lunes, septiembre 12, 2022

Esteban Fernández sobre LAS ESPUELAS DE HOPALONG CASSIDY

 
Tomado de https://www.facebook.com/

LAS ESPUELAS

Por Esteban Fernández

12 de septiembre,2022

Ya, desde el primero de septiembre de 1953, comencé a elucubrar lo que quería para mi cumpleaños y como era un fanático de la serie del cowboy Hopalong Cassidy llegué a la conclusión que lo que quería ese año eran unas espuelas de plata como las de él.

Cuando les expresé mi deseo a mis padres, mi madre puso cara de sorpresa, mi hermano se burló y mi padre lanzó una bocanada de humo de su tabaco Pita y me preguntó “Esteban de Jesús ¿Dónde tu tienes pastando a tu caballo?”

La pregunta me cogió “de atrás pa’lante”, pero como yo era un niño con “insistente y abrumadora precocidad” le respondí rápidamente: “Bueno, el caballo lo quiero para el día de los Reyes Magos”…

Y para ponérselas más difícil les dije: “Y… no las quiero rudimentarias como las que utilizan los guajiros de las zonas rurales sino COMO LAS QUE USA HOPALONG CASSIDY”...

Mi estoica madre no dijo ni pío, se sonrió sabiendo que sería un problema para resolver de mi padre, cogió un cubo de agua, le echó un poquito de creolina, lo vació en el portal, y se puso con un trapeador a darle brillo al cemento de la casita de Pinillos 463 casi esquina a Soparda... Le encantaba cuando yo se la ponía difícil a papi…

Al otro día mi padre se montó en la Ruta 33 y se fue para La Habana Vieja a ir de tienda en tienda buscando “unas espuelas como las de Hopalong Cassidy”… Siempre con la obsesión de complacer al que cariñosamente llamaba “un mojón muy atrevido” …

El día de mi cumpleaños fui abriendo poco a poco dos o tres regalos, un poco decepcionado no vi las espuelas, no me quejé porque sabía que era una labor semi imposible encontrarlas como yo las quería, pero… NADA ERA IMPOSIBLE PARA MI PADRE.

El viejo me dijo: “Estebita, tráeme el Diario de la Marina que está en la saleta” y ahí envueltas ¡encontré mis espuelas¡” No eran de plata, parecían unas reliquias, pero agradecí eternamente el esfuerzo.

Me disfracé de cowboy, me las puse y me estuve mas de dos semanas sin quitármelas, solo para ir al Colegio Americano -porque el director, el Sr. Raúl P. Guitart, no me las permitió- pero así andaba por todo el barrio molestando a todo el mundo con el ruido que hacían mis espuelas, y desde luego, arrebatando a mi madre cuando andaba por toda la casa con ellas puestas.

Estaba mi padre sentado en el portal y le pregunté: “¿Las conseguiste en La Habana?” Y me respondió: “No, tuve que ir al viejo Oeste de los Estados Unidos y le supliqué a William Boyd (alias Hopalong Cassidy) que me las regalara ¿ya estás contento?”

Me reí y le dije: “Sí, mucho, viejo, pero no olvides que ahora me tienes que conseguir el caballo, le vamos a poner "Topper" como el de Hopalong” …

EN MEMORIA

Y.. un día como hoy 12 de septiembre de 1972, a los 77 años falleció WILLIAM BOYD…¡Hopalong Cassidy!

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lunes, noviembre 08, 2021

PAF in memoriam. Miguel Sales Figueroa sobre el fallecimiento de los poetas Raúl Rivero y Pablo Armando Fernández


PAF in memoriam

Por  Miguel Sales Figueroa

7 de noviembre, 2021

Esta semana fallecieron dos poetas cubanos de vidas paralelas, aunque de signos opuestos.

Raúl Rivero murió en Miami, tras haber pasado por la cárcel en la Isla y el exilio en Europa y la Florida. De poeta militante y funcionario del régimen, Rivero evolucionó hacia la libertad y llegó a ser uno de los disidentes más notorios y eficaces del país. Pablo Armando Fernández dejó de existir en La Habana, tras haber vivido parte de su juventud en Estados Unidos y luego regresado a Cuba, donde sirvió abyectamente al castrismo durante más de 60 años. 

Conocí al primero en París, durante la visita que realizó para recibir el premio Guillermo Cano, que la UNESCO otorga a los defensores de la libertad de prensa.  En otra ocasión escribiré más largo sobre esta anécdota.

Al segundo, no tuve ocasión de tratarlo, pero sí leí algunos de sus versos. En particular, me impresionaron los que dedicó a Fidel Castro, cuando el Comandante Único tropezó y se rompió la rótula al terminar un discurso en Santa Clara. Con motivo del percance, Fernández escribió un poema titulado Cantar por fe (para Fidel), que el diario Granma (palabra que en inglés designa coloquialmente a la abuelita) publicó en primera plana en su edición del 10 de noviembre de 2004. 

(Pablo Armando Fernández y Raúl Rivero Castañeda) 

Entre sus hallazgos estéticos más deslumbrantes, las estrofas proclamaban: “Suele la luz exigir / de quienes ella ha tocado / con el don de difundir / su lumbre atención, cuidado / de átomos que representan / su divinidad…/ Al caer no hubo tropiezo / ni resbalón, fue advertencia. / No te es dable descender / contigo todo es ascenso…”. Los elogios babosos se sucedían más o menos en el mismo tono a lo largo de toda la composición.

En respuesta, le dediqué estas décimas que figuran en la página 118 de mi libro La balsa de papel. Crónicas del tardocastrismo:

“Pablo Armando, la espinela

que publicó la abuelita

es sólo prosa marchita.

Para honrar la choquezuela

del César que periclita,

te sacaste del tras(t)ero 

un quintal de naftalina,

pero se te ve el plumero

con tanto elogio insincero,

con tanta alabanza fina.


Querías darle en la vena

del gusto al viejo tirano,

pero se te fue la mano

y tu abyección te condena.

Ahora dan vergüenza ajena

esos ripios que compones

inclinando la testuz,

pues le ronca los cojones 

que con tantos apagones

digas que Castro da luz”.

Meses después le recité los versos a Raúl, que rió a carcajadas mientras compartíamos una choucroute con los escritores Denis Rousseau, Corinne Cumerlato y Jacobo Machover en un restaurante de Estrasburgo. Fue un encuentro memorable, del que Jacobo dejó constancia en una larga entrevista, en la que nos pidió que comparásemos las experiencias del presidio político cubano de dos periodos sucesivos, antes y después de 1978.

Pero eso es otra historia. 

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Precuela y epílogo de PAF in memorian (solo para iniciados)

Por Miguel Sales Figueroa

8  de noviembre 2021

En el texto anterior sobre Raúl Rivero y Pablo Armando Fernández dejé al margen el prólogo y el epílogo de la historia, porque me conciernen más a mí particularmente que a ellos. Y el propósito del artículo era destacar la coincidencia alsaciana que ocurrió entre ambos en torno a unos versos míos y la segunda coincidencia de que los dos fallecieran casi al mismo tiempo. A petición de algunos lectores curiosos, completo el cuento:

El origen del asunto fue el tropiezo que Fidel Castro sufrió en Santa Clara el 21 de octubre de 2004, que lo despachó al hospital con múltiples lesiones. Al día siguiente del percance newtoniano, le dediqué el siguiente soneto:


“A los pies de la estatua del bandido

que el centro de la Isla nos mancilla,

resbaló el dictador y la rodilla

y el codo en el percance se ha partido.


El gozo y el temor, por un instante,

dejaron sin resuello al personal.

Más de uno pensó que era el final,

al ver despatarrado al Coma Andante.


El Granma explica hoy, en plúmbeo texto,

que se quebró la chueca, pero el resto

del viejo rufián no sufre mengua.


El pueblo combatiente, consternado,

lamenta que no se haya fracturado

además de la rótula, la lengua”. 


El poema circuló bastante en Internet y -me consta- no fue del agrado de las autoridades cubanas.

Poco después apareció en Granma la oda ditirámbica que Fernández le dedicó a Castro. Pudo haber sido un gesto de desagravio, consecuencia indirecta de mi soneto, o un simple espejismo mío de post hoc ergo propter hoc. Por siaca, tercié en la controversia con los contraversos -las décimas criollas- que reproduje en el artículo anterior.

El epílogo llegó unos meses después y está contado en el artículo Cebras letales, que figura en la página 41 del mismo libro (La balsa de papel. Ed. Hypermedia, 2018). 

Una camioneta no identificada se saltó un semáforo y estuvo a punto de atropellarme en un paso de cebra, frente el edificio donde vivía, en la intersección de dos grandes avenidas parisinas muy bien iluminadas. Luego, hojeando los archivos, descubrí que el número de accidentes automovilísticos ocurridos a disidentes cubanos de segunda y tercera fila superaba cualquier probabilidad estadística, tanto en la Isla como en el exilio. El poeta y sacerdote Miguel Ángel Loredo, el pintor Guido Llinás, el activista Miguel Sigler, el ex ministro Manuel Sánchez Pérez, la ex diplomática Martha Frayde, el escritor Carlos Eire, y un largo etcétera de casos apuntaban a una reiteración sospechosa, que todavía hoy considero producto de agresiones planificadas por los servicios policíacos de La Habana. ¿Tuvo aquel incidente algo que ver con la controversia poética sobre el percance del Coma Andante? ¿O solo fue otro caso más de post hoc, ergo propter hoc?

Quizá nunca llegue a saberse. O tal vez algún día se abran los archivos de Villa Marista, como en su día se abrieron los de la Stasi y el KGB, como anchas alamedas por las que pueda transitar la verdad, sin peligro de que la aplaste un sicario ebrio, al volante de una camioneta.

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