domingo, agosto 30, 2026

Julio M. Shiling: El socialismo democrático es un oxímoron, ES DECIR: dos palabras o expresiones de significado opuesto que originan un nuevo sentido

Nota del Bloguista de Baracutey Cubano

Tomado de https://dle.rae.es/ox%C3%ADmoron?m=form

OXÍMORON

Artículo Definición Del gr. ὀξύμωρον oxýmōron.

m. Ret. Combinación, en una misma estructura sintáctica, de dos palabras o expresiones de significado opuesto que originan un nuevo sentido, como en un silencio atronador.

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 Tomado de https://patriademarti.com/

El socialismo democrático es un oxímoron

Por Julio M. Shiling

Agosto 28, 2026

El «socialismo democrático» es una conveniencia retórica, no una categoría política coherente. Es un oxímoron porque los fines del socialismo —la propiedad colectiva o el control estatal decisivo de los medios de producción, la subordinación de la propiedad privada, la cultura y las señales del mercado a un plan integral de justicia social, y la reconfiguración de las relaciones humanas según un modelo moral igualitario— no pueden alcanzarse ni mantenerse por medios democráticos. Su aplicación requiere coacción. La coacción a esa escala corroe las mismas instituciones que hacen posible la democracia. El patrón histórico es constante: lo que comienza como una promesa de empoderamiento popular se endurece hasta convertirse en una administración autoritaria y, con frecuencia, en un control totalitario.

El socialismo no es, ante todo, un ordenamiento económico. La economía es el instrumento. El proyecto más profundo es político y antropológico: el rediseño de la sociedad para que el interés privado, la autoridad tradicional y la asociación espontánea cedan ante una concepción dominante del bien. Los derechos de propiedad, los contratos, las formas familiares, la producción cultural e incluso el lenguaje moral deben alinearse con esa concepción. Una vez que el objetivo es una reestructuración integral en lugar de una redistribución gradual, las herramientas de la deliberación democrática se convierten en obstáculos. Los votantes pueden rechazar el aumento de los impuestos, las nacionalizaciones, los códigos de expresión o las imposiciones curriculares. Los mercados pueden generar desigualdades que el plan no puede tolerar. La sociedad civil puede dar cobijo a asociaciones disidentes. En ese momento, el proyecto socialista debe o bien retroceder o bien sortear los obstáculos. Sortearlos es la opción más habitual.

El siglo XX nos lo demuestra. Los bolcheviques, tras hacerse con el poder en nombre de los trabajadores, reprimieron rápidamente a los partidos socialistas rivales, a los sindicatos independientes y a la prensa libre. El partido de Vladimir Lenin había entrado en el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso como una facción; salió de él como el monopolio del poder. La China de Mao, la Cuba de los Castro, el Bloque del Este después de 1945: todos comenzaron con el discurso de la liberación popular y terminaron con un régimen de partido único, policía secreta y la criminalización de la iniciativa privada. Incluso los experimentos más moderados que mantuvieron una competencia multipartidista formal —el Chile de Allende, durante un tiempo— se basaron en la presión extralegal, la expropiación sin una compensación fiable y la polarización de las instituciones hasta que el orden constitucional se derrumbó. Este patrón no es casual. Cuando el Estado reclama la autoridad para reasignar el capital, la mano de obra y el capital cultural según un único plan, también debe reclamar la autoridad para silenciar, reeducar o liquidar la resistencia. La democracia, que presupone elecciones disputadas, un poder judicial independiente y esferas privadas protegidas, no puede sobrevivir indefinidamente a esa reivindicación.

Los marxistas occidentales contemporáneos comprendieron la dificultad y cambiaron el campo de batalla. György Lukács, Antonio Gramsci y la Escuela de Frankfurt reconocieron que el determinismo económico por sí solo era insuficiente en las sociedades avanzadas. La hegemonía cultural —el control de las universidades, los medios de comunicación, las iglesias, la familia y el lenguaje de la vida cotidiana— se convirtió en la condición previa necesaria para el poder político. Una vez capturados los medios de producción culturales, el moralismo socialista puede presentarse como sentido común y la disidencia como patología. El proyecto sigue siendo totalizador; solo ha cambiado la secuencia. Las formas democráticas se mantienen mientras promuevan la hegemonía y se descartan cuando la obstaculizan.

Por eso hay que leer con atención a los Socialistas Democráticos de América en los Estados Unidos. Su programa no es un Estado del bienestar al estilo nórdico. Es el desmantelamiento gradual de la arquitectura liberal-democrática y republicana que hace posibles los mercados y un gobierno limitado. La analogía con el entrismo de Lenin no es exagerada. Una minoría disciplinada pretende hacerse con el control de un partido mayoritario, redefinir su vocabulario y utilizar el éxito electoral como plataforma para una transformación institucional más profunda. La retórica de la «democracia» funciona como camuflaje. Estados Unidos se enfrenta actualmente a la amenaza de esta ofensiva del caballo de Troya.

La confusión con la socialdemocracia o la democracia cristiana es, por lo tanto, un error de categoría. Ambas tradiciones operan dentro de una economía de mercado y un orden constitucional que protegen la propiedad privada y el pluralismo político. Gravan, regulan y redistribuyen en diversos grados —a veces de forma considerable—, pero no pretenden abolir el sistema de precios ni rediseñar a la persona humana. Otto von Bismarck introdujo las primeras prestaciones sociales modernas precisamente para socavar la agitación socialista, al tiempo que preservaba el orden existente. Los países nórdicos siguen siendo economías capitalistas con una gran flexibilidad en el mercado laboral, propiedad privada de la mayor parte del capital y una sólida competencia democrática. Su éxito es prueba de que los mercados, junto con las prestaciones sociales, pueden coexistir con la democracia. No es prueba de que el socialismo pueda hacerlo.

La distinción es sumamente significativa para cualquier sociedad que contemple una transición democrática, incluida Cuba. Una Cuba poscomunista que adopte un modelo de Estado del bienestar dentro de un marco de mercado y una auténtica competencia multipartidista no sería socialista. Una Cuba que mantenga el monopolio del partido sobre los sectores clave de la economía y la cultura, limitándose a rebautizarse como «socialista democrática», seguiría siendo dictatorial bajo una nueva etiqueta. La primera opción conserva la posibilidad de corregir el rumbo; la segunda, no.

El atractivo moral del socialismo es real. Muchos de sus defensores son sinceros en su deseo de reducir el sufrimiento. La sinceridad, sin embargo, no altera la lógica institucional. Para imponer un rediseño integral de la vida política, social, cultural y moral se requieren instrumentos de poder que las sociedades democráticas limitan, con razón. Esos instrumentos, una vez normalizados, no permanecen limitados. El «socialismo democrático», por lo tanto, designa un híbrido temporal e inestable. La democracia es el envoltorio; el socialismo es el producto. La historia demuestra qué elemento prevalece.

© Patria de Martí. Todos los derechos reservados.

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miércoles, diciembre 17, 2025

Alberto Roteta Dorado: CHILE, LA TRASCENDENTAL VICTORIA DE JOSÉ ANTONIO KAST

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La reciente victoria del representante del Partido Republicano, José Antonio Kast, frente a la comunista Jeannette Jara, tiene un significado de carácter trascendental, no solo para Chile, sino para toda la región.

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Por: Dr. Alberto Roteta Dorado

16 de diciembre, 2025

Santa Cruz de Tenerife. España. Hispanoamérica está experimentando un positivo cambio desde el punto de vista político. Naciones como Argentina, Ecuador, Bolivia y Perú decidieron decir adiós al socialismo luego de varios años de dominación izquierdista, algunas, como el caso de Argentina con el Kirchnerismo se prolongó lo suficiente como para dejar profundas huellas con repercusiones en su economía, sin olvidar a Ecuador, bajo la sombra de un correísmo que sobrepasó los límites de la democracia para dar paso a un sistema muy cercano a lo dictatorial, por solo mencionar dos ejemplos con matices diferentes en su proyección; aunque con un denominador común: el socialismo del siglo XXI.    

Ahora, Chile se suma al grupo de países que han decidido, mediante el voto, desprenderse de una ideología y sistema político que, junto al nacismo, tiene un enorme récord si se tiene en cuenta el total de muertes originadas como consecuencia de las acciones directas o indirectas sobre las naciones que han estado bajo su dominación.  

La reciente victoria del representante del Partido Republicano, José Antonio Kast, frente a la comunista Jeannette Jara, tiene un significado de carácter trascendental, no solo para Chile, sino para toda la región. No se trata de algo anecdótico, sino de un hecho relevante, toda vez que se enfrentaron dos candidatos diametralmente opuestos en sus ideologías y el representante de la derecha salió victorioso con más del 58% de los votos, lo que representa una diferencia de 16 puntos por encima de la comunista Jeannette Jara. 

Esto demuestra el despertar del pueblo chileno después de haber experimentado la agonía socialista de manos de Gabriel Boric (2022-2026), la etapa más reciente, y de Michelle Bachelet (2006-2010) - (2014-2018), la socialista que impuso las aberradas doctrinas del Socialismo del siglo XXI en la nación suramericana, en etapas anteriores. El triunfo de Kast tuvo, además del significado trascendental y simbólico, un carácter histórico, si se tiene en cuenta que ganó en todas las regiones de Chile, sin excepción, algo que no había ocurrido nunca desde el retorno a la democracia. 

Las sociedades en estos tiempos suelen estar demasiado polarizadas, algo que se refleja en el comportamiento de las multitudes tras conocerse el triunfo de José Antonio Kast. Las reacciones de los chilenos van desde la euforia ante su triunfo definitivo y el adiós al socialismo, pasando por el escepticismo y la incertidumbre, hasta llegar al rechazo más radical por parte de aquellos que permanecen anclados a los cánones de un aparente progresismo del que viven, cual parásitos humanos. Ya los más radicales de estos últimos se lanzaron a las calles en son de protesta ante su derrota. Ya sabéis que la izquierda siempre se resiste a aceptar cuando se pierde. 

Muchos expresan con gran alegría su afinidad hacia el futuro gobernante, otros se refieren a la necesidad de un cambio rotundo tras varios años del socialismo de Boric y de la alternancia entre etapas progresistas y conservadoras, otros son más enérgicos y se pronuncian abiertamente contra el comunismo, los hay que, con una perspectiva un tanto visionaria alertan de la grave amenaza que representa le persistencia del socialismo, no solo en Chile, sino para toda la región.  

Recordemos que Chile ha estado bajo los efectos de un ritmo alternante, en el que, de manera cíclica gobierna un partido o coalición abiertamente socialista, seguido de una etapa de derechas, algo que resulta patente desde los inicios del siglo XXI. Esta alternancia cíclica de izquierda-derecha, derecha-izquierda, durante dos décadas es el reflejo de esa polarización social y política de Chile. Esto no es un fenómeno aislado en el contexto de Suramérica. Con la llegada del Chavismo en Venezuela y bajo el impulso que ofrecieron los líderes de izquierda de varias naciones como Ecuador, Bolivia, Argentina, Brasil y Chile, entre otras, parecía que en la región suramericana echaría raíces esta aparente nueva modalidad socialista, la que, al final, tenía muy poco de nuevo y mucho de perversión y corrupción.  

Como era de esperar, una vez que las promesas se quedaron en promesas, la corrupción pasó a ocupar el protagonismo de la nueva escena socialista y las limitaciones a las libertades más elementales mediante severas restricciones, sin olvidar las modificaciones a las Constituciones para lograr permanecer en el poder cuasi de manera perpetua, las multitudes dejaron de creer en el “milagro prometido” del nuevo siglo.

De ahí que países como Argentina, con la elección de Mauricio Macri; Brasil con el voto para Jair Bolsonaro; Ecuador con la llegada al poder de Guillermo Lazo; el propio Chile con Sebastián Piñera y Bolivia con el rotundo triunfo de Rodrigo Paz, experimentaron cambios rotundos. Este viraje radical a partir de la asunción del poder de gobiernos de derecha o centroderecha pudiera resultar alentador si se ve solo desde la óptica de las estadísticas, los números y los resultados eleccionarios. 

Sin embargo, los que hemos tratado de adentrarnos en el estudio y la observación del comportamiento de las multitudes de estas naciones de la región sabemos que, generalmente, luego de una etapa donde gobierna la derecha llega otra con el resurgir de las tendencias de izquierda. Siempre queda el germen latente de la perversidad de los temerarios movimientos izquierdistas. Téngase presente lo que ocurrió en Brasil, una nación donde fue electo el expresidiario Luis Ignacio da Silva, acusado con pruebas demostrables que lo llevaron a cumplir su condena, así como en Colombia, país que se había logrado mantener al margen del socialismo, donde las masas ignorantes eligieron a Gustavo Petro, un exguerrillero con un amplio historial de criminalidad. 

Esto demuestra que a las masas les interesa muy poco, o nada, el origen, antecedentes, orientación política y un largo etcétera de sus mandatarios. Si los líderes durante sus campañas electorales los logran convencer, mediante la persuasión deliberada, de sus proyectos sociales, generalmente dirigidos a poblaciones manipulables y en estados de gran vulnerabilidad como la pobreza, la extrema pobreza, la marginalidad y el ostracismo, la desigualdad racial, étnica o social, entre otros aspectos, serán elegidos, toda vez que el voto es algo puramente numérico, o sea, exclusivamente cuantitativo. De ahí que el voto emitido por un intelectual, con capacidad de análisis reflexiva para distinguir la realidad del malévolo engaño de los socialistas, tenga el mismo valor del que emite un iletrado, con limitaciones intelectuales que le impidan ver "con ojos de más luz", para elegir adecuadamente a alguien que de verdad pueda asumir el mando de un país. 

No es pesimismo, sino la realidad contextual de la llamada América Latina. Es triste, pero esta es su historia si de mandatos, elecciones, candidatos presidenciales, reformas constitucionales, referéndum, plebiscitos, etc., se trata. Esta alternancia de gobiernos de derechas y de izquierdas como patrón identificativo de su política es un hecho innegable – como si se siguiera el ritmo cósmico del universo en sus vaivenes de actividad y reposo–. De modo que este triunfo reciente de José Antonio Kast solo les dará una etapa transitoria de democracia, de libertad y de prosperidad a los chilenos. Recordemos los caos antes citados de Brasil y de Argentina con su retorno a los regímenes de izquierda. 

Luego de su mandato podrán elegir, como lo han estado haciendo desde la llegada del presente siglo, a un representante de izquierdas capaz de saquear a su patria, de intentar modificar la Constitución, de convocar a los líderes marxistas del progresismo a amplias tenidas burocráticas para “salvar” a la izquierda de su indetenible decadencia – como hizo Boric recientemente–, entre otras tantas cosas que, como todos sabéis, siempre hacen los gobiernos de izquierda, porque, insisto, no hay izquierda moderada, atenuada o más o menos liberal. Los gobiernos de izquierda son siempre temerarios y devienen, sin exclusión alguna, en dictaduras.  

Por ahora, hemos de felicitar al pueblo chileno que esta vez supo elegir adecuadamente, dejando a la militante comunista excluida y permitiendo, a través del voto, el contundente triunfo de un hombre que representa los ideales de la libertad, la tradición, la cultura del mundo occidental, los valores de la religión, del hombre y de la familia.   

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El Primer Discurso del Presidente Electo José Antonio Kast



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martes, julio 22, 2025

Roberto Álvarez Quiñones: La izquierda exhibe con Cuba su cara reaccionaria. ¿Qué quiere la izquierda, que los cubanos agachen la cabeza y aplaudan a sus verdugos? ¿Es eso progresista

La izquierda exhibe con Cuba su cara reaccionaria

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¿Qué quiere la izquierda, que los cubanos agachen la cabeza y aplaudan a sus verdugos? ¿Es eso progresista?

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Por Roberto Álvarez Quiñones

Miami

20 julio 2025 

La izquierda internacional, sobre todo la de América Latina y España, parece no advertir, o no le importa, que con su apoyo a la tiranía encabezada por Raúl Castro destiñe su fachada progresista, muestra su rostro reaccionario, hipocresía, y se erosiona a sí misma.

Y pongo esto sobre el tapete a propósito de haberse cumplido recientemente cuatro años del 11 de julio de 2021, la mayor rebelión popular política contra Gobierno alguno en la historia de Cuba, con multitudes de cubanos en las calles de 56 ciudades simultáneamente gritando "Libertad", "Abajo el comunismo", "Abajo la dictadura" y otras consignas contra el régimen y sus dirigentes.

Porque aquella valiente protesta política nacional no recibió respaldo alguno ni aliento de la izquierda. De haber sido contra una dictadura o un Gobierno derechista, el apoyo a los manifestantes habría sido apoteósico, en los medios, redes sociales, partidos políticos y gobiernos.

¿Tiene credibilidad una ideología política aplicada a capricho?

¿Qué credibilidad puede tener una filosofía política y social que se lleva a la práctica de manera selectiva, basándose en un oscurantismo ideológico dogmático de tufo medieval? ¿Qué quiere la izquierda, que los cubanos agachen la cabeza y aplaudan a sus verdugos? ¿Es eso progresista?

La alianza con la mafia que usurpa el poder en Cuba denigra a la izquierda, hace añicos la bonita fachada configurada con su discurso político-ideológico.

Se burla de los derechos humanos individuales y sociales; de la democracia liberal basada en la independencia de los poderes públicos y el sufragio universal; de la pluralidad de partidos políticos; de la libertad de expresión, de asociación, sindical, económica y política; del combate a los abusos gubernamentales de todo tipo, la defensa de los oprimidos y marginados.

Absolutamente todos esos principios democráticos liberales y humanísticos se pisotean diariamente en Cuba. Y desde hace 66 años.  ¿Por qué en vez de defender y ayudar a las víctimas se alaba y se ayuda a sus victimarios? ¿Por qué ni siquiera se admite que en Cuba hay una dictadura?

Pregúntesele a Lula, a Petro, Boric, Claudia Sheinbaum, Luis Arce, Pedro Sánchez o Antonio Guterres (por solo citar seis jefes de Gobierno y un secretario general de la ONU) si en Cuba hay una dictadura. Verán el cantinfleo verbal para justificar la respuesta de que no hay dictadura en Cuba. ¿Es eso progresista?

Y hay más, cuando en febrero de 2010 murió en una huelga de hambre el valiente preso político Orlando Zapata, el entonces también presidente brasileño, Lula, encima de que justificó su muerte lo calificó de delincuente.

El Foro de Sao Paulo y el Grupo de Puebla, las dos "internacionales" de inspiración subversiva de la izquierda latinoamericana, no solo no han excluido a las dictaduras de Venezuela y Nicaragua, sino que el 28 de julio de 2024, tras el fraude en las elecciones en Venezuela, el Foro de Sao Paulo envió a Caracas este solidario mensaje textual: "Con alegría felicitamos la victoria del compañero Nicolás Maduro, reelegido presidente por el pueblo venezolano, dando continuidad a la revolución bolivariana".

La izquierda aplaude y magnifica hoy las protestas en Argentina contra el Gobierno de Javier Milei, y lo hizo a propósito de las protestas contra Bolsonaro en Brasil, Piñera en Chile e Iván Duque en Colombia. O sea, se rechaza a gobiernos elegidos democráticamente y se respalda a una autocracia criminal implacable que hambrea a su pueblo.

Es una vergüenza que a estas alturas la izquierda no se haya desprendido del mito-fetiche que inventó Fidel Castro a mediados del siglo XX sobre la "revolución cubana" redentora de un "país muy pobre" que, cual David bíblico se enfrentaba al Goliat gigante imperialista del Norte que lo explotaba. Aquella falacia la izquierda la sublimó y eternizó.

¡Pamplinas! A fines de 1958 lo que querían los cubanos era que el dictador Batista se fuera y se restaurara la Constitución de 1940. Jamás escuché a nadie entonces abogar por una revolución social en Cuba. ¿A santo de qué?  

Era innecesaria en un país que junto a Uruguay y Argentina registraba el más alto nivel de vida en América Latina, y cuyo ingreso per cápita duplicaba al de España, igualaba al de Italia y superaba al de varios países de Europa

La izquierda fanática es reaccionaria, retrógrada, antiprogresista

En fin, al apoyar al castrismo la izquierda muestra su rostro reaccionario, retrógrado, contrarrevolucionario, antiprogresista. Búsquese en un diccionario la palabra reaccionario y se leerá: "de reacción, que describe un movimiento en la dirección opuesta (…) se aplica a la persona o a la ideología que defiende y se aferra a lo viejo, a lo ya establecido, y se opone a los cambios, las reformas y al progreso".

No hay que ir muy lejos, la propia consigna actual de la dictadura castrista de "Somos continuidad" es reaccionaria al 100%. Significa que la "revolución" es eterna, que en Cuba no se cambia nada, y que si algo hay que cambiar se utiliza la técnica del "gatopardismo", aparentemente cambiarlo todo para que todo quede exactamente igual que antes.

Siendo "amiga de Cuba" (de la tiranía cubana), la izquierda rechaza los valores de la cultura occidental y de la democracia liberal moderna que dice defender, y que ella misma necesita y utiliza para llegar al poder por la vía de las urnas.

Esos "amigos" se escandalizaron con los 3.065 asesinatos cometidos por la dictadura de Pinochet, pero no dicen una palabra de los 7.902 cubanos fusilados (3.116), o ejecutados sin juicio, principalmente en el Escambray (1.166) y los que han muerto por causas atribuibles a la dictadura castrista (3.620), según documenta Archivo Cuba.

"Eso es para los cubanos, para mí no, ¡solavaya!"

Pero lo más indignante de todo es que quienes alaban al castrismo lo hacen "de boca para fuera". Ninguno de ellos quiere para su país un partido único; violación masiva de los derechos humanos; asfixia de las libertades individuales; todos los medios de comunicación propiedad del Gobierno; racionamiento de los alimentos; apagones interminables; presos políticos; hambre; pobreza extrema; carencia asombrosa de medicamentos, de viviendas; basureros nauseabundos en las calles; y un visible atraso social, educacional y cultural.

¡Qué va, solavaya! Esas desgracias socialistas que se las zumben los cubanos. Eso no es para ellos… ¿Y no es inmoral apoyar al depredador socialismo para Cuba y rechazarlo para sí mismo y su país?

Fui testigo de que cuando Pinochet derrocó al procastrista Salvador Allende muchos chilenos de izquierda emigraron a Cuba, y de que apenas un año después casi no quedaba ninguno en suelo cubano. Todos los marxistas "comecandela" que han ido a vivir a Cuba han durado en la Isla lo que un merengue en la puerta de un colegio. Todos dicen: "Pa' su abuela, aquí no se puede vivir".

Por otra parte, muchos izquierdistas son espías y colaboradores extranjeros que "orientados" desde La Habana se infiltran en partidos políticos, gobiernos, instituciones no gubernamentales, sindicatos. Se incluyen agitadores "de masas", terroristas y guerrillas urbanas para desestabilizar gobiernos democráticos, como hicieron en Chile, Colombia, Ecuador, Perú y hoy en Argentina.

Encima, también son aliados de las autocracias imperialistas de Rusia y China. Y generalmente son antisemitas, se llevan bien con los terroristas de Hamas, Hezbolá y con cuanta organización terrorista antioccidental hay en el mundo. Cuba a todos los acoge y protege.

Y para terminar hago una aclaración. Estas reflexiones no constituyen un ataque a toda la izquierda. Figuras políticas emblemáticas como el socialista Felipe González, expresidente español, célebres artistas, escritores y otras personalidades hoy rechazan al castrismo. Y tengo amigos izquierdistas latinoamericanos y de otras latitudes que lo condenan.

Pero lamentablemente la mayoría de la izquierda a nivel global sigue bailando con la misma musiquita que les empezó a tocar Fidel Castro en 1959.

Conclusión: filosófica, doctrinaria y políticamente hoy la izquierda en general no es tan progresista y revolucionaria como ella se percibe a sí misma. Tiene dos caras y practica la hipocresía. Y no solo no es progresista por su apoyo al castrismo, sino por una paradoja poco admitida por los académicos, y de la cual me ocuparé en otro artículo.

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ErnestoMiami

The Tragedy of Cuba: How Collectivism Dissolved the Individual




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jueves, mayo 15, 2025

Roberto Álvarez Quiñones sobre Cuba: Medios oficiales del castrismo han publicado últimamente críticas al Gobierno en varias provincias.

 Tomado de https://diariodecuba.com/

¿Qué hay detrás de las críticas 'atrevidas' en la prensa castrista?

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Medios oficiales del castrismo han publicado últimamente críticas al Gobierno en varias provincias.

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Por Roberto Álvarez Quiñones

Miami 13 Mayo, 2025 

Medios oficiales del castrismo han publicado últimamente, en varias provincias, críticas al Gobierno que, en el hermético contexto castrista, resultan "atrevidas" aunque solo juegan con la cadena (asuntos muy puntuales) y no con el mono (el socialismo).

Llaman la atención porque han sido aprobadas, o posiblemente ordenadas por el Partido Comunista de Cuba (PCC), propietario y rector de los medios de comunicación en la Isla, que son repetidores y difusores de propaganda y "orientaciones" oficiales.

Pongo dos ejemplos muy recientes de esa propaganda. Los medios oficiales publicaron que el Primero de Mayo desfilaron en La Habana 600.000 personas "con alegría y entusiasmo", cuando la cifra real no superó las 250.000 y porque fueron presionadas, y muchas obligadas a desfilar.

Granma enfatizó que "se desbordaron las plazas de Cuba de amor y unidad". El Artemiseño, órgano del PCC en la provincia de Artemisa, dijo que fue "una jornada llena de reafirmación y compromiso con las conquistas alcanzadas".

Pues bien, ese mismo periódico oficial de Artemisa publicó unos días antes (25 de abril) una crítica inusual "respondona", redactada por un "cuadro del Partido", la subdirectora y periodista estrella de ese medio, Adriánez Fernández. Y fue ilustrada con una caricatura que, según el medio independiente 14yMedio, era una "expresión de absoluto desconcierto" sobre la realidad que le rodea.

Adriánez comenzó diciendo que ella solo tiene acceso a su salario en pesos cubanos y que la dolarización forzada en Cuba no encaja con las bondades que el Gobierno afirma traerá esa medida para el pueblo.

Marcó la diferencia que hay entre quienes solo tienen moneda nacional y quienes disponen de moneda extranjera y pueden comprar alimentos y otros bienes de consumo en las shopping de GAESA, que la columnista llamó "establecimientos relucientes" (precios inflados entre un 240% y un 500%).

Basta ir a un mercado en pesos para constatar lo poco que se vende (…) ¿Dónde están los productos que deberían estar disponibles en esas estanterías?", se preguntó Adriánez, en alusión a un programa televisivo Mesa Redonda en el que altos jerarcas del Gobierno hablaron maravillas de la apertura de tiendas en dólares en efectivo.

"Hace mucho no se norma nada, porque precisamente no hay nada, o al menos nada de primera necesidad para ofertar [en pesos]", afirmó la columnista oficial, según el diario independiente cubano ya citado.

Adriánez refutó el argumento de que esas tiendas en moneda extranjera son para que la economía crezca y el peso cubano recupere poder de compra. Dijo que en las tiendas en moneda nacional los estantes están "cada vez más vacíos, con un personal prácticamente ocioso".

Y vuelvo al punto. En Cuba es imposible publicar nada medianamente importante, y mucho menos una crítica al Gobierno, si no lo autoriza su dueño, el publisher (como se dice en EEUU), el Partido Comunista. De eso se encarga su Departamento Ideológico, en la instancia partidista que corresponda, o el mismísimo primer secretario del PCC en la provincia si se trata de algo más "delicado", como lo fue este caso.

Esa crítica no tendría importancia alguna en un país con libertad de prensa, pero en Cuba es una herejía, pues cuestiona al presidente del país, Miguel Díaz-Canel, y al primer ministro, Manuel Marrero (hombre de GAESA). Ambos están exhortando a la población a que tenga "comprensión" y acepte sin chistar la "dolarización parcial de la economía". Años atrás Adriánez y sus jefes habrían sido sancionados por hacer "planteamientos contrarios a la línea del Partido".

Que mejoren las carreteras con el asfalto que emplea GAESA

Ese mismo 25 de abril, en Escambray, el periódico del PCC en Sancti Spíritus, otra figura destacada de la prensa partidista provincial, Mary Luz Borrego, criticó el pésimo estado de las carreteras y calles en esa provincia.

Propuso que para mejorar las vías se utilice el "hormigón asfáltico frío que el Gobierno emplea en las vías que conducen a los hoteles", en alusión a GAESA, que construye y repara las vías hacia sus hoteles y otras instalaciones suyas con ese tipo de hormigón, mientras las vías en la provincia ya casi son intransitables.

En Ciego de Ávila, el periódico Invasor, órgano provincial del PCC, ha reiterado que el Gobierno central debe invertir más recursos en producir alimentos que en la construcción de hoteles y el turismo. Y critica el "inmovilismo y la inercia" de dirigentes gubernamentales.

Girón, periódico del PCC en Matanzas, desde noviembre de 2023 ha ignorado la orden de no tocar el tema de la violencia y publica detalles de los feminicidios, otros asesinatos y robos violentos en esa provincia, incluso contra turistas extranjeros.

GAESA dejó fuera del pastel-dólar a la burocracia del PCC

¿Qué hay detrás de tales críticas "atrevidas"? Ante todo, se percibe que en los estamentos del aparato dictatorial castrista no hay la "unidad" de que presume. Esos comentarios críticos los hace el Partido Comunista. Y no vale el argumento de que se publican en provincia. El PCC, dueño y señor de los medios estatales, es el mismo partido único en La Habana, y en toda la Isla.

Esta "rebelión" partidista parte de la nueva realidad de que el poder político y económico en Cuba ahora en verdad lo ostenta GAESA, encabezada por el mismísimo dictador, Raúl "el Cruel". Ha pasado de los comisarios y vividores del PCC a la cofradía mafiosa castrense. En la práctica, el PCC no es ya la máxima instancia de poder político que le confiere la Constitución.

Con ese "golpe de Estado" militar, lo peor para la burocracia parasitaria del PCC es que ha sido dejada fuera del pastel-dólar. GAESA y sus socios civiles asociados se enriquecen con sus tiendas, red de servicios, hoteles, bancos, remesas, inversiones en el extranjero, y hasta con lavado de dinero. Y a los cuadros del PCC les han dejado el trabajo sucio, dar la cara a la población casi estrangulada ya por la peor crisis en la historia de Cuba.

De esas ronchas vienen estos "atrevimientos" en la prensa comunista. Pero, ojo, es una pugna entre oligarcas dolarizados y los dejados fuera de la "piñata" que no apunta a nada positivo para el pueblo. Ambas partes pretenden continuar en el poder ad infinitum.

De esta rivalidad GAESA-PCC podrán seguir brotando expresiones nada "unitarias". También podría haber un acomodamiento entre ambos bandos. Pero, en cualquier caso, no conducirá a la libertad de Cuba. No la habrá mientras no sea echada del poder conjuntamente la cofradía militar y la civil.

Solo este detalle es elocuente: GAESA quiere evitar un sector privado independiente que le haga competencia. Y eso mismo también lo quieren impedir los jerarcas del PCC en todos los niveles, pues la independencia económica podría conducir al cambio político que acabaría ellos. Porque Cuba no es un país asiático con influencia confuciana, sino de cultura occidental, ubicado al lado de EEUU, y con una próspera diáspora.

Capitalismo: el peor sistema económico, excepto todos los demás

Por otra parte, está el cabo suelto fundamental de que la crisis multisistémica del castrismo es agravada con decisiones gubernamentales desastrosas, contraproducentes, incoherentes. Eso va haciendo cada vez más evidente la necesidad de desmantelar el estúpido sistema socioeconómico socialista, a lo cual se niega a rajatabla Raúl Castro, el Deng Xiaoping cubano que sigue dirigiendo la "revolución”" a sus casi 94 años (los cumple en junio).

A su vez, todo esto aquí analizado lanza un nítido mensaje a la izquierda "amiga de Cuba", que culpa al embargo de EEUU de la hecatombe causada en la Isla por el castrismo. Y es que deben aceptar de una vez que la pobreza y el atraso socioeconómico no son causados por el capitalismo, sino precisamente por todo lo contrario, por su escasez, o ausencia.

La economía de mercado no es perfecta, pero es la única que funciona. Recordemos la genial conclusión a la que llegó Winston Churchill: "La democracia es el peor sistema de Gobierno, a excepción de todos los demás que se han inventado".

El capitalismo es el peor sistema económico, a excepción de todos los demás. Así lo evidencian involuntariamente las "atrevidas" críticas del PCC aquí analizadas.

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sábado, abril 26, 2025

Alberto Roteta Dorado: Francisco, el Papa que veneró a los líderes del Socialismo del siglo XXI.

Francisco, el Papa que veneró a los líderes del Socialismo del siglo XXI.



Por: Dr. Alberto Roteta Dorado.

23 de abril de 2025

Santa Cruz de Tenerife. España. Ha muerto el Papa Francisco, quien, según los cánones de la Santa Iglesia Católica, fue el representante de Dios en la tierra. Para algunos este canon carece de sentido, toda vez que Dios en su omnipotencia no admite ninguna representación terrenal. Para otros no deja de ser un símbolo del poder de la más alta figura de la Iglesia Católica Apostólica y Romana. En cambio, muchos asumen de manera literal lo que se pierde entre el símbolo, la tradición y la realidad, o sea, la idea de la representación Divina en un mortal. 

Se podrá estar de acuerdo o no con dicho precepto; pero de lo que no hay dudas es de que, al menos, este Papa que acaba de desprenderse de sus vestiduras mortales no pudo ser un represente de la Divinidad; algo que quedará para la historia de la humanidad y de manera muy particular para la historia del cristianismo y de la Iglesia Católica.

Su liberalismo progresista excesivo, en contradicción con las tradiciones de Roma, fue más allá de lo concebible. Omito los múltiples ejemplos para evitar las susceptibilidades de unos y la ira de otros. Asumió las concepciones de lo inclusivo con una perspectiva bastante cercana a como lo hace la aberrada izquierda de estos tiempos, lo que no le convirtió necesariamente en un socialista radical; pero si en un ser muy cercano y afín a las tendencias progres. 


Pero no es precisamente ese liberalismo sinigual lo que más lo desacredita en relación con ese supuesto elemento divino de su naturaleza humana. Se trata de su posición política abiertamente a favor de todos los líderes de las más terribles dictaduras del mundo, lo que contradice su rol. Sus estrechos vínculos con Raúl Castro, a quien admiró sobremanera ― hay grabaciones televisivas con sus palabras de elogio al dictador comunista cubano ―, con Miguel Díaz Canel, a quien recibió con honores en el vaticano, con Nicolás Maduro, Evo Morales, Cristina Fernández, Dilma Rousseff, Rafael Correa, entre otros líderes del llamado Socialismo del siglo XXI, sin olvidar su estrecha relación con Luis Ignacio Lula da Silva, exprisionero y político brasileño con un historial delictivo comprobado y una pasión terrorífica por el socialismo, son pruebas irrefutables y más que convincentes que demuestran el lado oscuro de alguien que, se supone, fuera un ser inmaculado y bendecido espiritualmente. 

En una entrevista realizada el 7 de noviembre de 2016 por Eugenio Scalfari, fundador del diario italiano La República, aunque su contenido no se publicó hasta el viernes 11 de noviembre del propio año, Francisco hizo declaraciones muy distantes del verdadero sentido de la religiosidad cristiana. El propósito del diálogo no fue precisamente hablar sobre comunistas y cristianos, sino conocer la opinión del Papa sobre Donald Trump, algo que el líder religioso manejó de manera ética al afirmar que no hacía juicios sobre las personas o los políticos; sino que pretendía comprender “cuáles son los sufrimientos que sus modos de proceder causan a los pobres y a los excluidos”.

Al tratarse el tema de su posible comunión con las ideas marxistas fue que afirmó: “mi respuesta siempre ha sido que, en todo caso, son los comunistas los que piensan como los cristianos (…) Cristo habló de una sociedad donde los pobres, los débiles y los excluidos puedan decidir. El pueblo, los pobres que tienen fe en el Dios trascendente son los que tienen que ayudar a lograr la igualdad y la libertad”.

Tal vez el "Santo Padre" conoció algunos conceptos propuestos por los marxistas, los que desde el punto de vista teórico pudieran considerarse, hasta cierto punto, con alguna similitud a las ideas que se supone proclame la iglesia, toda vez que la igualdad entre los hombres, la justa repartición de bienes, y la supresión de las luchas antagónicas entre las clases sociales, son algunos de las propuestas socialistas, al menos desde el punto de vista teórico, lo que el Papa que acaba de morir asumió como posibles puntos de coincidencia entre comunistas y cristianos.

No obstante, en el orden práctico ―y esto el Papa debió saberlo muy bien―, ni los comunistas, ni todos los cristianos ponen en acción las ideas que teóricamente expusieron los precursores del socialismo contemporáneo, ni los que dicen seguir las enseñanzas que proclamara el noble redentor del mundo.

No les corresponde a los líderes comunistas ni a las personalidades religiosas del presente abordar los complejos temas de la justicia social, la equidad, la pobreza y la marginación, por cuanto ni los seguidores del socialismo, ni los que administran la fe cristiana sufren como consecuencia de estos males que azotan a gran parte de la humanidad.

El mensaje predicado por Cristo no tiene absolutamente nada que ver con las tendencias socialistas, ni con el cristianismo de estos tiempos. Hay mucha riqueza material acumulada para beneficio de los que están en el poder, que si se invirtiera en intentar atenuar la hambruna de millones de hombres del mundo sería un ejemplo de acto altruista; pero los comunistas no solo permanecen ajenos al sufrimiento y al dolor humanos, sino que lo proporcionan a través de su ambición de poderes y de su maldad desmedida.

Las palabras del Sermón de la Montaña, atribuidas al Cristo Redentor, según el evangelio de Mateo, demuestran la grandeza de aquel que, despojado de las trivialidades terrenales, supo ofrecer un mensaje edificante, muy distinto a los conceptos de los comunistas y muchos de los cristianos actuales: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos”.

Debió saber, además, el Papa Francisco que fue precisamente un comunista el que asumió la frase “la religión es el opio de los pueblos” para arremeter contra la religión. Karl Marx (1818-1883), el teórico alemán, utiliza la idea de Bruno Bauer (1809-1882), su amigo personal y maestro, miembro ―al igual que Marx― de la izquierda hegeliana; pero no es de Marx, como se cree, sino que este la utilizó en su Contribución a la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel, escrita en 1843 y publicada el año siguiente en el periódico Deutsch-Französischen Jahrbücher, editado por el propio Marx.

Según las interpretaciones del evangélico Antonio Cruz, el sentido de la frase es “manifestar que las religiones eran como sedantes o narcóticos que creaban una felicidad ilusoria en la sociedad; drogas que contribuían a evadir al hombre de su realidad cotidiana”. No obstante, tomar solo la célebre frase y sacarla de su contexto puede dar lugar a interpretaciones erróneas, por lo que cito textualmente el párrafo de donde se asume la polémica frase atribuida a Marx:

 “La miseria religiosa es a la vez la expresión de la miseria real y la protesta contra la miseria real. La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el sentimiento de un mundo sin corazón, así como el espíritu de una situación sin alma. La religión es el opio de los pueblos. Se necesita la abolición de la religión entendida como felicidad ilusoria del pueblo para que pueda darse su felicidad real”.

Al parecer el Papa Francisco prefirió otras interpretaciones y dejar a un lado la idea de la abolición de la religión, pues su defensa del comunismo ha sido reiterativa. Dos años antes, o sea, en 2014, el diario italiano Il Messagero, publicó una entrevista en la que se le asoció al comunismo, a lo que respondió: “Yo digo solo que los comunistas nos han robado la bandera. La bandera de los pobres es cristiana. La pobreza está en el centro del Evangelio. Los pobres están en el centro del Evangelio”.

Se supone que Don Francisco supiera que fueron los comunistas los que prohibieron la religión en la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS, y el resto del llamado campo socialista, amén de haber perseguido a los que profesaban la fe cristiana, entre ellos a Juan Pablo Segundo, que se formó escondido de los comunistas polacos, algo que luego asumió el dictador Fidel Castro al proclamar el sentido socialista de la revolución cubana, con lo que proscribía a los católicos de la isla.

Rectificar es de sabios. Ojalá el nuevo Sumo Pontífice, que será elegido en breve, no siga la línea de liberalismo progresista tan cercana al socialismo defendida por Francisco. Hay que esperar con reserva lo que en realidad ocurra, toda vez que el propio Papa se encargó de aglutinar a muchos cardenales afines a su línea (15 progresistas y 53 pastores bergoglianos, estos últimos, defensores de la inmigración, las políticas climáticas y relativamente progresistas en lo social) de la totalidad de 137. Ellos serán los encargados, junto a 39 llamados periféricos ― por su origen geográfico, mayoritariamente del Tercer Mundo, conservadores en lo social, pero socialistas en lo económico―, 25 conservadores y 5 tradicionalistas, de elegir al nuevo Sumo Pontífice. 

Los feligreses, y de manera general todos, esperamos que se pueda enmendar la descabellada idea de Francisco de que los comunistas piensan como los cristianos. Recordemos la Encíclica Divini Redemptoris, del Papa Pío XI, donde se encontrará sus sabios consejos: “no se puede admitir que colaboren con el comunismo, en terreno alguno, los que quieran salvar de la ruina a la civilización cristiana”. En dicho documento afirmó que el comunismo es “intrínsecamente perverso (…) pretende derrumbar radicalmente el orden social y socavar los fundamentos mismos de la civilización cristiana”.

El entusiasmo banal de los socialistas ha terminado. Nació como utopía en los ya lejanos tiempos de Thomas Moro, y como utopía quedará para la historia a pesar de los múltiples intentos por hacerlo renacer. Si el cristianismo pretende sobrevivir en el presente será mejor que se aparte del comunismo, que es el verdadero opio de los pueblos.

Por suerte para la cristiandad el ejemplo de otros pontífices aún sigue en pie. Recordemos a los dos más recientes, Juan Pablo II, el hombre sabio, humilde y bondadoso y Benedicto XVI, el gran erudito y profundo teólogo. Sin embargo, la imagen más cercana, por desgracia, es la de alguien no merecedor de un rol de tan magno significado.

Para muchos será siempre el Papa que veneró a todos los malvados líderes del Socialismo del siglo XXI.

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 DE LOS ARCHIVOS DEL BLOG BARACUTEY CUBANO

Editorial del Washington Post: El Papa Francisco apacigua a los Castro en la represiva Cuba

Nota del Bloguista de Baracutey Cubano


Para traducir el texto pueden copia y pegar en el Google Translate.

Críticas  al Papa Francisco por  su actitud  en Cuba y entrevista al Papa en el avión en su viaje a EE.UU. . Le llama bloqueo al embargo norteamericano a la tiranía y se hace hasta  el desentendido, en otro video,   cuando le preguntan sobre los disidentes detenidos  que lo abordaron en su papamovil cuando llegó a la Plaza Cívica o Plaza de la Revolución en la Habana para dar la misa.



Desidientes son detenidos por acercarse al Papa mientras iba en el Papamóvil


Observen que muy cerca del Papa Movil, del Papa y del disidente Zaqueo, de la UNPACU, se encuentra una cámara de televisión que debió filmar las palabras del opositor y las del Papa si este habló. Es muy probable que el Vaticano o la tiranía cubana, o ambos inclusives,  hayan encontrado los medios  para que esas imágenes  y el sonido  no  hayan sido emitidas en los medios televisivos y/o de Internet.

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BTN Noticias 

Hace dos años

El Papa Francisco dice tener buenas “relaciones humanas” con Raúl Castro



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Tomado de https://www.washingtonpost.com

Pope Francis appeases the Castros in repressive Cuba

 By Editorial Board

 September 21

 Pope Francis, left, and former Cuban president Fidel Castro exchange gifts at Castro's home in Havana on Sept. 20. (Alex Castro/www.cubadebate.cu/Agence France-Presse via Getty Images)

IN HIS visit to the United States beginning Tuesday, Pope Francis will meet not just President Obama and Congress but also those marginalized by our society: homeless people, immigrants, refugees and even the inmates of a jail. He’s expected to raise topics that many Americans will find challenging, such as his harsh critique of capitalism. His supporters say it’s all part of the role the pope has embraced as an advocate for the powerless, one that has earned him admiration from both Catholics and some outside the church.

How, then, to explain Pope Francis’s behavior in Cuba? The pope is spending four days in a country whose Communist dictatorship has remained unrelenting in its repression of free speech, political dissent and other human rights despite a warming of relations with the Vatican and the United States. Yet by the end of his third day, the pope had said or done absolutely nothing that might discomfit his official hosts.

Pope Francis met with 89-year-old Fidel Castro, who holds no office in Cuba, but not with any members of the dissident community — in or outside of prison. According to the Web site 14ymedio.com, two opposition activists were invited to greet the pope at Havana’s cathedral Sunday but were arrested on the way. Dozens of other dissidents were detained when they attempted to attend an open air Mass. They needn’t have bothered: The pope said nothing in his homily about their cause, or even political freedom more generally. Those hunting for a message had to settle for a cryptic declaration that “service is never ideological.”

Sadly, this appeasement of power is consistent with the Vatican’s approach to Cuba ever since Raúl Castro replaced his brother in 2006. Led by Cuban Cardinal Jaime Ortega, the church committed to a strategy of working with the regime in the hope of encouraging its gradual moderation. The results have been slight. Cardinal Ortega obtained Raúl Castro’s promise to release all political prisoners, but arrests have continued and dissident groups say the number of jailed is now above 70. One leading Christian dissident, Oswaldo Payá, was killed in a suspicious 2012 auto crash.
The Vatican’s greatest success has been the adoption of its strategy by the Obama administration, which has also restored relations with the Castros while excluding the political opposition. Here, too, there have been disappointing results. U.S. exports to Cuba, controlled by Havana, have declined this year, while arrests of opponents have increased, along with refu­gees. Many Cubans are trying to reach the United States ahead of what they fear will be a move by the Obama administration to placate the regime with a tightening of asylum rules.

Pope Francis may believe that merely by touring the country he will inspire Cubans to become more active and press the regime for change. But two previous papal visits, in 1998 and 2012, did not have that effect. By now it is clear that the Castros won’t be moved by quiet diplomacy or indirect hints. A direct campaign of words and acts, like that Pope Francis is planning for the United States, would surely have an impact. But then, it takes more fortitude to challenge a dictatorship than a democracy.

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 Read more about this topic:

The Post’s View: Obama gives the Castro regime in Cuba an undeserved bailout

Richard Cohen: After a visit from the pope, Mr. Castro has much to confess

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jueves, abril 03, 2025

Miguel Sales Figueroa: La (re)vuelta del sentido común

 La (re)vuelta del sentido común

Por Miguel Sales

31.03.2025

Hubo una época, no muy lejana, cuando una persona que estuviera convencida de que era mujer por la mañana, hombre por la tarde y -digamos- jirafa (o jirafo) por la noche, hubiera recibido un diagnóstico de autismo o de esquizofrenia y un tratamiento psiquiátrico acorde a su condición.

Pero de pronto, hacia principios de este siglo, algunos médicos y psicólogos tuvieron la brillante idea de que la persona en cuestión solo estaba aquejada de un padecimiento nuevo, algo que denominaron “disforia de género”. Vamos, que “había nacido en el cuerpo equivocado” y que eso podía solucionarse mediante dosis masivas de hormonas y “cirugía de reasignación”. Los hombres podrían transformarse en mujeres y viceversa. Había llegado la moda de la transexualidad. Y el término moda no está usado aquí en sentido peyorativo, sino todo lo contrario, con el mayor respeto hacia la potencia gregaria del fenómeno. 

Ocurrió entonces que, en vez de proporcionar a esos nuevos pacientes el tratamiento adecuado, se les aupó a la categoría de modelos de conducta, se les paseó por los platós de televisión y se les invitó a que fueran a las escuelas secundarias, para contar sus experiencias a los adolescentes que tal vez tuvieran dudas sobre su sexualidad y promocionar así la “solución” quirúrgica y hormonal. 

Cualquiera que tenga dos dedos de frente se preguntará cómo hemos llegado a esta situación. Porque esta faceta de la política identitaria no es otra cosa que el aspecto más absurdo y llamativo de un conjunto de síntomas, -un síndrome- que padece nuestra civilización y que está íntimamente vinculado a ideas y creencias que aspiran a conformar una nueva metafísica, es decir, una ideología global que explique el sentido de la vida y el futuro que nos aguarda.  

El naufragio del socialismo real

Como han señalado varios autores, el punto de partida de este fenómeno puede situarse hacia 1990, a medio camino entre la caída del Muro de Berlín y el hundimiento del socialismo soviético.

La mitad del imperio comunista había desaparecido bruscamente y la otra mitad emprendía una rápida evolución hacia un modelo mixto, que terminaría siendo un capitalismo de Estado más próximo a las ideas de Mussolini que a las de Mao Tsé Tung. Ni siquiera las reservas espirituales de Oriente y Occidente -Cuba y Corea del Norte- saldrían completamente indemnes de la catástrofe.  

Los gurús del socialismo real, desconcertados por el cataclismo, llegaron entonces a la conclusión de que “los grandes relatos”, que habían servido para explicar el sentido de la vida humana y el lugar del individuo en la sociedad, se habían venido abajo por sus propias contradicciones. Y que al hundimiento del comunismo seguiría inexorablemente el naufragio de las sociedades liberales.  En un movimiento especular, el fracaso de la democracia popular preludiaba la muerte de la democracia capitalista.

Era urgente, pues, elaborar una nueva cosmovisión que ofreciera a las masas decepcionadas por el fin del comunismo y, sobre todo, a los jóvenes que buscaban respuestas a sus inquietudes, una metafísica de amplio espectro, capaz de explicar la realidad de lo ocurrido y, sobre todo, de postular la creación de otra sociedad, mediante una praxis revolucionaria novedosa. Nada de internacionalismo proletario ni de guerrillas guevaristas. Se trataba ahora de identificar a los nuevos sujetos portadores del fuego sagrado: las minorías oprimidas -mujeres, grupos raciales no blancos, comunidades indígenas, miembros de colectivos definidos por sus preferencias sexuales (lo que la prensa llama a veces ‘el pueblo del alfabeto’ o LGTBIQ+), discapacitados y otros- que en nombre de la “justicia social” y la “interseccionalidad” iban a cambiar el mundo.

Para que las nuevas cohortes revolucionarias pudieran operar con eficacia, había que inocular en las masas la idea de que las sociedades occidentales eran un compendio sin precedentes de racismo, misoginia, opresión e injusticia. Era el orden blanco heteropatriarcal basado en el colonialismo, la explotación de los obreros y los pueblos menos desarrollados.

Era obvio que esta imagen no se correspondía con la realidad histórica, pero a los activistas de la justicia social la verdad no les preocupaba demasiado. Lo importante era movilizar a las víctimas e incorporarlas a la renovada lucha por el socialismo.

La difusión de esta versión distorsionada de la civilización occidental se logró con relativa rapidez, gracias al efecto multiplicador de las nuevas tecnologías. Internet y las redes sociales transformaron en pocos años los modos de comunicación y la capacidad de influir sobre las opiniones de los demás. Las grandes cadenas de difusión de radio, televisión y prensa plana, hicieron el resto. 

La menospreciada herencia de 1968

Pero lo que comenzó en torno a 1990 tiene a su vez antecedentes claros y paradójicos. Ese esfuerzo orientado a componer una nueva versión del profetismo marxista, combinándolo con elementos que antes la ortodoxia izquierdista había desdeñado, se basó sobre todo en un conjunto heterogéneo de ideas que prosperaron en las universidades francesas entre 1950 y 1968 y que luego cayeron en desuso, si no en el más negro olvido.

En mayor o menor grado, los pensadores estelares de la época, casi todos izquierdistas o neo-marxistas, aportaron conceptos que 20 años después serían recuperados por los ideólogos estadounidenses que confeccionaron el ideario woke. 

Así, de Michel Foucault tomaron la idea de que el poder, en todas sus manifestaciones, constituye el dato fundamental de la estructura política y social. En las páginas de Jacques Derrida comprendieron la necesidad de “deconstruir” o destejer la urdimbre de las relaciones humanas hasta tomar “conciencia del privilegio blanco y heterosexual” (woke) -siguiendo el ideario de Gilles Deleuze- que permite comprender la injusticia congénita del sistema patriarcal. Otros pensadores algo más antiguos, como Antonio Gramsci, ya habían subrayado la función hegemónica de la cultura y los mecanismos de control que las clases dominantes ejercen a través del sistema educativo, la religión y los medios de comunicación de masas.

Estas ideas navegaron con más o menos fortuna durante esas dos décadas pero luego se marchitaron súbitamente a finales del segundo decenio, cuando la insurrección estudiantil de mayo de 1968 demostró las limitaciones del utopismo neomarxista y muchos de los activistas radicales de entonces derivaron hacia movimientos anarquistas o terroristas como la banda alemana Baader-Meinhof, las Brigadas Rojas italianas o la Acción Directa francesa. 

Por un giro irónico de la evolución del pensamiento, esas mismas ideas que habían caído en el descrédito en la academia europea, arraigaron luego en algunas universidades estadounidenses y adquirieron una segunda vida, especialmente en facultades del Este del país, donde florecieron en el marco de los estudios feministas, la teoría crítica de la raza, los cursos sobre descolonización y otros por el estilo.

El aporte ecologista

El siguiente elemento clave en la constitución de la nueva metafísica fue la ecología anticapitalista. El movimiento ambientalista existía ya desde mucho antes de 1990 y abarcaba un conjunto variopinto de tendencias y organizaciones que tenían en común la preocupación por el planeta y la preservación del medio natural.

Pero, tras la publicación del estudio del Club de Roma Los límites del crecimiento (1972) y la creación, en 1988, del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) los ecologistas radicales se adhirieron en número creciente a los principios que iban a integrarse en la médula del ideario woke. 

La cultura consumista occidental había destrozado los ecosistemas, causado la extinción de numerosas especies, contaminado el aire y el agua, y explotado sin escrúpulos los recursos mineros y energéticos del mundo. Y ahora, al propiciar el cambio climático de origen antropogénico, amenazaba con arrasar el planeta y acabar con la vida animal y humana. El capitalismo era un sistema depredador cuya destrucción era indispensable para salvar a la Tierra y la Humanidad.

Había que frenar o suprimir el crecimiento económico, ilegalizar los combustibles fósiles, cerrar las centrales nucleares y estigmatizar el consumo de carne, entre otras medidas urgentes para evitar la hecatombe. 

Coincidiendo con el derrumbe del sistema soviético, el catastrofismo de la ecología política cobró nuevo impulso. En cada conferencia sucesiva de las Partes en la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático aumentaba el grado de alarmismo y parecía aproximarse la fecha del apocalipsis del clima. 

Desde entonces, el “cambio climático” se convertió en la nueva religión laica y los gobiernos y medios progresistas sometieron a la población de Occidente a un lavado de cerebro permanente para justificar las medidas más disparatadas, desde la protección integral de depredadores como el lobo y el oso, hasta la aplicación de políticas “verdes” que la Unión Europea tomó por banderas (erradicación de las plantas nucleares, sobreabundancia de normativas en materia de caza y pesca, hiperregulación de la actividad agrícola, etc.).

Después de todo, los ambientalistas radicales encajaban bien en la definición de “víctimas del sistema capitalista” o “aliados naturales del movimiento socialista”, según los criterios elaborados, entre otros, por los teóricos marxistas Ernesto Laclau y Chantal Mouffe en su libro Hegemonía y estrategia socialista de 1987. Al igual que otras minorías oprimidas -las mujeres, los negros y mestizos, los homosexuales, los grupos indígenas- los ecologistas radicales aportarían su esfuerzo a la revolución socialista que iba a derrocar al heteropatriarcado.  

  La estrategia migratoria

La promulgación, en 1948, de la Declaración Universal de Derechos Humanos, fue saludada de manera casi unánime en el mundo entero como un logro del derecho y un importante paso de avance de la civilización. Compendiar los derechos permitiría, entre otras cosas, establecer normativas que obligarían a los diversos agentes -Estados, gobiernos, parlamentos- a respetar las prerrogativas de cada ciudadano y garantizaría la paz y la armonía social.  

El artículo 14 de la DUDH estipula que “toda persona tiene derecho a buscar y disfrutar de asilo en cualquier país en caso de persecución”. Posteriormente, en 1951 este derecho se amplió a los refugiados y, algo más tarde, empezó a considerarse además como derechoabiente la figura jurídica del “migrante”. Un aspecto que se menciona menos en los documentos internacionales es que todos ellos deben respetar las leyes nacionales del país anfitrión que es, en última instancia, el que se reserva el derecho a acoger o no a quienes solicitan asilo o protección.   

Los Estados Miembros de las Naciones Unidas, reunidos en Marrakch en diciembre de 2018, aprobaron el Pacto Mundial para la Migración Segura, Ordenada y Regular. Como explica el sitio web de las NN.UU., “se trata de un documento no vinculante que respeta el derecho soberano de los Estados a determinar quién entra y permanece en su territorio y demuestra el compromiso con la cooperación internacional en materia de migración”.

Es este principio del derecho soberano de la sociedad anfitriona a decidir quién entra o no en su país el que a partir de 1990 la metafísica woke se propuso erradicar. Había que borrar las fronteras y propiciar la entrada masiva de extranjeros indocumentados en las naciones más ricas y estables del planeta. Ese era un elemento decisivo en la lucha por la “justicia social” y la construcción del nuevo socialismo, contra las democracias liberales de Occidente y el heteropatriarcado capitalista.

Así, entre 1990 y 2025, el número de migrantes internacionales se duplicó, pasando de 150 a 300 millones, lo que supone aproximadamente el 4% de la población mundial. En ese periodo aumentó de manera exponencial el número de personas que emigraban rumbo a Europa o Estados Unidos, por diversos motivos. La persecución política o religiosa, la necesidad de huir de la guerra, el hambre o la represión; o la simple búsqueda de mayor seguridad y bienestar, así como de mejores oportunidades económicas, impulsaron una corriente migratoria que alcanzó sus máximos con el millón largo de refugiados de Oriente Medio que llegaron a Alemania en 2015-2016 y las “caravanas” procedentes de América Central que entraron en Estados Unidos durante el gobierno de Joe Biden.  

 La inflación de derechos

 Como señala Douglas Murray en La masa enfurecida (2019) “lo que todas estas estrategias tienen en común es que empezaron como campañas legítimas en defensa de los derechos humanos”. Quizá fuera así, pero es evidente que luego se pasaron de rosca –“se pasaron tres pueblos”, dirían en España- y contribuyeron al descrédito en el que ha caído la doctrina humanitarista. Porque, tras la adopción de la DUDH en 1948 y la controvertida oleada de “derechos colectivos” de 1966, la atomización de los derechos en virtud de la ideología identitaria ha logrado que cada capricho o cada fantasía individual se convierta en una prerrogativa de idéntico rango. Por esa vía, se termina defendiendo el “derecho humano” al aborto y la autodeterminación de género (¿y por qué no de especie? ¿quién puede impedir que alguien se sienta leopardo u ornitorrinco, como ese asesor del gobierno de Oregón, J. D. Holt, que se “autodefine” como tortuga?) y a reconocer la identidad subjetiva como el elemento decisivo de la persona. 

Pero el pegamento que permitió aglutinar estas ideas a menudo contradictorias no fue el principio de los derechos humanos sino más bien la teleología hegeliana, reinterpretada por Marx. El pensador renano “descubrió” que, a diferencia de lo que afirmaba Macbeth sobre la existencia individual, la vida social no era “un cuento / contado por un idiota, lleno de ruido y de furia”, sino un proceso racional, en el que las comunidades humanas se relevaban unas a otras en función de su modo de producción y sus fuerzas productivas. Así, el esclavismo del mundo antiguo fue sustituido por el feudalismo, éste por el capitalismo e, inexorablemente, al capitalismo sucedería el comunismo y la sociedad sin clases. 

De modo que la amalgama de ideas, creencias y supersticiones procedentes de horizontes diversos -feminismo, antirracismo, derechos LGTBQI+, ecología anticapitalista, fomento de la inmigración ilegal- se fundió en una cosmovisión o metafísica que no solo comportaba una crítica feroz a la sociedad actual, sino que también prefiguraba el mundo del porvenir: una comunidad radicalmente igualitaria, compuesta por seres veganos, austeros y desinteresados, que militarían en ONG ecologistas y no tendrían que preocuparse por poseer una casa o conducir un automóvil. Como prometía el lema de la Agenda 2030, aunque no tuvieran nada, el Estado neosocialista les proporcionaría todo lo necesario para ser felices. Allí donde los marxistas-leninistas del siglo XX habían fracasado miserablemente, los ideólogos del wokismo lograrían reconciliar la justicia, las libertades, la tecnología y el bienestar económico. Como en Brave new world, la novela de Aldous Huxley de 1932, que casualmente se tradujo al español con el título de ‘Un mundo feliz’.

La vuelta del sentido común

No es preciso ser conspiranoico ni terraplanista para creer que todo este esfuerzo se orienta a la destrucción de la civilización occidental. Basta con leer los programas de agrupaciones ecologistas como la de Greta Thunberg o de partidos políticos como Podemos en España. La sociedad liberal capitalista -el mundo del heteropatriarcado, el sexismo, el racismo, la homofobia, la transfobia y la aniquilación del planeta- debe desaparecer para “avanzar hacia sociedades más libres, democráticas e igualitarias”, como proclamaba Laclau.

Frente a esta ofensiva, lo ocurrido el 4 de noviembre de 2024 en Estados Unidos marcó la (re)vuelta del sentido común. A lo largo de ese año, ya habían aparecido signos precursores en las elecciones de Francia, Alemania, los Países Bajos y algunos países escandinavos. 

Esta rebelión era la consecuencia lógica de la decisión de Angela Merkel de abrir las fronteras en 2015 y permitir la entrada masiva de inmigrantes ilegales, gesto que Biden y Harris imitaron a partir de 2020. Era la insurgencia de campesinos, pescadores y transportistas ante las políticas “verdes” que pretenden salvar al planeta arruinando a sectores enteros de la sociedad y rebajando el nivel de vida de la mayoría de la población. Era la respuesta a la imposición de normas que promueven los delirios queer en las escuelas y una larga lista de medidas sociales.

Mientras tanto, la izquierda estadounidense sigue sin entender qué pasó el 4 de noviembre. Hace poco, el candidato a la vicepresidencia derrotado en los comicios, Tim Walz, insistía en que los resultados adversos de las elecciones generales se debieron a que los demócratas no habían hecho suficiente hincapié en las políticas woke, la transición ecológica y los beneficios de la inmigración ilimitada.

La reforma radical encabezada por Donald Trump y su equipo someterá la política de la diversidad, la equidad y la integración (DEI) a la prueba de la verdad. Los estadounidenses -y con ellos el resto del mundo- podrán comprobar qué grado de realidad tienen las creencias que componen la nueva metafísica progresista cuando pierden el sustento de los fondos públicos, los subsidios de los multimillonarios izquierdistas y la propaganda constante de los medios de comunicación cómplices.

Por ahora, la vuelta del sentido común parece una auténtica rebelión. 


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