miércoles, marzo 06, 2024

Francisco Almagro Domínguez: La última palabra usada por los comunistas cubanos para denigrar a los adversarios políticos es el de “odiadores”

 
Tomado de https://www.cubaencuentro.com

Nosotros, los «odiadores»

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La última palabra usada por los comunistas cubanos para denigrar a los adversarios políticos es el de “odiadores”

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(Todas las imágenes fueron añadidas al artículo por el Bloguista de Baracutey Cubano)

Por Francisco Almagro Domínguez

Miami

06/03/2024

Todos los regímenes autoritario-totalitarios buscan injuriar a sus enemigos ideológicos. No quiere decir que los demócratas no lo hagan también. Solo que los primeros suelen ser más creativos, diríase crueles a la hora de encontrar el epíteto más repulsivo. Mientras los demócratas tildan a sus contrarios como izquierdosos, zurdos, y comuñangas, los totalitarios nombran a quienes les adversan como cucarachas (nazis), escuálidos y pitiyanquis (¿copyright Hugo Chávez?) y gusanos y escorias (Castrismo). Para todos, los que disienten de sus dictados son apátridas y “enemigos del Estado”. Por supuesto, al ver a otro ser humano como un insecto, un norteamericano enano —pitiyanqui es un término usado en Puerto Rico en los anos 40 y 50 con el mismo propósito— o sobrante, limalla, lo natural es aplastarlo, darle una buena pateadura o echarlo en el tanque de los desperdicios.

La última palabra usada por los comunistas cubanos para denigrar a los adversarios políticos es el de “odiadores”. Explican que, del lado de acá, es decir en la Orilla Norte, vive el rencor eterno, la venganza, el rechazo ciego y sin fisuras a un país llamado Cuba. Como ellos han hecho de Cuba un Partido-Estado que solo puede existir bajo lo que llaman socialismo —cualquier semejanza con el nazi-fascismo no es pura coincidencia—, todo aquel que roce con el pétalo de la palabra esa concepción del mundo merece el epíteto de “odiador”. Los “odiadores”, según el dictum castro-canelista, no quieren ni les interesa su Patria. Desean convertirla en un prostíbulo tropical, un estado más de la Unión Americana, una isla de esclavos. Y a sus dirigentes colgarlos de la guásima —si aún queda en pie alguna— más cercana.

Esto, que solo pudiera ser una broma del absurdo tiene, a no dudarlo, seguidores fuera y dentro de la Isla. Nos creen, en verdad, “odiadores profesionales”, o sea, que vivimos por y para hacer daño. El calificativo tiene partidarios porque la propaganda antinorteamericana es muy efectiva en todo el mundo. Con evidentes errores en sus políticas exteriores, y porque siendo la potencia mundial que es, está obligada a ser impoluta, transparente en sus obligaciones morales, los “yanquis” se buscan enemigos, o los enemigos los buscan a ellos. La otra razón para creer que el Sur de la Florida es la “madriguera” donde pululan ratas y gusanos “platistas” es la desinformación que un estado totalitario puede lograr gracias a ser propietario y rector de todos los medios de comunicación social.

El odio es un sentimiento complejo. Si pudiéramos encontrarle un sinónimo seria animadversión. O antipatía. Pero en la escala de emociones negativas el odio, sin duda, supera la animadversión que no pasaría de ser ojeriza. Y no querer compartir con otra persona, y el rechazo a “conectar”, no va más allá de ser antipatía. Se puede ser antipático y poco animoso sin llegar a padecer odio. Cuando alguien siente odio por una persona o un estado de cosas, vive para destruir, hacer el mayor daño posible. No media raciocinio. Por eso se dice que el odio es ciego… y “amor”, dada la circularidad y la obsesión donde los extremos llegan a tocarse. Odiar es, en realidad, un enfermizo modo de relación que, paradójicamente, ata a las personas —odiado y odiador— como pocas emociones, quizás solo comparable con otra turbación del espíritu: el enamoramiento —que no es amor.

Quien odia tiene como meta perjudicar al otro; en realidad, a quien único daña es a la misma persona. Por otra parte, el odio encuentra terreno fértil en la miseria y la desesperanza. Un individuo alimentado como debe, con trabajo bien remunerado, techo y diversión es casi inmune al resentimiento. De modo más sencillo: no tiene por qué odiar. No es casualidad que en los países más pobres estén las madrazas de los terroristas impenitentes y de los regímenes totalitarios.

No cabe duda de que hay individuos llenos de rencor y antipatías a ambos lados del Estrecho de la Florida. Pero hay sutiles diferencias entre el odio individual y quizás justificable, y el odio que como política se enseña y cultiva en la mente del ciudadano común desde niño a través de los medios de comunicación social. Bastaría tomar los textos escolares cubanos para darse cuenta de lo que los pequeños deben aprender desde temprano y repetir sin titubear el odio al Gigante de las Siete Leguas, el Imperialismo Yanqui, el saqueador de los recursos del Tercer Mundo —el régimen anda como loco buscando que los “saqueen”. Odio a los “enemigos de la Revolución” donde quiera que estén y como quiera que piensen. Odio a quienes apoyan el “bloqueo”. Odio a los enemigos de Rusia, de China, Corea del Norte, Irán y cualquier país de Latinoamérica que, por supuesto, odie a los yanquis.

Un recurso, no por manido menos efectivo, es martillar sobre el pasado: ¡nunca olvidar! Los medios de comunicación tienen como misión reabrir heridas antiguas, no dejar que el tiempo las cure. Narran el suceso de hace treinta, cincuenta años como si hubiera pasado ayer. La tarea es actualizar el dolor para mantener activo el resentimiento —“el odio como arma de combate”. Conocí a familiares de víctimas de acciones desafortunadas que se negaban a participar en eventos donde se “homenajeaba” a familiares “víctimas del Imperio”, y cuya finalidad no era otra que renovar en ellos sentimientos de venganza y no perdón. Terminaron por ausentarse, pues sentían que algo no estaba bien en sus corazones.

Por acá, nosotros, los “odiadores”, mantenemos a flote un país que cada día se escora más por sus rencores, frustraciones y egoísmos. Quienes “odiamos” a la Isla “bloqueada” enviamos todos los años miles de millones de dólares solo en remesas, sin contar la paquetería de alimentos, medicinas y ropa por decenas de miles de toneladas. Desde la “madriguera de los odios” llamada Miami viajan a Cuba cientos todos los días. Nadie en el aeropuerto pregunta por qué, o les hacen un mitin de repudio. Algunos “odiadores” que viven en Miami tienen prohibida la entrada a su país solo porque escribieron o dijeron algo que disgustó a quienes son las mismos hace más de medio siglo. El fusilamiento de la reputación de cualquier adversario político —sin derecho a réplica– suele ser el inicio de la incitación al odio a la persona, con la consecuente destrucción material, social y espiritual del oponente.

Quienes en la Isla usan el epíteto de odiadores deberían saber que la proyección es un mecanismo de defensa del Yo consistente en pasar el problema propio a otros. Los que han puesto de moda el nuevo término peyorativo hacia el exilio no deberían preguntarse, por evidente, las causas del por qué están perdiendo, o han perdido lo que llaman “Batalla Comunicacional” o de “Ideas”.

Los calificativos negativos funcionan a veces como bumeranes. Una de las razones de la derrota ideológica esta tan clara como el “vasito de leche” que nunca apareció —por cierto, ahora no hay ni leche para los niños menores de 7 años—. No se puede mentir con tanto doblez mientras el ciudadano común ve otra cosa en la calle, y termina formándose el criterio de quienes son los “engañadores”. El cubano de a pie, y por seis décadas, sabe de sobra que acá siempre será bienvenido, y salvo algunas excepciones, quien en verdad jamás lo ha dejado o lo dejará abandonado. Los “engañadores”, que no son de Prado y Neptuno, podrían ser también los verdaderos “odiadores”.

Por eso bien vendría en el futuro parafrasear el poema del autor al que poco favor hizo el odio al nombrarlo Poeta Nacional:

No sé por qué piensas tú/cubano, que te odio yo/si somos la misma cosa/yo/tú. Tú eres pobre, lo soy yo/soy de Cuba, lo eres tú/ ¿de dónde has sacado tú? /Cubano, que te odio yo?/Me duele que a veces tú/te olvides de quién soy yo/caramba, si yo soy tú/lo mismo que tú eres yo.

© cubaencuentro.com

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Nota del Bloguista de Baracutey Cubano

 Realmente esas palabras no las escribió José Martí en carta a Serafín Sánchez;  las escribió en su carta personal a Fermín Valdés Domínguez de mayo de 1894.

Por otra parte:

José Martí en su carta del 29 de mayo de 1883 habla positivamente del fundador del marxismo, pero desecha los métodos propuestos por Marx basados en la lucha de clases:

¨ Ved esta gran sala. Karl Marx ha muerto. Como se puso del lado de los débiles, merece honor. Pero no hace bien el que señala el daño, y arde en ansias generosas de ponerle remedio, sino el que enseña remedio blando al daño. Espanta la tarea de echar a los hombres sobre los hombres. Indigna el forzoso abestiamiento de unos hombres en provecho de otros. Mas, se ha de hallar salida a la indignación, de modo que la bestia cese, sin que se desborde, y espante…¨ (Tomo 9, p. 388)

El Mártir de Dos Ríos nunca sintió odio o rencor contra los anexionistas o contra cualquier otra persona. Es bueno aclarar que solamente en su pequeña obra ¨Abdala¨, escrita a los 16 años, es donde habla positivamente del odio o rencor al definir el amor a la patria como ¨…el odio invencible a quien la oprime; es el rencor eterno a quien la ataca¨ (Tomo 18, 19). Después de la experiencia del presidio político desterró a esas palabras de su corazón y cuando llamó a la Guerra Necesaria, no recurrió al odio al enemigo para hacer de los combatientes revolucionarios frías y eficientes máquinas de matar. En su obra sobre el presidio político en Cuba escribió:

«La venganza y el odio son dos fábulas que en horas malditas se esparcieron por la tierra»

Años más tarde y siendo coherente con su doctrina de amor, sentenció:

¨En pueblos, sólo edifican los que perdonan y aman. Se ha de amar al adversario mismo a quien se está derribando en tierra. Los odiadores debieran ser declarados traidores a la república. El odio no construye¨ (Tomo 14, p. 496)

Martí, en una carta rimada del 21 de octubre de 1889 (Tomo 16, pp. 354-358), dirigida a un antiguo compañero y colaborador, el anexionista Néstor Ponce de León, expuso sus convicciones antianexionistas pero a la vez el respeto a las ideas de los demás.

A mi Señor
Néstor Ponce de León:

Viene a decirme Capriles
Que alguien dijo en Broadway,
Que en mi discurso exclamé:
“¡Los anexionistas viles! ”

¡Bien y con mucha razón
Me mandó usted el recado
De tenerme preparado
El espinudo bastón!

Miente como un zascandil
El que diga que me oyó
Por no pensar como yo
Llamar a un cubano “vil”.
.....................................
Donde no nos puedan ver
Diré a mi hermano sincero:
“¿Quieres en lecho extranjero
A tu Patria, a tu mujer? ”

Pero enfrente del tirano
Y del extranjero enfrente,
Al que lo injurie: “Detente”
Le he de gritar: “¡Es mi hermano!”

En la Patria de mi amor
Quisiera yo ver nacer
El pueblo que puede ser,
Sin odios y sin color.

Quisiera, en el juego franco
Del pensamiento sin tasa,
Ver fabricando la casa
Rico y pobre; negro y blanco.

Y cuando todas las manos
Son pocas para el afán,
¡Oh, patria, las usarán
En herirse los hermanos!

Algo en el alma decide,
En su cólera indignada,
Que es más vil que el que degrada
A un pueblo, el que lo divide.

¿Quién con injurias convence?
¿Quién con epítetos labra?
Vence el amor. La palabra
Sólo cuando justa, vence.

Si es en uno el honor, los modos
Varios se habrán de juntar:
¡Con todos se ha de fundar,
para el bienestar de todos!

Su Martí
N.Y. 21 de octubre de 1889

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viernes, febrero 23, 2024

Francisco Almagro Domínguez: La Gran Culpa. La palabra culpa encierra una trampa filosófica y psicológica. Culpables fuimos todos: Supuesta carta del dueño de la revista Bohemia antes de suicidarse

 
Tomado de https://www.cubaencuentro.com

La Gran Culpa

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La palabra culpa encierra una trampa filosófica y psicológica

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Por Francisco Almagro Domínguez

Miami

22/02/2024

Todos los días hay noticias de un nuevo obituario de los “históricos”. Es la implacable biología. La única certeza cierta: vamos a morir. A una generación que muy joven tomó el poder absoluto, y se ha negado casi hasta el final de sus días a renunciar a las melazas de la Hacienda-Isla, la parca debe parecerle una cosa muy fea y peluda. La reacción de quienes no los quieren tanto es de fracaso: se van de este mundo sin pagar por el desastre económico, cultural, social y político de más de medio siglo en Cuba. Y ese público cada día mayor y diverso se pregunta si quedara alguien a quien culpar por todo; al menos un segundón que pague la deuda moral para que la historia no vuelva repetirse; para que un hombre o un grupo no pueda decidir la vida y la muerte de millones de seres humanos.

La palabra culpa encierra una trampa filosófica y psicológica. Filosófica porque remite, inexorable, a un castigo cuasi divino como única consecuencia. El culpable no tiene defensa posible. Solo si admite el error y se arrepiente puede que un dios u otros hombres lo perdonen. Desde la psicología, la culpa lleva a la tristeza, la desesperación, y finalmente a la parálisis. Es lo que sucede con la violencia en general y de género en particular. El abusado(a)r hace sentir al otro que merece el castigo, verbal y físico. Si el destinatario así lo cree, se genera un ciclo perverso de culpas y resentimientos cuya única salida es más violencia.

Una posible solución al entuerto tramposo es cambiar la palabra culpa por responsabilidad. Este cambio cognitivo redirige las consecuencias del acto en sí. Ya no se trata de una situación donde solo se aceptan los efectos de la falta y la promesa de no reincidir en el mismo error, sino que la palabra responsabilidad implica el grado de participación, consciente no, en el hecho. Los tribunales anglosajones se basan en el principio de la culpabilidad. De ese modo dejan escapar la participación pequeña pero esencial en la situación punible. Debería ser “Tanta culpa tiene el que mata la vaca…”. Se es o no culpable, lo cual no quiere decir que alguien sea totalmente inocente. En el terreno de la psicología la palabra responsabilidad permite la concientización del hecho y el grado de comprometimiento: los detalles importan. Mientras la culpa generaliza, la responsabilidad individualiza. Hace que la persona responda por sí misma. En tanto la culpa paraliza, la responsabilidad moviliza.

Por estos días en que “los héroes se despiden”, vamos sintiendo que la “caza” de culpables ante el inminente final de la Involución se amplía. Los obituarios están sirviendo, de este lado del Estrecho, para recordar cuanto sufrimiento cada personaje fue capaz de provocar a sus compatriotas. A menos que suceda un milagro —los comunistas no creen en eso a pesar de haber tenido ellos mismos tantas evidencias— este puede ser un año de definiciones biológicas y sociales. A la finitud existencial de quienes iniciaron el proceso, y aun sostienen simbólicamente el sistema, se añade el agotamiento de una forma de gobernar y hacer país que quedó en el siglo XX. El plan puede ser que la llamada Continuidad —y es para lo único que serviría— garantice el transito pacífico y sin ruidos a otra dimensión de la existencia de los que se resisten a los mandatos del tiempo. Después, veremos, como dice la canción.

Muchos compatriotas estarán esperando por un Nuremberg tropical. Imaginan el entarimado en 23 y 12, donde se proclamó el carácter socialista de la Involución hace 62 años; allí los jueces, hombres y mujeres impolutos, sin manchas, y en el banquillo de los acusados, los únicos y depositarios de toda la “culpa involucionaria”, quienes no pudieron escapar a Oriente ni envenenarse con una poción de moringa. Una prisión para los únicos responsables en el mismo penal donde otros juraron ser libres o mártires, pero juntos con presos y mosquitos comunes. El problema para el futuro será quienes tendrán la justicia en sus manos, y como se juzgará tanto daño por tanto tiempo. Es el mismo dilema que han enfrentado todas las dictaduras: cómo poner punto final a un régimen totalitario de responsabilidades compartidas de modo que no se repita nunca más.

Sin duda, necesitaremos un profundo análisis de conciencia sobre responsabilidades por acción, obra y omisión a lo largo de medio siglo. Casi nadie está exento de responsabilidad en diferentes grados de participación, así como también somos libres para rectificar cuando es necesario. De otra manera un régimen improductivo y totalitario como el cubano no hubiera durado más allá de sus primeros errores capitales.

Pudiéramos, por ejemplo, “culpar” a los ausentes, comenzando por aquellos que un día dieron armas y dinero para el terrorismo urbano, un factor en la derrota de la dictadura batistiana. O culpar a los compañeros y las compañeras que abandonaron las iglesias para ir los “domingos rojos” de forma masiva y voluntaria al sembrar café Caturra. Inculpar ad infinitun a los cederistas, los “ojos y oídos de la Revolución”, que por millones vigilaron, denunciaron, y agredieron al vecino por sus ideas políticas. A los veteranos de las guerras en Angola y Etiopia, ponerles demandas a pesar de que muchos aun padecen estrés postraumático —una entidad de la que no se habla en la Isla— por enseñar medallas herrumbrosas con inocultable frustración.

Un repaso de nuestras fortalezas y debilidades como país será imprescindible para reconstruir lo demolido hasta en sus valores morales. Donde la verdad, la belleza y el bien se soslayan en busca de un mendrugo acido para pasar el día. Donde, como en cualquier ambiente carcelario, lo que se piensa no se dice, y lo que se hace no se comparte con el compañero de celda. En tal ambiente enrarecido es habitual que la responsabilidad individual se diluya, carezca de sentido. Por esa razón, un primer paso es cambiar la culpa generalizadora y paralizante por la responsabilidad que hace al ser humano tomar una actitud positiva y creadora.

Viktor Frankl, a quien nunca dejaremos de citar, fue un psiquiatra judío internado en un campo de concentración nazi. Frankl fue uno de los pocos sobrevivientes de su familia. Su testimonio como médico y a la vez prisionero tiene un valor incalculable. De aquí que ideara una de las más fascinantes corrientes psicoterapéuticas del siglo pasado, la Logoterapia. Bastan estas notas de Frankl para comprender que la responsabilidad individual para procesar las desgracias y las culpas es lo que nos salva de morir en cuerpo y alma. Escribe así el psiquiatra: “Si no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor, siempre podrás escoger la actitud con la que afrontes ese sufrimiento”.

© cubaencuentro.com

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Nota del Bloguista de Baracutey Cubano

Agustín Tamargo militó en la izquierda y no supo  distinguir  entre ¨el mal menor¨  y ¨el mal mayor¨ al  preferir  en la lucha contra Batista  a Fidel Castro antes que el régimen de Batista que ya estaba ¨de salida¨ pues Batista  había prometido irse de Cuba después de  la entrega del poder al electo  Rivero Aguero, el cual para algunos políticos, era un buen político para encabezar  la transición a la plena democracia. Tengo entendido que Agustín Tamargo escribió en la revista Bohemia, revista que contribuyó grandemente al arribo al poder de la  peor y más larga   dictadura que ha padecido Cuba:  la tiranía Castrista. Agustín Tamargo, quizás por haber escrito en  esa Bohemia de Miguel Ángel Quevedo negaba la autenticidad de la supuesta carta de Miguel Ángel Quevedo antes de suicidarse pero nunca lo oí negar que el contenido de esa carta fuera verdad. Agustín Tamargo también tuvo parte de responsabilidad del arribo del Castrismo al Poder y en la consecuente tragedia cubana..

Un poco de agricultura y de conga chambelonera.

A los cubanos no nos encanta inculparnos de lo sucedido en nuestra nación; realmente la inmensa mayoría de los cubanos que hemos pasado en estos últimos 65 años por nuestra juventud, madurez, vejez, o hasta por la muerte, somos culpables de que el Castrismo haya nacido, echado raíces y crecido en nuestra Patria. Unos permitimos que se sembrara esa semilla o que hubiera tierra fértil para que germinara; otros no arrancamos o aplastamos a tiempo ese aparente insignificante arbusto en crecimiento, esperando que otros se ocuparan de hacerlo, ya que considerábamos que eso era tarea de otros y que quizás hasta nuestros vecinos más cercanos no permitirían que creciera de tal manera que con sus raíces y sombra los afectara; otros, le echamos abonos, agua y le limpiamos los alrededores de supuestas ¨malas yerbas¨ para que creciera frondosamente y diera los abundantes y dulcísimos frutos anunciados, cuando realmente esas yerbas estaban haciendo una tarea tal, que de haberlas dejado crecer hubieran ¨ahogado¨ a ese arbusto que se ha convertido en un viejo y espinoso árbol que nunca dió los frutos prometidos pese a la abundancia de abonos e injertos recibidos durante décadas; esas yerbas nunca más han aparecido. 

No oíamos a aquellos que nos aconsejaban, por anteriormente haber dormido bajo sus ramas, que no dejáramos crecer a ese árbol, pues en otras lejanas tierras ya había aparecido ese tipo de árbol y había acabado con los demás árboles, sembradios y con la fertilidad de la tierra; les respondíamos ingenua, ignorante o testaduramente que este árbol no era como aquellos a los que se parecía, hasta que un día, cada quien a su tiempo, nos dimos cuenta por su tronco, raíces, espinas y míseros y agrios frutos que era de la misma especie que aquellos, pero ya en ese momento el árbol había alcanzado un tamaño y una fortaleza tal, que otros decidimos (cómo y cuándo pudimos) mudarnos por un tiempo, tiempo que aún hoy no ha concluido, para fincas más cercanas mientras tratábamos de encontrar sustancias defoliadoras para secarlo, pero la cantidad que conseguiamos de esas sustancias era muy poca, de mala calidad y hasta tan mal aplicadas que hasta el árbol se fortalecía con ellas.

 Finalmente llegó el momento en que nos negaron la posibilidad de adquirir y utilizar esas sustancias. Como sucede con las circunstancias y eventos muy largos en  el tiempo, muchos nos cansamos de seguir tratando de acabar con el árbol y nos dedicamos a otros menesteres tratando de olvidarnos de ese maldito árbol y hasta de la finca en que nació. Solamente unos pocos porfiados seguimos insistiendo denunciar la maldad de ese árbol y la necesidad de arrancar de raíz al carcomido árbol que aún así, sigue arruinando la tierra en que un día lo dejamos crecer y esparciendo su mala semilla por otras tierras.

Como en la conga ¨La Chambelona¨: ¨unos tienen la culpita y otros tienen la culpona¨, pero ahora es el momento de arrancar e incinerar al árbol ¿ tarde? ¡ es cierto!, pero en las tareas de erradicar lo dañino, es mejor tarde que nunca, pero teniendo en cuenta lo que dijo nuestro José Martí: ¨En pueblos, sólo edifican los que perdonan y aman. Se ha de amar al adversario mismo a quien se está derribando en tierra. Los odiadores debieran ser declarados traidores a la república. El odio no construye¨ (Tomo 14, p. 496) . Pero perdonar y amar no exime de reparar las faltas y de hacer Justicia; hasta en el sacramento cristiano de la Reconciliación eso se cumple. De no ser así, entonces los Castro habrán ganado aunque ya hace rato se hayan ¨ido del parque¨(1).

(1) Para los no cubanos o los que no son entendidos en la jerga cubana actual: ¨irse del parque ¨ significa morirse.

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LOS TRÁNSFUGAS

Por Agustín Tamargo


Los tránsfugas que hasta ayer medraron con el sacrificio ajeno son una mala ralea. No huyen de la tiranía sino del hambre. Mientras hubo comida y gasolina, mientras hubo becas y viajecitos, mientras hubo puestos de privilegio en que medrar, no se fueron. Se van ahora como buenos camaleones que son, dejando atrás el viejo pellejo fidelista. ¡Caras de cemento! Los tránsfugas son una superchería, un asco.

Ver a los esbirros intelectuales y políticos del fidelismo arrodillarse, ante el exilio, ver como repiten dientes afueras los mismos ataques a la dictadura, que hasta ayer ellos calificaban de “infamias“, no puede provocar más que eso, puro asco. Si tuvieran pudor por lo menos se callarían. Afirman que puesto que todo el pueblo se equivocó y hay que perdonarlo, el mal que ellos hicieron debe ser también perdonado, por que ellos forman parte de ese pueblo. Culpa de todos, culpa de nadie. Pero esa patraña no pasará. Ellos siguieron allí, al lado del felón. Ellos le aplaudieron las fechorías. Ellos disfrutaron de los periódicos robados y de los puestos diplomáticos, ellos obtuvieron medallas por disparar contra el pueblo en Bahía de Cochinos y en el Escambray, ellos mataron africanos por órdenes de Castro y bajo la bandera rusa.

¿Se les puede respetar ahora, cuando se arrastran y llegan hasta a elogiar la dictadura de Batista? ¿Se les puede considerar en el mismo nivel de aquellos que prefirieron la cárcel, la muerte o el destierro antes que la ignominia de la complicidad? Yo creo sinceramente que no.

“Somos un solo pueblo”, dicen en Miami. ¿Un solo pueblo ahora, cuando hasta ayer nos llamaban “la gusanera”? Hay que perdonar y olvidar, repiten ahora. ¿Perdonar y olvidar a los que causaron tanto daño y nunca se han arrepentido de él? Docenas de libros hay, millares de hojas de periódicos hay, donde muchos de estos que están hoy aquí, nos cubrieron de oprobio ayer por negarnos a hacer lo que ellos hacían, que era doblar el espinazo. Muchos de los que ahora se entreveran con nosotros fueron los que esgrimieron el hacha, o azuzaron al que la esgrimía. Recuerdo particularmente al periódico “Revolución”, biblia de la mediocridad, agujero del resintimiento.

En 1959 ese periódico se consagró de manera sistemática a destruir cuanta reputación limpia había en Cuba. Fueron los hombres de “Revolución” quienes se dedicaron a la degollina de todo el que nos los había tomado en cuenta, de todo el que les hacía sombra. Se quieren abrigar con el olvido. Pero hay muchos que viven, que todavías no han olvidado. Son los testigos, las víctimas de aquella época de cacería, cuya pieza mayor era una cabeza independiente.

Hace más de 30 años escribí en la Bohemia Libre de Nueva York, un artículo titulado “Los Descarados” en que describía a esta fauna que conocí y que padecí. Muchas grandes figuras intelectuales de Cuba morirán antes de que volvamos. Lo que no morirá  nunca es la náusea que produce ver cara a cara a estos cambiacasacas. La misma que nos produce una rata muerta en la habitación.

(Artículo de Agustín Tamargo, publicado en “El Nuevo Herald” el 7 de marzo de 1993 y en Nuevo Acción en la edición del jueves 18 de junio del 2009)
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Artículo de Agustín Tamargo  que se encuentra en la revista Bohemia de la semana del 18 al 25 de enero de 1959:

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Tomado de https://www.cubanet.org/

Carta póstuma de Miguel Angel Quevedo

Sr. Ernesto Montaner
Miami, Florida
12 de agosto de 1969.

Querido Ernesto:

Cuando recibas esta carta ya te habrás enterado por la radio de la noticia de mi muerte. Ya me habré suicidado ¡al fin! sin que nadie pudiera impedírmelo, como me lo impidieron tú y Agustín Alles el 21 de enero de 1965.

Sé que después de muerto llevarán sobre mi tumba montañas de inculpaciones. Que querrán presentarme como "el único culpable" de la desgracia de Cuba. Y no niego mis errores ni mi culpabilidad; lo que sí niego es que fuera "el único culpable".

Culpables fuimos todos, en mayor o menor grado de responsabilidad.

Culpables fuimos todos. Los periodistas que llenaban mi mesa de artículos demoledores, arremetiendo contra todos los gobernantes. Buscadores de aplausos que, por satisfacer el morbo infecundo y brutal de la multitud, por sentirse halagados por la aprobación de la plebe. Vestían el odioso uniforme que no se quitaban nunca.

No importa quien fuera el presidente. Ni las cosas buenas que estuviese realizando a favor de Cuba. Había que atacarlos, y había que destruirlos. El mismo pueblo que los elegía, pedía a gritos sus cabezas en la plaza pública.

(Miguel Ángel Quevedo y Fidel Castro Ruz en los primeros días de enero de 1959)

El pueblo también fue culpable. El pueblo que quería a Guiteras. El pueblo que quería a Chibás. El pueblo que aplaudía a Pardo Llada. El pueblo que compraba Bohemia, porque Bohemia era vocero de ese pueblo. El pueblo que acompañó a Fidel desde Oriente hasta el campamento de Columbia.

Fidel no es más que el resultado del estallido de la demagogia y de la insensatez. Todos contribuimos a crearlo. Y todos, por resentidos, por demagogos, por estúpidos o por malvados, somos culpables de que llegara al poder. Los periodistas que conociendo la hoja de Fidel, su participación en el Bogotazo Comunista, el asesinato de Manolo Castro y su conducta gansteril en la Universidad de la Habana, pedíamos una amnistía para él y sus cómplices en el asalto al Cuartel Moncada, cuando se encontraba en prisión.

Fue culpable el Congreso que aprobó la Ley de Amnistía. Los comentaristas de radio y televisión que la colmaron de elogios. Y la chusma que la aplaudió delirantemente en las graderías del Congreso de la República.

Bohemia no era más que un eco de la calle. Aquella calle contaminada por el odio que aplaudió a Bohemia cuando inventó "los veinte mil muertos". Invención diabólica del dipsómano Enriquito de la Osa, que sabía que Bohemia era un eco de la calle, pero que también la calle se hacía eco de lo que publicaba Bohemia.

Fueron culpables los millonarios que llenaron de dinero a Fidel para que derribara al régimen. Los miles de traidores que se vendieron al barbudo criminal. Y los que se ocuparon más del contrabando y del robo que de las acciones de la Sierra Maestra. Fueron culpables los curas de sotanas rojas que mandaban a los jóvenes para la Sierra a servir a Castro y sus guerrilleros. Y el clero, oficialmente, que respaldaba a la revolución comunista con aquellas pastorales encendidas, conminando al Gobierno a entregar el poder.

Fue culpable Estados Unidos de América, que incautó las armas destinadas a las fuerzas armadas de Cuba en su lucha contra los guerrilleros.

Y fue culpable el State Department, que respaldó la conjura internacional dirigida por los comunistas para adueñarse de Cuba.

Fueron culpables el Gobierno y su oposición, cuando el diálogo cívico, por no ceder y llegar a un acuerdo decoroso, pacífico y patriótico. Los infiltrados por Fidel en aquella gestión para sabotearla y hacerla fracasar como lo hicieron.

Fueron culpables los políticos abstencionistas, que cerraron las puertas a todos los cambios electoralistas. Y los periódicos que como Bohemia, le hicieron el juego a los abstencionistas, negándose a publicar nada relacionado con aquellas elecciones.

Todos fuimos culpables. Todos. Por acción u omisión. Viejos y jóvenes.Ricos y pobres. Blancos y negros. Honrados y ladrones. Virtuosos y pecadores. Claro, que nos faltaba por aprender la lección increíble y amarga: que los más "virtuosos" y los más "honrados" eran los pobres.

Muero asqueado. Solo. Proscrito. Desterrado. Y traicionado y abandonado por amigos a quienes brindé generosamente mi apoyo moral y económico en días muy difíciles. Como Rómulo Betancourt, Figueres, Muñoz Marín. Los titanes de esa "Izquierda Democrática" que tan poco tiene de "democrática" y tanto de "izquierda".

Todos deshumanizados y fríos me abandonaron en la caída. Cuando se convencieron de que yo era anticomunista, me demostraron que ellos eran antiquevedistas. Son los presuntos fundadores del Tercer Mundo. El mundo de Mao Tse Tung.

Ojalá mi muerte sea fecunda. Y obligue a la meditación. Para que los que pueden aprendan la lección. Y los periódicos y los periodistas no vuelvan a decir jamás lo que las turbas incultas y desenfrenadas quieran que ellos digan. Para que la prensa no sea más un eco de la calle, sino un faro de orientación para esa propia calle. Para que los millonarios no den más sus dineros a quienes después los despojan de todo. Para que los anunciantes no llenen de poderío con sus anuncios a publicaciones tendenciosas, sembradoras de odio y de infamia, capaces de destruir hasta la integridad física y moral de una nación, o de un destierro. Y para que el pueblo recapacite y repudie esos voceros de odio, cuyas frutas hemos visto que no podían ser más amargas.

Fuimos un pueblo cegado por el odio. Y todos éramos víctimas de esa ceguera.

Nuestros pecados pesaron más que nuestras virtudes. Nos olvidamos de Nuñez de Arce cuando dijo: Cuando un pueblo olvida sus virtudes, lleva en sus propios vicios su tirano.

Adiós. Éste es mi último adiós. Y dile a todos mis compatriotas que yo perdono con los brazos en cruz sobre mi pecho, para que me perdonen todo el mal que he hecho.

Miguel Ángel Quevedo 

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lunes, enero 29, 2024

Dimas Castellanos sobre pedagogía de José Martí donde afirma que Cuba requiere de un nuevo proyecto nacional conformado con la participación de todos, lo que implica desarrollar en las nuevas condiciones el proyecto educativo de José Martí

 
Nota del Bloguista de Baracutey Cubano

En la carta de José Martí a su gran amigo  Fermín Valdés Domínguez de mayo de 1894 (Tomo 3, p. 168)  Martí afirma:

José Martí, Obras Completas (Tomo 3, Editorial de Ciencias Sociales, Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1975

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Tomado de https://diariodecuba.com

La pedagogía de José Martí

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Cuba requiere de un nuevo proyecto nacional conformado con la participación de todos, lo que implica desarrollar en las nuevas condiciones el proyecto educativo de José Martí.'

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Por Dimas Castellanos

Lleida, España

28 enero 2024

Cubano de talante excepcional en su fecunda trayectoria, hondo pensamiento, penetrante sensibilidad e intensa vocación de servicio, José Julián Martí Pérez (1853-1895) fue, además de político, poeta periodista, traductor y diplomático de brillante desempeño, un gran pedagogo.

Reconocido por los cubanos como Apóstol, Héroe Nacional, Maestro, fue formado en las enseñanzas del primer ideólogo independentista de Cuba: el padre Félix Varela. El proceso educativo, según Varela, consistía en que el hombre llegara a comprender su época y se invistiera del dinamismo y la creatividad necesarios para no ser aplastado por las circunstancias ni quedar neutralizados por el medio social. Proceso que en José Martí acrisoló y cobró sustancia en su expresión más acabada, al convertirse en la figura cimera de nuestra cultura nacional, pero no únicamente: su proyecto emancipador y antihegemónico, de profunda eticidad, inauguró cauces en la historia y cultura americana y universal.

Iniciador, en la prosa y el verso, del movimiento modernista, sus textos han sido traducidos y publicados en el mundo entero. Hacedor de una nueva forma de periodismo y, finalmente, gestor de una revolución heredada del legado de nuestros padres fundadores y de las luchas que le precedieron —cuyos principios esenciales conservan hoy indiscutible validez–, Martí retomó el inconcluso proceso de conformación de la nación cubana para conducirla hasta una república moderna, concebida como igualdad de derecho de todo el nacido en Cuba, espacio de libertad para la expresión del pensamiento y de una economía diversificada en manos de muchos pequeños propietarios. Para que cada cubano fuera hombre político enteramente libre.

A su vez, percibía la patria como "dicha de todos, dolor de todos, y cielo para todos, y no feudo ni capellanía de nadie". Propósito y definiciones que remató en noviembre de 1891 en su discurso "Con todos y para el bien de todos", con aquel ideal tan lejano aún: "Yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre".

Con ese fin analizó las causas del fracaso de la Guerra de los Diez Años, que a pesar de los sacrificios y de la sangre derramada, no logró su objetivo. Del análisis extrajo un sistema de principios con los que amalgamó su teoría de la revolución: el concepto de guerra necesaria y el papel del partido como institución organizadora; eslabones mediadores para arribar a la república moderna: un magno proyecto que incluía la formación de un pueblo capaz de autogobernarse a través de cuerpos representativos electos democráticamente. Es decir, un propósito estrechamente vinculado a la enseñanza, que se resume en los siguientes seis puntos de su ideario pedagógico:

  • "Cerrémosle el paso a la república que no venga preparada por medios dignos del decoro del hombre, para el bien y la prosperidad de todos los cubanos"
  • "Quien quiera nación viva, ayude a establecer las cosas de su patria de manera que cada hombre pueda labrarse en un trabajo activo y aplicable una situación personal independiente"
  • "Educar es depositar en cada hombre el resumen del mundo viviente, hasta el día en que vive: es ponerlo a nivel de su tiempo, para que flote sobre él, y no dejarlo bajo de su tiempo, con lo que no podrá salir a flote; es preparar el hombre para la vida"
  • "La felicidad general de un pueblo descansa en la independencia individual de sus habitantes. Una nación libre es el resultado de sus pobladores libres"
  • "Un pueblo instruido será siempre fuerte y libre (…): toda nación será infeliz en tanto que no eduque a todos sus hijos. Un pueblo de hombres educados será siempre un pueblo de hombres libres"
  • "Si los pobres se habitúan a pedirlo todo al Estado, cesarán a poco de hacer esfuerzo alguno por su subsistencia (…) De ser siervo de sí mismo, pasaría el hombre a ser siervo del Estado. De ser esclavo de los capitalistas, como se llama ahora, irá a ser esclavo de los funcionarios"

Como vemos, Martí concibió la educación como función social transformadora de las condiciones socioculturales y económicas; como puente de oportunidades para el desarrollo integral del cubano, preparado a participar en la política de su país. De ahí lo antinatural del monopartidismo, cuya implantación implica la destrucción de los demás partidos políticos, tal como ha ocurrido en Cuba con la instauración del modelo más perfecto y terminado de régimen totalitario, que ha llevado a Cuba al estancamiento y el fracaso.

La pedagogía martiana aboga por la enseñanza para la vida y su carácter práctico. Son ideas humanistas relacionadas con la sensibilidad, el amor, el respeto y la dignidad humana. A partir de ellas como maestro, desarrolló una práctica pedagógica con cubanos y puertorriqueños, desde 1891 en La Liga, en Nueva York, donde todos los lunes reunía a familias para impartirle clases de distintas materias.

José Martí es una rara simbiosis de amor, intuición, pasión, magnetismo, armonía y profundidad, sin la cual habría sido imposible enfrentar, en las condiciones de Cuba, la obra de preparar un pueblo y organizar una guerra que condujera a una sociedad de paz, armonía y justicia.

La guerra necesaria organizada por Martí condujo a la República de 1902 con independencia incompleta y soberanía limitada. Aunque las constituciones de 1901 y 1940 sentaron las bases para el fomento de una sociedad democrática, nuestra carencia cívica desembocó en la ingobernabilidad que llevo al golpe militar de 1952, y seguidamente a la respuesta insurreccional que triunfó en 1959 y que nos ha retrotraído a una situación peor a la existente en la época colonial.

Fracasado el totalitarismo, ajeno a la naturaleza humana, ante la ineludible necesidad de cambiar, las autoridades cubanas han optado por copiar el modelo oligárquico de Rusia, impropio de nuestras necesidades e idiosincrasia. Pasado más de un siglo de la caída en combate de José Martí,  la república con todos y para el bien de todos, por la que vivió y murió el Maestro, continúa pendiente.

Cuba requiere de un nuevo proyecto nacional conformado con la participación de todos, lo que implica desarrollar en las nuevas condiciones el proyecto educativo de José Martí. Para que los cubanos puedan desempeñar el papel activo y determinante que les corresponde en los destinos nacionales, junto a la necesaria restitución de las libertades suprimidas, se impone retomar la labor formadora que inició el padre Varela y continuaron eminentes cubanos, entre ellos José Martí. 

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Martí, en una carta rimada del 21 de octubre de 1889 (Tomo 16, 354-358), dirigida a un antiguo compañero y colaborador, el anexionista Néstor Ponce de León, expuso sus convicciones antianexionistas pero a la vez el respeto a las ideas de los demás.

A mi Señor
Néstor Ponce de León:

Viene a decirme Capriles
Que alguien dijo en Broadway,
Que en mi discurso exclamé:
“¡Los anexionistas viles! ”

¡Bien y con mucha razón
Me mandó usted el recado
De tenerme preparado
El espinudo bastón!

Miente como un zascandil
El que diga que me oyó
Por no pensar como yo
Llamar a un cubano “vil”.
.....................................
Donde no nos puedan ver
Diré a mi hermano sincero:
“¿Quieres en lecho extranjero
A tu Patria, a tu mujer? ”

Pero enfrente del tirano
Y del extranjero enfrente,
Al que lo injurie: “Detente”
Le he de gritar: “¡Es mi hermano!”

En la Patria de mi amor
Quisiera yo ver nacer
El pueblo que puede ser,
Sin odios y sin color.

Quisiera, en el juego franco
Del pensamiento sin tasa,
Ver fabricando la casa
Rico y pobre; negro y blanco.

Y cuando todas las manos
Son pocas para el afán,
¡Oh, patria, las usarán
En herirse los hermanos!

Algo en el alma decide,
En su cólera indignada,
Que es más vil que el que degrada
A un pueblo, el que lo divide.

¿Quién con injurias convence?
¿Quién con epítetos labra?
Vence el amor. La palabra
Sólo cuando justa, vence.

Si es en uno el honor, los modos
Varios se habrán de juntar:
¡Con todos se ha de fundar,
para el bienestar de todos!

Su Martí
N.Y. 21 de octubre de 1889

El Mártir de Dos Ríos nunca sintió odio o rencor contra los anexionistas o contra cualquier otra persona. Es bueno aclarar que solamente en su pequeña obra ¨Abdala¨, escrita a los 16 años, es donde habla positivamente del odio o rencor al definir el amor a la patria como ¨…el odio invencible a quien la oprime; es el rencor eterno a quien la ataca¨ (Tomo 18, p. 19). Después de la experiencia del presidio político desterró a esas palabras de su corazón y cuando llamó a la Guerra Necesaria, no recurrió al odio al enemigo para hacer de los combatientes revolucionarios frías y eficientes máquinas de matar. En su obra sobre el presidio político en Cuba escribió:

«La venganza y el odio son dos fábulas que en horas malditas se esparcieron por la tierra»

Años más tarde y siendo coherente con su doctrina de amor, sentenció:

¨En pueblos, sólo edifican los que perdonan y aman. Se ha de amar al adversario mismo a quien se está derribando en tierra. Los odiadores debieran ser declarados traidores a la república. El odio no construye¨ (Tomo 14,  p. 496)


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martes, abril 04, 2023

Luis Cino Álvarez desde Cuba: La cátedra del odio la tiene el castrismo. Algunas diferencias comparativas entre Francisco Franco y Fidel Castro mediante testimonios

 
Tomado de https://www.cubanet.org

La cátedra del odio la tiene el castrismo

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Uno lee "Paso a dos", del escritor y periodista español Ramón Pernas, y se pregunta cuántos hombres y mujeres similares en el odio a Ricardo Orol fueron engendrados por el castrismo

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Fidel Castro y Francisco Franco

Por Luis Cino Álvarez 

31 de marzo, 2023

LA HABANA, Cuba. — Paso a dos, del escritor y periodista español Ramón Pernas, es una de las muchas novelas inspiradas por los dramas que generó la Guerra Civil (1936-1939) y la posterior dictadura de más de 35 años del general Francisco Franco.

Recientemente di con dicha novela, que en el año 2001 fue publicada en Cuba por la Editorial Arte y Literatura con el financiamiento del español Fondo de Desarrollo de la Educación y la Cultura, y luego de leerla, quedé muy impresionado, particularmente por la caracterización que hace del personaje negativo de la trama, Ricardo Orol.

A modo de contrapunto, los dos protagonistas, Alfonso y Ricardo, que fueron amigos en su infancia y adolescencia, cuentan la tragedia de sus vidas.

Pocos días después de la sublevación militar que inició la guerra civil en julio de 1936, el padre de Alfonso, el capitán de navío Pablo Constanti, muere a manos de Ricardo, que forma parte de una especie de falangista escuadrón de la muerte.

El capitán Constanti no es comunista, es solo un liberal y masón que como militar juró defender la República, pero Ricardo lo odia, lo ve como su enemigo, a pesar de que Don Pablo y su esposa siempre lo acogieron en su casa, lo ayudaron y le dieron buenos consejos. Ricardo, muy pobre, huérfano de madre, con un padre alcohólico que se gana malamente la vida cantando tangos, envidia tanto la distinción y el bienestar de la familia Constanti, que, ante la imposibilidad de poder llevar una vida así, llega a detestar a todos sus integrantes, especialmente a don Pablo. La prédica falangista de “ni más pobres ni más ricos, todos iguales por el trabajo”, acabó de envenenar la mente del muchacho, que se convirtió en un matón fascista rechazado hasta por los de su bandería y que termina suicidándose, amargado por el advenimiento de la democracia y el regreso del exilio de Alfonso y su hermana a Vilaponte para participar en un homenaje para reivindicar la memoria del capitán Constanti.

Uno lee Paso a dos y se pregunta cuántos hombres y mujeres similares en el odio a Ricardo Orol fueron engendrados por el castrismo.

(Son muchas, peromuchas,  las diferencias. Dos  más de ellas son:  que Franco fue el General más joven de España y por su participación directa en los combates por poco muere por sus heridas en combate: Castro nunca participó directa y cercanamente  en combates donde pudiera ser herido o muerto. Francisco Franco sentó los cimientos para la Transición Española; Castro, junto con su hermano Raúl, cerraron todos los caminos para la liberación, independia, democratización y progreso de Cuba. Todas las imágenes y comentarios fueron añadidos por el Bloguista de Baracutey Cubano)

La Revolución de Fidel Castro, desde sus mismos inicios, con su demagógica prédica de falso igualitarismo, pintándose “por los humildes y para los humildes” para nutrir sus filas, inflamó la envidia y el rencor de los desclasados, los humillados, los preteridos, los frustrados, los acomplejados. Los hicieron sentirse protagonistas de una causa grandiosa por la que estaban dispuestos a todo, a matar y morir si era preciso, bastaba que se los exigiese el Máximo Líder.

Así, odiaron primero a los burgueses y luego a todo el que pensara distinto. Renunciaron a sus creencias religiosas, sus usos y costumbres, rompieron con familiares y vecinos, a quienes, en muchos casos, se prestaron para vigilar y chivatear a la policía.

El tiempo, demasiado tiempo ha pasado, y ya la mayoría de los que decían estar dispuestos a todo por Fidel y la Revolución, ante los muchos desengaños y la precariedad de su existencia, no siente ni remotamente ese fervor. Solo les queda el miedo y la inercia de los viejos rituales. Muchos están desilusionados y arrepentidos, aunque se niegan a reconocerlo por no dar su brazo a torcer y admitir que se equivocaron al consagrar su vida a algo que no merecía ni la tercera parte de sus esfuerzos y sacrificios.

Pero las heridas siguen abiertas en nuestra sociedad. Sangrantes y purulentas. El daño que los come-candela de ayer y antier causaron a los demás y el que se hicieron ellos mismos y a sus descendientes no se repara de un día para otro, máxime si apenas ha sido retocado el maquillaje de las circunstancias y los responsables de esta situación.

Por eso, porque no hemos olvidado, es indignante escuchar a los voceros del régimen que intentan el monopolio del patriotismo y la cubanidad y que califican como “odiadores” a todo el que discrepa del pensamiento oficial y se opone a los abusos y las ordenanzas de los mandamases.

Los castristas, que llevan más de 64 años impartiendo la cátedra del odio y la intolerancia más extrema, hablando de amor y reconciliación. ¡Que no jodan!

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El fraude electoral de 1936


LO QUE LA IZQUIERDA ESPAÑOLA, NO QUIERE QUE SEPAS.


Un profesor de Mtemáticas  y  excomunista explica a Pedro Sánchez,  actual Presidente del Gobierno Español,  la obra de gobierno de Francisco Franco.


EL TERROR ROJO DE LA II REPÚBLICA ESPAÑOLA. Origen de la Guerra Civil.



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Tomado de https://www.clublibertaddigital.com/i

El camino al 18 de Julio

Por Stanley G. Payne

Nº 67-68

Conferencia pronunciada por el autor en el Centro Superior de Estudios de la Defensa (Ceseden), Madrid, el pasado 8 de marzo, con motivo de la presentación de su libro del mismo título.

La guerra civil de 1936 marcó el punto de inflexión en la historia contemporánea de España y, durante su curso, José Ortega y Gasset subrayó la importancia de "estar bien informado" al término de su "primer y más sustancial capítulo", que definió como "su origen, las causas que la han producido". Por lo general, la sección sobre las causas y los orígenes inmediatos es la parte más débil de las historias de esta guerra, un asunto que con frecuencia es soslayado o en gran parte ignorado. El objetivo de esta conferencia es aceptar el desafío de Ortega, enfocando los orígenes inmediatos del conflicto, que pueden estar entre los siete meses de diciembre de 1935 y julio de 1936.

Este análisis no presupone ninguna inevitabilidad o determinismo histórico en el proceso, porque todo lo que pasó fue la consecuencia de una serie de políticas y decisiones, que bien pudieron haber sido cambiadas o puestas al revés. Y ello parece haber sido el caso hasta una fecha tan cercana al inicio del conflicto como el 14 o 15 de julio. Como se verá, al final hubo varias decisiones explícitas para no dar marcha atrás.

Muchas veces se ha dicho que España estaba demasiado atrasada, o que el contexto internacional era demasiado negativo, para permitir el desarrollo de un régimen constitucional y democrático, pero lo único que podemos verificar es lo que de verdad pasó. Y así tenemos que durante cuatro años y medio el sistema funcionó esencialmente como un régimen constitucional y democrático, es decir, cuando los actores principales deseaban que funcionara así. El régimen sobrevivió a la quema de conventos en 1931, las tres insurrecciones anarquistas de 1932-33, la débil intentona militar de 1932 y hasta a la gran insurrección de los socialistas en 1934 para imponer el socialismo revolucionario y la declaración de independencia de la Generalidad de Cataluña.

Sobrevivió también a las insistentes exigencias de los partidos de izquierda de pretender anular los resultados de las primeras elecciones democráticas en la historia de España, cuando en noviembre-diciembre de 1933 presentaron una serie de cuatro propuestas al presidente de la República, Alcalá-Zamora, para anular la expresión de la democracia. Aquel fue el mejor momento de Alcalá-Zamora, quien se mantuvo firme a favor de los procedimientos constitucionales.

En cambio, su actuación fue muy diferente durante la vida de las Cortes elegidas en dichas elecciones. Durante 1934 y 1935, Alcalá Zamora interfirió frecuentemente para obstaculizar las actividades del Gobierno parlamentario. Finalmente, acabó con la vida de aquellas Cortes de un modo más que arbitrario, que fue denunciado por casi todos los políticos democráticos del centro. El propio presidente de la República marcó el primer jalón decisivo en el camino al 18 de Julio cuando en diciembre de 1935 vetó la formación de un Gobierno con mayoría parlamentaria, pese a que tal mayoría existía, y luego, un mes más tarde, puso fin a la vida de aquellas primeras Cortes democráticas de modo absolutamente arbitrario al disolver el Parlamento cuando le quedaban aún dos años más de vida.

Otros dos años de Gobierno parlamentario estable hubieran calmado posiblemente al país, y evitado la erosión de la democracia y la guerra. Aún más, el presidente de la República nombró a un Gobierno de gestión sin representación alguna en las Cortes, presidido por un asociado personal, Manuel Portela Valladares, que ni siquiera tenía escaño. Para colmo de males, le encargó la creación de un nuevo partido del presidente de la República –una vuelta a los antiguos estilos caciquiles–, con el objetivo de que desde el Gobierno tratase de fomentar y manipular los resultados de las nuevas elecciones. Así, el mismo presidente de la República, del modo más insistente y terco, creó el primer jalón en el camino.

Un segundo jalón fue la formación del Frente Popular, que fue muy diferente de su homónimo en Francia. El Frente Popular francés fue una alianza principalmente de partidos democráticos para defender y fortalecer la democracia en su país. El Frente Popular español fue la alianza de la mayor parte de los partidos que ya habían rechazado la democracia electoral durante 1933-34, y su intención fue la de convertir la República en otro régimen exclusivamente de izquierdas, para anular totalmente la influencia y actividad del centro y las derechas. Aún más, fue una alianza contradictoria entre los partidos de la izquierda burguesa y los movimientos revolucionarios, que no proponía un Gobierno mayoritario y era incapaz de lograr otro programa, salvo uno mínimo electoral, que permitiría divergencias profundas después. Se formó sobre la base de la total incertidumbre en cuanto al porvenir, que recordaba el clásico dicho leninista de –"quién explota a quién"–, un pulso que fue ganado por los movimientos revolucionarios, quienes consiguieron doblegar a la izquierda burguesa.

Tal vez el jalón más importante fue el largo proceso electoral que se desarrolló desde febrero a mayo de 1936. Durante ochenta años, los propagandistas de izquierdas han insistido hasta la saciedad en la "legitimidad" de un Gobierno "democrático elegido". Y pese a que fue siempre evidente que las tres últimas fases de ese proceso fueron fraudulentas, hemos creído durante casi un siglo que la primera vuelta de las elecciones del 16 de febrero fue democrática en sus procedimientos, pero ahora resulta que ni siquiera eso fue cierto. Según las nuevas investigaciones de dos historiadores jóvenes, que serán publicadas hacia el final de este año, no es exacto, sino que los grupos de izquierdas llevaron a cabo una serie de asaltos, manipulaciones y falsificaciones que alteraron los resultados en al menos seis provincias, que convirtió lo que parece haber sido aproximadamente un empate en la votación popular en una victoria clara, aunque por estrecho margen, del Frente Popular.

La campaña electoral de febrero del 36 fue la más violenta de la historia de España, con más de cuarenta muertos, y la violencia de las izquierdas continuó en la segunda vuelta del primero de marzo, lo que provocó la retirada de las derechas de la misma, aunque había pocos escaños en disputa. La tercera fase comenzó con la reunión de la Comisión de Actas de las Cortes nuevas el 25 de marzo, que anuló aproximadamente 35 escaños de las derechas para otorgárselos al Frente Popular. Casi todos los historiadores, hasta un historiador comunista como Manuel Tuñón de Lara, han condenado este paso tan fraudulento. La última fase tuvo lugar el 5 de mayo, en la repetición de las elecciones en las provincias de Cuenca y Granada, con la supresión violenta y casi completa de las derechas. Fue el proceso más largo y más violento de la historia electoral del país, y un proceso extensamente fraudulento, cuyos resultados falsificados abrieron el camino al 18 de julio.

Otro jalón en la erosión de la democracia tuvo lugar cuando Alcalá-Zamora rechazó la petición de declarar el estado de guerra el 17 de febrero. Ello habría cortado el proceso de fraude, y pudiera haber cerrado el paso al deterioro constante de la ley y el orden a partir de ese momento.

La formación apresurada y anormal del Gobierno de Manuel Azaña el 19 de febrero constituyó el siguiente paso, porque inició una política dual: fue dual en el sentido de lo que hacía y lo que dejaba de hacer. Por un lado llevó a cabo una serie de abusos fundamentales –cierre de los colegios católicos, eliminación total del culto en algunas parroquias, expulsión de curas, leyes nuevas para garantizar un control político y unilateral de los jueces y los tribunales, inclusión de milicianos revolucionarios como delegados de policía (utilizando a criminales, a veces ya juzgados y condenados, para pretender aplicar la ley)– y, a largo plazo, al comienzo de un proceso para ilegalizar a las organizaciones de derechas. Todo ello con un rechazo absoluto al concepto y a la práctica de un Gobierno igual para todos.

Desde otros ámbitos de las izquierdas burguesas meramente se dejaba hacer, rehusando que se aplicara la ley a sus aliados del Frente Popular, de cuyos votos dependían. Esto abrió paso a un elenco casi increíble de desórdenes y atropellos. Cualquier alternativa a esto amenazaba con "romper el Frente Popular", y Azaña aseguró en varias ocasiones que estaba dispuesto a cualquier cosa menos a que eso ocurriera. A veces se actuaba contra los anarquistas, que no formaban parte del Frente Popular. En algún momento hubo cierta reacción de parte del Gobierno, con iniciativas mortíferas de las fuerzas de orden, pero era espástica y episódica, todo lo contrario de una política metódica.

No hubo nada más decisivo –aparte de las elecciones– en el camino al 18 de Julio que la larga secuencia de desórdenes y atropellos de todos los tipos, sin comparación con la experiencia de cualquier otro país europeo de la época con régimen parlamentario en tiempos de paz. Los españoles tienen fama –inexacta y falsa– de ser impacientes, pero su capacidad de aguantar abusos durante los largos meses de desgobierno de Azaña y Casares Quiroga no tuvo parangón en cualquier otro país.

Tales abusos fueron:

Una ola de huelgas iniciada en la primavera, muchas de ellas sin objetivo económico alguno, más allá de pretender la dominación de la propiedad privada, y que a menudo estuvieron acompañadas de violencia y destrucción de propiedades.

La incautación ilegal de propiedades, sobre todo en las provincias del sur, en ocasiones legalizadas a posteriori por un Gobierno sometido a la presión de los revolucionarios. Los efectos económicos fueron en gran parte destructivos, dado que no fomentaron la modernización y la productividad, sino la redistribución de la pobreza, sin capital y sin desarrollo tecnológico.

Una cadena de incendios provocados y la destrucción de propiedades, sobre todo en el sur.

La incautación de iglesias y propiedades eclesiásticas en el sur y el este, así como en algunas otras zonas del país.

El cierre de colegios católicos, que provocó el comienzo de una crisis educativa, así como la supresión de las actividades religiosas católicas en varias localidades, que estuvo acompañada de la expulsión de sacerdotes.

Un importante declive económico, que rara vez ha sido estudiado, y nunca en detalle, con una seria caída de la bolsa, la fuga de capitales y, en algunas provincias del sur, el abandono de los cultivos, dado que los costes de la recolección superaban con creces el valor de la cosecha.

La amplia extensión de la censura, con una grave limitación de las libertades de expresión y reunión.

Varios miles –no se sabe cuántas fueron– de detenciones políticas arbitrarias de miembros de partidos derechistas, que culminaron con el secuestro de Calvo Sotelo.

La impunidad en la comisión de los delitos para los miembros de los partidos frentepopulistas, que apenas sufrieron arrestos. En ocasiones se detuvo a anarquistas, ya que estos no eran miembros del Frente Popular.

La politización de la Justicia mediante nuevas políticas y leyes, con el fin de facilitar las detenciones y los procesos políticos arbitrarios e ilegalizar a los partidos derechistas, reemplazando a jueces según el capricho del Gobierno. Pese a las cuatro insurrecciones violentas de los movimientos revolucionarios contra la República –sin contrapartida entre los partidos derechistas–, ninguno de ellos fue acusado de delito alguno, pues la justicia había pasado a estar politizada, de acuerdo con el programa del Frente Popular.

Cambios arbitrarios de funcionarios y personal en los gobiernos provinciales y municipales en muchas provincias, a veces para eliminar a los representantes elegidos, para favorecer a los representantes de los partidos frentepopulistas.

El comienzo de un proceso de disolución oficial de los grupos derechistas, comenzando con los falangistas en marzo, los sindicatos católicos en mayo, y la pretensión de actuar de igual forma contra los monárquicos de Renovación Española en vísperas de la Guerra Civil. Cuando el Tribunal Supremo anuló la ilegalización de Falange a primeros de junio, el Gobierno no hizo el menor caso, sino que promovió aún más detenciones de sus altos cargos y responsables. El proceso se diseñó para crear las condiciones para el monopolio político de izquierdas, que se alcanzó, en primer lugar, en las agrupaciones sindicales. Los azañistas la llamaban la "República de izquierdas", y los comunistas, la "República de tipo nuevo".

La subversión de las fuerzas de seguridad gracias a la reincorporación de los elementos revolucionarios, algunos de ellos procesados con anterioridad por sus acciones violentas y subversivas. Uno de ellos estuvo al mando del escuadrón que asesinó a Calvo Sotelo. Igual de notoria fue la incorporación de activistas socialistas y comunistas como delegados de policía, nombrados ad hoc como policías suplentes. Ello continuaba el precedente sentado por el Gobierno de Hitler en 1933, cuando nombró a activistas violentos y subversivos de la SA y las SS como Hilfspolizei especiales.

El incremento de la violencia política, aunque su extensión fuera muy desigual en las distintas zonas del país. Algunas provincias experimentaron una relativa calma, mientras que en otras existió una violencia política frecuente, sobre todo en las ciudades de mayor tamaño. En seis meses y medio fueron asesinadas más de cuatrocientas personas.

Todo ello creó una situación que hasta historiadores con simpatías por las izquierdas han definido como "prerrevolucionaria", sin el menor precedente en otro país europeo en tiempos de paz internacional.

Una pregunta básica es: ¿cuáles fueron los proyectos exactos de los movimientos revolucionarios para pasar de estas condiciones prerrevolucionarias a la revolución directa? Entre 1932 y 1934 los anarquistas y los socialistas habían lanzado cuatro insurrecciones violentas para imponer dictaduras revolucionarias, y todas habían fracasado. Habían aprendido la lección siguiendo el consejo que León Trotsky apuntó en su Historia de la revolución rusa, cuando subrayó que los revolucionarios deben pretender actuar a la defensiva e iniciar la revolución bajo el disfraz de contestar a una agresión de los contrarrevolucionarios. De ahí que ni la FAI-CNT, ni el PSOE-UGT ni el pequeño POUM leninista tuvieran planes para lanzar una insurrección inmediata, sino de continuar con el desgaste del sistema republicano y capitalista. Concretamente, el principal sector revolucionario –los caballeristas del PSOE-UGT– pensaban provocar a sectores del Ejército para que se sublevaran y resolver la crisis subsiguiente con una huelga general, que les permitiría hacerse con el control del Gobierno republicano de un modo semilegal, con la excusa de haber actuado a la defensiva.

Hasta los comunistas habían cambiado de táctica. Hasta 1935 la Internacional Comunista, o Comintern, había seguido una política guerracivilista a ultranza, con el resultado de que perdió las contiendas en todos los países salvo en Rusia. Por eso en 1935 decidió cambiar, para adoptar la táctica fascista de formar alianzas y explotar la "legalidad burguesa". De ahí los orígenes del Frente Popular. En 1936 el PCE fue el único movimiento revolucionario en España que desaconsejó terminantemente la táctica de revolución y guerra civil, sino que insistió en explotar el sistema utilizando medios legales o semilegales (con casi todas las instituciones en manos de las izquierdas) para ilegalizar completamente a las derechas, usando las instituciones de la República democrática para transformarla con poca violencia en una "República de tipo nuevo": la República Popular revolucionaria (algo plenamente logrado meses después, en la Guerra Civil).

Las izquierdas han insistido muchas veces en que las derechas no eran pacientes, que rechazaban las "reformas". En su mayor parte eso es categóricamente falso. Lo contrario sería lo más acertado, en vista de las reiteradas declaraciones de los grupos de empresarios. Las reformas sí fueron aceptadas, salvo algunas de las más extremas, que destruían la economía, pero en cambio se pedía respeto a la Constitución y a ley y el orden, para poner fin a los actos ilegales y violentos. En mayo, los propietarios de hoteles en Barcelona ofrecieron ceder una parte de sus acciones a los empleados y hacerlos propietarios también, si abandonaban las huelgas salvajes y las demandas exorbitantes. A mediados de ese mes, la Federación Patronal Española y la Confederación Española Patronal Agrícola anunciaron oficialmente que aceptaban todos los cambios impuestos por la ley, dejando claro que con ello estaban al límite de sus posibilidades, y pidieron una vuelta a la ley y el orden. En la provincia de Córdoba hasta los pequeños propietarios que pertenecían a los partidos republicanos de izquierda presentaron una petición al Instituto de Reforma Agraria para que éste se ocupara de sus propiedades, pagando la compensación especificada por la ley, porque en las condiciones del momento el cultivo resultaba inútil.

El 7 de junio un manifiesto firmado por 126 asociaciones empresariales de todos los tipos aceptó la gran mayoría de los cambios recientes y hasta algunas de las propuestas nuevas, pero pidió angustiosamente medidas para frenar la anarquía. Se pidió un nuevo arbitraje, más justo y neutral, y un nuevo acuerdo oficial, similar al que había negociado el Gobierno del Frente Popular francés. A fines de junio, una asamblea general en Madrid de las Cámaras de Comercio de toda España pidió esencialmente la misma cosa.

¿Cuál fue la respuesta de los partidos políticos del centro y de la derecha? Protestaron mucho en las Cortes, el único foro del país que no estaba sometido a censura, y fuera de eso se frotaron las manos la mayor parte del tiempo, acción que no tuvo la menor eficacia. Finalmente, el 25 de mayo, Felipe Sánchez Román, amigo personal de Azaña y jefe de un diminuto Partido Nacional Republicano (un pequeño grupo moderado de centro-izquierda), propuso públicamente la formación de un nuevo Gobierno de alianza de las fuerzas del centro y de las izquierdas moderadas, para formar un Gobierno con plenos poderes, al objeto de restaurar la vigencia de la Constitución, que ya por entonces se había eclipsado. Un mes más tarde, Miguel Maura, un político democrático del centro, que había sido uno de los fundadores de la República, propuso lo mismo en una serie de artículos en El Sol llamando a tal alternativa "una dictadura constitucional republicana". Sabemos que el partido de Azaña discutió las propuestas apoyadas por algunos personajes del mismo partido, como Claudio Sánchez Albornoz, pero las rechazó terminantemente, prefiriendo mantener el statu quo de desgaste del orden constitucional.

El Gobierno afirmó de forma clara que rechazaba cualquier diálogo en serio, y que esperaba la sumisión total de las derechas. La CEDA, el único partido derechista de masas, no tenía una sección paramilitar, aunque parte de su juventud estaba radicalizándose. Los carlistas, que fueron pocos, preparaban sus propias milicias, pero rechazaban la cooperación con otros grupos. Los monárquicos alfonsinos buscaban armas en Roma sin éxito, porque Mussolini juzgaba la vida política española como una especie de jaula de grillos sin provecho alguno. Los falangistas crecían rápidamente en militancia y afiliados luchando y asesinando, pero habían sido ilegalizados a mediados de marzo, y no podían formar milicias propias de alguna importancia.

La extrema derecha miraba al Ejército, y varios sectores militares habían comenzado a conspirar no contra la República sino contra el Frente Popular, pero sin el menor éxito. La verdad es que la gran mayoría de los oficiales no querían alzarse en armas, porque ellos mismos estaban muy divididos en términos políticos, y ningún mando importante en activo estaba dispuesto a servir como líder. Tres meses después de las elecciones, cualquier foco de rebelión dentro del Ejército quedaba disociado e incierto, por no decir confuso.

Finalmente, el general de brigada Emilio Mola, que mandaba las fuerzas del pequeño cuartel de Pamplona, se presentó para organizar una conspiración militar a escala nacional. Hacia finales de mayo había logrado el reconocimiento de los pocos elementos dispuestos a comprometerse en tal empresa. Lo que Mola propuso fue una reforma tajante de la República para restaurar la disciplina, descartando totalmente la restauración de la Monarquía. Aun así, a finales de junio calculaba que solamente un quince por ciento de los oficiales estaban dispuestos a participar en una revuelta armada, y Francisco Franco no formaba parte de tal minoría. Finalmente, Mola llegó a un acuerdo limitado con los falangistas, pero el 9 de julio las negociaciones con los carlistas fracasaron y Mola quedó amargado y desesperado. Miraba con buenos ojos la propuesta de Miguel Maura de formar una "dictadura constitucional republicana", pero también veía que eso no parecía tener el menor apoyo de parte del Gobierno. No sabía si atreverse a dar un salto en el vacío, o si era mejor dimitir y huir al extranjero.

De ahí la gran importancia del secuestro y magnicidio de José Calvo Sotelo en Madrid la noche del 12-13 de julio. Su enorme resonancia en España no fue consecuencia de otro asesinato más, en el largo elenco de las más de cuatrocientas personas muertas violentamente en aquellos meses, y ni siquiera porque fuera uno de los dos más importantes portavoces de la derecha en las Cortes, sino por la forma en que se hizo y por la identidad de los asesinos. Un diputado del Parlamento no podía ser detenido legalmente sino por votación de las mismas Cortes, pero Calvo Sotelo fue secuestrado en su casa durante la noche y asesinado poco después por un escuadrón ilegal de Guardias de Asalto y cuatro milicianos del Partido Socialista mandados irregularmente por un capitán de la Guardia Civil, que había sido repuesto en sus funciones después de una condena a treinta años por haberse amotinado en 1934 en el intento de derrocar el régimen. Ellos formaron la primera de las checas de Madrid, y uno de los socialistas asesinó al jefe monárquico con un tiro en la nuca, al estilo soviético. La conmoción que produjo la expresó en una carta Gregorio Marañón dos días después. Marañón había votado al Frente Popular en febrero, pero ahora afirmaba: "Todo el país está indignado, como no lo ha estado jamás", subrayando estas últimas palabras con su propia mano.

Aquel magnicidio salvó la conspiración militar, porque su efecto fue dramático y eléctrico, llegó a ser el gran catalizador de una sublevación militar que, desde ese instante, podría tener posibilidades de alcanzar una dimensión importante. El propio Franco se comprometió totalmente con la sublevación por vez primera, y miles de oficiales le acompañaron.

La mañana de aquel asesinato pudo darse casi la última oportunidad para abandonar el camino al 18 de Julio y dar marcha atrás. Pero ¿cuál fue la reacción del Gobierno de Santiago Casares Quiroga? Prácticamente ninguna. Prometió una "investigación" rutinaria, como si se tratara de un accidente de tráfico, que luego nunca se llevó a cabo; por el contrario, extendió la censura para tratar de esconder la verdad y detuvo a más derechistas, como si los responsables hubiesen sido ellos.

Aunque luego las izquierdas pasarían muchos años retorciéndose las manos sobre la iniquidad de la sublevación militar, la verdad fue que por aquellas fechas el Gobierno la deseaba y, si necesario fuera, quería provocarla. Sabemos por los testimonios personales de izquierdistas prominentes, como Francisco Largo Caballero, Juan-Simeón Vidarte, Santiago Carrillo y otros, que Casares Quiroga les decía que no buscaba la reconciliación o cualquier intento de evitar la sublevación, sino que la deseaba, porque se sentía absolutamente seguro de poder aplastarla. Al Ejército español se le juzgaba como una especie de tigre de papel, y una victoria fácil daría al Gobierno mayor fuerza e independencia.

Aun en tales condiciones, Mola dudó. Impresionado por la propuesta de Miguel Maura, unas doce horas después del magnicidio, hizo un intento de contactar personalmente con Mariano Ansó, presidente de la Comisión de Guerra de las Cortes. No conocemos sus intenciones a ciencia cierta, pero parece que buscaba alguna comunicación con el Gobierno para averiguar si consideraba alguna iniciativa de moderación o conciliación que hiciera innecesaria la rebelión. De todas formas, Ansó nos dice en sus memorias que rechazó cualquier contacto con Mola, de modo constitucionalmente correcto, pero políticamente –tal vez– desastroso. Al día siguiente, Mola emitió las órdenes finales para la sublevación.

Una vez iniciada la sublevación, el error de cálculo del Gobierno llegó pronto a ser evidente. Después de consumar todo el camino hacia el 18 de Julio, paso por paso, Manuel Azaña se decidió, finalmente, a dar marcha atrás en las primeras horas del día 19 nombrando un Gobierno de izquierda más moderada para lograr la conciliación, pero llegó ya demasiado tarde. Para colmo de males, el último y mayor de sus errores de cálculo lo llevó a cabo veinticuatro horas después, al cambiar radicalmente de criterio y decidirse por potenciar a los revolucionarios entregándoles las armas y, en gran parte, el poder.

Durante ocho décadas, las izquierdas han denunciado la insurrección del 18 de Julio, lo cual, desde un punto de vista partidista, es perfectamente lógico, porque fue mucho más fuerte que la sublevación que habían deseado provocar, y dio al traste con todas sus ambiciones de dominar España. Desde un punto de vista práctico, en cambio, no es tan convincente, porque nunca ha existido un proceso revolucionario que no haya provocado una resistencia contrarrevolucionaria, aunque en ocasiones haya fracasado. Quienes no deseen la contrarrevolución, que no emprendan la revolución. Es así.

Desde muy pronto, la propaganda izquierdista intentó establecer que la sublevación contrarrevolucionaria constituyó una "rebelión en contra de la democracia". De hecho, fue en contra de la erosión total de la democracia, porque si se hubiera mantenido la democracia constitucional nunca habría habido una sublevación de importancia.

Resulta toda una paradoja que el general Franco, aunque no creía en la democracia, estuviera reclamando la conservación y el respeto a la constitución democrática, que durante largo plazo se fue completamente erosionando, hasta su completa destrucción.

Se ha dicho que en España las derechas y el centro no eran pacientes, que deberían haber estado dispuestos a dejarse atropellar indefinidamente, lo que puede ser cierto desde la perspectiva de una lógica partidista, pero no puede ser un argumento histórico, puesto que en términos de historia comparada es totalmente ahistórico, antiempírico y hasta absurdo. En toda la historia, es difícil identificar a un grupo social o político de importancia que hubiera actuado como pedían las izquierdas españolas. Lo que llama la atención es lo contrario, es decir, la extraordinaria paciencia de las derechas en España, incluida la del propio Franco. En muchos países no se hubiese soportado ni la mitad de lo que se venía soportando desde hacía meses en España. Cualquier persona que dude de esta afirmación debe primero hacer la comparación con las tres grandes guerras civiles de la época moderna en los países de habla inglesa –en 1640, en 1775 y en 1861–, y verá inmediatamente que la situación en España era bastante más atroz. Estos países de habla inglesa son a los que, generalmente, se considera que llevan la batuta en democracia moderna y gobierno constitucional, y no se encontrará entre sus ciudadanos la menor disposición a dejarse atropellar indefinidamente.

Uno de los problemas cuando se provoca una contrarrevolución es que ésta, en muchas ocasiones, no supone meramente la anulación de la revolución. Si fuera así, en España, presumiblemente, se habría vuelto a Lerroux y a Gil Robles. Pero, como señaló Joseph de Maistre hace dos siglos, una contrarrevolución no es meramente lo contrario de una revolución, sino que, a menudo, se convierte en una especie de revolución contrapuesta, que es lo que pasó en España. Clausewitz se refirió a lo que en las guerras (y las revoluciones) se denomina el efecto de Wechselwirkung, esto es, de la acción recíproca y de la mutua transformación de la radicalización en el seno de los conflictos. Tal fue el caso del movimiento franquista durante la Guerra Civil, que pronto se desplazó mucho más allá de los en principio limitados objetivos políticos de la conspiración originaria de Mola, para abrazar una revolución nacional, autoritaria y semifascista. Estas antítesis dialécticas no son infrecuentes en la historia, pero España experimentó un doble riesgo. Antes del 18 de Julio, las izquierdas erosionaron la democracia en España por medio de un proceso revolucionario de desgaste constante que duró cinco meses, pero, a su vez, la contrarrevolución creó un radicalismo de oposición igualmente violento, y mantuvo un régimen autoritario durante cuatro décadas. El precio del proceso revolucionario fue, sin duda, elevado.

Es muy simplista creer que el autoritarismo de Franco brotó únicamente de las ambiciones malvadas del propio Franco. Una vez elevado a la jefatura única, el Generalísimo mostró una gran ambición y diseñó ciertos aspectos individuales y personalistas para un nuevo régimen, pero de ningún modo creó la situación autoritaria en que se encontraba España a mediados de julio de 1936. Más bien, la verdad es que fue al revés, que había tratado de evitar que se produjera tal situación, que fue el resultado directo de las condiciones prerrevolucionarias creadas por las izquierdas. Al contrario, el general siempre defendió una política firme que mantuviera la ley y el orden, política que habría evitado el descenso a una situación puramente desordenada y autoritaria.

Hay que reconocer la verdad, y es que en julio de 1936 casi todo el mundo pedía un régimen autoritario para España. La CNT buscaba imponer por la violencia su propia utopía en una fecha indeterminada, los caballeristas y el POUM pedían la imposición de la dictadura del proletariado, los comunistas se afanaban por construir la "República de tipo nuevo", los azañistas y prietistas buscaban una república exclusivamente de izquierdas, eliminando políticamente a la mitad de la nación; los carlistas querían imponer su visión monárquica; los monárquicos alfonsinos deseaban una monarquía autoritaria y corporativista; los falangistas, su llamada revolución nacionalsindicalista, e incluso bastantes personas del centro o de la izquierda moderada pedían públicamente una dictadura constitucional republicana. Fue función de Franco ordenar todo esto, por las buenas o por las malas.

También se ha dicho –falsamente– que entonces nadie deseaba la guerra civil. Lo exacto sería decir que nadie quería una guerra civil tan larga y tan destructiva, o perderla. Pero del mismo modo que había muchos que buscaban un nuevo régimen autoritario los había que buscaban una guerra civil que –eso creían– sería breve, y que iban a ganar. Este fue el objetivo de los comunistas hasta 1935 (aunque luego cambiaron) y de los teóricos marxistas revolucionarios como Araquistain y Maurín, ya que muchos revolucionarios –sobre todo entre los caballeristas– insistían en que nunca podría haber una revolución verdadera sin una guerra civil; naturalmente, una guerra civil ganada por ellos mismos. Todos los marxistas revolucionarios la consideraban una inevitabilidad histórica, mientras los anarcosindicalistas insistían en la redención a través de su gran insurrección revolucionaria, cuando llegara la hora. Los monárquicos y los falangistas igualmente pedían alguna clase de confrontación armada, aunque no pregonaban la guerra civil públicamente con la misma confianza. Mola veía que un golpe de Estado en Madrid sería totalmente imposible (con Franco esencialmente de acuerdo) y que una insurrección militar sólo podía imponerse a través de una guerra civil, aunque también esperaba que fuera breve. Los conspiradores monárquicos pensaban lo mismo, y por eso buscaban armas en Berlín y en Roma, aunque sin éxito. Entre todos ellos, el que durante largo tiempo mantuvo la posición más moderada y responsable fue el propio Franco.

Ironías de la historia.

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