martes, julio 30, 2024

El escritor William Navarrete entrevista a la profesora Leonor Lobo Montalvo, hija de Julio Lobo, magnate y zar azucarero cubano de origen venezolano al que la Robolución le robó sus propiedades incluyendo colecciones de arte y de carácter histórico

 Tomado de https://www.cubanet.org/

“Todo lo que se exhibe en el Museo Napoleónico son los objetos que nos robaron”

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El escritor William Navarrete entrevista a la profesora Leonor Lobo Montalvo, hija del magnate azucarero cubano Julio Lobo.

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Por William  Navarrete

30 D de julio, 2024 

VERO BEACH, Estados Unidos. – Todos los cubanos sabemos que Julio Lobo fue el hombre más rico de Cuba antes de 1959. Su imperio, fundado en el azúcar, cubría unos 16 centrales azucareros repartidos en las seis provincias de la Isla: Agabama, Pilón, Tinguaro, San Cristóbal, Fidencia, Unión Central, Perseverancia, Caracas, Niquero, La Francia, Tánamo, El Pilar, Araújo, Hershey, San Antonio y Rosario. ¡Si con solo tener uno bastaba para tener yates y aviones privados, cualquiera puede imaginarse lo que significaba tener 16! También organizó el Banco Financiero, del que era el mayor accionista, y poseía las navieras Cubana del Atlántico S.A. y Cubamar S.A., la línea de navegación Golfo Cuba S.A. y la operadora marítima Unión S.A.

Pero, “quien tiene amigos tiene un central”, dice el dicho cubano, y Lobo tenía los dos porque no solo se dedicaba al mundo empresarial, sino que fue un gran apasionado de la vida y obra de Napoleón Bonaparte y, por esta razón, había logrado atesorar la colección de documentos, libros y objetos de arte más grande fuera de Francia relacionada con la vida del emperador de los franceses. A su salida de Cuba, esta colección fue confiscada y colocada en La Dolce Dimora, la mansión también confiscada de Orestes Ferrara para exhibirla en una nueva institución que el Gobierno cubano llamó Museo Napoleónico.

Fue Grace Piney, editora de una de mis novelas hoy establecida en Miami, quien me habló de Leonor Lobo Montalvo, hija ya nonagenaria del acaudalado cubano. Me dijo que vivía en Vero Beach (centro de Florida) desde hacía cinco décadas y que valía la pena visitarla para entrevistarla. Me sirvió prácticamente de cicerón en esta tarea ―Vero Beach no queda tan cerca de Miami como pensaba― el artista Claudio Castillo, emparentado además con la familia, quien me ayudó a reunir las fotos y limar la entrevista porque a Leonor le gusta que las cosas queden bien y es muy cuidadosa con todo lo que publica. De hecho, no suele dar entrevistas largas como esta.

Durante nuestras conversaciones me di cuenta enseguida de que es alguien que habla el español perfectamente, que no olvida sus raíces y posee una jerga dicharachera de la Cuba de otros tiempos que es una delicia. Su memoria es excelente, y la manera en que permanece alerta con cada detalle admirable. 

―Cuéntenos de sus orígenes, de sus padres y abuelos, y de los primeros recuerdos de Cuba.

―Nací en La Habana, exactamente en El Vedado, el 29 de enero de 1933. Mi padre, Julio Lobo Olavarría, poseía varios centrales azucareros. Pero era un hombre de pasiones y una de ellas lo llevó a atesorar miles de objetos relacionados con Napoleón Bonaparte, el emperador de los franceses. Mis abuelos paternos eran Heriberto Lobo Senior, originario de Willemstad, isla holandesa de Curazao, pero establecido desde joven en Caracas (Venezuela), y Virginia Olavarría, de una eminente familia venezolana. A mi padre la fortuna no le venía exclusivamente por su padre, sino que trabajó mucho para fundar su propio imperio. Mi abuelo tenía algún dinero, era de clase acomodada, pues a los 18 años entró a trabajar en un banco caraqueño, y a los 20 ya era el gerente de este. 

Curiosamente, mi abuelo Heriberto se exilió en Cuba expulsado de su país por un militar y presidente venezolano llamado Cipriano Castro, quien gobernó entre 1899 y 1908. Cipriano quiso obligarlo a abrirle las bóvedas del banco que él presidía y don Heriberto se negó. Lo mismo sucedería con nosotros, sus descendientes, pero con otro Castro, medio siglo después. 

Mi padre nació en Caracas, en 1898, pero llegó a Cuba a los dos años de edad. Dos de sus hermanos, Jacobo y Elena, nacieron en la Isla, en donde mi abuelo fue presidente de una sucursal de la North American Trust Company, además de ocuparse de la importación y exportación de granos. Mi padre no quiso dedicarse a lo mismo y le planteó a mi abuelo que deseaba estudiar Agronomía y trabajar en el ámbito del azúcar, por eso fue enviado a Estados Unidos, en donde se graduó de ingeniero agrónomo en Louisiana State University, en 1919.

Como hacendado, mi padre tuvo tierras en todas las provincias y fue propietario único o mayoritario de unos 16 centrales azucareros, empezando por el Agabama, que se encontraba en Las Villas. Este fue el primero que visité a los seis años de edad, en 1939. Los tres últimos centrales que adquirió se los compró a la compañía Hershey en 1957. A mi padre se le conoce también por su enorme colección napoleónica, pero se olvida a menudo que tenía la mayor biblioteca existente en el mundo sobre el azúcar, robada por el gobierno de Fidel Castro y trasladada completamente a la Biblioteca Nacional cuando Julio Lobo se exilió. 

En cuanto a mi madre, María de la Esperanza Montalvo Lasa, era cubana y de padres cubanos. Una niña nacida en el seno de una familia de la aristocracia cubana, a la que no enviaron nunca a un colegio para que no se mezclara con otras niñas, y que recibió solo una educación a base de institutrices y tutores que venían a su casa. Mi abuelo materno fue Eduardo Montalvo Morales y mi abuela María Esperanza Lasa del Río Noriega, muy católica, al punto que vivió con mucho desasosiego el escándalo que en la época representó para la sociedad habanera la relación bígama y posterior divorcio de Catalina Lasa, su hermana, con Luis Estévez Abreu, así como su partida a París con su amante Juan Pedro Baró. Ambos fueron los “Romeo y Julieta” cubanos del siglo XX. 

―Nace en cuna de oro y como tal la educan…

―En realidad, nací en la calle 4, entre 11 y 13 de El Vedado, al lado de la casona de mis abuelos paternos (actual Ministerio de Cultura) y a la que no nos mudamos hasta la muerte de estos. A los seis años de edad nos fuimos a una casa en la Quinta Avenida de Miramar pues mi madre no se llevaba bien con sus suegros. Hay que decir que mi abuela paterna era de armas tomar, una mujer que sabía cocinar y hacer de todo, mientras que a mi madre, muy poquita cosa, le gustaba dormir las mañanas, algo que escandalizaba a su suegra. Mi padre al nacer no era tan poderoso como lo fue después. En realidad, su fortuna empezó a crecer en la década de 1940. 

Yo estudié primero el kínder en el colegio Margot Párraga, una institución en El Vedado, para niñas de la sociedad y luego me mandaron al Ruston, en donde recibíamos casi toda la educación en inglés. Después me pusieron en el Baldor, también en El Vedado y, por último, me enviaron a un colegio en Connecticut (Estados Unidos). Me gradué del Radcliffe-Harvard, en Cambridge (Massachussets) con una licenciatura en Letras. Por cierto, he seguido estudiando en esta universidad, en cursos de otoño, ya octogenaria. He sido oyente por cuatro años y seguido cursos de Filosofía China, Literatura Rusa y otras materias. 

Cuando me gradué regresé a La Habana en 1955. Ese mismo verano conocí a mi esposo, Jorge González Díez, originario de Jerez de la Frontera (Andalucía) y cuya familia tenía y tiene todavía una destilería, la González Byass, y fabrica vinos entre los que se encuentra el famoso jerez Tío Pepe. Conocí a Jorge porque estaba casualmente en La Habana visitando a uno de sus tíos. Nos casamos en 1957.

―A Julio Lobo, su padre, le fascinaba todo lo relacionado con Napoleón. ¿Puede hablarnos de esto?

―Una vez me dijo que a él lo que le fascinaba de Napoleón no era su genio militar sino su genio como estadista. También la manera en que sacó a Europa de la Edad Media pues, a pesar de que transcurría ya el siglo XIX, persistía el espíritu medieval en muchos ámbitos de la vida del Viejo Continente. Su pasión por Napoleón comenzó cuando a los 10 años su padre le regaló un autógrafo del emperador. La colección fue creciendo poco a poco gracias a la compra en subastas de muchos de los objetos que la conformaron. Lo acompañé a varias subastas en Londres y París. Esta colección empezó a atesorarla en la casa de El Vedado. En cuanto a la biblioteca, encargó a la bibliotecaria María Teresa Freyre de Andrade el procesamiento y clasificación de las obras que iba adquiriendo.

―Tengo entendido que usted fue la primera mujer que escaló el Pico Turquino, el más alto de la Isla. ¿Puede contarnos esta aventura?

―En el colegio Baldor tenía malas notas. No era una alumna aplicada. Mi padre estaba analizando enviarnos a estudiar, a mi hermana María Luisa y a mí, a Estados Unidos, pero con aquellas notas no íbamos a poder entrar a ningún colegio norteamericano. Mi padre me dijo: “Saca buenas notas y te complaceré en lo que quieras”. Y yo, muy campechana, le dije: “Me gustaría subir el Pico Turquino”. 

El Pico Turquino quedaba cerca de uno de los ingenios de mi padre: el Pilón, en Cabo Cruz (provincia de Oriente). Allí había un empleado del central, un negro cultísimo llamado Juan Vázquez que de niña me contaba leyendas increíbles del pico. Mi padre le encargaba que nos paseara a caballo a mi hermana y a mí, para que no anduviéramos solas por las faldas montañosas y los campos circundantes. Ese mismo hombre fue el que me habló del Pico Turquino como de un lugar de ensueños y por eso, en mi imaginación, había quedado como un sitio que tenía que escalar.

Mi padre organizó entonces la expedición. Viajamos de La Habana a Cabo Cruz, y una vez en el batey fue a ver al Dr. Manuel Sánchez, el padre de Celia Sánchez Manduley, por si quería que alguna de sus hijas se sumara a nuestra aventura. A eso el doctor respondió que sus hijas no eran marimachas ni se pondrían nunca pantalones. ¡Ironías de la vida, visto en lo que se convertiría pocos años después la propia Celia! Esta familia le tenía mucha consideración a mi padre, porque él siempre satisfizo todas las necesidades de ellos, y para que Manuel ejerciera correctamente su profesión de médico le enviaba desde La Habana todo lo que necesitaba. Es por eso que, en 1960, Celia fue la persona que ayudó a mi padre a salir del país. 

Cuando llegamos al batey de Cabo Cruz había una huelga. Éramos un grupo de ocho personas y para que no nos impidieran salir de la casona familiar lo hicimos de madrugada. El central y la casa quedaban a poca distancia del mar. Embarcamos todos en una lanchita hasta un poblado al pie del Pico Turquino llamado Bella Pluma. Aquel caserío me provocó gran impresión porque sus habitantes eran indios, no sabían leer, y tenían encerrado a un individuo en una jaula. Cuando les pregunté a los escasos moradores del lugar la razón, me respondieron que lo habían enjaulado porque estaba loco y no sabían qué hacer con él. 

Juan Vázquez indagó quienes querían sumarse a nuestro grupo para que nos sirvieran de guía y fueron dos los que se apuntaron y firmaron el documento con una cruz. Nos dijeron que hacía mucho tiempo nadie había subido y que los últimos en hacerlo habían sido gentes de la Sociedad Espeleológica de Cuba encabezada por Antonio Núñez Jiménez. Los trillos estaban en muy mal estado y había que abrirse paso en medio de la maleza con machetes. A mitad de la ascensión, mi hermana y mi padre no pudieron seguir y abandonaron la marcha. Pero yo dije que ya que estábamos en medio del camino quería continuar. Así fue como logré subir hasta el mismísimo pico y sacar del cofre que se conservaba debajo de una piedra en lo alto el documento que, por tradición, dejaban siempre los últimos en subirlo retirando el de sus predecesores. Sacamos entonces el documento de Núñez Jiménez y su grupo y colocamos el nuestro. Cuento esto porque cuando regresé a La Habana en avión desde Santiago me esperaba una cantidad impresionante de escolares y personas para dar vítores por la hazaña. Exhibían banderolas que decían que era una heroína. Fui famosa por dos semanas y hasta impartí conferencias en el Lyceum de El Vedado; el propio Núñez Jiménez me invitó a la Sociedad Espeleológica para que narrara mi experiencia. Lo cuento porque este mismo señor, que me agasajó tanto entonces, fue el que años después ocupó el cargo de jefe de la Reforma Agraria y nos confiscó todas las tierras que poseíamos.

Hoy en día, toda mi papelería sobre este hecho de mi vida la doné a la Universidad de Miami y puede ser consultada incluso a través de la web de esta institución.

―¿Todo fue confiscado cuando salieron del país tras el triunfo del castrismo?

―Pasaron muchas cosas. La colección que el Gobierno cubano muestra ahora se encuentra en lo que ellos llaman el Museo Napoleónico, instalado en la que fue la casa del senador Orestes Ferrara, en la calle Ronda y San Miguel, detrás de la Universidad de La Habana. Sigue siendo la colección de este tema más importante fuera de Francia por la gran cantidad de objetos, obras de arte, libros, documentos, mapas, periódicos, diarios de campaña, entre otras piezas relativas a Napoleón que la conforman. 

Cuando se precipitaron los acontecimientos con la llegada del castrismo, Jorge, con quien ya estaba casada, y yo intentamos salvar cientos de manuscritos y documentos. Hicimos cosas de locura porque una noche a las 3:00 a.m. le tocamos la puerta al embajador de Gran Bretaña, un solterón que daba muchas fiestas y asistía siempre a las nuestras, y quien ya me había invitado a tocar a su puerta en caso de aprietos. El caso fue que, aquella noche, literalmente se la tocamos y salió una criadita asustada que me dijo que a esa hora ella no podía despertar al embajador. Entonces le solté dos o tres malas palabras y la conminé para que lo despertara, cosa que finalmente hizo, y el embajador bajó al fin envuelto en una bata escocesa para recibirnos. Cuando le dijimos que habíamos metido en cajas que parecían de armamentos cientos de documentos de la colección de mi padre y que necesitaba que nos los cuidara para sacarlos del país, se aterrorizó y dijo que de ninguna manera podía ayudarnos. Entonces, como a pocas cuadras quedaba la residencia del embajador de Francia, acudimos a él. Y a esa hora repetimos la gestión de tocarle la puerta y, muy amablemente, el francés accedió a guardarnos aquellos valiosos documentos de la colección. El caso fue que nunca más supimos de la caja ni de su contenido, y todo se perdió definitivamente.

Así y todo, pudimos sacar cientos de cartas y otros papeles a través de un hombre de color, Norberto, empleado que se movía entre dos aguas, o sea, del lado de los fidelistas, pero que a la vez conservaba vínculos con muchas de las familias de la burguesía porque había trabajado para la Bacardí y de noche como mayordomo en fiestas y recepciones elegantes de antes de 1959. No sé cómo lo logró, pero gracias a él pude sacar hacia España muchas de estas cosas.

―¿Cómo logran salir de Cuba?

―El primero en salir fue Julio Lobo, mi padre. Nosotros lo acompañamos al aeropuerto, un 13 de octubre de 1960, en que tomó un avión con destino a Nueva York. El Che lo había convocado a su despacho y le propuso que se convirtiera en gerente general de la industria azucarera o algo así y de todas sus propiedades y centrales; le dejaban el usufructo del Tinguaro (en Perico, provincia de Matanzas), que era su preferido, y en donde había recibido a decenas de huéspedes ilustres desde Esther Williams y Maurice Chevalier hasta Ginger Rogers, Joan Fontaine y Richard Burton, sin contar las fastuosas fiestas que había dado en este sitio. Mi padre le preguntó qué sucedería si se negaba, a lo que el Che le respondió: “Te dejo desnudo”. Y mi padre le dijo: “Los mejores momentos de mi vida los he pasado desnudo”. Aquella misma noche mi padre llegó a la casa a las 3:00 a.m. y nos dijo: “Comiencen a empacar”. 

Como mi esposo era español, nosotros nos creíamos protegidos, pero eso no fue así. Decidimos escondernos en casa de una prima lejana y llamamos a Norberto, pues sabíamos que él hacía maromas para sacar a las personas del país y, como ya dije, los objetos y las cosas personales también. Norberto nos preguntó que hacia dónde deseábamos irnos, y yo le dije que, a cualquier sitio, hasta la mismísima Conchinchina, por tal de irnos de Cuba. Entonces nos dijo: “Mañana se van para el aeropuerto, discretamente, con una maleta pequeña. Yo me reuniré con ustedes allí”. 

Lo obedecimos y cuando llegamos el aeropuerto de Rancho Boyeros estaba abarrotado. Nos pusimos en la fila y nos dimos cuenta de que, al final, justo antes de salir para la pista, había una funcionaria del G-2 que verificaba los papeles y hacía preguntas a cada persona que pretendía viajar. En eso estábamos cuando por la megafonía anunciaron que si en la sala había alguien llamado Jorge González que se presentara porque esa persona no podía viajar. Imagínate, se trataba de mi esposo, de modo que decidimos hacernos los chivos con tontera y seguir en la cola. Mirábamos para todas partes, buscando a Norberto, quien nos había prometido que estaría allí por si se nos presentaba alguna complicación, pero no aparecía. Nos daba mala espina no verlo, pero ya no podíamos dar marcha atrás. Llevábamos a nuestro hijo Boris, con solo año y medio, quien no paraba de llorar y gritar. Entonces, justo cuando llegamos a la mujer apareció Norberto. La agente de la Seguridad al descubrir la identidad de Jorge dijo que esa persona, tal y como habían anunciado, no podía viajar. Fue entonces que Norberto le dijo: “Chica, este no es el Jorge que están buscando, Jorge González hay miles, y al que están buscando es cubano y este señor como ves es español”. La funcionaria titubeó, pero Norberto la convenció y nos dejó salir a la pista y subir, al fin, al avión. 

En la cabina había un calor horrible, nos tuvieron sin aire acondicionado hora y media, y yo aterrorizada con la idea de que nos bajaran. Incluso, estando ya todos los pasajeros sentados, un militar dio una patada y penetró en la cabina. Nosotros pensábamos que era a nosotros a quien venía a buscar, pero fue directo hacia un anciano y lo bajaron dando gritos del avión. Al fin el avión despegó y cuando aterrizamos en Fort Lauderdale rompí en llanto. Era libre, habíamos logrado escapar de aquel infierno, y poner fin a tantas angustias.

―¿Cómo fueron los primeros años en el exilio?

―Nos fuimos inmediatamente a Nueva York, donde ya estaban instalados mis padres. No había cubano en el exilio que no creyera que en tres semanas estaríamos de regreso a la Isla. El tiempo fue pasando y cuando ocurrió el fracaso de la invasión de bahía de Cochinos nos dimos cuenta de que aquello era para largo. Vivimos en Nueva York hasta 1966, pero a mi esposo le propusieron un buen puesto en Madrid y nos mudamos a España. También mi padre se fue a España, y allí vivió el resto de su exilio hasta su muerte en 1983, a los 84 años, en la capital española, en donde fundó el Centro Cubano y estuvo muy vinculado a las actividades de los exiliados. Fue enterrado en la catedral de La Almudena, junto a su hermana Elena. 

―Pero tengo entendido que usted termina instalándose en Florida…

―En efecto. Mi padre nos había regalado a mi hermana María Luisa y a mí por nuestros matrimonios lo que yo llamo un pantano, en el centro de Florida, en Vero Beach. Eran 535 acres de manglares y pantanos inutilizables. En 1969 un abogado amigo de la familia nos advirtió que el administrador de aquellas tierras estaba haciendo muy mal trabajo y hasta había falsificado mi firma para apropiarse de no sé cuántos acres. Entonces Jorge decidió tomar cartas en el asunto y viajar a Florida para que pudiéramos ocuparnos de este asunto en el terreno.

Cuando llegamos en 1971 y vi el lugar me quiso dar un infarto. Allí no había nada, era un paisaje árido y casi lunar. Pero a mi esposo, que rehuía las grandes ciudades, le encantó. Se dio cuenta del potencial del sitio en el que todo estaba por construir, pero ante mi insistencia de que regresáramos a Madrid empezó a entretenerme y a hacerme el cuento de que él se estaba ocupando de dejar todo arreglado antes del regreso. 

El caso fue que, conocí al director de Saint Edward’s, una escuela privada que era la primera de aquel lugar, pegada a The Moorings, y me propuso que me convirtiera en profesora de Literatura, y luego en presidenta del Departamento de Inglés. Al final, me gustó tanto lo que hacía, mi relación con los alumnos y lo que aprendía enseñando que ni cuenta me di de que habían pasado seis años en aquel lugar en el que me sentía tan a gusto, pero tuve que dimitir para terminar un máster en la Universidad de Middlebury. Mientras tanto, Jorge urbanizó todo aquello. The Moorings fue dragado y convertido entre 1971 y 1984 por mi esposo en lo que es hoy, una comunidad próspera con casas familiares de lujo y marinas para yates. Así fue como cursé un máster y me quedé trabajando en ese sitio. Poco después me impliqué en la fundación del museo de arte local, el Vero Beach Museum of Art, una labor titánica, que es, hoy por hoy, la principal atracción del sitio en que ya he vivido los últimos 55 años de mi vida.

―¿Volvió alguna vez a Cuba? 

―En 2016 cuando Barack Obama restableció las relaciones de Estados Unidos con Cuba, quise mostrarle a mi hijo el país en que nació y del que se fue con año y medio. En realidad, yo no pensaba hacerlo, ni volver nunca, pero me dije que el día en que yo muriera mi hijo iba a ir sin mí, al menos por curiosidad, y que para que cualquiera le hiciera otro cuento prefería mostrarle yo los sitios afectivos que tenían que ver con nuestra historia familiar. 

Recuerdo que en el taxi que nos conducía del aeropuerto al hotel Saratoga, en frente del Capitolio, en que nos alojamos, iba tratando de reconocer los sitios. Quedé tan asombrada de la destrucción que le pregunté al chofer si habían sufrido un bombardeo reciente. “Bombardeo no, chica, lo que ves es una Habana que se desplomó”, afirmó. 

Nos quedamos en el hotel que dije, pero a los pocos días nos sacaron de allí porque era donde se iba a quedar Barack Obama y su séquito. Entonces nos trasladaron al palacete de los condes de Santovenia, cerca de la bahía, en La Habana Vieja.

Por cierto, tuve la misma impresión que cuando visité San Petersburgo porque habían colocado tarjas de homenaje o recordatorio de personajes ilustres que ellos mismos habían despojado de sus bienes o condenado al exilio. En el caso de mi padre, una tarja recordaba el lugar en donde había tenido su oficina antes de que le expoliaran todos sus bienes. Y en otras partes, como en el cementerio Colón, sucedió lo contrario: arrancaron la tarja de la tumba de mi familia para poner otra con nombres diferentes en su lugar. Tengo fotos de todos esos sitios.

―¿Qué visitó y qué impresiones tuvo?

―De más está decirte que todo daba grima. Nada funcionaba. Los hoteles muy bonitos pero los inodoros tupidos. Todo sucio. Nos pusieron una especie de guía, muy amable, que nos acompañó a varios lugares. Quise llevar a Boris a ver el central Hershey, unos de los más hermosos que poseía mi padre, y me encontré un campo de ruinas. Solo quedaban chatarra y pedazos de hierro. Los mayores, cuando se enteraron de que éramos la hija y el nieto de Julio Lobo, nos decían: “Ay, ¡por qué no regresan y se ocupan de todo esto como antes!”.

Yo había salido de Cuba a los 27 años, de modo que tenía una memoria vívida de la Isla. Fuimos a Varadero, y en este balneario que antes era un crisol estuvimos en la Villa Xanadu, la antigua casa de Irénée Dupont de Nemours, que yo conocía muy bien por haber estado allí mismo almorzando con mi padre y su propietario. Imagínate que las ventanas se habían perdido y cuando les pregunté qué hacían cuando llovía, me dijeron que tapaban los huecos con lonas o planchas de madera.

No es por despecho, sino que realmente todo daba asco. La mediocridad general era galopante. En esas condiciones no quise ni siquiera visitar el Museo Napoleónico. Todo lo que exhiben allí son los objetos que nos robaron y temía que me diera un ataque de rabia. 

En cuanto a mi hijo, él no tiene las mismas referencias que yo. Y como hombre de negocios, al salir de Cuba, me dijo: “Este sitio es un buen lugar porque todo, absolutamente todo, está por hacer”.

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jueves, febrero 01, 2024

William Navarrete entrevista a Mina Novick, una cubanoamericana de origen judío que acumula un siglo de vida: “A pesar de que mis orígenes son otros, nunca me he sentido otra cosa que cubana”


Cuba Before 1959: An Advanced Country


 Jose A Albertini entrevista a Salvador Lew (22-05-2016)




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Tomado de https://www.cubanet.org/

“A pesar de que mis orígenes son otros, nunca me he sentido otra cosa que cubana”

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El escritor William Navarrete entrevista a Mina Novick, una cubanoamericana de origen judío que acumula un siglo de vida

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Por William Navarrete

1 de febrero, 2024

MIAMI, Estados Unidos. – Conocí a Mina Novick una tarde dominical de enero de este año en su propio apartamento de Sunny Isles y gracias Julia Velázquez, quien la acompaña y quien primero me habló de ella. A Mina, en la Cuba de otros tiempos, la hubiéramos llamado “Doña Mina”, pues acaba de cumplir 100 años y, dato excepcional, goza de excelente salud y memoria, y es completamente autónoma.

Durante mi visita, en la que me acompañaba también mi madre, empezaron a desfilar vecinos, casi todos rondando como ella el siglo de vida, con quienes comparte el mismo edificio desde hace décadas. Uno vino a traerle, como cada día, El Nuevo Herald, otro a conversar y una tercera a saludarla. De modo que, un poco en broma, un poco en serio, le pregunté qué le echaban al agua de aquel edificio de Sunny Isles para que llegaran todos a tan avanzadas edades y en tan buen estado físico y mental.

Pero también la dulzura, el trato afable, la amabilidad y suavidad de gestos, así como su perfecta dicción en español, hacen de Mina un ser excepcional. No ha perdido tampoco, a pesar de más de seis décadas de exilio, su amor por Cuba, la tierra que acogió a sus padres cuando emigraron desde Austria después de la Primera Guerra Mundial. 

En el transcurso de mi primera visita fue que me di cuenta de que valía la pena entrevistarla. Y regresé, una semana después, para hacerlo. Siempre digo que no hay persona de origen judío sin una historia interesante detrás, a pesar de que casi siempre esta tenga relación con éxodos, persecuciones, obstáculos y vidas truncas y recomenzadas, casi siempre con el éxito que impone la propia incertidumbre y los avatares de la Historia. La vida de Mina confirma mi idea y es mejor que sea ella quien nos la cuente.

―Empezaremos, como con todos mis entrevistados, por sus orígenes y la manera en que Cuba apareció en sus vidas.

―Mi padre, Samuel Weber, era un judío askenazí, nacido en Chorostkow, un pueblo que perteneció al Imperio Austro-Húngaro, pero que tras su disolución en 1918 comenzó a formar parte de Polonia y, finalmente, fue ocupado por el Ejército Rojo en 1939 y anexado por la Unión Soviética. Hoy es parte de Ucrania. Su madre, Hashe Weisbrot, nació en otro pueblo de ese mismo Imperio que corrió con suerte similar y tuvo, además de a mi padre, a dos hijos más: Moisés y Julius.

Sarah Weister, mi madre, venía también de un pueblo austríaco; su madre falleció cuando ella tenía 15 años. Su padre, Abraham, era sastre en ese pueblo. A mi madre la enviaron en una caravana con otros paisanos a Siberia pero el gobierno estadounidense se enteró de aquel traslado forzoso y protestó, de modo que los devolvieron. La historia que contaban es que, al regreso, encontraron que el pueblo había sido destruido y es la razón por la que fueron acogidos en el de mi padre. De modo que así fue como se conocieron

Mis padres se casaron en Polonia, y como deseaban emigrar a Estados Unidos, donde ya teníamos familiares, se enteraron de que Washington no estaba autorizando la entrada de emigrantes judíos a su territorio. A mi padre le comunicaron que el Gobierno de “una isla llamada Cuba” estaba dando visas. Dada la proximidad geográfica hizo las gestiones pertinentes y obtuvieron la famosa visa. Viajaron entonces en barco de Polonia a Francia y, desde ese país, en un trasatlántico a La Habana, ciudad a la que llegaron en 1920. Inmediatamente se sintieron a gusto, y tanto que, cuando les avisaron de que ya podían emigrar a Estados Unidos mi padre dijo que su país era Cuba y que ellos estaban muy bien allí. Por eso nací en Candelaria, pueblo de la provincia de Pinar del Río, en 1923.

―¿Por qué Candelaria? ¿Qué recuerdos tiene de ese pueblo? ¿Cursó allí su primera escolaridad?

―Candelaria era un pueblo pequeño fundado a principios del siglo XIX y cuya economía se basaba fundamentalmente en los cultivos de tabaco y café. Había dos familias conocidas, los Amador y los Llera. También dos familias judías, los Goldenberg y los Waxman. Yo sospecho que fue por estas que mis padres se instalaron allí. La atracción turística fundamental era el salto de Soroa, cascada que se encontraba en el territorio de la municipalidad.

En ese pueblo mi padre puso una tienda de ropa. Recuerdo que el único hotel y restaurante se llamaba Núñez. La escuela primaria, hasta el quinto grado, la hice en una academia privada cuyo dueño y maestro era Pepe Lavandera, un maestro cuya buena reputación era conocida en toda la región.

―¿Y luego?

―En 1933 la situación económica con la crisis del final del gobierno de Gerardo Machado no era buena. Para colmos, y tal vez por eso, robaron en la tienda de mi padre, instalada en un edificio que alquilaba a José y Benigno, dos españoles. Con lo del robo, mi madre se puso muy nerviosa y no quiso seguir viviendo allí. Así que, cuando yo cumplí los 12 años, decidieron mudarse para Marianao, en La Habana, pues alguien le dijo a mi padre que estaban vendiendo una tienda en ese barrio. Y eso, a pesar de que la policía había logrado arrestar a los ladrones de la tienda en el momento en que intentaban vender en una casa de empeño parte de la mercancía que habían robado.

Una vez en Marianao, me matricularon en el Instituto de Segunda Enseñanza, del que siempre recordaré con admiración a la Dra. Torres, mi maestra de Matemáticas. Vivimos allí hasta 1937, de modo que pude terminar el bachillerato en este lugar.

―¿Tenían relaciones con la comunidad judía? ¿Practicaban la religión hebrea?

―En Candelaria no había sinagoga. La única que cumplía con ciertas reglas, como no trabajar los sábados, era mi madre. Ella me contaba historias de Europa, pero mi padre se mantenía alejado de la religión y su calendario litúrgico, tal vez un poco escéptico, porque para él los sufrimientos por los que había pasado el pueblo judío y los atropellos durante la Segunda Guerra Mundial hicieron que se desencantara con todo eso.

Después de Marianao, en 1938, cuando nos mudamos para La Habana Vieja, exactamente para la calle Picota, pudimos comenzar a frecuentar la sinagoga de esa misma calle. Además, en ese barrio, a lo largo de toda la calle Muralla, había gran cantidad de comerciantes judíos, la mayor parte dueños de comercios mayoristas. Luego vivimos en la calle Sol, después en Bernaza, y por último en Sol. 

―¿Fue a la Universidad?

―Cuando terminé el bachillerato quise estudiar Ciencias Comerciales, pero como los cursos eran nocturnos mi madre no quiso. Eso sí, después del bachillerato me regalaron un viaje a Nueva York, en donde pude conocer a uno de mis tíos y a su familia, pues vivían en el Bronx. Cuando ellos me preguntaron si me interesaba quedarme a vivir allí les respondí que en donde me gustaba vivir era en Cuba. ¡Quién me iba a decir que dos décadas después el cambio fuera tan radical y nuestros deseos otros!

Entonces comenzó la Segunda Guerra Mundial y llegaron a La Habana muchos diamanteros judíos provenientes de Bélgica y Holanda, y abrieron fábricas en la capital cubana. En una de estas, sita en la calle Almendares, empecé a trabajar. Cuando la guerra terminó muchos volvieron a Europa y como me había quedado sin trabajo una amiga me recomendó para que me aceptaran en las oficinas de los laboratorios de la Kodak, que se hallaban en la calle Águila, casi en frente de los grandes almacenes de lujo Fin de Siglo.

Mi padre trabajaba ya en esa época como viajante, recorriendo diferentes pueblos de provincias, a donde llevaba mercancías para vender cuantas novedades llegaban a La Habana. 

―Vivieron la época que siguió al golpe de Batista. ¿Hablaban en su casa de los temas políticos que acaparaban la atención entonces?

―Nosotros nunca tuvimos problemas con Fulgencio Batista porque en realidad nunca nos hizo ningún daño. Por otro lado, el 15 de diciembre de 1951, me casé en el Centro Israelita de la calle Ejido con mi esposo Aron Novick, quien descendía de judíos rusos y tenía un almacén de telas en la calle Compostela, entre Muralla y Teniente Rey. Acto seguido, nos mudamos para la calle Estrada Palma y La Sola, en Santos Suárez, a un edificio completamente nuevo que estrenábamos como inquilinos. Allí nacieron nuestras dos primeras hijas, como cubanas: Ena y Marcia. La vida seguía su rumbo, Cuba era un país próspero en donde se vivía bien y se podía, incluso sin ser propietario de la vivienda, cubrir todas las necesidades gracias al trabajo.

―¿Tras el triunfo de la Revolución de 1959, en qué momento se dan cuenta de que deben abandonar el país? 

―Yo no creía que los cambios iban a ser tan radicales, pero Aron se dio cuenta enseguida de que aquello era comunismo. Decretaron una ley en que obligaron a los propietarios a bajar los alquileres de la mitad, con lo cual él, que estaba informado de la manera de proceder de los comunistas, me dijo: “Mina, esto es comunismo. Si los hubieran bajado un 5 o 10 % no, pero de la mitad, y aun cuando estemos del lado de los beneficiados, te puedo garantizar que esto es cosa de comunistas”. 

Así fue como presentamos la salida del país, algo que no pudo suceder hasta el 13 de junio de 1961.

―¿Tiene algún recuerdo en particular de ese momento?

―¡Por supuesto! Lo primero fue que tuvimos que hacer todos los preparativos en silencio, para no llamar la atención. Nosotros nos íbamos con las dos niñas, pero mis padres se quedaban. Ellos vinieron a despedirnos en el aeropuerto de Rancho Boyeros. Cuando pasamos el control, un funcionario nos dijo que no podíamos viajar con joyas, ni siquiera las alianzas matrimoniales. Nosotros habíamos pretextado que íbamos a Miami para llevar a nuestra hija de ocho años a ver a un médico. Fue entonces que, al constatar que del otro lado del cristal que cubría la mitad del puntal y servía para separar a los que se iban de quienes venían a despedirlos, aún se encontraban mis padres, el funcionario de turno nos dijo: “Bueno, si piensan regresar entonces no tendrán inconvenientes en dejar las prendas con la familia”, e indicó hacia el otro lado de “la pecera”, que es como llamaban al cristal. Entonces reuní todas nuestras prendas en una especie de pañuelo que me sirvió de talego y por encima del panel transparente las lancé para que mis padres pudieran recogerlas y salvarlas de las garras de aquella gente.

Lo peor de las cosas que ocurrieron y siguen ocurriendo en Cuba es que se cuentan con normalidad, pero nada de aquello lo fue y sigue sin serlo.

―Miami se convirtió en su segunda casa hasta el día de hoy, 62 años después…

―En efecto. Mis padres quedaron atrás, pero pudieron reunirse con nosotros, primero mi madre seis meses después y uno más tarde, en enero de 1962, mi padre. Aquí adquirimos el estatus de refugiados políticos cubanos. 

Al principio, mi esposo trabajó como vendedor ambulante, pero viajó a Nueva York y consiguió un crédito para abrir en Miami un local de telas en North Miami Avenue. Cuando las señoras cubanas se enteraron de que un “polaco” ―como llamaban a los judíos en Cuba― había abierto una tienda, venían todas a comprarle cintas, adornos, telas, hombreras, etc. Así fue cómo el negocio fue prosperando y la Novick’s Fabric mantuvo sus puertas abiertas hasta que Aron se retiró en 1997. Un negocio en el que yo solía ayudar cuando él se iba de compras a Nueva York. 

Pero mi esposo, al principio, no quería hacerse ciudadano porque creía que el castrismo no duraría mucho y que regresaríamos a La Habana. Por otro lado, Beatriz “Bebe”, la menor de nuestras hijas, había nacido ya en Miami. Fue mi hija mayor quien, al ver el tiempo pasar y a sabiendas de que sin la ciudadanía estadounidense no podríamos integrarnos plenamente a la vida norteamericana, lo convenció para que nos hiciéramos ciudadanos.

Así nos fuimos quedando en Miami. Primero vivimos en Meridian (South Beach), luego en la 16 (cerca de Lincoln Road Mall), también en Euclid y, por último, en la 13 Terrace (una calle que ya no existe) y la West Avenue, a orillas de la bahía. Asistíamos todos los sábados al Círculo Hebreo Cubano, de la calle Michigan, en donde reanudamos contactos con las familias judías exiliadas cubanas. Y, por supuesto, en casa nunca faltaron las comidas de la Isla y, entre mis preferidas, el arroz con pollo y los plátanos maduros fritos.

―¿Nunca pensó en volver a Cuba, aunque fuera de visita?

―Ganas no me han faltado, pero Aron en eso estuvo siempre claro pues era consciente de que viajando a Cuba todo el dinero que allí gastáramos iba a terminar en las arcas de la dictadura. De mis hijas, la del medio, que nació en Cuba y vino para Miami con nosotros a la edad de cuatro años, quiso ir. Estuvo en la casa en donde nació en Santos Suárez, y la familia que vive allí la dejó pasar muy amablemente. A su regreso me contó que pudo reconocer el cuarto que compartía con su hermana mayor. A mis hijas, aunque casadas todas con norteamericanos, las obligué a aprender español y lo hablan perfectamente. Pues a pesar de que mis orígenes genéticos son otros yo nunca me he sentido otra cosa que cubana.

―¿Cuál es su secreto para haber llegado tan bien al siglo de vida?

―El principal es no guardar nunca rencores que nos envenenen la vida. Creo en Dios y le rezo cada noche, primero para agradecerle por todo lo que me da cada día y, luego, para pedirle salud para todos los que quiero y me rodean. Aron falleció en 2005 sin cumplir su sueño de volver a Cuba. Mi padre en 1976, aquí en Miami, y mi madre también, 20 años después, sin poder volver tampoco.

Yo también me iré sin ese anhelo cumplido. Pero sé que nada es eterno. Todo tiene un principio y un final. Hoy por hoy, estoy rodeada de amor y de cosas que me recuerdan mis orígenes. Veo la televisión en español, leo los periódicos y las noticias de Cuba en la prensa, disfruto el olor del cafecito cubano que, aunque no debo tomar, solo con olerlo ya soy feliz porque su aroma es inconfundible. Y, sobre todo, disfruto de la paz que me da saber que mis tres hijas y yernos, mis seis nietos y ocho bisnietos viven en un país libre y democrático que dejó de ser nuestra segunda casa para convertirse en nuestro hogar para toda la vida.

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sábado, mayo 13, 2023

Entrevista de William Navarrete a Fulgencio Batista Fernández, el hijo menor del último Presidente constitucional en ejercicio elegido en elecciones legítimas en Cuba

Yasevids

6 de junio, 2023

Entré a la casa de Fulgencio Batista en Cuba, video NUNCA VISTO de Kuquine


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Tomado de https://www.cubanet.org/

“Imposible desentenderse de Cuba siendo como soy un hijo de Batista”

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El escritor William Navarrete entrevista a Fulgencio Batista Fernández, el hijo varón menor del dictador cubano

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Por Wolliam  Navarrete

12 DE mayo, 2023 

PARÍS, Francia. – Nació en Cuba y ha vivido prácticamente toda su vida fuera de la Isla. Tiene recuerdos muy vívidos de sus padres y su familia. Hace cuatro décadas que vive en Ibiza, de cara al campo, lejos de la vida pública y en contacto con la tierra. Aunque no tiene el acento de la tierra que lo vio nacer, cuando oye sones y otros ritmos cubanos se siente inmediatamente identificado con la Isla de la que conserva pocos recuerdos. Y ello, a pesar de haber estado en el centro de acontecimientos clave que tuvieron lugar a finales de los años 1950.

Se trata de Fulgencio Batista Fernández (La Habana, 1953), el hijo varón más pequeño de Fulgencio Batista, presidente de Cuba elegido democráticamente entre 1940 y 1944, y quien diera un fatídico golpe de Estado en 1952, justo un año antes del nacimiento del entrevistado. Para que podamos tener una visión sana y completa de nuestra historia contemporánea, es importante reunir la mayor cantidad de material posible de una parte y otra: todo testimonio que ayude a comprender la convulsa historia contemporánea de la Isla. Es esta la primera entrevista que concede en sus 70 años de vida.

―¿Qué recuerdos tiene de sus orígenes familiares?

―La familia era grande porque a excepción de mi hermana Marta María, que nació después que yo, ya tenía tres hermanos: Jorge Luis, Roberto y Carlos Manuel. Mi padre había tenido además con Elisa Godínez Gómez, su primera esposa, otros tres hijos, es decir, a Fulgencio Rubén (a quien llamaban “Papo”), Mirtha Caridad y Elisa Aleida, quienes también formaban parte de la familia. A esto habría que sumarle la enorme parentela de tíos paternos y maternos, con sus esposos y esposas, así como todos los primos.

Mi madre Martha Fernández Miranda había nacido en Cuba en 1923, pero descendía de gallegos. Era hija de Ramiro Fernández Ledo y Emelina Miranda Casal, mis abuelos. Mi abuela Emelina venía de una familia acomodada de Vilameá (Pontenova) y fue llevada a La Habana en 1914 para que estudiara en el colegio habanero de Las Ursulinas. Su futuro esposo era originario de Chantada, también en Galicia, y trabajaba en Cuba como mecánico y chofer de los autobuses del colegio en que estudiaba mi futura abuela. Uno de mis tíos maternos, Roberto Miranda, escribió las memorias de su familia, que están mejor documentadas de lo que pudiera decir yo. Mi abuelo Ramiro, como muchos gallegos, era hijo de Manuel, un soldado que había participado en la guerra de independencia cubana del lado de España, había regresado a Galicia y tenido varios hijos. Uno de ellos, mi abuelo, se fue para Cuba evitando de este modo tener que pasar el Servicio Militar.

Mi padre había tenido ya, como dije, primeras nupcias e hijos cuando conoció a mi madre. Ella era mucho más joven que él y se conocieron de una forma bastante accidental, nunca mejor dicho, pues ella estaba montando bicicleta en el Vedado cuando la arrolló el coche presidencial en que él viajaba. Al parecer, empezó a visitarla a diario en el Hospital Militar durante el tiempo que duró su convalecencia. Se casaron en 1945, ya él había terminado su mandato presidencial, y se fueron a vivir a Daytona Beach, en donde nació mi hermano mayor Roberto, el primer hijo de ambos, recientemente fallecido en Madrid.

No tengo recuerdo alguno de mis abuelos paternos. Eran Carmela Zaldívar González, originaria de Fray Benito, una localidad cerca de Banes, pueblo de Oriente en el que nació mi padre y en el que ella está enterrada, y Belisario Batista Palermo. Ambos fallecieron cuando mi padre era muy joven. A la única persona que conocí de mi rama paterna fue a mi tío Francisco, al que llamaban “Panchín” y a su hijo Manuel. Sé que los orígenes familiares de mi padre eran muy modestos, los de un mestizo que se había forjado a base de mucho empeño y esfuerzo en la Cuba de principios del siglo XX.

―¿Tienes algún recuerdo de Cuba a pesar de haber salido de la Isla a los seis años de edad?

―Tengo imágenes difusas. Nací en el Palacio Presidencial y allí vivíamos, pues a la finca Kuquine solo íbamos de paseo, así como a la casa familiar en Varadero. Recuerdo, por ejemplo, el Colegio La Salle, en donde estudié al igual que mis hermanos y, en particular, al hermano Pedro. Siempre nos trataban con mucho cariño y nunca sentí acoso ni hostilidad de ningún tipo. 

En familia, a la hora de la siesta, me ponían aparte porque era muy inquieto y no dejaba que los demás durmieran. De hecho, a pesar de haber vivido prácticamente toda mi vida en España, nunca he hecho ni hago siestas. 

El recuerdo más claro que tengo es el del ataque al Palacio Presidencial el 13 de marzo de 1957, a pesar de tener apenas cuatro años de edad. Mi madre estaba embarazada de mi hermana Marta María y cuando comenzó el ataque me escondió en un armario. Recuerdo que me dijo que no me asustara, que eran fuegos de artificio, pero yo sabía distinguir muy bien el ruido de los fuegos de artificio. Entonces le dije que el ruido que oíamos no era lo que ella me decía.

(Batista y Martha  con sus hijos.  Fulgencio Batista Fernández es el que está al lado de su hermanita Marta María. Foto y comentario  añadidos por el Bloguista de Baracutey Cubano)


(Batista y Martha  con sus hijos años después.  Fulgencio Batista Fernández es el que está sentado en las pernas  de su madre. La muchacha que está de pié posiblemente sea Mirtha, una de las dos hijas de Batista de su primer matrimonio con Elisa Godínez Gómez del cual también nació Fulgencio Rubén,  Foto y comentario  añadidos por el Bloguista de Baracutey Cubano)

También tengo muy vívidos los recuerdos de un domingo en que asistía con mi madre a la misa de la Catedral de La Habana. Se acostumbraba a que la familia del presidente asistiera a esta misa. Me viene a la mente en particular una que se celebró después del paso de un ciclón que había provocado estragos. Mi madre, como siempre, se había implicado mucho en el tema humanitario, algo por lo que todos la conocían y querían. En aquella ocasión cuando llegamos a la catedral, recuerdo perfectamente la fuerte impresión que me causó el hecho de que la gente aplaudiera y gritara “Marta del pueblo”, como solían llamarla por lo mucho que se implicaba en ayudar a los necesitados y en fundar misiones caritativas.

―¿A su madre no le interesaba la política?

―A mi madre lo que le interesaba era su enorme devoción y las causas humanitarias. A donde quiera que iba llevaba sus imágenes del Cristo de Limpias y de Santa Marta. Así fue hasta el último día de su vida al fallecer en Palm Beach, en 2006. Había tenido unos embarazos horribles y, de hecho, perdió a varios hijos antes de mi nacimiento e, incluso, durante el parto en que dio a luz a mi hermano Roberto perdió a su gemelo, al que iban a llamar Francisco (es la razón por la que a él terminaron llamándolo Roberto Francisco).  

Algunos dicen que ella era como una especie de Eva Perón para los cubanos. También ayudaba mucho en el seno de la comunidad de emigrantes gallegos, al punto que en 1957 el Concello de Ribadeo, en Galicia, la declaró “Hija Adoptiva” por ser mi abuela materna originaria de este sitio. Influía mucho en mi padre para que donara terrenos para construir dispensarios, centros sanitarios infantiles, etc. Incluso, durante su exilio en Florida, se convirtió en donante permanente del Jackson Memorial Hospital y siguió haciéndolo cuando se mudó definitivamente a Palm Beach en la década de 1980. Su mano derecha en estas cuestiones fue siempre Zoila Fernández-Concheso, nacida en Banes y cuyos apellidos de soltera eran Mulet Proenza.

―Es probable que recuerde también la salida de Cuba y los primeros días en el exilio…

―La noche del 31 de diciembre de 1958 me sacaron de madrugada de la cama y, de pronto, me vi en un avión junto a mi abuela Emelina, mi hermana Marta María, mis tías maternos Adela, Lilia y Cecilia, todos los primitos y primitas menores que yo, las manejadoras y, pilotando el avión, Jorge Hernández Volta, a quien llamábamos “Yoyi”, el brazo derecho de mi padre hasta el último día de su vida, al punto de que se encuentra enterrado junto a mi abuela en el cementerio madrileño de San Isidro. 

Salimos de La Habana y aterrizamos en Pensacola. Recuerdo que mientras aguardábamos en una especie de sala de cristales para nuestro traslado a Daytona Beach, la gente gritaba afuera enardecida “Abajo Batista”. Mis hermanos Roberto y Carlos Manuel, quienes salieron rumbo a Nueva York, tuvieron similares experiencias. Es algo que Roberto cuenta en sus memorias publicadas antes de fallecer, las cuales tituló Hijo de Batista.

―¿Cómo fueron los primeros años de exilio? ¿Qué recuerdos tiene?

―Yo era pequeño y, por supuesto, recuerdo que fue un periodo muy incierto. Vivíamos en Daytona Beach, en una casa que mi padre había comprado cuando salió de Cuba en 1945, en el momento en que el Dr. Ramón Grau y San Martín gana las elecciones. Mi padre salió hacia Daytona porque prefirió no entorpecer la nueva presidencia y compró entonces la casa en que vivimos mi hermana Martica, mi abuela, mi madre y yo en esa ciudad floridana mucho después. En 1957, mis padres ya habían donado a la ciudad y a los habitantes de Daytona parte de la colección de obras de arte que allí tenían. Esta colección de arte cubano, una de las más completas fuera de la Isla, forma parte hoy del Cuban Foundation Museum e incluye más de 200 objetos entre pinturas, esculturas, mobiliario, mapas, grabados, etc. Pueden verse cuadros de Romañach, Miguel Melero, José Joaquín Tejada, Armando Menocal, Víctor Manuel, Amalia Peláez, Mario Carreño, René Portacarrero, entre otro

Por su parte, mi padre con otros miembros de la familia, había salido de Cuba en otro avión rumbo a Santo Domingo, acogidos en un primer momento por Leónidas Trujillo. Fueron alojados primero en el Palacio Nacional y, luego, en el hotel Jaragua, pero sucedió que Trujillo le reclamó enseguida tres millones de dólares por la venta anterior de unas armas, con lo cual se generó una situación muy tensa. Incluso estuvo dos días en prisión hasta que pagó la supuesta deuda. Recuerdo que mi madre y mis hermanos mayores pasaron las de Caín para que Trujillo les autorizara a verlo.

―¿Cómo logran reunirse otra vez?

―Sucedió que Antonio de Oliveira Salazar, presidente de Portugal, cursó una invitación a mi padre, quien necesitaba liberarse ya de las garras de Trujillo. Allí, en la capital de la isla de Madeira, logramos reunirnos todos finalmente en septiembre de 1959. En los archivos de la RTP portuguesa se ve la llegada de mi padre en barco desde Lisboa y a mi madre con su eterno bustico de Santa Marta contra el pecho. Yo había viajado desde Miami a Funchal antes y los esperaba allí. Nos alojamos en el Reid’s Palace y estuvimos seis meses viviendo en la isla. 

Luego retomamos nuestra vida de peregrinaciones ya que nos instalamos en Lisboa, en donde yo asistí al colegio de Los Maristas, y de allí a Estoril, donde mis padres alquilaron una villa durante un tiempo hasta que la situación les permitió comprar su propia casa en la rua de Inglaterra, a pocos metros de la Villa La Giralda, en donde vivía exiliado don Juan, el monarca de España que nunca pudo reinar. A nuestra casa se la llamó Villa Baní, en honor al nombre aborigen de la localidad oriental de Banes, en donde nació mi padre, y ahí está aún en pie, casi como la dejamos. Esa casa mi madre me apremió para que la vendiera en 1974, tras la Revolución de los Claveles que puso fin a la dictadura de 40 años de Salazar. Mi madre vivía entonces en Madrid y me llamó a Londres donde me encontraba para decirme que me ocupara de liquidarla porque ella de revoluciones estaba hasta el gorro y temía que terminaran instaurando un régimen comunista. Recuerdo que me fui a Estoril y lo vi todo tan tranquilo que me parecía absurdo que nos deshiciéramos de la casa, por lo cual me pasé un tiempo allí disfrutando del ambiente y, al final, terminé complaciéndola.

―¿Cuándo se radican en España y por qué?

―Francisco Franco no dejó entrar a mi padre a España hasta 1963. Hubo dos personas que intercedieron ante El Caudillo para que finalmente se le permitiera vivir en este país. Fueron Gastón Godoy quien, como todo el mundo sabe, fue su último vicepresidente, y Leo Urrestarazu, el suegro de mi hermano Jorge Luis, quien estaba casado con Rosa, una hija de él. Incluso, Carmen Polo, la esposa de Franco, le envió una vez a mi madre una notita invitándola a quedarse en Madrid, donde era bienvenida y donde teníamos un apartamentico en el Paseo de La Habana, pero mi madre declinó muy amablemente respondiéndole que mientras a su esposo le negaran la residencia en ese país, ella no podía instalarse allí. 

(En la foto Fulgencio Batista  con Fernando de los Ríos Urruti, militante del PSOE quien fuera Ministro y Embajador  de la Segunda República Española en EE.UU. después del estallido de la Guerra Civil Española. La foto es del 17 de abril de 1946 en el Exilio norteamericano de ambos y aclaro que el que habla en el video sobre la Segunda República Española es Pío Moa, ex comunista y antifranquista cuando vivía Francisco Franco. Foto y comentario del Bloguista del blog Baracutey Cubano)

El caso fue que Leo Urrestarazu tenía una propiedad en Guadalmina, una urbanización a unos 15 kilómetros de Marbella, y se ofreció para alquilárnosla. Esto fue posible finalmente en 1963 cuando Franco le levantó el veto de residencia española a mi padre. Habíamos recorrido el Algarve y parte de Andalucía en familia y mi padre conocía todos los lugares, Huelva, Cádiz, Málaga, sin haber estado nunca en ellos. La primera visita de La Alhambra que hice fue sirviéndome él de guía. Tenía tal don para transmitir pasiones que me enamoré definitivamente de la historia y, en general, de aquel palacio de los reyes moros al pie de la Sierra Nevada.

―¿Puedes decir entonces que vinieron años de estabilidad?

―¡Qué va! A mí me mandaron junto a mis hermanos Roberto y Carlos Manuel a estudiar al Instituto Monnivert, en la localidad de St. Prex, entre Morges y Lausana. Mi hermano Jorge Luis estudiaba Ciencias Políticas en Ginebra y cuando se casó con Rosa, quien era como una hermana para mí, se mudaron para Lausana. En esa escuela que hoy ya no existe estuve hasta los 13 años. Era un colegio internacional y estábamos obligados a hablar en francés y nos castigaban si nos oían hablando en otra lengua, pero finalmente entre amigos hablábamos en inglés, italiano, portugués, castellano, mezclándolo todo, porque veníamos de muy variados horizontes. 

Recuerdo que a mis 13 años durante unas vacaciones con la familia en Estoril mi padre me puso a recitar las conjugaciones de los verbos en francés. A él le encantaba aprender cada día y había estudiado el francés a partir de un librito, El pequeño príncipe de Saint-Exupéry, que yo había ganado en un premio en Monnivert. Este librito lo conservo aún y está todo marcado en sus márgenes por las anotaciones que hacía mi padre aprendiendo el francés. El caso fue que cuando se dio cuenta de lo mal que yo hablaba el castellano decidió enviarme a Madrid. Esto fue en 1967, en que ingresé en el Colegio Santa María de los Rosales. Entonces nos instalamos en un apartamento que era de Ramón Serrano Suñer, el Cuñadísimo, como le llamaban, por estar casado con una hermana de Carmen Polo, la esposa de Franco. El Colegio había sido fundado en 1952 y fue donde estudió poco después el entonces príncipe de Asturias don Felipe. 

―¿Llegó a cursar estudios universitarios?

―Mi padre falleció en Marbella en 1973, de un infarto masivo, teniendo yo 19 años de edad. Siempre insistió en que todos sus hijos fueran universitarios, de modo que yo estudié cuatro años de Derecho, en la Complutense de Madrid, una carrera que al llegar al Derecho Mercantil y Administrativo me di cuenta de que no era lo mío, pero en la que tuve profesores de lujo como Iñigo Cavero, antiguo ministro de España y mi profesor de Derecho Constitucional. Luego, cambié por Filosofía y Letras, de la cual me gradué finalmente en 1976 en esa misma Universidad.

―¿Siguió teniendo contactos con el mundo cubano y sus raíces durante todo ese tiempo?

―Imposible desentenderse de Cuba siendo como soy un hijo de Batista. En mi casa, mientras papi vivió, se comía cubano, se oía música cubana, se hablaba de cualquier noticia que tuviera que ver con la Isla. En Madrid recuerdo que la primera vez que comí comida cubana fuera de casa fue en un restaurante llamado Los Tres Cerditos, de Chona García Piedra. Y cada vez que visito esta ciudad no dejo de ir, al menos una vez, al restaurante Zara, en la calle Barbieri de Chueca. En casa recibíamos desde Miami los discos de músicos que vivían y grababan en el exilio. Recuerdo aquel fabuloso del Dúo Cabrisas-Farach que ponían mañana, tarde y noche. 

También recuerdo perfectamente las veces que le oí decir a mi padre que de lo único que se arrepentía en la vida era de aquel fatídico 10 de marzo en que decidió dar el golpe de Estado, es decir, en sus propias palabras, por haber “roto la democracia”. Creyó o le hicieron creer en su momento que era un golpe necesario. Dejó muchos libros escritos, como Respuestas y Piedras y leyes, que pueden esclarecer mejor que yo, que entonces era un niño, sus posiciones y razones. 

En 1980, cuando el éxodo del Mariel, mi tío Roberto me pidió que lo ayudara a él y a la familia a acoger cubanos que llegaban por ese puente migratorio. Sin pensarlo dos veces me instalé en un apartamentico que tenía en Key West y allí permanecí varios meses acogiendo a cubanos, traduciéndoles del inglés al español y viceversa y ayudando en lo que podía. Me sorprendió que muchos hablaban mejor el ruso que el inglés, lengua que desconocían por completo. 

El arraigo cubano me sale inmediatamente cuando oigo música o cuando como frijoles negros, arroz blanco, ropa vieja, yuca con mojo y plátanos maduros fritos.

―He oído decir que fue un bailador empedernido y que el baile ha sido el centro de su vida…

―No tengo ningún problema en reconocerlo. A los 12 años mis hermanos Roberto y Carlos Manuel me llevaron de paseo a Londres. Por la noche fuimos a un club en Soho y cuando oí por primera vez a Marvin Gaye empecé a bailar sin parar. Mis hermanos se fueron y yo me quedé dando vueltas en la pista. Aquello fue como una revelación. Por eso, cuando en 1976 conocí el club Sept de París, justamente bailando, a una señora que me propuso viajar con su hija y con ella a Ibiza, descubrí que aquella isla de las Baleares, que apenas comenzaba a convertirse en el centro de la vida nocturna de toda España con la transición democrática, era el sitio en donde deseaba radicarme para siempre. 

Al principio le alquilé por unas 250 pesetas al mes un estudio a unas monjas adorables que se preocupaban cuando los inquilinos llegábamos como se solía entonces llegar de una noche de juerga. Luego, me instalé en Santa Eulalia y, finalmente, en San Lorenzo, donde todavía vivo.

Más de 40 años después aquí estoy todavía. Y hasta los 65 años en que tuve un accidente creo que no paré de bailar. Vivo en el campo, con mi pareja de 30 años, el pintor Luis Cabezudo, y me parece que nunca más podré instalarme en una gran ciudad.

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Nota del Bloguista de Baracutey Cubano

Después del golpe del 10 de marzo de 1952 (realmente  hubo dos golpes esa madrugada-mañana: el del Capitán Jorge GacíaTuñón al Presidente Carlos Prío y el de Batista a García Tuñón) se llevaron a cabo elecciones en 1954. Batista y algunos de sus cercanos colaboradores querían convocar a elecciones lo antes posible para mostrar sus intenciones democráticas; otros de sus cercanos colaboradores le aconsejaban a Batista que esperara a que la Oposición política le pidiera convocar a elecciones. Batista se inclinó por la primera variante y convocó a elecciones para 1953, pero la situación creada por el asalto al Cuartel Moncada y al Cuartel   Carlos Manuel de Céspedes el 26 de julio de 1953 provocó que las elecciones  se trasladaran para el 1 de noviembre de 1954. La oposición al ver que se acercaban las elecciones y no tenían posibilidad de ganar se fue al retraimiento; Ramón Grau San Martín fue el último al irse al retraimiento dos días antes de las elecciones donde no tenía ninguna posibilidad de ganar segun  Manuel Márquez-Sterling que es el historiador de la fuente (2) que veremos en el siguiente fragmento extraido de Wikipedia. Manuel Márquez-Sterling  está muy lejos de haber sido, o ser, un simpatizante de Batista, al ser el hijo de Carlos Márquez Sterling el oponente más fuerte que tenía el candidato oficialist a Andrés Rivero Agüero en las elecciones del 3 de noviembre de 1958 y haber sido un crítico y opositor político a Batista.

 Tengo la opinión que también es muy importante señalar  que Batista en marzo de 1958 sentó las bases para invitar al Movimiento 26 de Julio a  que dejara la lucha armada y participara  como un partido político en las elecciones convocadas para mediados de  1958; las cuales finalmente fueron trasladadas para el 3 de noviembre de 1958; Veamos: 

En el libro oficialista En el último año de aquella República, del autor Ramiro J. Abreu (ex oficial del MININT y entonces funcionario del Departamento América del Comité Central del Partido Comunista de Cuba en los años ochenta del pasado siglo XX, años en que fue publicado dicho libro en Cuba (con el prólogo de Carlos Rafael Ródríguez, entonces miembro del Buró Político del Partido Comunista de Cuba) se lee que  Batista hizo ciertos cambios en su gabinete, compulsado por ciertas fuerzas políticas nacionales y extranjeras y hasta por el propio Nuncio, Monseñor Luigi Centoz, que conllevó a una nueva imagen de su régimen y a una posible solución no violenta a la situación política del país. Leemos en sus páginas 81 y 82:

¨… Ya, desde antes, permitió la reestructuración de los partidos políticos de ´oposición´, restableció ´la libertad de prensa ´ y las garantías constitucionales´, y el 10 de marzo dio el indulto a 40 personas. Con el mismo propósito, Batista se deshizo de su Premier, Jorge García Montes, y nombró en ese cargo a su Embajador en Estados Unidos, Emilio Núñez Portuondo, De esta forma, dio paso al llamado gabinete de la concordia, con el cual procuró tener una apariencia de Gobierno flexible con ribetes liberales …¨

En ese libro también se lee, en sus páginas 99 y 100, que Batista en marzo de 1958 le propuso al Movimiento 26 de Julio que participara como un partido político en las próximas elecciones junto a los otros partidos. Fidel Castro se negó alegando que esa proposición era una trampa de Batista. Los que hemos padecido la tiranía Castrista, sabemos que la verdadera razón de la negativa de Fidel Castro era que no quería Poder, sino TODO el Poder; solamente dejó oficialmente el Poder, a regañadientes y poco a poco, cuando estaba al borde de la muerte, designando a su hermano y cómplice Raúl Castro como su sucesor.

Más en mi libro:

 


Pero ahora retornemos a los resultados de las elecciones del 1 de noviembre 1954:

Elecciones presidenciales de Cuba de 1954

Las elecciones presidenciales de Cuba de 1954 se llevaron a cabo el 1 de noviembre de ese año (1). Fulgencio Batista fue elegido presidente de la República para el período 1955-1959.
A lo largo de 1954 hubo algunos intentos de sabotaje al proceso electoral, incluyendo un complot organizado por el ex presidente Carlos Prío Socarrás y su ex Secretario de Educación. Durante la campaña electoral, Ramón Grau mostraba una importante intención de votos, pero no la suficiente para triunfar (2).
Los abstencionistas, que en general apoyaban a Prio, los Ortodoxos y los Comunistas boicoteaban los actos de Grau, irrumpiendo en los mismos con consignas revolucionarias. Los actos de Batista, por el contrario, se desarrollaban sin disturbios (2).
El ex presidente Grau, sospechando que Batista cometería fraude, renunció a su candidatura dos días antes de los comicios. Batista fue entonces elegido presidente sin oposición. La participación se redujo a un 52,6% frente al 79,5% de las elecciones de 1948 (3).

(1)Aquel 30 de septiembre de 1954 Juventud Rebelde, 29 de noviembre de 2009.
(2) Cuba 1952-1959: The True Story of Castro's Rise to Power . Manuel Márquez-Sterling. Páginas 56-57. ISBN 978-0-615-31856-1
(3) Cuba: order and revolution. Jorge I. Domínguez. Página 124. ISBN 0-674-17925-0
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Tomado de https://es.wikipedia.org/wiki/Elecciones_presidenciales_de_Cuba_de_1954


En el libro ¡25448, No! Roberto Martín Pérez, de Rafael Cerrato Salas
se lee

"Batista anunció elecciones para noviembre de 1954. Se presentaron a estos comicios Batista y Grau San Martín, quien se retiró en el último momento consciente de su derrota, alegando sus partidarios habían sido aterrorizados. Batista fue elegido presidente con el 45, 1 % de los votos. Grau recibió sólo el 6, 8 %. A partir de este momento quedaba restablecida la constitución de 1940."

Por cierto:  Roberto Martín Pérez, ex preso político que cumplió 28 años en las ergástulas castristas, era de familia simpatizante del Partido Auténtico, que tuvo entre sus fundadores a Ramón Grau San Martín.

Este bloguista tiene la opinión que fue un gran error de Batista postularse en esas elecciones celebradas el 1 de noviembre de 1954 pues  no tenía las suficientes características personales necesarias  para enfrentar y eliminar la amenaza subversiva  comunista que  se cernía sobre Cuba.
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Fulgencio Batista llega en ferrocarril a Santiago de Cuba (1943)




Instituto de la Memoria Historica Cubana

Febrero 18, 2015

Pedro Corzo entrevista al historiador emérito antibatistiano  Manuel Marques Sterling quien afirma que con las elecciones del 1 de noviembre de 1954 se restauró la Constitución de 1940



AmericaTeVeCanal41

Febrero 16, 2022

La verdad histórica del presidente de Cuba Fulgencio Batista que el castrismo pretende ocultar



epe Forte

Marzo 10, 2022


BATISTA: A 70 años del Golpe de Estado

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