completa, suponiendo un precio de 431.22  dólares la tonelada de azúcar crudo, como el registrado el 6 de junio (19.56 centavos la libra) en el mercado de Nueva York.

Es cuestión matemática. Para cumplir con Pekín y abastecer todo el consumo cubano se requieren 1,1 millones de toneladas. De manera que, o el régimen deja plantado a su socio chino e importa 227.000 toneladas para cubrir todo el consumo nacional; o no importa ese tonelaje, cumple solo en parte con China, y garantiza la "libreta", pero reduce drásticamente el resto del consumo del país (¿y el turismo?).

Puede haber otras alternativas, pero en cualquier caso habría que importar mucha azúcar y no hay dinero suficiente. El régimen no dispondrá de las 650.000 o 700.000 toneladas del consumo doméstico sin afectar a Pekín. Ni cubrirá totalmente la "libreta" sin afectar al resto del consumo nacional. Como dice la frase criolla: "O te peinas o te haces papelillos".  

Por supuesto, Dionis culpó del desastre al "bloqueo" y repitió las excusas de siempre. De las verdaderas causas no dijo nada. Solo de pasada mencionó que en la mitad de las plantaciones cañeras del país la productividad agrícola fue de 30 toneladas de caña por hectárea. Algo inaudito.

Según la FAO,  Perú logra hasta 128 toneladas de caña por hectárea; Guatemala, 95 toneladas; y la vecina República Dominicana, 80 toneladas. Y muchas naciones africanas pobres también superan con mucho a Cuba: Senegal obtiene 117 toneladas de caña por hectárea; Malawi, 107; Zambia, 104; Chad, 102; Burkina Faso, 101; y Etiopía, 99.

Y algo clave adicional. Este desplome azucarero no se debe a que el Gobierno ha reducido la producción de azúcar para dedicar las tierras cañeras a producir más alimentos para los cubanos, o producir etanol para la exportación, o para otros fines agroindustriales. Nada de eso, el azúcar sigue siendo uno de los cuatro principales bienes cubanos exportables, junto con el tabaco, el níquel y el ron.

Con el derrumbe del azúcar caerán las exportaciones de ron

Obviamente se va a desplomar la producción y exportación de ron, porque esa bebida alcohólica se obtiene del jugo de la caña, ya sea por fermentación o por destilación.

Según el director de mercadeo de la empresa mixta Havana Club Internacional, Sergio Valdés, esa entidad vendió más de 4,4 millones de cajas de ron en el año fiscal que culminó en junio de 2020, de las cuales 1,7 millones fueron vendidas en Cuba y las 2,7 millones de cajas fueron exportadas a Alemania, Francia, España, Reino Unido, Bélgica, Rusia, China, y otros países.

Havana Club Internacional, creada en 1993, la integran la compañía gigante francesa Pernod Picard, y el monopolio estatal castrista Ron Cuba, y de acuerdo con el presidente de esa empresa, Juan González, el ron Havana Club se vende a 36 dólares la caja con nueve botellas, y es producido en la que dijo es la mayor planta de procesamiento de ron del mundo, ubicada en la provincia de Mayabeque.

Pero ahora estos dos burócratas castristas tendrán que ver qué excusa dan —o ya han dado— a su socio Pernod Picard por la disminución tan grande de materia prima para obtener el ron.

Porque si con el volumen de caña para producir 1,1 millones de toneladas de azúcar en 2020 se vendieron 4,4 millones de cajas, ahora con la caña molida en esta última zafra la exportación de Havana Club se va a caer. "Elemental, Watson", como diría Sherlok Holmes.  

Adicionalmente, resulta que otro pilar de las exportaciones cubanas, el tabaco, también va a descender. El monopolio Tabacuba admitió que en 2022 la cosecha de tabaco será inferior a 30.000 toneladas, y será la peor de los últimos 41 años. Para tener una idea, en el año 2000 se produjeron 53.396 toneladas de tabaco. Pero para la cosecha de 2022 la siembra de tabaco cayó en un 10% nacionalmente. Y hay más (o menos): Cuba no puede aprovechar los altos precios del níquel porque en la Isla la producción de ese preciado mineral, en vez de aumentar, disminuye.

A no dudarlo, todos estos son grandes "logros de la revolución".

***********

 CENTRAL OROZCO ANTES DE LA REVOLUCIÓN


 *************************

Tomado de http://www.diariodecuba.com/

Sin azúcar y sin país



Por Roberto Álvarez Quiñones
Los Ángeles
29 de Noviembre de 2016

"Sin azúcar no hay país", decía una muy popular frase en Cuba,  atribuida al hacendado cubano José Manuel Casanova. Siempre pensé que era una exageración, un decir. Pero estaba equivocado, Fidel Castro demostró que era verdad.

Hoy en la Isla no hay azúcar, y tampoco país, pues, ya en ruinas, suelta los pedazos y es el fantasma de la otrora próspera nación que llevamos en la memoria quienes vimos al barbudo comandante entrar en La Habana en 1959.

Pretender abarcar en un solo trabajo periodístico  el devastador legado económico del Führer cubano, ya definitivamente fuera del escenario político, no es viable. Me limitaré a la industria azucarera, la espina dorsal de la economía cubana desde fines del siglo XVIII.

De entrada, Castro convirtió a nuestro país en importador de azúcar, luego de haber sido el mayor productor y exportador mundial durante más de un siglo y medio. La producción azucarera cayó al mismo nivel de 1894, cuando la Isla era colonia de España.

En 2002 Fidel tuvo una "perreta" debido a la ineficiencia azucarera y, sin convocar al Consejo de Ministros o al Buró Político del Partido, ordenó desmantelar 95 de los 156 centrales azucareros del país y reducir la superficie cañera de dos millones de hectáreas a 750.000. Luego se desmantelaron otras cinco fábricas. Quedaron en pie 56.

Y  él declaró por la televisión: "el azúcar es la ruina del país". Calificó de "disparate" la actividad azucarera. Todo ello cuando el precio mundial del azúcar comenzaba a repuntar por la escasez de oferta. Desde el 2000, antes de la rabieta de Fidel,  el precio aumentó en un 8,8% anual, y de seis centavos la libra llegó a 31 centavos en 2010, récord en 32 años. Luego ha oscilado en torno a los 20 centavos. Hace unos días, el 28 de noviembre, el azúcar se cotizó a 19,98 centavos en el mercado de Nueva York.

Parte de la cultura nacional

El azúcar se enraizó en la cultura y el paisaje cubanos por casi  200 años. Recuerdo que de niño cuando yo dibujaba un bohío de guano, alguna vaca pastando y palmeras, siempre incluía una espigada chimenea a lo lejos echando humo. Los centrales azucareros eran una constante en la imaginería infantil isleña.

El azúcar comenzó a obtenerse en forma  sólida hace 2.500 años en la India y en Persia. La caña de azúcar ya se conocía en Nueva Guinea hace 8.000 años. La palabra azúcar viene del vocablo árabe hispano "assukkar", que se origina del árabe clásico "sukkar", a su vez tomada del griego  "sakjar", derivada de la palabra persa "sakar".

(Directiva del Central Chaparra en la primera década del siglo XX. En la fila sentado y al centro  Mario García  Menocal Deop, posteriormente  Presidente de la República de Cuba (1913-1921). Fotos y comentarios añadidos por el bloguista de Baracutey Cubano)

A España la caña la llevaron los árabes, Cristóbal Colón la introdujo en La Española en su tercer viaje, en 1498, y Diego Velázquez la llevó a Cuba en 1523. Haití, con mano de obra esclava  era ya en 1750 el mayor productor y exportador mundial de azúcar. Pero en 1791, aprovechando el caos resultante de la Revolución Francesa, estalló la insurrección liderada por Toussaint L'Ouverture y  los esclavos haitianos destruyeron los ingenios en los que eran explotados.

Ello propició una colosal expansión en Cuba, convertida en la azucarera del planeta.

Este auge lo aceleró la llegada de la Revolución Industrial a la Isla. En 1819 se introdujo en el ingenio Cambre, de Pedro Diago, en Güines, la primera máquina de vapor en el mundo que sustituyó a los bueyes para mover los molinos. En 1850 se instaló por primera vez a nivel mundial, en el ingenio Amistad, de Joaquín Ayestarán, también en Güines, la  primera centrífuga, que sustituyó el sistema de purgar el azúcar con barro.

Ya con el más alto nivel  tecnológico en materia azucarera, el 19 de noviembre de 1837 Cuba se convirtió en el primer país de Latinoamérica con ferrocarril, segundo del continente luego de EEUU (Albany, 1831),  y el séptimo en el mundo, 11 años antes que en España  (aún hay quienes dicen que el primer ferrocarril en territorio español fue el de Barcelona a Mataró, en 1848), y sólo 12 años después de estrenarse el primer tren de la historia entre Stockton y Darlington, Inglaterra.

Para que las carretas de caña tiradas por bueyes no se atascaran (muchas no llegaban al ingenio) con las lluvias, se construyó un primer "camino de hierro" de 50 kilómetros entre Güines y La Habana, cuando muchas naciones europeas aún lo no tenían, y antes que los mayores países latinoamericanos: México (en 1850), Brasil (1854) y Argentina (1857).

También los habaneros viajaban en cómodos coches "con ventanillas corredizas, el techo cubierto con cuero muy fuerte, cojines de paño en los asientos, molduras y manijas de bronce",segúnlas crónicas de la época.

(obreros del central Cunagua, Camaguey, antes de  1959)

Cuba fue la azucarera del mundo durante más de 160 años. En 1894 la Isla alcanzó el millón de toneladas métricas  (1,1 millones), un tercio de toda el azúcar producida globalmente. Con la guerra de independencia la producción cayó, pero en 1905 se produjeron 1,3 millones de toneladas métricas en 174 ingenios. Y en 1925 la zafra llegó a 5,1 millones de toneladas métricas. Una de cada cuatro libras de azúcar producidas en el mundo era cubana.

En  1940 Cuba devino el productor de azúcar de caña más eficiente mundialmente al registrar un 13,17% de rendimiento industrial: por cada 100 partes de peso verde de la caña se extrajo más de 13 partes de azúcar. Algo nunca visto. En los años 50 la Isla exportaba la mitad de toda el azúcar mundial, con una producción entre 5,3 y 7,1 millones de toneladas métricas, en 161 fábricas y un rendimiento industrial promedio de 12,7%, el mayor del planeta.

Desde 1934 hasta 1959  las exportaciones cubanas de azúcar hacia EEUU se rigieron por un sistema de cuotas de importación fijadas por Washington, que pagaba un precio superior al del mercado mundial. Era ese el Mercado Preferencial Azucarero de EEUU para Cuba y otros  países azucareros. Por entonces la Isla exportaba a EEUU más de tres millones de toneladas métricas anuales.

La plaga Castro-Guevara

Algo que la propaganda fidelista  distorsionó es que si bien en la primera mitad del siglo XX el grueso del capital invertido en la industria azucarera era estadounidense, para mediados de la centuria eso había cambiado con el avance de lo que Manuel Moreno Fraginals llamó la "sacarocracia criolla".

En 1939 eran propiedad de hacendados cubanos 56 centrales, que producían el 22% del azúcar. Pero en 1958, con 121 de los 161 centrales (36 eran de capital norteamericano y otros cuatro de otras naciones), los industriales cubanos producían el 67% del azúcar. Ese porcentaje habría seguido subiendo en los años sucesivos.

Pero llegó Castro y, asesorado por el Che Guevara, a fines de 1960 estatizó toda la industria azucarera. En solo dos años la producción se derrumbó de 6,8 millones de toneladas métricas a  3,8 millones en la zafra 1962-1963.

El "genial" dueto Castro-Guevara consideró que Cuba no podía depender más del azúcar y que había que industrializar el país. El 23 de febrero de 1961 el dictador creó el Ministerio de Industrias y puso de ministro al Che —hasta entonces presidente del Banco Nacional de Cuba—,  a cargo de  las industrias del país nacionalizadas cuatro meses antes.

Mostrando su ignorancia  olímpica en economía, Castro y el Che no advirtieron que solo exportando azúcar podrían obtener las divisas para instalar  fábricas. El ministro argentino  viajó por el mundo y  gastó cientos de millones de dólares en la compra de plantas completas , casi todas obsoletas tecnológicamente. Y se desmantelaron 130.000 hectáreas de caña.

La plaga Castro-Guevara  se propuso  realizar buena parte de la cosecha cañera con trabajo voluntario  para forjar la "conciencia revolucionaria" y crear el "hombre nuevo" comunista.

Con la consigna "Que no quede una caña en pie", desde 1961  los cañaverales fueron invadidos por  oficinistas, médicos, ingenieros, obreros, profesores, artistas, y otros profesionales  que machete en mano cortaban la gramínea cómo podían en jornadas extenuantes.

Fue implantada la "emulación socialista".  Las brigadas de macheteros —habituales o "voluntarios"—, compulsadas a ganar la banderita  de la emulación (los estímulos monetarios estaban prohibidos), arrojaban resultados desastrosos. Al cortar las cañas dejaban unos tronquitos de hasta tres pulgadas en la parte baja, que es la más rica en sacarosa. Esa azúcar se perdía y obligaba a emplear equipos pesados para arrasar los campos y sembrar caña nueva para la siguiente cosecha, lo cual elevaba los costos.

También el corte inadecuado arriba dejaba caña en el cogollo (parte verde de donde salen las hojas y que no contiene azúcar), o quedaba cogollo en la caña que iba para el central. Eso bajaba el rendimiento industrial.

Costaba más transportar, albergar, avituallar y alimentar a aquellos improvisados macheteros citadinos  —que seguían cobrando su salario normal— que el dinero que generaban con su trabajo. Los costos por libra de azúcar superaban el precio en el mercado mundial.

"Los diez millones van"

La zafra solo se recuperó a fines de los años 60 cuando la Unión Soviética, interesada en tener en Cuba una "cabeza de playa" político-ideológica para expandirse hacia Latinoamérica, comenzó a subsidiar las zafras, incluyendo los camiones, equipos, fertilizantes, pesticidas, etc.

La URSS enviaba el algodón que en Ariguanabo y otras textileras se transformaba en tela dura para ropa de trabajo. Las camisas y pantalones "de salir" casi desaparecieron y la industria del calzado casi solo producía botas y zapatos "de trabajo". De paso, Castro prohibió celebrar la Nochebuena, Navidad, Fin de Año, Año Nuevo y el Día de Reyes, porque interferían con la zafra.

En el delirium tremens de su megalomanía, el caudillo quiso realizar en 1970 la mayor producción azucarera lograda jamás en la historia universal: 10 millones de toneladas métricas.  Fueron virtualmente paralizadas las restantes industrias al compás de la febril  consigna "Los diez millones van". El músico Juan Formell se lo creyó y creó la orquesta de Los Van Van.

Ni había caña suficiente, ni capacidad industrial para ello. El ministro del ramo, Orlando Borrego, se lo dijo a Fidel  y fue destituido al instante. Además, una gran producción derrumbaría el precio del azúcar, pues Moscú  compraría solo 3,5 o cuatro millones de toneladas métricas y el resto aumentaría la sobreoferta que ya había internacionalmente. Se produjeron 8,5 millones de toneladas métricas a un costo tan alto que el país entró en una recesión de varios años.

Durante 30 años, hasta su desintegración en 1991, la URSS gastó miles de millones de dólares para mantener y ampliar la producción azucarera cubana (que alcanzó nuevamente ocho millones en 1990), y  construyó seis grandes fábricas. Y pagaba a Castro 45 centavos por libra de azúcar cubana, mientras en el mercado mundial estaba a cinco centavos o menos. Un subsidio fabuloso que se multiplicaba con la reexportación de parte del petróleo soviético gratis  "asignado" por Moscú. Al desintegrarse la URSS la zafra se hundió, hasta el día de hoy.

Logro fidelista: importar azúcar

Si a Julio Lobo, Pepe Gómez Mena, los Falla Gutiérrez o los Fanjul (los productores cubanos de azúcar más poderosos en los años 50) les hubiesen dicho que Cuba tendría que importar azúcar para cubrir el consumo y cumplir sus compromisos de exportación (que ahora prácticamente se reducen a 400.000 toneladas métricas destinadas a China), se habrían desternillado de la risa.

Pero lo absurdo devino realidad. A fines de 2001 los cubanos vieron sorprendidos que procedían de Brasil las cinco libras mensuales de azúcar sin refinar que les entregaban mediante la "libreta".  Según el Gobierno brasileño, entre 2001 y 2006 esa nación exportó a Cuba 384.204 toneladas métricas de azúcar. Y Colombia le exportó 425.609 toneladas métricas de azúcar refino entre 2002 y 2006. En 2005 Bielorrusia exportó a Cuba 50.000 toneladas métricas de azúcar de remolacha. Y también de República Dominicana y hasta de EEUU (el colmo) Cuba ha importado azúcar.

Por otra parte, desde 1967 los rendimientos cubanos de caña por hectárea son los más bajos de las Américas y probablemente del mundo.  Luego de 1960 nunca los cañaverales cubanos han llegado siquiera a las 69-72 toneladas de caña por hectárea del promedio mundial. Según la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI), desde 2002 el promedio cubano ha oscilado entre 24 y 41 toneladas por hectárea.

En Perú, Guatemala y Colombia obtienen entre 93 y 120 toneladas; Brasil entre 80 y 90; El Salvador, 82; Honduras, 70; México 75-85 toneladas. Antes del castrismo  ninguna nación latinoamericana superaba a Cuba en rendimientos cañeros. Y en la industria, la dictadura  admite que la eficiencia  hoy apenas supera el 10% de obtención de azúcar por cada 100 partes de caña verde.

Sin azúcar, ni etanol

En la última zafra, la de 2015-2016,  la producción azucarera no llegó a los 1,6 millones de toneladas métricas, de las cuales unas 700.000 corresponden al consumo nacional. O sea este año se produjo tres veces menos que en 1925.

Y ello ocurre cuando  el precio mundial del  azúcar ha subido a su mayor nivel en los últimos cuatro años. La Organización Internacional del Azúcar (OIA) prevé un déficit de azúcar de 6,7 millones de toneladas métricas y que no habrá azúcar suficiente para cubrir la demanda global a corto plazo. Y cualquier precio superior a los 20 centavos la libra supera los costos de producción y da ganancia,  según los expertos.

Si Fidel no hubiese destruido la industria azucarera y Cuba en 2016 hubiese producido seis millones de toneladas, la Isla habría podido exportar 5,3 millones de toneladas, por valor de 2.332 millones de dólares, tres veces más que los ingresos netos por el turismo.

Además, Cuba podría ser un importante exportador de biocombustibles. Con un millón de hectáreas de caña (la mitad de las que había en 2002) destinadas a producir solamente etanol, con un rendimiento como el de Brasil, de 7.500 litros por hectárea, la Isla podría producir 7.500 millones de litros de etanol, que a 1,60 dólares el litro habrían significado probablemente unos 12.000 millones de dólares, seis veces el ingreso por turismo.

Pero el comandante calificó de "monstruosidad" producir biocombustibles con alimentos como la caña y el maíz.

Cuba  podría también desarrollar una gran industria de derivados de la caña para producir y exportar papel, madera de bagazo para la construcción y  muebles, electricidad, fertilizantes, medicamentos y alimento animal. Una sólida industria de la caña podría generar hasta 13.000 millones de dólares anuales.

Hoy los cubanos que viven en la Isla no tienen idea de que los hermanos Fanjul, industriales azucareros cubanos despojados de todos sus bienes por Fidel Castro, producen actualmente más de siete millones de toneladas de azúcar en sus fábricas de EEUU, México, República Dominicana, Canadá, Gran Bretaña y Portugal.

La  catástrofe azucarera es solo un capítulo dentro del cataclismo causado a Cuba por el dictador que más tiempo ha gobernado en la historia moderna. Pero solo por haber destrozado el ancestral "sueldo" de Cuba, lejos de ser absuelto por la historia el dictador mayor fue ya condenado y enviado por los cubanos al noveno círculo del infierno, ese que Dante Alighieri reservó para los peores tiranos.

Para expresar el cataclismo económico causado por Fidel Castro  le doy la palabra, con tristeza,  a Luis de Góngora: "ayer maravilla fui/ y hoy sombra de mí  no soy".

Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , ,


Para seguir leyendo hacer click aqui­ ...

viernes, junio 10, 2022

Roberto Álvarez Quiñones: Cuba produjo este año menos azúcar que cuando la Guerra de los Diez Años

 
Tomado de https://diariodecuba.com

Cuba produjo este año menos azúcar que cuando la Guerra de los Diez Años

*******

Igual que con los resultados del tabaco y el níquel, este es uno de los 'logros de la revolución'.

*******

Por Roberto Álvarez Quiñones

Los Ángeles

10 junio 2022

Los "logros de la revolución" castrista no cesan y son cada vez mayores. En la recién finalizada zafra se produjo menos azúcar que la que se obtenía durante la Guerra de los Diez Años, iniciada en 1868.

En esta campaña de ahora (2021-2022) se produjeron 473.000 toneladas de azúcar, y en la convulsa década de la primera gesta independentista los ingenios de la entonces colonia producían entre 720.250 y 553.364 toneladas de azúcar anuales, según refiere el historiador Julio Le Riverend en su obra Historia económica de Cuba.

Y terminada la guerra, luego del Pacto del Zanjón, la zafra de 1879 fue de 608.364 toneladas. En esta última zafra "revolucionaria" ni siquiera se llegó a las 502.000 toneladas producidas en 1864, cuatro años antes de que Carlos Manuel de Céspedes se alzara en armas en La Demajagua contra el colonialismo español.

Hay más, en 1894, un año antes del desembarco de José Martí y Máximo Gómez en Oriente para comenzar la segunda y definitiva Guerra de Independencia, la zafra en Cuba fue de 1,1 millones de toneladas, más del doble de lo logrado hoy, en la tercera década del siglo XXI.

Sin duda este ha sido el mayor desastre azucarero que ha tenido nunca Cuba. La producción se desplomó en un solo año a la mitad, desde las 816.000 toneladas de 2021. Se incumplió el plan en un 48%, algo jamás ocurrido, que se sepa, en ningún otro país productor de azúcar no afectado por fuertes embates de la naturaleza, plagas, etc.

En esta ocasión el funcionario designado para dar la cara a la prensa, Dionis Pérez, burócrata del monopolio AZCUBA, dijo a Granma que únicamente tres de los 35 centrales que molieron caña en esta zafra cumplieron el plan:  el "Melanio Hernández", de Sancti Spíritus; el "14 de Julio", de Cienfuegos, y el "Boris Luis Santa Coloma", de Mayabeque.

El plan nacional era de 911.000 toneladas de azúcar para destinar 500.000 toneladas al consumo nacional y 411.000 toneladas a la exportación, de las cuales enviar 400.000 toneladas a China para cumplir un acuerdo permanente con Pekín.

Cumplir con China y con la 'libreta'

Con un consumo nacional de aproximadamente 700.000 toneladas está claro que Cuba no solo no podrá exportar azúcar, sino que tendrá forzosamente que importarla para poder cubrir el consumo doméstico y cumplir con China. Si a algún cubano en los años 50 le hubiesen dicho que Cuba tendría que importar de azúcar se habría reído de buena gana con la broma.

Dionis afirmó que "está garantizado el azúcar crudo de la canasta familiar normada (…) Los cubanos pueden estar tranquilos, porque el producto no faltará en las bodegas".

Falso. Eso sería posible si Raúl Castro contrata a un brujo o un mago, pues se produjeron 227.000 toneladas por debajo del consumo total de la nación.

Solo para cubrir las cuotas de la bodega por la "libreta" se necesitan unas 250.000 toneladas, según datos oficiales. Súmese a eso el consumo de hoteles, restaurantes, hospitales, escuelas, centros de trabajo, cuentapropistas, etc. Y luego las 400.000 toneladas para China. 

En fin, es imposible cumplir a la vez con China, con la "libreta", y cubrir el resto del consumo nacional completo. La cuenta no cuadra, y el Estado no tiene, ni en broma, los 2.704 millones de dólares que costaría la importación de 627.000 toneladas de azúcar para satisfacer la demanda interna completa, suponiendo un precio de 431.22  dólares la tonelada de azúcar crudo, como el registrado el 6 de junio (19.56 centavos la libra) en el mercado de Nueva York.

Es cuestión matemática. Para cumplir con Pekín y abastecer todo el consumo cubano se requieren 1,1 millones de toneladas. De manera que, o el régimen deja plantado a su socio chino e importa 227.000 toneladas para cubrir todo el consumo nacional; o no importa ese tonelaje, cumple solo en parte con China, y garantiza la "libreta", pero reduce drásticamente el resto del consumo del país (¿y el turismo?).

Puede haber otras alternativas, pero en cualquier caso habría que importar mucha azúcar y no hay dinero suficiente. El régimen no dispondrá de las 650.000 o 700.000 toneladas del consumo doméstico sin afectar a Pekín. Ni cubrirá totalmente la "libreta" sin afectar al resto del consumo nacional. Como dice la frase criolla: "O te peinas o te haces papelillos".  

Por supuesto, Dionis culpó del desastre al "bloqueo" y repitió las excusas de siempre. De las verdaderas causas no dijo nada. Solo de pasada mencionó que en la mitad de las plantaciones cañeras del país la productividad agrícola fue de 30 toneladas de caña por hectárea. Algo inaudito.

Según la FAO,  Perú logra hasta 128 toneladas de caña por hectárea; Guatemala, 95 toneladas; y la vecina República Dominicana, 80 toneladas. Y muchas naciones africanas pobres también superan con mucho a Cuba: Senegal obtiene 117 toneladas de caña por hectárea; Malawi, 107; Zambia, 104; Chad, 102; Burkina Faso, 101; y Etiopía, 99.

Y algo clave adicional. Este desplome azucarero no se debe a que el Gobierno ha reducido la producción de azúcar para dedicar las tierras cañeras a producir más alimentos para los cubanos, o producir etanol para la exportación, o para otros fines agroindustriales. Nada de eso, el azúcar sigue siendo uno de los cuatro principales bienes cubanos exportables, junto con el tabaco, el níquel y el ron.

Con el derrumbe del azúcar caerán las exportaciones de ron

Obviamente se va a desplomar la producción y exportación de ron, porque esa bebida alcohólica se obtiene del jugo de la caña, ya sea por fermentación o por destilación.

Según el director de mercadeo de la empresa mixta Havana Club Internacional, Sergio Valdés, esa entidad vendió más de 4,4 millones de cajas de ron en el año fiscal que culminó en junio de 2020, de las cuales 1,7 millones fueron vendidas en Cuba y las 2,7 millones de cajas fueron exportadas a Alemania, Francia, España, Reino Unido, Bélgica, Rusia, China, y otros países.

Havana Club Internacional, creada en 1993, la integran la compañía gigante francesa Pernod Picard, y el monopolio estatal castrista Ron Cuba, y de acuerdo con el presidente de esa empresa, Juan González, el ron Havana Club se vende a 36 dólares la caja con nueve botellas, y es producido en la que dijo es la mayor planta de procesamiento de ron del mundo, ubicada en la provincia de Mayabeque.

Pero ahora estos dos burócratas castristas tendrán que ver qué excusa dan —o ya han dado— a su socio Pernod Picard por la disminución tan grande de materia prima para obtener el ron.

Porque si con el volumen de caña para producir 1,1 millones de toneladas de azúcar en 2020 se vendieron 4,4 millones de cajas, ahora con la caña molida en esta última zafra la exportación de Havana Club se va a caer. "Elemental, Watson", como diría Sherlok Holmes.  

Adicionalmente, resulta que otro pilar de las exportaciones cubanas, el tabaco, también va a descender. El monopolio Tabacuba admitió que en 2022 la cosecha de tabaco será inferior a 30.000 toneladas, y será la peor de los últimos 41 años. Para tener una idea, en el año 2000 se produjeron 53.396 toneladas de tabaco. Pero para la cosecha de 2022 la siembra de tabaco cayó en un 10% nacionalmente. Y hay más (o menos): Cuba no puede aprovechar los altos precios del níquel porque en la Isla la producción de ese preciado mineral, en vez de aumentar, disminuye.

A no dudarlo, todos estos son grandes "logros de la revolución".

***********


Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , , , ,


Para seguir leyendo hacer click aqui­ ...

sábado, febrero 27, 2021

VIDEO: Los secretos de Porque Castro acabo con la industria Azucarera... | Carlos Calvo

Nota del Bloguista de Baracutey Cubano

Para ampliar,  aclarar y rectificar sobre el impacto de la industria azucarera (incluyendo  la parte agrícola) en la economía de la República de Cuba  en la década de los años 50s del pasado siglo XX.  Los cuadros fueron tomados del libro La economía cubana en la década del 50 del autor Ismael Zuaznábar. Editorial de Ciencias Sociales, 1986 - Cuba - 163 pages.






************

Carlos Calvo

26 de febrero, 2021

Los secretos de Porque Castro acabo con la industria Azucarera... | Carlos Calvo


**********

Model Town.(sobre el pueblo de Hershey)



**********

Nota del Bloguista de Baracutey Cubano

Tengo entendido que Julio Lobo y Orestes Ferrara estaban emparentados.


ALGUNOS COMENTARIOS DEJADOS CUANDO SE POSTEÓ POR PRIMERA VEZ EL ARTÍCULO DE ALEJANDRO RIOS.

Anónimo ha dejado un nuevo comentario en su entrada "Julio Lobo. El último magnate":

Sin ánimo de restarle mérito a este trabajo de Ríos, con cuyo punto de vista en general concuerdo, quiero referirme a un error más bien de detalle, en el cual uno espera que no caiga un periodista cubano que salió de la Isla ya no tan bisoño. Esa pifia chirría más por estar escrita al inicio mismo del artículo. Amigo Baracutey, caray con caracoles, el Museo Napoleónico no está en lo que se dice el Vedado, aunque te pille cerca de La Rampa. Queda en la calle Ronda, e/. San Miguel y San Rafael, ahí a un costado de la Universidad de La Habana. ¿No estará el autor confundiendo el Museo Napoleónico con el de Artes Decorativas, sito en la vedadense calle 17. Por cierto que el edificio donde se conserva la colección napoleónica de Lobo tuvo también un dueño legítimo y famoso: Orestes Ferrara. Saludos y bendiciones de Fray Franelo
**********
Por cierto que el edificio donde se conserva la colección napoleónica de Lobo tuvo también un dueño legítimo y famoso: Orestes Ferrara. Saludos y bendiciones de Fray Franelo
*******
Jose Gonzalez ha dejado un nuevo comentario en su entrada "Julio Lobo. El último magnate":

Pablo, segun el libro The last sugarking.... al menos los cuadros dejados a la embajada francesa como custodia de los mismos nunca fueron recuperados por la hija de Julio Lobo.Ella tuvo que pagar a la embajada por conceptos de almacenamiento y cuidado, como tambien le pago no recuerdo cuanto a la tal Celia para que esta facilitara la salida de los cuadros.

Al final, un "funcionario" cubano se hizo cargo de los cuadros para segun el entregarselos a la hija de Julio Lobo, y esta se canso de esperar.Se quejo a las 11 mil virgenes y nada paso.Se fue de Cuba con las manos vacias.

******
Tomado de https://www.bbc.com/mundo/

 Quién fue Julio Lobo, "el rey del azúcar" de Cuba al que Che Guevara "despojó" de su fortuna



Lobo fue la persona más rica de Cuba hasta 1958.

Por Lioman Lima
BBC News Mundo
10 noviembre 2018

La noche de La Habana se colaba por las ventanas del Chrysler negro con un vapor premonitorio.

Afuera, la ciudad dormía la última hora del 11 de octubre de 1960; pero dentro del auto, Julio Lobo, el hombre más rico de Cuba, el "rey del azúcar", no sospechaba que esa calle cercana al puerto lo llevaba al encuentro más definitivo de su vida.

En realidad, más que al encuentro era a la noche; mejor dicho, a un instante de esa noche, poco después de que el Chrysler negro aparcara frente a la oficina del Banco Nacional de Cuba.

Con su pie renco subió hasta la oficina que había empezado a ocupar unos meses antes el nuevo "ministro presidente" de la banca, Ernesto Guevara.

Lo había citado allí para un encuentro de urgencia en plena madrugada.

Se sentaron frente a frente, entre lomas de papeles, envueltos en una nube densa de bocanadas de tabaco.

De un lado, el comunista de boina, austero y febril, el calco del "hombre nuevo"; del otro, el reducto postrero de la patricia burguesía insular, el último símbolo del capitalismo cubano.

"Fue un momento único: se encontraron la Cuba de antes y después de 1959 y se vio que el destino de una ya estaba sentenciado", le cuenta a BBC Mundo John Paul Rathbone*, autor de The Sugar King of Havana: The Rise and Fall of Julio Lobo, Cuba's Last Tycoon (El rey del azúcar de La Habana: ascenso y caída de Julio Lobo, el último magnate de Cuba)*.

Guevara fue breve.

Le dijo que no había espacio para el capitalismo en la nueva sociedad; pero lo invitó a pasarse a su lado. Le propuso que asumiera el mando de lo que ya era su reino: le pidió que dirigiera la industria azucarera de Cuba.

A cambio, Lobo podría quedarse con la mansión donde vivía y con el usufructo del Tinguaro, uno de sus 14 centrales azucareros, su preferido.

El resto, más sus almacenes, refinerías, la corredora de azúcar, su agencia de radiocomunicaciones, su banco, su naviera, la aerolínea, la empresa aseguradora, la compañía petrolera… pasarían de forma apremiante "al pueblo", es decir, a la "Revolución".

Lobo tragó en seco. No respondió al momento. Le pidió que le diera unos días para pensarlo.


A la mañana siguiente, cuando llegó a su oficina, le pidió a su secretaria que le ayudara a apilar algunos papeles fundamentales, que luego formarían el archivo que aún conservan sus descendientes en Florida.

"Es el fin", se cuenta que le dijo.

Dos días después, cuando el avión levantó vuelo rumbo norte desde el aeropuerto al este de La Habana, Lobo vio perderse en el mar, por última vez, "la isla que más amó".

El ascenso

Había llegado a Cuba a los dos años, procedente de Caracas, donde nació en 1898. Su familia, unos judíos sefarditas, se habían asentado allí por un tiempo tras un largo periplo que los llevó desde Holanda y España, hasta Portugal y Curazao.

"El padre hace fortuna en Cuba y a Julio, como casi todos los hijos de las personas acomodadas, lo envían a estudiar a Estados Unidos. Luego regresa a Cuba y es cuando comienza a construir su imperio del azúcar", cuenta Rathbone.

En su libro Cuba, la lucha por la libertad, el historiador Hugh Thomas estima que, para 1958, Lobo controlaba casi 405.000 hectáreas de los terrenos de Cuba, una isla estrecha en la que la superficie de cultivo no supera actualmente las 700.000.

De sus centrales salían casi 4 de los 6 millones de toneladas de azúcar que la isla producía al año.


"Cuba y el azúcar en ese momento eran el equivalente hoy de Arabia Saudita con el petróleo. Desde La Habana se controlaban los precios del azúcar en el mercado mundial. Y detrás de esos precios estaba Julio Lobo", añade Rathbone.

Con los ingresos del azúcar, el "imperio" de Lobo se extendió incluso a la banca, la industria naviera y la aeronáutica y, según su biógrafo, una de sus metas era intentar sacar el capital estadounidense de la isla.

"Lobo hizo su fortuna dentro de Cuba y la invirtió en Cuba. Compró muchos ingenios que eran propiedades de los estadounidenses porque creía que eran los cubanos quienes debían de tener control del país", afirma Rathbone.

"Son elementos de su vida que muestran que hubo un orgullo nacional entre cierta parte de la burguesía cubana, que tenía también un gran patriotismo. Eso mata muchos de los clichés que han proliferado sobre lo que era la burguesía y los cubanos de antes de la revolución", agrega.


Cinco años después de huir de Cuba y asentarse en Nueva York, de especular en la bolsa, de hacer una nueva fortuna y volverla a perder casi completa, Lobo entendió que era tiempo para un nuevo exilio.

"Especular en los mercados financieros era algo que sabía hacer muy bien y, cuando se marcha de Cuba, fue un rey en Wall Street también por un tiempo. Pero luego se arruinó nuevamente y es entonces cuando decide marcharse a España", indica Rathbone.

La cima

Para mediados de siglo XX, Lobo era la mayor fortuna de Cuba (algunos la estiman en unos US$4.000 millones actuales) y, también, una especie de leyenda para los chismorreos cotidianos.

Pese a ser un hombre austero y cuidadoso de su vida privada, sus viajes al extranjero, sus nuevas adquisiciones o sus amoríos con estrellas de Hollywood (desde Esther Williams hasta Joan Fontaine) era comidilla frecuente de la siempre indiscreta Habana.

Con los años, se fue haciendo de una de las bibliotecas más grandes de Cuba y atesoró, además, la más completa colección de arte napoleónico que existe fuera de Francia, que iba desde una muela hasta un mechón de pelo y un reluciente orinal de Napoleón.

Según varios historiadores, su pinacoteca incluía cuadros de Rafael, Miguel Ángel, Da Vinci y decenas de óleos y grabados de Goya y mandó dinero a la Sierra Maestra, para ayudar a los rebeldes que lideraba Fidel Castro.


En 1946, unos gánsteres le espetaron 3 tiros en circunstancias nunca aclaradas: uno lo dejó cojo, los otros dos le levantaron parte de los huesos del cráneo.

Faltaban aún 17 años para que lo perdiera todo y 40 para que su cadáver fuera colocado en una discreta cripta en la catedral de La Almudena, en Madrid.

Pero, según cuentan los que lo conocieron, solía decir que los verdaderos disparos no los había recibido aquella noche, sino otra, varios años después: una calurosa madrugada de octubre, la penúltima que pasó en La Habana.

La decadencia

En la mañana después de su partida, el 14 de octubre de 1960, el imperio de Julio Lobo comenzó a deshacerse pieza a pieza como un nebuloso castillo de naipes.

Las autoridades castristas, que le habían extendido un día antes el salvoconducto que le permitió cruzar a Nueva York, tomaron posesión de sus bienes en nombre de la revolución.

Sus textos sobre el azúcar-la más completa colección existente en Cuba-, junto al resto de sus centenares de libros, fueron enviados a la Biblioteca Nacional.


Las miles de reliquias y objetos que atesoraba del general francés fueron también confiscados y muchos de ellos todavía se exhiben en el Museo Napoleónico de La Habana, una vieja mansión que estuvo cerrada por años por filtraciones y derrumbes y que muchos cubanos desconocen y casi ninguno visita.

Las pinturas y esculturas de su colección son las que integran actualmente la mayoría del acervo del Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana, pero otras, las más valiosas, como las obras de Miguel Ángel, Da Vinci, Rafael y otros pintores de renombre, nadie sabe a dónde fueron a parar.

Sus casas y propiedades son actualmente destartaladas cuarterías o ministerios y la mayoría de las centrales que le confiscaron fueron demolidas cuando bajó el precio del azúcar en el mercado mundial y ahora son ruinas en medio de olvidados bateyes.

Cuba, que lideró durante décadas el comercio azucarero mundial, batalla ahora para poder producir 1 modesto millón de toneladas al año y, desde hace más de una década, se ha visto en la necesidad imperiosa de importarla desde Brasil, Colombia e, incluso, de Francia.

En La Habana -y en casi en cualquier otra provincia- solo los más viejos recuerdan a estas alturas quién fue Julio Lobo. Su memoria se desvaneció en el tiempo, como su fortuna, sus cuadros y el viejo pasado de la "isla del azúcar".

*John Paul Rathbone es uno de los invitados al Hay Arequipa, un encuentro de escritores y pensadores que se realiza en esa ciudad peruana entre el 8 y el 11 de noviembre.
***********


El último magnate


Por Alejandro Ríos

Las dos veces que visité en mi vida el Museo Napoleónico en El Vedado habanero era muy bisoño para imaginarme que toda aquella impresionante colección, la más grande sobre el tema fuera de los predios franceses, había sido incautada por la revolución a su legítimo dueño, figura mítica de un exitoso universo empresarial cubano, perdido en la memoria de los tiempos, el multimillonario azucarero Julio Lobo.

La historia de sus éxitos y fracasos viene contada, como una novela, en un libro fascinante recién publicado, The Sugar King of Havana, The Rise and Fall of Julio Lobo, Cuba's Last Tycoon, escrito por John Paul Rathbone, donde es fácil concluir que el magnate perdió mucho más que el producto de su afición napoleónica, cuando Ernesto Che Guevara lo llamó en 1960 para darle dos opciones: o colaboraba con la industria azucarera revolucionaria o tomaba el camino del exilio. Ni decir que Lobo, con 62 años de edad, se fue sin mirar atrás y terminó los días de su vida en un modesto apartamento madrileño.

En sus años de esplendor, la fortuna personal de Julio Lobo se estimaba en $200 millones, $5 billones al cambio de hoy. En esa época era considerado el hombre más rico de Cuba. Controlaba catorce centrales azucareros, era dueño de miles de acres de tierra y tenía oficinas comerciales en Nueva York, Londres, Madrid y Manila. También le pertenecía el Banco Financiero y una compañía de seguros. Además, poseía intereses en navieras y en la firma de telecomunicaciones Inalámbrica.

(Julio Lobo)

Su carrera profesional contradice la insidia que el régimen de La Habana ha divulgado sobre las clases pudientes. Fue un hombre de gustos refinados y opuesto a la corrupción gubernamental, lector de obras literarias clásicas y no sólo se hizo de la colección de objetos napoleónicos sino de una de pinturas que ostentaba los nombres de Rembrandt, Dalí, Tintoretto, Renoir, Murillo y Diego Rivera, entre otros. Poco antes de 1959, algunas de esas obras Lobo las había cedido en préstamo al Museo Nacional de Bellas Artes y años después, supo que estaban siendo vendidas en una subasta canadiense.

En otro capítulo del despojo a que fue sometido perdió dos cajas de documentos sobre Napoleón que una de sus hijas había dejado a resguardo en la embajada de Francia en La Habana cuando partieron al exilio. Al final, los franceses quisieron cobrar años de almacenaje y luego, a regañadientes, cedieron las cajas que fueron a parar al propio Museo de Bellas Artes en tanto se arreglara el envío a Inglaterra, donde vivía una de las hijas de Lobo.

Los documentos nunca los recuperó debido a los malos oficios e intrigas de Marta Arjona, a la sazón directora del Museo, y de la poderosa Celia Sánchez, quien, según algunos de sus asistentes, deseaba quedarse con cartas de Napoleón sobre su campaña en Rusia y otras dirigidas a Simón Bolívar.


La persona que lidió con la fracasada operación de rescate de los documentos durante los años setenta fue una de las dos hijas del magnate, María Luisa Lobo, a quien tuve el placer de conocer al principio de la década de los noventa cuando arribé a Miami.

Al terminar el libro de Rathbone, descubrí de dónde provenía el empecinamiento, la independencia y el poder de convocatoria que asistía a María Luisa en su incansable acercamiento a Cuba.

Sin pensarlo dos veces organizó varias tertulias cinematográficas en su legendario apartamento de Key Biscayne, donde yo ponía al tanto de lo que ocurría en el cine de la isla a distintas generaciones de exiliados que se daban cita en esos encuentros fecundos. Fueron jornadas espléndidas de encendidas discusiones e inolvidables comidas criollas. Para mí resultó ser como una suerte de ``presentación en sociedad'' que mucho le agradezco.

María Luisa Lobo falleció en 1998, sin haber visto publicado su tributo a la capital cubana, La Habana, historia y arquitectura de una ciudad romántica, que sus hijos se encargaron de publicar pocos años después.

Que la hija más privilegiada de Cuba y todo lo que perdió tuvo que ir reconstruyéndolo con los años, sin rencor, ni nostalgia aparente, siempre mirando al futuro aunque fuera incierto.

Cuando María Luisa falleció sus cuatro hijos viajaron a la isla para esparcir sus cenizas en el central Tinguaro, el predilecto de la familia. Allí supieron del bien que había hecho Julio Lobo a los pobladores del batey. De cómo dio becas y oportunidades de estudio y recordaron a María Luisa haciendo la ronda con su padre por las escuelas y clínicas que fundara a beneficio de los trabajadores.

Cuando esparcían las cenizas invitaron al antiguo administrador del central a que participara de la ceremonia y, ante el asombro de todos, introdujo sus manos en el recipiente y se restregó las cenizas por la cara, el pecho y su blanca camisa, como si quisiera agradecer tantas buenas acciones.

Hoy gobierna una familia que ha hecho de Cuba un lugar desesperanzador. La estirpe de los Lobo, creadora de riquezas, hizo a la isla más cubana y perdurará cuando vuelva a ser el país que prefiguraron con su gestión incansable de trabajo y amor.
***********






Etiquetas: , , , , , , , ,


Para seguir leyendo hacer click aqui­ ...