lunes, febrero 21, 2022

Video: Conversatorio con el Padre Alberto Reyes, Párroco del pueblo de Esperanza, en la provincia Camagüey habla sobre los jóvenes presos por las manifestaciones populares del 11J

 Wenceslao Cruz

Streamed live on Feb 17, 2022

La Asociación Nacional de Educadores Cubano-Americanos (NACAE) se complace en invitarlos a un conversatorio con el Padre Alberto Reyes, Párroco del pueblo de Esperanza, en la provincia de Camagüey y destacado miembro de la Iglesia Católica Cubana. Participarán Rosa María Payá, de Cuba Decide y John Suárez, del Centro para una Cuba Libre.

Conversatorio con el Padre Alberto Reyes, Párroco del pueblo de Esperanza, en la provincia Camagüey



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lunes, diciembre 13, 2021

Padre Alberto Reyes Pías: ¿Pueden los cristianos participar en manifestaciones públicas?

 Tomado de https://zoepost.com/pueden-los-cristianos-participar-en-manifestaciones-publicas/


¿Pueden los cristianos participar en manifestaciones públicas?

Por Padre Alberto Reyes Pías

11/12/2021

Sacerdote Católico Cubano.


Apuntes sobre Doctrina Social de la Iglesia (29).

La fuerza de una auto amonestación.

En la primera carta a los Corintios San Pablo dice a sí mismo: “¡Ay de mí si no evangelizo!”.

La Iglesia comprendió desde sus inicios que la propuesta de los valores del Evangelio (amor, paz,

perdón, justicia, solidaridad, libertad…) no podía reducirse a las conciencias individuales, sino que se refería también a las instituciones públicas.

Pablo VI en la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi (nro. 34) dice que “por la relevancia pública del Evangelio y de la fe y por los efectos perversos de la injusticia, es decir, del pecado, la Iglesia no puede permanecer indiferente ante las vicisitudes sociales”. Por su parte, Juan Pablo II, en el Mensaje al Secretario General de las Naciones Unidas con ocasión del XXX aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, dice que no se debe “reducir erróneamente el hecho religioso a la esfera meramente privada”.

La manifestación pública.

Salir a las calles y manifestarse públicamente a favor de los valores del Evangelio no sólo es un derecho del cristiano sino un deber, porque el mensaje cristiano no puede orientarse hacia una salvación puramente ultraterrena, incapaz de buscar soluciones a los problemas concretos de la vida humana. Por eso, siempre que el poder reprima a la justicia, los cristianos deben encontrarse en la primera fila de los manifestantes.

En la Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro, en julio del 2013, el Papa Francisco dijo: “Ustedes, los jóvenes, tienen que pisar la calle… ¡Les ruego que no dejen que sean otros los protagonistas del cambio! ¡A ustedes les pertenece el futuro!

Los cristianos deben manifestarse, conjuntamente con otros, contra las posturas de odio y violencia, contra las condiciones laborales humillantes, contra la negación de un salario justo, contra la falta de libertad y de justicia social… Los cristianos necesitan aprender que, para crear conciencia política en favor de la verdad y la justicia, deben salir a las calles.

La defensa pública de los valores del Evangelio no estará nunca exenta de riesgos y de precios. El mismo papa Francisco advierte: “¡Vayan adelante! En la vida habrá siempre personas que les harán propuestas para frenar, para bloquear su camino. (…) ¡No! Vayan a contracorriente respecto a esta civilización que nos está haciendo tanto daño”. En frase del escritor alemán Kurt Tucholsky: “Nada hay más difícil ni más exigente que estar en franca oposición a la propia época y decir con voz alta: No”.

La Doctrina Social de la Iglesia reconoce, pues, que los espacios públicos son también campo de evangelización. Las calles son de todos aquellos que defienden un mundo mejor para todos.

Preguntas para compartir.

1.- ¿Cómo crees que podrían evangelizarse en Cuba los espacios públicos? Para responder, define primero a qué espacio público te refieres y cuál sería, en ese caso, tu propuesta.

2.- Nuestros miedos suelen bloquear muchas veces nuestro actuar, pues damos por cierto lo que nuestra mente imagina. Hay una frase que dice. “Lo que te ata no es la soga sino tu idea de la soga. Los límites están puestos por tu imaginación”. ¿Qué miedos necesitamos enfrentar en Cuba para expresar en público los valores de nuestra fe? ¿Qué podemos hacer para que esos miedos no nos “secuestren”?



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lunes, octubre 25, 2021

Padre Alberto Reyes: Brigadas de Violencia Rápida en Cuba

Brigadas de Violencia Rápida

Por Padre Alberto Reyes.

25/10/2021

Desde que tengo uso de razón he escuchado que vivo en un sistema social diseñado no sólo para servir al pueblo sino para darle a ese pueblo el mejor de los presentes y el mejor de los futuros. Durante años nos lo creímos, o fingimos creerlo, mientras veíamos cómo el presente de muchos pueblos, vecinos y no vecinos, mejoraba, y nosotros parecíamos retroceder en el tiempo, a la par que comprendíamos que “el pueblo” no se refería a toda la población sino a aquella parte que seguía aplaudiendo y aguantando. La otra parte, la que protestaba, la que se quejaba, la que emigraba…, fue siempre sistemáticamente ignorada, desprestigiada, excluida, reprimida.

Fue en esa vasta metodología orientada a despojar a muchos de su membresía de “pueblo”, donde surgió la idea diabólica de las llamadas “Brigadas de Respuesta Rápida”. Presentadas con la mítica y falsa propaganda del “pueblo enardecido que defiende su Revolución”, se cruzó un límite que nunca debió ser cruzado y que no debe ser cruzado por ninguna sociedad: enfrentar a hermanos contra hermanos, atacar a tus vecinos, a los tuyos, a tu propio pueblo.

Hoy, cuando mucha gente nacida en esta tierra y parte de este pueblo alza la voz para pedir cambios a través del diálogo y del entendimiento pacífico, se vuelve a acudir a lo peor del ser humano: la violencia contra su propio hermano.

Pero, ¿quién convoca a la violencia? Rostros conocidos pero anónimos, personas que nunca saldrán en una pantalla diciendo ni siquiera frases tan ambiguas como: “¡Defiendan a la Revolución!”. Cuando términos como golpear, agredir, reprimir se sobreentienden, podemos recurrir a los eufemismos del lenguaje. Pero nada de eso será dicho por los que tienen autoridad para decirlo, porque eso se llama “trabajo sucio”, y el poder real se cuida muy bien de no dejar huellas acusatorias.

¿Quiénes están haciendo el “trabajo sucio”? Los mandos intermedios, personas encargadas de prepararlo todo pero que tal vez tampoco entrarán en acción: convocarán, mandarán a otros, empujarán, vigilarán desde las esquinas, pero tal vez se cuidarán muy bien de no salir nunca en una foto golpeando a otro junto a un cartel que diga: “¡Represor!”.

Al final, ¿quién tomará el bate y expondrá su rostro?, ¿quién levantará el puño contra el hermano?, ¿quién venderá su alma al diablo hundiéndose en el mal irreflexivo?, ¿quién saldrá en una foto en Facebook con una nota que diga nombre, dirección y el calificativo de “represor”? Los de abajo, la masa desechable, los tontos útiles, los prescindibles, aquellos por los cuales, si se vira la tortilla, nadie moverá un dedo para defenderlos. O tal vez, personas que no quieren hacerlo, pero que sienten un miedo atroz a plantarse y a decir: “¡no lo voy a hacer!”, o personas que de tan comprometidas con el “sistema” se debaten en lo que la psicología llama “conflicto de lealtades”.

Yo entiendo, entiendo los miedos, entiendo los conflictos de lealtades, entiendo la fuerza de la presión ejercida desde posiciones de poder, pero creo firmemente en la libertad intrínseca del ser humano, creo en la capacidad humana de elegir la luz, creo en la fuerza del bien en la conciencia que permite tirar el bate a tierra y decir: “¡no lo voy a hacer!”.

Y el momento para tomar esa decisión es ahora, no delante de un pueblo gritando “¡libertad!”. Porque cuando se está delante de un pueblo que se ha levantado para reclamar sus derechos, los miedos se despiertan, y las alarmas se disparan, alimentadas por el instinto innato de la propia supervivencia. Y cuando esto llega, el alma viene absorbida por el túnel oscuro de la violencia.

Todo en la vida tiene un precio. Ser libre, tiene un precio, y ser esclavo también. Servir al poder y hacer el “trabajo sucio” tiene un precio, como lo tiene plantarse y no dejar a otros que te usen para agredir. Salir a golpear a tus hermanos, tiene un precio; decir “no” o, al menos, quedarte en casa, también lo tiene. Todos tendremos que pagar por lo que elijamos, pero eso ni se piensa ni se decide en medio de una multitud. Este es el momento, el hoy, el ahora, el presente todavía sereno es el momento de reconocer que tu opción política, sea la que sea, es válida y tienes derecho a defenderla, pero lo que no es válido, lo que es inadmisible, lo que no es un derecho, es que para defender tus opciones elijas la violencia y levantes el puño armado contra tu hermano.

Padre Alberto Reyes Pías nació en Florida, Camagüey. Estudió Psicología Pura en España, antes de entrar al Seminario estudió 3 años de Medicina (en Cuba), lo dejó para entrar en el Seminario. Párroco en Esmeralda, Camagüey.


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martes, abril 06, 2021

Zoé Valdés: ¿El fin de la Crónicas del Noroeste escritas y dichas en Cuba por el Padre Alberto Reyes?

 





Tomado de https://zoepost.com/el-fin-de-la-cronicas-del-noroeste-escritas-y-dichas-por-el-padre-alberto-reyes/

¿El fin de la Crónicas del Noroeste escritas y dichas por el Padre Alberto Reyes?

Por Zoé Valdés.

06/04/2021 

Hace alrededor de una semana comunicamos el Padre Alberto Reyes y yo, entonces me anunció a modo personal que sus Crónicas del Noroeste no saldrían más. Había recibido avisos oficiales de que no las escribiera ni publicara. «Habrá otra vía», fue su respuesta ante mi inquietud. La vía siempre estará en la santa palabra de Dios. Hoy el Padre Alberto Reyes ha hecho pública la noticia a través de su Facebook, y no deja de ser impactante que la censura todavía llegue en aquella desdichada isla hasta la iglesia.

Extrañaremos las Crónicas del Noroeste, leerlas y oírlas en su voz eran un verdadero remanso. Porque esas Crónicas eran una vía elocuente y vivaz para los exiliados de mantenerse conectados con Cuba y con alguien, él, que zapateaba los campos y ciudades de nuestro país y conocía de sus realidades de primera mano, representando la fe cristiana. Para los cubanos de a pie, dentro de Cuba, la ausencia de esos testimonios será todavía peor, pues a través de los escritos del Padre Alberto Reyes otra opción de expresión era posible, la opción de la palabra correcta, a tiempo y precisa, delicada y contundente, certera, imponente sin ser impositiva, reflexiva; la posibilidad del análisis exacto, visto con los ojos del amor y de la verdad, con la elegancia del idioma y respeto a la buena educación, que tanta falta hace en nuestro país. La opción de la fe católica que les veía y reparaba en ellos con los ojos de la compasión.

( Padre Alberto Reyes)

Resulta curioso que mientras que a otros se les permite la bajeza escandalosa y lo impúdico soez en ciertas calles de la capital, a un sacerdote se le niegue un derecho humano basándose en los votos de obediencia que como hombre de la iglesia y de Dios no se nos ocurre negar que debe cumplir. Muy curioso, aunque para los que conocemos lo que se está queriendo promulgar desde el cocinado de la Cuba actual -régimen mediante- hacia el exterior no debiera extrañarnos.

Muy triste, sí. Aunque estoy segura de que el Padre Alberto Reyes todavía tiene mucho que escribir y que contarnos por las vías que nuestro Señor, la Virgen María, y la Luz del Espíritu Santo le concederán en el camino de su inspiración humana y religiosa. Para ello ZoePost.com estará invariablemente a su disposición.

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Zoé Valdés es escritora y artista. Fundadora y Directora General de ZoePost.


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lunes, marzo 29, 2021

Padre Alberto Reyes desde Cuba: A propósito de la Semana Santa

 
Tomado de https://zoepost.com/a-proposito-de-la-semana-santa/

A propósito de la Semana Santa

Por Padre Alberto Reyes

28/03/2021

Nací y crecí en un ambiente cristiano. Durante años creí que era imposible vivir sin Dios, y me preguntaba cómo era posible que alguien viviera sin Dios. Pero un día, cuyas coordenadas no recuerdo, algo me hizo darme cuenta que era posible vivir sin Dios, sustituyéndolo, obviamente, por otros dioses, pero eso no interesa ahora. Comprender que podía vivir sin Dios fue uno de los momentos más importantes de mi vida, porque ese día me dije: “No quiero vivir sin Dios; puedo, pero no quiero”. Y a mi libertad le nacieron alas.

Esta certeza no quita el hecho de que la vida es una apuesta. ¿Existe Dios? No lo sabemos. Nadie puede demostrar su existencia ni su inexistencia. Es el terreno de la fe.

Y yo tengo fe, yo creo. Creo en Dios, y creo que Jesús de Nazaret es Dios hecho hombre, y creo que murió realmente en una cruz, y creo que resucitó. Creo que la vida que propone da sentido pleno a la existencia, y creo que, pase lo que pase, su promesa es cierta: “Las puertas del abismo no prevalecerán, el mal no tendrá la última palabra”. Ningún mal.

Respeto toda opción diferente y respetable (no todas las opciones humanas son respetables), pero creo que ese hombre muerto en cruz es El Camino, La Verdad y La Vida.

Y desde ahí abro, transito y cierro mis días, desde ahí miro la vida.

Hay, ciertamente, otras miradas que salen de mí y que me turban.

Miro el mal, presente en hombres y mujeres singulares, en organizaciones, en sistemas políticos o ideológicos, y no puedo dejar de admitir que el mal es una gran fuerza, que con el mal se avanza mucho y se logran muchas cosas, y no puedo evitar la sensación de que el mal terminará imponiéndose.

Miro la mentira, la manipulación, el chantaje, el juego sucio, la traición, la doblez, y cómo los que lo usan logran sus premios.

Miro la avaricia, el egoísmo, el ansia desmedida de poseer, y los aplausos, las alabanzas y las envidias de aquellos que se han quedado “por debajo”.

Y miro mi alma, y me doy cuenta de que el mal también me habita, que no estoy hecho de una pasta diferente, y que yo también me he sentido cómodo cenando con el mal.

Pero entonces, algo en mí se rebela, algo que viene de un Cristo en cruz, traicionado, abandonado, torturado hasta lo inimaginable, pero sereno, que escucha y consuela al que con él sufre, que reza por los que lo condenan, que se ocupa de los suyos, y que confía en Aquel a quien siempre llamó “Padre”: “En tus manos Padre…, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Y entonces surge en mí la certeza de que el mal no tendrá la última palabra, de que no terminará imponiéndose, tengo la certeza de que el mal, a la corta o a la larga, caerá; tengo la certeza de que la verdad, la sinceridad, la honestidad, el servicio…, tienen la fuerza de transformar la vida, toda vida.

Ese Cristo en cruz hace brotar lo mejor de mí, y hace que me diga: “Puedo servir al mal, pero no quiero; puedo hacerme cómplice de la oscuridad, pero no quiero; puedo ser instrumento de la mentira, de la opresión, de la manipulación…, pero no quiero”.

Entiendo que enfrentar el mal tiene precios, porque el mal busca imponerse, y no tolera opositores, entiendo que es menos complicado aliarse con el mal que negarse a servirlo, y entiendo que el camino del bien suele ser siempre más largo y más sufrido, y que hay que cuidarse mucho de no contaminarse, de no combatir el mal con el mal, el odio con el odio, la violencia con la violencia. A veces es tan difícil no contaminarse. Pero vuelvo la mirada a mi Cristo en cruz, aparentemente vencido e impotente, y siento por dentro su voz que me dice: “Cree, cree en la fuerza del bien, cree en lo mejor de ti mismo, cree que yo estoy contigo, y no te rindas”.

Y entonces miro al mal, y siento que tengo fuerzas para decir: “Puedo ser tuyo, pero no quiero”.


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viernes, marzo 05, 2021

Video: Zoé Valdés entrevista al Padre Alberto Reyes quién ha escrito desde Cuba excelentes artículos sobre la realidad cubana

 Zoe Valdes

Mar 3, 2021

ZoePost - Entrevista al  Padre Alberto Reyes desde Cuba


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Tomado de https://www.facebook.com/

Crónicas del Noroeste VII.

Una cuestión de identidad.

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A ustedes, que tienen las riendas del poder político de esta isla, ¿no ven a este pueblo clamar por un cambio?

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Por Padre Alberto Reyes

28 de febrero de 2021

Los gatos no vuelan. Saltan bien, son envidiablemente elásticos, pero no pueden volar. Y el por qué es muy sencillo: su identidad lo impide.

Algo parecido sucede en el ser humano con la verdad: una vez que aparece, se impone. Se puede ser corto de mente y no ver la verdad; se puede estar equivocado y no entender la verdad; pero cuando la verdad se ve y se entiende, se impone a la razón. Podemos negarla, amordazarla, silenciarla, intentar desesperadamente que responda a nuestros intereses y no a la realidad, pero una y otra vez nos clavará su mirada y nos dirá: “¡Mientes!”.

Entre el sometimiento y la rebeldía.

La verdad puede ser sometida a muchas cosas: a intereses políticos, ideológicos, religiosos…, a intereses personales, a los propios miedos, pero siempre, una y otra vez, se negará a ser esclava, y desde el fondo más sagrado de nuestra conciencia, se rebelará y se resistirá a ser maniatada.

Y es que la verdad tiene vida propia, porque habita en la conciencia, ese prodigio que puede ser ensombrecido, manipulado, engañado…, pero que, como los árboles, renace, una y otra vez y, como la aurora, tarde o temprano, rompe las tinieblas con una luz imparable.

Una cuestión de elección.

Desde nuestra identidad, la verdad se impone. Desde nuestra decisión, podemos negarla, pero pagando precios muy altos.

Uno de los precios es la renuncia a la libertad. Si miento, por la razón que sea, me convierto en un esclavo, y el esclavo vive con miedo, porque sabe que el más mínimo desliz le costará todo. Apuntarse a la mentira es dejar de existir, porque ya no soy yo. Me convierto en un maniquí vacío de vida y lleno de ideas, eslóganes, frases hechas…, mías o de otros, eso da igual. Si la mentira me hace esclavo de otros es mucho más triste, pero aun cuando soy esclavo de mis propias mentiras, el resultado es el mismo: no existo, soy una sombra, y pierdo día a día la única vida que se me ha permitido tener.

Vivir en la verdad puede doler, puede ser problemático, pero es el único modo de existir realmente, y es el único camino hacia el bien mayor, mío y de otros. Vivir en la verdad es, ante todo, un compromiso con uno mismo.

Elegir la mentira implica renunciar a la fidelidad a la realidad, apostando por un mundo artificial que construimos para hacernos la idea de que así estamos mejor, de que así todo funciona mejor, de que así nos convertimos en ganadores, sin darnos cuenta de que nos vamos quebrando, nos rompemos por dentro, sin felicidad, sin paz, evadiendo el silencio donde es más claro escuchar la voz de la conciencia diciéndonos: “¿no te das cuenta que tu vida es un fraude?

Vivir en la mentira es intentar ocultar un incendio cerrando las ventanas, mientras fingimos estar tranquilos y seguros.

¿Así quieres vivir?

Mintiendo se puede llegar muy lejos, se puede lograr mucho poder, se pueden ver crecer los bienes materiales, se pueden abrir muchas puertas. Del mismo modo, sometiéndonos a la mentira, podemos evitar muchos problemas, podemos lograr la supervivencia…, pero en todo caso, se pierde la vida, nuestra única vida.

Y las “ganancias” no compensan la pérdida.

¿Y si intentamos ser humildes?

Los problemas complejos no tienen soluciones simples, pero todo problema, por muy complejo que sea, empieza a solucionarse desde pasos pequeños. Yo entiendo que cuando se ha andado mucho por un camino se hace difícil parar y cambiar el rumbo, pero creo que es mucho peor persistir en la dirección en la que la realidad indica, cada vez con más claridad, que no hay una salida.

Soy consciente de mi pequeñez, y me siento como una voz que grita en el desierto, pero creo que es mejor gritar en el desierto que callar. Y desde la conciencia de mi nada yo hablo de la realidad que veo, de lo que se impone a mis sentidos: un pueblo cansado de este estéril “espíritu de revolución”, de un absurdo “resistir y vencer”, de “hacer más con menos”, de “batallas de ideas”, de “aquí no se rinde nadie”, de “socialismo o muerte”, e incluso de “patria o muerte”. Años y años entre eslóganes de guerra, mientras añoramos tiempos de paz. No veo a un pueblo deseoso de dar su vida para construir una revolución, sino a un pueblo desesperado porque la llamada “revolución” le dé respiro para construir su vida.

A ustedes, que tienen las riendas del poder político de esta isla, ¿no ven a este pueblo clamar por un cambio? ¿No van ustedes a tener el coraje y la inteligencia de iniciar esos cambios, de modo que pueda lograrse una transición pacífica y podamos todos al final llegar a un acuerdo desde la paz? Porque la realidad se impone, y este pueblo lleva mucho tiempo dando signos de que no quiere una continuidad, aunque se insista en ello una y otra vez. Esta revolución fue un sueño hermoso para muchos, y entiendo que uno se aferra a los sueños hermosos, pero el sueño no nos trajo ni el pan ni la dignidad, y es sabiduría cambiar cuando la realidad pide otras respuestas. Y lo mejor, lo más sensato, amén de lo más elegante, sería una propuesta desde las estructuras de poder. Porque cuando los ríos se desbordan, sólo dejan a su paso destrucción y muerte.

A ustedes, que responden a los órganos de poder y, de hecho, los sostienen: ejército, funcionarios, ministros…, a ustedes que no pueden no ver la realidad, a ustedes que tienen oídos para escuchar a sus familias, a sus amigos, a sus vecinos, a ustedes que tienen también una conciencia y una responsabilidad. ¿Es que no ven? ¿Es que no escuchan? ¿Es que no comprenden que no podemos seguir así, y que en un país a la deriva nadie está a salvo, ni ustedes ni sus hijos? ¿Es que no ven que ya nadie confía en que estamos en “el camino correcto”, ni que lograremos construir una sociedad feliz y próspera? ¿Lo creen ustedes? 

Ustedes tienen una conciencia, y en esa conciencia vive la Verdad, y ustedes saben, tienen que saber. Y ustedes tienen que haberse preguntado alguna vez cómo los recordarán sus hijos y sus nietos. Y quiero creer que alguna vez se han preguntado si están haciendo lo correcto. Y quiero creer que alguna vez han deseado morir en paz con su conciencia.

Entiendo que no es sencillo, entiendo que hay mucho en juego, pero ¿y si todos nos hacemos un poco más humildes y reconocemos que necesitamos un cambio de rumbo, un espacio nuevo en el que todos tengan cabida? 

El cubano no es un pueblo rencoroso, y lo ha demostrado. La tónica de los reclamos de este pueblo no deja de ser la del diálogo y la inclusión. No queremos violencia, no queremos gritos, no queremos descalificaciones, no queremos actos de repudio. Pero tampoco queremos someternos más, tampoco queremos convertir nuestra vida en una mentira, tampoco queremos que se siga insultando nuestra inteligencia.

Reconozco que puedo ser yo el que está equivocado, pero quiero ser fiel a mi conciencia, a lo que veo, a lo que se impone a mis sentidos. Y cuando miro a mi tierra en estos momentos no puedo menos que pensar en unos versos de Pablo Neruda: “Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”. 

Creo, profundamente, que la primavera de una Cuba nueva está llegando, y que es imparable, y rezo con todas mis fuerzas para que todo eso que significa la primavera: armonía, color, luz, gozo, paz…, encuentre corazones que se abran a ella, la reciban y le digan: “cuenta conmigo”.

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domingo, noviembre 01, 2020

Desde Cuba: Crónicas del Noroeste Un cura que habla como si fuera libre: Siempre quise decir esto: el comunismo es una gran mentira..



Crónicas del Noroeste III.

Cosas que pasan.

Por Padre Alberto Reyes

Sacerdote camagüeyano 

1 de noviembre,  2020


La vida da, de tanto en tanto, giros. Yo tenía pensadas unas crónicas diferentes. Había recogido meticulosamente en mi celular muchas anécdotas parroquiales sucedidas este mes, pero la vida es caprichosa, impredecible, incluso extraña, podríamos decir. Y es que las anécdotas ya no están, mi celular murió en un aguacero y se llevó muchas cosas a la tumba.

Los domingos en la tarde suelo ir a dos pueblos relativamente cercanos: Caonao y Tabor. Hace un par de semanas mi transporte era una motorina. El cielo amenazaba agua pero a la hora de salir no había caído una gota. Fui a un pueblo, luego al otro. Al regresar comenzaba una tenue llovizna, que un poco más adelante se convirtió en lluvia firme y terminó siendo un torrencial aguacero, cargado de electricidad.

Con cañaverales a derecha e izquierda, la única opción era seguir, intentando no terminar por los suelos. Los relámpagos y su administración pertenecen al Señor de los cielos, así que mejor no preocuparse por lo que no nos es dado controlar. Por motivos técnicos relativos a la humedad y que no domino, la motorina, que era eléctrica, empezó a acelerarse sola, mientras yo me enfocaba en mantener el equilibrio y mi visión de túnel me impedía darme cuenta de la posibilidad de cortar la corriente apagándola. Con horror vi venir de frente, rebotando en los charcos, un autobús a toda velocidad, luego una máquina, luego otro autobús. Mi mente se disparó. Paralizado sobre la motorina, que había adquirido vida propia y que iba a toda potencia por una carretera encharcada, empapado hasta los huesos, con el casco que se movía en todas direcciones…, a mi mente no le quedó nada por decir.

Más adelante, de repente, la motorina dejó de funcionar. Luego me explicarían que se había disparado el breaker de seguridad, pero yo no lo sabía, así que empezó la segunda etapa. Chorreando agua, motorina en mano, caminar, mientras los relámpagos se expandían a derecha e izquierda.

En una situación así, sólo hay dos cosas que hacer: quejarse y maldecir a la galaxia, o pensar. Y yo pensé, pensé en que más allá de mi pasión por atender a mis pueblos las cosas no tendrían que ser así, pensé en toda la gente que en cada aguacero vive una situación similar, porque tiene que andar a pie, o en bicicleta, o en carretón de caballos, pensé en tanta gente con casas precarias donde llueve más dentro que fuera, y pensé que podría haber tenido un accidente, que podría haber muerto, y que había cosas que nunca había dicho. Y tuve miedo, no de morir, sino de morir sin haber dicho cosas que tengo entre pecho y espalda.

Hipótesis química.

Amo la química, me seducen las reacciones. Y desde hace tiempo, cada vez que pienso en la situación de mi pueblo, me viene a la mente una fórmula química que me explique por qué mi pueblo está como está. Y mi fórmula es esta:

(Miedo + Mentira + División) x Silencio cómplice = Opresión

Miedo.

Tenemos miedo, nacemos en el miedo, crecemos en el miedo, vivimos en el miedo.

El miedo es una sensación de inseguridad ante algo que nos puede dañar y que no controlamos. El miedo es automático e incontrolable, y como toda sensación, no es manejable por la voluntad. Pero la eficacia del miedo no radica en el sentimiento sino que funciona porque paraliza a la voluntad. El miedo secuestra a la voluntad contándole historias de terror.

No tenemos mucho poder sobre el miedo que “sentimos”, pero superar la parálisis y actuar según lo que queremos hacer sí depende de nuestra decisión. La voluntad no está sujeta al sentimiento, y esa es nuestra fuerza. Hacer algo puede convivir perfectamente con el miedo a hacerlo.

Cuba es una cárcel grande donde, si te portas mal, te meten en otra más pequeña. Y como cárcel al fin, nos sentimos controlados. Tenemos miedo a decir lo que pensamos, a decir lo que queremos. Tenemos miedo a que de un modo u otro nos bloqueen el estudio o el trabajo, que nos hagan la vida más difícil de lo que ya es. Tenemos miedo a que nos citen y nos “regañen”, advirtiéndonos de nuestra “mala conducta”.

Y mientras tanto, seguimos cantando nuestro Himno nacional y repitiendo que “en cadenas vivir es vivir, en afrentas y oprobio sumidos”. Digámoslo de otro modo, a ver si lo entendemos: lo que estamos diciendo es que “vivir sin honor, sin respeto, sin honra, es vivir como esclavos”. ¿Y no es esclavitud vivir con miedo a decir lo que se cree y se piensa?, ¿y no es esclavitud no poder decidir sobre la propia vida y sobre la vida de nuestra patria?, ¿y no es de esclavos vivir teniendo como horizonte sobrevivir o irse del país?

Entendámoslo de una vez: siempre tendremos miedo, y nunca haremos nada si no aprendemos a vivir a pesar del miedo, si no actuamos según nuestra conciencia mientras el miedo fluye por cada una de nuestras arterias.

Mentira.

Siempre quise decir esto: el comunismo es una gran mentira. Todo es mentira. Goebbles, el ideólogo de Hitler, decía: “Una mentira mil veces repetida, se transforma en verdad”.

Cuba es como un gran teatro, donde nos mentimos unos a otros como parte de una obra que ya no necesita ser ensayada:

  • Que somos una potencia médica: mentira.
  • Que el sistema de educación es extraordinario: mentira.
  • Que somos internacionalistas por pura generosidad: mentira.
  • Que el Noticiero Nacional de Televisión muestra la realidad del pueblo: mentira.
  • Que las manifestaciones del primero de mayo y del 26 de julio son naturales y voluntarias: mentira.
  • Que las brigadas de respuesta rápida no son otra cosa que la reacción espontánea del pueblo enardecido que defiende a su Revolución: mentira.
  • Que no tenemos presos políticos: mentira.
  • Que en Cuba se respetan los derechos humanos: mentira.
  • Que no existe la oposición y la disidencia: mentira.
  • Que como pueblo apoyamos incondicionalmente el socialismo: mentira.
  • Que creemos que el sistema electoral es el mejor del mundo: mentira.
  • Que la vida digna de la ancianidad está garantizada: mentira.
  • Que somos felices aquí: mentira.

Pero estamos acostumbrados a mentir, y tenemos miedo a la verdad, y enseñamos a nuestros niños a actuar en este burdo espectáculo, esperando, eso sí, que un día pase “algo” que nos permita existir y no fingir, sin darnos cuenta de que si todos dijéramos lo que creemos y lo que pensamos, si todos dijéramos la verdad, este sistema colapsaría.

División.

Divide y vencerás. No podemos negar que los antiguos romanos eran sabios.

Uno de los éxitos mayores del sistema comunista es echar a pelear a hermano contra hermano, creando una red de espionaje y delación urbanas que te sumerge en una paranoia continua. Nadie confía en nadie y todos nos cuidamos de todos, porque nadie sabe “con quién estás hablando”.

Nos cuidamos de los vecinos, de los compañeros de trabajo, incluso de nuestros mismos familiares. Calculamos cada palabra, cada reacción, y como babosas en sus caracoles, nos exponemos más o menos según el ambiente, pero siempre con cautela, siempre bajando la voz ante ciertos temas, siempre asustados de “vendernos en bandeja” al que luego irá a dar informes, no por dinero y ni siquiera por convicción, sino porque se ha creído que así puede sobrevivir mejor.

Silencio cómplice.

Y en medio de todo esto, el silencio. Vemos, escuchamos, sabemos…, pero no hablamos. Como espectadores pasivos, esperamos a que otros hablen, y espiamos las reacciones de lo que dicen, prontos a volver la vista hacia otro lado, para no comprometernos.

Y aquí no puedo menos que decir con dolor, que sufro el silencio de mis obispos. No es verdad que la Iglesia no ha hablado, no es verdad, porque la Iglesia somos todos, y muchos laicos, sacerdotes, religiosas, incluso algún obispo en lo personal…, hemos dicho lo que pensamos y lo seguimos diciendo.

Pero los obispos son un cuerpo, son una instancia definida a la que todos miramos, esperando.

Este país necesita un cambio, necesita una transición, necesita vivir y dejar de arrastrar la existencia, y en este momento, en mi opinión, solamente la Iglesia católica está en condiciones de liderar un diálogo y de proponer una transición.

Hay mucha gente empujando en la dirección correcta, mucha gente comprometida, tenaz y valiente. Hay mucha gente en el extranjero apoyando a este pueblo y luchando por esa transición, pero desde donde están no tienen el poder para provocar un cambio interno.

La oposición interna está dividida, sin entender que, como el legendario Voltus V, sólo puede ser fuerte si se dejan a un lado las pretensiones individuales y se trabaja en conjunto. Cuando he viajado al extranjero y me han preguntado: “¿Qué tal la oposición en Cuba?”, me encojo de hombros y sólo puedo decir: “No lo sé”, porque no me queda claro a dónde mirar, ni el pueblo maneja ninguna propuesta concreta. La oposición sería mucho más eficaz si estuviera unida. Si se pusieran de acuerdo, todos podríamos mirarla entonces no sólo con más confianza sino con más claridad. A fin de cuentas, de un modo u otro, todos buscan la libertad de esta tierra y, si trabajaran en conjunto, encontrarían mucho más apoyo de un pueblo que necesita y anhela un camino distinto.

Las iglesias protestantes están divididas, unas a favor, otras en contra del sistema, y tampoco tienen un cuerpo único que coordine un proyecto social.

Por eso este pueblo mira a los obispos, y espera, espera una postura clara a favor de la justicia, de la libertad, del Evangelio en definitiva.

Cuenta Vargas Llosa en su libro: “La fiesta del chivo”, sobre la dictadura de Trujillo en República Dominicana, el momento en el cual los obispos se posicionaron en contra de la dictadura. Y no sé si es histórica la anécdota o no, pero Vargas Llosa pone en labios de su protagonista, católico, esta frase llena de orgullo: “¡Por fin mi Iglesia habla!”.

El cántico de Simeón.

Cuando la Virgen María y San José entraron al templo a presentar al niño Jesús, el anciano Simeón lo tomó en brazos. Dios le había prometido que no moriría sin antes ver al Mesías. Y cuando Simeón tuvo al niño en brazos dijo: “Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel”.

Yo no sé cuáles serán las reacciones a estas crónicas, ni tengo mayores expectativas, pero he dicho lo que tenía guardado entre pecho y espalda. Ahora puedo seguir yendo a los pueblos en motorina, aunque llueva y pase lo que pase. Ahora estoy en paz.

Esto es, también la Cuba de hoy.

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