jueves, julio 13, 2023

Luis Cino Álvarez desde Cuba: Milan Kundera y el Premio Nobel de Literatura que nunca recibió, algo que habría merecido con creces por la profundidad de su obra literaria

 
Tomado de https://www.cubanet.org/

Milan Kundera y el Nobel que nunca recibió

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Milan Kundera ha muerto a los 94 años sin que la Academia Sueca le concediera el Premio Nobel, algo que habría merecido con creces por la profundidad de su obra literaria

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Por Luis Cino

12 de julio, 2023 

LA HABANA, Cuba. — Milan Kundera ha muerto a los 94 años sin que la Academia Sueca le concediera el Premio Nobel, algo que habría merecido con creces por la profundidad de su obra literaria.

Siendo el más universal de los escritores checos, como vivía en Francia desde 1975, escribía en francés desde hace más de 40 años y se negaba rotundamente a que tradujeran sus libros a su idioma natal, algunos llegaron a preguntarse si podía ser considerado un escritor checo.

Hace unos años se discutió si era cierta o no la afirmación de que Kundera, en sus tiempos de estudiante, cuando era miembro de la Juventud Comunista —de la que fue expulsado en 1950, readmitido en 1956 y vuelto a expulsar en 1970— delató a la policía política a un emigrado que había entrado clandestinamente a Checoslovaquia.

Prefiero creer que Kundera era inocente de tal imputación. Y en caso de que fuese culpable, lo absolvería. Y no solo porque sea uno de mis autores favoritos. Luego de demasiadas tristes experiencias, sabemos que las dictaduras totalitarias —nunca los individuos, salvo ciertos desgenerados patológicos que se dan en ellas como hongos después de la lluvia— son absolutamente culpables de todo lo que sucede en sus entrañas torcidas.

Mi primer encuentro con un libro de Milán Kundera —y también con los de Solshenitzin, Grossman y Bulgakov—, que fue La broma, se produjo a mediados de los años setenta gracias a mi amigo Mayito Betancourt, cuya casa era un templo del undeground habanero. Luego, casi todos los demás libros de Kundera me los prestó mi primo, el escritor Waldo Pérez Cino. Y años después pude leer los que me faltaban gracias a la biblioteca independiente de Gisela Delgado. En todos los casos, los libros eran editados en España, te recomendaban que no los exhibieras por la calle no fuera ser que te los quitara la policía y había plazos perentorios para su lectura porque había otros que esperaban para leerlos.

Lo que Kundera narraba de la vida bajo el comunismo era harto conocido para nosotros. Tanto que, a veces, nos reconocíamos en algunos de sus personajes, incluso muchos años antes que nos viéramos en situaciones similares. La cuestión estaba en el modo de narrar del escritor checo, en su filosofar sobre las cosas que constituían nuestra amarga cotidianidad. Los aspirantes a escritores nos retorcíamos de envidia y ansiedad cuando descubríamos que, disponiendo de vivencias similares, no éramos capaces ni remotamente de escribir como él.

Alguna vez, luego de leer los primeros libros de Kundera —los que hizo antes de irse de Checoslovaquia a Francia y tornarse más filosófico y universal— , y cuando me parecía inalcanzable la posibilidad de ver publicado alguno de mis libros, me pregunté si los chivatos y segurosos precisaban hablar en ruso o en algún idioma de Europa Oriental para ser peores y más creíbles villanos literarios; si sería obligatoria la nieve para dar tintes más deprimentes a episodios en los cañaverales de Matanzas, una barraca en Guane, un calabozo de la estación de policía de La Víbora o las guardias nocturnas tras la alambrada de una unidad militar al sur de La Habana.

¿Dolería más la novia que deja de ser la novia de un desviado ideológico por orientaciones de “los compañeros del Comité de Base de la Juventud Comunista” si la ruptura es a la sombra de un viejo y ruinoso castillo moravo o en una taberna de Praga y no en el muro del Malecón o en la esquina del Instituto Cepero Bonilla?

¿Y qué hay de los amigos de la beca con los que lo compartías todo y que se delataban unos a otros con entusiasmo —nos enseñaron desde pequeños que era nuestro deber delatar— en las asambleas de análisis de grupo? Ellos sabían todo sobre ti: las muchachas que ligabas, con quien te reunías, si leías  libros prohibidos y revistas extranjeras, preferías la música americana y sintonizabas la WQAM, si conocías a maricones o cometías la osadía de escribir cartas a familiares en Miami. ¿Cómo no  saberlo todo si compartíamos la ropa, los zapatos, el hambre, los cigarros y hasta el exiguo goteo de la ducha cuando quitaban el agua y nos quedábamos enjabonados?

En un albergue estudiantil similar se pudo producir o no, en 1950, la delación de Kundera. Estaba muy reciente la instauración por el Ejército Rojo de la “democracia popular” en Checoslovaquia y cualquier adoctrinado joven militante comunista creía su deber “la defensa del estado proletario contra los enemigos de clase”.

Prefiero pensar que alguien —como un personaje salido de La Broma, su primera novela— quiso vengarse de Kundera por algún oscuro motivo e inventó la historia de la delación. Algo de cierto pudo haber tenido a mano. El odio o la envidia pusieron el resto. O puede que, efectivamente, el joven Kundera delatara por miedo, porque lo forzaron a hacerlo, porque pensó que era su deber de comunista, etc.

Bajo los regímenes totalitarios, todos somos víctimas y victimarios; todos somos culpables, en mayor o menor grado, de las sociedades en que ¿vivimos?

Parece inevitable que cuando acaban estos regímenes y se abren los archivos de la policía política, aparezcan siempre muchas feas sorpresas.

Los que estamos advertidos de los horrores del comunismo porque los sufrimos en carne propia, y lo que es peor, en el alma, hace ya mucho que absolvimos a Kundera, si es que tuvo alguna culpa. Ni siquiera lo juzgamos. Solo por sus libros. Y lo que es más, hace muchísimo tiempo que le concedimos el Nobel que no quisieron darle en Estocolmo.


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Alejandro Ríos: Entre el rigor intelectual de Milan Kundera y Amaury Pérez transfigurado en Liza Minnelli

 Tomado de https://www.cubanet.org/

Entre el rigor intelectual de Milan Kundera y Amaury Pérez transfigurado en Liza Minnelli

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Un recorrido sucinto por la información cultural de medios electrónicos del régimen manifiesta la decadencia y anacronismo de los intereses oficiales cubanos

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Por Alejandro Ríos

13 de julio, 2023 

MIAMI, Estados Unidos. – En circunstancias ideales, el fallecimiento de Carlos Alberto Montaner y de Umberto Peña, recientemente, hubiera repercutido, como es merecido, en la clase intelectual cubana. 

Los creadores de la Isla ahora mismo, sin embargo, se preocupan por arbitrariedades que sufren “los suyos”: un distinguido humorista y actor que ha caído en desgracia ―José Fernández Era― y Ángel Kike Díaz Núñez, titiritero, querido entre los niños, expulsado de su sitio laboral por falta de preparación académica y luego redimido ante las protestas virtuales de sus congéneres.

Peña se desvanece. Pocos pintores cubanos de las novísimas generaciones, posteriores a la emblemática de los años 80, le rinden el tributo público justo; y la grandeza de Montaner sufre la mezquindad operativa del castrismo ―el asesinato de carácter―, a la hora de fulminar a sus enemigos inteligentes. 

Los creadores atrapados en la telaraña de la indigencia, acostumbrados a los mendrugos del viaje al extranjero, de la próxima película autorizada o el nuevo libro a publicar, prefirieron aceptar la acusación de “agente de la CIA”, esgrimida por la dictadura, e irrespetar al intelectual que más reflexionó sobre la necesidad de libertad y democracia en la Isla.

El miedo y la cautela siguen primando “dentro de la Revolución”. Los cineastas han logrado reunirse con los cancerberos ideológicos del régimen. Los encuentros son resumidos en notas oficialistas que no reflejan lo que ocurre realmente en los cónclaves. Hasta ahora no se habla del regreso de la Muestra Joven ICAIC y las disculpas públicas para el cineasta Juan Pin, por los atropellos sufridos, siguen ausentes.

Un recorrido sucinto por la información cultural de medios electrónicos del régimen manifiesta la decadencia y anacronismo de sus intereses.

En el mismo sitio donde el dictador Fidel Castro solía publicar sus monsergas, Amaury Pérez, se explaya sobre el placer de disfrutar a la diva Liza Minnelli en vivo, con entradas de $120 cortesía de su cuñado, el pintor Ulises González.  

En su arrebato descriptivo, Pérez encuentra semejanzas con la emblemática cantante y actriz: “Los dos, Liza y yo, crecimos en un mundo encantado y oloroso (con sus diferencias, claro) donde el canutillo, la lentejuela, el maquillaje, los encajes y las joyas eran más comunes que el pan y el arroz”.

En medio de tanta frivolidad y falta de principios, en las antípodas, corre la noticia del fallecimiento del escritor Milan Kundera a los 94 años, a quien también debimos leer a escondidas en Cuba.

Sus novelas La insoportable levedad del ser, La broma y La inmortalidad, entre otras, colocan al individuo en el profundo tormento de la encrucijada totalitaria y existencial.

Cuánto placer y certeza el haber podido leer en la soledad de la debacle cubana a aquel autor que nos adentró en lo que siempre sospechamos: la imposibilidad de concertar el “socialismo con rostro humano”, que sus mismos compatriotas especularon antes de ser aplastados por tanques rusos en 1968.

Suspicazmente Kundera no obtuvo ni el Premio Nobel ni el Príncipe o Princesa de Asturias, concedidos a otros escritores de méritos menores. 

Desde 1975 el régimen de Checoslovaquia lo empujó al exilio. Kundera se estableció en Francia como tantos otros intelectuales que debieron lidiar con crímenes y abusos de varios de los siniestros “ismos” emergidos en la vieja Europa durante el siglo XX. La dictadura comunista también lo despojó de su ciudadanía.

Al cumplir 94 años y gracias a ingentes gestiones de su esposa, la Biblioteca Nacional de Brno ―ciudad donde nació el escritor― abrió una sección dedicada al regreso de su hijo pródigo, donde figura un donativo personal de 3.000 libros. 

En una entrevista de 1982 concedida al diario El País, Kundera dejó bien claro parte de su designio literario, que busca la trascendencia estética y conceptual lejos de la perentoria caducidad política.

“No me siento cómodo en el papel del disidente. No me gusta reducir la literatura y el arte a una lectura política. La palabra disidente significa suponerle a uno una literatura de tesis, y si algo detesto es precisamente la literatura de tesis. Lo que me interesa es el valor estético. Para mí, la literatura procomunista o la anticomunista es, en ese sentido, lo mismo. Por eso no me gusta verme como un disidente”.

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Tomado de https://diariodecuba.com/

Prohibido grabar: En la reunión del régimen con cineastas cubanos también hubo censura

Pese a ello, el cineasta Miguel Coyula logró publicar algunos fragmentos.



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