domingo, noviembre 03, 2024

Julio M. Shiling: Es hora de detener el giro autoritario y mantener a EE.UU. libre. Time to Stop the Authoritarian Shift and Keep the U.S. Free

 Tomado de https://patriademarti.com/


Es hora de detener el giro autoritario y mantener a EE.UU. libre

Por Julio M. Shiling

1 de noviembre, 2024

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Las elecciones presidenciales de 2024 serán testigo de una de dos cosas. La profundización de la transformación sistémica que se viene produciendo desde el ascenso de Barack Obama al poder en 2009. Este rumbo se sustenta intelectualmente en premisas marxistas modernas y ha venido utilizando medios socialistas fabianos para su aplicación. Para llevar a cabo las políticas, el modelo Obama ha sido novedoso en su uso de mecanismos alternativos para la promoción del cambio sistémico. Además de las sedes ejecutivas y legislativas típicas de las que dispone un presidente y líder de partido, Obama ha redefinido el sector de la función pública para adaptarlo a sus objetivos ideológicos, colocando a personas comprometidas y afines al frente de estos departamentos y abriendo nuevas agencias a las que ha dotado de amplios poderes policiales.

Se trata de un gobierno en la sombra, un Estado administrativo (también conocido como Estado Profundo). Esta miríada de entidades burocráticas estatales no elegidas incluye la Oficina Federal de Investigación (FBI), la Agencia Central de Inteligencia (CIA), la Agencia de Protección Medioambiental (EPA), el Departamento de Seguridad Nacional (DHS), el Servicio de Impuestos Internos (IRS), el Departamento de Justicia (DOJ), el Departamento de Estado (DOS) y muchas de sus agencias auxiliares. El mencionado leviatán gobernante antidemocrático ha cooptado a actores privados como emporios empresariales y financieros woke, medios de comunicación corporativos y sociales, y las Big Tech (Google, Microsoft, etc.). Juntos, disfrutan de un poder efectivo que puede equipararse al de cualquier régimen totalitario. Este rumbo se integra con movimientos globalistas y órganos de gobierno internacionales que pretenden borrar cualquier noción de soberanía nacional.

La otra alternativa representa la inversión de esta revolución socialista global posmoderna. Esta cruzada para defender la civilización occidental y sus valores, incluye el principio del gobierno consensuado, las libertades básicas, el imperio de la ley y una noción de progreso ordenado que tenga en cuenta las verdades y la ética probadas por el tiempo. A estas alturas, debería estar claro qué candidato y qué partido defienden estas posiciones contrarias. Kamala Harris y el Partido Demócrata obamista de hoy impulsan la primera agenda. Donald J. Trump y el Partido Republicano defienden la segunda. 

Harris tiene problemas para comunicarse y dar respuestas directas. La falta de brillantez no es la única explicación. Como heredera natural de Obama (desde 2019), las respuestas públicas endebles de la actual vicepresidenta y sus contradictorios pronunciamientos políticos están ligados al sistema de creencias posmoderno que suscribe. Para los marxistas que han incorporado el posmodernismo a su ideología, como es el caso de Obama y la izquierda estadounidense, el poder es el objetivo final de todo, ya que es el factor determinante de la vida. Esta visión del mundo lleva el Materialismo Dialéctico de Marx a un terreno diferente. Harris se ve obligado a dar respuestas repetitivas y estúpidas a cada pregunta. La respuesta habitual de «vengo de una clase media» es el resultado de intentar engañar a una población de tus verdaderos objetivos con carretes guionizados de palabras sin sentido.

El Partido Demócrata de Obama ha realizado un gran asalto a los medios de producción de la cultura (religión, familia, ley, medios de comunicación y educación). La censura y la supresión de la oposición son una necesidad para el empoderamiento de los movimientos de izquierda antisistema. La victoria electoral de Trump en 2016 fue una interrupción del camino socialista cultural para deconstruir EE.UU. Las presidencias de Obama/Biden y Biden/Harris (2009-2017 y 2021-2025) han imitado las tendencias mundiales en las que los paradigmas de base marxista han ganado una enorme influencia sobre la soberanía popular y los derechos naturales. En consecuencia, los hechos, verdades u opiniones que desafían la posición prescrita del movimiento de una manera que contradice la versión monopolizada del conocimiento que están promoviendo son censurados enérgicamente. Calificar cualquier actividad o expresión de este tipo de «incitación al odio», «desinformación», «fascista» y «amenaza para la democracia» ha sido motivo para silenciar y, llegado el caso, procesar, condenar y sentenciar a penas de cárcel. El llamamiento a «regular» la expresión en Internet y en las redes sociales es un discurso habitual entre los operativos y políticos del Partido Demócrata.

Incluida en la larga lista de herramientas represivas y actividades supresivas del Estado profundo obamiano estaba la Ley de Contrarrestar la Propaganda Extranjera y la Desinformación, promulgada el 23 de diciembre de 2016, casualmente tras la victoria de Trump en las elecciones presidenciales. Como conspirador seminal, al darse cuenta del fracaso de su plan (en colaboración con el Comité Nacional Demócrata) para descarrilar la candidatura de Trump vinculando falsamente la campaña del candidato republicano con el dictador ruso Vladimir Putin, Obama trató entonces de mantener viva la falsa teoría de la conspiración del engaño de Rusia con la esperanza de derrocar al 45º presidente.

El citado acto de «desinformación» empleó y popularizó el concepto cuyo origen procede del ámbito de la inteligencia. Fue una estrategia muy utilizada por el KGB durante la Guerra Fría. La intención es clara. Al criminalizar el discurso dirigido bajo el pretexto de combatir la «desinformación» y, por otro lado, evadir el escrutinio de cualquier hecho que sea perjudicial para el relato del establishment, una etiqueta de «desinformación» busca deslegitimar la verdad cuando es inconveniente. Al exagerar las afirmaciones sobre la «injerencia» rusa en las elecciones de 2016 y basarse en información fraudulenta adulterada por agentes de inteligencia extranjeros (Steele Dossier) y presentada por el FBI a los tribunales FISA en busca de la autorización para espiar a Trump, una amplia gama de instrumentos de espionaje y censura domésticos se trasladaron a su presidencia y permanecen en la actualidad. Trump tenía que ser derrocado educadamente, de una forma u otra.    

El Proyecto de Integridad Electoral (EIP, por sus siglas en inglés) fue otra medida de Obama diseñada para interferir en las elecciones estadounidenses y controlar la narrativa de lo que la izquierda considera noticias «reales» y opinión válida. Como una de sus últimas iniciativas oficiales, Obama transfirió al DHS las funciones del EIP el 6 de enero de 2017. Al extender poderes de vigilancia tan asombrosos a una agencia federal bajo el pretexto de proteger las elecciones estadounidenses de enemigos extranjeros, el DHS comenzó y ha continuado vigilando el discurso en línea y presionando a las plataformas de medios sociales, con la ayuda del FBI. El reciente testimonio del fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, da fe de las presiones ejercidas por las agencias policiales federales para restringir la expresión.   

Las plataformas de verificación de hechos son otra herramienta de censura que la izquierda y la élite del poder utilizan para legitimar sus falsedades y suprimir las opiniones contrarias. El arte de la comprobación de hechos era, tradicionalmente, una función de apoyo del periodismo de investigación. Al igual que el periodismo crítico, lamentablemente y en su mayor parte, ha hecho metástasis en la abogacía política, también lo ha hecho el papel de la comprobación de hechos. Hoy en día, una gran parte de las organizaciones que «comprueban los hechos» están subvencionadas por grupos de extrema izquierda. Esto obliga a la tarea de fact-checking a los fact-checkers.

La guerra desde dentro, para convertir a Estados Unidos en un miembro neomarxista globalista de la aldea internacional, debe ser frenado y revertida. Esto solamente será posible si Donald J. Trump gana las elecciones de 2024. Si se convierte en el 47º presidente, Trump debe hacer retroceder seriamente las políticas marxistas culturales como la Teoría Crítica de la Raza, la Ideología de Género, la Teoría Crítica Queer y la Teoría Postcolonial, por nombrar solo algunos de los venenos del socialismo cultural que se han apoderado de las agencias gubernamentales, el sistema educativo y el lugar de trabajo. Trump necesitará una mayoría en ambas cámaras. Cómo se cita lo que dijo Abraham Lincoln: «Puedes engañar a todo el pueblo alguna vez; puedes engañar a parte del pueblo todo el tiempo, pero no puedes engañar a todo el pueblo todo el tiempo». El pueblo estadounidense parece haber sido alertado, en su mayor parte, de la amenaza real a la que se enfrenta la democracia estadounidense por parte del Partido Demócrata obamista. Si Dios quiere, el 5 de noviembre de 2024 puede marcar el comienzo de un retorno saludable a la cordura y al respeto por una sociedad libre.

© Patria de Martí. Todos los derechos reservados.

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Autor Julio M. Shiling 

Julio M. Shiling es politólogo, escritor, conferenciante, comentarista y director de los foros políticos y las publicaciones digitales, Patria de Martí y The CubanAmerican Voice y columnista. Tiene una Maestría en Ciencias Políticas de la Universidad Internacional de la Florida (FIU) de Miami, Florida. Es miembro de The American Political Science Association (“La Asociación Estadounidense de Ciencias Políticas”),  el PEN Club de Escritores Cubanos en el Exilio y la Academia de Historia de Cuba en el Exilio.

Libros de Julio M. Shiling .

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La BRILLANTE definición de TRUMP sobre el SOCIALISMO 



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lunes, junio 28, 2021

Video: 15 semejanzas, basado en hechos reales, entre Cuba y la novela 1984 del excomunista George Orwell.

 
Luis Dener

Junio 18, 2021

Amigos míos...

Un vídeo para los cubanos y para los extranjeros. Para todas aquellos que sin haber nacido o vivido en Cuba, pintan a la isla como un paraíso. Hay una novela llamada 1984, que ilustra perfectamente a la peor de las dictaduras. Pues bien, este vídeo, son 15 semejanzas (con ejemplos visibles y concretos) entre Cuba y 1984.

#Demóngeles #SOSCuba

15 semejanzas entre Cuba y la novela 1984. (Basado en hechos reales)


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Tomado de https://es.wikipedia.org/

George Orwell

(fragmento)

Eric Arthur Blair (Motihari, Raj Británico, 25 de junio de 1903-Londres, Reino Unido, 21 de enero de 1950),1​2​ más conocido por su seudónimo de George Orwell, fue un novelista, periodista, ensayista y crítico británico nacido en la India, conocido mundialmente por su novelas distópicas Rebelión en la granja (1945) y 1984 (1950).

Su obra lleva la marca de las experiencias autobiográficas vividas por el autor en tres etapas de su vida: su posición en contra del imperialismo británico que lo llevó al compromiso como representante de las fuerzas del orden colonial en Birmania durante su juventud; a favor del socialismo democrático, después de haber observado y sufrido las condiciones de vida de las clases sociales de los trabajadores de Londres y París; y en contra de los totalitarismos nazi y estalinista tras su participación en la guerra civil española.

Eric Arthur Blair (George Orwell)

Además de cronista, crítico de literatura y novelista, es uno de los ensayistas en lengua inglesa más destacados de las décadas de 1930 y de 1940. Sin embargo, es más conocido por sus críticas al totalitarismo en su novela corta alegórica Rebelión en la granja (1945) y su novela distópica 1984 (1949), escrita en sus últimos años de vida y publicada poco antes de su fallecimiento, y en la que crea el concepto de «Gran Hermano», que desde entonces pasó al lenguaje común de la crítica de las técnicas modernas de vigilancia.

En 2008 figuraba en el puesto número dos del listado de los cincuenta escritores británicos de mayor relevancia desde 1945, elaborado por The Times.3​

El adjetivo «orwelliano» es frecuentemente utilizado en referencia al distópico universo totalitario imaginado por el escritor británico.


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viernes, mayo 28, 2021

José Gabriel Barrenechea desde Cuba: Apuntes para distinguir culturalmente al autoritarismo de la democracia (Parte I)


 Tomado de https://www.cubaencuentro.com/

Apuntes para distinguir culturalmente al autoritarismo de la democracia (I)

(Este texto aparecerá en dos partes)

Fidel Castro y Ernesto ¨Che¨ Guevara

Por José Gabriel Barrenechea

Santa Clara

27/05/2021

1. Ningún régimen político se sustenta solo sobre el miedo. Todo régimen político se sostiene más que nada sobre los consensos tácitos o dialogados entre quienes gobiernan y sus gobernados. Esto es válido para las democracias, pero también para los regímenes autoritarios, o incluso los totalitarios.

Si dejamos a un lado los prejuicios ideológicos tendremos que admitir que una parte importante de los habitantes de ciertas autocracias totalitarias se creen sinceramente lo de vivir en los regímenes más participativos de la historia, las democracias “participativas”, “populares”, o “socialistas”, y que en las plutocracias las mayorías creen tener la soberanía, a pesar de su imposibilidad evidente para sacar del poder a ciertas élites mandatadas no tanto por su voto, como por el dinero de los plutócratas. Y es que las élites en las democracias “participativas” y en las plutocracias suelen defender muy bien su poder, gracias a su efectividad cultural en convencer a buena parte de la sociedad de que las fuerzas políticas inaceptables para dirigentes y plutócratas, por razones obvias de auto conservación propia, necesariamente tampoco son recomendables para los “buenos” ciudadanos.

Es tan difícil establecer un criterio de demarcación entre la democracia y el autoritarismo, que para alguien tan agudo como Karl Popper la única manera de distinguir entre una y otro pasa por fijarnos en cómo pueden ser desplazados del poder los gobernantes: de manera pacífica en democracia, y solo de manera violenta en un régimen autoritarista. O sea, lo establece no en base a la existencia o no de determinadas instituciones políticas, por ejemplo, la elección de representantes mandatados, por algún sistema de voto personal, para todos los cargos primarios en un esquema de poderes divididos. Popper, ante la distorsión de esas instituciones que con bastante frecuencia observamos, echa mano de un criterio que no permite predecir comportamientos a partir de un análisis estructural. Para él solo a posteriori de ese comportamiento: el cambio o no de los gobernantes, es que se puede definir si estamos ante una democracia, o ante un régimen autoritario.

No obstante, creemos que si nos concentramos en la mentalidad de los individuos que conforman las sociedades en cuestión, encontraremos un conjunto de criterios culturales que nos permitirán saber de una manera precisa frente a qué tipo de régimen estamos, sin necesidad de esperar hasta la llegada, o no, de los cambios políticos. O sea, que conseguiremos recuperar la capacidad de predecir si los cambios políticos ocurrirán o no, si serán pacíficos o violentos, sin necesidad por el contrario tener que esperar cierto intervalo de tiempo para observar si en su transcurso los gobernados se muestran inconformes con sus gobernantes, si dado ese estado de inconformidad logran o no sacarlos del poder, y si esto último de modo pacífico, o si por el contrario para lograrlo deben echar mano de la fuerza.

2. Se suele dar por sentado que los regímenes autoritarios se sostienen solo sobre la efectividad de sus órganos represivos. Algo imposible, en primer lugar porque por el escaso número relativo de sus miembros, incluso al contar con el monopolio de las armas, los órganos represivos no podrían enfrentarse a todo el resto de la sociedad de no haber en ella una mayoría de individuos con algún grado de consentimiento interno a la situación política en que viven. En segundo, porque sus miembros, salvo en los casos en que hablamos de ejércitos extranjeros de ocupación, forman parte de esa misma sociedad, y por ello se encuentran enredados en infinitos vínculos con familiares, amigos, conocidos dentro de ella, por lo que en alguna medida también a ellos debería de afectarlos cualquier estado de insatisfacción general.

Podemos afirmar que todo régimen político se sostiene sobre un conjunto articulado de instituciones: el cuadro administrativo, ya no solo sobre los órganos represivos. Mas aquí cabe aplicar también los mismos argumentos de arriba. En última instancia, no nos queda más que admitir que es sobre el consentimiento de los individuos a la situación comunitaria en que viven, sobre una mentalidad común, sobre una específica cultura, que se sostienen incluso los peores regímenes autoritarios, más que sobre las bayonetas o la efectividad de su policía política.

En el caso del autoritarismo el cuadro impone las decisiones desde arriba hacia abajo, pero ese estado de cosas solo es aceptable para los gobernados desde una cierta cultura autoritaria. En caso de no existir esa cultura de nada le valdrá al gobernante multiplicar numéricamente a los integrantes del cuadro hasta los límites de lo que permite la economía, o sus ansias de poder personal.

En la democracia los gobernantes se encuentran bajo la supervisión de los gobernados, incluso más que buena parte del cuadro administrativo, mediante los mecanismos democráticos de la sociedad en cuestión. Pero de poco valdrán los tales mecanismos si en ella no impera una cultura democrática. Sin esta, los tales mecanismos acabarán por convertirse en convenientes máscaras para los peores autoritarismos.

Es por lo tanto la cultura que predomina, ese nivel básico común a todos los integrantes de la sociedad dada, no la estructura o ferocidad del cuadro administrativo, o la existencia o no de los mecanismos “democráticos”, la más segura vía para diferenciar a los regímenes políticos de manera puntual: existe una cultura o mentalidad democrática, y a su vez una autoritaria, y en dependencia de a cuál de estas dos abstracciones se acerque más la cultura específica de la sociedad en cuestión, podrá decirse si la misma se encuentra sometida a un régimen más o menos democrático, o a uno autoritario.

3. Rasgo central de una cultura democrática es que, para los individuos que viven dentro de ella, la ley, haya sido consensuada de manera tácita o dialogada, se encuentra siempre por encima de todos. Se confía por lo tanto en el pacto entre todos, concretado en un conjunto de reglas abstractas.

En el autoritarismo, en cambio, la confianza individual se deposita en individuos concretos, cuya voluntad la mayoría ha aceptado colocar en última instancia por encima de la de todos los demás.

Para distinguir a una cultura de otra, y por lo mismo a un régimen político de otro, es determinante fijarnos en cómo ve el individuo promedio al gobernante: En el caso del Ancien Régimen, para el gobernado el gobernante ocupa el poder por decreto divino, por tanto su posición subordinada responde al propio ordenamiento del mundo; en el de los regímenes autoritarios positivistas, en una cultura en que se necesita de conocimientos específicos para cada actividad concreta, el gobernante es el especialista calificado para hacerse cargo de los específicos asuntos políticos (de ahí el surgimiento de ciencias políticas, como la politología, refugio de tantos farsantes); en las “democracias participativas”, ese regreso a medias y sutil a las sociedades pre-capitalistas, justificado en una supuesta superación del capitalismo, en parte por lo anterior, pero también porque el gobernante es el patriarca, ese carismático y paternal pariente nuestro que sabe cómo conducirnos al paraíso en la tierra de alguna utopía.

Por su parte en la verdadera cultura democrática el gobernante no es para el ciudadano más que un igual, a quien por consenso común de toda la ciudadanía se lo ha mandatado para hacer respetar la ley. Por sobre todo para hacer respetar las reglas que en el ágora permiten que todos puedan participar por igual en la consensuación de los asuntos comunes.

4. Característica principal en la cultura democrática es la aceptación por todos de la insalvable necesidad de echar mano de las relaciones impersonales, sometidas a reglas abstractas, como cada vez más importantes a medida que el individuo se aleja de su marco familiar, tribal, y se adentra a su vez en una sociedad global compuesta por miles de millones de individuos humanos, en la cual las relaciones humanas adquieren de manera inevitable altísimos grados de complejidad. En democracia la impersonalidad en la administración, aunque criticada en sus excesos burocráticos, es aceptada como la base sobre la que se obliga al que administra a tenernos a todos por iguales: es la base de la igualdad ante la ley, imprescindible a toda verdadera democracia.

Contrastantemente, en la cultura autoritaria siempre existe un grado exagerado de sospecha ante dichas relaciones, a las cuales se pretenden sustituir de un modo u otro por las personales. Por tanto, una cultura es más o menos autoritaria en relación directa a la obsesividad de su grado de preocupación por los excesos burocráticos: las culturas que se proponen erradicar las burocracias nunca son democráticas.

Es esta precisamente la explicación última de por qué en sociedades con una cultura autoritaria se prefiere el gobierno personal de los tiranos, y en las sustentadas sobre una democrática, el imperio impersonal de la ley.

Esta distribución de la afinidad por lo personal o lo impersonal en las culturas democrática y autoritaria se presta para que los tiranos, y los ditirambistas de su séquito, pretendan hacernos pasar los peores autoritarismos por más humanos e igualitarios que las democracias. Porque desde una aproximación superficial, la manera personal parece ideal para establecer entre gobernantes y gobernados una relación entre iguales, entre humanos, mientras que la impersonal se presta para lo contrario, al permitirle al gobernante administrar como si los gobernados fuesen números, no personas.

Mas el asunto aquí no es lo que quieran los gobernantes, sino lo que están dispuestos a aceptar los gobernados. El asunto no está en cómo quisiera administrar el gobernante, sin duda como si todos fuéramos ovejas marcadas con un número que él arrea a pastar, sino en cómo a él lo ven los gobernados. Lo importante no es lo que quiere el gobernante, que de tener la oportunidad siempre será el gobernar autoritariamente, sino lo que en su concreta interpretación del mundo, y de su lugar en él, están dispuestos a permitirle los gobernados.

La realidad es que en un sistema personalista de administración se establece una falsa relación personal entre gobernado y gobernante, la cual solo sirve para fortalecer la posición del segundo al crear expectativas de trato paternal y leyendas folklóricas en la mente del primero. Así, sobre la base de sus estudiadas distinciones personales en la administración, el gobernante puede no solo acumular la suficiente masa de apoyo para imponerse sobre la ley, sino incluso da pie a las leyendas autoritarias sobre las que todo autoritarismo se levanta culturalmente. Por ejemplo: las francesas sobre los ministros malos que siempre engañan al rey bueno, y milagroso, que sana con solo tocar a sus súbditos.

La realidad es que en sociedades masivas lo personal es insuficiente para hacer funcionar las relaciones humanas muy complejas que allí predominan, bastante alejadas del marco familiar, tribal, concreto de los individuos. En tales sociedades la sobrevaloración de lo personal en la administración solo sirve para justificar la ficción de que quien manda tiránicamente es en cambio un pariente muy querido. Alguien que desde la pantalla del televisor, o desde el cuadro suyo que hemos colgado en la sala, siempre está muy al tanto de nuestros asuntos, deseos, sueños, fantasías.

La preferencia cultural por el modo personal de administrar es uno de los fundamentos sobre los que se levanta el autoritarismo. Mientras la resignada aceptación por el ciudadano del impersonal, resulta una de las bases culturales más firmes de la democracia.

En cuanto a las innegables deficiencias del sistema impersonal de administración, en esencia su burocratización excesiva, es contrarrestada en democracia por el espíritu participativo de la cultura democrática, que permite reducirlas a un mínimo tolerable.

© cubaencuentro.com

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