Es un blog diario digital conformado con los artículos, opiniones, ensayos, etc. del Catedrático universitario Lic. Pedro Pablo Arencibia Cardoso sobre diferentes temáticas de la problemática cubana, actual e histórica, así como por noticias y artículos de otros autores que se consideran de gran interés para profundizar en la realidad cubana.
sábado, septiembre 07, 2019
Alejandro González Acosta: Roberto Fernández Retamar: el escritor demediado (IV)
Roberto Fernández Retamar: el escritor demediado (IV)
Por Alejandro González Acosta
Ciudad de México
06/09/2019
Lo negro de la leyenda
Se ha hablado mucho de sus poemas y de sus ensayos, sobre todo de Calibán y sus muchas transformaciones y travestismos. Digamos que fue un texto que fue “creciendo con el tiempo”, adaptándose a las cambiantes circunstancias. Algo parecido a lo que ocurrió con Elpidio Valdés, el personaje de aquellas primeras gozosas historietas de Juan Padrón, que de mambí enemigo de los “gallegos”, se ha convertido —empresarios inversionistas hispanos mediante, encabezados por los hoteleros de Meliá— en un simpático colaborador de los rayadillos españoles, solidarios amantes de la libertad contra el Tío Sam…
Pero ahora no hablaré de Calibán, que es la otra Biblia de la izquierda latinoamericana junto con Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano. En ese contexto, la obra de Retamar sería como El Viejo Testamento, y la del uruguayo los Evangelios, la Verdad revelada, o El Nuevo Testamento.
Como este año 2019 se cumple el medio milenio de la llegada de Hernán Cortés a México, iniciando así la conquista del imperio azteca, he vuelto sobre un ensayo de RFR publicado en 1976, muy interesante y revelador, titulado “Contra la leyenda negra”; según Graziella Pogolotti, es “un repaso” que lo conduce a “la redención de Calibán”, aunque éste fue calificado después por el mismo autor como “un montón de palabras airadas”. Más que “texto provocador y riguroso” este ensayo es feble e insultante, como se verá.
Siendo un hombre cultivado que amaba profundamente a España (un gran amigo extremeño me ha contado recientemente de sus divertidas andanzas hace unos años por la cuna de los conquistadores, en compañía de su esposa y el inefable Miguel Barnet), sin embargo, en este asunto de nuevo le ganó la puñetera ideología.
En medio de reflexiones interesantes y hasta inteligentes, no dudó en dividir tajantemente en dos a España, la buena y la mala, sin matices ni atenuaciones. Y tampoco sin apelaciones: muy revolucionariamente. En la primera, puso a Bartolomé de Las Casas y Francisco Victoria, y en la segunda, a todos los demás; absurdo reduccionismo maniqueo que sería justificado en cualquier otro que no tuviera la sólida cultura de RFR. Invito a leerlo de nuevo, porque sigue siendo en algunos momentos un ensayo propositivo y estimulante, aunque muy cuestionable.
En este estudio, con encendida ira anticolonialista, llama a Marcelino Menéndez Pelayo “un energúmeno”, a Ramón Menéndez Pidal (a quien el mismo García Lorca consideró “uno de los sabios más verdaderos de Europa”), “un paranoico reaccionario”; a Guillermo de Torre “un superficial”, y a Miguel de Unamuno un “irracional”.
Pero además en ese ensayo decretó sin apelación posible (ya fallecido Francisco Franco e iniciando la ejemplar Transición españolaa la Democracia), que “no hay porvenir occidental (=capitalista desarrollado) para España… España hoy es un país paleoccidental”… Es decir, en su visión, más que nunca, España era un país condenado inevitablemente a la ignominia, la miseria y el atraso, ubicado en las antípodas del desarrollo y el progreso. Ignoro cómo habrá asimilado Retamar que cuando falleció Francisco Franco Bahamonde el 20 de noviembre de 1975, el Supremo Dictador de la Isla, a quien debía obediencia, decretó cinco días de luto oficial, gesto amistoso de respeto que no tuvo ni con Mao Tse Tung casi un año después…
Contra la leyenda negra está firmado el 9 de junio de 1976, el mismo día de su 46 cumpleaños, así que no se puede alegar siquiera una absolutoria adolescencia febril e ignorante: ya estaba bien crecidito.
El maestro y la margarita
(Roberto Fernández Retamar)
Roberto Fernández Retamar fue un maestro… y para hacerle justicia, debemos tomar a la larga su vida como una lección: no resultará muy original, pero sí ejemplar; es la vieja y triste historia del intelectual plegado al poder.
Sabemos desde Montaigne que “el intelectual es valiente hasta la muerte… exclusive”. Y conocemos también, porque hasta en el cine se nos muestra a través de películas como Mephisto (István Szabó, 1981), que cuando el artista se acerca demasiado al poder, le vende su alma; y en aquella memorable cinta clásica de Molière (Ariane Mnouchkine, 1978), algunos recordamos la escena cuando le preguntan a Descartes por qué abandona a sus discípulos parisinos y se marcha para Suecia: “Es que he notado —dice con perfecta sorna gala— que en Francia hay muchos policías y estos estos son incompatibles con la cultura y la ciencia”. Doy un salto atrás de 40 años: los que estábamos aquella noche en la única función de esa película en la Cinemateca cubana, allá por 1979, nunca olvidaremos el murmullo sordo, regocijado y creciente que, protegido por el anonimato de la oscuridad, retumbó en la sala cuando se escucharon esas palabras.
Octavio Paz advirtió varias veces (y en especial en el memorable Coloquio de Invierno de 1989) sobre el riesgo del intelectual demasiado próximo al poder, y recordó la sana distancia del artista con el príncipe, que recomendó Maquiavelo, y de cómo podía perder así su misión como conciencia activa de la sociedad y su inevitable prostitución. Si con la barroca novohispana Sor Juana Inés de la Cruz habló de las trampas de la fe, a los escritores contemporáneos los alertó de esas otras aún más peligrosas, las trampas del poder, que son una variante tan agresiva y peligrosa como la fe sin contención.
Mario Vargas Llosa (que estuvo casi a punto de convertirse en otro Borges e irse sin el Nobel), ha dedicado la mitad de su obra —la otra ha sido para escribir sus novelas— en advertir cómo el poder envilece, no sólo a quienes lo detentan, sino a quienes lo aplauden sin reserva ni criterio. En Cuba, lo más parecido que hemos tenido a un Paz y un Vargas Llosa fue Reinaldo Arenas, un poseído por la furia de la protesta, un ángel rebelde y terrible que, por castigar, se castigó hasta él mismo. La defensa del grito ante la patada es el derecho esencial de toda persona pensante, y más aún si es escribiente. Sobre Retamar dijo en carta a un amigo: “Ella es una policía cubano que traicionó a sus amigos más íntimos y los que la ayudaron al principio, desde Lezama hasta el pipisigallo… Una bruja. Pero ya está liquidada, por fea y por mediocre”.
El español Alfonso González Jerez, en La Opinión de la Coruña, publicó hace poco a propósito de Retamar, que fue un caso trágico, pues “renunció a su propia lucidez … primero por la esperanza, luego por un temeroso acomodo y finalmente por una desidia servil”. Y es que Retamar fue quizá el prototipo del pensador supeditado al poder, orgullosa y plenamente asumido como “intelectual orgánico”, después “inorgánico” y finalmente casi “hidropónico”: fue un hombre integral del “apparatchik” (¿“apparat-chick” —NDDV— o “appartat-shit” —AGA—?), en los estadios intermedios de la nomenklatura. Es un hecho que desde hace muchos años ya no se defiende la neutralidad de la cultura —ni siquiera la de la prensa— a partir de Erich María Remarque, Romain Rolland y la Baronesa Berta Von Suttner, y precisamente es ahora cuando brotan en medio de aquellas huestes más politizadas (que escupieron a Borges por su despectiva indiferencia al ruido público), los reclamos para la “neutralidad del intelectual” ante el poder, de los mismos que lo sirvieron más incondicional y abyectamente. Quienes antes impusieron implacablemente ese dogma, ahora —¿arrepentidos?— consideran hasta de mal gusto y poco elegante recordarlo y aún mencionarlo…
Más terminante y directo, el poeta y crítico Harold Alvarado Tenorio (Periódico Debate, 20 de agosto 2019), calificó a Retamar como un “testaferro cultural”, todo un “intelectual cicatero del castrismo”, y consigna minuciosamente la lista de los prebendados colombianos —y también venezolanos— auspiciados por la Casa de las Américas, regida por Haydée y Retamar (en realidad, si ella era el corazón, él era el cerebro), “esa agencia de sometimiento estalinista”. En cuanto a la relación de la Casa y el Boom, HAT recuerda: “Todavía hay quienes creen que el advenimiento del Boom de la Literatura de América Latina fue una secuela de la Revolución Cubana, la Casa de las Américas y las reediciones de Calibán, el tratado doctrinario de Fernández Retamar. Pero no es cierto…” Argumenta que mucha mayor importancia tuvieron Carlos Barral y Jaime Gil de Biedma como promotores, así como el Premio Formentor y el Biblioteca Breve de Seix Barral, y también la agente literaria Carmen Balcells. En realidad, la “Casa de todos” fue concebida como un instrumento para captar adeptos intelectuales extranjeros, y como una activa estación para la inteligencia y contrainteligencia cubanas.
HAT también comenta la poesía de RFR:
“Su poesía está colmada de arquetipos que han usado bardos sin voz para presumir de líricos con coloratura, pero nada van dejando, porque esos tonos y esas voces y esos motivos son identificables en los originales (…) con el agravante de que, en él, con la absoluta conciencia del hechizo y la plena lucidez del tramposo, su poesía se fue componiendo como respuesta a cada momento de caída y culpa…”.
Recuerdo ahora la extensa carta[1] que ingenuamente le envió mi amigo Alexis Márquez Rodríguez a Retamar, cuando sintió en carne propia las “bondades” del socialismo chavista, que antes había admirado jubilosamente entre los cubanos (a distancia). Su misiva terminaba con una despedida casi pueril: “tu afectísimo amigo y compañero…”. Me preguntó en un mensaje qué le parecería su carta a Retamar, y le dije: “Simplemente, no sólo no te responderá, sino que a partir de ahora estás muerto para él, ya no existes. Nunca te contestará”. No me creyó.
Y así fue: nunca le devolvió una respuesta, a pesar de sus insistentes reclamos y protestas de buena fe revolucionaria. Alexis murió en 2015, amargado y apartado de Cuba y ya con 84 años en sus costillas, de los cuales dedicó más de 40 para apoyar la revolución de Castro, pero reducido a una condición casi mendicante en Venezuela: tristemente, no fue posible traerlo a México, donde me pidió que le buscara una posición mínima para pasar sus últimos días.
Habrá ahora que esperar por “los herederos de Retamar”, aquellos que reclamen los despojos de sus laureles. ¿Quién solicitará las cuerdas de su lira? ¿quién recibirá la corona del aeda? ¿Luisa Campuzano, la falsaria feminista? ¿Los incondicionales Iroel Sánchez, Eliades Acosta o Enrique Ubieta, que tantos méritos han acumulado en estos años, como reserva disponible de las nuevas huestes, esos pinos no tan nuevos y bastante retorcidos? Porque Ambrosio Fornet ya no está para estos trajines, mas su hijo Jorge es aún vigoroso, pero quizá resulta demasiado liberal… ¿El doppelgänger Luis Toledo Sande?
Creo que por las muchas virtudes y servicios que concurren en ella, la sustituta ideal sería Nancy Morejón: nadie mejor que ella para tomar la antorcha y seguir adelante en una inacabable y tenaz marcha, hacia ese futuro que como el horizonte cada día está más lejano e inalcanzable… Realmente, ella sería idónea… Aunque con la manía castrista de la perpetuación por interpósita vía, no resulta descartable ni aún la octogenaria Graziella Pogolotti. Pero eso sería como “ir del azafrán al lirio” … O al revés. Otros posibles: ¿Abel Prieto? ¡¿Fernando Rojas?! Ni pensar en Antón Arrufat, que anda muy contento y satisfecho, disfrutando al final de tantos años de paciente resignación, su fundación con atelier, boudoir coquetón, carro, chofer y hasta motocicleta para ver a The Rollings Stones, y ¡por fin un teléfono! (seguramente, hasta celular). ¿Quizás Pablo Armando Fernández, con sus tacitas de café y las casas de muñecas? ¿Quién se encargará ahora de la sobrevivida sobrevividera y ocupará la cómoda ergástula acondicionada y sanforizada?
A final de cuentas, ¿cuál podrá ser el epitafio de este cubano de “vida incandescente”? ¿Retamar “con sus mismas manos”? ¿“En su lugar Retamar”? “¿El que veremos arder?”… Porque ordenó no sólo que lo cremaran, según ya es costumbre general entre los jerarcas cubanos, sino que todavía no satisfecho, pidió arrojaran sus cenizas al mar, justo frente a la Casa que fue su Casa, y ahora es su vacío y desconcertado monumento en vida.
[1] De Alexis Márquez Rodríguez a Roberto Fernández Retamar, 5 de enero de 2003. En: Cartas en la batalla. Desde la razón a la desilusión. Editor: Harry Almela. Caracas, Alfadil Ediciones, 2004. Puede consultarse aquí.
Alejandro González Acosta: Roberto Fernández Retamar: el escritor demediado (III). Emigrar al patíbulo Un testimonio de las últimas horas de Lorenzo Enrique Copello,
Roberto Fernández Retamar: el escritor demediado (III)
Por Alejandro González Acosta
Ciudad de México
05/09/2019
El feo
Hay mucho para entender y también perdonar en un hombre de su tiempo, quizá demasiado atado a su circunstancia, como Retamar. Pero ningún poeta ni historiador, ningún artista o escritor, pintor o bailarín, músico o titiritero, nunca, pero nunca, ni en Cuba ni en cualquiera otra parte del mundo, puede aceptar bajo ninguna circunstancia estar en un Consejo de Estado cuando ese mismo Consejo, por ley, debe confirmar las penas de muerte, ya sea contra horrendos criminales comunes, o martirizados reos políticos: nunca, nunca, en parte alguna.
Los poetas, como François Villon, ofrecen el cuello a la cuchilla o penden de la cuerda, pero nunca levantan la horca ni arman la guillotina. Retamar debió excusarse de firmar, o renunciar al cargo, antes que refrendar un papel que le quitaba la vida a tres seres humanos. Y no sólo él, por cierto, pues hubo otros.
En la imposibilidad de acceder a los originales firmados (custodiados en el Consejo de Estado de Cuba a los cuales no se permite consultar ni reproducir), se sabe que la votación fue —como es costumbre en la Isla— unánime. Y una de las más terribles atribuciones de ese Consejo es refrendar las condenas de muerte. Roberto Fernández Retamar, como Presidente de la Casa de las Américas, fue miembro del Consejo de Estado (y también Diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular) en las Legislaturas V, VI y VII, desde 1998 hasta 2013: los hechos lo condenan.
Así empezó esta triste historia:
El 2 de abril de 2003 un grupo de civiles que iban como pasajeros, se apoderaron de la popular “Lanchita” que cubre el breve trayecto desde el Muelle de Caballería en La Habana Vieja hasta el pueblo de Regla, del otro lado de la bahía. Se trataba de una pequeña embarcación diseñada para viajes cortos, sin calado suficiente para enfrentar oleajes fuertes, y movida por un solo antiguo motor de diésel. Los asaltantes llevaban un revólver viejo y un cuchillo. En la lancha iban 40 pasajeros (varios turistas entre ellos). Resultó trágicamente simbólico que esa embarcación se llamara Baraguá, que recuerda el nombre del lugar donde ocurrió la famosa “Protesta de los Mangos de Baraguá”, que protagonizó el Mayor General Libertador Antonio Maceo Grajales frente al Capitán General español Arsenio Martínez Campos, “El Pacificador”: ¡qué sangrienta ironía, pues así se relacionó al “Titán de Bronce”, uno de los héroes independentistas cubanos más admirados, con el asesinato de tres jóvenes de su misma raza!: el patriota negro sepultado en el monumento del Cacahual, debió estremecerse de horror e ira dentro de su tumba.
Se quedaron sin combustible ya a 30 millas de la Isla. Fueron alcanzados por los guardafronteras y se les convenció de regresar para reabastecerlos. Accedieron: fue un engaño. Hubo una breve resistencia en el puerto de Mariel, pero no hubo heridos ni muertos. Se entregaron. Estos civiles fueron sometidos a un juicio sumarísimo en tiempos de paz, sin derecho a una legítima defensa, ni presentación de pruebas de descargo, o testigos, pues transcurrió a puertas cerradas, sin permitir el acceso de familiares y menos aún de la prensa, y escudados en una ley cubana para castigar el “delito de terrorismo” (Ley 93, del 24 de diciembre de 2001, decretada tres meses después del atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York), fueron sentenciados a muerte por fusilamiento Bárbaro Leodán Sevilla García (22 años de edad), Lorenzo Enrique Copello Castillo (31), y Jorge Luis Martínez Isaac (40); cuatro hombres más a cadena perpetua, y varias mujeres a diversas penas.
Capturados el 2 de abril, fueron condenados el 8 y fusilados al amanecer del 11. El 12 dieron la noticia en los diarios. A los familiares no se les avisó hasta después que sus hijos habían sido fusilados, y se les entregó sólo una boleta con un número: el de la bóveda del cementerio donde ya estaban enterrados. No pudieron velarlos ni llorarlos. Entre el hecho del delito y el fusilamiento transcurrieron apenas 9 días.
Apenas siete años antes habían perpetrado la “Masacre del Remolcador 13 de Marzo”: 41 muertos, 10 de ellos niñas y niños. “Parece que la gente no entiende”, comentó rudamente un militar cubano.
(Raúl Castro y Roberto Fernández Retamar.)
Poco antes de cuando ocurrieron estos fusilamientos, se realizó una redada brutal contra escritores y periodistas disidentes y opositores cubanos, que terminó en condenas de cárcel para 75 de ellos. Las penas de prisión fueron de 28 a 6 años; la mayoría, de 20 años. Esos días de muertes y prisión son conocidos en el dilatado capítulo cubano de la historia universal de la infamia, como la Primavera Negra. Y en todos estos sucesos, de forma activa y directa, explícita y firmada, estuvo Roberto Fernández Retamar.
Esto levantó una ola de protestas, incluso entre los intelectuales que con tanto tiempo y esfuerzo había seducido la Casa de las Américas. José Saramago, de insospechable lealtad revolucionaria, dijo tajantemente: “Hasta aquí llegué con Cuba. No más”. Mercedes Sosa, la “Mamá Grande”, “La Voz de la América”, declaró: “Se acabó mi amor por Fidel”.
Entonces desde Cuba brotó un documento persuasivo donde hasta en el título, se aprecia el estilo pomadoso de Retamar: “Mensaje desde La Habana para amigos que están lejos”. Suavemente —ya no eran los tiempos de la carta a Pablo Neruda, ni de la Canción urgente para Nicaragua— y en tono de leve reproche por su incomprensión, se reclama a los “discrepantes” su falta de sintonía y lealtad “con Cuba”. Apenas ocho días después del fusilamiento, Granma publicaba el domingo 20 de abril de 2003 la carta solícitamente gestionada por Carlos Martí Brenes:
Mensaje desde la Habana para amigos que están lejos
En los últimos días, hemos visto con sorpresa y dolor que al pie de manifiestos calumniosos contra Cuba se han mezclado consabidas firmas de la maquinaria de propaganda anticubana con los nombres entrañables de algunos amigos. Al propio tiempo, se han difundido declaraciones de otros, no menos entrañables para Cuba y los cubanos, que creemos nacidas de la distancia, la desinformación y los traumas de experiencias socialistas fallidas.
Lamentablemente, y aunque esa no era la intención de estos amigos, son textos que están siendo utilizados en la gran campaña que pretende aislarnos y preparar el terreno para una agresión militar de los Estados Unidos contra Cuba.
Nuestro pequeño país está hoy más amenazado que nunca antes por la superpotencia que pretende imponer una dictadura fascista a escala planetaria. Para defenderse, Cuba se ha visto obligada a tomar medidas enérgicas que naturalmente no deseaba. No se le debe juzgar por esas medidas arrancándolas de su contexto.
Resulta elocuente que la única manifestación en el mundo que apoyó el reciente genocidio haya tenido lugar en Miami, bajo la consigna “Iraq ahora, Cuba después”, a lo que se suman amenazas explícitas de miembros de la cúpula fascista gobernante en los Estados Unidos.
Son momentos de nuevas pruebas para la Revolución Cubana y para la humanidad toda, y no basta combatir las agresiones cuando son inminentes o están ya en marcha.
Hoy, 19 de abril de 2003, a cuarenta y dos años de la derrota en Playa Girón de la invasión mercenaria, no nos estamos dirigiendo a los que han hecho del tema de Cuba un negocio o una obsesión, sino a amigos que de buena fe puedan estar confundidos y que tantas veces nos han brindado su solidaridad.
Alicia Alonso, Miguel Barnet, Leo Brouwer, Octavio Cortázar, Abelardo Estorino, Roberto Fabelo, Pablo Armando Fernández, Roberto Fernández Retamar, Julio García Espinosa, Fina García Marruz, Harold Gramatges, Alfredo Guevara, Eusebio Leal, José Loyola, Carlos Martí, Nancy Morejón, Senel Paz, Amaury Pérez, Graziella Pogolotti, César Portillo de la Luz, Omara Portuondo, Raquel Revuelta, Silvio Rodríguez, Humberto Solás, Marta Valdés, Chucho Valdés, Cintio Vitier
Retamar firmó la condena de muerte y además esta carta que la apoyaba, pues, ya sumergidos en la ignominia, ¿qué importa un poco más?
Puede afirmarse que a partir de esa fecha fatídica terminó el poco brillo macilento de lo que quedaba de aquella aura gloriosa de la revolución cubana de antaño, y comenzó entonces la decadencia progresiva y el desmerengamiento que llega hasta hoy, ya escuálida y exánime, a pesar de los gritos y puñetazos. Fue el canto del cisne revolucionario para los intelectuales: una caída en picada inevitable, de estrellamiento final, con fecha imprecisa, pero segura.
La soberbia fue otra vez una mala consejera, y Castro dio uno de los peores tropezones en toda su carrera. Quizá obnubilado por su propia fama ya consolidada, supuso que nadie reaccionaría, y ocurrió todo lo contrario. Acostumbrado a prevalecer, no midió las consecuencias de su golpe mortal contra los tres jóvenes y los otros condenados, y además los 75 intelectuales opositores. Pensó quizás que todavía estaba en los años 60 cuando las “Palabras a los intelectuales”, o en los 70 con el Caso Padilla. Y en esta boutade embarcó a los dóciles y solícitos cómplices que firmaron la vergonzosa carta y, todavía más aún, a quienes pusieron su firma en la orden de fusilamiento, Retamar entre ellos, el único poeta en el Consejo de Estado. Nicolás Guillén, quien sí sabía de estas cosas y sus consecuencias, cuando muchos años antes le tocó el Caso Padilla, se declaró “súbitamente enfermo” y “le cargó el muerto” a José Antonio Portuondo, como él mismo me lo dijo un día burlonamente en su oficina.
Pero debe tenerse también en cuenta que uno de los más perversos procedimientos del sistema tiránico castrista, es haber implicado en sus monstruosidades (desde la anónima denuncia cederista, el grotesco acto de repudio exaltado, y hasta el balazo traidor, o el hábil y criminal cerrón o roce con el automóvil), a personas quizá en su origen esencialmente decentes y honorables, para mancharlas y convertirlas en cómplices, aunque tácitos, o incluso complacientes, de sus crímenes. “Ver en calma un crimen, es cometerlo”, dijo José Martí. Pero por eso mismo, el cruel fusilamiento de tres indefensos jóvenes condenados por el crimen de huir de su país, aunque fuese legal, nunca podría ser considerado justo, y queda asignado a la conciencia de cada quien y para el juicio de la historia. En los terribles tiempos de la esclavitud, el esclavo fugado que capturaban era condenado al látigo y al cepo, quizá hasta la mutilación, pero no a la muerte: los cimarrones modernos tuvieron mucha peor suerte que sus antepasados. Es muy posible que en el futuro no se recuerde a Retamar por algunos versos ocasionalmente buenos o aceptables, sino por esa firma de sangre en una condena de muerte, junto a otros verdugos. Esas sí son fechas “que veremos arder”.
Por extremo —como poeta y funcionario— el caso de Retamar rebasa lo individual y se convierte en ejemplarmente paradigmático. Más allá de su nombre y apellidos personales, es un tema para el estudio de la lucha que uno supone se plantea entre una conciencia interna originalmente cristiana, y una actitud pública de compromiso absoluto. En esa situación extrema, me preocupa saber: ¿dudó al firmar la condena? ¿vaciló al estampar la firma con su elegante caligrafía en el pliego de compromiso mortal? ¿recordó su bautizo, primera comunión y confirmación de niño católico, y quizá hasta el altar de su boda (casó en 1952, me atrevo a aventurar que por la Iglesia)? ¿tuvo algún remordimiento antes, durante y después? ¿se arrepintió, aunque fuera en secreto? ¿confió su miseria a la mujer o las hijas, a algún amigo, un sacerdote acaso? ¿se deprimió una vez más? Sólo él tendría las respuestas y se las llevó consigo.
A partir de su caso individual, se puede hacer extensiva su nada “dramática neutralidad” a los intelectuales cubanos en la Isla —y algunos fuera de ella— que desde el inicial modelo orgánico ahora parecen hidropónicos. El mimetismo es hoy el rasgo más profundo de la cultura cubana: camaleonismo le dirán algunos; gatopardismo lo nombró un príncipe italiano ducho en los torneos de poder.
Hace mucho tiempo estos casos de personalidades escindidas y contradictorias ocupan la literatura y el arte. El inglés Robert Louis Stevenson concibió angustiado la dupla del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde y su extraña historia simbólica, donde una misma persona —normal y decente en apariencia— era capaz de desdoblarse y transformarse en un monstruo espantoso y cruel. No puede decirse que fueran dos sujetos sino uno sólo, y eso lo convertía en algo aún más terrible. Fue escrita en 1885 y publicada en los primeros días del siguiente año, el mismo cuando Engels, intelectual devoto y fiel de su amigo Marx, imprimía con un interesante prólogo el Segundo Tomo de El Capital. Me interesa especialmente el punto por el tema de la eticidad, el desempeño ético del escritor o del ciudadano que escribe. También puede decirse de esta pareja de filósofos, que fueron dos en uno.
Este segundo libro, armado amorosa e ingeniosamente por Engels con los bocetos y notas que legó su amigo, se refiere al proceso de circulación del capital, desglosado en varios apartados. Si trasladamos los términos (ya sabemos que Marx no escribió ninguna obra específicamente sobre el arte y la literatura, más allá de las notas que Adolfo Sánchez Vázquez acomodó —a partir de una materia tan divergente como sus Cuadernos filosófico-económicos de juventud— y que críticos como Georg Lukács interpretaron a su gusto y provecho), y asumimos la cultura como un producto o mercancía, a su protagonista generador —el empresario— como el funcionariointelectual —representando al Estado—, y al ciudadano como vendedor de su fuerza (los temas) y comprador de bienes (las obras), puede entenderse quizá mejor la complejidad de la relación del intelectual como intermediario comprometido con el empresario, más que con los consumidores, la cual Marx definía como una teoría del ciclo económico que aquí sería asumido como ciclo intelectual, lo cual genera la noción de capital y renta, que tanto interesó, sobre todo, a Rosa Luxemburgo, quizá la más audaz teórica marxista de esos tiempos (por supuesto, mucho más que el fiel Engels).
El autor —escritor, pintor, compositor— produce obras (mercancía) que con el tiempo se acumulan y generan un valor añadido, la renta (es decir, el servicio completo de su vida al servicio del empresario). Poco a poco, con cada producto, el productor acumula más renta. Por tanto, al trabajar (escribir, pintar, componer), o producir en el presente, se cuida del futuro para garantizar lógicamente un fin confortable y tranquilo donde se le permita disfrutar de su renta acumulada. Esta idea del “capital artístico” ayudaría a explicar —motivaciones personales aparte— la creciente dependencia del productor (artista) con el empresario (Estado), más allá de la relación producto (arte) con el consumidor (sociedad). De tal modo, el artista se debe más al Estado que a la sociedad. Supongo que esto ilustra, desde el propio enfoque marxista, la esencial dicotomía que impregna hasta el último glóbulo de la cultura cubana oficial de la actualidad: siguen siendo fieles al patrón, por ingrato que esto sea, para poder vivir de la renta acumulada.
Jano, el dios del tiempo, sería su representación simbólica, no sólo porque mira al frente y atrás, al futuro y al pasado a la vez, sino porque tiene como rasgo definitorio un rostro doble: en realidad, el símbolo vegetal cubano no es la palma real, como se acepta, ni la siguaraya según ironizan algunos, sino la yagruma, ese opulento árbol de confortable sombra, con amplias hojas de un verde intenso por arriba (por fuera) y de un gris plateado por abajo (por dentro).
¿Habrá sido tan casual que un escritor italiano —Ítalo Calvino— pero nacido en Cuba en una estación agrícola en las afueras de La Habana, copiosamente arbolada por yagrumas, sea el autor de una obra tan representativa de todo esto como El vizconde demediado (también conocido como Las dos mitades del vizconde)? ¿Qué minerales contendría el agua de Santiago de las Vegas que bebió durante su gestación y sus dos primeros años —de formación celular y neuronal— el niño aquel que después escribió una obra donde el protagonista, Medardo, Vizconde de Terralba (tierra blanca), es dividido en dos por un terrible hecho de guerra (asumamos, por ejemplo, una revolución) que origina una parte mala (Gramo), y otra bondadosa (Buono)?
Pero la parte malvada de Gramo es sustentada por la parte complaciente de Buono: uno corta las cabezas y el otro fabrica las guillotinas; qué imagen tan plena de cubanía… Deben enfrentarse inevitablemente, y cuando sucede, ambos casi mueren, pero al ser reunificados por un zurcido científico milagroso, son capaces de alcanzar la dicha y la felicidad.
El símil resulta casi perfecto para una Cuba escindida, condenada no a 100 años de soledad, sino a 500 de división profunda, desde Hatuey para acá. El médico que los cose y posibilita su dicha es el Dr. Trelawney, discreto homenaje de Calvino a Stevenson en La Isla del Tesoro (¿Cuba?). La esposa, fuente de felicidad que goza con ambos reunidos, se llama, lamentablemente, Pamela… Las otras dos novelas de la trilogía Nuestros antepasados (El barón rampante y El caballero inexistente), también presentan tan curiosas analogías con la situación cubana (aunque por supuesto quizá resultan sólo coincidencias, pues fueron escritas antes de 1959, año cuando aparece la última de estas), que deberían ser más atendidas por los lectores cubanos, en busca de claves secretas y elusivas.
Retamar fue un gran lector y conoció bien todas estas historias. Debemos reconocer que tampoco debió ser fácil para él, un hombre ilustrado, adaptarse ante estas crecientes demandas impuestas al solícito y dócil servidor ideológico, pues algún conflicto en su joven corazón de joven católico debió conservar, cuando con bastante frecuencia padecía de severas depresiones, que lo hacían internarse en esos discretos lugares conocidos eufemísticamente en Cuba como “hospitales de día”. La dicotomía tiene un precio y alto, hasta en la literatura.
Retamar inauguró y fue el supremo sacerdote del culto idolátrico a Haydée Santamaría, que era como la sacerdotisa alterna de la revolución (la primera vestal, por supuesto, fue Celia Sánchez), quien se suicidó el 26 (y no el 28, como se difundió después) de julio de 1980. Durante dos días ocultaron la noticia —me consta—, y la condenaron póstumamente, como castigo por esa intempestiva y descortés fuga de la tórtola, al ostracismo político de un velorio en la burguesa Funeraria Rivero (Calzada y K, en El Vedado), y no al olímpico basamento del obelisco martiano de la Plaza Cívica, como le correspondería a una “Heroína de la Revolución”. Con este balazo mañanero, Retamar fue viudo por primera vez. Y como resultaba contrario a la lógica y a la realidad defender la sapiencia de Haydée (Yeyé para los íntimos y más cercanos a su manto protector), entonces entonaron encendidos cantos sobre su “sensibilidad”. En La Casa se levantaron sus altares. Al poco tiempo del suicidio, uno de los hasta entonces más cercanos a Haydée, el escritor Antonio Benítez Rojo aprovechó un viaje a La Sorbona y se quedó, agotado de la infinita partida del tute de reyes, cansado de ser un inquilino de la Casa y escudarse heroicamente con hojas secas, decidido a añadirle más ingredientes a su olla con un mar de las lentejas, y se convirtió en uno de los sobrevivientes: para él, la isla ya no se le seguiría repitiendo.
Su decisión fue tomada como la explosión de una bomba en una misa ortodoxa, como si hubiera muerto alguien o algo. Algunos años después, se divirtió mucho cuando le conté una de mis aventuras pesquisitorias en el borrado de la memoria donde él estaba involucrado: cierto día que visité la Casa, me detuve en una gran fotografía mural colocada en la entrada, donde aparecía todo el colectivo de la institución rodeando a Haydée, beneficiándose de su halo milagroso. Sin embargo, alguna rareza visual llamó mi atención, y cuando miré con más cercanía la foto, advertí que el rostro de un joven negro —desconocido— que estaba junto a la Santa Patrona, era sólo un recorte pegado torpemente encima. Discretamente, cuidando que nadie me viera, levanté el impuesto pastiche, y descubrí debajo el rostro bonachón de Benítez Rojo, en la foto original: lo habían “borrado de la historia”, había sido “quemado en efigie” como relapso contumaz: “Nada, Antonio, le dije, te aplicaron la franquicia”. “—¿Cómo la franquicia?” “—Sí, la misma que le aplicaron a Carlos Franqui…” Ambos soltamos la sonora carcajada de los impunes.[1]
No dudo que esa “Operación Franqui” contra Benítez Rojo haya sido autorizada —si no instruida— por el propio Retamar, tan cuidadoso siempre de los detalles sacramentales revolucionarios, como buen católico réprobo: Non contaminatio Virgine nostra, vade retro.
A pesar de todo esto, tenía su encanto: Retamar fue amado por jóvenes y señoras, pero siempre se mostró muy caballero, discreto, reservado, e inmutable: Comme il faut. Una querida amiga mía, sobrina de Alfonso Reyes, lo conoció en los alegres años de París en 1957… Y también dicen que cierta gran poetisa latinoamericana fue un gran amor…
[1] Para los menos avisados, pueden ver: Carlos Franqui, Retrato de familia con Fidel (Barcelona, Seix Barral, 1981). En especial, la portada.
Emigrar al patíbulo Un testimonio de las últimas horas de Lorenzo Enrique Copello, el último fusilado del castrismo.
Por Ricardo González Alfonso, La Habana
Convivir en un calabozo con un condenado a muerte es intrincarse en el laberinto de una vida ajena, que comienza a pertenecernos, a dolernos.
Lorenzo Enrique Copello, fusilado el 11 de abril de 2003. Cuando abrieron la puerta de la celda tapiada y vi por primera vez a Lorenzo Enrique Copello Castillo, no imaginé que lo fusilarían en una semana, tras uno de esos juicios sumarísimos de la primavera de 2003. Lorenzo era un negro de treinta y tantos años, de buen aspecto, que caminaba cojo por la golpiza que le propinaron cuando lo arrestaron en el Puerto del Mariel, al oeste de La Habana. Los zapatos negros y sin cordones tenían marcas de salitre, y sus ojos reflejaban la extenuación de los náufragos, de esos que aún huelen a mar. Nos saludó con una sonrisa doble: la de sus labios y la de sus ojos. Se acostó, y al instante dormía con la inmovilidad de los difuntos. Mis compañeros de celda —el chino, un joven acusado de vender drogas, y un muchacho condenado por asesinato e involucrado en un tráfico de emigrantes— nos sentimos desilusionados. Nos sabíamos de memoria nuestras respectivas historias o leyendas y esperábamos del recién llegado una de estreno. En los calabozos de Villa Marista, sede nacional de la Seguridad del Estado, no hay espacio para caminar; y la única opción, entre interrogatorio e interrogatorio, es conversar sobre cualquier tema, para no pensar. Por la mañana, descubrimos que Lorenzo era un criollazo. Nos relató, como quien cuenta una película, que a medianoche abordó con varios amigos y amigas la lancha Baraguá, una de esas que cruzan con pasajeros la bahía habanera. El grupo de piratas debutantes llevaba oculto en sus mochilas recipientes con combustible; y, además, contaban con un arsenal de desconsuelo: un revólver y un cuchillo. Lorenzo apoyaba su narración con mímica teatral. "Llegué hasta la cabina y disparé dos veces. Una contra la proa y otra al mar. Entonces grité: '¡Esto se jodió, nos vamos pa' Miami!'". Al principio todo resultó a pedir de sueños. Entre los pasajeros habían dos extranjeras —magníficas piezas de cambio— acompañadas por un par de Rastafaris. En total, tenían una treintena de rehenes. La Bahía de La Habana quedaba atrás, y la embarcación se adentraba en el anchísimo Estrecho de la Florida. Lorenzo cerró los ojos para disfrutar mejor de sus palabras. "Oigan, ya nos veíamos en las costas de Cayo Hueso enseñando unos carteles que habíamos hecho con frases contra el comunismo, para que los americanos nos dieran asilo político". Lorenzo sonrió, como un chiquillo que recuerda una travesura. Al abrir los ojos, despertó de su aventura onírica. Su expresión se transformó en la de un adulto en peligro.
( Ricardo González Alfonso, autor del testimonio )
Nos contó, siempre auxiliándose con su gestualidad criolla, cómo el mar —un mar histérico— cambió de humor repentinamente. Imaginé las olas como cascadas continuas, la lancha a la deriva, a merced de ascensos y descensos bruscos y constantes. Vi en el rostro del negro el terror que sintieron aquellos cachorros de mar —secuestradores y rehenes— al saber que en esa situación de espanto se había agotado el combustible, incluido el de reserva. Un guardacostas cubano se aproximó. A través de un megáfono uno de los guardafronteras los conminó a entregarse. "Pero nosotros, de eso nada. Respondí a gritos que teníamos a dos extranjeras. Que nos dieran combustible o la cosa iba a terminar mal". Llegaron a un acuerdo. El guardacostas remolcaría a la Baraguá hasta el Puerto del Mariel. Allí le proporcionarían lo necesario para llegar a Estados Unidos, a cambio de que no lastimaran a los rehenes. Lorenzo intentó esgrimir una sonrisa de consuelo, pero, errático, emitió un suspiro triste. "Era una trampa. Muy cerca del muelle, un hombre rana del Ministerio del Interior le hizo una seña a las extranjeras para que se lanzaran al agua. Una de ellas se tiró. Traté de impedir que la otra hiciera lo mismo, pero un pasajero —después supe que era un militar vestido de civil— me empujó, caí al mar y perdí el arma. Varios hombres ranas me atraparon. En el agua comenzaron a golpearme. Continuaron en el muelle. Mis compañeros también estaban dominados". "La cosa fue grande. Vino hasta Fidel. Nos dijo que si nos hubiéramos ido, dentro de unos años hubiéramos querido regresar". Lorenzo movió la cabeza seguro de su negativa. "¡Qué va! Yo hubiera hecho como mi padre, que se pasó la mitad de la vida preso; pero en el 80, cuando lo del Mariel, se fue a Estados Unidos, se cambió el nombre, estudió y se hizo ingeniero. Sí, yo iba a hacer lo mismo. Después reclamaría a Muñe, mi mujer actual; y a Rorro, mi hija, que es del primer matrimonio". Muñe —apócope de muñeca— vendía pizzas en su casa. Lorenzo la describía como una Venus de Milo, pero con brazos, cálida y cándida. Al hablar de Muñe la expresión del negro se asemejaba a la de un amante primerizo. Pero ella, como Rorro, desconocía que Lorenzo vivía dos existencias paralelas, y que con esa doble vida recorría su laberinto personal. Él era una moneda que giraba por el aire a cara o cruz, a mal o bien. Lorenzo trabajaba días alternos como custodio de una policlínica del municipio de Centro Habana. Allí su actitud era ejemplar, nos aseguró. Mas sus días libres eran libertinos. Se dedicaba al proxenetismo y a la estafa. Esta la ejercía a veces a través de juegos de azar; otras, como "guía" de turistas inexpertos. "Una vez —nos relató entusiasmado— viajé a Pinar del Río con un francés. ÁQué vida! El lo pagaba todo: un apartamento que alquiló, bebida de la buena y a las mejores jineteras. Allá conoció a una temba y se quedó con ella. No sé qué le vio. El francés era un buen hombre. Yo siempre me porté bien con él. Aunque era muy confiado, jamás me aproveché de eso". Nos miró con picardía y añadió: "¡Pero a otros…!". En una ocasión Lorenzo me dijo: "Ricardo, qué lástima que te dio por la política. Con tu pinta y facilidad de palabras, serías un estafador de primera". También nos hablaba de Rorro. Una linda adolescente que sabía valerse por sí misma. "Es como yo, pero honrada". El sobrenombre surgió cuando era una bebé, pues la madre y Lorenzo le cantaban para dormirla: "A rorro mi niña, a rorro mi amor". La muchacha estudiaba la enseñanza media en Miramar, un reparto de la antigua —y actual— clase alta. "Papi, allá los autos son cómicos, la gente se viste cómico, las casas son cómicas. En fin, Miramar es una comedia". El día que a Lorenzo le entregaron la petición fiscal, le dijo al guardia que servía la comida: "Échame más, ¡qué soy un pena de muerte!". Y se rió. Pero un rato después nos miró serio y comentó en voz baja, casi consigo: "quién lo hubiera dicho, ¡yo deseando una sanción de 30 años!". Lorenzo regresó del juicio muy optimista. "Mi abogado dijo que cómo se iba a pedir sangre, si no se derramó una gota de sangre". Y repetía a cada rato estas palabras, con el fervor que un moribundo invoca a Dios. También nos comentó: "Ustedes no me van a creer, pero sentí más miedo cuando en el juicio vi el vídeo de la lancha subiendo y bajando en aquel mar furioso, que cuando yo estaba allí mismito, jugándome la vida". Esa noche nos llevaron a una oficina. A los cuatro por separado. Cuando llegó mi turno, un capitán me explicó que aunque a Lorenzo le pedían la pena de muerte, eso no significaba que lo fusilarían. "Pero —puntualizó el oficial— algunos condenados a la pena capital se desesperan y se suicidan por gusto, pues la sanción no es ratificada por el Tribunal Supremo o por el Consejo de Estado". Con este argumento solicitó mi cooperación para impedir —dado el caso— que Lorenzo atentara contra su vida. Accedí. Después me enteré que a mis otros dos compañeros de celda le pidieron lo mismo. Nunca supe que le dijeron a Lorenzo. Desde entonces la ventanilla de la puerta tapiada la mantuvieron abierta; y afuera, un policía permaneció de guardia. Al otro día por la tarde vinieron a buscar a Lorenzo. Regresó muy contento. "La Seguridad del Estado trajo en un auto a Rorro, a la mamá de ella y a mi madre. Me dijeron que el director del policlínico le iba a escribir al Consejo de Estado hablándole de mi buena actitud laboral". Al rato vinieron de nuevo por él. Ya a solas , el Chino, el otro muchacho y yo comentamos que esa visita era la despedida final. La policía política —y la otra— no acostumbra a traer a nuestros familiares para que nos visiten. Estábamos equivocados. No era la última despedida, sino la penúltima. Lorenzo retornó feliz. Dos oficiales fueron a buscar a Muñe y había tenido una visita con ella. A discreción, mis compañeros de celda y yo nos miramos consternados. Comprendimos que Lorenzo sería ejecutado próximamente. Aquella tarde la comida fue diferente a la habitual: medio pollo, arroz con moros, ensalada, vianda, postre y refresco. Lorenzo sospechó. "¿Medio pollo para cada uno?". El guardián lo tranquilizó argumentando que habían traído tantos pollos que no cabían en las neveras, y a todos los detenidos les estaban sirviendo la misma ración. Lorenzo le creyó —o simuló creerle—: era su última cena. Horas después, Lorenzo sintió un dolor en el pecho. Avisé al guardia. Se lo llevaron inmediatamente a la posta médica. Regresó al rato. Nos aseguró que se sentía mejor después que lo inyectaron. Estaba soñoliento. Obviamente lo drogaron. Transcurridos unos minutos, dormía otra vez con la inmovilidad de los difuntos. Recordé la noche que lo conocí. Apenas —y a penas— había pasado una semana. Sería medianoche cuando abrieron la puerta. En el pasillo vi a seis guardias. Uno entró y despertó a Lorenzo. Se levantó aturdido. Se calzó con torpeza sus zapatos sin cordones. Me miró como preguntándome: "¿Qué ocurre?". Se lo expliqué con una mirada. Le di una palmada en el hombro, y lo vi partir a la muerte.
Un turista en el país del proletariado. Carlos Manuel Álvarez sobre Roberto Fernández Retamar : Con su chivo, su boina, su portafolio cargado de poemuchos y papeles administrativos, y su imbatible obediencia y sumisión, Retamar cumplió siempre lo que la historia tenía deparado para él
Con su chivo, su boina, su portafolio cargado de poemuchos y papeles administrativos, y su imbatible obediencia y sumisión, Retamar cumplió siempre lo que la historia tenía deparado para él
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Carlos Manuel Álvarez
28 julio de 2019
Es complicado homenajear a quien fue de modo persistente un mal poeta. Con la muerte de Roberto Retamar, presidente de Casa de las Américas, lectores y periódicos rescataron de nuevo Felices los normales, un sermón en verso que puesto donde lo ponen, en el lugar de la poesía, parece más una burla que un homenaje.
(Roberto Fernández Retamar, en enero de 2008 STR EFE)
Ese no es un texto aislado, ni muchos menos. Retamar se pasó años escribiendo cosas así, los mensajes de obediencia que un niño bien le declamaba sin sonrojos a una revolución echada a perder. No obstante, hay líneas que justifican a Retamar, pero son las líneas de un Retamar del que luego renegaría, al menos durante las largas décadas que van del sesenta al noventa, los años de la sovietización cubana.
A sus veintitantos, bajo la sombra de Orígenes, Retamar escribió poemas como Palacio cotidiano («ahora descubro el júbilo de la estancia minúscula/ la vida emocionada del vaso entre mis labios»), o aquellos resonantes versos de temática griega («los otros países se inclinan un poco,/ para oír cantar en Epidauros»). Luego, ya en sus sesenta, algo enterrado florece de nuevo en Una salva de porvenir («Se derrumbaron las estatuas mientras dormíamos./ Eran de piedra, de mármol, de bronce./ Eran de ceniza,/ y un grito de ánades las hizo huir en bandadas»). Es la tristeza susurrada, la cifra de cierta confesión, un velado arrepentimiento.
Con la noticia de su muerte, alguien me preguntó si por fin Retamar servía o no. Le dije, por decir, que pensara en un prospecto que nunca llegó a triunfar en Grandes Ligas y que, siendo beisbolista, pudiendo batear y fildear, aceptó el cargo de coach de tercera.
Alguien que cumple órdenes, da señas constantemente y transmite las jugadas que piensa otro. Alguien que te indica cuándo tienes que frenar o cuándo puedes seguir, y alguien que, de más está decirlo, siempre mandó a frenar. Le gustaba que la gente estuviera quieta en base.
Cuando yo llegué a La Habana, con dieciocho años, Casa de las Américas era un templo venerable, un gris edificio arte decó ubicado en Vedado, en calle 3ra y Avenida de los Presidentes. Justo al lado quedaba mi residencia universitaria, veinticuatro pisos de hambre y subversión.
Todos los días, para llegar a mi cuarto, cortaba camino como tantos. En vez de tomar la acera, me metía por una especie de pasillo que atravesaba la entrada de Casa y miraba para adentro, buscando quién sabe qué.
La primera vez que vi a Retamar fue en uno de esos peregrinajes de estudiante. Ya rondaba los ochenta, sus pasos eran cortos. Lo rodeaba una cohorte de empleados menores. Iba a montarse en un Lada, se lo llevaban a algún lugar.
Yo quería con todas mis fuerzas convertirme en escritor. No había, desde luego, escrito nada, pero creía que pasar cada tarde por Casa de las Américas y encontrarme a veces con Retamar en mi camino ya me ayudaba un poco a serlo.
Era una atmósfera sublimada que yo confundía doblemente. Primero porque la literatura no es algo que venga nunca desde afuera, y segundo porque en los años que yo estudié en La Habana –y así sigue siendo hasta hoy, y así era también desde mucho antes– no había nada que pudiera alejarte más de la literatura que Casa de las Américas.
La última vez que vi a Retamar, si es que no se trataba de un fantasma, fue hace casi tres meses. Me habían invitado a la feria del libro de Santo Domingo. Entré a un restaurante y él estaba sentado en una de las mesas con más comensales. Fue una presencia incómoda, no me gusta estar en un lugar donde hay gente que trabaja para el estado cubano. Transpiran miedo, son recelosos, siempre tienen que cuidar sus palabras. Todo eso puede olerse si uno tiene el olfato indicado. Es como recordar cuál era tu olor años atrás.
Salí de allí de inmediato. Retamar llevaba su boina distintiva, para mí ya un emblema del hombre pusilánime, del pensador castrado en buena medida por sí mismo.
Hay en su obra un poema bisagra muy conocido. Se llama El otro (enero 1, 1959), y está escrito, naturalmente, en el punto de quiebre de la historia, justo en ese instante en que toda la materia nacional conocida hasta el momento está cerca de entrar para siempre en otra dimensión. «¿Sobre qué muerto estoy yo vivo,/ sus huesos quedando en los míos,/ los ojos que le arrancaron, viendo/ por la mirada de mi cara/?», se lee ahí.
Podemos detectar de dónde viene y adónde va Retamar. La contención del poeta letrado le sostiene todavía el pulso al estremecimiento épico, salva al verso de fracasar en la estridencia, pero todo eso va a desaparecer. Retamar va a traficar con el tono elegíaco, a corromperlo en el trasiego diario, convirtiendo su lírica, cargada de esperanza y porvenir, en un sitio de constante expiación cívica.
En esa monografía programática, El socialismo y el hombre en Cuba, el Che Guevara le endilga a la vieja burguesía cubana una culpa original que Retamar, como hombre ampliamente formado bajo las reglas del viejo orden, va a padecer y a tratar de limpiar más que nadie.
Hay entonces un punto de ironía y de justicia en el hecho de que en sus coloquiales poemas revolucionarios Retamar sea más burgués que nunca. Con las mismas manos relata su participación en la construcción de una escuela. Ahí cuenta que a pesar de ponerse lo que él entendía como ropas de trabajo, todavía los obreros le dijeron señor.
Se trataba de un turista en el país del proletariado, alguien de paso que quería parecer cool, convertirse en unos más, y que no tenía la menor idea de cómo vestían los obreros. Es condescendiente y compasivo, ve en esos semejantes a buenos salvajes, y hay una representación primitiva de las acciones y las cosas («Y me eché a aprender el trabajo elemental de los hombres elementales», o «tomé el agua silvestre de los trabajadores»).
En la revolución, la clase obrera es la nueva aristocracia social. En una actitud típicamente burguesa, Retamar quiere acceder ahí, quiere travestirse con ponderaciones y lisonjas y que lo acepten en la corte del yunque y el cultivo. Pero el único momento revolucionario es el momento pre-revolucionario, y el segundo de la transformación ya ha sucedido, el segundo verdaderamente luminoso está clausurado de modo definitivo para Retamar y los suyos.
Como sujeto de su clase, Retamar quiere alargar un suceso al que llega, por fuerza, tarde, puesto que es condición dada de la burguesía llegar tarde a las revoluciones modernas. Ese alargamiento tozudo es trágico, inicia y justifica la deriva totalitaria.
El único puesto que hay entonces para el burgués en el tejido social del nuevo orden no es un puesto de obrero, sino un buró de funcionario. Es lo máximo a que se puede aspirar, una recompensa que castiga. Con su chivo, su boina, su portafolio cargado de poemuchos y papeles administrativos, y su imbatible obediencia y sumisión, Retamar cumplió siempre a pie juntillas lo que la historia tenía deparado para él.
Con las mismas manos es un poema de 1962. «Pasé por el que será el comedor escolar/ hoy sólo señalado por una zapata», dice su verso décimo. Tantos años después Retamar ha muerto, muchas vidas han pasado, ya no hay burgueses ni obreros, sino sobrevivientes, y ese comedor no ha sido construido todavía.
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Fotos de algunos integrantes del Grupo Orígenes y videos con palabras sobre José Andrés Lezama Lima y Gastón Baquero
De izquierda a derecha: Fina García-Marruz, Eliseo Diego, Bella García-Marruz, Collazo (linotipista), Cintio Vitier, el padre Ángel Gaztelu, Lorenzo García Vega, Alfredo Lozano, José Lezama Lima, Julián Orbón, Mariano Rodríguez y Octavio Smith, en Bauta, en las cercanías de La Habana, celebrando el Premio Nacional de Literatura 1952 otorgado a Lorenzo García Vega por su novela "Espirales del cuje".
Detrás y casi al centro reconozco a Gastón Baquero, quién también publicó en la revista Orígenes pero que fue condenado al ostracismo por el Castrismo pues se fue poco después del triunfo de la Revolución. Gastón Baquero era del interior del país (guajiro), pobre, mulato y homosexual y llegó a ser Jefe de Redacción del Diario de la Marina, del cual se dice que era el diario o periódico más conservador de Cuba ¿Eso no va en contra de lo que dice la propaganda Castrista respecto a lo que fue la República de Cuba antes de la Robailusión Castrista? . Comentario del Bloguista de Baracutey Cubano.
Entrevista a Cintio Vitier y Fina García Marruz, miembros del Grupo Orígenes de la literatura cubana sobre Gastón Baquero
Gastón Baquero habla sobre Lezama Lima
Durante una conferencia de la Universidad del aire, en la emisora CMQ. Aparecen en la foto, de pie: Roberto Fernández Retamar, Lorenzo García Vega, Mario Parajón, Carlos M. Luis, Cleva Solís, Fina García Marruz, Octavio Smith, Cintio Vitier. Sentados: José Lezama Lima, Edenia Guillermo y P. Angel Gaztelu.
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Libro de Pedro Pablo Arencibia: Paradigmas Psicopedagogicos y caminos de la Investigacion Matematica en la Ensenanza de la Matematica Universitaria y Media
OPINIÓN SOBRE EL LIBRO:
Lo he ojeado, aqui y alla; es conmovedor. humano. Tardare en leerlo de tapa a tapa. Comprendo que es holistico, lo que me parece admirable, meritorio, politica, experiencia humana, Matematicas, Ciencias, y tambien ¨very scholar. Una combinacion unica. Gracias. B.M.
“Marco Rubio a Donald Trump: Te diré lo que es un buen acuerdo: que Cuba sea libre
Estimado lector: Baracutey Cubano ofrece una selección diaria de noticias, entrevistas, imágenes y opiniones acerca de Cuba. Si desea apoyarnos económicamente con una DONACIÓN puede hacerlo aquí. La SEGURIDAD DE LA TRANSACCIÓN Y LA CONFIDENCIALIDAD DE SUS DATOS BANCARIOS ES MUY SEGURA, PUES ES A TRAVÉS DE PayPal, la vía más segura y más usada en Internet. Muchas gracias. PARA HACER UNA DONACIÓN ya sea vía PayPal o con Tarjeta de Crédito o con Cheque Electrónico, PUEDE HACER click EN EL botón:
Licenciado en Matemática Pura en la Universidad de La Habana (UH) y Catedrático universitario con 24 años de experiencia en la docencia universitaria cubana; posee la Categoría Docente Principal de Profesor Titular universitario. Fue expulsado el 29 de enero de 1997 del Instituto Superior Pedagógico de Pinar del Río ( universidad de perfil formativo o pedagógico) por motivos políticos. Activo colaborador desde su fundación de la revista VITRAL y del Centro Católico de Formación Cívica y Religiosa (CFCR) de la Diócesis de Pinar del Río. Colaboró en Cuba con las organizaciones opositoras: Todos Unidos, Asamblea para Promover la Sociedad Civil en Cuba y con el Consejo Unitario de Trabajadores Cubanos (CUTC).
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COLABORADORES:
Paul Echániz