viernes, abril 04, 2025

Álvaro Alba: El lenguaje de los grados: simbología, jerarquía y control en las FAR (I y II)

 












Tomado de https://zoepost.com/

El lenguaje de los grados: simbología, jerarquía y control en las FAR (I y II)

03/04/2025

Por Álvaro Alba

Martí Noticias.

Pulse aquí para leer  en Martí Noticias la Parte I.

En 1973, los grados militares de las Fuerzas Armadas en Cuba fueron modificados. Surgió entonces el rango de Comandante en Jefe como el escalón más alto, agregándole un ramo de olivo al rombo rojo y negro con la estrella en la charretera, que no existía hasta el momento.

A muchos de los oficiales que se sumaron a las fuerzas rebeldes en la Sierra y habían llegado a 1959 como capitanes, se les ascendió al nuevo rango de primer capitán. Uno de aquellos primeros capitanes que hacían titulares en 1964 fue Jorge Enrique Mendoza, quien laboraba en la Dirección de Instrucción Revolucionaria del MINFAR (posteriormente convertida en la Dirección Política), y que, en calidad de comisario, supervisaba los encuentros nacionales de propaganda.

Hay que destacar que, en aquella época de los Sesenta e inicios de los Setenta del siglo XX, no se usaba el ramo de olivo para los grados de los oficiales superiores, ni siquiera para el de Comandante en Jefe. Ya más cerca del proceso de “institucionalización” de las fuerzas armadas en Cuba —que respondía al concepto de sovietización del ejército—, aparecieron los primeros grados con ramas de olivo para los oficiales superiores y múltiples estrellas para las categorías de primeros oficiales y subalternos.

Según lo establecido en la Ley No. 1257, que entró en vigor el 2 de diciembre de 1973, los grados militares de las FAR fueron modificados, quedando conformados de la siguiente manera: Comandante en Jefe, Comandante de Ejército, Comandante de Cuerpo, Comandante de División y Comandante de Brigada. Entre los oficiales de primera clase, se incluyeron los rangos de Primer Comandante (Raúl Díaz Arguelles), Comandante y Mayor; y entre los oficiales subalternos: Capitán, Teniente Primero, Teniente y Sub-Teniente. Esa Ley de 1973 reconoció el rango de Comandante en Jefe como el escalón más alto dentro de las Fuerzas Armadas en Cuba, agregándole un ramo de olivo al rombo rojo y negro con la estrella en la charretera, que no existía hasta el momento.

Este sistema guardaba cierta proporción con la jerarquía militar de la URSS y Europa del Este, que contaba con casi diez rangos: Subteniente, Teniente, Primer Teniente, Capitán, Mayor, Teniente Coronel, Coronel, Mayor General, Teniente General, Coronel General y General de Ejército. Además, la URSS tenía el grado de Mariscal, el cual representaba el escalón superior dentro de su estructura militar jerárquica.

Los grados a la usanza cubana resultaban confusos para los asesores soviéticos, checoslovacos o de la RDA, ya que el término “comandante” podía aplicarse tanto a un equivalente de general como a uno de coronel. En la información sobre la maniobra Granma realizada por las FAR en diciembre de 1974, se informaba que fue dirigida por el viceministro primero, jefe del Estado Mayor General, comandante de brigada Senén Casas Regueiro, con la participación de “los viceministros jefes de la Dirección Política y de Armamento y la Técnica, comandantes de brigada Fernando Vecino Alegret y Rogelio Acevedo González”, mientras que las conclusiones fueron presentadas por “el primer comandante Leopoldo Cintra Frías”. Ese año de 1974, la prensa cubana reportaba actividades de los comandantes de brigada Senén Casas Regueiro en asambleas de la juventud comunista, y del también comandante de brigada Fernando Vecino Alegret, quien visitaba Bulgaria en calidad de viceministro de las FAR…

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Tomado de https://www.martinoticias.com

El lenguaje de los grados: simbología, jerarquía y control en las FAR (II)

Raúl Castro Ruz, ministro de las FAR desde la creación del ministerio en octubre de 1959, fue el impulsor, organizador e implementador de la sovietización del ejército cubano, incluidos los grados militares, las gorras de plato, las charreteras de hileras, las corbatas y las estrellas —tanto pequeñas como grandes—. A diferencia de su hermano, que nunca dejó el uniforme verde olivo ni las insignias inventadas de Comandante en Jefe, Raúl no dejaba de lucir su uniforme militar de diseño soviético. Como dato curioso, durante el proceso de conversión de los grados militares cubanos, el ministro de las FAR no fue ascendido de inmediato al grado máximo (general de ejército) entre los oficiales superiores, y tuvo que pasar largos meses con dos estrellas en las hombreras. En ese rango recibió en La Habana, junto a Fidel Castro, a Leonid Ilich Brezhnev, cuando este visitó Cuba en enero de 1974.

El entonces ministro de las FAR fue comandante de división desde diciembre de 1973 hasta el 2 de diciembre de 1976, fecha en la que, con la implementación del nuevo sistema de grados, fue ascendido a general de ejército. Hasta la fecha, y mientras esté con vida, nadie más en Cuba ostentará ese grado militar.

Después de que Raúl Castro abandonara el cargo de ministro de las FAR, la dirección del ejército fue asumida por tres oficiales: Julio Casas Regueiro (durante 3 años y unos 6 meses y medio), Leopoldo Cintra Frías (por 9 años y 5 meses) y Álvaro López Miera (casi cuatro años en abril de 2025). Todos llegaron al tope de los ascensos militares con el grado de general de cuerpo de ejército, el mismo que ostentan el jefe del Estado Mayor General y los jefes de los tres ejércitos del país.

Tener al ministro con dos estrellas fue un castigo de su hermano, afirman los conocedores de las interioridades del MINFAR, porque durante unas semanas estuvo tentado a incluir en el ejército cubano el grado de Mariscal, pidiendo un modelo a las sastrerías del Ministerio de Defensa en Moscú. En la sastrería soviética le confeccionaron a la medida un traje con la estrella dorada de mariscal sobre el escudo cubano, una copia de la versión de Mariscal de la Unión Soviética. La idea no se implementó tras la pregunta de un asesor soviético a Fidel Castro sobre si el Mariscal de Cuba era un rango militar superior al de Comandante en Jefe. Esa “ingenua” pregunta del soviético frustró para siempre los planes de tener un mariscal en las fuerzas armadas de Cuba.

En Moscú no lograban comprender del todo la equivalencia de los rangos cubanos, y para noviembre de 1976 Raúl Castro fue ascendido a general de ejército, mientras que varios militares cubanos fueron promovidos a generales de división y de brigada. Una lluvia de estrellas y ramas de olivo caía sobre los militares cubanos.

Las aventuras militares en Angola estaban en su apogeo. Los militares cubanos servían de asesores en cuanto conflicto aparecía en África: desde Guinea-Bisáu hasta Etiopía, pasando por Angola, Namibia, Guinea, Sierra Leona, Yemen del Sur, Somalia (antes del conflicto con Etiopía), etc. El militar Raúl Díaz-Argüelles, quien falleció durante la intervención cubana en Angola en diciembre de 1975, era el jefe de las tropas cubanas y ostentaba el grado de primer comandante. Arnaldo Ochoa, quien fuera purgado en el verano de 1989 durante la Causa 1/89 contra un grupo de militares de las FAR y del MININT, obtuvo en África los grados de general de división y la medalla de Héroe de la República de Cuba. En esos procesos fueron acusados el general de brigada Patricio de la Guardia y su hermano, el coronel Antonio de la Guardia, ambos del MININT. Con aquellas purgas y fusilamientos en las FAR y el MININT, el dictador borraba toda huella de conexión con los carteles colombianos de la droga y los nexos con Pablo Escobar.

En noviembre de 1976, con la proclamación de la Ley No. 1315, se introdujo una nueva reforma que estableció un esquema de rangos militares diferente, más alineado y comparable con el utilizado en los países socialistas. Las categorías fueron las siguientes: general de ejército, general de cuerpo de ejército, general de división, general de brigada, coronel, teniente coronel, mayor, capitán, primer teniente, teniente, subteniente, suboficial, sargento de primera, sargento de segunda, sargento de tercera y soldado de primera y soldado.

Para la marina, las graduaciones quedaron distribuidas de la siguiente manera: almirante, vicealmirante, contraalmirante, capitán de navío, capitán de fragata, capitán de corbeta, teniente de navío, teniente de fragata, teniente de corbeta, alférez, suboficial, sargento de primera, sargento de segunda, sargento de tercera, marinero de primera y marinero.

Las nuevas charreteras del ejército y la marina de Cuba comenzaron a fabricarse en las sastrerías militares de Moscú. Existen grados militares que nunca han sido otorgados en las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), como el de almirante. El rango más alto en la Marina de Guerra Revolucionaria (MGR) ha sido el de vicealmirante. Tal fue el caso de Aldo Santamaría Cuadrado, quien dirigió esta fuerza, primero como comandante y después como vicealmirante, hasta 1984. Tras su fallecimiento, fue sucedido por José Cuza Téllez de Girón, quien anteriormente se desempeñó como director de la Academia Naval y fue capitán del Ejército Rebelde, ostentando el grado de contraalmirante. Todos los jefes de la fuerza naval en Cuba (Pedro M. Pérez Betancourt, Carlos Alfonso Duque Ramos, etc.) han tenido esta graduación militar, incluido el actual, Jorge Luis Reyes López. El grado de contraalmirante también lo tuvo un ministro del Interior, Julio César Gandarilla Bermejo, quien fue durante 16 años jefe de la contrainteligencia militar en el MINFAR.

Un grado único en Cuba es el de Comandante de la Revolución, que solo han ostentado tres militares: Ramiro Valdés Menéndez, Juan Almeida Bosque y Guillermo García Frías. Con una simbología única —montañas sobre la rama de olivo y una estrella dorada sobre las elevaciones—.

Según el reglamento militar, excepto el Comandante en Jefe y el general de ejército, todos debían rendir saludo militar al paso de los tres “comandantes”, quienes fueron miembros del Buró Político y vicepresidentes de los Consejos de Estado y de Ministros. Todavía hoy, Valdés es viceprimer ministro, a pesar de sus casi 92 años de edad.

La insignia de comandante del Ejército Rebelde se diferencia de la del Comandante de la Revolución, tanto en jerarquía militar como en proporción numérica. Como Comandantes del Ejército Rebelde usaban sus insignias José Ramón Machado Ventura, Delio Gómez Ochoa, Pedro Miret, Julio Camacho Aguilera, y otros funcionarios que, aunque militaron en las huestes de la Sierra Maestra, se dedicaron a labores político-partidistas antes o durante el proceso de copiar el sistema soviético de grados militares.

Desde 1989, tras los dos casos de la fiscalía militar (Causa 1/89 y Causa 2/1989), los oficiales muy leales a Raúl Castro del MINFAR tomaron posesión de todas las direcciones del MININT, asumiendo el control total de lo que por décadas fue un feudo exclusivo, primero de Ramiro Valdés y luego de José Abrantes. A partir de ese año, el cruce de oficiales se convirtió en una práctica constante, y se veía a oficiales superiores del MININT con insignias de graduados de la Escuela de Infantería o de Ingeniería de las FAR, y viceversa: un graduado de los institutos superiores del MININT en una unidad de tanques.

Desde el nombramiento de Abelardo Colomé Ibarra como ministro del Interior (MININT) en 1989 hasta la fecha, todos los jefes de ese ramo han provenido de las FAR, sobre todo de la contrainteligencia militar: Carlos Fernández Gondín, Julio César Gandarilla Bermejo y Lázaro Alberto Álvarez Casas.

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sábado, junio 29, 2024

Esteban Fernandez.: LA REAL ACADEMIA DE LA LENGUA CUBICHE

 Tomado de https://www.facebook.com/

 LA REAL ACADEMIA DE LA LENGUA CUBICHE

Por Esteban Fernandez

No importa la educación, estudios, cultura y sofisticación que pueda tener un cubano, no puede evitar que en determinados momentos se le escapen frases y palabras que lleva muy hondo escondidas en el cerebro, en la sangre y en el corazón, tales como:

"Al más pinto de la paloma / que uyuyo es el tipo ese / está acoquinado / se formó el titingó/ tiene una ñañara/ pa´ su escopeta / ese niño es jiribilla / parece un cocomacaco / aquí en el tibiri-tabara / ese es cacafuaca / allá va eso/ está pasando más trabajo que un forro de catre/ no arrugues que no hay quien planche / quitate que te tumbo".

Cosas como: "Chico, no jorobes más / es un punto filipino / es carcañal de indigena / dale pirey / buche y pluma na´ma, eso eres tú / déjate de cancaneos y habla claro / es retama de guayacol / hoy tiene el moño virado, y en un final quiquiribu-mandinga y es mas viejo que Matuzalem"...

"Le chupa el rabo a la jutía / esa gente me hicieron un fu / ese hijo mio es cagaíto a mi / le parto la siquitrilla / ese está turulato / le cayó carcoma / hay un run-run / pero a mi plin / chapéa bajito / le metieron el cuchillo hasta donde dice collín".

"Le ronca el merequetén / tiene la mollera abierta / lo sabe hasta el pipisigayo / le sueno un simbombazo / le dio la patá a la lata / yo no quiero tiqui-tiqui ni taca-taca / ese es un socotroco / y es un marrullero / está en la fuacata / en eso yo soy el papaupa"..

Y se nos escapa decir: "Es un esqueleto rumbero / es un simplón / se está comiendo un cable / tiene un jipío / es un paquetero / está guillao / le tiró una ronconada. / esa es una fletera mala / ese es un curda / chico, me estás sapeando / es un churriburri / está tullído / lo hizo de guilletén / es muy fulastre / le traquetea / tiene un empacho / le dio en la misma cocorotina / eso es más viejo que andar a pie/ siooooo!".

"El horno no está para galleticas, Está tirando un majá / te queda pintaíto / sambuyo suelta lo que no es tuyo / se ñamaba/ con todos los hierros / es un picúo / fo que peste / ese es un gallito qui-qui-ri-qui / está matungo / ni ji ni ja / es una parguera / se la comió / está loquibambio"...

"A mi eso me es antiflogitinico y antiespasmodico / es un sopenco / es un sanguango / es un cazuelero / es un niño bitongo / lo voy a mangar / es un bobo de la yuca/ hazlo de Guillermón Moncada / le sonó un sopapo / se están dando tremendo mate/ solo le queda el casco y la mala idea / le zumba el mango / le dio una sirimba/ ese huevo quiere sal"...

"Tiene un chichón en la chola / dejate de ñoñerías / es un postalita / le tiró una ronconada / se quedó sin plumas y cacareando / es un fañoso / sigue con la misma matraquilla / se mató como Chacumbele / se desguavinó / voló como Matías Pérez/ es un masaboba / de eso sabe conquile / qué pasó, batibiri / se le escapó a Tamakún por debajo del turbante" .

"Es un cobero/ es un guataca / chúpate esa / ni fu ni fa/ es una chancletera / está cayendo un chin-chin / es un jorocón / le está dando a la sinhueso/ es un bemba e´trapo / sabe más que las bibijaguas / tirale una trompetilla / eso es del tiempo de Ñañaseré / tiene guayabitos en la azotea / me fajo hasta con Mazantín el torero y ahí namá"...

"Ese es rinquincalla y diente de perro / está tangueado / le patina el coco / está todo despetroncado / se formó un salpafuera tremendo / se rajó como una caña brava / come lo que pica el pollo/ ese tipo es un arado/ saoco la tumbadora/ te peinas o te haces papelillos/ está dando tremenda muela/ es un paragüero/ de eso ni jota vallé/ parece un mamarracho/ es un sangrepesao/ a ese le falta un tornillo/ ese tipo está trocao/ tengo una salación encima de tres pares/ y... hasta que el manco eche dedos"..

Y, siempre llega ese momento tan cubanísimo en que tenemos que decir: "Este señor que está aquí atrás", y se nos escapa un sonoro: "Etequetacatra"... 

Y para terminar en "cubano" :  CHIRRIN-CHIRRAN ... este cuento se ha acabado.

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sábado, agosto 20, 2022

Zoé Valdés: Las palabras y su repudio

 Tomado de https://zoepost.com/

Las palabras y su repudio

Por Zoé Valdés.

19/08/2022

El maltrato del idioma es uno de los peores episodios de esta época que debemos soportar, diría que casi estoicamente; ocurre a diario y de manera alevosa. Mientras veía un programa en la televisión argentina uno de los participantes reprochaba a otro de que el término “comunista” se usara para denigrar a alguien, lo que -según él- se hace con harta frecuencia. Es probable que esto suceda en Argentina, donde la corrupción comunista campea por sus respetos desde el gobierno mismo, y la gente tienda a denunciarla de la manera más rápida y precisa que encuentran, con todas sus razones. Y sí, comunismo es equivalente a crimen y a corrupción, aquí y en La Conchinchina.

Por el contrario, en Europa, de sólo abrir la boca y emitir una opinión contraria a la vulgar ideología imperante que todo lo puede y que todo lo domina, al punto mereces ser tratado de facha, o sea, de fascista. Y santas pascuas, no pasa nada, es más, nadie protesta, o pocos se atreven.

Me habría gustado tener enfrente al analista de marras, para preguntarle: ¿Por qué para usted “comunista” es un insulto que no debiera ser usado, y sin embargo, el término “facha”, de fascista, contra alguien que piense distinto, es no sólo un ataque natural, además resulte bien visto y hasta sea considerado correcto para el que lo use? Puedo imaginar su respuesta, y de sólo imaginarla se me antoja, además de oprobiosa, una ráfaga de vómito.

Durante años -estudios mediante- se ha podido comprobar cómo el nazismo destrozó el idioma por ahí por donde hizo mayores estragos, asesinó, robó vidas. Sin embargo, también son pocos los que se han detenido a pensar en el inmenso mal que la ideología social-comunista ha hecho y sigue haciendo en contra del idioma, también por allí por donde dejó y sigue dejando más de 150 millones de víctimas.

Sí, es un estudio pendiente, que no sé si se pudiera llevar a cabo, o al menos estar apto para realizarlo, en medio de toda esta depravación del habla y de la escritura en la que nos ha sumido en buena parte el abismo cultural al que nos ha empujado el neo-izquierdismo y la tecnocracia.

Si bajo el castro-comunismo, en Cuba, el lenguaje sufrió acciones devastadoras, como fue lo de eliminar el “idioma decadente”, se prohibió llamar “señor” o “señora” con respeto a alguien, para imponer el neo-lenguaje revolucionario cuyo trato fue y es todavía desde 1959 de “compañero” o “compañera”, incluso para los esposos y esposas; con el advenimiento del neo-castrismo (término acuñado en el blog de Los4Gatos en el año 2012), las consecuencias son, no sólo nefastas, vergonzosas, de daño irrecuperable a estas alturas.

Oír a los cubanos usar festivamente el término “haiga” por haya, referirse a ellos mismos como “la voz del pueblo”, en actuaciones desesperadas de horror vacui lingüístico y echar mano de espectaculares expresiones populistas que prueban el pésimo aprendizaje y la mediocre educación recibida mediante el adoctrinamiento ideológico, sólo indica lo siguiente: los regímenes totalitarios, tengan el carácter o la definición ideológica que tengan, destruyen lo más preciado del ser humano, su pensamiento, el idioma, la libertad de expresarse correctamente. Destruyen, en una palabra, al ser humano, a la inteligencia.

Entonces, ¿por qué repudiar que se llame “comunista” a un comunista probado, y aceptar por otro lado que se insulte a alguien que manifiesta desde la libertad su pensamiento al tratársele de “facha” o fascista?

En uno de esos programas donde lo que se privilegia como interesante es hacer coincidir a los personajes más improbables, un pianista inglés (no recuerdo su nombre, disculpas), se refirió al -según él- “insulto” que consistía en que una diputada española llamara al hijo de un terrorista, lo que entre otras cosas es: hijo de terrorista; obviando los insultos recibidos por esa diputada de parte del hijo del terrorista, y lo que es peor, obviando que frente a él tenía precisamente a una periodista al que el supuestamente insultado, también diputado de Podemos, que llegó a ser vicepresidente del gobierno español amenazó con fustigarla “hasta hacerla sangrar”.

Lo curioso es que la periodista, también se quedó callada, como el resto de los participantes, y no porque debió de salir en defensa (por solidaridad femenina) de la diputada en cuestión que también, y que tal como dije, había sido acosada por este personaje, sino para salir en defensa propia… Sólo sea para respetar la memoria de los espectadores, pero por encima de todo, para respetarse y honrarse a sí misma.

Porque, el problema de las palabras, y no sólo, en los tiempos dictatoriales que corren, es también el problema de situar la verdad, la compasión, el honor, por encima de la mentira, del odio y del repudio, El honor siempre por encima… Cuando se tiene, claro.

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viernes, febrero 11, 2022

Dictadura y lenguaje (II). Francisco Almagro Domínguez sobre Cuba: El mensaje del régimen hoy se ve opacado por las muchas alternativas existentes, la inmediatez de la noticia, y la profundidad, el alcance de la internet

 
Tomado de https://www.cubaencuentro.com

Dictadura y lenguaje (II)

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El mensaje del régimen hoy se ve opacado por las muchas alternativas existentes, la inmediatez de la noticia, y la profundidad, el alcance de la internet

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Por Francisco Almagro Domínguez

Miami

09/02/2022

La creencia de que la propia visión de la realidad es la única realidad

es el más peligroso de todos los engaños.

Paul Watzlawick

I

Un dilema mayor de cualquier dictadura a través de los siglos es retener el poder con un mínimo de protestas, frustraciones e insurrecciones. El éxito es lograrlo empleando imperceptibles niveles de fuerza; que los propios sojuzgados sean quienes se conviertan en el brazo secular, como apuntara Elías Canetti en su libro Masa y Poder. Algo así como ser y no parecer una dictadura, acaso una dicta-blanda, como decía con sarcasmo Augusto Pinochet.

Tal fue uno de los ases de la llamaba revolución cubana durante los primeros cuarenta y tantos años. Usando una hábil mezcla de mensajes inspiradores, ocultación de los fracasos y represión, la mayoría permaneció encandilada con promesas y futuridades; una buena parte de la población apoyó hasta con su sangre un proceso revolucionario que hubiera tendido su fin natural en la primera década, y perduró más allá de lo razonable, de lo comprensiblemente admisible. Sería interesante repasar algunas características del lenguaje Pre-Continuista para entender por qué el actual control comunicacional se les escapa de las manos. Comencemos por el emisor, quien y de qué manera envía el mensaje. Es un detalle de suma importancia.

Desde el inicio del proceso hubo un solo comunicador llamado Fidel Castro. Hombre de prodigiosa memoria y capaz de hilvanar un discurso por horas donde parecía disgregarse y regresar al mismo tema. Fidel Castro hizo de la tribuna su principal arma de combate, y su pedestal, al decir martiano. Tribuna única e intransferible. Debemos recordar que el Órgano Oficial anunciaba Hablará Fidel y a esa hora se paralizaban los amigos y los que no lo eran tanto. Son inolvidables sus ademanes enfáticos, la manera teatral de acomodar los micrófonos; la voz a punto de quebrarse y de hablar a cientos de miles y al mismo tiempo, parecer hacerlo con cada persona, de manera individual, intima. Entre amenazas y recriminaciones al Imperio, un retozo, una burla al enemigo, un no nos importa con más desdén que cólera. Sus palabras estaban entre una catequesis de inspiración jesuítica —donde se había formado— y una arenga levantisca —aprendida por una temprana desnutrición emocional. Durante más de medio siglo el pueblo cubano —y una parte del exilio— se acomodó a esa sola voz.

Con el absoluto control de todos los medios al interior del país no había posibilidad de alternativas. Por otro lado, la enseñanza, los libros publicados, y todas las manifestaciones artísticas tenían como objetivo enaltecer la épica revolucionaria y al Máximo Líder. El mensaje llegaba directo y claro, sin interferencias.

La entrada Radio Martí en los hogares cubanos fue un golpe inesperado a esa cortina de bagazo comunicacional. El régimen empleó todos los medios posibles para silenciar la alternativa. No bastaban los ruidos para ocultar la novela radial El derecho de nacer; las amas de casa prendían las ollas de presión al mediodía con el pretexto del almuerzo y alzaban la radio todo lo que podían. Era habitual al caminar por las calles cubanas sentir el olor de los frijoles negros y un pitico que envolvía el éter de lo incorrecto. Entonces el mensaje de Radio Martí era variado; una programación reactiva, de denuncia, y también propositiva. El radioescucha cubano no conocía a decenas de artistas y personajes célebres que habían escapado de Cuba después de 1959. También tuvo el hombre y la mujer cubanos otra versión de su propia historia, otro discurso, otro lenguaje.

Hasta ese instante el mensaje y el Máximo Líder eran una misma cosa. Triunfantes porque había un receptor, el pueblo, dispuesto a aceptarlo todo como verdad. Y desechar cualquier información diferente. Si un individuo comentaba lo oído en Radio Martí —Televisión Martí, y disculpen quienes viven de ella, nunca se vio— un hijo de vecino lo negaba, o simplemente no le hacía caso.

La contraofensiva a Radio Martí fue exitosa mientras a quienes iba dirigida podían vivir con cierta decencia antes del mal llamado Periodo Especial. Cuando desaparecieron los Mercaditos y el Mercado Libre Campesino, y al fin repartieron vitaminas sin admitir la polineuropatía carencial, quien negaba a Radio Martí se convirtió en fanático de la onda radial mientras añoraba los frijoles negros. El éxodo de Guantánamo es la respuesta de los receptores —pueblo— a un mensaje tan real como duro: el lenguaje falaz de cualquier dictadura.

II

El régimen y el Máximo Líder habían quedado sin discurso creíble. Fue imprescindible rescatar de las cenizas los intelectuales siquitrillados en los sesenta y setenta. Como el narcisismo de ciertos creadores a menudo es más grande que su honor, el respeto a sí mismos, muchos se montaron en el bote de un nacionalismo atemporal, allí donde pretendieron —y aun lo intentan— encontrar puntos de contacto entre la epopeya martiana de la lucha anticolonial con la jerga antimperialista castrista. Pero no bastaba. Ni siquiera la providencial ayuda del Coronel Golpista a finales de los noventa alivió la brecha cubana entre lo que se dice, lo que se siente y lo que se hace.

Sin casualidades siempre del lado de acá aparece un salvavidas ideológico al Castrismo. Y de eso se trató, literalmente. El niño Elián González fue rescatado mientras flotaba en las aguas territoriales norteamericanas tras el naufragio y muerte de su madre. ¿Qué hubiera pasado si Elián es devuelto a su padre sin alharacas, como muchos creían legal y afectivamente necesario? ¿Acaso no hubo de este lado nadie que predijera lo que iba a pasar si el régimen encontraba otra razón para sostener su discurso pugnaz, de enfrentamiento al Imperio? Se podrán discutir muchas cosas sobre el asunto. El resultado final es el que vale: el Finado convirtió al desafortunado náufrago en asunto de Estado. Seguro de su victoria, por ser un profundo conocedor de las leyes y la idiosincrasia del enemigo, el ex Máximo Líder tomó un segundo aire discursivo cuando mucha gente ya no le creía capaz de reinventarse. La tribuna acusadora, otra vez, su pedestal.

Desaparecido el conflicto, agotado el discurso litigante, prometió que los cubanos verían otra novela muy pronto: la de Los Cinco. No pocos en el mundo compraron la idea de que los espías eran luchadores antiterroristas. La campaña por su liberación es un curioso fenómeno de comunicación social. Parte de un absurdo: trastocar un asesino convicto en inocente para salvar al país de sus propios ciudadanos. El lenguaje dictatorial regresaba, como con Elián, al papel de víctima. Los captores y no los espías, eran los victimarios. El discurso de la dictadura no iba dirigido a los cubanos sino al pueblo norteamericano; profundamente dividido; una parte abogaba en tiempos de Barak Obama por la reconciliación con el gobierno de la Isla. El Finado apeló por segunda vez al papel de David agredido. El Goliat enceguecido, burlándose de la honda, le dio otra oportunidad en la historia.

III

Podría decirse que muerto el Líder se acabó el mensaje. El Continuismo es un proceso dictatorial que rompe, estructuralmente, con el lenguaje aprendido y aceptado por el pueblo cubano durante más de medio siglo. Hay factores que hacen imposible la falacia de la Continuidad, por mucho que se esmeren en afirmarla como mantra salvador.

El primer gazapo del discurso continuista está en los propios emisores. El más afecto al régimen ante la escogencia del Designado debe haberse hecho la pregunta ¿y de donde salió este hombre? ¿No era parte de los llamados talibanes, capitaneados por Lage, Robertico, Hasan, Pérez-Roque y otros muy cerca del pensamiento del Comandante en Jefe? ¿Qué pasó con ellos? ¿En qué pijama o centro de salud los metieron?

Una vez ascendido al segundo puesto en importancia dentro del Partido Comunista, en el Designado —gallo tapao para los mexicanos— el pueblo creyó ver un reformador; sin lazos con la historia de fracasos, este hijo de nadie haría de la tribuna ara, no pedestal. En la memoria colectiva de los cubanos estaba Gorbachov, un joven cincuentón a quien los enemigos de la democracia consideraron traidor, y los amigos, enterrador del autoritarismo —hoy sabemos que cada pueblo tiene el zar que se merece.

El problema es que en la historia de Cuba no ha habido un presidente al que llamaran Sin…casa (casa en lenguaje marginal cubano  una de sus acepciones es GAO). A José Miguel Gómez le decían tiburón, a Mario García Menocal, el Mayoral —ambos, por cierto, generales con batallas a cuestas—, a Batista, el Indio, incluso al Finado, y por tantos años en el poder, Macha de Plátano, Caraecoco, Cebolla —las mujeres lloraban en la cocina—, Coma-andante. (El Bloguista añade: Guarapo, Mango /la gente esperando que se caiga,

Pero ¿Sin… casa? No, eso sí que no. Sin…casa es el peor de los epítetos en un país machista y homofóbico donde la trastienda, a no ser que guste, se defiende de los intrusos desde que se va al preescolar. De modo que ahí comienza el conflicto del Continuista. No se puede ser presidente ni del Comité de Defensa cuando se grita y pinta en la pared semejante adjetivo. Todo lo que diga o haga un individuo así, siempre se reflejará el inconsciente colectivo como que se trata de un Sin…casa.

A ello habría que añadir el papel de ventrílocuo que muchos creen que posee. Cuando este hombre —y muchos otros continuistas— creen decir algo original, la mayoría del pueblo intuye que solo prestan su cuerpo y su voz a unos bisabuelos que desde la placidez de sus cómodos retiros aspiran a una muerte tranquila, silenciosa. De tal manera, los nuevos emisores están descalificados de arrancada: representan la continuidad, más de lo mismo. Han recibido una herencia fatal, y no saben cómo administrarla.

El mensaje del Continuismo, además de ser el mismo de hace sesenta años, sucede en un contexto difícil, dentro y fuera de la Isla. Bajo las condiciones de un Periodo Especial II, sin el Finado y quebrados económicamente, el discurso es cada día menos creíble.

Hablar, por ejemplo, que del municipio dependen todas las soluciones a los problemas cuando existe una economía vertical, centralizada, y las verdaderas finanzas e inversiones pertenecen a una casta militar que no rinde cuentas, es una burla. Decir en público que la ciencia lo resolverá todo es ignorar aquel tristemente famoso movimiento de innovadores y racionalizadores quienes acabaron con cuanta maquinaria venia del extranjero con sus especificaciones. Hablar de encadenamiento productivo en un país infernal, donde si hay fósforos, falta la leña, y hay leña, falta a quien quemar, es un chiste de mal gusto. Continuar culpando al bloqueo de los males, oponiéndosele en cualquier evento, y al mismo tiempo rogar por inversiones del Imperialismo es una absoluta desfachatez.

Fuera de Cuba las cosas han cambiado de manera radical. La influencia se deja ver en cómo el mensaje al interior también se ha modificado. Vivimos en un mundo donde lo inmediato, el goce individual y lo rentable es lo que vale. Puede no gustarnos la manera de la juventud de hoy, para la cual lo inmanente es más importante que lo trascendente; la gratificación individual antes de la colectiva. Cuba y sus jóvenes no escapan a ello. Por esa razón los mensajes de epopeyas y de héroes del pasado, impolutos, casi santos, nada dicen. Los continuistas pueden sentirse dichosos de que no les hayan derribado estatuas, aunque unos inteligentes mancharon con sangre los bustos de José Martí.

El mensaje del régimen hoy se ve opacado por las muchas alternativas existentes, la inmediatez de la noticia, y la profundidad, el alcance de la internet. De ser proactivo, el régimen ha pasado a ser reactivo. Están a la defensiva. No pueden hacer otra cosa. Sus mismos defensores se han preguntado cómo enfrentar la avalancha de información que contradice el mensaje oficial, partidista. Hablan de hacer más potable, digerible, atractivo el mensaje a los cubanos. Las preguntas deberían ser otras: ¿Cómo hacer digerible lo que es repulsivo, mentiroso, feo por naturaleza? ¿Cómo vender una imagen por la televisión cuando se sale a la calle y solo se pueden ver colas, falta de agua, peste, rostros desencajados, mustios, avinagrados?

IV

Una parte sustancial del lenguaje del Continuismo se ha montado sobre el viejo y la nada original imagen de la victimización, del bloqueo; el enemigo externo que explica las carencias. No han hecho una verdadera lectura crítica del pasado ni del presente. Más bien, con un discurso triunfalista, insulso y sin apoyaturas en las realidades, tratan de tirar una cortina de humo comunicacional a un pasado inoperante hoy día.

El receptor es otro. El receptor es el principio y el fin de todo lenguaje. Si no se mueve el receptor, no hay comunicación. O si se mueve de manera contraria a lo esperado… Habana, tenemos un problema. La dictadura continuista ha llegado a su fin existencial porque lo que no puede cambiar es la forma de pensar, de sentir y actuar de la mayoría de los cubanos. Nadie sabe cuánto durará. Pero sí sabemos que es insostenible porque ha perdido, o nunca ha encontrado su propio lenguaje.

Mañana podrían descanelizar el gobierno con un truco de democracia donde un suicida convenientemente preparado pidiera la renuncia del Designado. Nada cambiaria. No hay remplazos para el Finado, y aunque duela admitirlo, un tipo así no nace todos los días ni el mundo de entonces volverá a ser el mismo. Podrían abrir cien canales de televisión con última tecnología y concentrar todo el arsenal comunicativo en una sola institución, como han hecho. Nada cambiaría. La tendencia de las dictaduras es al agotamiento de su propaganda, y en la medida que deja de ser efectiva, aumenta la represión, se hace más visible, descarnada y descarada.

Un elemento positivo pudiera tener el Continuismo, paradójicamente, en cuanto a lenguaje y es que el receptor se torna cada día menos pasivo, acepta con menor mansedumbre y acrítica los mensajes oficiales, de los cuales no solo se ha burlado siempre con chistes y ahora memes, sino que ha aprendido a leerlos al revés: si se presenta como logro es un fracaso; donde prometen algo es porque hay crisis -sucedió con los barrios marginales después del 11J; lo que ocultan es más importante que lo que dicen.

La Continuidad carece de los tres elementos básicos del lenguaje para ser efectiva, perdurable: un emisor creíble, empático, con carisma; mensajes claros y comprobables, no triunfalistas; y un receptor dispuesto a hacer cambios en sintonía con esos mensajes. Este último elemento, el receptor, es el que las dictaduras suelen ignorar. La palabra es mitad de quien la pronuncia y mitad de quien la escucha, dijo con sabiduría el ensayista Michel de Montaigne. La otra mitad. Esa es la que parece irrecuperable.

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martes, febrero 01, 2022

Dictadura y lenguaje (I). Francisco Almagro Domínguez sobre Cuba: El discurso del totalitarismo, y sobre todo su pedagogía, se basa en hacer interpretaciones de la realidad o de lo que dicen es la realidad, pero nunca descripciones reales de los hechos.

 
Tomado de https://www.cubaencuentro.com/

Dictadura y lenguaje (I)

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El discurso del totalitarismo, y sobre todo su pedagogía, se basa en hacer interpretaciones de la realidad o de lo que dicen es la realidad, pero nunca descripciones reales de los hechos.

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Por Francisco Almagro Domínguez

Miami

31/01/2022

Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo.

Ludwig Wittgenstein

I

A la pregunta a un recién llegado a Miami que donde se iba a quedar, respondió que en casa de un tío suyo, quien había sido… mercenario de Playa Girón. Traté de corregirle: mercenarios son extranjeros que reciben paga por servicios militares contra otro país. Los invasores de Bahía de Cochinos —donde Playa Girón es solo un pedazo— eran todos jóvenes cubanos que no recibieron ni un solo dólar por ir a pelear contra el gobierno de su propio país. Y le hice una advertencia compasiva: al llegar a esta Habana del Norte hay que aprender a hablar de nuevo; hay que cambiar el chip: las palabras tienen consecuencias, significados, historias y memorias; las de las víctimas y los supuestos perdedores.

Incluso quienes no tienen por el régimen la más mínima simpatía, como la madre de un amigo que vive en la Isla, ha llegado diciendo que la televisión y el radio son imposibles de ver y oír porque “todo lo justifican con el bloqueo, el bloqueo, para ellos tiene la culpa de todo”. Una vez más la urgencia de desmontar la narrativa aprendida para bien de la señora: si hubiera bloqueo, ni ella ni nadie proveniente de Cuba podría entrar a este país; probablemente no comería pollo antes de venir, y el dinero con el cual pagó los pasajes, dólares, no volarían a la Isla bloqueada.

Todos los regímenes opresores, dictatoriales, desde los matrimonios, las familias, hasta empresas y países crean unas historias dominantes u opresivas con sus propias palabras y neologismos. Neolengua. En el siglo XX varios lingüistas, filósofos y psicólogos estudiaron el tema tras el surgimiento de los sistemas totalitarios de derecha e izquierda, fascista y comunista. Hay al menos dos condiciones básicas para que la sociedad totalitaria logre imponer su propia narrativa, y los individuos no solo no busquen información alternativa pues no pueden, sino que acepten sin ninguna duda toda la información dada como verdad absoluta.

La primera condición en una dictadura personal, familiar o social es el control poco más o menos total de los medios de comunicación y la enseñanza. La información tiene un solo emisor, un solo lenguaje. No puede haber dos mensajes que se contradigan, incluso que usen palabras distintas para nombrar una misma cosa. La otra condición es bloquear —este es un bloqueo real— toda información o lenguaje alternativo. Atrapado el individuo en una especie de apartheid comunicacional, no puede hacer otra cosa que aceptar la información que recibe aun cuando la realidad le está comunicando algo completamente distinto.

Este “ajuste” del cerebro humano a la dicotomía discurso-realidad se llama reordenamiento cognitivo. Imaginemos entonces que en los dos ejemplos citados al inicio ha habido un proceso de (de) formación del lenguaje en función de construir una “realidad” distinta a la verdadera. Sin embargo, lo peor de la narrativa opresiva, dominante, en sistemas dictatoriales son las conductas y los —malos— sentimientos y conductas que generan en los individuos. Es así que, al tildar a los opositores de mercenarios, o sea, pagados por una potencia extranjera, además de mentir en muchos casos, anulan el mensaje atacando al mensajero, y evocan en el receptor —el pueblo— resentimientos y odios que catalizan en los llamados actos de repudio. El repudiometro es directamente proporcional al significado que en el lenguaje tenga la palabra para cada individuo.

Algo parecido sucede con la palabra bloqueo. No tiene el mismo significado moral la palabra bloqueo, que desde la antigüedad es sinónimo de cerco asfixiante, a embargo. Si a cualquier hijo de vecino le preguntaran por la necesidad de quitar el bloqueo a Cuba diría que sí. La palabra bloqueo es muy fuerte. Fea. Pero si se le explica que la Isla comercia con el país bloqueador, que la tercera parte de las divisas con las cuales sostiene su economía vienen de allí, y que hay vuelos diarios entre el bloqueado y el bloqueador, entonces quizás cambiaría bloqueo por embargo. Un embargo es una medida totalmente ética y justa, aplicable contra quien no paga o roba. La misma persona pudiera cambiar su mapa cognitivo y aceptar la necesidad embargar a aquel que no cumple con sus compromisos. Por supuesto, que funcione o no el embargo, y el por qué y para qué son otros temas.

Para que las palabras o neolengua dictatorial sea efectiva, produzca conductas y emociones deseadas —rencores y odios, ofuscamiento, lealtades fatuas— es importante que la narrativa tenga un tiempo, un espacio y un ordenamiento capaz de transformar la historia —y al hombre como destinatario— en un ambiente opresivo y del cual no puede escapar.

II.

En un discurso opresivo lo primero que tenemos es un tiempo detenido, congelado. Lo que sucedió hace sesenta años tiene vigencia en el presente. Los sucesos que tienen algún valor referencial están en el pasado. Nunca hay una lectura crítica, dinámica de esas historias referenciales. Hacerlo significaría introducir ruidos que pondrían en duda el presente y el futuro. Hay un ejercicio que por su importancia podría adquirir la categoría de pedagógico: tome usted cualquier publicación cubana de los últimos sesenta años y compare las noticias y los discursos de entonces con los de ahora.

La noticia o el discurso podrían haber sido hechos en 1962 o 1972, o 2022, salvando, por supuesto, las necesarias distancias. No habrá repaso a la historia de fracasos sino de supuestas victorias presentes y futuras.

Otro elemento de narrativa opresiva es el uso excesivo de sustantivos y adjetivos invariables y la generalización como método de uniformar el pensamiento. El lenguaje dictatorial pocas veces admite diferencias. Los países enemigos son descritos de manera estática, y sin hacer distinciones: malos y buenos. Y por supuesto, los buenos están del lado quienes escriben o educan. Las etiquetas, que son adjetivos, funcionan aquí como roles: el gusano, el compañero, el que viaja, el dirigente, el mercenario… No menos importante, es el uso de sustantivos como etiquetas. Un gracioso incidental: en la ciudad de Miami han creado un equipo de softball para veteranos que se hacen llamar Gusanos. Llevan en sus camisetas el apelativo que todavía se usa contra quienes no comulgan con el régimen.

La historia como parte de la narrativa ideológica es siempre lineal, nunca circular, nunca equívoca. En el discurso hay una cadena de hechos cuasi providenciales, místico-religiosos que mezclan fantasías con realidades, y que negarlos es como cometer un pecado de lesa espiritualidad comunista. Esa construcción ahistórica no salió del Comité Central, sino de las primeras imprentas en 1959. Basta revisar las revistas Bohemia de ese año para comprender que el pecado original ya venía de la república, acostumbrada a ensalzar a los ganadores y hacer talco a los perdedores.

Otro elemento del lenguaje opresivo es la descontextualización de los hechos. Hay pocas cosas más paralizadoras que obviar el contexto en cual se produce o se dice algo. Cada suceso o discurso tiene un lugar y un tiempo, y no vuelve a repetirse. Hacer creer que las cosas son siquiera parecidas a lo que eran hace apenas diez años, además de mentira es condenar al ser humano a permanecer en la inacción. Ese es un elemento de peso al evaluar el llamado Continuismo como falacia, embuste. No se puede continuar algo que pertenece a un contexto, y que fuera de él no tiene relevancia. Es una verdad desde los tiempos de Heráclito: no gobernarás dos veces al mismo pueblo… sin el apellido Castro.

De igual modo el discurso del totalitarismo, y sobre todo su pedagogía, se basa en hacer interpretaciones de la realidad o de lo que dicen es la realidad, pero nunca descripciones reales de los hechos. Los amanuenses publican lo que quiso decir fulano, no lo que dijo y por qué lo dijo. Tal vez por esa razón disgustaron tanto las homilías del papa Juan Pablo II, y sobre todo la de monseñor Pedro Meurice. O el discurso del presidente Obama. O la olvidada disertación de Jimmy Carter en el Aula Magna de la Universidad. Todos esos discursos tuvieron que ser publicados sin interpretaciones. Después vendrían las exegesis —interpretación teosófica— del Órgano Oficial del Partido Comunista, y las réplicas a cargo de los medios de comunicación provinciales.

III

Como la función primera del lenguaje dictatorial es cambiar la mente y los corazones humanos a partir de secuestrar las alternativas —no hablemos siquiera de la verdad— una parte importante es suavizar las palabras que por su significado ético afectan el discurso opresor. Eso se conoce como eufemismo. En su sentido práctico, el eufemismo pudiera llamarse también ambigüedad o disimulo. No es privativo, por cierto, de las dictaduras. También las llamadas democracias ocultan sus heridas y fealdades con suma elegancia y socarronería.

En ese sentido, Cuba bien puede optar por un premio. La neolengua castrista ha llegado a imponer varias palabras ambiguas en el mundo hispanoparlante. Parecería algo insulso, sin mucho sentido, llamar a una prostituta, jinetera. O un desempleado, interrupto o disponible. A un vagabundo, deambulante crónico. Un empresario privado, cuentapropista. El robo en una tienda o bodega, faltante. Al hecho de robar, resolver. Sin embargo, detrás de esa cuasi inocente y puede que simpática renombrada se oculta un fenómeno psicológico que pasa inadvertido: invisibilizar el fracaso.

Según el discurso oficial la prostitución desapareció en la isla en 1959. Pero al renacer durante la dolarización de los noventa, hasta el Finado las llamó jineteras, quitándole carga política y moral a la palabra prostituta. Son las mejor educadas del mundo, dijo. También Cuba presumía de tener empleo total. El trabajador cubano estaba seguro en su puesto. Cuando se cerraron cientos de fábricas durante el mal llamado Periodo Especial, cientos de miles quedaron disponibles. En la Isla no hubo desempleo sino interrupciones de empleo. De la misma manera, la revolución cubana había terminado con el vagabundeo. La mayoría pacientes psiquiátricos, eran ahora atendidos en uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo. Solo que, al acabarse los insumos y consumos soviéticos, aumentó el número de enfermos y decreció el número de camas: según ellos, los pacientes comenzaron a caminar sin descanso, crónica y deliberadamente.

Los eufemismos en los regímenes totalitarios buscan, además de quitar responsabilidades y cambiar el significado y reforzar el discurso dominante, hacer no responsable la manera de actuar ambigua, reprochable, poco ética. Así, la jinetera que no es prostituta puede hacer su oficio de manera libre porque “jinetea” no se prostituye, no la hace por dinero sino por oficio por poco respetable que sea. El desempleado busca otro trabajo, o ninguno, y se dedicara a resolver, pues él es un elemento disponible, ni más ni menos como una tuerca, un tornillo, un pedazo de ser humano a disposición de quien sabe quién. Los dueños de cafeterías, casas de huéspedes, o paladares —nunca restaurantes, esos son del gobierno— nunca deberán creerse empresarios, dueños, patrones. Siempre estarán por cuenta propia, con todo el riesgo y la adrenalina que implica ir a su aire. En los últimos años han sido llamados también emprendedores, como si siempre estuvieran comenzando; el techo del emprendimiento o arrancada termina cuando aparecen los inspectores, brazo secular de los controladores, verdaderos dueños del circo.

IV

Hay todavía otro lenguaje, mas críptico, subterráneo, marginal. Es aquel que designa las cosas y las personas de manera contextual, sin afeites ni sonrisas. El lenguaje de la libertad. La palabra de la acritud y la miseria, del prisionero y del cimarrón, del rebelde que expresa sus frustraciones y esperanzas. Si bien esa lengua ha existido siempre, y en el caso de nuestro país se ha fusionado el acervo africano, el decir de la plantación azucarera con la cultura cristiana española de la hacienda, la marginalidad en la cual ha vivido una parte importante de la población durante los últimos 50 años ha degenerado el idioma y las buenas maneras de conversar a un punto en que a veces intercambiar con jóvenes venidos de la Isla parece imposible. Es un no-valor añadido a la muy deteriorada economía personal y nacional. Algo así como dime como hablas y te diré de dónde vienes; o si se prefiere la paráfrasis marxista: el hombre habla como vive.

El desperfecto idiomático es tan pronunciado que cuando el recién llegado comienza una entrevista de trabajo habla en plural, de nosotros, y no en singular, yo. Tampoco trata de usted a los desconocidos, de señor y señora, porque Nicolás Guillen poetizó que se podía llegar a un banco y hablar con el administrador —no con el dueño— y decirle compañero, como se dice en español. El recién venido del Nunca Jamás Tropical debe aprender a decir gracias y a pedir perdón. Que no se silva para llamar a una persona. Que las personas no se llaman ¡oye! Hay que aprender que aquí a nadie le tocanada. Y muy pocos nos resuelven porque los socios, sociales y yuntas están puestos pa sus cosas na ma.

Como mismo la Involución una de las primeras cosas que hizo fue trastocar el lenguaje, modificar los significados y los significantes para cambiar la forma de pensar, sentir y actuar de las generaciones más jóvenes al inicio del proceso, habrá que hacer una campaña de (des)alfabetización para regresar los compatriotas al buen decir y el ético obrar. El lenguaje de toda dictadura, por las ideas que envuelve, las emociones que explota, y las conductas que promueve es pendenciero, litigante, desprovisto de misericordia y amor al prójimo. Es un lenguaje de barricada y de confrontación, y no pueden evitarlo porque su paz es la guerra.

Quizás lo primero por hacer sería destronar los eufemismos ocultadores de la verdad. Al pan, pan, y al vino, vino. Pan y vino casi en extinción hace buen rato. No se puede enfrentar la prostitución –legalizarla como trabajo sexual o penalizarla- si no se habla de qué se trata con exactitud. El desempleo necesita valorarse no en un sentido de futuridad lingüística —eufemística: un disponible o interrupto— no coital. El paciente psiquiátrico y el vagabundo, muchas veces coincidentes, merece más respeto que tratarlo de simple caminante para el cual no se hace camino al andar ni con versos de Machado ni con música de Serrat. Los emprendedores son dueños. Significa que son libres de producir en la medida que ellos mismos sean responsables de sus acciones. Emprender significa comenzar, no que estén terminados antes de empezar.

El hecho más reciente, y donde se puede comprender el efecto de la palabra sobre el pensamiento, las emociones y las conductas en una dictadura como la cubana fue la manifestación espontánea y masiva del 11J. Todo comenzó porque hubo un gap —en inglés significa brecha, espacio abierto— en el muro de contención informativo y normativo del régimen. No existió un bloqueo de la comunicación y cual pradera seca en llamas se fue trasmitiendo por toda la Isla la noticia de que el pueblo estaba en las calles reclamando libertad.

El primer paso lógico por parte de las autoridades: cerrar la brecha, cerrar internet. Después de controlar la situación con golpizas que el mundo entero pudo observar, vino el control de daños comunicacional. Los que protestaban eran delincuentes, marginales, e incluso mercenarios pagados por el Imperio, quien organizó la explosión cívica. Sin embargo, lo más llamativo han sido las peticiones fiscales como si trataran con homicidas. Ya sabemos que en la Isla no hay ley para cada delito, sino delito y ley para cada persona, así que las acusaciones de desorden público y atentado no bastaban para pedir 20 y 30 años de prisión. Pero el delito de sedición, una acusación grave que involucra premeditación, organización previa y violencia contra el estado si admite semejantes peticiones fiscales. Hoy los protestantes del 11J no solo son mercenarios, delincuentes, perturbadores de la paz social. Son sediciosos. Eso recuerda la triste época colonial en que bastaba una carta de los jóvenes José Martí y Fermín Valdés Domínguez para ser acusados por los delitos de infidencia y sedición; y el primero, casi niño, sufrir trabajos forzados, y posteriormente, en un acto de magnanimidad, ser deportado.

Una sociedad libre, democrática, plural, acepta varias maneras de exponer las ideas. No puede haber etiquetas. No puede haber epítetos degradantes. Hay rivales políticos, filosóficos, científicos. Pero no enemigos que se desean el mal o gozan con la penuria ajena. Una sociedad prospera no mira al pasado, y si lo hace, es para ser crítica con los errores no para entronar a nadie ni a ideas que fueron validas en otro contexto y hoy carecen de profundidad y razón. La historia no puede ser una secuencia de continuidad porque no es creíble; la historia tiene retrocesos, y en los jardines de nadie pastan los héroes porque los grandes santos fueron también grandes pecadores. Tampoco el capitalismo de hoy es lo que Marx y Lenin prefiguraron, ambos profundamente equivocados y empecinadamente soberbios. Tomar a estos hombres como referentes después que la práctica ha demostrado con sangre, sudor y lágrimas cuan desacertados estaban roza lo punible.

Menuda tarea para el futuro de Cuba. ¿Podremos modificar el lenguaje una vez terminada la dictadura? ¿El lenguaje marginal, ambiguo, y etiquetador perdurará en condiciones de libertad? ¿Se ha modificado el decir de los cubanos en el exilio en esa suerte de gueto insular llamada Hialeah? Son preguntas que pudiera haberse hecho George Orwell, novelista que con una granja animal describió el manicomio totalitario. El también creador del personaje del Gran Hermano afirmaba que, si el pensamiento corrompía el lenguaje, el lenguaje también podía corromper el pensamiento.

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lunes, abril 20, 2020

Pedro Corzo: El Idioma como instrumento político



El Idioma como instrumento político

Por Pedro Corzo
17 abril, 2020

Miami, USA, Pedro Corzo, (PD) Los regímenes totalitarios por su naturaleza excluyente y refundadora cuando acceden al poder disponen la ejecución de cambios estructurales en toda la sociedad, siendo uno de sus objetivos principales el lenguaje, de ahí la creación de un vocabulario propio que transita por aplicar nuevo significado a ciertas palabras, la invención de vocablos y el uso indiscriminado de términos despreciativos.

Esta gestión genera diferentes reacciones en todos los sectores, particularmente entre los que se oponen a la nueva propuesta, porque es una condición más de imponer el pensamiento y la gestión oficial. Este nuevo entramado lingüístico forma parte de la represión que es universal. No queda resquicio en el que no haga acto de presencia un guardián celoso de sus prerrogativas. La oposición para mantener su quebrantada identidad busca espacios en los que pueda conservar y extender su independencia, incluida la comunicación, de ahí su inclinación a generar también un lenguaje propio que en alguna medida tiende a reafirmar la identidad previa al régimen totalitario.

Lo curioso es que el nuevo lenguaje gubernamental tiende a captar audiencia aun en sectores que rechazan el proyecto. Por ejemplo, Adolfo Hitler le decía a sus opositores “cucarachas”, Fidel Castro, “gusanos” y Hugo Chávez, “escuálidos”, palabras denigrantes con las cuales, paradójicamente, gustan identificarse algunos de sus enemigos, como para afirmar que se encuentran entre los que el régimen rechaza.

Esta terminología oficial no es caprichosa ni aleatoria. Tiene el objetivo clave de ridiculizar la oposición y desacreditar sus propuestas con palabras humillantes, por ejemplo, para combatir a los guerrilleros que enfrentaron al régimen con las armas en las manos en la década del 60 la dictadura creó un cuerpo militar particularmente sádico que llamó “lucha contra bandidos”. Esta unidad se hizo muy conocida y cuando la oposición hacía referencia a ella, estaba calificando de bandidos a sus propias huestes.

Cambiar los significados e inventar palabras tiene el objetivo de crear una narrativa útil en la manipulación de la opinión pública, mientras, recrean el pasado e instrumentan un presente continuo a su conveniencia erigiendo un futuro que justifique sus actuaciones y les perpetúe en la conciencia pública. Las dictaduras ideológicas no dejan nada al azar, procuran ensamblar todas las puntas por insignificantes que estas puedan parecer porque su visión del poder es absoluta no parcial.

El lenguaje es objeto de represión, paradójicamente, el silencio también. Callar en actos públicos, no vociferar y dejar de usar el lenguaje ofensivo y escatológico del oficialismo, hace que el individuo sea señalado como contrario al proceso.

Cuando la fracasada Zafra de los 10 millones, otro fiasco de la dictadura, el ciudadano perfecto tenía que gritar cuando era la ocasión de que “Van, Van” en referencia al éxito de la magna zafra. Dejar de participar en el espectáculo significaba no tener confianza en los planes de la Revolución, igual a ser contrarrevolucionario. Una muestra fue la constitución de un popular grupo musical llamado los “Van, Van”. El castrismo ha sido particularmente creativo en su lenguaje y en sus consignas.

Las consignas son elaboradas y promocionada desde el DOR, Departamento de Orientación Revolucionaria, donde también se forjaban palabras en un intento por refundar el idioma. Esta tarea, con propósitos muy claros, era parte clave del trabajo de adoctrinamiento sobre el cual se fundamentaba el futuro que intentaban construir. Una de las razones por las cuales la educación y los medios de comunicación son patrimonio del Partido o el grupo mafioso en el poder.

Para aquellos que tuvieron la suerte de no padecer la creatividad lingüística del castrismo y para quienes tuvimos que sufrirla, es importante conocer o recordar, según el caso. Los slogans y consignas se cuentan por cientos, “aquí no se puede estar en la cerca”, “abajo y de un solo tajo”, “resolviendo”.

Cuando un trabajador no tiene empleo la dictadura lo califica como “interrupto” “excedente” o “disponible”, nunca desempleado. “Parametrado” es de reciente invención. No hay prostitutas sino “jineteras”. Las requisas en las prisiones son “visitas de control”.

Muchos certificados de defunción de fusilados en la parte de causa de la muerte dicen “desangrado”.

El castrismo crea su realidad, palabras y expresiones para confundir y manipular mejor a la masa a sus intereses.


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sábado, enero 18, 2020

La carga contra Miami. Andrés Reynaldo: El esfuerzo por suprimir o eufemizar el lenguaje del anticastrismo ha pasado a ser un reflejo espontáneo, incluso entre los anticastristas.



La carga contra Miami

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El esfuerzo por suprimir o eufemizar el lenguaje del anticastrismo ha pasado a ser un reflejo espontáneo, incluso entre los anticastristas.
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Por Andrés Reynaldo
Miami 18 Ene 2020

No cabe duda de que el 2019 fue un mal año para el castrismo en sus planes de convertir a Miami en un pacificado Hong Kong. Pero ahora vuelven a la carga.

Primer frente de batalla son los viajes familiares. Las recientes restricciones a los vuelos de aerolíneas   y compañías de chárter  reducirán considerablemente las visitas y envíos de cubanoamericanos: la vaca que da la leche de la dictadura.

Ya el canciller Bruno Rodríguez ha tuiteado que se trata de una violación de los derechos humanos. Para los próximos meses ha sido convocada en La Habana otra conferencia sobre la nación y la inmigración . A su vez, aquí ha comenzado la movilización, instrumentada por las agencias de viajes, que operan con ideológico celo consular. Todo reflejado y potenciado por los periodistas, blogueros y hacedores de opinión procastristas, que son legión.

Rodríguez y comparsa han comenzado a citar la enorme cantidad de cubanos que visitan la Isla como un signo de apoyo  a la dictadura. Sabemos que no es así. Pero es una mentira difícil de rebatir ante la opinión pública. En la estadística, las visitas convierten al exilio en comunidad cubana en el exterior. Los sentimientos, el deber familiar, son el cepo de esa trampa.

(Un hombre y una mujer en Miami, con una bandera cubana y una de EEUU. CBS)

También están nuestras inconsistencias. Al año de haber atravesado un mar y tres selvas, de haber declarado en cuatro o cinco fronteras la maldad del castrismo y haber entrado a este país al amparo de una ley que es un privilegio para el cubano perseguido, sacamos boleto a la Isla para mostrar los Lacoste falsos comprados en el pulguero, rentar un Mercedes-Benz el fin de semana y pagar siete dólares por una lata de Budweiser en el paladar del hijo de un general.

Esto somos. Así nos va. La resistencia a la "honkonización" habría que comenzar a darla allí donde comenzó el ataque: el lenguaje. En este flanco, la dictadura se anota un éxito. El esfuerzo por suprimir o eufemizar el lenguaje del anticastrismo ha pasado a ser un reflejo espontáneo, incluso entre los anticastristas.

La mayor parte de la clase intelectual y artística de Miami y otros enclaves de exiliados ha sucumbido a la pose de evitar cualquier desafío al lenguaje del establishment del diálogo y el apaciguamiento a fin de no parecer suficientemente ilustrada a los ojos de la progresía.

Escritores que fueron expulsados de universidades y editoriales (algunos condenados a prisión por un poema ni siquiera político) aplauden a novelistas y académicos que propagan en obras y tesis, en tribunas y peluquerías, la ridiculización del exilio, la equivalencia moral entre castrismo y anticastrismo y una reconciliación nacional que exige el arrepentimiento de las víctimas.

Para ser invitado a la cena con el comisario(a) cultural de paso (o en residencia) y encontrar silla en el siguiente simposio sobre los cambios que no se ven y la novelística del culipandeo, son muchos los que cumplen a rajatabla el perverso canon castrista de la moderación, el buen gusto y la tolerancia. El horror a ser tildados despectivamente de "combatientes verticales" los desarma en una horizontal complacencia.

La consigna del embaraje asoma en cada entrevista, en cada página. Citemos algunas de sus líneas de despliegue:
  • El factor fundamental de la "emigración" son las carencias económicas derivadas de la caída de la Unión Soviética en 1991, agravadas por el embargo de Estados Unidos. Antes de los años 90 todo era ilusión y prosperidad.
  • La lucha contra el castrismo, sobre todo en el campo de las armas, obedece a un anacrónico equívoco nacional, de raíz indiscernible, sin hilación histórica.
  • Dos bandos radicales inhiben en ambas orillas la voluntad de reconciliación (reconciliación en el castrismo, por supuesto) de los buenos cubanos.
  • Insistencia en la apertura de espacios artísticos y económicos en la Isla como paliativo ante las denuncias por la ausencia de un Estado de derecho a lo largo de seis décadas.
  • Caracterización de la corrupción y el saqueo del patrimonio como un fenómeno propio de la miseria y los rezagos del comunismo (así como ayer los del capitalismo) sin mención de las altas esferas.
  • Ausencia de toda mención al presidio político, la oposición interna y externa, y la participación castrista en la subversión continental y el narcotráfico.

En la medida que Miami, porque lo que les duele es Miami, adopte estos códigos, podrán construirse las percepciones de una inmigración afín a la dictadura. Esas percepciones, a la vez, llegarían a influir en el discurso de la política local, cambiando la configuración del caucus cubanoamericano en Washington.

A ver si a estas alturas acaban por hacernos un cuento chino.


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