martes, julio 30, 2024

El escritor William Navarrete entrevista a la profesora Leonor Lobo Montalvo, hija de Julio Lobo, magnate y zar azucarero cubano de origen venezolano al que la Robolución le robó sus propiedades incluyendo colecciones de arte y de carácter histórico

 Tomado de https://www.cubanet.org/

“Todo lo que se exhibe en el Museo Napoleónico son los objetos que nos robaron”

********

El escritor William Navarrete entrevista a la profesora Leonor Lobo Montalvo, hija del magnate azucarero cubano Julio Lobo.

********

Por William  Navarrete

30 D de julio, 2024 

VERO BEACH, Estados Unidos. – Todos los cubanos sabemos que Julio Lobo fue el hombre más rico de Cuba antes de 1959. Su imperio, fundado en el azúcar, cubría unos 16 centrales azucareros repartidos en las seis provincias de la Isla: Agabama, Pilón, Tinguaro, San Cristóbal, Fidencia, Unión Central, Perseverancia, Caracas, Niquero, La Francia, Tánamo, El Pilar, Araújo, Hershey, San Antonio y Rosario. ¡Si con solo tener uno bastaba para tener yates y aviones privados, cualquiera puede imaginarse lo que significaba tener 16! También organizó el Banco Financiero, del que era el mayor accionista, y poseía las navieras Cubana del Atlántico S.A. y Cubamar S.A., la línea de navegación Golfo Cuba S.A. y la operadora marítima Unión S.A.

Pero, “quien tiene amigos tiene un central”, dice el dicho cubano, y Lobo tenía los dos porque no solo se dedicaba al mundo empresarial, sino que fue un gran apasionado de la vida y obra de Napoleón Bonaparte y, por esta razón, había logrado atesorar la colección de documentos, libros y objetos de arte más grande fuera de Francia relacionada con la vida del emperador de los franceses. A su salida de Cuba, esta colección fue confiscada y colocada en La Dolce Dimora, la mansión también confiscada de Orestes Ferrara para exhibirla en una nueva institución que el Gobierno cubano llamó Museo Napoleónico.

Fue Grace Piney, editora de una de mis novelas hoy establecida en Miami, quien me habló de Leonor Lobo Montalvo, hija ya nonagenaria del acaudalado cubano. Me dijo que vivía en Vero Beach (centro de Florida) desde hacía cinco décadas y que valía la pena visitarla para entrevistarla. Me sirvió prácticamente de cicerón en esta tarea ―Vero Beach no queda tan cerca de Miami como pensaba― el artista Claudio Castillo, emparentado además con la familia, quien me ayudó a reunir las fotos y limar la entrevista porque a Leonor le gusta que las cosas queden bien y es muy cuidadosa con todo lo que publica. De hecho, no suele dar entrevistas largas como esta.

Durante nuestras conversaciones me di cuenta enseguida de que es alguien que habla el español perfectamente, que no olvida sus raíces y posee una jerga dicharachera de la Cuba de otros tiempos que es una delicia. Su memoria es excelente, y la manera en que permanece alerta con cada detalle admirable. 

―Cuéntenos de sus orígenes, de sus padres y abuelos, y de los primeros recuerdos de Cuba.

―Nací en La Habana, exactamente en El Vedado, el 29 de enero de 1933. Mi padre, Julio Lobo Olavarría, poseía varios centrales azucareros. Pero era un hombre de pasiones y una de ellas lo llevó a atesorar miles de objetos relacionados con Napoleón Bonaparte, el emperador de los franceses. Mis abuelos paternos eran Heriberto Lobo Senior, originario de Willemstad, isla holandesa de Curazao, pero establecido desde joven en Caracas (Venezuela), y Virginia Olavarría, de una eminente familia venezolana. A mi padre la fortuna no le venía exclusivamente por su padre, sino que trabajó mucho para fundar su propio imperio. Mi abuelo tenía algún dinero, era de clase acomodada, pues a los 18 años entró a trabajar en un banco caraqueño, y a los 20 ya era el gerente de este. 

Curiosamente, mi abuelo Heriberto se exilió en Cuba expulsado de su país por un militar y presidente venezolano llamado Cipriano Castro, quien gobernó entre 1899 y 1908. Cipriano quiso obligarlo a abrirle las bóvedas del banco que él presidía y don Heriberto se negó. Lo mismo sucedería con nosotros, sus descendientes, pero con otro Castro, medio siglo después. 

Mi padre nació en Caracas, en 1898, pero llegó a Cuba a los dos años de edad. Dos de sus hermanos, Jacobo y Elena, nacieron en la Isla, en donde mi abuelo fue presidente de una sucursal de la North American Trust Company, además de ocuparse de la importación y exportación de granos. Mi padre no quiso dedicarse a lo mismo y le planteó a mi abuelo que deseaba estudiar Agronomía y trabajar en el ámbito del azúcar, por eso fue enviado a Estados Unidos, en donde se graduó de ingeniero agrónomo en Louisiana State University, en 1919.

Como hacendado, mi padre tuvo tierras en todas las provincias y fue propietario único o mayoritario de unos 16 centrales azucareros, empezando por el Agabama, que se encontraba en Las Villas. Este fue el primero que visité a los seis años de edad, en 1939. Los tres últimos centrales que adquirió se los compró a la compañía Hershey en 1957. A mi padre se le conoce también por su enorme colección napoleónica, pero se olvida a menudo que tenía la mayor biblioteca existente en el mundo sobre el azúcar, robada por el gobierno de Fidel Castro y trasladada completamente a la Biblioteca Nacional cuando Julio Lobo se exilió. 

En cuanto a mi madre, María de la Esperanza Montalvo Lasa, era cubana y de padres cubanos. Una niña nacida en el seno de una familia de la aristocracia cubana, a la que no enviaron nunca a un colegio para que no se mezclara con otras niñas, y que recibió solo una educación a base de institutrices y tutores que venían a su casa. Mi abuelo materno fue Eduardo Montalvo Morales y mi abuela María Esperanza Lasa del Río Noriega, muy católica, al punto que vivió con mucho desasosiego el escándalo que en la época representó para la sociedad habanera la relación bígama y posterior divorcio de Catalina Lasa, su hermana, con Luis Estévez Abreu, así como su partida a París con su amante Juan Pedro Baró. Ambos fueron los “Romeo y Julieta” cubanos del siglo XX. 

―Nace en cuna de oro y como tal la educan…

―En realidad, nací en la calle 4, entre 11 y 13 de El Vedado, al lado de la casona de mis abuelos paternos (actual Ministerio de Cultura) y a la que no nos mudamos hasta la muerte de estos. A los seis años de edad nos fuimos a una casa en la Quinta Avenida de Miramar pues mi madre no se llevaba bien con sus suegros. Hay que decir que mi abuela paterna era de armas tomar, una mujer que sabía cocinar y hacer de todo, mientras que a mi madre, muy poquita cosa, le gustaba dormir las mañanas, algo que escandalizaba a su suegra. Mi padre al nacer no era tan poderoso como lo fue después. En realidad, su fortuna empezó a crecer en la década de 1940. 

Yo estudié primero el kínder en el colegio Margot Párraga, una institución en El Vedado, para niñas de la sociedad y luego me mandaron al Ruston, en donde recibíamos casi toda la educación en inglés. Después me pusieron en el Baldor, también en El Vedado y, por último, me enviaron a un colegio en Connecticut (Estados Unidos). Me gradué del Radcliffe-Harvard, en Cambridge (Massachussets) con una licenciatura en Letras. Por cierto, he seguido estudiando en esta universidad, en cursos de otoño, ya octogenaria. He sido oyente por cuatro años y seguido cursos de Filosofía China, Literatura Rusa y otras materias. 

Cuando me gradué regresé a La Habana en 1955. Ese mismo verano conocí a mi esposo, Jorge González Díez, originario de Jerez de la Frontera (Andalucía) y cuya familia tenía y tiene todavía una destilería, la González Byass, y fabrica vinos entre los que se encuentra el famoso jerez Tío Pepe. Conocí a Jorge porque estaba casualmente en La Habana visitando a uno de sus tíos. Nos casamos en 1957.

―A Julio Lobo, su padre, le fascinaba todo lo relacionado con Napoleón. ¿Puede hablarnos de esto?

―Una vez me dijo que a él lo que le fascinaba de Napoleón no era su genio militar sino su genio como estadista. También la manera en que sacó a Europa de la Edad Media pues, a pesar de que transcurría ya el siglo XIX, persistía el espíritu medieval en muchos ámbitos de la vida del Viejo Continente. Su pasión por Napoleón comenzó cuando a los 10 años su padre le regaló un autógrafo del emperador. La colección fue creciendo poco a poco gracias a la compra en subastas de muchos de los objetos que la conformaron. Lo acompañé a varias subastas en Londres y París. Esta colección empezó a atesorarla en la casa de El Vedado. En cuanto a la biblioteca, encargó a la bibliotecaria María Teresa Freyre de Andrade el procesamiento y clasificación de las obras que iba adquiriendo.

―Tengo entendido que usted fue la primera mujer que escaló el Pico Turquino, el más alto de la Isla. ¿Puede contarnos esta aventura?

―En el colegio Baldor tenía malas notas. No era una alumna aplicada. Mi padre estaba analizando enviarnos a estudiar, a mi hermana María Luisa y a mí, a Estados Unidos, pero con aquellas notas no íbamos a poder entrar a ningún colegio norteamericano. Mi padre me dijo: “Saca buenas notas y te complaceré en lo que quieras”. Y yo, muy campechana, le dije: “Me gustaría subir el Pico Turquino”. 

El Pico Turquino quedaba cerca de uno de los ingenios de mi padre: el Pilón, en Cabo Cruz (provincia de Oriente). Allí había un empleado del central, un negro cultísimo llamado Juan Vázquez que de niña me contaba leyendas increíbles del pico. Mi padre le encargaba que nos paseara a caballo a mi hermana y a mí, para que no anduviéramos solas por las faldas montañosas y los campos circundantes. Ese mismo hombre fue el que me habló del Pico Turquino como de un lugar de ensueños y por eso, en mi imaginación, había quedado como un sitio que tenía que escalar.

Mi padre organizó entonces la expedición. Viajamos de La Habana a Cabo Cruz, y una vez en el batey fue a ver al Dr. Manuel Sánchez, el padre de Celia Sánchez Manduley, por si quería que alguna de sus hijas se sumara a nuestra aventura. A eso el doctor respondió que sus hijas no eran marimachas ni se pondrían nunca pantalones. ¡Ironías de la vida, visto en lo que se convertiría pocos años después la propia Celia! Esta familia le tenía mucha consideración a mi padre, porque él siempre satisfizo todas las necesidades de ellos, y para que Manuel ejerciera correctamente su profesión de médico le enviaba desde La Habana todo lo que necesitaba. Es por eso que, en 1960, Celia fue la persona que ayudó a mi padre a salir del país. 

Cuando llegamos al batey de Cabo Cruz había una huelga. Éramos un grupo de ocho personas y para que no nos impidieran salir de la casona familiar lo hicimos de madrugada. El central y la casa quedaban a poca distancia del mar. Embarcamos todos en una lanchita hasta un poblado al pie del Pico Turquino llamado Bella Pluma. Aquel caserío me provocó gran impresión porque sus habitantes eran indios, no sabían leer, y tenían encerrado a un individuo en una jaula. Cuando les pregunté a los escasos moradores del lugar la razón, me respondieron que lo habían enjaulado porque estaba loco y no sabían qué hacer con él. 

Juan Vázquez indagó quienes querían sumarse a nuestro grupo para que nos sirvieran de guía y fueron dos los que se apuntaron y firmaron el documento con una cruz. Nos dijeron que hacía mucho tiempo nadie había subido y que los últimos en hacerlo habían sido gentes de la Sociedad Espeleológica de Cuba encabezada por Antonio Núñez Jiménez. Los trillos estaban en muy mal estado y había que abrirse paso en medio de la maleza con machetes. A mitad de la ascensión, mi hermana y mi padre no pudieron seguir y abandonaron la marcha. Pero yo dije que ya que estábamos en medio del camino quería continuar. Así fue como logré subir hasta el mismísimo pico y sacar del cofre que se conservaba debajo de una piedra en lo alto el documento que, por tradición, dejaban siempre los últimos en subirlo retirando el de sus predecesores. Sacamos entonces el documento de Núñez Jiménez y su grupo y colocamos el nuestro. Cuento esto porque cuando regresé a La Habana en avión desde Santiago me esperaba una cantidad impresionante de escolares y personas para dar vítores por la hazaña. Exhibían banderolas que decían que era una heroína. Fui famosa por dos semanas y hasta impartí conferencias en el Lyceum de El Vedado; el propio Núñez Jiménez me invitó a la Sociedad Espeleológica para que narrara mi experiencia. Lo cuento porque este mismo señor, que me agasajó tanto entonces, fue el que años después ocupó el cargo de jefe de la Reforma Agraria y nos confiscó todas las tierras que poseíamos.

Hoy en día, toda mi papelería sobre este hecho de mi vida la doné a la Universidad de Miami y puede ser consultada incluso a través de la web de esta institución.

―¿Todo fue confiscado cuando salieron del país tras el triunfo del castrismo?

―Pasaron muchas cosas. La colección que el Gobierno cubano muestra ahora se encuentra en lo que ellos llaman el Museo Napoleónico, instalado en la que fue la casa del senador Orestes Ferrara, en la calle Ronda y San Miguel, detrás de la Universidad de La Habana. Sigue siendo la colección de este tema más importante fuera de Francia por la gran cantidad de objetos, obras de arte, libros, documentos, mapas, periódicos, diarios de campaña, entre otras piezas relativas a Napoleón que la conforman. 

Cuando se precipitaron los acontecimientos con la llegada del castrismo, Jorge, con quien ya estaba casada, y yo intentamos salvar cientos de manuscritos y documentos. Hicimos cosas de locura porque una noche a las 3:00 a.m. le tocamos la puerta al embajador de Gran Bretaña, un solterón que daba muchas fiestas y asistía siempre a las nuestras, y quien ya me había invitado a tocar a su puerta en caso de aprietos. El caso fue que, aquella noche, literalmente se la tocamos y salió una criadita asustada que me dijo que a esa hora ella no podía despertar al embajador. Entonces le solté dos o tres malas palabras y la conminé para que lo despertara, cosa que finalmente hizo, y el embajador bajó al fin envuelto en una bata escocesa para recibirnos. Cuando le dijimos que habíamos metido en cajas que parecían de armamentos cientos de documentos de la colección de mi padre y que necesitaba que nos los cuidara para sacarlos del país, se aterrorizó y dijo que de ninguna manera podía ayudarnos. Entonces, como a pocas cuadras quedaba la residencia del embajador de Francia, acudimos a él. Y a esa hora repetimos la gestión de tocarle la puerta y, muy amablemente, el francés accedió a guardarnos aquellos valiosos documentos de la colección. El caso fue que nunca más supimos de la caja ni de su contenido, y todo se perdió definitivamente.

Así y todo, pudimos sacar cientos de cartas y otros papeles a través de un hombre de color, Norberto, empleado que se movía entre dos aguas, o sea, del lado de los fidelistas, pero que a la vez conservaba vínculos con muchas de las familias de la burguesía porque había trabajado para la Bacardí y de noche como mayordomo en fiestas y recepciones elegantes de antes de 1959. No sé cómo lo logró, pero gracias a él pude sacar hacia España muchas de estas cosas.

―¿Cómo logran salir de Cuba?

―El primero en salir fue Julio Lobo, mi padre. Nosotros lo acompañamos al aeropuerto, un 13 de octubre de 1960, en que tomó un avión con destino a Nueva York. El Che lo había convocado a su despacho y le propuso que se convirtiera en gerente general de la industria azucarera o algo así y de todas sus propiedades y centrales; le dejaban el usufructo del Tinguaro (en Perico, provincia de Matanzas), que era su preferido, y en donde había recibido a decenas de huéspedes ilustres desde Esther Williams y Maurice Chevalier hasta Ginger Rogers, Joan Fontaine y Richard Burton, sin contar las fastuosas fiestas que había dado en este sitio. Mi padre le preguntó qué sucedería si se negaba, a lo que el Che le respondió: “Te dejo desnudo”. Y mi padre le dijo: “Los mejores momentos de mi vida los he pasado desnudo”. Aquella misma noche mi padre llegó a la casa a las 3:00 a.m. y nos dijo: “Comiencen a empacar”. 

Como mi esposo era español, nosotros nos creíamos protegidos, pero eso no fue así. Decidimos escondernos en casa de una prima lejana y llamamos a Norberto, pues sabíamos que él hacía maromas para sacar a las personas del país y, como ya dije, los objetos y las cosas personales también. Norberto nos preguntó que hacia dónde deseábamos irnos, y yo le dije que, a cualquier sitio, hasta la mismísima Conchinchina, por tal de irnos de Cuba. Entonces nos dijo: “Mañana se van para el aeropuerto, discretamente, con una maleta pequeña. Yo me reuniré con ustedes allí”. 

Lo obedecimos y cuando llegamos el aeropuerto de Rancho Boyeros estaba abarrotado. Nos pusimos en la fila y nos dimos cuenta de que, al final, justo antes de salir para la pista, había una funcionaria del G-2 que verificaba los papeles y hacía preguntas a cada persona que pretendía viajar. En eso estábamos cuando por la megafonía anunciaron que si en la sala había alguien llamado Jorge González que se presentara porque esa persona no podía viajar. Imagínate, se trataba de mi esposo, de modo que decidimos hacernos los chivos con tontera y seguir en la cola. Mirábamos para todas partes, buscando a Norberto, quien nos había prometido que estaría allí por si se nos presentaba alguna complicación, pero no aparecía. Nos daba mala espina no verlo, pero ya no podíamos dar marcha atrás. Llevábamos a nuestro hijo Boris, con solo año y medio, quien no paraba de llorar y gritar. Entonces, justo cuando llegamos a la mujer apareció Norberto. La agente de la Seguridad al descubrir la identidad de Jorge dijo que esa persona, tal y como habían anunciado, no podía viajar. Fue entonces que Norberto le dijo: “Chica, este no es el Jorge que están buscando, Jorge González hay miles, y al que están buscando es cubano y este señor como ves es español”. La funcionaria titubeó, pero Norberto la convenció y nos dejó salir a la pista y subir, al fin, al avión. 

En la cabina había un calor horrible, nos tuvieron sin aire acondicionado hora y media, y yo aterrorizada con la idea de que nos bajaran. Incluso, estando ya todos los pasajeros sentados, un militar dio una patada y penetró en la cabina. Nosotros pensábamos que era a nosotros a quien venía a buscar, pero fue directo hacia un anciano y lo bajaron dando gritos del avión. Al fin el avión despegó y cuando aterrizamos en Fort Lauderdale rompí en llanto. Era libre, habíamos logrado escapar de aquel infierno, y poner fin a tantas angustias.

―¿Cómo fueron los primeros años en el exilio?

―Nos fuimos inmediatamente a Nueva York, donde ya estaban instalados mis padres. No había cubano en el exilio que no creyera que en tres semanas estaríamos de regreso a la Isla. El tiempo fue pasando y cuando ocurrió el fracaso de la invasión de bahía de Cochinos nos dimos cuenta de que aquello era para largo. Vivimos en Nueva York hasta 1966, pero a mi esposo le propusieron un buen puesto en Madrid y nos mudamos a España. También mi padre se fue a España, y allí vivió el resto de su exilio hasta su muerte en 1983, a los 84 años, en la capital española, en donde fundó el Centro Cubano y estuvo muy vinculado a las actividades de los exiliados. Fue enterrado en la catedral de La Almudena, junto a su hermana Elena. 

―Pero tengo entendido que usted termina instalándose en Florida…

―En efecto. Mi padre nos había regalado a mi hermana María Luisa y a mí por nuestros matrimonios lo que yo llamo un pantano, en el centro de Florida, en Vero Beach. Eran 535 acres de manglares y pantanos inutilizables. En 1969 un abogado amigo de la familia nos advirtió que el administrador de aquellas tierras estaba haciendo muy mal trabajo y hasta había falsificado mi firma para apropiarse de no sé cuántos acres. Entonces Jorge decidió tomar cartas en el asunto y viajar a Florida para que pudiéramos ocuparnos de este asunto en el terreno.

Cuando llegamos en 1971 y vi el lugar me quiso dar un infarto. Allí no había nada, era un paisaje árido y casi lunar. Pero a mi esposo, que rehuía las grandes ciudades, le encantó. Se dio cuenta del potencial del sitio en el que todo estaba por construir, pero ante mi insistencia de que regresáramos a Madrid empezó a entretenerme y a hacerme el cuento de que él se estaba ocupando de dejar todo arreglado antes del regreso. 

El caso fue que, conocí al director de Saint Edward’s, una escuela privada que era la primera de aquel lugar, pegada a The Moorings, y me propuso que me convirtiera en profesora de Literatura, y luego en presidenta del Departamento de Inglés. Al final, me gustó tanto lo que hacía, mi relación con los alumnos y lo que aprendía enseñando que ni cuenta me di de que habían pasado seis años en aquel lugar en el que me sentía tan a gusto, pero tuve que dimitir para terminar un máster en la Universidad de Middlebury. Mientras tanto, Jorge urbanizó todo aquello. The Moorings fue dragado y convertido entre 1971 y 1984 por mi esposo en lo que es hoy, una comunidad próspera con casas familiares de lujo y marinas para yates. Así fue como cursé un máster y me quedé trabajando en ese sitio. Poco después me impliqué en la fundación del museo de arte local, el Vero Beach Museum of Art, una labor titánica, que es, hoy por hoy, la principal atracción del sitio en que ya he vivido los últimos 55 años de mi vida.

―¿Volvió alguna vez a Cuba? 

―En 2016 cuando Barack Obama restableció las relaciones de Estados Unidos con Cuba, quise mostrarle a mi hijo el país en que nació y del que se fue con año y medio. En realidad, yo no pensaba hacerlo, ni volver nunca, pero me dije que el día en que yo muriera mi hijo iba a ir sin mí, al menos por curiosidad, y que para que cualquiera le hiciera otro cuento prefería mostrarle yo los sitios afectivos que tenían que ver con nuestra historia familiar. 

Recuerdo que en el taxi que nos conducía del aeropuerto al hotel Saratoga, en frente del Capitolio, en que nos alojamos, iba tratando de reconocer los sitios. Quedé tan asombrada de la destrucción que le pregunté al chofer si habían sufrido un bombardeo reciente. “Bombardeo no, chica, lo que ves es una Habana que se desplomó”, afirmó. 

Nos quedamos en el hotel que dije, pero a los pocos días nos sacaron de allí porque era donde se iba a quedar Barack Obama y su séquito. Entonces nos trasladaron al palacete de los condes de Santovenia, cerca de la bahía, en La Habana Vieja.

Por cierto, tuve la misma impresión que cuando visité San Petersburgo porque habían colocado tarjas de homenaje o recordatorio de personajes ilustres que ellos mismos habían despojado de sus bienes o condenado al exilio. En el caso de mi padre, una tarja recordaba el lugar en donde había tenido su oficina antes de que le expoliaran todos sus bienes. Y en otras partes, como en el cementerio Colón, sucedió lo contrario: arrancaron la tarja de la tumba de mi familia para poner otra con nombres diferentes en su lugar. Tengo fotos de todos esos sitios.

―¿Qué visitó y qué impresiones tuvo?

―De más está decirte que todo daba grima. Nada funcionaba. Los hoteles muy bonitos pero los inodoros tupidos. Todo sucio. Nos pusieron una especie de guía, muy amable, que nos acompañó a varios lugares. Quise llevar a Boris a ver el central Hershey, unos de los más hermosos que poseía mi padre, y me encontré un campo de ruinas. Solo quedaban chatarra y pedazos de hierro. Los mayores, cuando se enteraron de que éramos la hija y el nieto de Julio Lobo, nos decían: “Ay, ¡por qué no regresan y se ocupan de todo esto como antes!”.

Yo había salido de Cuba a los 27 años, de modo que tenía una memoria vívida de la Isla. Fuimos a Varadero, y en este balneario que antes era un crisol estuvimos en la Villa Xanadu, la antigua casa de Irénée Dupont de Nemours, que yo conocía muy bien por haber estado allí mismo almorzando con mi padre y su propietario. Imagínate que las ventanas se habían perdido y cuando les pregunté qué hacían cuando llovía, me dijeron que tapaban los huecos con lonas o planchas de madera.

No es por despecho, sino que realmente todo daba asco. La mediocridad general era galopante. En esas condiciones no quise ni siquiera visitar el Museo Napoleónico. Todo lo que exhiben allí son los objetos que nos robaron y temía que me diera un ataque de rabia. 

En cuanto a mi hijo, él no tiene las mismas referencias que yo. Y como hombre de negocios, al salir de Cuba, me dijo: “Este sitio es un buen lugar porque todo, absolutamente todo, está por hacer”.

Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , ,


Para seguir leyendo hacer click aqui­ ...

martes, enero 16, 2024

Carlos Lehder, excapo del cartel de Medellin, habla sobre la relación de Raúl Castro y el narcotráfico y publica el libro Vida y Muerte del Cartel de Medellín

AmericaTeVe Miami

15 de enero, 2024

Raúl Castro y el narcotráfico: excapo revela detalles de los negocios del Cartel de Medellín en Cuba



******************

Tomado de https://www.semana.com/

Carlos Lehder habla, por primera vez, de la traición de Pablo Escobar que lo llevó a enfrentar una condena en EE. UU. por narcotráfico.

*******

Tres décadas después, a Carlos Lehder no le cabe duda de que Pablo Escobar, a quien le dio el apelativo de Caín, fue quien lo entregó a las autoridades en uno de sus intentos de venganza y redención.

********

Redacción Nación

13 de enero de 2024

Mientras estaba detenido en Estados Unidos, Lehder fue visitado por el padre Rafael García Herreros, quien en la foto de la derecha aparece con la hija del capo. | Foto: Patricia Rincón Mauter

Incrédulo por el cambio de su suerte, en febrero de 1987 Carlos Lehder se vio en una celda de cuatro metros cuadrados en una cárcel de máxima seguridad de Marion, Estados Unidos. Irónicamente, y como si se tratara de una broma del destino, la pesadilla del narcotraficante empezó con lo que consideró una excelente noticia: la Corte Suprema había declarado inexequible el decreto que permitía la extradición porque el documento no tenía la firma del presidente Julio César Turbay.

Lehder se había confiado de la decisión judicial y bajó la guardia, pese a que era uno de los hombres más buscados del país. La Navidad de 1986 la pasó en compañía de su gran amigo, el narcotraficante Rafael Cardona, “navegando por el río Magdalena, pescando bagres, montando a caballo” a cuenta de la “tranquilidad” que les había dado el fallo.

Con la llegada del nuevo año, el narcotraficante tenía planes para quedarse una temporada en Medellín junto con su novia, Lulú, y sus sicarios de confianza. Por su cabeza solamente rondaba la idea de descansar: “Pronto guardaríamos los fusiles, ametralladoras y granadas, y solamente portaríamos pistolas”. La extradición ya no existía.

Sus planes se acabaron con una llamada. Pinina, uno de los más sanguinarios sicarios de Pablo Escobar, quien en más de una oportunidad le había dado consejos para hacerles el quite a operativos judiciales e incluso a la muerte, le lanzó la siguiente advertencia: “Llave, piérdase que la policía le va a caer en dos horas”.

Carlos Lehder cree que Pablo Escobar fue quien lo entregó a las autoridades.

“Cuando fui a responder, oí que colgaba. De inmediato empacamos todo lo importante, subimos a los dos jeeps y nos fuimos para la casa de Rionegro. Me pregunté cómo Pinina sabría ese nuevo número telefónico mío. Si ya no me podían extraditar, ¿por qué me seguía persiguiendo la Policía? Llamé por teléfono a mi pareja y le dije que pospusiera su viaje”. Así, le surgieron las dudas a Lehder.

Pocos minutos después, dos camiones cabinados de la Policía Nacional y dos jeeps llegaron hasta la finca. Los planes elaborados de fuga y el diseño de rutas de escape habían quedado en el pasado, “estábamos atrapados”.

Por esto tomó la decisión de entregarse, confiado en que pasaría los siguientes días o años en una cárcel colombiana. Nada más alejado de la realidad. En minutos pasó de Guarne, a Rionegro, a Bogotá, hasta la base militar de Guantánamo, en Cuba; luego a Tampa, Florida, en Estados Unidos, su destino final.

“Durante el vuelo logré estar relativamente calmado porque mis sentidos aún se negaban a dar credibilidad al hecho de haber sido secuestrado en mi patria por agentes de otro país, con toda la complicidad del alto gobierno”. Ya en suelo norteamericano fue recluido, con grilletes y cadenas, en un calabozo de una “prisión sin nombre, como único detenido”.

No comprendía lo que estaba ocurriendo y en su mente aparecían fugazmente algunas reflexiones pesimistas con algunos visos de optimismo, las cuales se irían repitiendo a lo largo de su detención: “Esta no era una pesadilla transitoria, eran las consecuencias de haber fallado en mi obligación de escabullirme del enemigo. Mi profesión de narco había terminado bruscamente. Pero en medio de todo, había una cosa positiva: por lo menos, la policía no me había matado”.

Tres décadas después de escuchar la lectura de sus pecados en un amplio indictment, el cargo más grave era una acusación ajena. Además de ser señalado de liderar el envío de toneladas de cocaína a Estados Unidos, utilizando Norman, su cayo en Bahamas, le dijeron que “su máximo nivel de custodia se debe a que poseemos información que indica que usted ha amenazado con matar jueces de Estados Unidos, algo que había dicho Escobar, jamás lo afirmé yo”, dice en el libro.

En medio de su secuestro-extradición, como califica su traslado a Estados Unidos, recibió una noticia que lo destrozó: su padre había fallecido por un cáncer. “Su pérdida acongojó y llenó de dolor mi cuerpo y mi alma. Sentí, ahora sí, que me encontraba en otro mundo, aislado en un planeta oscuro. Solo quienes han vivido algo así saben la profunda desolación”.

La traición

Mientras esperaba su juicio, Lehder se reunió con su abogado para analizar las pruebas que tenía la Fiscalía. Por error, o eso cree, se “traspapeló” un documento que tenía todos los sellos de información oficial secreta y que, en medio de tachones con un marcador negro grueso, contenía una información que confirmaría sus más oscuras sospechas.

“Entre los cientos de papeles que la Fiscalía les iba entregando a mis abogados antes del inicio de mi juicio, se traspapeló un documento por equivocación; de esa manera, mi abogado se enteró de una información oficial secreta. Aunque en el documento sí se veían varias líneas del texto tachadas con tinta de marcador negro, se alcanzaba a revelar que Pablo Escobar era la persona que había entregado a Carlos Lehder a la Policía de Medellín”. Esa fue una contundente revelación.

Siete meses después de un juicio por el que desfilaron varios de sus antiguos socios y enemigos que declararon en su contra, la estocada la dio la entonces carismática primera dama Nancy Reagan, quien utilizó el juicio para fortalecer su campaña en contra del uso de las drogas.

Doce jurados lo encontraron culpable de todos los cargos y el juez federal de Jacksonville fijó dos sentencias lapidarias: “Me encontraron culpable de conspiración para introducir cocaína en Estados Unidos, cargo que derivó en una sentencia de 135 años de prisión, así como también de dirigir ‘una empresa criminal continua’, lo que condujo a una sentencia de cadena perpetua. El juez ordenó además que se confiscara mi isla Norman, en las Bahamas, y golpeó en su gran mesa con el mazo justiciero de madera, martillazo final que representa la cosa juzgada”.

Carlos Lehder fumaba marihuana, pero no consumía coca. El exnarcotraficante les tenía miedo a sus efectos porque él los vivió con una de sus novias. | Foto: patricia rinón

“Ciertamente, yo sí era ciento por ciento culpable de todos los cargos y de traficar con muchísimas toneladas de cocaína más”. Mientras fortalecía su cuerpo y mente en el estricto sistema penitenciario de Estados Unidos, al cual temía y admiraba, Lehder se enteró, en diciembre de 1989, de la captura del presidente de Panamá, el general Manuel Antonio Noriega, en un gigantesco operativo ejecutado por 20.000 soldados estadounidenses.

El presidente, al que calificaban como dictador, tenía un caso pendiente en Miami por conspiración para el tráfico de cocaína con el auspicio del cartel de Medellín. Lehder, quien le envió una misiva a Noriega para aconsejarlo, decidió colaborar con la justicia declarando en su contra, cobijándose en la regla 35 que fijaba una rebaja de pena.

“Cooperando con el gobierno en el juicio de Estados Unidos vs. Manuel Antonio Noriega, tomé nota de los principales puntos, mientras el abogado me explicaba los beneficios de una petición bajo esa figura para la reducción de una sentencia federal por cooperación con el gobierno”. En buena medida, por eso Lehder está hoy libre en Alemania.

La decisión no fue fácil y contó con la bendición del sacerdote Rafael García Herreros, el mismo que había convencido a Escobar de entregarse a las autoridades. Lehder quería que el padre le garantizara que Escobar no iba a tomar represalias en contra de su familia, ya sabía de lo que era capaz.

La respuesta fue clara. “Dígale a Carlos que yo ya arreglé aquí mis problemas con el Gobierno, y que él proceda y haga lo que tenga que hacer para lograr su libertad. Dígale que esté tranquilo, que yo no le molestaré a su familia, y que le deseo suerte”, ese fue el mensaje de tranquilidad.

El padre García Herreros visitó a Lehder en Estados Unidos y así lo cuenta en su libro. “Me senté y me cogió las manos. Poco hablamos, pero el contacto fue suficiente para sentir paz y renovación espiritual (...). Seguí su guía y confesé mis pecados ante él, alivianando la mente y el corazón al cumplir con este milenario rito católico”.

Con su declaración, Lehder logró que le quitaran las dos cadenas perpetuas y que la sentencia se condensara en 55 años de prisión, de los cuales cumplió 33 con mejores condiciones, que no se asimilaban al infierno de sus primeros días.

Hoy, al dar una mirada al pasado, recuerda la frase que llegó de la nada en su celda, la que le permitió sobrevivir “a suplicio sin angustias emocionales” y con la que cierra su libro: “Persevera, supera tu cautiverio; persevera, humilde”.

“Ya tuve varios hijos, ya sembré cientos de árboles, solo me faltaba escribir un libro. Hace una treintena de años, el fundador y jefe del cartel de Medellín exterminó a sus integrantes. El Caín asesino, Pablo Escobar, también cayó hace 30 años, el 2 de diciembre de 1993, fulminado por las balas de un comando de la Policía en el tejado de una casa en Medellín”, reseña Lehder en el libro editado por Penguin Random House,  que ya está en las librerías.

******* 

Video.El testimonio de Manuel de Beunza, ex oficial de la Inteligencia Castrista, cantribuyó a que la publicación norteamericana Forbes estimara la riqueza del ex dictador cubano Fidel Castro en unos 900 millones de dólares. También de Beunza reveló la relación de los Castro con el narcotráfico mediante testimonio personal. Manuel de Beunza (quien desertó el 14 de junio de 1987 falleció en el 2013)  estuvo 20 años en el  sistema estadounidense de protección de testigos  pues sabía que sobre él había una condena a muerte; su testimonio público (en 2010)  sólo lo hizo 3 años antes de fallecer; quizás  conociendo  que tenía algún tipo de enfermedad. Antes de eso no estaba haciendo vida pública alguna.

*********



 


Manuel de Beunza rompe el silencio y habla de la fortuna de Fidel Castro.  Beunza también revela la relación de los Castro con el narcotráfico mediante testimonio personal 

****************

Nota del bloguista de Baracutey Cubano

Les recomiendo que lean ( está en idioma  Inglés)  la transcripción  del programa Cuba Cocaine, donde aparecen las entrevistas a diferentes narcotráficos, en particular los familiares de Ruíz Po, el entonces joven que estalló en llanto en el juicio de la Causa 1/89 o Causa Ochoa-La Guardia en 1989, que dijo, con otras palabras,  que el pensaba que el Comandante  ( Fidel Castro) estaba al tanto y al frente  de todo y que como en el baloncesto anotaría el tanto decisivo. En el siguiente video aparece Ruiz Po en el juicio diciendo lo anterior. Dicen que desde hace años está de cantante en los centros nocturnos de La Habana.


El único hijo reconocido de Pablo Escobar  en una entrevista a una televisora de Miami, a una pregunta del moderador o entrevistador sobre lo que había declarado Popeye de que él, el hijo de Pablo Escobar, había matado a una persona, contestó de que Popeye  no estaba diciendo la verdad, y que Popeye tampoco había sido tan importante en el cartel y que no había sido el jefe de los sicarios dal mando de su padre.

Popeye próximamente saldrá de la prisión, después de haber cumplido su condena.

Por otra parte: en una entrevista al opositor cubano anticastrista Guillermo Fariñas de esa misma televisora de  Miami, el ex oficial de las Tropas Especiales de las Fuerzas Armadas Revoluciarias,  expresó que en una ocasión, cuando el estaba de custodio en una de las vallas de gallos de lidia o de pelea de Guillermo García en la localidad de Managua, La Habana, Cuba, él vió a Pablo Escobar; Fariñas no quiso abundar sobre ese punto,  pese al asombro del moderador Oscar Haza y su interés por saber más; esquinó el asunto y quizás se haya dado cuenta que había dicho algo que no debió haber dicho. Una hermana de Pablo Escobar en una entrevista radial que aparece en Internet, y que fue publicada en este blog, habla de  su visita a Cuba, junto con su hermano Pablo Escobar Gaviria.
******************
Tomado de http://www.martinoticias.com

Pablo Escobar, el patrón del mal,y su ruta cubana de las drogas

******************
Los cubanos confirman asombrados la conexión cubana en el narcotráfico, en un serial colombiano que es un éxito en la bolsa negra de videodiscos.
******************
 
Por Rolando Cartaya
 martinoticias.com
septiembre 27, 2012


(Una embarcación de las Tropas Guardafronteras (TGF) cubanas patrulla las costas del municipio de Baracoa, Guantánamo.)

En los últimos años la televisión cubana ha hecho algunos esfuerzos por ofrecer una programación más atractiva, incrementando sobre todo el contenido de materiales extranjeros, y en especial estadounidenses, un lote que se ve sistemáticamente limitado por la obligada filtración a través de rigurosos tamices ideológicos.

No obstante, los televidentes de la isla han podido disfrutar en la pantalla chica de algunas series norteamericanas de alta calidad como “CSI” y “Los Sopranos”, además de los habituales  culebrones brasileños. Sin embargo, hoy en día muchos cubanos podrían decir de la TV nacional: “¿Quién la necesita?”

​​​​Esta semana un colaborador del portal alternativo Havana Times ofreció un ejemplo de como la popularización de las nuevas tecnologías y soportes informáticos ha posibilitado, en manos de cubanos emprendedores, que muchos en la isla se hayan independizado del "Gran Hermano" y estén casi tan actualizados, al menos en materia de entretenimiento e información, como sus parientes de Miami.

Alfredo Fernández reportó en su crónica para Havana Times que la serie colombiana “Pablo Escobar: El Patrón del Mal”, se ha convertido en el fenómeno audiovisual que estremece la isla.

Mi esposa y yo todavía la estamos viendo en Miami, y realmente tiene una factura impecable (los libretos colombianos son tan buenos que el emporio mexicano Televisa constantemente compra los derechos y produce versiones de sus telenovelas para el público azteca  y los latinos en Estados Unidos. Así “Betty la fea” se convirtió en “La fea más bella”, y “Pedro el Escamoso”, en “Juan Querendón”).

(El anuncio de la serie en Telemundo.)

La de Fernández no es la primera alusión al éxito del serial sobre el famoso capo de las drogas en la isla.  A mediados de agosto el bloguero y periodista independiente Iván García ya anunciaba que la teleserie colombiana estaba arrasando en el mercado negro habanero.

Y aunque tampoco es el primer material sobre el tema en la bolsa negra habanera de los videodiscos (antes circularon “Las Muñecas de la Mafia” y “El Cartel de los Sapos”) tanto García como Fernández subrayan lo que hace singular a este serial en Cuba: en algunos capítulos, se revela lo que ha sido por años en Cuba un secreto a voces: las relaciones de negocios de Pablo Escobar y el Cartel de Medellín con el gobierno de Fidel Castro y sus altos jefes militares.

Cabe destacar que, aparte de la limitada ficción de las situaciones, y los nombres cambiados de algunos personajes (Carlos Lehder, por ejemplo es identificado como Marcos Herbert; la presentadora de televisión --y presunta amante de Escobar-- Virginia Vallejo, es Regina Parejo) la serie transpira un rigor histórico que denota una acusiosa investigación de los hechos y los testimonios de los implicados.

Por ejemplo, un episodio reciente en el que Marino, uno de los hombres de Escobar, se enamora de una ex amante del capo y es obligado por éste a asesinarla, corresponde a un hecho real narrado por el jefe de sicarios de Escobar, John Jairo Velázquez, alias “Popeye”, a la periodista de Univisión Ilia Calderón.

Desde La Habana, Fernández refiere que una cubana que no se pierde un capítulo de la serie, dijo estar espantada de la facilidad con que uno de los lugartenientes de Escobar entraba la droga a Cuba, para luego trasladarla a EE.UU. La señora también hizo un comentario clave: “Ahora, que estoy viendo la serie de Pablo Escobar, me convenzo más de que [el General Arnaldo] Ochoa fue un conejillo de indias”.

​​Hace unos años visitó Radio Martí la periodista colombiana Astrid Legarda, con motivo de la publicación de su revelador libro “El verdadero Pablo: sangre, traición y muerte”. El volumen es fruto de siete años de conversaciones entre la ex reportera de RCN y “Popeye”. Astrid aprovechaba para dialogar con él las visitas de la novia del sicario a la cárcel de máxima seguridad de Cómbita, en el Departamento de Boyacá. Antes del lanzamiento del libro, la revista Semana publicó dos adelantos. Uno de ellos se titula “Pablo Escobar y Cuba”.

¿Qué dice sobre el tema la "mano derecha" del capo de capos?

Refiere “Popeye” que Escobar –claramente definido en el programa como un simpatizante de la izquierda-- "se apoyaba para hacer llegar la droga a Estados Unidos en gobiernos no aliados, y enemigos, de Washington. La serie muestra el momento en que uno de los pilotos de Escobar toma subrepticiamente una foto, que luego entregó a la DEA, en la que aparecen el jefe del Cartel y militares sandinistas descargando droga de una avioneta en una pista de Managua.

(John Jairo Velásquez alias "Popeye")

Agrega el ex sicario que fue con la ayuda "de Jorge Avendaño, apodado el 'Cocodrilo', que el 'Patrón' llegó a Fidel Castro en Cuba. Éste lo conectó con su hermano Raúl y así se inició una operación de tráfico de cocaína". Y asegura que la relación entre Escobar y Fidel era “permanente y fluida,  por cartas y terceras personas”, y que se inició a través de comandantes de la guerrilla M-19

Asevera que el esquema de tráfico de drogas a través de Cuba lo habría coordinado el 'Cocodrilo' “en cabeza de Raúl Castro”. Durante dos años, la cocaína colombiana circuló, según Velázquez, por esta ruta cubana:

“Salía del puerto de Buenaventura por mar hacia las costas mexicanas, donde era recibida por los socios locales; allí era subida a aviones con matrícula mexicana y despachada rumbo a Cuba”. (…) Una vez en la isla “los militares cubanos, al mando del general Ochoa y el oficial Tony de la Guardia, bajo instrucciones directas de Raúl Castro, se hacían cargo de la mercancía, custodiándola para posteriormente embarcarla en lanchas rápidas, tanqueadas con gasolina por cuenta de los cubanos, con destino a Estados Unidos, entrando por Cayo Hueso”.
Los cubanos recibían 2000 dólares por cada kilo de droga transportada y 200 dólares por cada kilo custodiado ...

“Las lanchas iban y venían varias veces. (…). Ya en costas estadounidenses, la droga era recibida por el 'Mugre', quien con su gente la trasladaba a varias caletas (escondites), situadas en Kendall, Boca Ratón y el mismo Cayo Hueso. Estas caletas eran casas residenciales, en donde se perforaba el terreno y, en tubos de PVC, para que no se humedeciera la cocaína, se enterraba la droga, esperando a ser distribuida en pequeñas cantidades a los minoristas, para ser comercializada en todo Estados Unidos. Cada caleta tenía capacidad de almacenamiento de hasta 2.000 kilos”.

John Jairo Velásquez alias "Popeye", jefe militar del que fuera capo del cartel de Medellín, Pablo Escobar, involucró a Raúl Castro en el tráfico de drogas en la década de 1980. ​​Precisa “Popeye” que los cubanos recibían “2.000 dólares por cada kilo de droga transportada y 200 dólares por cada kilo custodiado”. “Pablo”, relata, “estaba feliz con esta ruta” que llenó las arcas del 'Patrón'. “Decía que era un placer hacer negocios con Raúl Castro, pues era un hombre serio y emprendedor”.

Los Castro también debían estar felices: en cada envío hacia Cuba por avión, “se cargaba un promedio de 10.000 a 12.000 kilos”. La cuenta en dólares por cada embarque no baja de seis ceros.

El jefe de sicarios de Escobar confirma en su testimonio la comprometedora participación de los ayudantes del general Arnaldo Ochoa y el coronel Tony de la Guardia:

“Durante este operativo y en varias oportunidades, los dos enlaces cubanos, el capitán Jorge Martínez Valdés y el oficial Amado Padrón viajaron a Medellín; los movíamos con documentos falsos y para no llamar la atención, por su acento, se los hacía pasar por costeños. Los viajes y la atención de éstos en Colombia estaban totalmente a cargo del 'Cocodrilo'”.

“Al comienzo de los negocios con los cubanos, los mexicanos se mostraron reacios a incluirlos, alegando que ellos querían cobrar mucho por participar. Pablo se impuso, pues de antaño, simpatizaba con la causa de la revolución y quería apoyar a Fidel”.

“Los dólares producto de la venta de esta droga en Estados Unidos, llegaban a manos llenas, camuflados en electrodomésticos, que ingresaban a Colombia ante la mirada complaciente de algunos funcionarios de la aduana, al servicio de Escobar. Desde allí, se repartía su participación a los socios mexicanos y cubanos”.

“La ruta cayó cuando se destapó todo el escándalo, al caer un gran cargamento decomisado por la DEA, proveniente de Cuba, y varios cubanos detenidos confesaron, delatando la operación”.


Hagamos un paréntesis. En febrero de 1991, dos años y medio después de la causa 1 de 1989 que condenó a muerte a Ochoa, De la Guardia y sus dos ayudantes, un prestigioso programa investigativo de la televisión pública estadounidense, Frontline, dedicó una edición a la participación de Cuba en el narcotráfico.

La presentación de Cuba and Cocaine señalaba que meses antes Fidel Castro se había jactado en La Habana de que difícilmente se podría encontrar en el mundo un país menos hospitalario para el tráfico de drogas que Cuba. A través de cintas de vigilancia de la DEA y entrevistas con ex funcionarios cubanos  y distribuidores de drogas, Frontline se proponía mostrar cómo Castro había utilizado el narcotráfico como arma política.

Recuerdo que pasé toda la mañana después de la transmisión del programa preparando algunos cortes para usarlos en los noticieros de Radio Martí. Me basé principalmente en las grabaciones tomadas por la DEA con cámara oculta a Rubén Ruiz, hijo de Reinaldo Ruiz, y las del interrogatorio a éste último. Padre e hijo eran contactos del Cartel de Medellín en Miami, y Rubén piloteaba avionetas hacia Cuba. Los dos eran familiares de Miguel Ruiz Poo, el miembro del hasta entonces secreto Departamento MC del MININT que perdió la compostura en el juicio Ochoa-La Guardia mientras “echaba pa’lante” a medio mundo.

En las grabaciones de la DEA, Rubén Ruiz alardeaba de su acceso a instalaciones militares en Cuba:

“Déjame decirte algo. No te miento. Yo he volado a lugares en Cuba a donde nadie ha volado. Te estoy hablando de pistas militares. Te estoy hablando de MIg-23 pintados de camuflaje”

También blasonaba de ser tratado en la isla a cuerpo de rey:

“Te sientas en una mesa que es como la mitad de esta oficina tuya, y te sirven unas piernas de puerco grandísimas, y unos bistecs enormes, y te ponen un tremendo caldero de arroz como para siete u ocho personas, ¿Okey? Allá nadie come así”.

Volvamos ahora con el testimonio de “Popeye”:

“La investigación lleva a la DEA hacia el cartel de Medellín y al gobierno cubano. El 'Cocodrilo' sale de Cuba rumbo a Colombia. La investigación llega hasta las más altas esferas del gobierno norteamericano. El tráfico es a gran escala y alegan que es imposible que los funcionarios de la isla no lo supieran. Esto pone al gobierno de Cuba en la mira de sus más encarnizados enemigos, los norteamericanos. Mucha cocaína quedó enterrada en suelo cubano”.

(El tribunal de honor militar que juzgó a Arnaldo Ochoa.)

“Fidel Castro no se queda con los brazos cruzados y ordena una farsa de investigación, para de esta forma protegerse él y de paso, a su hermano Raúl. En la isla, se anuncia con bombos y platillos a los medios de comunicación, que ‘la Revolución Cubana fue penetrada por el narcotráfico, en manos de unos apátridas y malos hijos, enquistados en el ejército revolucionario’. Se acusa al general Arnaldo Ochoa y 11 personas más; en tiempo récord, el general es fusilado con sus más cercanos colaboradores, creyendo que con esto tapaban el sol con un dedo”.
​​
“Ante la comunidad internacional, el gobierno cubano cree haber puesto una cortina de humo al escándalo. Sin embargo, frente a los norteamericanos, la cosa es a otro precio. Me cuenta Pablo Escobar que, en un computador de la CIA y en las oficinas del Pentágono, duerme el caso. Pero no ha muerto, simplemente lo tienen archivado con el sellito de ‘información clasificada’”.

Fernández, el  colaborador de Havana Times, cree que lo más importante de la circulación en la isla del serial “Pablo Escobar: El Patrón del Mal” es que ha regresado al país un viejo y difícil debate siempre sostenido  en voz baja: ¿Hasta dónde calaron las influencias de Pablo Escobar en el Gobierno cubano? Y concluye diciendo: “ En esta telenovela, al menos, se hace evidente que iban más allá del general Ochoa y sus cómplices”.

****
Tomado de http://taniaquintero.blogspot.com


El Cártel de La Habana (IV)


Por Juan Benemelis

En el curso de la década de los 70 se dieron cita dos coyunturas importantes. La primera tendría que ver con el consumo de narcóticos, que vería una gran expansión en Estados Unidos primero con la marihuana y luego con la cocaína.

La otra coyuntura tenía que ver con el narcotráfico en sí. El Cartel de Medellín necesitaba de un punto intermedio cercano para operar hacia aguas norteamericanas. El Cartel de Medellín llegará a introducir unas 45 toneladas de cocaína en Estados Unidos, representando 25 billones de dólares, y alrededor de 10 toneladas en Europa.

En una intervención ante el Senado, en abril de 1983, James H. Michel, Secretario de Estado para Asuntos Interamericanos, expresó que existían pruebas de que en 1979, el buró político del Partido Comunista de Cuba había aprobado un plan para intervenir en el narcotráfico utilizando a Cuba como puente y base de apoyo para las redes de traficantes de Estados Unidos.

El suministro se organizó desde las fuentes de abastecimiento en América del Sur y el gobierno de La Habana necesitaba recursos en moneda convertible que estaría dispuesto a obtener de cualquier manera. La vinculación cubana con el narcotráfico era inevitable desde un principio, y además tenía que producirse de manera casi natural: primero, porque en las áreas de producción de Suramérica, los guerrilleros sostenidos por Cuba ocupaban el mismo espacio ilegal que los narcotraficantes.

La guerrilla necesitaba armas y dinero, mientras que el narcotráfico, siempre abundante en dinero, necesitaba protección armada y, sobre todo, acceso a las redes de organización clandestina de la guerrilla y su experiencia conspirativa. Además, una parte importante de todo el tráfico de drogas cayó en manos de exilados cubanos, sobre los cuales La Habana tenía abundante información para el chantaje. La parte del exilio que se vinculó al narcotráfico con Cuba también se sentía razonablemente segura de que no sería traicionada.

En la medida que la crisis financiera y económica se hacía más profunda, la dependencia de la Isla para con los recursos extraídos de Angola y del narcotráfico se amplió. Apurado por lograr una nueva fuente de recursos, Castro se fue involucrando cada vez más en el tráfico de drogas, como apuntara el general cubano exiliado Rafael del Pino.

Tradicionalmente los barcos usados en el narcotráfico colombiano tenían que atravesar el Paso de los Vientos, entre Cuba y Haití, lo que muchas veces les situaba en aguas territoriales cubanas, donde eran interceptados. Las pérdidas de los narcotraficantes se incrementaron con alarma.

Según el testimonio dado en 1982 por el narcotraficante colombiano de Miami Juan Lozano (alias Johnny Crump), es alrededor de 1975 que algunos de los más importantes narcotraficantes colombianos se entrevistaron en Bogotá con el embajador cubano Fernando Ravelo Renedo para negociar la devolución de los barcos y las tripulaciones.

El embajador cubano contestó con una contraoferta de La Habana: a cambio de 800 mil dólares por cada barco, Cuba estaba preparada no sólo para ignorar la actividad de los buques madres que se detectasen en sus aguas, sino que podía proveerles de servicios de reparación y gasolina en sus puertos, así como identificación y escolta cubana hasta las proximidades de los cayos de la Florida.

Así, los poderosos colombianos Alfonso Cotés y Alfonso García comenzaron sus negocios de tráfico a través de Cuba. Los agentes de inteligencia cubanos se pusieron en contacto con algunos potentados de la droga en Miami, como por ejemplo Johnny Crump y el conocido narcotraficante Jaime Guillot-Lara, quien con posterioridad sería empleado de los servicios secretos cubanos y se casaría con una hija de Raúl Castro.

Entre los cubanos exiliados en Estados Unidos implicados en el narcotráfico con Cuba estaban José Alvero Cruz y Osiris Santi. En noviembre de 1976, Alvero había viajado a España donde disponía de fondos bancarios, y allí obtuvo de la propia embajada cubana en Madrid un pasaporte cubano. En 1978, actuando como agente de Cuba, Alvero arregló el envío de 5,000 armas para las guerrillas sandinistas en Nicaragua. Por su parte, Osiris Santi era un narcotraficante cuyos barcos ya recibían protección en los puertos cubanos. Su lugarteniente, Orlando Torres, se entrevistaba constantemente en México con los funcionarios del régimen cubano destacados en Mérida.

El narcotraficante colombiano, Jaime Guillot-Lara -casado con la hija del ministro de defensa cubano Raúl Castro- será el contacto entre Cuba y el movimiento M-19. El 7 de noviembre de 1981, Guillot-Lara tiene que escapar a toda prisa de Colombia y se refugia en México, donde los agentes cubanos negocian su libertad con las autoridades mexicanas con el fin de evitar que se descubriera su conexión con La Habana. En 1982, Castro hablaba de Guillot-Lara como "un buen amigo".

La conexión cubana sería descubierta y probada más tarde. Los informes de la participación cubana en el tráfico de drogas saldrían por vez primera a la luz pública en 1982, cuando la Oficina Legal de los Estados Unidos en Miami nombró entre los acusados al jefe de la marina de guerra de Cuba, almirante Aldo Santamaría, y al ex embajador cubano en Colombia, Fernando Ravelo, en un caso que incluía 23 toneladas de marihuana.

El 15 de noviembre de 1982, los colombianos Guillot-Lara y Johnny Crump, y los cubanos Lázaro Visuña, Mario Estévez y David L. Pérez, brindaron a un tribunal en Miami amplias pruebas de las actividades de narcotráfico por parte de Cuba desde el año 1975, tráfico que tenía como uno de sus objetivos el envió de armas a la guerrilla colombiana del M-19.

Según la deposición de Johnny Crump, él y Guillot-Lara se dirigieron a La Habana en compañía del embajador Ravelo, donde éste y el embajador de Cuba en Venezuela, Norberto de la Osa, les confirmaron que el barco Viviana, dedicado al narcotráfico, obtendría salvoconducto todas las veces que atravesase las aguas jurisdiccionales cubanas.

Por la protección de este tránsito, Guillot-Lara pagaba 20 mil dólares por cada tonelada de marihuana a bordo. A su vez, el compromiso incluía el transporte de armas a las guerrillas del M-19 en Colombia. Según Guillot-Lara, a su retorno a Colombia inició los trámites para preparar otro barco para enviar a Cuba en 1980.

Conforme al testimonio de Johnny Crump, los funcionarios cubanos Ravelo y René Rodríguez Cruz -presidente del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP)-, le sugirieron la posibilidad de comprar y enviar armas para elementos anti-Pinochet en Chile a través de Panamá. Una semana después, un chileno de apellido Galván, le hacía entrega de un microfilm en un cigarrillo que contenía la lista de las armas, alimentos y municiones para 300 hombres.

Por otra parte, Johnny Crump cuenta cómo durante una campaña en la costa norte del Pacifico, las autoridades colombianas cercaron a un grupo guerrillero del M-19 comandados por Carmenea Cardona, muchos de los cuales figuraron en el secuestro de la embajada dominicana en Bogotá y que supuestamente debían haber estado refugiados en Cuba.

Entre los detenidos y testigos de la causa de Miami figuraba también Mario Estévez, un agente de la inteligencia cubano, infiltrado en los Estados Unidos en 1980. En su deposición ante el Gran Jurado, Estévez expresó que había sido infiltrado con el objetivo de activar el tráfico de drogas, comenzando por transacciones de marihuana hasta que fue arrestado el 29 de noviembre de 1981. Estévez testificó ante una comisión del senado de los Estados Unidos que había introducido en la Florida marihuana y gualudes desde Cuba, y de ahí trasladado a Nueva York.

Las declaraciones de Estévez resultaron desconcertantes: la alta cúpula de la dirigencia cubana había organizado una extensa red de narcotráfico desde América Latina hasta los puntos de distribución en ciudades norteamericanas, usando sus propios servicios secretos. Estévez identificó al alto oficial de inteligencia cubana, René Rodríguez Cruz y al vicealmirante Aldo Santamaría como las personas encargadas por Castro para canalizar este tráfico.

Estévez apuntó que desde los inicios de la década de los setenta se producía marihuana en la región cubana de Manzanillo para venderla en los Estados Unidos, operación que Castro venía madurando desde los días de la guerra de Vietnam. Estévez estimó en 200 millones de dólares anuales los ingresos cubanos sólo por concepto de la marihuana.

Durante el período de su actividad ilícita, Estévez logró el traslado de Cuba a Estados Unidos de alrededor de 270 kilogramos de cocaína, posteriormente vendida en Miami, Chicago, Ohio, Nueva Jersey, Nueva York y otras ciudades. El dinero acumulado lo llevaba a Cuba él personalmente. También informó que en un momento de su actividad, sus jefes en el gobierno cubano le recomendaron se trasladase a Bimini, en Las Bahamas, para conocer y entrenar a Frank Bonilla, otro agente proveniente de Cuba.

De regreso a Cuba, recalaron en la pequeña isla de Paredón Grande, donde hallaron el buque Viviana del colombiano Guillot-Lara con un cargamento de 8 millones de qualudes. El yate estaba escoltado por buques de guerra cubanos.

De acuerdo con la narración de Estévez, corroborada luego por otros narcotraficantes, estando en Paredón Grande concurrieron el jefe de la Marina de Cuba, almirante Santamaría, y el alto jefe de la inteligencia René Rodríguez, presidente del ICAP, organismo pantalla de la inteligencia cubana, con quienes sostuvo una extensa conversación sobre el narcotráfico. Explicó que cuando salió de Cuba a bordo del Viviana se acarreaba otro barco, el Lazy Lady, hasta la isla de Andros en Las Bahamas, donde se hizo el traspaso de los qualudes. Después fue ordenado a seguir hasta Cayo Güincho donde recogió 23,000 libras de marihuana procedente de Cuba.

El testimonio de Estévez implicó en el narcotráfico internacional a Santamaría, René Rodríguez, al embajador Ravelo, a Gonzalo Bassols Suárez, diplomático cubano en Colombia; a Teodobaldo Rico Rodríguez y Francisco Echemendía, funcionarios del Ministerio del Interior de Cuba.

Con posterioridad, René Rodríguez moría en La Habana, en circunstancias misteriosas, después del fusilamiento de los militares el general Ochoa, Tony de La Guardia, en 1989, y al deceso en prisión, en 1991, del general José Abrantes Fernández, exministro del Interior.

Coincidentemente, Estévez también fallecería en una prisión norteamericana. Los hilos de la trama que conducían hasta Fidel y Raúl Castro irían desapareciendo con el tiempo.

El ex secretario de Estado, Shultz, refiriéndose a los resultados del Gran Jurado de Miami, indicó que se "demostró la evidencia de la complicidad de Cuba en el tráfico de narcóticos en América Latina”. En marzo de 1983 fue confiscado en la Florida un velero con 750 libras de marihuana a bordo. Durante el registro del bote se halló un diario con la ruta seguida. Había zarpado de la Florida para Las Bahamas, siguió a Haití, luego a Cuba, después a Jamaica, retornó a Las Bahamas y finalmente llegó a la Florida de nuevo.

Poco después, el 20 de mayo de 1983, el presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan declaraba en Miami que existían fuertes pruebas de que funcionarios de Castro estaban involucrados en el tráfico de drogas desde Cuba. Un mes después, el administrador de la DEA, Francis Mullen ratificaba ante el senado estadounidense que el gobierno de Cuba estaba consciente de los movimientos de drogas a través de su territorio, y que facilitaban tales movimientos.

Del libro Las guerras secretas de Fidel Castro, de Juan F. Benemelis.
*************
Cuba and Cocaine


Para leer las transcripciones en idioma inglés de lo dicho por el narrador así como las otras personas que hablan en el documental pueden ir AQUÍ . Las personas que no dominen el idioma inglés, pueden usar la barra de Google Translate que hay en la sección derecha del blog Baracutey Cubano.
***********
Subido por UnionLiberalCubana
el 11/05/2010

Cinco años antes del fusilamiento del General Ochoa (1989), acusado de traficar con drogas, existían todas las pruebas de que el gobierno cubano estaba involucrado en este comercio ilícito. Este documental fue transmitido por la televisión de Estados Unidos en 1984. El General Ochoa fue sólo el chivo expiatorio para tratar de exculpar al gobierno de Fidel Castro


Cuba y el narcotráfico en 1984

Part. I



Part. II


****

Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , ,


Para seguir leyendo hacer click aqui­ ...