sábado, julio 18, 2026

El Cangrejo sale del armario. Miguel Sales Figueroa: 'La súbita aparición del auténtico heredero de Fidel y Raúl equivale a un golpe de Estado en cámara lenta.'..

 



El Cangrejo sale del armario

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'La súbita aparición del auténtico heredero de Fidel y Raúl equivale a un golpe de Estado en cámara lenta'.

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Por Miguel Sales

Málaga

14 julio 2026

Raúl Guillermo Rodríguez Castro, alias El Cangrejo, hijo, sobrino y nieto de los jerarcas que durante 67 años han detentado el poder en Cuba, acaba de dar un paso que algunos califican de estrafalario y otros consideran audaz: ha concedido una entrevista a calzón quitado (como se dice en España, con sentido figurado) a uno de los principales periódicos de Estados Unidos, USA Today.

Según el diario, Rodríguez Castro es un "back-channel operator" o intermediario discreto, que ostenta rango, autoridad e influencia, en gran parte derivadas de su apellido.

La aparición de El Cangrejo como interlocutor principal en las conversaciones con Washington sorprendió a muchos observadores y cubanólogos. Es evidente que el nietísimo de Raúl Castro carece de la experiencia y los conocimientos necesarios para dirigir una negociación tan compleja, lo que subraya aún más, si fuera menester, su condición de representante personal del anciano dictador.

Cuando en 2019 Castro II cedió el poder al actual presidente, Miguel Díaz-Canel, lo hizo con tanta retranca, que muchos pensaron en el célebre verso de Miguel Hernández: "me voy, me voy, me voy, pero me quedo". Y así ha sido. A pesar sus 95 años bien cumplidos, Castro II aún retiene mando en plaza, hasta el punto de que decide quién debe negociar con los americanos.

La impunidad absoluta con que El Cangrejo ha procedido en estos meses y el desparpajo que muestra en la entrevista, no dejan lugar a duda sobre su condición de elegido. El escenario del encuentro es el antiguo despacho de su abuelo, en la Asamblea Nacional y el protagonista se hace fotografiar bajo un enorme retrato de Fidel y Raúl Castro, "los dos hombres en los que yo creo", asegura.

En el artículo, El Cangrejo habla de los países que ha visitado, sus caprichos personales y las ventajas de su rango. "Me duele mucho que las personas no puedan vivir como yo. Mi mayor pesar es que la gente pase trabajo. Pero me levanto todos los días para revertir esa situación", asegura.

Entre las reformas que podría impulsar, Rodríguez Castro propone excarcelar a los presos políticos, desatar las fuerzas productivas para que los ciudadanos puedan adquirir los bienes de consumo que por ahora son privilegio exclusivo de su familia ("que la gente pueda comprar foie gras en las tiendas", afirma) y encabezar la negociación con el mismísimo Donald Trump, en aras de "salvar la Revolución". La inspiración francesa de la consigna es innegable: Libertad, igualdad y foie gras. Un propósito encomiable, aunque la mayoría de los súbditos del castrismo se conformaría con poder comprar el vasito de leche diario que su abuelo prometió in illo tempore.

El gesto iconoclasta de El Cangrejo ha suscitado reacciones viscerales en la Isla. Desde quienes lo acusan de usurpar funciones que no le corresponden hasta quienes lo elogian por decir cuatro verdades que la propaganda oficial ha tratado de ocultar durante muchísimos años. En medio quedan los que subrayan la impunidad que le otorgan sus vínculos familiares, el ridículo del Gobierno al que deja ninguneado y sumido en un elocuente silencio, y la evidente autoridad que El Cangrejo ejerce al actuar en nombre de su abuelo, el expresidente Raúl Castro.

El asunto tiene un aire de farsa tan acentuado, que me hace evocar la copla que se cantaba en los campos de Cuba cuando yo era niño:

Quién fuera como el cangrejo

que no necesita gorra

ni le cae mazamorra

ni rasquera en el pellejo.

Raúl Guillermo —es obvio— no padecerá estas dolencias ni otras que ya atormentan a los cubanos de a pie. No por su condición de crustáceo, que es un simple mote pegajoso, sino porque su privilegio hereditario lo protege, por ahora, de las calamidades que su familia ha desatado sobre la población de la Isla. Es ajeno al sarpullido que producen el calor y la falta de agua corriente, y a los hongos y las infecciones que se multiplican por el amontonamiento de basura y la mala alimentación. El periodista que lo entrevistó relata que "viste vaqueros ajustados, una camiseta Hugo Boss y calza tenis de marca Hermès". ¡Y los puristas del régimen se preguntan todavía dónde está el hombre nuevo que el guevarismo anunciaba!

Pero, además de esta faceta de sainete o mojiganga de teatro vernáculo, la súbita aparición del auténtico heredero de Fidel y Raúl equivale a un golpe de Estado en cámara lenta.

Ahora resulta que uno de los personajes que aspira a desempeñar una función esencial en la transición al poscastrismo es en realidad un liberal in pectore. Y si no in pectore, al menos en parte. Eso de soltar a los presos políticos, indemnizar a los dueños de propiedades confiscadas en los años 60 y poner foie gras en las tiendas, les ha sentado como una patada en los cataplines a los guardianes de la ortodoxia marxista-leninista.

El Cangrejo ha salido del armario con dos banderitas en la pinza, una de Cuba y la otra de Estados Unidos, y anuncia urbi et orbi su candidatura a la dirección del nuevo régimen. 

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jueves, mayo 26, 2022

De apaga y vámonos. Miguel Sales Figueroa sobre las medidas anunciadas por Joe Biden hacia Cuba

 De apaga y vámonos

Por Miguel Sales Figueroa

26 mayo, 2022

Las medidas anunciadas la semana pasada por el gobierno de Estados Unidos (“la Administración Biden”, como suelen escribir los traductores perezosos), destinadas a atenuar el embargo comercial que pesa sobre el régimen de Cuba, constituyen un balón de oxígeno decisivo para la dictadura tardocastrista.

En el momento en que, tras las protestas del verano pasado, el gobierno de La Habana necesita con urgencia recibir dinero fresco del exterior y librarse de varios miles de desafectos y opositores, los estrategas de Washington le proporcionan exactamente eso: más remesas, más negocios, más viajes culturales y más visados, para que Díaz-Canel y sus secuaces puedan expulsar legalmente de la Isla a los elementos antisociales y contrarrevolucionarios, que así etiquetan allí a cualquiera que exprese una opinión independiente. Y esa ayuda llega a Punto Cero de manera incondicional -no strings attached, dirían en la Casa Blanca. 

A partir de ahora, el aumento de recursos a disposición de la tiranía totalitaria que acogota al país desde hace 63 años será rápido y ampliará su margen de maniobra financiera, que se había reducido últimamente a consecuencia de la pandemia de COVID 19, las restricciones impuestas durante el mandato de Trump y la ineficiencia económica tradicional de los sistemas comunistas.

Esos paliativos, que según Washington se justifican por una estrategia humanitaria que busca la reunificación familiar, el alivio de las penurias que padecen los cubanos y la “promoción de la democracia” en la Isla (a largo plazo, se entiende), le infligen un golpe casi mortal a la oposición dentro del país. Si ante un régimen que se debilitaba a ojos vista los cubanos tardaron seis décadas en salir a protestar públicamente, como al fin lo hicieron en julio pasado, ¿quién se atreverá, a partir de ahora, a expresar la más mínima discrepancia, ante un gobierno revitaminado, que sostiene con firmeza la llave de la jaula? Porque la posibilidad de emigrar y pasar del siglo XIX al siglo XXI mediante un vuelo de 45 minutos está en sus manos y la tenencia de un visado sirve de muy poco si las autoridades de “inmigración” (que orwellianamente se ocupan sobre todo de quienes desean largarse del país) no autorizan la salida del candidato. 

La hoja de parra humanitaria que sirve de coartada a la nueva/vieja política de Biden es muy discutible. ¿Debe Estados Unidos aliviar de inmediato las dificultades de la población cubana mediante arbitrios que fortalecen a la dictadura o debería tratar de provocar un cambio de sentido democrático y liberal mediante el recrudecimiento del embargo? ¿Qué es más caritativo, prolongar la tiranía con la esperanza de que se debilite o apretar las clavijas para obligarla a soltar el cuello de sus rehenes?

Tras los sucesos del verano de 2021 esta pregunta está lejos de ser una figura retórica. 

Luego hay que considerar el chantaje migratorio que el régimen cubano utiliza periódicamente contra Estados Unidos. Camarioca en 1965, Mariel en 1980, la crisis de los balseros de 1994, la exigencia permanente de más visados y la manipulación de los vínculos familiares para satisfacer los designios de la dictadura, son otros tantos ejemplos de una estrategia que ha ido evolucionando no en función de criterios humanitarios, sino según las necesidades económicas y políticas del momento. De ahí que en los últimos nueve años, desde 2013, el gobierno haya aflojado las restricciones que impedían viajar a la mayoría de los cubanos, para usarlos como fuente de remesas y peones de presión transfronteriza.

Uno de los aspectos más graves de las medidas aprobadas la semana pasada es que, pasado cierto tiempo, sus efectos serán irreversibles. Es un error creer que dentro de dos años los gurús demócratas evaluarán la eficacia de esas políticas y, si el gobierno cubano no ha reaccionado favorablemente, Washington podrá cambiar de rumbo. O que, si los republicanos ganan las elecciones de 2024 podrán dar marcha atrás al reloj y reinstaurar las restricciones impuestas por Trump.  

Para entonces, habrá una tupida red de negocios, inversiones e intereses creados, y una quintacolumna de 300.000 nuevos marielitos, balseritos, emigraditos o gusañeritos, -da igual el diminutivo cariñoso que se les endilgue-, atrincherados en Jayalía, mandando remesas periódicas y viajando a la Isla cada tres meses para celebrar los 15 de Yumisleidy en Varadero. Eso hará prácticamente imposible cualquier intento de revertir las políticas favorables al régimen cubano. 

Porque, como es obvio, la nueva situación creada ahora por la estrategia de Biden y los procastristas de Washington, tiene también todo que ver con los exiliados/emigrantes cubanos, en especial con los radicados en la Florida. El gobierno de Cuba ha perfeccionado el arte de metamorfosear a disidentes y opositores hasta convertirlos en mansos emigrados que mandan dinero a la Isla y visitan a sus parientes, sin pensar en otra cosa que en su interés a corto plazo. A las nuevas generaciones de cubanos, las virtudes cívicas deben de parecerles adornos anacrónicos y superfluos. El homo sovieticus cubensis, el hombre nuevo que soñaba el bandido argentino, se ha hecho realidad. No es exactamente como lo imaginaron sus creadores, pero cumple muchas de las funciones previstas.

Lo que ocurre ahora es, como se decía en Cuba antes de la mugre, “de apaga y vámonos”. La frase, tan obsoleta como el civismo, proviene de los tiempos remotos en que la electricidad era un servicio habitual y todavía no se habían inventado los alumbrones. Antes de que las masas enardecidas comprendieran que el Robin Hood bajado de la loma con escapulario al cuello y fusil de mira telescópica era en realidad Al Capone reencarnado con leotardos verdes y una logorrea crónica e irrefrenable. Ese personaje de opereta cuyo legado veneran e intentan proteger Biden y sus asesores más progresistas

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sábado, enero 01, 2022

Miguel Sales Figueroa: El populismo y el futuro de Cuba

 El populismo y el futuro de Cuba

Por Miguel Sales Figueroa

 Málaga

31 de diciembre 2021

Por motivos harto conocidos, los pilares de la economía posfidelista ya se tambaleaban a principios de este año (2020). Los réditos del turismo, las remesas de los emigrados, los subsidios venezolanos en forma de petróleo a precio reducido y los ingresos derivados del alquiler de médicos en el extranjero habían mermado a lo largo de 2019. Incluso los sectores productivos que no dependen directamente del exterior mostraban síntomas preocupantes. Ahora, la pandemia del coronavirus ha venido a completar la demolición.

El recrudecimiento de la crisis pronto hará que el “período especial en tiempos de paz”, decretado por Castro I hace 30 años tras la desaparición de la Unión Soviética, brille en la memoria colectiva como una Edad de Oro. Los súbditos de Díaz-Canel y sus mentores del Partido Comunista podrán recordar con nostalgia el bistec de frazada, la tilapia transgénica, el chispa-e-tren y los alumbrones que tanta alegría traían a los hogares.     

En medio de tan sombrías perspectivas, la posibilidad de que Joe Biden gane las elecciones presidenciales de noviembre en Estados Unidos es la única tabla de salvación con la que pueden soñar los mandantes de La Habana. Un giro en la estrategia de Washington hacia Cuba podría aliviar la situación que afronta el gobierno, aunque no solucionaría los problemas fundamentales. Porque la raíz del problema no está en el embargo estadounidense sino en la estructura misma del modelo productivo cubano, basado en premisas erróneas.

El populismo de izquierda, con mayor o menor grado de sovietización y autoritarismo, ha fracasado estrepitosamente en América Latina y el resto del mundo. En nuestro continente, Argentina, Cuba y Venezuela han sido, en diversos momentos y con características distintas, los mejores ejemplos de ese naufragio. Tres países que figuraban entre los más ricos y desarrollados del continente han terminado en el rango de los más pobres e insolventes. 

Hay diferencias de matiz entre el peronismo, el castrismo y el chavismo, pero tanto el punto de partida como el de llegada son muy similares. Un país rico, una población entusiasta, un líder mesiánico y la implantación de un sistema político populista, que pone la economía al servicio de la ideología y la conservación del poder sine die. 

Porque ahí radica el meollo del asunto. Los dirigentes populistas viven y mueren convencidos de que el PIB, la deuda pública, la masa monetaria, el déficit del Estado y todos los demás indicadores de la salud económica de la nación no son más que tonterías burguesas, que no sirven para nada. Lo importante es asaltar el poder y conservarlo eternamente. La política, las fuerzas armadas y el control de la espontaneidad social reciben prioridad absoluta. Todos los demás aspectos de la vida quedan subordinados a esa voluntad de dominio vitalicio. La estrategia para lograrlo se reviste, por supuesto, de la palabrería y las consignas de moda: justicia social, antiimperialismo, liberación nacional, feminismo, ecologismo, democracia directa, etc.

Como la implantación del sistema populista suscita de inmediato la oposición de diversos sectores, el nuevo régimen tiene necesidad de establecer, además de un enorme aparato represivo, un mecanismo de subsidios para comprar lealtades. Esa maquinaria política se financia mediante el despilfarro de los recursos del país en actividades improductivas, pero indispensables para consolidar el poder del caudillo. 

Así ocurrió en Cuba en los dos primeros años del régimen actual. Aunque el relato mítico difundido luego por la propaganda castrista sostiene que antes de 1959 la insurrección contaba con un apoyo popular masivo, lo cierto es que cuando Fulgencio Batista huyó de la Isla el 1 de enero de ese año la base de poder de Castro y sus guerrilleros era todavía muy endeble. 

La sociedad cubana era entonces plural y muy compleja. Sindicatos, iglesias, asociaciones cívicas, partidos políticos y medios de comunicación de diversas orientaciones coincidían en la necesidad de echar a Batista, pero estaban lejos del consenso en lo tocante al liderazgo de Castro y no imaginaban siquiera que aquel movimiento insurreccional acabaría por desembocar en un sistema totalitario de corte soviético. 

Muy pronto las nuevas autoridades llegaron a la conclusión de que no bastaba con apoderarse de los resortes del poder y que era necesario reclutar a sectores sociales más amplios. A este fin, promulgaron varios decretos que lastrarían la economía del país durante las décadas siguientes, pero que, de inmediato, sirvieron para consolidar el dominio del caudillo y su corte de fieles guerreros.

Esas medidas fueron básicamente cuatro: La Ley de Alquileres del 7/3/1959; la Ley de Reforma Agraria del 4/6/1959 y los decretos que ese mismo año redujeron drásticamente las tarifas de los servicios telefónicos y del suministro de energía eléctrica.

Toda esta legislación populista, que se aplicó en los meses iniciales de la “revolución”, tuvo una segunda vuelta de tuerca en los tres años siguientes, cuando el gobierno confiscó directamente la mayor parte del parque de viviendas, el 83 por ciento de la tierra cultivable y las empresas de telefonía y electricidad.

La Reforma Agraria, iniciada bajo la consigna de “la tierra para el que la trabaja”, terminó siendo un mecanismo de estatización del suelo, mediante la creación de cooperativas y granjas del pueblo, según el modelo importado de la URSS. Resultado: se desplomó la producción y el rendimiento agrícolas, y la cabaña ganadera estuvo a punto de desaparecer. Hoy Cuba compra toneladas pollo congelado en Estados Unidos y la carestía y el racionamiento gozan de magnífica salud. Según las estadísticas oficiales, el gasto anual en importaciones de víveres para mantener (mal) alimentada a la población asciende a 2.000 millones de dólares.

La Reforma Urbana tuvo consecuencias similares. El Estado pasó a ser el único casero, el déficit habitacional se multiplicó y la incapacidad de mantenimiento de los edificios existentes aumentó con creces. Desde entonces, el gobierno nunca ha podido reconciliar el incremento de la demanda de vivienda con la oferta de alojamiento, a pesar de que ha dispuesto de cientos de miles de casas confiscadas a quienes se marchan del país y que ha aplicado toda una gama de arbitrios, desde las “microbrigadas” hasta los albergues sociales para los sin hogar y los damnificados por los derrumbes casi cotidianos.   

Otro tanto ocurrió con las empresas eléctrica y telefónica. Su “intervención” (confiscación) se realizó con el pretexto nacionalista de que eran monopolios proveedores de servicios esenciales, que no debían permanecer en manos extranjeras. La consecuencia de esa política populista fue que, de inmediato, los usuarios pagaron tarifas mucho menores, pero a medio plazo el suministro menguó y los equipos sufrieron un importante deterioro. Durante décadas, antes de la llegada de los móviles o “celulares”, los cubanos tuvieron que esperar largos años para conseguir la instalación de un teléfono fijo y han debido soportar interminables apagones, sobre todo en verano.     

Ahora que Díaz-Canel y su equipo se enfrentan a la fase terminal del experimento castrista, harían bien en tener en cuenta estos aspectos elementales de la historia económica de la Isla. Las medidas que han anunciado en las últimas semanas con el fin de hacer frente a la crisis – flexibilizar los presupuestos, fortalecer la contabilidad, potenciar inversiones, dar estímulos fiscales, crear un mercado de deuda pública, rediseñar el manejo de recursos, etc.- componen una mezcla improvisada de arbitrios y conjuros que, como siempre, se disolverá en burocracia y palabrería, con mínimas repercusiones prácticas. (El que mayor humorismo involuntario revela es sin duda el anuncio de la Ministra de Finanzas, Meisi Bolaños, de que “a partir de 2021, se aplicará un impuesto por la ociosidad de la tierra”).  

Quizá lo más útil y sencillo sería empezar por revertir esas cuatro medidas populistas que hundieron a la economía cubana desde el mismo año 1959: devolver la tierra a los campesinos, liberalizar el mercado de la vivienda y privatizar la generación de electricidad y el servicio telefónico. 

Por supuesto, a la vez que se lleva a cabo esta primera fase, el gobierno tendría que realizar otros cambios que proporcionen seguridad jurídica a productores y consumidores por igual. Para que los cubanos puedan comer tres veces al día los campesinos necesitan libertad de contratación, créditos bancarios, suministros, semillas, fertilizantes y transporte. Para que el mercado de la vivienda funcione, los propietarios deben disponer de insumos (“cemento, ladrillo y arena”, como pedía la guaracha del inolvidable José Antonio Méndez), saneamientos, instalaciones eléctricas, muebles, etc. La infraestructura eléctrica y de telecomunicaciones del país está obsoleta y el gobierno carece de los recursos y conocimientos necesarios para ponerlas a la altura del siglo XXI. Esto solo podría lograrse mediante contratos con empresas extranjeras que aporten tecnología y capacidad de gestión a cambio de privilegios en la explotación del servicio. 

Estos ejemplos apenas ofrecen un atisbo de la inmensa tarea que la población cubana tiene ante sí, pero podrían ser un buen punto de partida. El sistema de sociedad militarizada y estabulada, economía estatal y partido único no ha dado buenos resultados en ningún país del mundo, cualesquiera hayan sido sus condiciones sociales y culturales, su situación geográfica o su grado de eficiencia. El modelo de desarrollo dependiente implantado en la Isla por el castrismo ha fracasado por completo. Ni siquiera los “logros sociales” -por demás discutibles- obtenidos en educación, deporte y salud pública alcanzan a justificar el inmenso destrozo social, la quiebra de la economía, la miseria, el racionamiento y falta de derechos y libertades que han prevalecido allí durante 60 años. En algún momento no lejano, Cuba tendrá que emprender el camino de vuelta de la utopía populista, si no quiere seguir hundida para siempre en la tiranía, la miseria y la desesperanza.

En mandarín, que es la lengua de mil millones de chinos, el concepto de crisis se representa por dos ideogramas que significan “peligro” y “oportunidad”. La crisis actual, multiplicada por la pandemia, ofrece a los cubanos una excelente oportunidad para sobreponerse al peligro de extinción física y espiritual que representaría la continuidad del castrismo en la Isla.  


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lunes, diciembre 27, 2021

Chile. Miguel Sales Figueroa: hay tres factores que, a mi modo de ver, inciden en la tendencia: Ignorancia de la historia, Antiyanquismo/anticapitalismo y Expectativas descabelladas




Chile cuando gobernaba Salvador Allende
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 Chile

Por Miguel Sales Figueroa

26 de diciembre de 2021

En las últimas semanas han aparecido innumerables artículos que describen el avance del bolivarianismo foropaulista en América Latina y su contrapartida, el retroceso de la libertad y los derechos individuales en el continente. La democracia iliberal se ha impuesto ya en la mayoría de los países iberoamericanos y amenaza con proseguir su marcha triunfal en Brasil y Colombia.

Pero la sobreabundancia descriptiva termina por caer en la exégesis de lo obvio. En esos excelentes textos se echa de menos el análisis de causa/efecto. 

¿Por qué sociedades como la chilena, la peruana o la mexicana, que en los últimos decenios alcanzaron altos niveles de desarrollo y prosperidad, terminan por sucumbir al espejismo del populismo marxista? ¿Cómo es posible que un ideario político, fracasado en todos los continentes y en las más diversas culturas, concite el sufragio mayoritario de poblaciones que votan libremente en comicios plurales?

El fenómeno es complejo. Soslayando (que es un gerundio muy grueso) los elementos específicos de cada país, hay tres factores que, a mi modo de ver, inciden en la tendencia.

1. Ignorancia de la historia. Las nuevas generaciones, los menores de 50 años que en Chile votaron masivamente por Gabriel Boric, desconocen lo que ocurrió en su propio país hace medio siglo y, lo que es peor, tampoco quieren saberlo. La precaria victoria electoral de Allende, las acrobacias irresponsables de los democristianos, la catástrofe económica causada por las medidas socialistas, la penetración del espionaje cubano, la insurrección popular que desencadenó el golpe de Estado de Pinochet: todo ese complicado capítulo de la historia nacional queda reducido al esquema “los militares golpistas, con la ayuda de Estados Unidos, derrocaron un gobierno constitucional”.

El fenómeno no es nuevo ni es exclusivo de Chile. La corriente que propugna la “cancelación” del pasado en Estados Unidos o los podemitas que en España tratan de socavar el régimen constitucional de 1978, son manifestaciones similares del mismo problema. El adanismo juvenil cree que se puede abolir la Historia, hacer tabla rasa, empezar de cero y rehacer la sociedad y la economía en pocas semanas. Este empeño es posible, pero requiere un gran volumen de violencia y sus resultados suelen ser, cuando menos, decepcionantes. Pol Pot, los hermanos Castro y la dinastía Kim en Corea del Norte son los mejores exponentes de ese esfuerzo.

2. Antiyanquismo/anticapitalismo. El resentimiento hacia Estados Unidos y el repudio de la política exterior de Washington sigue siendo uno de los rasgos definitorios de las sociedades latinoamericanas. En ningún otro lugar del mundo ha arraigado tanto el prejuicio de que “ellos son ricos porque nosotros somos pobres” y viceversa. Es, por supuesto, un silogismo marxista, derivado del esquema de “centro imperialista y periferia explotada”, urdido por Lenin y difundido luego por la propaganda soviética.

 Como ya explicó brillantemente Carlos Rangel en su ensayo Del buen salvaje al buen revolucionario, esa idea sirve para justificar el fracaso relativo de los pueblos hispanoamericanos en comparación con el éxito estadounidense. Hacia 1750, América Latina era una entidad unida bajo la Corona Española y poseía un grado de desarrollo económico y cultural muy superior al de las 13 Colonias díscolas que en breve se rebelarían contra Inglaterra. Dos siglos después, Estados Unidos era la primera potencia mundial y en Hispanoamérica había 21 repúblicas lastradas por la guerra civil y el subdesarrollo. 

Y puesto que Washington es el máximo exponente del capitalismo mundial, resulta fácil identificar el repudio a Estados Unidos con el rechazo del sistema capitalista.    

3. Expectativas descabelladas. A menudo, las corrientes del populismo latinoamericano se han alimentado, no de la pobreza y la opresión, como sostienen los teóricos marxistas, sino de expectativas descabelladas, suscitadas por una etapa de rápido crecimiento económico y aumento de la libertad política.

Así ocurrió en Argentina, tras el enriquecimiento propiciado por la Segunda Guerra Mundial, en Cuba, después del desarrollo experimentado en la década de 1950 y en Venezuela, a raíz del boom petrolero posterior a 1974. Los casos más recientes de Chile y México se ajustan bien a esta hipótesis.

Las exigencias desorbitadas de la ciudadanía facilitan el auge de los demagogos que ofrecen soluciones simples para problemas complejos y son capaces de prometer cualquier cosa, a sabiendas que no cumplirán su palabra. Y que cuando la cumplen, el resultado suele ser aun peor. En 1959, Fidel Castro prometió una reforma agraria, la reducción de los precios de la electricidad y el servicio telefónico, y la disminución de los alquileres urbanos. Cumplió sus promesas manu militari y, 63 años después, los cubanos todavía sufren las consecuencias de esas medidas. 


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lunes, noviembre 08, 2021

PAF in memoriam. Miguel Sales Figueroa sobre el fallecimiento de los poetas Raúl Rivero y Pablo Armando Fernández


PAF in memoriam

Por  Miguel Sales Figueroa

7 de noviembre, 2021

Esta semana fallecieron dos poetas cubanos de vidas paralelas, aunque de signos opuestos.

Raúl Rivero murió en Miami, tras haber pasado por la cárcel en la Isla y el exilio en Europa y la Florida. De poeta militante y funcionario del régimen, Rivero evolucionó hacia la libertad y llegó a ser uno de los disidentes más notorios y eficaces del país. Pablo Armando Fernández dejó de existir en La Habana, tras haber vivido parte de su juventud en Estados Unidos y luego regresado a Cuba, donde sirvió abyectamente al castrismo durante más de 60 años. 

Conocí al primero en París, durante la visita que realizó para recibir el premio Guillermo Cano, que la UNESCO otorga a los defensores de la libertad de prensa.  En otra ocasión escribiré más largo sobre esta anécdota.

Al segundo, no tuve ocasión de tratarlo, pero sí leí algunos de sus versos. En particular, me impresionaron los que dedicó a Fidel Castro, cuando el Comandante Único tropezó y se rompió la rótula al terminar un discurso en Santa Clara. Con motivo del percance, Fernández escribió un poema titulado Cantar por fe (para Fidel), que el diario Granma (palabra que en inglés designa coloquialmente a la abuelita) publicó en primera plana en su edición del 10 de noviembre de 2004. 

(Pablo Armando Fernández y Raúl Rivero Castañeda) 

Entre sus hallazgos estéticos más deslumbrantes, las estrofas proclamaban: “Suele la luz exigir / de quienes ella ha tocado / con el don de difundir / su lumbre atención, cuidado / de átomos que representan / su divinidad…/ Al caer no hubo tropiezo / ni resbalón, fue advertencia. / No te es dable descender / contigo todo es ascenso…”. Los elogios babosos se sucedían más o menos en el mismo tono a lo largo de toda la composición.

En respuesta, le dediqué estas décimas que figuran en la página 118 de mi libro La balsa de papel. Crónicas del tardocastrismo:

“Pablo Armando, la espinela

que publicó la abuelita

es sólo prosa marchita.

Para honrar la choquezuela

del César que periclita,

te sacaste del tras(t)ero 

un quintal de naftalina,

pero se te ve el plumero

con tanto elogio insincero,

con tanta alabanza fina.


Querías darle en la vena

del gusto al viejo tirano,

pero se te fue la mano

y tu abyección te condena.

Ahora dan vergüenza ajena

esos ripios que compones

inclinando la testuz,

pues le ronca los cojones 

que con tantos apagones

digas que Castro da luz”.

Meses después le recité los versos a Raúl, que rió a carcajadas mientras compartíamos una choucroute con los escritores Denis Rousseau, Corinne Cumerlato y Jacobo Machover en un restaurante de Estrasburgo. Fue un encuentro memorable, del que Jacobo dejó constancia en una larga entrevista, en la que nos pidió que comparásemos las experiencias del presidio político cubano de dos periodos sucesivos, antes y después de 1978.

Pero eso es otra historia. 

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Precuela y epílogo de PAF in memorian (solo para iniciados)

Por Miguel Sales Figueroa

8  de noviembre 2021

En el texto anterior sobre Raúl Rivero y Pablo Armando Fernández dejé al margen el prólogo y el epílogo de la historia, porque me conciernen más a mí particularmente que a ellos. Y el propósito del artículo era destacar la coincidencia alsaciana que ocurrió entre ambos en torno a unos versos míos y la segunda coincidencia de que los dos fallecieran casi al mismo tiempo. A petición de algunos lectores curiosos, completo el cuento:

El origen del asunto fue el tropiezo que Fidel Castro sufrió en Santa Clara el 21 de octubre de 2004, que lo despachó al hospital con múltiples lesiones. Al día siguiente del percance newtoniano, le dediqué el siguiente soneto:


“A los pies de la estatua del bandido

que el centro de la Isla nos mancilla,

resbaló el dictador y la rodilla

y el codo en el percance se ha partido.


El gozo y el temor, por un instante,

dejaron sin resuello al personal.

Más de uno pensó que era el final,

al ver despatarrado al Coma Andante.


El Granma explica hoy, en plúmbeo texto,

que se quebró la chueca, pero el resto

del viejo rufián no sufre mengua.


El pueblo combatiente, consternado,

lamenta que no se haya fracturado

además de la rótula, la lengua”. 


El poema circuló bastante en Internet y -me consta- no fue del agrado de las autoridades cubanas.

Poco después apareció en Granma la oda ditirámbica que Fernández le dedicó a Castro. Pudo haber sido un gesto de desagravio, consecuencia indirecta de mi soneto, o un simple espejismo mío de post hoc ergo propter hoc. Por siaca, tercié en la controversia con los contraversos -las décimas criollas- que reproduje en el artículo anterior.

El epílogo llegó unos meses después y está contado en el artículo Cebras letales, que figura en la página 41 del mismo libro (La balsa de papel. Ed. Hypermedia, 2018). 

Una camioneta no identificada se saltó un semáforo y estuvo a punto de atropellarme en un paso de cebra, frente el edificio donde vivía, en la intersección de dos grandes avenidas parisinas muy bien iluminadas. Luego, hojeando los archivos, descubrí que el número de accidentes automovilísticos ocurridos a disidentes cubanos de segunda y tercera fila superaba cualquier probabilidad estadística, tanto en la Isla como en el exilio. El poeta y sacerdote Miguel Ángel Loredo, el pintor Guido Llinás, el activista Miguel Sigler, el ex ministro Manuel Sánchez Pérez, la ex diplomática Martha Frayde, el escritor Carlos Eire, y un largo etcétera de casos apuntaban a una reiteración sospechosa, que todavía hoy considero producto de agresiones planificadas por los servicios policíacos de La Habana. ¿Tuvo aquel incidente algo que ver con la controversia poética sobre el percance del Coma Andante? ¿O solo fue otro caso más de post hoc, ergo propter hoc?

Quizá nunca llegue a saberse. O tal vez algún día se abran los archivos de Villa Marista, como en su día se abrieron los de la Stasi y el KGB, como anchas alamedas por las que pueda transitar la verdad, sin peligro de que la aplaste un sicario ebrio, al volante de una camioneta.

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viernes, septiembre 24, 2021

Miguel Sales Figueroa: El ogro filantrópico 3ra. parte


 El ogro filantrópico 3ra. parte


Por Miguel Sales Figueroa

23 de septiembre, 2021

Al tiempo que los factores ya citados -políticas identitarias, ecologismo anticapitalista y fomento de la migración ilegal-- evolucionaban y confluían, la crisis de la izquierda marxista maduraba hacia 1980, tras los sucesos de Berlín y Praga, y el sangriento fracaso de los regímenes socialistas del Tercer Mundo (Cuba, Camboya, Etiopía y otros). Una vez desaparecido el comunismo en Europa Oriental y la Unión Soviética, e iniciada la metamorfosis procapitalista de China y Vietnam, los ideólogos del socialismo se afanaron en buscar nuevos elementos que permitieran ampliar la base conceptual y la militancia ‘progresista’, más allá del enfoque del proletariado como pueblo elegido y la lucha de clases como motor de la Historia, cuya inoperancia había quedado demostrada de manera empírica.

En esa situación de fracaso y orfandad, en la que los últimos referentes en pie eran los poco presentables gobiernos de La Habana y Pyongyang, los teóricos posmarxistas hallaron una veta promisoria en las nuevas teorías sociales que pululaban en las universidades de Estados Unidos y Europa Occidental.   

Durante medio siglo, el socialismo marxista-leninista había sido un sistema de homofobia pública y notoria, que encerraba a los homosexuales y otros ‘pervertidos’ en campos de trabajo forzado, lo mismo en Cuba que en Camboya o Corea del Norte. Su política económica había causado enormes estragos al medio ambiente, como puede verse todavía en las ruinas de Chernobyl o el paisaje devastado del Mar de Aral. Era, además, un régimen alérgico a la emigración, que trataba de retener dentro de las fronteras estatales a la mayoría de la población, para lo que recurrió a atrocidades como la construcción en 1961 de un muro fortificado de 160 kms de largo en torno a Berlín, donde los vopos ametrallaban a quienes intentaban escapar del paraíso socialista.  

Pero gracias a la confluencia con el progresismo neomarxista, el comunismo homófobo, destructor del medio ambiente y enemigo de la libertad de movimiento terminó por adoptar los preceptos de la ideología identitaria y la ecología anticapitalista, y asumió como propia la estrategia de fomentar la libre circulación de migrantes y refugiados. 

El resultado del empeño es un ajiaco conceptual que no resiste el más mínimo análisis lógico. Pero su función no consiste en proporcionar una cosmovisión racional, sino un corpus de creencias que sustituya al liberal-conservadurismo apoltronado tras la victoria de 1989, a la socialdemocracia anémica, víctima colateral de la caída del Muro, y al comunismo que yace en el basurero de la Historia. Viene a ser un credo más próximo al de una nueva secta religiosa que al de un movimiento político tradicional.

La nueva amalgama ideológica se difundió con suma rapidez, gracias al desarrollo de los medios de comunicación electrónicos y las redes sociales, aunque su implantación siguió cursos diferentes, según las condiciones específicas y las tradiciones culturales vigentes. En el sur de Europa, estos partidos de nuevo cuño llegaron al poder poco después de su formación, federados con la socialdemocracia y otros grupos afines. La Coalición de la Izquierda Radical (Syriza) ganó las elecciones griegas de 2015 y gobernó el país durante cuatro años. En Portugal, el Bloco de Esquerda, fundado en 1999, se alió con socialistas y comunistas en 2015 y hasta hoy es uno de los pilares del gobierno de Antonio Costa.  

En España, la confluencia quedó simbolizada por la creación, en 2016, de la coalición Unidas Podemos. El Partido Comunista de España (PCE), con casi un siglo de historia y un arraigo firme, aunque minoritario, en el territorio nacional, se sometió a la autoridad de Podemos, una amalgama asamblearia y caudillista compuesta de grupos antisistema y recién surgida de las manifestaciones de los ’indignados’ de mayo de 2011. Tres años después de su constitución, a finales de 2019, la coalición llegó al poder de la mano del Partido Socialista, tras haber obtenido el 10% del voto en las elecciones de noviembre.

La subordinación del PCE, que a partir de ese momento desempeñará el papel de comparsa de Podemos en la política española, marca el instante en que el marxismo-leninismo tradicional asume como propias las políticas identitarias, ecológicas y migratorias que los regímenes comunistas habían rechazado en la práctica hasta poco antes. Gracias a esta síntesis, el sujeto de la revolución ya no es solamente la masa obrero-campesina, culpable de tantas decepciones en el pasado, sino que se amplía (‘se expande’, dirían las ’portavozas’ de Podemos) a grupos sociales ‘discriminados y oprimidos’, víctimas de innumerables agravios perpetrados por la estructura de poder blanco-heteropatriarcal-capitalista que domina el mundo occidental. Los destinatarios del nuevo evangelio son ahora muy numerosos: las minorías sexuales o raciales, los ecologistas, los pueblos indígenas, los discapacitados, los migrantes… la nómina de características identitarias es infinita y podría llegar a incluir, por ejemplo, a las personas zurdas, bizcas o calvas, a los filatélicos o a los eyaculadores precoces.  

Como los objetivos de este cóctel ideológico son tan sublimes e inalcanzables, -- salvar el planeta, preservar a la humanidad de la inminente catástrofe climática, proteger los derechos de las minorías, acabar con la desigualdad, enderezar los entuertos de siglos pretéritos, etc.-- cualquiera que se oponga a ellos es, por definición, un miserable fascista. ¿Quién que no sea un canalla puede aplaudir la injusticia social, contemplar indiferente la destrucción de la Tierra y rechazar a refugiados e inmigrantes que huyen de la guerra y la pobreza? 

Pero lo más grave para el porvenir de Occidente no es que la izquierda se haya apuntado en bloque a esta amalgama de ideas y sofismas más o menos disparatados, sino que los partidos liberales y conservadores también han considerado conveniente adoptar buena parte del ideario progresista. Así, cuando los progres retrógrados ejercen el poder, gobiernan a golpe de decretos que hacen avanzar su programa totalitario. Y cuando pierden las elecciones y sus adversarios toman el mando, nadie se atreve a revertir las políticas ya instaladas, con lo que la derecha se convierte en simple administradora interina del despropósito estatista.  

msf 


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miércoles, septiembre 22, 2021

Miguel Sales Figueroa: El ogro filantrópico, segunda parte

 El ogro filantrópico, segunda parte

Por Miguel Sales Figueroa

19 de septiembre, 2021

Para que la ideología de la ‘justicia social’ lograra tantos adeptos como tiene hoy, a pesar de sus postulados absurdos y evidentes contradicciones, fue necesario un caldo de cultivo dominado por el miedo y el desconcierto. Ese contexto cuajó en los tres decenios transcurridos entre el naufragio del socialismo real, completado en el bienio de 1989-1991, y la debacle sanitaria causada por la pandemia del COVID-19. En el punto medio del periodo se desató la crisis económica de 2008, catalizadora de los temores en torno al porvenir de las nuevas generaciones, que parecían condenadas a vivir en un mundo mucho peor que del que habían conocido sus padres y abuelos. 

Los ideólogos marxistas llegaron entonces a la conclusión siguiente: Era necesario convencer a la mayoría de la población de que el sistema capitalista estaba agotado y que era preciso destruir la sociedad occidental, tal como había existido hasta entonces, para dar paso a la construcción de un mundo nuevo. Pero, a diferencia de los revolucionarios del siglo XX, los actuales sostienen que la toma del poder debe realizarse por medio de elecciones democráticas. De ahí la necesidad de predicar la buena nueva a las masas para ganar en las urnas, no con las armas.  

Al igual que ocurre con el futuro poscapitalista que aparece esbozado en las obras de Marx, las directrices para esa tarea de reconstrucción son más bien borrosas. En todo caso, se sabe que el resultado será un mundo de ’cancelación’, justicia, igualdad, armonía y menos consumo, con muchos veganos felices, naturaleza inmaculada, democracia plebiscitaria y libre circulación de migrantes, sin requisitos burocráticos.  Una utopía comunista reciclada, con el mismo matiz religioso que las de Owen, Marx y Bakunin, pero que esta vez se alcanzará mediante la hegemonía cultural (Gramsci) y el uso adecuado de la tecnología que proporciona los medios de comunicación y las redes sociales (Marcuse). 

Los elementos que conforman esta ideología progre-retrógrada ya existían por separado antes de la caída del Muro de Berlín en 1989 y las crisis subsiguientes. Durante años, en las facultades de ciencias sociales de las universidades estadounidenses se había elaborado un sinfín de teorías y formulaciones más o menos imaginativas, que trataban de explicar los modos de ‘opresión’ que el capitalismo occidental ejerce sobre las minorías -mujeres, homosexuales, personas no blancas y otros colectivos-. Esos trabajos monográficos –estudios queer, estudios feministas, estudios negros-- pocas veces se declaraban explícitamente marxistas, aunque se apoyaban en muchos de los prejuicios de la secta.

Autores como Michel Foucault, Jacques Derrida, Gilles Deleuze o Louis Althusser, y profesores como el argentino Ernesto Laclau y la estadounidense Judith Butler proporcionaron el andamiaje intelectual para reformular y ampliar el ideario social-comunista y adaptarlo a la sensibilidad igualitaria, ecologista y ‘buenista’ de las nuevas generaciones, debidamente adoctrinadas en las aulas universitarias. Se trataba de elaborar y predicar una nueva metafísica pseudorreligiosa que llenase el vacío dejado por el naufragio de las grandes explicaciones de la Historia vigentes hasta finales del siglo pasado, que habían pasado a mejor vida.

Por otra parte, la ecología -no siempre anticapitalista- ganaba terreno desde los años de 1960, ante la constatación de los daños medioambientales generados por el rápido aumento de la industrialización y la necesidad de mantener limpio el planeta y preservar la naturaleza. En el marco de esa corriente, surgieron grupos que se oponían al uso de la energía nuclear, a la agricultura en gran escala, al consumo de carne y al turismo de masas, entre otros.   

Pero en algún momento de ese período el sector más radical del movimiento ‘verde’ abandonó la postura de la crítica moderada y la búsqueda de soluciones racionales para asumir posiciones revolucionarias, basadas en la idea de que era indispensable destruir el capitalismo e imponer severos controles económicos para salvar el planeta del inminente apocalipsis climático. 

El tercer elemento fundamental del progresismo contemporáneo es la barra libre a la inmigración ilícita. De las políticas humanitarias de asilo y refugio impulsadas por el desastre de la Segunda Guerra Mundial se ha pasado a imponer el criterio de que no solo los emigrantes tienen derecho a salir de su país, sino que los demás Estados, sobre todo los más prósperos, tienen la obligación moral de acogerlos, incluso cuando los migrantes viajan por motivos económicos, lo hacen sin documentos e ingresan de forma irregular en el país de destino.  

Este enfoque permite ahora que algunos gobiernos lleguen incluso a usar a los migrantes como un arma para socavar la estabilidad de los países vecinos, como ocurrió recientemente en Ceuta, cuando las autoridades marroquíes auspiciaron la entrada ilegal en territorio español de unos 12.000 migrantes, entre ellos alrededor de 3.000 menores de edad no acompañados.

No era la primera vez que el torpedo migratorio se empleaba contra una democracia occidental. Desde el éxodo del Mariel, autorizado por Fidel Castro en 1980 para trasladar la presión social de Cuba a las calles de Miami, hasta las caravanas de emigrantes centroamericanos que las ONG progres coordinan y dirigen actualmente hacia la frontera sur de Estados Unidos, el derecho que toda persona tiene “a circular libremente […] a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país” (artículo 13 de la DUDH), se ha manipulado hasta convertirlo en un arma antioccidental. 

Lastrados por el buenismo y debilitados por la aceptación parcial de los valores de la progresía retrógrada, los Estados de Europa y América del Norte no se atreven siquiera a aplicar sus propias leyes para defenderse de la invasión. En Europa del Oeste, por ejemplo, se calcula que el 90% de las órdenes de expulsión del territorio dictadas contra inmigrantes ilegales no se aplican nunca. La “inmigración segura, ordenada y regular” que propugna el Pacto Mundial de 2018 no está ni estará a la vista, mientras las democracias occidentales no se enfrenten sin complejos al entramado de ONG, traficantes de seres humanos y tontos útiles que actúan diariamente bajo el manto del humanismo y la justicia.   

Estas tres corrientes de pensamiento y activismo comparten un objetivo común que facilita su sinergia: la deconstrucción (destrucción) de las sociedades libres de Occidente y su reordenamiento, mediante el aumento del tamaño y el poder del Estado, controlado por los nuevos comisarios del pueblo, guardianes de la verdad absoluta. Este propósito compartido no es un designio secreto ni una elucubración de liberales asustados, sino una meta explícitamente anunciada en los programas electorales de las nuevas formaciones políticas que cuajaron a partir del año 2000.  Presentados como adalides de un empeño justiciero y libertador, los ’ingenieros de almas’ del siglo XXI preparan la llegada del totalitarismo-punto-dos en versión Silicon Valley.     

En el artículo siguiente examinaré cómo se produjo la confluencia entre estas corrientes y la izquierda marxista tradicional.


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jueves, septiembre 16, 2021

El ogro filantrópico. Miguel Sales Figueroa: La mayor amenaza actual a la libertad y los derechos civiles en las democracias occidentales es el crecimiento del Estado

 
El ogro filantrópico

Por Miguel Sales Figueroa

16 de septiembre, 2021

La mayor amenaza actual a la libertad y los derechos civiles en las democracias occidentales es el crecimiento del Estado. La hinchazón del aparato estatal se traduce inevitablemente en más injerencia en la vida privada y una mengua de la autonomía personal. El Gobierno, brazo ejecutor de ese aparato, administra porciones cada vez mayores de nuestra vida y decide qué comemos y cómo nos vestimos, qué autores se publican y cuáles no, a qué médico podemos acudir y qué asignaturas estudian nuestros hijos, adónde podemos viajar y qué salarios debemos percibir por nuestro trabajo. Como suelen repetir alegremente los voceros del estatismo, el Estado somos todos.

Por un momento, a finales del siglo pasado, pareció que esta tendencia se atenuaba y que la sociedad civil recuperaba protagonismo. Pero iniciada ya la tercera década del siglo XXI es evidente que el Estado moderno –‘la ballena’ como lo bautizó George Orwell o ‘el ogro filantrópico’, como lo llamaba Octavio Paz-- ha vuelto por sus fueros y que el pueblo soberano está dispuesto a renunciar a parcelas cada vez mayores de libertad y derechos en aras de los servicios y la seguridad -real o imaginaria- que el Estado le proporciona. Por supuesto, estas políticas exigen un volumen de impuestos casi confiscatorio y propician el despilfarro y la corrupción. 

En España, donde vivo desde hace muchos años, los avances del estatismo son quizá más notorios que en otras sociedades democráticas. Porque aquí tanto los partidos del ala social-comunista como los de tendencia liberal-conservadora son estatistas. La diferencia no radica en el credo sino en las modalidades de su aplicación. La eclosión del populismo a partir de la crisis de 2008 no ha hecho más que acentuar el fenómeno. 

Aquí lo más frecuente es que el Estado, en defensa de sus intereses corporativos, sirva a los partidos políticos que lo administran, al tiempo que trata de impedir que la sociedad civil se ocupe libremente de sus propios problemas.  Los ejemplos más flagrantes de esta línea de conducta se encuentran en los sectores de la educación y la salud pública. 

En el marco de los 37 países más desarrollados del mundo, que componen la OCDE, España ocupa siempre un puesto intermedio en cuanto al público gasto por alumno, pero invariablemente obtiene pobres resultados de esa inversión social y padece una de las tasas más altas de abandono escolar. Las universidades están lastradas por la endogamia y la mala gestión, y para completar el cuadro, cada cuatro años se aprueba una nueva ley general de educación que suele ser peor que la precedente. Al mismo tiempo, las autoridades ponen todo tipo de obstáculos a la enseñanza privada e imponen planes de estudios orientados a adoctrinar al alumnado en la ideología progre y estatista. 

Con la salud pública ocurre tres cuartos de lo mismo. La inversión estatal es cuantiosa y la práctica privada subsiste en modo casi marginal. Pero los servicios de la Seguridad Social suelen ser lentos y mediocres, las consultas están saturadas y el gasto en medicamentos es astronómico. Hasta hace poco, la propaganda gubernamental repetía el mantra de que “el sistema de sanidad español es el mejor del mundo”. Y en eso llegó el COVID-19 y pronto el país destacó como uno de los líderes mundiales en contagios y muertos por cada mil habitantes. Eso, sin mencionar que la multiplicación de errores en la gestión de la pandemia ha generado una crisis económica de vastas proporciones. 

Esas deficiencias y esos inconvenientes se ven compensados por el hecho de que ambos sectores emplean a un nutrido contingente de funcionarios, que conforman un importante caladero de votos para los partidos que les garantizan trabajo y seguridad. Es, como dicen aquí, “la pescadilla que se muerde la cola”. Hay mucho paro, porque la elevada fiscalidad dificulta la creación de empleo en el sector privado; buena parte de los tributos que el Estado recauda se utiliza para financiar cargos oficiales redundantes y pagar subsidios a los desempleados; pero el aumento del gasto público solo puede financiarse mediante una mayor presión impositiva, porque la otra opción -bajar los impuestos, reducir el presupuesto y reformar el aparato estatal- implicaría un riesgo electoral que nadie quiere asumir.     

Si la mayoría de los partidos españoles -y en gran medida, también el resto de los europeos-, tanto a la derecha como a la izquierda del espectro político, son estatistas es porque casi todos se han adherido al “consenso progre”. 

El progresismo retrógrado, que busca la hipertrofia del Estado y enarbola la bandera de la “justicia social”, ha hecho posible esta conjunción de intereses al combinar elementos de marxismo-leninismo con las reivindicaciones identitarias basadas en el “género” y la orientación sexual, el ecologismo anticapitalista y la barra libre a la inmigración ilegal. Esta mezcolanza, casi siempre de tono pseudorreligioso, se adereza con la utilización selectiva de las normas de derechos humanos aprobadas en la esfera internacional.  

Por ejemplo, rara vez, en el contexto de la ideología de la “justicia social”, se mencionan determinados artículos de la Declaración Universal de Derechos Humanos, como el 17 (derecho a la propiedad privada), el 19 (libertad de expresión) o el 26 (derecho de los padres a escoger la educación de sus hijos). En cambio, se repiten hasta el hartazgo los “derechos de tercera generación”, que atañen sobre todo a las prerrogativas de índole económica, social y cultural y los mal llamados “derechos colectivos”. 

El efecto simultáneo de estas corrientes está socavando la democracia y allanando el camino al creciente despotismo moderno. Todas operan en favor del crecimiento del Estado y amenazan la libertad y los derechos de la ciudadanía.

En un artículo próximo ilustraré con ejemplos recientes el modus operandi de estas tendencias en la sociedad actual y examinaré cómo el totalitarismo comunista --homófobo (UMAP), destructor del medio ambiente (Mar de Aral) y alérgico a la libertad de circulación (Muro de Berlín)-- terminó por fundirse con la ideología identitaria y el ecologismo anticapitalista, y adoptó como estrategia el fomento de la emigración ilegal.  


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domingo, agosto 22, 2021

Miguel Sales Figueroa sobre Cuba: El trilema de Miguel Díaz-Canel . Un ejemplo de nuestros días del gatopardiano del Castrismo: Díaz-Canel sacrifica supuestamente al Primer Ministro Marrero y pone al General de Brigada Luis Alberto López-Calleja, Presidente de GAESA, contra las cuerdas

 
El trilema de Díaz-Canel

Por Miguel Sales Figueroa

Málaga, 21 agosto, 2021

Empiezo por la conclusión, como es debido: el régimen comunista de Cuba está acabado. El final llegará tarde o temprano, pero no en cuestión de siglos sino de meses. Las protestas del 11 de julio pusieron de manifiesto la auténtica opinión de miles de personas, que hasta ese momento habían aceptado el simulacro de adhesión que todo sistema totalitario impone a sus súbditos y que en la Isla se traducía en marchas del “pueblo combatiente”, campañas contra esto y lo otro, aplausos entusiastas a los discursos machacones de los “dirigentes” y colas interminables para adquirir los productos más elementales.

El destino del gobierno de Díaz-Canel y sus mentores del PCC y del generalato senil que lo tutelan, está escrito por su incapacidad para solucionar los problemas profundos del país. Por muchos arbitrios y malabares que intenten, los jerarcas de La Habana no serán capaces de conseguir más petróleo, ni de mejorar la atención sanitaria, ni de aumentar la productividad agrícola para dar de comer a la gente, ni de salvar el turismo a medio plazo, ni de incrementar las remesas, ni de expulsar a una parte apreciable de esos millones que ya no aguantan más opresión. No hay más venezuelas, ni más visados, ni más papirricos a la vista. 

Por supuesto, a ese final anunciado se puede llegar por varios caminos, que entrañarían efectos diversos. En aras de la sencillez, voy a resumir las opciones de Díaz-Canel y su equipo en tres métodos: El fidelista, el gatopardiano y el checoslovaco.

El método fidelista consiste en fusilar a varios miles de compatriotas, encarcelar a algunos millares más y empujar al exilio al resto de la oposición. Esa fue la fórmula que los hermanos Castro y sus secuaces aplicaron a rajatabla entre 1959 y 1962, con notable eficacia. Claro que ahora ni la sociedad cubana ni el contexto internacional son los mismos de entonces. Castro había inventado el socialismo dependiente y sobrevivió contra viento y marea, pero el modelo entró en crisis terminal a finales del siglo XX. Sin un valedor como la Unión Soviética, dispuesto a pagar lo que sea y apechugar con las consecuencias, la tarea parece misión imposible.

La fórmula gatopardiana, como su nombre indica, procede del consejo que el Príncipe de Salina transmite a su sobrino en la célebre novela de Lampedusa: “cambiarlo todo para que todo siga igual”. Su traducción cubana son las reformas cosméticas que el gobierno anuncia ahora cada cierto tiempo, las cajitas de croquetas y otras limosnas que reparte entre las clases populares, la campaña de visitas a los barrios y la propaganda que despliega en los medios de comunicación. Las autoridades reconocen que hay problemas, pero todas niegan que la responsabilidad sea suya y proclaman que las soluciones llegarán con la “reafirmación de los principios revolucionarios” y el voluntarismo -el mismo bálsamo de Fierabrás que han venido aplicando durante 60 años.  

Queda el método checoslovaco, que carecía de guion, pero que lo fue componiendo ad hoc, a medida que el sistema estalinista se deshacía. Primero los opositores se echaron a la calle y exigieron al gobierno que respetara los derechos humanos. Tras varias huelgas y manifestaciones, las autoridades fueron cediendo y terminaron por convocar elecciones pluripartidistas con garantías democráticas. En seis meses, el Foro Cívico y sus aliados obtuvieron la mayoría de los votos y pasaron a gobernar el país. La transición fue casi incruenta y el partido comunista, aunque minoritario, siguió existiendo sin que nadie lo hostigara. Fue la llamada Revolución de Terciopelo, que llegó a buen puerto a pesar de las atrocidades que el gobierno pro soviético había cometido desde 1948.    

Si Díaz-Canel y sus ministros optan por cualquiera de las dos primeras fórmulas, corren el grave riesgo de provocar un estallido social violento, que pondría en peligro no solo sus cargos y privilegios, sino incluso sus vidas y las de sus allegados. El tercer camino, el de la negociación y la transición pacífica, parece el más sensato. Unas elecciones pactadas con la oposición, con garantías de participación plural, acceso equitativo de todos los candidatos a los medios de comunicación y supervisión de la comunidad internacional, serían los instrumentos más racionales y provechosos para salir de la crisis terminal del comunismo e inaugurar una nueva etapa de la vida nacional. 

Pero no hay que acariciar demasiadas ilusiones. Por desgracia, hasta ahora la evolución de la nación cubana ha estado marcada por la violencia, esa comadrona de la Historia. 

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Tomado de https://www.cibercuba.com/

Díaz-Canel sacrifica a Marrero y pone a López-Calleja contra las cuerdas, pero...

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El Consejo de Ministros de Cuba es una fosa común de cadáveres palucheros como el propio Marrero, Lázaro Álvarez, Alejandro Gil, José A. Portal Miranda, Alpidio Alonso, Ydael Pérez Brito y Manuel Sobrino, y con enfermos graves como Rodrigo Malmierca, manager del import/export de atraco y financiación ONU y Bruno Rodríguez, aquejado de pinochitis aguda.

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Cubanos por el Mundo - Live

Agosto 22, 2021

#CubanosporelMundo #Cuba #HolaOtaOla

Otaola tras rebelión de los médicos cubanos: "Me siento orgulloso de los medicos cubanos"


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Por Carlos Cabrera Perez

 19/08/2021

El partido comunista mató al primer ministro Manuel Marrero por su estúpida arremetida contra médicos y sanitarios cubanos con una portada de Granma que pasará a la historia de la bronquitis aguda del tardocastrismo, poniendo contra las cuerdas al cuestionado zar financiero Luis A. Rodríguez López-Calleja, dejándolo sin cortafuego, en medio de la mayor crisis de legitimidad política de Miguel Díaz-Canel y su equipo.

La andanada comunista es artillería reactiva porque cuestiona directamente a un miembro del Buró Político y primer ministro, dejándolo a los pies de los caballos, e indirectamente, a otro de sus integrantes, que nunca da la cara, pero es uno de los mayores responsables del desastre cubano por su avaricia, insolidaridad, autoritarismo e inmadurez política, que sigue jugando a las candelitas ,pese a que camina sobre fuego abrasador.

El penúltimo invento de la factoría GAESA consiste en filtrar que en octubre vuelven los canadienses y que sus turoperadores y líneas aéreas están apostando nuevamente por el mercado cubano; en esa prolongación agónica de la esperanza infundada como táctica de supervivencia, desconociendo los pronósticos claros de no recuperación turística hasta dentro de cuatro años, las características del viajero canadiense y la actualidad política de esa nación norteamericana.

A Cuba solían viajar jubilados y trabajadores canadienses; los turistas ricos van a Miami y otras playas del Caribe con mejor oferta y calidad de servicios; Canadá está inmersa en el prólogo de una contienda electoral, donde liberales y conservadores no tienen asegurada la mayoría absoluta, y hasta el fiel Trudeau empieza a estar harto de las maniobras de La Habana, con quien ha sido exquisito en el trato, pese a la agresión de los ataques sónicos contra sus diplomáticos, que ahora litigan contra su estado.

El embullo canadiense fue la causa de la grotesca pose del doctor Durán en su comparecencia de este miércoles, cuando apareció casi sonriente y diciendo: ya vamos saliendo, pese que debió informar de 84 muertos mas y 8.666 nuevos contagios; el problema del optimismo revolucionario es que carece de base científica y lógica, y consiste en suplantar la realidad con entusiasmo, aunque con actos fallidos como esa frase sobre la salida, que tiene sabrosa lectura.

Canadiense, esta es tu casa, será la consigna de orden, de aquí a otoño y para la que deberían rescatar a aquella jacarandosa funcionaria del Ministerio de Turismo, Bárbara Cruz, como voz segunda de Durán en sus ruedas de prensa diarias y les ponga sabor porque es una compañera que sabe mucho de seguridad alimentaria y potencia médica, como demostró en aquella fantasiosa e irresponsable comparecencia.

López-Calleja ha puesto fácil a sus adversarios internos vincular su travesía a los latidos del corazón de su ex suegro, al que deberá cuidar como gallo fino porque muerto Raúl Castro, sus horas estarán contadas, al carecer de respaldo popular, no controlar provincia o territorio para negociar cuota de poder y los millones de dólares que maneja no son suyos y nada más débil que un administrador de fortuna ajena en medio de una guerra entre clanes.

Su inclusión en el Buró Político, que fue una carambola de Raúl Castro, junto con la sustitución de Polo Frías por López Miera el sacrificio de generales como Espinosa Martín y Quintas Solá y la entronización de sicarios prosirios en los principales mandos, fue el principio del fin de Gallito ronco que -hasta ese momento- no tenía responsabilidad política y era invisible para la mayoría de los cubanos, incluidos miembros del Comité Central del partido comunista, del gabinete ministerial y la Contraloría.

La intención de Raúl Castro no era joderlo, sino posicionarlo como posible relevo de Díaz-Canel al frente del partido y el estado, pero toda sucesión dinástica está sujeta siempre a las condiciones objetivas, equilibrio entre adversarios y, fundamentalmente, a la voluntad popular, incluso en una dictadura como la cubana, que acumula derrotas notables.

El primer semestre de 2021 se ha llevado por delante al tardocastrismo con sucesivos reveses: Tarea ordenamiento; tiendas en dólares norteamericanos para un mercado empobrecido y dependiente de la emigración, marginando a un notable número de ciudadanos sin acceso a la divisa del enemigo, que debe comprarla a 60x1 en el mercado irregular; congelamiento de los depósitos en dólares y recogida del CUC, siempre a favor del régimen y en contra de los ciudadanos; desastroso manejo del coronavirus, resistiéndose a cerrar fronteras y una feroz carencia de medicinas y oxígeno; anteponiendo la guapería política y los intereses extractivo de la casta dominante a los del pueblo, precios topados si y después no que provocaron más hambre; y el egoísmo suicida de López-Calleja negándose a parar la construcción de hoteles de lujo, mientras cubanos morían, mueren y morirán por hambre y enfermedad.

Hasta aquí, algunos miembros del Buró Político y militantes podrían compartir el análisis con sus lógicos matices, pero esa es la lectura más conveniente para sus intereses, intentado despolitizar la crisis, atribuyéndola a la economía y a las sanciones norteamericanas, de ahí el reparto de mayores cuotas de limosnas en San Antonio de los Baños, La Güinera, San Isidro, Palma Soriano, con las donaciones de urgencias recibidas, pero la agonía tardocastrista tiene componentes políticos insoslayables.

Garrafal error de Inteligencia política con Estados Unidos; descomunal pifia de la Seguridad del Estado frente a la nueva oposición como los movimientos San Isidro, 27N y la rebelión del 11J; la debilidad del ministro del Interior es de tal calibre, que el general retirado Fabián Escalante Font le metió un sonoro conteo de protección en Cubadebate y el Comandante de la Revolución Ramiro Valdés, volvió a Palma Soriano a entregar la Orden por el Servicio Distinguido a dos caballitos de tráfico, desautorizando públicamente a la Contrainteligencia de Santiago de Cuba y sin que se conozca el acuerdo preceptivo del Consejo de Estado.

El desmantelamiento interno del partido comunista en su octavo congreso, respuesta represiva desproporcionada al creciente malestar popular, como el criminal llamado de Díaz-Canel a la guerra civil; intentar echar a los leones a dirigentes provinciales y municipales; intento de desprestigio de la profesión médica con los absurdos ataques de Marrero y la estadísticas insostenibles de Durán, respondida con fuego amigo desde Holguín, Guantánamo, Ciego de Ávila y Santiago de Cuba.

El Consejo de Ministros de Cuba es una fosa común de cadáveres palucheros como el propio Marrero, Lázaro Álvarez, Alejandro Gil, José A. Portal Miranda, Alpidio Alonso, Ydael Pérez Brito y Manuel Sobrino, y con enfermos graves como Rodrigo Malmierca, manager del import/export de atraco y financiación ONU y Bruno Rodríguez, aquejado de pinochitis aguda.

Díaz-Canel tiene banco para sustituir a Marrero, como son los casos de Inés Chapman, que pitó en tuiter contra el mentecato premier y que, políticamente, es virgen vestal, o Jorge Luis Tapia, cuyo ascenso cerraría la herida abierta con dirigentes provinciales y municipales; Morales Ojeda tendría que obrar el milagro de recomponer el partido comunista, evitando esas alusiones baldías a Fidel Castro como si fuera el Espírtu Santo y preparando a sus cuadros para el multipartidismo; mientras Cabrisas y Ramiro son reserva estratégica por autoridad y valor, incluso frente a Raúl Castro.

El presidente debería abordar también la jubilación por enfermedad de Salvador Valdés Mesa, que lleva años trabajando a media máquina, y la crisis actual exige un intenso trabajo; con Chapman de vicepresidenta y Tapia de primer ministro, Díaz-Canel podría ligar el parlé de imagen y bajar la intensidad del fuego que lo cerca, en parte por su inmadurez política y esa funesta vocación castrista de actuar como pirómanos, en vez de bomberos, creyéndose que así se parecen a Fidel Castro, que planificaba hasta sus incursiones a Baraguá.

Si Díaz-Canel quiere sobrevivir políticamente, debe congelar el Decreto-Ley 35, como ha hecho antes con los 349 y 370; liberar sin cargos a los rebeldes del 11J y retirar las acusaciones a los liberados, sacar de la cárcel a Ferrer, Osorbo, Otero Alcántara, Hamlet Lavastida y el resto de más de 120 reos políticos; negociar con los opositores internos y del exilio una reforma política democratizadora, que siente las bases de una transición de la ley a la ley; transformar la economía para poner en valor el capital humano creado por la revolución, ahora desperdigado entre el exilio y el inxilio y callar a los perritos falderos que agreden cotidiana e innecesariamente a muchos cubanos, incluidos los jineteros culturales y gusañeros.

El relevo de Marrero y otros cadáveres oficiales solo permitirá a Díaz-Canel y su núcleo ganar algo de tiempo, pero seguir postergando la democratización de Cuba solo conducirá a su propia muerte política porque la mayoría de los cubanos desconfían de sus actos y modos iracundos y llevan tiempo avisando que el cambio urge, aunque el tardocastrismo siga empeñado en maniobras suicidas de distracción.

Los cubanos, incluidos castristas de infantería, merecen libertad y democracia, una patria que anteponga la vida a la muerte, una nación eficaz y justa alejada de la mediocridad reinante y empobrecedora; el castrismo lleva 63 años ensayando una Cuba Libre, que cada vez es más dependiente del azúcar importada de Francia, del pollo Made in USA, de las remesas y recargas de la emigración, de donaciones de antiguos aliados que han emprendido su propio camino, del trabajo en condiciones de esclavitud de su valiosos médicos y enfermeras en el extranjero, y de la voluntad del inquilino de la Casa Blanca.

El gobierno de Díaz-Canel sigue sin plan, no sabemos qué quiere hacer con Cuba porque los Lineamientos duraron menos que un merengue en la puerta de un colegio e insiste en una resistencia absurda que solo prolonga el sufrimiento de la nación extenuada y harta de inventos como el escape canadiense y ese despliegue, costoso política y económicamente, de la residual aviación militar para llevar oxígeno a moribundos en una isla asfixiada por el comunismo de compadres avaros, insolidarios, elitistas y cobardes.

La tragedia de Cuba es que padece un gobierno y partido reinantes anticubanos y pronorteamericanos, que se agarran a un clavo ardiendo para no asumir la normalidad plural que ya habita en calles, pueblos y ciudades porque los sacrificados ciudadanos hace años descubrieron que están abandonados a su suerte y que la democracia y la riqueza son invencibles.


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viernes, agosto 13, 2021

Miguel Sales Figueroa sobre Cuba: Optimismo y esperanza


 Optimismo y esperanza

Por Miguel Sales Figueroa

13 de agosto, 2021

Confieso que en los últimos 50 años nunca sentí optimismo en lo tocante al futuro de Cuba. Ni siquiera cuando en 1989 los alemanes derribaron el Muro de Berlín y poco después el bloque comunista desapareció, barrido por el hartazgo popular. Tampoco cuando en 1991 naufragó el sistema soviético. A diferencia de algunos amigos entusiastas que ya aprestaban las maletas para desembarcar en la Isla, tuve la premonición de que el régimen castrista resistiría, incluso sin valedores externos. Por desgracia, así fue.

Al respecto, escribí por esos días un ensayo que apareció en el número 4 de la revista Próximo, que animaba en Madrid Carlos Alberto Montaner, bajo el título de La agonía del castrismo, texto que figura también en la antología Cuba: Fundamentos de la democracia, que publicó luego la Fundación Liberal José Martí.

La idea central del trabajo era que desde mediados del siglo XIX la sociedad cubana (o, al menos, buena parte de ella) había vivido inmersa en el culto de la revolución y que los fracasos sucesivos de ese proyecto transformador (1878, 1898 y 1933) solo habían intensificado la fe en la violencia redentora. La mitología de la revolución inconclusa terminó por generar una masa crítica de militantes y simpatizantes que fue decisiva para el triunfo de la insurrección castrista de 1957-1959. La inercia de esa victoria facilitó notablemente la implantación de una dictadura comunista en la Isla, proceso que, en lo esencial, culminó en 1962. 

Sostenía entonces -y sigo creyendo ahora- que lo sucedido en ese lustro produjo la quiebra del mito fundacional de la cubanidad, la creencia colectiva en un destino nacional glorioso solo realizable mediante la revolución. Las generaciones posteriores ya no estuvieron animadas por el culto a la violencia política y la fe en su virtud palingenésica. Al contrario, crecieron anestesiadas por el control del sistema totalitario y el miedo de sus padres a contarles lo que en realidad había sucedido en esos años cruciales. Los únicos horizontes visibles eran la sumisión, la cárcel o el exilio. No todos podían marchar al extranjero y muy pocos tenían madera de héroe, así que la gran mayoría se sometió. Aceptaron el simulacro de adhesión y trataron de sobrevivir en medio de la mentira y la pobreza impuestas por un régimen que cada vez les resultaba más ajeno.  

Pero los sistemas basados en la simulación y la represión tienen fecha de caducidad implícita, por difícil que resulte determinarla. La del castrismo no era 1991, ni siquiera 2006, cuando el Comandante Único y Jefe de todo lo ordenable cayó traicionado por su propio intestino. 

En un libro poco difundido y menos leído aún, El poscastrismo y otros ensayos contrarrevolucionarios, publicado en 2007 con el pseudónimo de Julián B. Sorel, escribí sobre el tema:     

“Raúl Castro ha heredado el instrumento que su hermano forjó en una situación radicalmente distinta. No solo se trata del desgaste que provoca el ejercicio del poder absoluto durante medio siglo ni de la orfandad del régimen tras la desaparición del bloque soviético, aunque ambos factores son importantes. El problema que afronta hoy el nuevo/viejo gobierno de La Habana es que el totalitarismo cubano está minado por un virus mucho más patógeno que la corrupción o la ineficiencia económica […] la íntima convicción que comparten millones de hombres y mujeres de que viven en un sistema anacrónico, un Estado que es […] un quiste histórico, carente de proyecto de futuro e incapaz de suscitar ilusión o entusiasmo en la ciudadanía”. […]

“Raúl Castro va a ensayar la fórmula continuista […] y en los primeros años tendrá éxito. En esa etapa inicial […] las expectativas de liberalización y mejoras económicas que los cubanos han concebido durante la agonía del Comandante en Jefe no serán todavía lo suficientemente enérgicas como para impedir la prolongación de la política actual”. […]

Dos o tres años después del sepelio de Fidel Castro, la situación empezará a cambiar; lentamente primero, luego con más rapidez. En pocos meses, la sociedad cubana comenzará a exigir más derechos y mejores condiciones de vida. Confortados por el éxito inicial del continuismo, los dirigentes políticos tratarán de resistir y mantendrán el rumbo. Cuando por fin comprendan su equivocación e intenten aplicar las reformas necesarias, será demasiado tarde: habrán perdido el pulso y el poder estará en la calle”. [págs.. 145-147] 

El vaticinio se ajustó bastante a lo sucedido el 11 de julio de 2021 –cuatro años y ocho meses después del fallecimiento de Castro I– , sobre todo si se tiene en cuenta que toda predicción sobre el devenir de una sociedad cerrada comporta necesariamente un alto margen de error. 

Ahora sí, por primera vez en muchísimo tiempo, albergo esperanzas sobre el futuro de Cuba. No me siento optimista, pero sí esperanzado. El optimista es el que cree que todo lo bueno llegará de manera inexorable, haga lo que haga y pase lo que pase. El esperanzado confía en que, si al esfuerzo personal y colectivo se añade una cucharada de buena suerte, los resultados podrían ser favorables. 

El 11 de julio marcó una divisoria de aguas en la historia de la Isla. Un sector importante de la población –sobre todo, de los jóvenes—demostró que no está dispuesto a seguir viviendo en el miedo y la mentira. Así empezaron a derrumbarse las dictaduras comunistas de Europa del Este, a pesar de que la URSS aún resistía. Así caerá también el sistema castrista, por más que sus compinches, dentro y fuera de la Isla, se empeñen en apuntalarlo.     


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