lunes, junio 29, 2026

Sobre Cuba el historiador y relevante analista político Juan Antonio Blanco: Autonomistas vs. independentistas: ¿regresa el debate?

Autonomistas vs. independentistas: ¿regresa el debate?

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'Algunos reformistas actuales confían en que la liberalización económica pueda producirse sin una transformación sustancial del sistema político en Cuba'.

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Por Juan Antonio Blanco

Miami

24  de junio, 2029

Mientras Cuba atraviesa la peor crisis económica de su historia, crece el debate sobre cuál debe ser el camino hacia la recuperación nacional. Para algunos, la prioridad consiste en reformar el modelo económico: ampliar los espacios para la empresa privada, liberalizar mercados, atraer inversiones y reducir el peso del Estado sobre la actividad productiva. Para otros, ninguna reforma económica podrá desplegar plenamente sus beneficios mientras permanezcan intactas las estructuras políticas que concentran el poder y limitan la capacidad de los ciudadanos para influir sobre las decisiones fundamentales del país.

Aunque las circunstancias son diferentes, este debate recuerda una de las grandes discusiones de la historia cubana. La historia no se repite exactamente, pero con frecuencia rima.

La lección de 1897

A finales del siglo XIX, los cubanos se dividían entre dos grandes corrientes políticas. Por un lado, estaban los autonomistas, quienes aspiraban a obtener mayores libertades económicas y políticas dentro de la soberanía española. Por otro, los independentistas, convencidos de que ninguna reforma sería suficiente mientras la soberanía última permaneciera en Madrid.

La Carta Autonómica, promulgada el 25 de noviembre de 1897, constituyó el mayor paquete de reformas jamás concedido por España a Cuba. Otorgó Parlamento propio, amplias facultades administrativas, mayor control presupuestario y una participación significativa en los asuntos económicos de la Isla. Sin embargo, la soberanía continuó residiendo en España. La defensa, la política exterior y la autoridad suprema permanecieron fuera del alcance de los cubanos.

Para los autonomistas, aquello representaba un avance histórico. Sin duda lo era. Para los independentistas, era insuficiente después de tantos años de lucha y sacrificios. Su argumento era sencillo: mientras el poder último permaneciera en manos de otro centro de decisión que no fuese el pueblo soberano de Cuba, cualquier concesión podía ser limitada, modificada o revertida.

El nuevo reformismo

Más de un siglo después, el debate cubano ante la actual crisis humanitaria —igual o peor que la de 1898— presenta ciertas similitudes.

Hoy existen quienes consideran que la solución a la crisis nacional pasa fundamentalmente por reformas económicas. Su aspiración es ampliar los espacios para la iniciativa privada, reconocer plenamente la pequeña y mediana empresa, liberalizar mercados, atraer inversiones y reducir la intervención estatal en la economía. En esencia, buscan en primera instancia un cambio del modelo económico que pudiera ser tolerado por el poder de la oligarquía y su Estado mafioso.

Sin embargo, otros sostienen que esas reformas nunca podrán alcanzar su potencial mientras subsista el sistema político actual. Según esta visión, el problema no es únicamente económico, sino esencialmente político e institucional. La ausencia de pluralismo político, la inexistencia de contrapesos al poder, la falta de independencia judicial y la concentración de todas las decisiones fundamentales en una sola estructura partidista constituyen obstáculos insalvables para cualquier transformación económica profunda. A ello se suma el peso económico de GAESA —verdadera "fuerza superior" de la sociedad cubana actual— que controla el 70% de los recursos y el 95% de las transacciones en moneda convertible.

La economía necesita instituciones políticas y jurídicas

La experiencia internacional ha demostrado que la prosperidad sostenible no suele descansar únicamente sobre mercados más libres, sino también sobre instituciones capaces de proteger derechos, garantizar reglas estables y limitar el poder arbitrario.

Los inversionistas buscan seguridad jurídica. Los emprendedores necesitan protección de la propiedad privada. Los ciudadanos requieren mecanismos para fiscalizar a quienes gobiernan. Ninguno de esos elementos depende exclusivamente de medidas económicas.

La analogía histórica resulta entonces evidente. Así como los autonomistas de finales del siglo XIX aspiraban a mayores libertades dentro de un marco político que permanecía esencialmente intacto, algunos reformistas actuales confían en que la liberalización económica pueda producirse sin una transformación sustancial del sistema político. Y así como los independentistas consideraban que la soberanía era la cuestión fundamental, muchos opositores contemporáneos creen que la clave reside en quién ejerce realmente el poder y bajo qué límites institucionales. 

En el siglo XIX la Carta Autonómica fue jugada en el último momento por España para evitar la intervención de EEUU —usada incluso por el papa León XIII para mediar con Washington y evitarla—, mientras que hoy el "reformismo autonómico" persigue un objetivo similar. Para colmo de ironías se dice que el presidente Donald Trump es un admirador del presidente William McKinley.  

La cuestión del poder

La diferencia, por supuesto, es que hoy no se debate la soberanía frente a una potencia colonial extranjera. El debate gira alrededor de la soberanía efectiva de los ciudadanos frente a un sistema político que concentra el poder en un único partido y carece de mecanismos competitivos para la alternancia, la soberanía ciudadana, esa que hoy el poder despótico de GAESA niega.

La pregunta de fondo sigue siendo la misma que dividió a los cubanos hace más de un siglo: ¿es posible alcanzar una transformación económica profunda sin modificar previamente la estructura política que determina las reglas del juego?

La historia de 1897 ofrece una advertencia. Las reformas pueden aliviar tensiones y abrir oportunidades. Sin embargo, cuando el problema según lo percibe una parte significativa de la sociedad es la concentración del poder mismo, las reformas económicas terminan siendo vistas como insuficientes.

Quizás esa sea la principal lección que nos deja el viejo debate entre autonomistas e independentistas: los modelos económicos importan, pero detrás de cada modelo económico siempre existe una pregunta política fundamental: ¿quién decide, bajo qué límites y en nombre de quién?

La soberanía del siglo XXI

La comparación entre autonomistas e independentistas no es ni puede ser perfecta, porque las circunstancias históricas son siempre distintas. Sin embargo, sí existe una semejanza fundamental: ambos debates giran alrededor de una misma pregunta: ¿Basta con reformar la administración y la economía, o es necesario transformar también la estructura política donde reside el poder?

Los autonomistas cubanos del siglo XIX creían que era posible alcanzar prosperidad, libertades y desarrollo dentro del marco político existente. Los independentistas respondían que mientras la soberanía permaneciera en manos ajenas, cualquier avance sería limitado, condicionado y potencialmente reversible. La historia terminó dándoles la razón a quienes consideraban que el problema fundamental era político antes que administrativo.

En la Cuba actual, el debate reaparece bajo nuevas formas. Unos apuestan por reformas económicas graduales dentro del sistema vigente. Otros sostienen que ningún cambio económico podrá consolidarse mientras persistan el monopolio político, la ausencia de contrapesos institucionales y la concentración del poder en un único partido, institución (GAESA) o grupo oligárquico. Para estos últimos, el verdadero problema no es quién administra la economía (por lo que Miguel Díaz-Canel aparece como un ser descartable e intrascendente), sino quién tiene la facultad exclusiva de decidir las reglas del juego.

Estos nuevos autonomistas-reformistas suponen que la ciudadanía no tiene fuerzas para imponerse al poder y que sería inmoral que acudiera a un actor externo para forjar una alianza con la cual derrotarlo (como tuvieron que hacer al final nuestros independentistas del siglo XIX). También están convencidos de que la nación —que dicen querer preservar frente a la posibilidad de una intervención extranjera— olvidará sus aspiraciones de libertad cuando, apremiada por el hambre, vea un camino más corto para salir de la crisis.

La "pacificación" de la población, suponen, no será tan amarga a los ciudadanos de a pie si se logra a cambio de nuevas alianzas entre los déspotas cubanos con inversionistas extranjeros. Aunque estos sean alérgicos a la democracia y a los derechos de los trabajadores, nuestros oligarcas apuestan a que una población desesperada y sumisa aceptará cualquier cosa siempre que a corto plazo se creen nuevas fuentes de trabajo y se arregle la crisis de la infraestructura de los servicios públicos. Al igual que nuestros autonomistas del siglo XIX, menosprecian al pueblo cubano y sus aspiraciones libertarias. Quizás esa lectura tenga su raíz en un marxismo economicista y dogmático mal aprendido.    

Las experiencias internacionales demuestran que la prosperidad duradera no depende únicamente de mercados más abiertos, sino también de instituciones que protejan derechos, garanticen seguridad jurídica, permitan la fiscalización ciudadana y limiten el poder arbitrario. Sin esos elementos, las reformas económicas suelen quedar a merced de decisiones políticas que pueden modificarlas o revertirlas en cualquier momento.

Por eso, la discusión esencial no es entre estatismo y mercado. La cuestión de fondo es si los ciudadanos poseen mecanismos efectivos para controlar a quienes gobiernan y para decidir pacíficamente el rumbo de su nación. En otras palabras, si la soberanía reside realmente en el pueblo o en una elite que ejerce el poder sin competencia ni rendición de cuentas.

Tal vez la lección vigente que nos deja el enfrentamiento entre autonomistas e independentistas sea precisamente esa: ningún modelo económico puede sustituir indefinidamente la necesidad de instituciones libres. Porque, al final, detrás de toda prosperidad sostenible existe siempre una condición previa: que el poder responda a los ciudadanos y no los ciudadanos al poder.

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Junio 23, 2026

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jueves, diciembre 11, 2025

ALGUNAS ACLARACIONES SOBRE LA AUSENCIA DE REPRESENTACIÓN CUBANA EN LAS CONVERSACIONES Y TRATADO DE PARIS EN 1898 ENTRE EE.UU. Y ESPAÑA TRAS LA GUERRA HISPANO CUBANO NORTEAMERICANA

 

Firma del Tratado de París el 10 de diciembre de 1898

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DE LOS ARCHIVOS DEL BLOG BARACUTEY CUBANO

SOBRE LA AUSENCIA DE REPRESENTACIÓN  CUBANA EN LAS CONVERSACIONES Y TRATADO DE PARIS EN 1898  ENTRE EE.UU. Y  ESPAÑA TRAS LA GUERRA HISPANO CUBANO NORTEAMERICANA

 
(publicado originalmente el 21 de marzo de 2016)
 
 
Por Pedro Pablo Arencibia
20 de marzo de 2016
 
Al amigo  Dagoberto Valdés y a Juan Manuel Cao  periodista de la televisión de Miami 
 
A finales del año 1898 se reunieron en la ciudad de París las delegaciones de los gobiernos de  Estados Unidos y España para negociar  las  condiciones de paz entre ambos países. Es muy frecuente  en Cuba resaltar el hecho de que Cuba no estuvo representada en esa reunión. Sobre esto deseo plantear lo siguiente:

En primer lugar diré que soy del criterio que debió existir una representación cubana; pero también, soy del criterio, que debió   existir una representación de cada uno del resto de los países  cuya suerte se estaba definiendo (Puerto Rico, Filipinas, etc.); aunque reconozco  la existencia de  motivos que engendrarían  objeciones  de  Estados Unidos y España  en aceptar  delegaciones  de estos  últimos países, y la particular situación cubana (en cuanto a los  antecedentes de las luchas separatistas) con relación a la llevada por esos países.

Sobre la ausencia de la representación cubana a esas negociaciones diré, que España  era la más interesada  en que no existiera una delegación cubana en esas conversaciones.  La razón fundamental que movía a esa actitud española era económica: que los Estados Unidos le pagaran  a España  La Deuda de Cuba, la cual ascendía a aproximadamente $500 millones (Leuchsenring, 1960, p. 68). La Deuda de Cuba era, entre otras cosas, el monto de lo que le había costado a España la guerra de Cuba y las de otros países desde décadas atrás. Con una representación cubana en esas negociaciones, era evidente para España que los Estados Unidos no asumirían el  pago de  esa deuda, y mucho menos, lo haría, la representación cubana. El resentimiento español hacia los cubanos, por éstos combatirlos durante años,  también fue otro factor que movió al gobierno español a  no admitir una representación cubana. Por otra parte, los Estados Unidos ya habían decidido mediante  una resolución congresional: La Resolución Conjunta o Joint Resolution , cual iba ser el destino de Cuba;

¨Que los Estados Uidos por la presente  declaran  que no tienen  deseo  ni intención  de ejercer soberanía, jurisdicción o dominio sobr dicha Isla, excepto para su pacificación, y afirman su determinación, cuando ésta se  hay  conseguido, de dejar  el gobierno  y dominio de la Isla a su pueblo.¨ (Artículo cuarto de la Joint  Resolution o Resolución Conjunta  o Enmienda  Teller, Pichardo, 1976, Tomo I p. 510)


Quiero señalar además, que en caso de que España hubiera aceptado la participación  de una representación cubana a esas negociaciones, se hubiera presentado un gran problema: ¿Quiénes conformarían esa representación?

La representación cubana debía representar, valga  la redundancia,  todos los segmentos del pueblo cubano. El pueblo cubano estaba conformado, sin caer en posiciones sectarias o idílicas,  por independentistas, integristas, autonomistas, pacíficos, anexionistas, etc.

(John Hay, Secretario de Estado de EE.UU., firmando la ratificación del Tratado de París)

Ha sido una característica de la historiografía cubana  el asumir implícitamente que la inmensa mayoría de los cubanos eran independentistas.
El historiador español Benavent, refiriéndose a un  período anterior y mediato a 1898, plantea:

El liberalismo autonomista constituía la opción política mayoritaria de las clases medias cubanas; pero era una opción  que no podía expresarse por las perversiones del sistema electoral y por el bloqueo político que la tupida red de unionistas, voluntarios del orden, integristas y conservadores, imponían¨. (Prieto. 1998, p. 107-108)

Pero es que aun dentro de las filas de tendencia independentista, existían serias discrepancias que dificultarían en gran medida la composición de una representación cubana formada por elementos de esta tendencia, o la elección de algunos representantes de esta tendencia para la conformación de una comisión mixta, donde las diferentes tendencias estuvieran representadas. Un ejemplo de lo anterior fueron las  serias desavenencias que se manifestaron entre el Consejo de Gobierno cubano  y el mando militar mambí durante la guerra, y las que después de terminada la guerra protagonizaron La Asamblea del Cerro y el Generalísimo Máximo Gómez  y los seguidores  de ambos. Debo señalar que la actitud del Generalísimo Máximo Gómez de desconocer la autoridad jurídica de la Asamblea, al entablar conversaciones con el enviado especial de McKinley, Robert P. Porter, sobre el asunto del empréstito para  la disolución del Ejército Libertador, fue compatible con la decisión del gobierno de los Estados Unidos  de desconocer toda agrupación cubana  particular como representación del pueblo cubano, pues E.U. podía ser acusado de apoyar una u otra facción (fundamentalmente por las potencias europeas). Hasta que no se hicieran elecciones generales y libres, los Estados Unidos no reconocerían ninguna agrupación o institución como la legítima representación del pueblo cubano. Debo aclarar que la Asamblea ya había iniciado contactos sobre un empréstito con el señor Cohen, quien en representación de entidades bancarias norteamericanas ofreció un empréstito suficiente para el licenciamiento del Ejército Libertador (Costa, 1950, p. 66-67).

El historiador Rolando Rodríguez escribe lo siguiente sobre lo que expresó Calixto García en su carta  del primero de mayo de 1898 a Méndez Capote, integrante del  Consejo de Gobierno presidido por Bartolomé Masó, y en la  dirigida a  Tomás Estrada Palma, Delegado del Partido Revolucionario Cubano,  del 27 de junio de 1898:

¨en la cual planteaba que la falta de reconocimiento de Washington  a ese órgano se debía a su carencia  de condiciones como  gobierno real, o la dirigida  a Estrada Palma, el 27 de junio, en la cual manifestaba que el gobierno de Estados Unidos  no podía reconocer al gobierno cubano que resultaba antidemocrático¨.(Rodríguez, 1998,Tomo II p. 613)

En la carta de Calixto García del 27 de junio de 1898 a Tomás Estrada Palm, texto tomado de Historia de la Nación Cubana (Tomo VI  p. 425), se lee:

¨Sé que el Gobierno americano es un Gobierno eminentemente práctico y observador, a quien no podía escapar de modo alguno que la forma en que había nacido en nuestra Revolución la más alta  representación del Estado era viciosa, informe, impropia de un pueblo que derramaba su sangre por conseguir su independencia y las  libertades a que tenía derecho. Que con esa institución, lejos de ganarse libertades  se establecían principios oligárquicos, que ningún gobierno libre verdaderamente podía ayudar a consagrar, y de aquí que la política  del gobierno de Washington  haya sido constante en esa dirección, desde que estalló la actual guerra

El 13 de agosto de 1898 el Consejo destituyó de su cargo de Lugarteniente General  a  Calixto  García por haber desconocido las decisiones  del gobierno  y disponer  que el mando militar designara  a los funcionarios  de las ciudades  evacuadas  por las autoridades  españolas  entre otros argumentos (Rodríguez, 1998,Tomo II p. 613)
Por otra parte, en esa monumental obra  Historia de la Nación Cubana (Tomo VI   p. 425) aparece la carta del 1 de mayo de 1898 de Méndez Capote (miembro del Consejo de Gobierno presidido por el General Bartolomé  Masó) a Don Tomás Estrada Palama donde expresa  las ventajas que tendrían los autonomistas respecto a los independentistas  si los EE.UU.   desearan tomar  a una facción política del pueblo cubano para formar un gobierno cubano que representara al pueblo cubano:

¨Esa gente del gobierno y Cámara autonomistas han venido rectificándose  constantemente y son capaces de decir  en un momento dado a los Estados Unidos: aceptamos la independencia, secundamos a los americanos para  formar un gobierno ´fuerte y libre´, y los americanos se encontrarían con un Gobierno y una Cámara ´constituida´ , organizada más o menos bien, mientras que nosotros sólo tenemos un gobierno deficientísimo,con todos los poderes comprendidos en  una sola mano, la del Consejo de Gobierno, sin tener siquiera el país una administración de Justicia, ya que sólo ésta se ejerce malamente por los los Consejos de Guerra

Sobre la fuerza que había tomado el autonomismo aún  dentro del Ejército Mambí, un cercano amigo y colaborador de José Martí, el intelectual, militar y político Enrique Collazo, escribió en su libro  Los americanos en Cuba:

¨ En el campo insurrecto, la noticia  del establecimiento de la autonomía produjo  gran  excitación y alarma, que dieron lugar a que por el gobierno de la república se dictaran órdenes severísimas  para evitar los efectos de la novedad implantada y que contuvieran a los débiles o a los cansados de la guerra (que no escaseaban)  y que al saber que los españoles  no mataban, buscaron en la presentación el término  de los riesgos y miserias de campaña.
En el extranjero provocó  por parte del elemento oficial de la revolución y de los exaltados, serias y continuadas protestas, y a muchos les dio facilidades para dejar de comer el negro pan de la emigración cambiándolo con mucho placer por el turrón autonomista que lograron conseguir al llegar a Cuba.
El gobierno de la revolución  pasó circulares recordando a todas las autoridades de la república, tanto civiles como militares,  que estaba en todo vigor y fuerza  el antiguo decreto Spotorno, y que los correos, prácticos y portadores  de proposiciones  que no estuvieran basadas  en la independencia, serían considerados  como traidores, juzgados en consejo de guerra verbal y condenados a muerte, y que en la misma falta incurriría cualquiera  que las recibiera  y no procediera  inmediatamente  a dar cumplimiento a lo ordenado.
La aplicación de este decreto  fue causa de la muerte  de dos emisarios  en Oriente y de la del teniente coronel Ruiz del ejército español, en el territorio de La Habana.
La severidad de las medidas tomadas da idea clara del  temor que el planteamiento de la autonomía causaba al elemento revolucionario.
¨

El gobierno norteamericano fue lo suficiente sabio o sensato de no seleccionar una facción política y dejar que en su momento el pueblo cubano tomara  esa decisión, aunque el Presidente William McKinley  y Leonardo Wood deseaban, de manera  personal, que el pueblo cubano se decidiera por la anexión; ambos respetaron la decisión  que tomó años después el pueblo cubano.

Es evidente que todo lo anterior dificultaría el comienzo y la terminación de unas conversaciones  cuyo objetivo inmediato era la firma de  un tratado que diera un fin oficial y definitivo a la conflagración. 
 
 Por cierto, el favorito en los círculos norteamericanos para que  fuera Presidente de Cuba era Calixto García, por lo del ¨mensaje a García¨que llevó el Teniente Rowan,  y no Don Tomás Estrada Palma por su carácter.  Leonardo Wood, que era doctor en medicina y tenía a la esposa de McKinley como paciente, era el favorito de su partido para las elecciones presidenciales en EE.UU. en 1920, pero, si mal no recuerdo haber leido Al estar desempeñando  en Puerto Rico un alto cargo, un mal manejo de carácter logístico (¿alimentos en mal estado?)  afectó de tal manera a la tropa  que se convirtió en un escándalo que lo privó de la candidatura para la Presidencia.

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El libro de Rolando Rodríguez es Cuba: La forja de una nación (3 tomos) de la Editorial de Ciencias Sociales
Pichardo, H. (1976). Documentos para la Historia de Cuba (Tomos I y II). La Habana: Editorial de Ciencias Sociales.
Roig de Leuchsenring, E. (1960. Cuba no debe su independencia a los Estados Unidos. La Habana: Ediciones La Tertulia.
Prieto, J. (1998). El Liberalismo cubano en el siglo XIX. Revista Hispano Cubana, No. 1. Madrid: Editorial FHC.  

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