Julio M. Shiling: Para Cuba, el cambio político debe preceder al cambio económico
Para Cuba, el cambio político debe preceder al cambio económico
Por Julio M. Shiling
Sept. 25, 2026
Durante más de seis décadas, la dictadura castrocomunista ha sobrevivido utilizando como armas la escasez, el miedo y el cálculo paciente de que las naciones democráticas acabarían cansándose de sus principios. Ese cálculo se encuentra ahora bajo presión. La política exterior estadounidense sigue considerando el derrocamiento de este régimen como una cuestión de seguridad nacional para Estados Unidos, para Occidente y para la propia América Latina. Las pruebas recientes son evidentes: la denuncia directa del presidente Trump ante las Naciones Unidas sobre el papel de La Habana en el fomento de la subversión comunista; el discreto análisis de la Reserva del Ejército sobre la posibilidad de proporcionar al Mando Sur unidades policiales, médicas y de apoyo con poca antelación; y la continua ronda de sanciones del Departamento de Estado dirigidas contra las élites cubanas, los canales financieros y el aparato de extracción de recursos. No se trata de gestos. Son los instrumentos concretos de un juicio estratégico de larga data.
Los exiliados cubanos han respondido de la misma manera. En Miami —la segunda ciudad cubana más grande después de La Habana— se ha reunido una impresionante coalición de líderes empresariales cubano-estadounidenses para anunciar la creación de la Cámara de Comercio Nacional Cubano-Estadounidense y declarar su disposición a financiar la reconstrucción poscomunista de la isla. Su mensaje es claro y bienvenido: la nación en el exilio está dispuesta a correr con los gastos de una Cuba libre. Washington toma nota. El cambio de régimen parece, de repente, más atractivo desde el punto de vista fiscal.
Sin embargo, el atractivo no es lo mismo que la sensatez. La verdad fundamental que tanto el Gobierno estadounidense como la comunidad cubano-estadounidense deben tener presente es la siguiente: en Cuba, el cambio político debe preceder al cambio económico. Bajo un sistema totalitario, ambos no pueden avanzar con seguridad en paralelo durante la fase inicial de la transición. Un orden económico de mercado no crea democracia; opera bajo el orden político que ya existe. China, Vietnam y la Rusia postsoviética son ejemplos que lo recuerdan constantemente. El capital puede fluir, la empresa privada puede prosperar y las mismas estructuras dictatoriales —o sus sucesoras recicladas— pueden seguir firmemente al mando.
El castrismo no es simplemente un conjunto de políticas ineficaces. Es un sistema institucional, epistémico y hegemónico que ha colonizado todas las estructuras formales e informales de la vida cubana. Los tribunales, las universidades, los órganos de seguridad, los medios de comunicación, las organizaciones sindicales e incluso el lenguaje del discurso cotidiano se han moldeado para preservar el monopolio del régimen. Abrir las arcas a la inversión mientras esas estructuras permanecen intactas no liberaría a los cubanos; subvencionaría precisamente el aparato que los ha mantenido cautivos. El resultado no sería una economía de mercado democrática, sino un despotismo híbrido: capitalismo sin libertad, enriquecimiento sin rendición de cuentas y una nueva generación de nomenklatura con trajes diferentes.
Lo primero que se requiere es un período deliberado de justicia transicional. Esto es esencial. Se trata del desarraigo sistemático de la toxicidad que deja tras de sí el totalitarismo: la depuración de las instituciones corrompidas, la recuperación de la verdad histórica, el desmantelamiento de las redes de privilegios y vigilancia, y el establecimiento del Estado de derecho como algo más que un eslogan. Solo tras esa depuración podrá comenzar una auténtica reconstrucción económica sin el riesgo de que el comunismo regrese en una forma reciclada. La ayuda humanitaria de emergencia y las medidas básicas para aliviar el sufrimiento deben llegar de inmediato. Pero los flujos de capital más importantes —la reconstrucción que la riqueza cubano- estadounidense, así como los inversores extranjeros, están dispuestos a financiar— deberían esperar con cautela hasta que se hayan afianzado los cimientos políticos.
La creencia de que el capitalismo por sí solo generará automáticamente la democracia es una ilusión reconfortante que la historia ha refutado repetidamente. Los mercados son instrumentos. Amplifican los propósitos del orden político que los dirige. Cuando ese orden sigue siendo totalitario o incluso una variante autoritaria blanda, los mercados se convierten en herramientas para el enriquecimiento de las élites y la perpetuación del régimen, en lugar de motores de la libertad popular. El propio colapso soviético demostró el coste de una liberalización económica prematura sin una purificación política e institucional paralela: el surgimiento de sucesores oligárquicos y dictatoriales que aún amenazan a la región.
Los exiliados cubanos han conservado, a lo largo de generaciones de exilio, lo mejor de la historia, la cultura y las aspiraciones democráticas de la nación. Ese legado les impone ahora una doble responsabilidad: apoyar la reconstrucción material de la patria y, con mayor urgencia, insistir en que dicha reconstrucción no se convierta en el mecanismo mediante el cual el castrismo sobreviva bajo otro nombre. El Gobierno estadounidense, por su parte, debe resistir la tentación de tratar el capital como un sustituto de la ardua labor de apoyar una auténtica ruptura política y la justicia transicional.
El orden de los pasos es innegociable. Primero, el cambio político. A continuación, la depuración institucional. Solo entonces, toda la fuerza del capital cubano-estadounidense y el compromiso occidental. Si se invierte ese orden, Cuba corre el riesgo de cambiar una forma de cautiverio por otra: más próspera para unos pocos, pero sin libertad para la mayoría, y que seguirá siendo un lastre estratégico para el hemisferio. La oportunidad que se nos presenta es histórica. Desperdiciarla al confundir la inversión con la liberación sería una tragedia de nuestra propia fabricación.
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En entrevista con el periodista y presentador Tony Benítez en Tony Benítez TV, el politólogo, escritor, historiador y director de Patria de Martí y TheCubanAmericanVoice, Julio M. Shiling, analiza el denominado Informe de Harvard sobre el futuro de Cuba y expone los elementos que considera indispensables para alcanzar una verdadera transición democrática. Entrevista grabada el 22 de septiembre de 2026.
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El Grupo de Trabajo de Harvard sobre el Futuro de Cuba se presenta como un ejercicio académico sereno destinado a trazar un camino para salir de la catástrofe nacional. En realidad, ofrece algo mucho más insidioso: un plan para una continuidad controlada bajo un orden dictatorial renovado. Envuelto en el lenguaje del pluralismo, el gradualismo y la reforma pragmática, el documento funciona menos como una hoja de ruta hacia la democracia que como una justificación intelectual para una variante cubana del capitalismo concesionario postsoviético: el modelo putinista con un toque tropical. Propone una transición, sí, pero una cuidadosamente diseñada para preservar el esqueleto institucional, las redes de personal y la impunidad moral del actual régimen cleptocrático y sultanista.
En el núcleo de cualquier transición democrática genuina desde un régimen totalitario se encuentra la justicia transicional. Las transiciones exitosas desde el comunismo —o desde cualquier sistema que haya violado sistemáticamente la dignidad humana— han requerido medidas retributivas contra quienes dirigieron la represión, una restitución correctiva para las víctimas, una reforma sistémica que desmantele el aparato de seguridad y una ruptura simbólica con el antiguo orden. La depuración, el escrutinio de la vieja guardia, las comisiones de aclaración histórica y las garantías de no repetición no son adornos opcionales. Son las condiciones mínimas para impedir que la antigua élite se limite a cambiarse de uniforme y siga gobernando.
La experiencia postsoviética demuestra las consecuencias de omitirlas. Allí donde se aplazó o se negó la rendición de cuentas —Rusia, Bielorrusia, las repúblicas de Asia Central—, el resultado no fue la democracia, sino un autoritarismo más flexible y menos ideológico en el que la antigua nomenklatura del partido y los servicios de seguridad se convirtieron en los nuevos dueños del Estado y de la economía. Georgia, Ucrania, Moldavia y Armenia lograron aperturas democráticas imperfectas solo tras levantamientos populares que forzaron una ruptura más clara. La transición incompleta de Nicaragua produjo el mismo resultado previsible: las viejas estructuras se reafirmaron. El Informe de Harvard no menciona nada de esto. Guarda silencio sobre la justicia transicional, sobre la rendición de cuentas por sesenta y siete años de crímenes contra la humanidad, sobre la necesidad de disolver los órganos represivos que han sostenido el orden castrista. Ese silencio no es un descuido. Es la elección política central del documento.
En cambio, el informe se apoya en gran medida en el marco constitucional existente. Insta a la restauración de derechos que ya están nominalmente presentes en la Constitución de 2019, al tiempo que trata ese mismo instrumento como un punto de partida viable. Sin embargo, esa Constitución se elaboró precisamente para constitucionalizar la supremacía del Partido Comunista y para proporcionar cobertura legal a las mismas prácticas a las que el informe afirma oponerse. Tratarla como un fundamento en lugar de como un obstáculo equivale a aceptar la propia ficción jurídica del régimen. La propuesta de una futura Asamblea Constituyente se aplaza al medio o largo plazo, una vez que las autoridades actuales ya se hayan posicionado como «facilitadoras» del proceso. En otras palabras, se invita a los artífices del desastre actual a diseñar la arquitectura del futuro. Esto no es democratización; es cooptación.
El lenguaje del Informe sobre la «amnistía» para los presos políticos revela aún más su orientación. La liberación inmediata e incondicional es un imperativo moral y jurídico. Ningún poder estatal legítimo ha tenido jamás la autoridad para encarcelar a ciudadanos por el ejercicio de derechos que incluso los propios documentos del régimen reconocen hipócritamente. Hablar de «amnistía» es otorgar un reconocimiento implícito al teatro judicial que produjo esas condenas. Plantea la libertad como una concesión en lugar de como la restitución de lo que nunca se les quitó legítimamente.
La misma lógica aparece en el tratamiento del fracaso económico. La catástrofe se atribuye principalmente a la ineficiencia, a malas decisiones de inversión y a la mala gestión —síntomas, no causas—. La etiología más profunda —el monopolio totalitario del poder, la destrucción sistemática de la vida social y económica independiente y la extracción de riqueza por parte de una casta gobernante organizada en torno al control personalista— queda en gran medida sin examinar. La receta que se propone a continuación es, por tanto, predecible: mejorar el funcionamiento del sistema existente, abrir espacio a la propiedad privada dentro de límites cuidadosamente gestionados, reintegrarse en las instituciones financieras internacionales e invitar a la diáspora a financiar la reconstrucción. El resultado sería una dictadura más productiva, no un Estado libre.
Resulta especialmente revelador el interés del informe por la eventual derogación de la Ley Helms-Burton. Esa ley condiciona el levantamiento del embargo a reformas políticas y civiles concretas: la legalización de la actividad política, la liberación de presos, la disolución del aparato de seguridad, la celebración de elecciones libres bajo observación internacional y avances hacia un poder judicial independiente y una economía de mercado. La Ley Helms- Burton no permite un aterrizaje suave para la antigua élite. El documento de Harvard, por el contrario, busca precisamente ese aterrizaje suave. Al abogar por la eliminación de la principal barrera jurídica que vincula la normalización económica a los requisitos previos democráticos, proporciona una justificación académica para el objetivo diplomático de larga data del régimen: el alivio sin renunciar al poder.
Lo que surge es un proyecto de autoritarismo ilustrado. El sistema castrocomunista debe racionalizarse, deben corregirse sus ineficiencias más flagrantes y deben moderarse sus excesos represivos lo justo para desbloquear recursos externos, mientras que las instituciones hegemónicas y el personal que las integra permanecen en gran medida intactas. El precedente soviético es instructivo y condenatorio. No afrontar el pasado no condujo a la democracia, sino a una nueva forma de tiranía que resultó más duradera precisamente porque se desprendió de las restricciones ideológicas residuales del marxismo-leninismo, al tiempo que conservaba los instrumentos de control. El Informe de Harvard ofrece a Cuba el mismo trato. Se trata de una transición del comunismo sultanista a un orden más moderno, menos doctrinario, pero aún así totalmente dictatorial.
Una verdadera transición democrática exige una ruptura, no una renovación. Requiere el desmantelamiento de las estructuras que hicieron posibles los crímenes, la exclusión de quienes los dirigieron de futuros puestos de poder y el establecimiento de instituciones diseñadas para impedir su regreso. Cualquier cosa que no sea esto no es un camino hacia la libertad, sino una sofisticada apología de la continuidad. El documento del Grupo de Trabajo, a pesar de su pulido académico y su prestigio institucional, es, en última instancia, propiedad intelectual de la dictadura que pretende trascender.
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Opinión breve, clara y alta de Bismary Bacallao sobre el Informe del Grupo de Trabajo de Harvard
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