miércoles, junio 11, 2025

Roberto Álvarez Quiñones: ¿Es absurdo decir que Cuba vive un medioevo castrista? Video de ErnestoMiami: ¿Y si la Revolución nunca triunfó? Cuba y su destino perdido

 Tomado de https://diariodecuba.com

¿Es absurdo decir que Cuba vive un medioevo castrista?

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Aquí, el análisis de las señales y de por qué los cubanos no están preparados para sobrevivirlas.

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Por Roberto Álvarez Quiñones

Miami 

08 Jun 2025

¿Es un disparate afirmar que en muchos aspectos la vida actual de los cubanos de a pie en la Isla se asemeja a la que llevaban los pueblos en el imperio de Carlomagno, o en los tiempos de Juana de Arco? No, no lo es, sobre todo si consideramos la psicología social y vivencial que genera cada época histórica.

Los humanos ya vienen al mundo con cierta protección genético-cultural para afrontar la vida que les ha tocado vivir. Por eso se adaptan mejor a las adversidades. Diríase que en buena medida reaccionan por reflejo incondicionado, es decir, con respuestas y actitud automáticas heredadas, no derivadas de aprendizaje previo, como cuando el bebé recién nacido succiona leche del pecho materno sin que nadie lo haya enseñado.

Y ahí está el detalle, los cubanos en la Isla no están "protegidos" genética y culturalmente para enfrentar la vida de tintes medievales que en buen grado les han impuesto a cientos de miles de familias, que hoy en muchos aspectos viven incluso peor que sus homólogas de la Edad Media, porque sufren más.

En el cuasi milenio medieval (476-1492) que en Estados Unidos llaman Dark Age (Edad Oscura) la gente venía al mundo ya con el ADN adecuado para alumbrarse con velas o lámparas de aceite, acostarse al anochecer, ir a buscar el agua al río, o sacarla de un pozo, transportarse en carretas, a caballo, o a pie, vivir en casas pequeñas muy rudimentarias de madera, barro, o piedra, sin la higiene adecuada.

Mayormente se alimentaban con lo que sembraban y los animales que criaban. La carne la salaban y ahumaban para que no se pudriera. Y con la leche hacían queso. No había antibióticos ni otros medicamentos y morían por enfermedades que hoy se curan en pocos

Era esa la única vida que ellos conocían y solo podían añorar la que se daban los señores feudales, nobles, regidores, comerciantes; pero no porque vivieran de forma muy diferente o dispusieran de antibióticos, sino porque los criados trabajaban muy duro y lo hacían todo. Aquel tipo de vida tan difícil durante tanto tiempo devino cultura y se enraizó en los genes de la gente (palabra esta derivada de gene).

El origen de aquel período histórico básicamente rural y atrasado, surgió con la caída del Imperio Romano (476) y el desmantelamiento de la más avanzada cultura conocida entonces, cuando las ciudades se volvieron inseguras por invasiones, saqueos y genocidios. Las poblaciones urbanas se trasladaron al campo en medio de la dispersión geográfica del poder político, militar y cultural que originó feudos, y de ahí el nombre de feudalismo que también tiene el medioevo.

Aquello, en mayor o menor grado, duró hasta el siglo XV, cuando con la toma de Constantinopla y la caída del imperio bizantino, en 1453, y con la llegada de Cristóbal Colón a "las Indias" en 1492, comenzó la Edad Moderna, que después dio paso a la Contemporánea con la Revolución Francesa, en 1789.

Los cubanos no nacen protegidos genética y culturalmente para el medioevo

Al grano, los cubanos vienen al mundo con una cultura y genes diferentes. Cuba ni siquiera tiene reminiscencias de rasgos medievales, como sí los tienen algunas naciones extremadamente pobres del África Subsahariana. Es más, la Revolución Industrial entró en el siglo XIX en Latinoamérica precisamente por Cuba. Y a mediados del siglo XX su economía ya ocupaba la posición 29 entre las mayores del planeta.

Pero en 1959 asaltó el poder un megalómano y misántropo llamado Fidel Castro que hizo trizas la floreciente economía de mercado cubana. En poco tiempo se desplomó, y si no hubo hambruna fue por los subsidios multimillonarios de la Unión Soviética.

Al fallecer el mecenas soviético y acabarse también el dinero que por un tiempo estuvo regalando a Cuba la dictadura de Venezuela, el país se hundió en la mayor crisis económico-social de su historia. Y los cubanos fueron como subidos a la Máquina del Tiempo y trasladados a la Edad Media profunda.

Hoy, en la tercera década del siglo XXI cientos de miles las familias cubanas cocinan con leña. La mayor parte del día y la noche no tienen electricidad. No disponen de un servicio regular y estable de agua potable y no hay ríos ni pozos para obtenerla.

Y, ojo, muchos cubanos mueren o se agravan de sus enfermedades por falta de antibióticos y otros medicamentos, que no hay ni en los hospitales. Cientos de miles viven en casuchas improvisadas con pedazos de cartón, madera y latas, en barrios con peores condiciones higiénicas que las que podían tener las familias medievales en Brujas, Venecia, Constantinopla o Córdoba.

En La Habana, otrora una de las más bellas y limpias urbes del mundo, hay en las calles enormes basureros nauseabundos, infectados de roedores, moscas, mosquitos; y pestilentes aguas negras de las que emanan bacterias y microbios. Esos focos públicos de enfermedades hoy en las ciudades cubanas superan a los de cualquier aldea medieval.

Eso explica por qué hay en la Isla enfermedades que no debe haber en las ciudades modernas, como cólera, malaria, lepra, tuberculosis, dengue, zika, ataques a mortales de gastroenteritis, y otras más. Y no nos sorprendamos si se producen brotes de viruela o resucita la peste bubónica de los tiempos de Boccaccio.

Detengámonos ahora en las noches cubanas, oscuras cual "boca de lobo" como las de la Dark Age. Hace 1.200 años, en tiempos del emperador Carlomagno, las familias se alumbraban con lámparas de aceite y velas. Acostarse a dormir poco después de ponerse el sol era lo normal.

Se pudren los alimentos, no se puede dormir bien, no hay agua

Hoy en Cuba las noches son igualmente oscuras, pero no hay aceite ni otros combustibles para faroles, y velas mucho menos. Con el colapso del sistema electroenergético los apagones en Cuba son diarios, de más de 19 y 20 horas, y a veces de 52 horas seguidas en todo el país.

A las familias se les pudren en el refrigerador los escasos alimentos que han podido conseguir. No pueden conservar la carne, si la logran adquirir a precios cósmicos, pues carecen de sal. No pueden hacer queso con la leche, porque no la hay.

Tampoco forma parte de la cultura cubana "acostarse con las gallinas", como lo hacían los francos, lombardos, sajones, bávaros, frisones, bávaros, y otros pueblos carolingios. Los cubanos están genéticamente aptos para irse a dormir varias horas más tarde, luego de aprovechar la noche de mil maneras.

Con un clima tropical húmedo y caluroso, los cubanos tampoco pueden dormir bien pues no pueden utilizar ventiladores, y quienes están "dolarizados" gracias a la diáspora, no pueden encender sus equipos de aire acondicionado. Sin ventilador, no pueden poner el mosquitero y el calor no deja conciliar el sueño. Los mosquitos que llegan desde el hediondo basurero callejero inoculan enfermedades y las moscas y ratones se encargan de contaminar todo lo demás en el hogar.

Y para constatar en vivo rasgos medievales de la vida actual en la Isla, veamos dos testimonios recientes captados en el terreno mismo.

Raimundo, un jubilado de 70 años que vive en Santiago de Cuba, dijo a la periodista independiente Laura Sarmiento: "Antes, en la mañana, me iba a la panadería para esperar el pan. Ya no hay pan; ahora me voy para el camino viejo de El Cobre a buscar leña (dice que la corta él mismo); en la casa ya no queda ningún mueble viejo que romper; no hay luz brillante, ni aserrín para hacer un fogón (…) la leña sale gratis; el carbón está caro y es un dinero que te quitas para comprar comida".

Mercedes, una habanera de 82 años, expresó a 14YMedio: "Mi'jo, la gente está cocinando con leña o carbón, pues la balita de gas cuesta en la calle 20.000 pesos. Mi pensión como maestra de primaria jubilada es de 2.600 pesos al mes y no puedo comprarla. El Gobierno está matando al pueblo de hambre".

Hay otras analogías entre el vivir carolingio y el medioevo castrista. Pero este breve bosquejo da una idea de , sin el componente genético-cultural necela vida que hoy da la "revolución" a los cubanossario, y que se da la mano con la de muchos siglos atrás, cuando nadie podía imaginarse que descendientes suyos caminarían por la Luna, mientras otros vivirían tan mal como ellos.

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¿Y si la Revolución nunca triunfó? Cuba y su destino perdido




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jueves, junio 22, 2023

Beatriz Liaño: El llamado ¨derecho de pernada¨ nunca existió en la Europa medieval. ¿Qué era el derecho de la primera noche?

 
Tomado de https://www.religionenlibertad.com

El «derecho de pernada» y el sentido común

Por Hermana Beatriz Liaño 

04 febrero 2019

El «derecho de pernada» nunca existió en la Europa medieval. No necesito presentar documentos para proclamarlo sin titubeos. Es más, me basta el sentido común para sostener mi afirmación. ¿Ustedes creen que, en la Europa de San Benito, de San Bernardo, de Santo Domingo de Guzmán, de San Francisco de Asís, de Santa Clara de Asís, de San Buenaventura, de Santo Tomás de Aquino, del rey San Fernando, del rey San Luis de Francia y de tantos otros santos como se podrían enumerar, se iba a permitir que todas las mujeres comenzaran su vida matrimonial con un pecado de adulterio, es decir, con un pecado mortal? Ni soñarlo. La leyenda del supuesto derecho de pernada es una más de las muchas fábulas con las que se trata de ensuciar y desprestigiar a la Iglesia, en concreto en los siglos en los que Cristo triunfó de tal modo que a Europa se le llamaba la «Cristiandad». ¿Que la Edad Media tenía sus límites y que no todo era perfecto? No lo niego. Pero fue un tiempo en el que —en palabras del papa León XIII— la «filosofía del Evangelio gobernaba los Estados», y «organizada de este modo la sociedad civil, produjo bienes superiores a toda esperanza» (Immortale Dei, 1885, 28).

Después de este impetuoso comienzo, quizás haya alguien que se pregunte qué es eso del «derecho de pernada». Basta con navegar por internet para encontrar miles y miles de páginas que proclaman hasta el cansancio este supuesto privilegio que habrían tenido los señores feudales de «iniciar» sexualmente, la misma noche de bodas, a las jovencitas que contraían matrimonio en sus territorios. Es decir, se supone que una vez celebrado el matrimonio, el novel esposo debía aceptar la tremenda humillación de acompañar a su esposa al castillo de su señor feudal para que esta satisficiera hasta la mañana los deseos sexuales del impúdico patrón. Y nos tenemos que tragar que todo esto se realizaba de modo legal, con la complicidad de la Iglesia y sin provocar una crisis social.

Frente a esto, siempre habrá quien cite documentos supuestamente históricos, referencias de cantos populares o sentencias judiciales que se hagan eco del hipotético «derecho de pernada». Bueno, no se lo tomen a mal, pero vista la falta de moralidad de tantos eruditos de ayer y de hoy —para los que la ideología está por encima de la verdad—, si no veo el documento, no me creo que exista. Es muy fácil citar documentos inexistentes que conviertan la Edad Media en una época de «tinieblas y superstición religiosa». Los muchos enemigos de la Iglesia católica —como ciertos sectores de la Iglesia protestante o la masonería— llevan siglos haciendo este trabajo. De hecho, el investigador francés Alain Boureau demuestra [El derecho de pernada. La fabricación de un mito. Siglos XIII-XX] que esta práctica, supuestamente generalizada en la Edad Media, no se menciona expresamente en ningún texto medieval. ¿Cómo podría haber existido durante siglos una práctica de tal envergadura sin haber trascendido a los textos literarios o jurídicos de la época?

Pero pongamos que sí, que se encuentra un documento en el que se habla del «derecho de pernada». No solo quiero ver el documento y comprobar su autenticidad, quiero que un experto en historia y filología medieval —persona, por supuesto, de probada ciencia y honestidad— me explique qué significan exactamente esas palabras escritas hace tantos siglos, y que han podido modificar su significado etimológico dando lugar a importantes malentendidos. Gracias a Dios hay muchos estudiosos que se esfuerzan —con rigor científico— en desmontar esta especie de complot de ciertos historiadores contra la Edad Media. En ellos me baso para completar estas líneas.

«Jus primae noctis». El derecho de la primera noche. Eso sí que aparece en códigos de derecho medieval. Bien, pero ¿qué significa «Jus primae noctis»? Porque la leyenda creada a partir de esta frase no tiene nada que ver con el derecho que defendía. Primero hay que comprender la situación de los campesinos en la época feudal que nos ocupa. Los campesinos eran llamados «siervos de la gleba». La historiadora francesa Régine Pernoud explica que estos «siervos de la gleba» obtenían en concesión de su señor, propietario del feudo, un lote de tierra suficiente para mantenerse a sí mismos y a sus familias. A cambio, el campesino entregaba al señor una cuota de la cosecha y realizaba ciertos servicios en otras tierras del señor. El cristianismo regaló a la humanidad el concepto de persona, por eso, estos «siervos de la gleba» no tenían nada que ver con los esclavos de las sociedades antiguas. Una vez que el «siervo de la gleba» paga lo que debe a su señor, no tiene más obligaciones con él, salvo que no puede abandonar la tierra que cultiva. Es la única restricción a su libertad que sufre, pero es una limitación relativa, porque si es cierto que no puede abandonar la tierra que cultiva, tampoco puede ser despojado de ella. Esto daba al siervo una estabilidad económica muy grande, porque además el señor feudal estaba obligado a proveer a las necesidades de sus siervos en épocas de carestía, a defenderles con su ejército de las incursiones de los enemigos… Realmente, eran más las ventajas que las desventajas. Ojalá las grandes empresas de hoy cuidaran de sus empleados como el sistema feudal cuidaba a los «siervos de la gleba».

¿Por qué no podía el siervo abandonar la tierra que recibía del señor? Porque eso suponía un perjuicio para su señor. En esos momentos, la tierra abundaba, pero las manos para trabajarla no siempre eran suficientes, dadas las rudimentarias técnicas de cultivo y las elevadas tasas de mortalidad. Perder siervos podía ser un grave deterioro en la economía del feudo. Por eso, durante mucho tiempo, el campesino tuvo prohibido contraer matrimonio fuera del feudo. La Iglesia protestó contra lo que consideraba una «violación de los derechos familiares».

Régine Pernoud es autora, entre otros, de Para acabar con la Edad Media.

Régine Pernoud, especialista mundialmente reconocida en la historia de la Edad Media, explica que, a partir del siglo X y para liberar al siervo de esta sujeción: «Se estableció la costumbre de reclamar una indemnización monetaria al siervo que abandonase el feudo para contraer matrimonio en otro. Así nació el “jus primae noctis” del que se han dicho tantas tonterías: solo se trataba del derecho a autorizar el matrimonio de los campesinos fuera del feudo. Dado que en la Edad Media todo se traducía en una ceremonia, este derecho dio lugar a gestos simbólicos, por ejemplo, poner una mano o una pierna en el lecho conyugal, utilizando unos términos jurídicos específicos que han provocado maliciosas o vengativas interpretaciones, completamente erróneas». Que se dieran agresiones y violencia sexual por parte de algunos señores feudales, seguramente sí, pero siempre como abuso y no como un derecho instituido, que es algo muy distinto.

Vittorio Messori, prestigioso historiador de la Iglesia, precisa que en la Europa occidental y católica no existió el derecho de pernada, aunque por desgracia sí que se encuentra esta costumbre en algunas tribus africanas, en la América precolombina y en castas sacerdotales de algunas religiones no cristianas como la budista.

(Libro del ex marxista Vitorio  Messori. imagen y comentario  añadidos por el Bloguista de Baracutey Cubano)

Leyendas negras de la Iglesia, un clásico ya de Vittorio Messori, incluye un capítulo sobre el derecho de pernada.

El cardenal Giacomo Biffi, en su prólogo al excelente libro de Vitorio Messori Leyendas negras de la Iglesia, comenta su preocupación porque le parece que «el cuerpo de la cristiandad actual padece algún tipo de deficiencia inmunitaria», es decir, no se defiende de los ataques. La propaganda anticatólica lo ha hecho tan bien que, cuando se habla mal de la Iglesia, en lugar de reaccionar tratando de averiguar la verdad, nos lo creemos todo y bajamos la cabeza avergonzados pidiendo perdón. Y es un hecho que, el que se avergüenza de la Iglesia y de su historia, «se encuentra objetivamente en el grave peligro de perder la fe». Es cierto que dentro de la Iglesia ha habido —y hay— muchos pecadores. Pero también es cierto que la mayor parte de las leyendas que circulan contra ella son falsas. Y si es cierto que hay algunas sombras en su historia, el balance total después de XXI siglos es que «las luces prevalecen ampliamente sobre las tinieblas». Y esto no lo digo yo, lo dice el profesor Léo Moulin, un exmasón definido por Messori como un «racionalista cuyo agnosticismo bordea el ateísmo», que fue profesor de Historia y Sociología en la Universidad de Bruselas durante medio siglo y es uno de los intelectuales más prestigiosos de Europa.

Busquemos la verdad, amemos la verdad y proclamemos la verdad, también sobre nuestra Madre la Iglesia.

Publicado originalmente en Revista H.M.

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lunes, marzo 16, 2020

Mario Vargas Llosa: ¿Regreso al Medioevo?. El coronavirus será una pandemia pasajera. Lo que no pasará es el miedo a la muerte, que nos acompaña como una sombra


San Pablo. Segunda Carta a los Corintios, Capítulo 5

La morada incorruptible
51 Nosotros sabemos, en efecto, que si esta tienda de campaña –nuestra morada terrenal– es destruida, tenemos una casa permanente en el cielo, no construida por el hombre, sino por Dios. 2 Por eso, ahora gemimos deseando ardientemente revestirnos de aquella morada celestial; 3 porque una vez que nos hayamos revestido de ella, ya no nos encontraremos desnudos. 4 Mientras estamos en esta tienda de campaña, gemimos angustiosamente, porque no queremos ser desvestidos, sino revestirnos, a fin de que lo que es mortal sea absorbido por la vida. 5 Y aquel que nos destinó para esto es el mismo Dios que nos dio las primicias del Espíritu.
6 Por eso, nos sentimos plenamente seguros, sabiendo que habitar en este cuerpo es vivir en el exilio, lejos del Señor; 7 porque nosotros caminamos en la fe y todavía no vemos claramente. 8 Sí, nos sentimos plenamente seguros, y por eso, preferimos dejar este cuerpo para estar junto al Señor; 9 en definitiva, sea que vivamos en este cuerpo o fuera de él, nuestro único deseo es agradarlo. 10 Porque todos debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba, de acuerdo con sus obras buenas o malas, lo que mereció durante su vida mortal.

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¿Regreso al Medioevo?

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La peste ha sido a lo largo de la historia una de las peores pesadillas de la humanidad. El coronavirus será una pandemia pasajera. Lo que no pasará es el miedo a la muerte, que nos acompaña como una sombra
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Por Mario Vargas Llosa
15 marzo 2020

El coronavirus comienza a hacer estragos en España. O, mejor dicho, el espanto que causa ese virus proveniente de China ocupa todos los noticiarios y radios y periódicos, se cierran colegios y universidades, bibliotecas y teatros, se paralizan las Fallas de Valencia, se cancelan los plenos de las Cortes, los eventos deportivos se celebrarán sin público, pese a que los distribuidores dicen que habrá provisiones se ven semivacías las estanterías de los supermercados, lo que indica que la gente se carga de productos de primera necesidad para lo que entiende será un largo encierro, y, por supuesto, en las conversaciones privadas no se habla de otra cosa.

Todo esto, en términos prácticos, es muy exagerado, pero no hay nada que hacer: España tiene miedo y los Gobiernos, el nacional y los de las autonomías, salen al frente de la pavorosa enfermedad con medidas cada vez más estrictas que, de una manera general, los españoles aprueban e, incluso, exigen que sean más extensas e intensas. Es por gusto que las estadísticas oficiales digan que, hasta el 11 de marzo, hay apenas 47 muertes por culpa de la pandemia y que, por ejemplo, la simple gripe es más asesina que ella, pues causa por lo menos seiscientas muertes anuales, y que son muchos más los que se recuperan del coronavirus que los que perecen por culpa de él, que España tiene uno de los sistemas de salud mejores en el mundo —por encima de la media europea— y que el trabajo que vienen realizando los médicos y sanitarios en todo el país es eficiente y está a la altura del desafío, etcétera.

Jamás las estadísticas han sido capaces de tranquilizar a una sociedad roída por el pánico y ésta es una buena ocasión de comprobarlo. En medio de la civilización ha reaparecido la Edad Media, lo que significa que muchas cosas han cambiado desde entonces, pero muchas otras no. Por ejemplo: el miedo a la peste. Y, a propósito, la literatura tiene un renacer inevitable en esos períodos de miedo colectivo: cuando no entiende lo que pasa, una sociedad va a los libros a ver si ellos se lo explican. La peor novela de Albert Camus, La peste, tiene un súbito renacimiento y tanto en Francia como en España se hacen reediciones y ese libro mediocre se ha convertido en un best seller.

Nadie parece advertir que nada de esto podría estar ocurriendo en el mundo si China Popular fuera un país libre y democrático y no la dictadura que es. Por lo menos un médico prestigioso, y acaso fueran varios, detectó este virus con mucha anticipación y, en vez de tomar las medidas correspondientes, el Gobierno intentó ocultar la noticia, y silenció esa voz o esas voces sensatas y trató de impedir que la noticia se difundiera, como hacen todas las dictaduras. Así, como en Chernóbil, se perdió mucho tiempo en encontrar una vacuna. Sólo se reconoció la aparición de la plaga cuando ésta ya se expandía. Es bueno que ocurra esto ahora y el mundo se entere de que el verdadero progreso está lisiado siempre que no vaya acompañado de la libertad. ¿Lo entenderán de una vez esos insensatos que creen que el ejemplo de China, es decir, el mercado libre con una dictadura política, es un buen modelo para el tercer mundo? No hay tal cosa: lo ocurrido con el coronavirus debería abrir los ojos de los ciegos.

La peste ha sido a lo largo de la historia una de las peores pesadillas de la humanidad. Sobre todo en la Edad Media. Era lo que desesperaba y enloquecía a nuestros viejos ancestros. Encerrados detrás de las recias murallas que habían erigido para sus ciudades, defendidos por fosos llenos de aguas envenenadas y puentes levadizos, no temían tanto a esos enemigos tangibles contra los que podían defenderse de igual a igual, enfrentarlos con espadas, cuchillos y lanzas. Pero la peste no era humana, era obra de los demonios, un castigo de Dios que caía sobre la masa ciudadana y golpeaba por igual a pecadores e inocentes, contra la que no había nada que hacer, salvo rezar y arrepentirse de los pecados cometidos. La muerte estaba allí, todopoderosa, y después de ella las llamas eternas del infierno. La irracionalidad estallaba por doquier y había ciudades que trataban de aplacar a la plaga infernal ofreciéndole sacrificios humanos, de brujas, brujos, incrédulos, pecadores sin arrepentir, insumisos y rebeldes. Cuando Flaubert viajó a Egipto, todavía vio leprosos que recorrían las calles tocando campanas para advertir a la gente que se apartara si no quería ver (y contagiarse) de sus llagas purulentas.

Por eso casi no aparece la peste en las novelas de caballerías que son otro aspecto, más positivo, del Medioevo: en ellas hay proezas físicas extraordinarias, el Tirant lo Blanc derrota él solo a gigantescos ejércitos. Pero los adversarios de los caballeros andantes son seres humanos, no diablos, y lo que el hombre medieval teme son los diablos, esos demonios que escondidos en el corazón de las epidemias golpean y matan sin discriminar a culpables e inocentes.

Ese viejo terror no ha desaparecido del todo, pese a los extraordinarios progresos de la civilización. Todo el mundo sabe que, como ocurrió con el SIDA o con el Ébola, el coronavirus será una pandemia pasajera, que los científicos de los países más avanzados encontrarán pronto una vacuna para defendernos contra ella y que todo esto terminará y será, dentro de algún tiempo, una noticia mustia que apenas recordarán las gentes.

Lo que no pasará es el miedo a la muerte, al más allá, que es lo que anida en el corazón de estos terrores colectivos que son el temor a las pestes. La religión aplaca ese miedo, pero nunca lo extingue, siempre queda, en el fondo de los creyentes, ese malestar que se agiganta a veces y se convierte en miedo pánico, de qué habrá una vez que se cruce aquel umbral que separa la vida de lo que hay más allá de ella: ¿la extinción total y para siempre?, ¿esa fabulosa división entre el cielo para los buenos y el infierno para los malvados de un dios juguetón que pronostican las religiones?, ¿alguna otra forma de supervivencia que no han sido capaces de advertir los sabios, los filósofos, los teólogos, los científicos? La peste saca de pronto a estas preguntas, que en la vida cotidiana normal están confinadas en las profundidades de la personalidad humana, al momento presente, y hombres y mujeres deben responder a ellas, asumiendo su condición de seres pasajeros. Para todos nosotros es difícil aceptar que todo lo hermoso que tiene la vida, la aventura permanente que ella es o podría ser, es obra exclusiva de la muerte, de saber que en algún momento esta vida tendrá punto final. Que si la muerte no existiera la vida sería infinitamente aburrida, sin aventura ni misterio, una repetición cacofónica de experiencias hasta la saciedad más truculenta y estúpida. Que es gracias a la muerte que existen el amor, el deseo, la fantasía, las artes, la ciencia, los libros, la cultura, es decir, todas aquellas cosas que hacen la vida llevadera, impredecible y excitante. La razón nos lo explica, pero la sinrazón que también nos habita nos impide aceptarlo. El terror a la peste es, simplemente, el miedo a la muerte que nos acompañará siempre como una sombra.

Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2020.

© Mario Vargas Llosa, 2020

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