lunes, septiembre 26, 2022

Fernando del Pino Calvo-Sotelo: El declive de la razón en Occidente

Nota del Bloguista de Baracutey Cubano

“El siglo XVII tuvo la sabiduría de considerar la razón como una herramienta necesaria para tratar los asuntos humanos. El Siglo de las Luces y el siglo XIX tuvieron la locura de pensar que no sólo era necesaria, sino suficiente, para resolver todos los problemas. En la actualidad, todavía sería una mayor demostración de locura decidir, como quieren algunos, que con el pretexto de que la razón no es suficiente, tampoco es necesaria”. Jacob, François (2006) El juego de lo posible. Edit. S.L. Fondo de Cultura Económica de España.
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Tomado de https://www.fpcs.es/

El declive de la razón en Occidente

Por Fernando del Pino Calvo-Sotelo

13 de septiembre de 2022

Hace muchos años preguntaron al Premio Nobel Albert Schweitzer en una entrevista: “Doctor, ¿qué le ocurre al hombre de hoy?” Tras meditar unos segundos, Schweitzer respondió: “El hombre de hoy simplemente no piensa”. Si ésta era la respuesta hace décadas, me pregunto cómo sería hoy cuando el móvil ha reducido nuestra capacidad de atención al nivel de un simio.

¿Qué es pensar? Pensar es formar y combinar ideas en la mente tras atenta reflexión. ¿Pensamos antes de actuar o de emitir un juicio o nos limitamos a imitar a otros? Porque saber en tiempo real todo lo que acontece o repetir como un papagayo lo que oímos de otros no es pensar. Como escribe el gran pensador colombiano Nicolás Gómez Dávila, “en un siglo donde los medios de publicidad divulgan infinitas tonterías, el hombre culto no se define por lo que sabe sino por lo que ignora[2]”.

Pensar exige detenimiento, atención, tiempo y esfuerzo. Cotorrear, sin embargo, no exige nada de eso, motivo por el que es una actividad más popular. Pero pensar tiene otro atributo adicional: es el escudo que protege nuestra libertad.

Por este motivo, los yonquis del poder intentan disuadir al hombre para que no piense por sí mismo, pues no quieren individuos pensantes sino clones obedientes, al igual que no desean hombres libres e independientes sino hombres-masa, dependientes y controlables.

Para lograrlo, lo primero que hacen es enardecer sus pasiones, puesto que éstas dificultan pensar, y les inclinan hacia el vicio, que siempre esclaviza (del mismo modo que la virtud libera). En efecto, raro es que un político proponga a los votantes sacrificio, generosidad, esfuerzo, responsabilidad, cumplir con la palabra dada, veracidad o respeto a quien opina diferente.

Más bien les enseñará a temer (y, por tanto, a detestar) al adversario político, fomentará la envidia y la codicia de los bienes ajenos (bajo la coartada de la “solidaridad”) y prometerá fantasías como vivir sin trabajar (o sea, del trabajo de otros) evitando asumir ninguna responsabilidad, que asumirá el Estado Leviatán, carcelero benevolente. Por ello, en palabras de Gómez Dávila, “aun sin querer la tiranía, el pueblo quiere fines que la implican”.

Por lo tanto, el sistema de incentivos perverso de las elecciones en las democracias “del Bienestar” conlleva el paulatino debilitamiento moral del individuo y, como moral y libertad son conceptos indisolublemente ligados, la pérdida de moral conduce a la servidumbre.

El poder del miedo

Los yonquis del poder conocen un atajo para lograr que el hombre deje de pensar, se deje dominar por las pasiones y acepte la servidumbre. Se trata del miedo.

El miedo puede ser una táctica de control para dirigir nuestras pasiones (generalmente la ira) hacia terceros: se crea un miedo, real o ficticio; se señala un culpable, real o inventado; y “los salvadores” se postulan para protegernos y devolvernos nuestra seguridad a cambio de entregarles nuestra libertad. Miedo y libertad, por tanto, acaban siendo incompatibles.

Pero el miedo también puede ser utilizado para doblegar voluntades de forma más directa. No olviden que el poder se define como la capacidad de modificar la situación de otra persona mediante la administración de premios y castigos, esto es, de someter la voluntad de los demás.

Un modo de lograrlo es intimidar mediante la presión de grupo. ¿Cómo funciona? Por un lado, confunde adrede la verdad con la opinión de la mayoría, confusión facilitada por la ficción democrática. Como animal gregario y social que es, el hombre cree que si toda la manada se dirige hacia un lugar allí debe haber comida y agua (aunque sea un despeñadero). No es estrictamente necesario que la mayoría real piense de un modo; basta con que el individuo así lo crea, y esto lo logran los yonquis del poder a través del martilleo mediático.

Asimismo, esa misma naturaleza social mueve al ser humano a temer ir contracorriente y arriesgarse a ser estigmatizado y condenado al ostracismo, pues la soledad le asusta y frecuentemente construye su opinión sobre sí mismo en función del aplauso ajeno.

No olviden que enfrentarse a la masa requiere mucho valor. Como nos recuerda Hannah Arendt en Los Orígenes del Totalitarismo, “han existido hombres capaces de resistir a los más poderosos monarcas y de negarse a someterse ante ellos, pero ha habido pocos que resistieran a la multitud, que permanecieran solos ante las masas manipuladas atreviéndose a decir no cuando se le exigía un sí”.

El último instrumento de manipulación que quiero comentar es el abuso del principio de autoridad. Antaño la autoridad podía ser política, militar o religiosa, pero dado el descrédito de la política, la preterición de lo militar y el declive en las creencias religiosas, los yonquis del poder han decidido convertir a la Ciencia (con mayúscula) en el nuevo dios y a los científicos en los nuevos sumos sacerdotes, siervos útiles del poder. Lo dice “la Ciencia”, así que no discutan: obedezcan.

 Naturalmente, todo esto está inventado desde hace milenios y los estudiantes de siglos anteriores, más inteligentes que los de hoy (pues carecían de móviles), lo estudiaban en cualquier curso de lógica antes de cumplir los 16: es la falacia ad verecundiam, que defiende algo únicamente porque alguien considerado una autoridad lo ha afirmado, la falacia ad hominem, que en lugar de argumentar desacredita a la persona que defiende la postura contraria, y la falacia ad populum, que defiende que algo es verdad sólo porque así lo opina una mayoría o la “opinión pública”.

Finalmente, cuando la intimidación blanda falla, el poder aumentará la presión a través del silenciamiento del disidente mediante la censura o la persecución judicial, y llegados al extremo, utilizará su privilegio de la violencia física, por ejemplo, arrestando al individuo en cuestión, legal o ilegalmente.

Hemos recorrido así el camino por el que los yonquis del poder manipulan, engañan e intimidan al hombre para que no piense y le controlan a través del miedo.

Resulta irónico que esta destrucción de la razón se haya dado precisamente en nombre de la diosa Razón en sociedades que, habiendo abandonado la idea de Dios y el sentido de la trascendencia, se sentían por fin liberadas para alcanzar la iluminación a través de un cientificismo que prometía ser la cúspide de la civilización: el hombre, por fin, se había declarado dios, definidor del bien y del mal y dueño de la vida y la muerte.

“Os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra; elegisteis el deshonor, y tendréis la guerra”, espetó un premonitorio Churchill tras el infame acuerdo de Chamberlain con Hitler. Utilizando una paráfrasis, podría decirse de las sociedades occidentales: “Os dieron a elegir falazmente entre fe y razón. Elegisteis perder la fe, y acabareis perdiendo la razón”. Como católico no puedo dejar de admirar la clarividencia de Juan Pablo II cuando defendía en Fides et Ratio que “fe y razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad”.

El declive de la razón se ha acelerado en la última década. Ejemplo de ello serían la ideología de género o el ecologismo radical que, como en épocas primitivas, adora a la Madre Tierra, pero voy a centrarme en dos cuestiones: el relato oficial sobre el covid y su paralelismo con la religión climática, cuyo principal punto en común es el control a través del miedo. En ambos casos se nos ordena que no utilicemos la razón y confiemos ciegamente en la autoridad (“científica”, naturalmente). Desobedezcamos.

Terror y mentiras covid

El SAR-CoV-2 apareció a finales del 2019 en una ciudad china en la que existe un laboratorio parcialmente financiado por instituciones norteamericanas que estaba investigando o más bien modificando genéticamente ese patógeno en concreto.

Imaginen que se produce un vertido de cacao en un pueblo donde hay una fábrica de chocolate. Como comprenderán ustedes, la probabilidad de que, de todos los lugares de la Tierra, de decenas de miles de ciudades de 195 países de cinco continentes, la epidemia del coronavirus surgiera precisamente en una ciudad donde existía un laboratorio que trabajaba con ese coronavirus sin que el origen sea ese laboratorio es ínfima. Podía haber surgido en cualquier lugar, pero lo hizo precisamente en Wuhan. Fíjense qué puntería.

Luego la razón sugiere claramente que el origen del coronavirus fue una filtración accidental de dicho laboratorio. Digo accidental porque obviamente si el gobierno chino hubiera querido desatar una epidemia no lo habrían hecho en China sino en EEUU.

A pesar de ello, los medios enseguida se hicieron eco de la versión oficial chino-norteamericana respecto al origen supuestamente zoonótico de un pangolín que aún sigue en busca y captura. La irracional e improbable explicación de un salto accidental de animal a humano prevaleció sobre la racional y probable explicación de una negligencia en un laboratorio utilizando la falacia ad verecundiam (algo es verdad porque una autoridad lo dice), y a los que osaban discutir la versión oficial se les tildó de paranoicos de teorías de la conspiración (falacia ad hominem, criticando a la persona y no el argumento).

Tras esta cortina de humo, vino el control a través del miedo: el contubernio político-mediático-farmacéutico puso en marcha una campaña de terror sin precedentes para que la población aceptara alucinantes restricciones a su libertad y se inyectara unas “vacunas” y terapias genéticas en gran medida experimentales.

Este pánico artificialmente creado permitió escenarios propios de dictaduras, como abusos policiales, toques de queda y confinamientos, mientras aparecía la figura del colaboracionista, típica de regímenes totalitarios, que denunciaba patéticamente a sus vecinos.

La clave de la campaña de terror fue la ocultación de un dato esencial: desde mediados del 2020 se sabía que el covid sólo era una enfermedad peligrosa para una minoría de la población de riesgo, definida por edad y cuatro patologías concomitantes: obesidad, diabetes, hipertensión y cardiopatías. Para el resto el covid era una enfermedad estadísticamente leve, como pusieron de manifiesto numerosos estudios epidemiológicos realizados en muchos países[3], España incluida[4].

Medidas absurdas, despóticas y arbitrarias

Las medidas liberticidas e irracionales se sucedieron una tras otra. Los ilegales confinamientos fueron un completo desastre que arruinaron mental[5] y económicamente a decenas de miles de personas sin beneficio epidemiológico alguno, llegando a la barbarie de condenar a nuestros mayores a morir solos.

Tras negar la utilidad de las mascarillas nos las impusieron caprichosamente hasta en el campo y en la playa, algo tan ridículo que da vergüenza recordarlo. En interiores la obligatoriedad de las mascarillas también constituyó un rotundo fracaso (salvo para los comisionistas), pues no impidió que se sucedieran ola tras ola de contagios[6]. Lo que sí logró la maldita mascarilla fue crear una permanente sensación de peligro que convertía al otro en una potencial amenaza para la salud, contribuyendo a la hipocondría, a la discordia y al aislamiento.

El disparate llegó a obligar a familias que vivían juntas y viajaban en un mismo coche a sentarse separadas en un restaurante, ¿lo recuerdan?

Otro ejemplo de irracionalidad fue la negación de la inmunización natural de mano de quienes sin embargo glorificaban unas terapias genéticas experimentales incluso antes de ser desarrolladas, un acto de fe muy poco científico y una contradicción flagrante, pues casi siempre pasar una enfermedad infecciosa genera una respuesta inmunológica natural más potente y duradera que vacunarse contra ella[7].

Quizá la mayor irracionalidad fue la imposición del pasaporte covid[8]. Las vacunas y terapias genéticas covid nunca previnieron el contagio ni la transmisión de la enfermedad, pero el contubernio político-mediático-farmacéutico, con el único fin de promover torticeramente la vacunación y a sabiendas de la falsedad del argumento, hizo creer que los vacunados estaban protegidos y desató una caza de brujas contra los no vacunados, acusándoles falsamente de propiciar la continuación de la epidemia. Así se completaba la tríada necesaria: un miedo, un culpable, un salvador.

Aunque los vacunados continuaron contagiándose a mansalva y muriendo por covid[9], se siguió proponiendo nuevas dosis de unas inyecciones que no sólo no funcionaban, sino que causaban un nivel de efectos adversos sin precedentes[10].

Por último, a quienes denunciaban estas contradicciones basándose en datos se les tildaba de “negacionistas” (crítica ad hominem)y se censuraban sus escritos. Mientras, los colegios médicos amenazaban a los pocos facultativos valientes que osaban alzar su voz en defensa de la evidencia científica. “Limítense a obedecer”, era la consigna. Todo muy científico.

Terror y mentiras climáticas

El experimento totalitario del covid tiene muchos paralelismos con la manipulación climática. Es incluso probable que sus autores intelectuales sean los mismos (malos, pero poco creativos), pues no por casualidad el término denigratorio “negacionista”, elegido para etiquetar a quien no aceptaba comulgar con las ruedas de molino del covid, es el mismo término que se utiliza para criticar a quienes ponen en duda la teoría del calentamiento global antrópico.

¿Qué similitudes encontramos en ambas histerias colectivas? Al igual que con el covid, el fanatismo climático ha construido un Himalaya de falsedades con fines propagandísticos partiendo de algunas premisas reales, como el aumento de CO2 en la atmósfera y el ligero calentamiento global de 0,14°C por década desde 1979[11]. Los datos, sin embargo, desmontan sus eslóganes preferidos, de modo que la letanía catastrofista se ha convertido en una cansina reiteración de necedades: la población de osos polares está aumentando[12], el coral en la Gran Barrera australiana está en máximos de los últimos 35 años[13] y la superficie de bosques del planeta crece[14].

El hielo del Ártico, sujeto a enormes variaciones estacionales e influido por fenómenos poco comprendidos como las corrientes oceánicas, está revirtiendo su anterior tendencia y lleva varios años creciendo: 2021 marcó el segundo año con más hielo desde 2003[15]. Además, como flota y ocupa ya un volumen, su derretimiento no supondría un aumento del nivel del mar. Echen hielo a un vaso de agua, esperen a que se derrita y compruébenlo.

Dado que la Antártida contiene 1.250 veces más hielo que el Ártico, el hielo que debería preocuparnos es el antártico, pero la Antártida se ha enfriado ligeramente desde 1979, lo que quizá explique que esté estable o ganando hielo[16]. De hecho, en 2021 vivió los seis meses más fríos jamás registrados[17].

La tranquilizadora realidad es que el nivel de los océanos ha aumentado unos 120 metros desde la última glaciación y en el último siglo ha aumentado entre 1 y 3mm anuales[18], un ritmo despreciable y normal en una época interglaciar.

Asimismo, los huracanes están disminuyendo en número e intensidad al menos desde 1990[19], la superficie total quemada por incendios forestales a nivel global ha descendido un 25% en las últimas dos décadas[20] y “sigue sin haber evidencia a nivel global respecto al signo de la tendencia, magnitud y frecuencia de las inundaciones y de las sequías desde mediados del s. XX” (IPCC, AR5, WG I, capítulo 2.6, p. 214-217).

Cuando las generaciones venideras estudien las histerias colectivas del s. XXI se preguntarán cómo las sedicentes “élites” occidentales decidieron empobrecer a su población en nombre de una excéntrica teoría sustituyendo fuentes de energía baratas, eficientes y fiables por otras que son caras, ineficientes e intermitentes (alias “renovables”), que sólo funcionan en determinadas latitudes, cuando luce el sol o cuando sopla el viento. Alucinante.

El control a través del miedo

El contubernio político-mediático primero nos dice de qué debemos asustarnos. Luego busca un culpable: los no vacunados, los “irresponsables” jóvenes o los combustibles fósiles. Seguidamente, nos intimida mediante la presión de grupo y figuras de autoridad (los famosos “expertos”).

Se niega el debate, se censura cualquier información que no coincida con la mentira oficial y quienes osan mostrarse escépticos son tachados de “negacionistas”. Evidentemente, esto no es ciencia sino la antítesis de la ciencia, un dogma de obligada creencia que no está permitido discutir ni puede ser sometido al escrutinio de los datos.

Como es bien sabido, el método científico (o la inferencia de teorías a partir de hechos observados) tiene una parte inductiva, en la que de un número limitado de observaciones se intentan extraer leyes, reglas o principios generales que permiten hacer predicciones, y una parte deductiva en la que se aplica la teoría general y se observa si los datos reales validan la hipótesis.

Tanto con el covid como con el cambio climático el proceso de deducción ha fallado, por lo que si el proceso fuera científico dichas hipótesis habrían sido desechadas.

En el caso del covid, las intervenciones no farmacéuticas (confinamientos, mascarillas, etc.) no han funcionado: Suecia, que no hizo nada, ha tenido un exceso de mortalidad muy inferior a la mayoría de países que sí tomaron dichas medidas, España incluida[21], y en EEUU, estados que no tomaron medida coercitiva alguna (como Dakota del Sur) han tenido similar o menor mortalidad que otros estados que sí las adoptaron[22]. Por otro lado, las “vacunas” y terapias genéticas no sólo han resultado ineficaces para acabar con la epidemia, sino que han causado efectos secundarios adversos sin precedentes (no hay más que ver el “inexplicado” exceso de mortalidad[23]).

En el caso del cambio climático, los modelos de circulación general en cuyas proyecciones se basan las predicciones catastrofistas llevan 30 años fracasando en sus previsiones de un apocalipsis que nunca llega. Si se tratara de ciencia, un historial predictivo tan lamentable hace tiempo habría desautorizado la hipótesis de origen. En realidad, el hombre aún ignora en gran medida el porqué de las variaciones climáticas, de modo que “los modelos matemáticos simplifican una realidad tremendamente compleja, caótica, en aras a realizar proyecciones – a treinta, cincuenta, setenta años – que carecen de robustez[24]”.

Una realidad orwelliana

En su novela 1984, George Orwell describe una distopía totalitaria en la que un Estado todopoderoso y opresivo tiraniza a la población mediante una vigilancia masiva y una represión implacable.

Parte importante del sistema es el control del pensamiento mediante la perversión del lenguaje, de modo que el significado real de las palabras sea el opuesto al que le corresponde. Así, el Ministerio del Amor se ocupa de administrar los castigos y la tortura , el Ministerio de la Paz se encarga de lograr un estado de guerra perpetua (¿epidemia perpetua?), el Ministerio de la Abundancia está encargado de conseguir que la gente viva siempre al borde de la subsistencia mediante un duro racionamiento (¿de la electricidad?) y el Ministerio de la Verdad se dedica a engañar constantemente (¿a través de los medios?).

¿Estamos viviendo el comienzo de esta pesadilla distópica? A la superstición la llaman ciencia; a la censura, libertad; a la envidia y la codicia de los bienes ajenos, solidaridad; a la histeria, sensatez; a un totalitarismo creciente, democracia; a los que ofrecen datos, “negacionistas”, y a los que los niegan, “científicos”; a los que aplican razonamientos lógicos, “paranoicos de la conspiración”, pero los que repiten la consigna como papagayos, ciudadanos ejemplares.

Tanto la Cultura del Miedo como el declive de la razón, que difumina los contornos que separan la verdad de la mentira, son incompatibles con la libertad. Como nos advierte Hannah Arendt, filósofa judía alemana superviviente del nazismo, “el objeto ideal de la dominación totalitaria no eran el nazi o el comunista convencidos, sino las personas para quienes ya no existía la distinción entre el hecho y la ficción, entre lo verdadero y lo falso”.

Querido lector: yo quiero interpelarle directamente. Cuando llegue el nuevo totalitarismo encontrará dos grupos de personas. El primero, mayoritario, estará compuesto por personas aborregadas, supersticiosas, esclavizadas por el miedo y las adicciones y corrompidas por las promesas de los demagogos. Éstas recibirán a los nuevos tiranos entre vítores, pues los considerarán sus salvadores. El segundo grupo, minoritario, estará formado por los centinelas de la verdad y de la libertad, personas sobrias, libres, valientes y pensantes que le plantarán cara. Constituirán la última línea de defensa, y yo le pregunto: ¿a qué grupo se unirá usted?

Fernando del Pino Calvo-Sotelo, El Escorial   

Referencias

[1] Conferencia pronunciada en la II Escuela de Liderazgo y Vida Pública del CEU-CEFAS

[2] N. Gómez Dávila, Escolios a un Texto Implícito, Ed. Atalanta.

[3] An empirical estimate of the infection fatality rate of COVID-19 from the first Italian outbreak (medrxiv.org) y Bulletin of the World Health Organization (nih.gov)

[4] ITCoronavirus.pdf (sanidad.gob.es)

[5] Mental Health and COVID-19: Early evidence of the pandemic’s impact: Scientific brief, 2 March 2022 (who.int)

[6] ¿Las medidas físicas, como el lavado de manos o el uso de mascarillas, detienen o frenan la propagación de los virus respiratorios? | Cochrane y Landmark Danish study finds no significant effect for facemask wearers | The Spectator

[7] Frontiers | Will SARS-CoV-2 Infection Elicit Long-Lasting Protective or Sterilising Immunity? Implications for Vaccine Strategies (2020) (frontiersin.org)

[8] Tribunal Supremo y pasaporte covid – Fernando del Pino Calvo-Sotelo (fpcs.es)

[9] Actualizacion_585_COVID-19.pdf (sanidad.gob.es)

[10] La ley del silencio (II) – Fernando del Pino Calvo-Sotelo (fpcs.es)

[11] La ley del silencio (II) – Fernando del Pino Calvo-Sotelo (fpcs.es)

[12] Latest Global Temps « Roy Spencer, PhD (drroyspencer.com)

[13] The State of the Polar Bear Report 2021 (thegwpf.org)

[14] AIMS_LTMP_Report_on GBR_coral_status_2021_2022_040822F3.pdf

[15] Global land change from 1982 to 2016 | Nature

[16] Arctic Sea Ice Extent Second Highest in 18 Years at the end of 2021, Now Close to 13 million square kilometers, while the Hudson Bay Finally Froze in the Last 2 weeks (severe-weather.eu)

[17] NASA Study: Mass Gains of Antarctic Ice Sheet Greater than Losses | NASA

[18] Antarctica’s last 6 months were the coldest on record – CNN

[19] Climate Change: Global Sea Level | NOAA Climate.gov

[20] Trends in Global Tropical Cyclone Activity: 1990–2021 – Klotzbach – 2022 – Geophysical Research Letters – Wiley Online Library

[21] A human-driven decline in global burned area | Science

[22] Excess mortality during the Coronavirus pandemic (COVID-19) – Our World in Data

[23] • U.S. COVID death rate by state 2022 | Statista

[24] MoMo (isciii.es)

[25] La difícil modelización sin una teoría más sólida del clima, J. J. Calaza, CLAVES núm. 268, ene 2020.


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sábado, julio 18, 2020

La verdad y la plaga. Francisco Almagro Domínguez: La gravedad de la plaga no es la plaga en sí, sino los efectos que está teniendo sobre el hombre posmoderno, materialista, desconfiado y soberbio



La verdad y la plaga

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La gravedad de la plaga no es la plaga en sí, sino los efectos que está teniendo sobre el hombre posmoderno, materialista, desconfiado y soberbio
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Por Francisco Almagro Domínguez
Miami
16/07/2020
Tu verdad no; la verdad
y ven conmigo a buscarla.
La tuya, guárdatela.
Antonio Machado

¿Y qué es la verdad? Pregunta Pilatos a Jesús, según el evangelista Juan, después que el Cristo ha dicho que ha venido al mundo para decir la verdad. Mas allá de su valor teológico e incluso filosófico, el relato bíblico enfrenta dos personas con conceptos distintos de la verdad. El romano con todo su poder terrenal hace una pregunta retórica, irónica. Jesús, para quien su respuesta proviene del judaísmo, desafía el dominio material del prefecto imperial de Judea. Como señalan algunos biblistas, dos mil años atrás la racionalidad grecolatina es retada por la experiencia de la fe. Para decirlo en lenguaje de nuestros días: Pilatos y Jesús no están en la misma página: cada cual comprende el significado y el significante de la palabra verdad de modo diferente.

No es atrevido pensar que, por nuestras raíces grecolatinas y judeocristianas la verdad para nosotros no es solo razón, sino también experiencia. Llegar a la verdad de las cosas puede entonces, como han escrito tantos filósofos desde la antigüedad, ir por dos senderos: el de la racionalidad y el de la práctica, a través de la abstracción y de la sensopercepción. Es tan antiguo el debate sobre el conocimiento de la verdad, que algunos estudiosos afirman que todo se encuentra en Platon, idealista, y Aristóteles realista-materialista. Lo demás son anotaciones al margen.

Partiendo pues de la dificultad para conocer y comprender la verdad, los astutos filósofos y políticos de la posmodernidad resolvieron el dilema con el viejo concepto del solipsismo —existe lo que yo percibo como real. Toda verdad es relativa. Al no existir ninguna verdad absoluta —ni siquiera este enunciado, que se autonegaría— todo vendría a ser según el cristal con que se mire —Ley Campoamor. Caminaría el ser humano entre verdades a medias o mentiras, que es lo mismo. Los críticos de la posmodernidad achacan la pérdida de valores occidentales, precisamente, a que hay verdades que no pueden ser relativas porque el ser humano perdería su centro de gravedad racional y moral. Buscando la verdad con excesiva libertad, con libertinaje, vale todo, comenzaría el final de la vida en democracia.

Esta larga introducción es para decir que si hay una víctima mayor en la pandemia de covid-19 es la verdad. Se ha impuesto a un gravísimo suceso clínico la ideología subjetivista-relativista: todo depende de cómo percibe cada uno la enfermedad. Cada cual sabe cómo combatir la infección, y su tratamiento. Para el hombre posmoderno, sin asideros ciertos, los científicos mienten, los políticos mienten, los periodistas mienten. A veces solo la Internet posee algo de verdad. Esa es una gran diferencia con otras plagas mortales, incluida la mal llamada Gripe Española. La pandemia de 1918 encontró un mundo en guerra, dividido. Pero nadie se cuestionaba la rápida propagación ni las medidas de protección como las mascarillas de tela y gasa, aunque poco pudieron ayudar entonces a salvar vidas.

De modo que la gravedad de la plaga no es la plaga en sí, sino los efectos que está teniendo sobre el hombre posmoderno, materialista, desconfiado, soberbio, sin código moral y ético definido, incoherente, y, sobre todo, inculto. El hombre de la subjetividad individual del todo vale, ha sido alimentado desde el último tercio del siglo XX solo con apariencias y no compromiso; es pobre de espíritu, en hacer por los demás, en sentir y abrazar la otredad.

La sospecha de que todos mienten, que vivimos en el imperio de las no-verdades, hace que millones no tomen en serio la gravedad de la pandemia. He aquí el peligro de la libertad sin responsabilidad: en la medida que los países más desarrollados de Occidente se han montado en el carro del secularismo y el relativismo, la Plaga los ha azotado con más fuerza. No es un castigo divino. Es la lógica de la Verdad, con mayúsculas: hay un orden de las cosas, y ese orden, llámese medio ambiente, derechos humanos, la defensa de la vida y de una muerte digna debe ser respetado; frutos que el hombre no debe tocar en el poético Árbol del Bien y el Mal si no quiere verse desnudo, alegóricamente, en este valle de lágrimas.

La última “hazaña” en la búsqueda individual de la verdad ha sido la demolición de los símbolos históricos. Sin llegar a consensos, proveídos de una incultura rampante, grupos de vándalos deciden por su cuenta quienes deben permanecer en bronce o en mármol, y quienes no. Quienes los apoyan se escudan en el derecho personal a juzgar la historia. Ninguno se ha preguntado por qué los regímenes totalitarios comienzan tumbando estatuas y quemando banderas sin pedir permiso a nadie. El vandalismo que hemos visto no es más que la expresión de una sociedad donde las personas se arrogan el derecho de revisar el pasado según sus intereses y ahí no paran: toman acciones violentas contra símbolos y personas que no se acomodan a su visión del mundo.

En el caso de Estados Unidos, la verdad ha sido secuestrada por las elecciones de noviembre próximo y el país está pagando un alto precio por ello. Pareciera que ningún bando es sincero, y, en consecuencia, el ciudadano está decidiendo por su cuenta que hacer y no hacer. Los opositores al presidente han tomado algunos de sus errores prácticos y discursivos para repetir hasta la saciedad que ha sido incompetente frente al coronavirus. El presidente Trump, según sus críticos, no ha hecho nada o lo ha hecho todo mal. Para ellos no hay términos medios. Es una verdad absoluta.

Entre muchas medias verdades de la prensa esta que Donald Trump recomendó inyectarse o tomar cloro; reportaron dos decenas de casos intoxicados, y nunca se publicó un nombre, un lugar, un fallecido por esa causa. La prensa ha dicho que sus funcionarios se niegan a usar mascarillas; es fácil comprobar que todos la llevan puesta. Los opositores hablan de que su entorno no respeta el distanciamiento social; en el Jardín de las Rosas y en la Sala de Prensa de la Casa Blanca están sentados todos a seis pies de distancia uno del otro. Habló Trump de la hydrocloroquina como un probable medicamento alternativo; sugirió que podía ser útil y barato. Es como si hubiera prescrito el medicamento por orden ejecutiva.

El presidente se defiende a su muy particular manera: los científicos pueden tener “su” verdad, y los políticos la “suya”; y como nadie se pone de acuerdo, hace valer “su” autoridad, bien ganada en las urnas. Para Trump basta ser el mejor país del mundo haciendo test, de modo que no hay que preocuparse tanto. ¿Donald Trump es la verdad absoluta? No puede serlo. Es un ser humano, y con ciertas características de personalidad que lo hacen vulnerable. En la medida que sus rivales sigan usando el desorden y las medias verdades para dañar la reelección, se fortalecerá por un simple sentido de solidaridad con la víctima —un papel, hay que admitirlo, que el presidente sabe hacer muy bien.

Muchos de sus seguidores, y otros que permanecen en las sombras, esperan noviembre 3, como hace cuatro años, para votarle. Las encuestas, que no son la realidad sino una aproximación matemática, parecen favorecer al candidato demócrata. Las encuestas deberían leerse al revés entre tanta posverdad y relativismo. El hombre posmoderno se ha habituado a pensar poco, y a no hacerse responsable ni por ese poco. La racionalidad y la certeza de la fe y de la experiencia han dado paso a la cultura del espectáculo, de la subjetividad, del aquí-ahora y el no-compromiso. Esa es la lectura que Donald Trump ha sabido hacer del electorado. Esa es la que aún no han hecho sus oponentes.

Publicado en Habaneciendo.com, Blog del autor.

© cubaencuentro.com

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jueves, febrero 27, 2020

Video: Conversación sobre los mecanismos utilizados por el marxismo cultural para destruir la idea de nación, de la familia, de la religión, del patriotismo, la identidad social y la de género biológico. Participan Julio M. Shiling y fernando Godo. Programa conducido por Enrique Encinosa,




Mecanismos del marxismo cultural, Conversación sobre los mecanismos utilizados por el marxismo cultural para destruir la idea de nación, de la familia, de la religión, del patriotismo, la identidad social y la de género biológico, en el programa El Mundo al Día de La Poderosa 670 AM entre Fernando Godo y Julio M. Shiling con el historiador y presentador Enrique Encinosa, transmitido el 18 de febrero, 2020.

El sistema de autogobierno como lo previeron el Padre Varela, Martí, los fundadores de los Estados Unidos entendían bien que si no hay una base de valores morales como parámetros, el sistema de gobierno puede ser una licencia para cometer atrocidades para autodestruirse, tiene que haber una formación cívica, una formación patriótica y una religión para los cristianos, no estamos hablando de tener un país lleno de monaguillos pero si combatir el relativismo moral, muchos de los enemigos de la democracia que se quieren meter utilizando mecanismos que parten del Marxismo Cultural para destruir la idea de nación, la idea de la familia, la idea de la religión porque les quita a ellos el poder que quieren lograr de crear un ciudadano sin identificación a nada en particular, que sea fácil de manipular y existir en un estado donde pueden llevar a cabo la simulación de que hay una democracia y realmente suprimir la libertad, de hecho ahora lo estamos viendo cada vez más la manipulación de la noción de igualdad ante la ley que se va perdiendo a medida que hacen espacios para exponer la ideología de género, que promueve que que no hay dos sexos, negando la biología y que las personas se pueden identificar con un sexo diferente al sexo biológico y que pueden tener el sexo que ellos quieran cosas totalmente absurdas y después te pueden hasta criminalizar si tú te refieres a esas personas de forma diferente a las que ellos quieren implantar.


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