martes, julio 07, 2020

Las conexiones castristas del magnicida de Dallas (II). Jacobo Machover sobre el asesinato del Presidente John F. Kennedy. Lee Harvey Oswald en las representaciones diplomáticas de la Unión Soviética y de Cuba en México


Las conexiones castristas del magnicida de Dallas (II)

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En las representaciones diplomáticas de la Unión Soviética y de Cuba en México
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Lee Harvey Oswald, tercero a la izquierda, distribuyendo panfletos de Fair Play for Cuba en New Orleans, 16 de agosto de 1963.

Por Jacobo Machover
París
06/07/2020

La participación documentada de Lee Harvey Oswald en el Fair Play for Cuba Committee fue su principal credencial para acercarse a los diplomáticos cubanos durante el viaje a México que emprendió meses más tarde, entre el 26 de septiembre y el 3 de octubre, cuando ya había abandonado New Orleans y dejado allí a su esposa Marina, con quien tenía serios problemas conyugales, para instalarse en Fort Worth y luego en Dallas.

El objetivo del viaje a México de Lee Harvey Oswald era poder ir a Cuba. O recibir un respaldo a su proyecto.

La visita a la legación de la Unión Soviética en el Distrito Federal, situada a dos cuadras de la de Cuba, no fue sino un pretexto, o una tapadera. Oswald habría podido viajar directamente a la URSS, con quien Estados Unidos mantenía relaciones diplomáticas normales, desde varios aeropuertos americanos, sin necesidad de trasladarse a otro país, a condición de conseguir una visa, claro. No era el caso de Cuba, desde la ruptura de las relaciones diplomáticas el 3 de enero de 1961, pocos días antes de que Kennedy le sucediera a Eisenhower en la presidencia.

Su embajada y su consulado se encontraban en el mismo edificio, en el Distrito Federal. Desde su expulsión, provocada por la intromisión en varios países a través de expediciones guerrilleras, de la Organización de Estados Americanos, la OEA, en enero de 1962, por 14 votos a favor, 1 en contra (Cuba) y 6 abstenciones, entre ellas la de México, ese país se había vuelto el principal contacto del subcontinente con la Isla. De hecho, nunca rompió sus relaciones diplomáticas con el régimen castrista. La legación diplomática cubana cumplía pues un papel fundamental en América latina. Era también un nido de espías, de agentes de la Dirección General de Inteligencia, la DGI, a muy alto nivel.

La expedición inmediata de una visa por la Unión Soviética le fue denegada, algo que Oswald se podía haber imaginado perfectamente, ya que había residido allí y frecuentado varios cuadros del Partido comunista, a los que consideraba como unos burócratas privilegiados.

Tampoco podía pensar que la fuera a conseguir, así como así por parte de las autoridades cubanas. El haber formado parte del Fair Play for Cuba Committee no era una credencial suficiente.

¿Qué fue entonces a hacer en el consulado? Ese es el principal misterio en torno a las relaciones de Oswald con la Cuba castrista.

Varias versiones, contradictorias, han sido dadas a conocer.

(Lee H. Oswald y su esposa Marina, hija de un alto oficial de la KGB de ahí que seguro Oswald fue objeto y objetivo de investigaciones y de análisis por parte de la KGB. Comentario e imágenes añadidas por el Bloguista de Baracutey Cubano)

Una es la de Gilberto Alvarado, un revolucionario nicaragüense que afirmaba encontrarse en el edificio diplomático cubano cuando vio una extraña transacción entre Lee Harvey Oswald (lo reconoció por las fotos publicadas después del magnicidio y de su propio asesinato por Jack Ruby) y un agente secreto, negro y pelirrojo, un jabao, lo que no es tan común. Este la habría remitido una suma de $6.500 en total, $1.500 para sus gastos inmediatos, $5.000 como adelanto para matar a alguien, según había podido escuchar. El intercambio habría tenido lugar alrededor del 18 de septiembre. Sin embargo, en esa fecha, Oswald no se encontraba en México sino en New Orleans. Llegó allí solo una semana más tarde, el 26 de septiembre. ¿Pudo haber una confusión en las fechas? Tal vez. Pero, interrogado más tarde por la CIA, Alvarado se retractó, antes de volver a su versión inicial y de retractarse otra vez. Se trataba, pues, de un testigo poco fiable.

Otra versión es la de Sylvia Durán, ciudadana mexicana, empleada en el consulado de Cuba. Era una militante comunista, casada con un mexicano, también comunista, absolutamente digna de confianza por parte de las autoridades castristas. En el Warren report se le designa como «Senora Duran». Su testimonio fue una de las piezas fundamentales para descartar la eventual implicación de las autoridades castristas en el asesinato de Kennedy. Fue interrogada una primera vez por la policía mexicana y luego, al haber intentado abandonar el país con destino a Cuba, una segunda vez, el 27 de noviembre, por Luis Echeverría, futuro presidente de la República, anteriormente ministro de Gobernación. Este quedó convencido de que decía la verdad. El cónsul cubano, Eusebio Azcue López, sustituido por su sucesor, Alfredo Mirabal, quien estuvo presente también en las discusiones con Oswald, había regresado a la Isla el 18 de noviembre, cuatro días antes del trágico viernes 22. Sylvia Durán recordaba la fuerte discusión entre el cónsul Azcue y Oswald, a pesar de que Azcue no hablaba inglés y de que Oswald no hablaba español (había llevado a México un diccionario español-inglés). El cónsul le habría dicho que gente como él (Oswald) le hacía daño a la revolución y que, mientras él ocupara el puesto, no se le extendería ninguna visa.

Oswald, sin embargo, pudo rellenar un formulario de solicitud de entrada, que fue enviado al Ministerio de Relaciones Exteriores en La Habana. La respuesta, que fue comunicada a la Warren Commission, habría llegado el 5 de octubre, concediendo la autorización de pasar por territorio cubano solamente si la Unión Soviética le extendía una visa definitiva.

Los documentos presentados, tanto la solicitud como la respuesta oficial, no son originales sino traducciones al inglés, lo que plantea serios interrogantes sobre su fiabilidad. Además, es absolutamente inverosímil que el plazo entre la solicitud, de fines de septiembre–principios de octubre, haya sido tan corto, apenas unos días. Cualquiera que conozca un mínimo la burocracia cubana y el tiempo necesario a la administración para dar una respuesta a sus ciudadanos o a los extranjeros sabe que eso toma meses, a veces años, o ni siquiera llega. Esas planillas han sido sin duda elaboradas a posteriori, después del asesinato de Kennedy.

Extrañamente, en la conclusión del capítulo VII del informe de la Warren Commission, la militancia de Lee Harvey Oswald a favor del castrismo no está ni siquiera mencionada. El escrito prefiere poner el acento en las características psicológicas de la persona, a quien consideraba como un fracasado y un frustrado. Y eso que, en los interrogatorios por la policía de Dallas, el FBI y los agentes secretos enviados a la ciudad a raíz de su detención en la tarde del 22 de noviembre hasta su asesinato por Jack Ruby el 24 de noviembre, en medio de varias denegaciones y mentiras («fakes», sic), parecía ser su título de gloria, el aspecto que no vacilaba en poner de relieve. Era su justificación par el asesinato del presidente, no por tratarse de Kennedy contra quien no sentía una animosidad personal sino por la función misma, la máxima autoridad de esos Estados Unidos que despreciaba u odiaba, ya desde que ingresó en el cuerpo de los marines. Eso demuestra una coherencia marxista (aunque no «marxista-leninista», tal como se lo afirmó durante su interrogatorio al miembro del Secret Service Thomas J. Kelley) a toda prueba. Hay una lógica política muy coherente en el recorrido de Oswald, desde la adhesión al comunismo ortodoxo soviético hasta su alejamiento de esa opción, para elegir una vía más revolucionaria, en la doctrina y en la práctica, hasta la lucha armada: el castrismo.

Fidel Castro en persona, después de haber aludido a la vista de Oswald a la sede diplomática en México, en sus discursos del 23 y 27 de noviembre en La Habana, rechazando naturalmente cualquier tipo de implicación, se reunió en 1964 con un consejero negro de la Warren Commission, William Coleman. La entrevista se desarrolló en un yate y duró tres horas, según Peter Kornbluh, un especialista de la acción de la CIA a partir de sus documentos desclasificados, particulararmente durante los acontecimientos de Bahía de Cochinos[1], quien publicó esa información en 2013 en el diario mexicano La Jornada, retomada en 2015 por el sitio web digital oficialista Cubadebate. Poco tiempo para una conversación con el Comandante en jefe, experto en convencer a sus interlocutores en casi cualquier circunstancia. Coleman salió persuadido de que decía la verdad: no estaba implicado en el asesinato.

[1] Cfr. Peter Kornbluh, Bay of Pigs declassified. The secret CIA report on the invasion of Cuba, New York, The New Press, 1998.

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sábado, julio 04, 2020

Las conexiones castristas del magnicida de Dallas (I). Jacobo Machover sobre el asesinato del Presidente John F. Kennedy



Las conexiones castristas del magnicida de Dallas (I)

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Interrogantes sobre el asesinato de John F. Kennedy y sus relaciones con el gobierno cubano. Un texto en varias partes
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John F. Kennedy en Dallas.

Por Jacobo Machover
París
03/07/2020 

Nunca se conocerá la verdad sobre el asesinato del presidente John F. Kennedy en Dallas, Texas, el viernes 22 de noviembre de 1963. El informe oficial de la Comisión Warren[1] no ha permitido establecer las responsabilidades, ya que el supuesto culpable, Lee Harvey Oswald, fue a su vez asesinado menos de 48 horas después por Jack Ruby. Oswald habló ante los investigadores, pero los datos que libró fueron insuficientes para establecer sus reales motivaciones y sus conexiones con la Unión Soviética y Cuba. Sin embargo, su simpatía hacia la revolución castrista era manifiesta, a la par de su desilusión con el comunismo imperante en la Unión Soviética, donde había vivido dos años y medio, entre octubre de 1959 y junio de 1962, y contraído matrimonio con Marina N. Prusakova —con quien tuvo dos hijos—, antes de regresar a Estados Unidos.

Un marxista heteroxo

Marxista, Oswald lo era desde su estancia en el cuerpo de los marines en Estados Unidos. Su viaje a la URSS tenía como objetivo primero proclamar su rechazo al «imperialismo americano». Pero era una deserción de poca monta para el Partido Comunista de la Unión Soviética. En realidad, no era un comunista ortodoxo. Había sido profundamente marcado por la lectura de 1984, de George Orwell[2], mientras aún estaba en los marines, a los que hablaba de sus convicciones marxistas y, en cierto sentido, anti-stalinistas, sin tapujos. Le atraía la guerrilla castrista, como a varios de sus compatriotas (tales Herman Marks, cuya «especialidad» era dar el tiro de gracia a los fusilados en la fortaleza de La Cabaña, bajo las órdenes de Ernesto Che Guevara, a partir de la toma del poder en 1959, desaparecido luego de Cuba sin dejar huellas, o el comandante William Morgan, fusilado más tarde por Fidel Castro, contra quien complotaba, en abril de 1961, a raíz de los combates de Bahía de Cochinos). La opción castrista, opuesta a la de Nikita Kruschov, sobre todo después de la crisis de los misisles de octubre-noviembre de 1962, era mucho más exaltante, orientada hacia la lucha armada en América latina y, ¿por qué no?, en Estados Unidos. A su hermano Robert, le escribía desde la Unión Soviética: «In the event of war I would kill any american who put a uniform on in defence of the american government —any american» (sic). El intento posterior de asesinato a través de una mirilla telescópica, el 10 de abril de 1963, del general Edwin Walker, candidato demócrata racista y extremista a la gobernación en Texas frente al entonces republicano John Connally, pero partidario de Kennedy, quien fue herido en el auto que también transportaba en Dallas a su esposa y a John y Jacqueline Kennedy, se enmarca en esa idea de que todos los americanos eran culpables de la política de su país. La militancia en un grupúsculo como el Communist Party o en el Socialist Workers Party, cercano a las tesis de Trotski, más afín a su orientación crítica, era poco satisfactoria. Además, había roto de facto con su sueño soviético en medio de su larga estancia allí, hasta el punto de cometer un intento de suicidio anunciado en su Historic Diary: «I am shocked!! My dreams!» La estrategia de Nikita Kruschev después de la crisis de los misiles no concordaba con sus opciones guerreras.

La ayuda a la revolución y su participación en ella, tal vez en alguna operación guerrillera en América latina, eran su meta confesada. Uno de los seudónimos, práctica común en las organizaciones de extrema izquierda, que utilizó, «Hidell» —entre otros muchos, «Osborne», «D.F. Drittal», «Lt. J. Evans», y también simples variaciones sobre sus nombres y apellido reales, «H. O. Lee» por ejemplo—, lo eligió, según su esposa, porque rimaba con «Fidel». Hasta concibió el proyecto, ya en 1963, abortado por Marina que consideraba que se trataba de una locura, de secuestrar un avión de línea para hacerlo aterrizar en la Isla, algo bastante común por aquellos años.

Fair Play for Cuba Committee

Lo esencial de su acción se desarrolló en el seno del Fair Play for Cuba Committee, en New Orleans, Louisiana, hasta por lo menos agosto de 1963, pocos meses antes del magnicidio, y se prolongó, nominalmente, hasta el 1° de noviembre, fecha en la que abrió un apartado postal en Dallas, Texas, a su nombre, al del American Civil Liberties Union y al del Fair Play for Cuba Committee.

Creado en abril de 1960 en New York, el Fair Play for Cuba Committee fue una especie de caballo de Troya del castrismo dentro de Estados Unidos. Contó para su creación con el respaldo de intelectuales americanos como los novelistas Norman Mailer y James Baldwin o los integrantes de la beat generation Lawrence Ferlinghetti y Allen Ginsberg —quien fuera expulsado de Cuba años más tarde, al emitir críticas hacia Fidel Castro y bromas sobre Raúl Castro y Che Guevara y relacionarse con poetas reprimidos—, o el filósofo francés Jean-Paul Sartre, quien acababa de efectuar un periplo de un mes en la Isla y de publicar una serie de 16 artículos ditirámbicos sobre Fidel Castro en el diario France Soir bajo el título de Ouragan sur le sucre (Huracán sobre el azúcar en su edición en un solo volumen en español). Prueba de la importancia, al menos simbólica, ya que no contaba con una numerosa membresía, del Comité. Castro aún no había decretado que su revolución era «socialista» ni que él era comunista. Sólo lo haría en 1961. Pero las relaciones con Estados Unidos ya se estaban degradando a medida que las relaciones con la URSS se venían fortaleciendo, después de un período de relativa indulgencia después de la caída de Fulgencio Batista el 1° de enero de 1959. Quien lanzaría los ataques más duros contra el régimen castrista establecido a corta distancia de las costas americanas era el que iba a ser designado candidato del Partido Demócrata para las elecciones presidenciales de noviembre, John F. Kennedy, apoyado por su hermano Robert, frente a su rival republicano, el vicepresidente de Dwight Eisenhower, Richard Nixon. Nixon, en los debates televisivos que lo opondrían a Kennedy, se mostraría mucho más moderado, ya que tenía que guardar el secreto sobre el desembarco que estaba preparando la administración republicana. Parte de la elección presidencial, con resultados extremadamente reñidos, se jugaría sobre el tema cubano. Desde el inicio, pues, contrariamente a Nixon, que había recibido al líder revolucionario triunfante en la Casa Blanca en abril de 1959, Kennedy mostró una posición resueltamente hostil hacia Castro.

La creación del Fair Play for Cuba Committee fue una creación genuinamente procastrista, por parte de una intelligentsia que consideraba con simpatía una revolución que se presentaba como antiimperialista, pero no comunista. Su lema: «Hands off Cuba!»[3] («Manos fuera de Cuba»). A pesar de sus reducidas tropas, el comité tuvo un papel fundamental en abril de 1961, en el momento más álgido de los enfrentamientos en Bahía de Cochinos.

En efecto, entre el 16 y el 19 de abril, mientras los combatientes cubanos anticastristas de la Brigada 2506 reclamaban el apoyo aéreo prometido por Kennedy para destruir los aviones gubernamentales castristas que los estaban bombardeando, una manifestación, poco importante pero que tuvo gran repercusión internacional, se desarrolló ante la sede de las Naciones Unidas en New York, convocada por dicho comité. Esa protesta bastó para que Kennedy renunciara a la intervención de la aviación y de la marina estacionada frente a la costa sur de Cuba.

Altercado con anticastristas en New Orleans

Lee Harvey Oswald apareció espectacularmente en el historial público del Fair Play for Cuba Committee el 9 de abril de 1963, entre su retorno de la Unión Soviética, en junio de 1962, y el asesinato de Kennedy, en noviembre de 1963. Varias imágenes lo muestran enarbolando carteles con el ya clásico «Hands off Cuba!» y distribuyendo panfletos. En una de ellas, se encuentra frente a tres exiliados anticastristas, miembros del Directorio Revolucionario, Celso Hernández, Miguel Cruz y Carlos Bringuier, abogado en Cuba antes de salir para el exilio y autor de varios libros posteriores sobre las relaciones entre el castrismo y Oswald[4]. Ese día hubo un altercado entre Oswald y los militantes del Directorio, que terminó con la detención de los cuatro protagonistas. Pero el único que fue declarado culpable y multado por la policía —con la cantidad irrisoria de diez dólares— fue Oswald.

Pocos días antes, el 5 de agosto, hubo un extraño encuentro en el interior de la tienda de ropa de Bringuier, Casa Roca, que fungía como sede del Directorio Revolucionario y de otras organizaciones del exilio. Oswald había entrado a ofrecerse, por su conocimiento del manejo de armas, para una operación para derrocar a Castro, dejándole en la tienda una guía para los marines. El ofrecimiento fue rechazado por Bringuier. No se trataba simplemente de uno de los vaivenes ideológicos de Oswald sino, probablemente, de un intento —fallido, por impreparación política y linguística: Oswald no hablaba para nada español— de infiltrar al enemigo, una política extendida y permanentemente glorificada por la revolución cubana. Su posterior aparición en una calle de New Orleans con carteles procastristas era más bien una provocación, poco hábil, destinada a mostrar a qué bando pertenecía y a darles garantías a los dirigentes y representantes de la revolución cubana de su determinación a luchar por todos los medios en su favor. Pero en silencio no había podido ser[5].

El altercado causó cierto revuelo en New Orleans. El 13 de agosto una televisión lo fue a filmar distribuyendo los panfletos de su organización, del que él era el único integrante en New Orleans: no eran muchos los anticastristas convencidos en Estados Unidos. Lee Harvey Oswald fue entrevistado por una radio local y, pocos días más tarde, el 21 de agosto, invitado a participar en un debate frente a Carlos Bringuier, a lo que accedió. En el transcurso del debate, atacó duramente al presidente John F. Kennedy, pero quedó mal parado por tener que responder de su estancia anterior en la Unión Soviética.

Al enterarse del atentado contra Kennedy el 22 de noviembre, Carlos Bringuier quedó convencido de que la acción del hombre con quien se enfrentó en New Orleans estaba dirigida por Fidel Castro en persona. Su opinión ante la Warren Commission no fue considerada en ese aspecto, aunque sí su testimonio sobre sus encuentros con Oswald, que constituyó uno de los elementos esenciales para determinar sus ideas políticas. Por su parte, el fiscal, District Attorney, de New Orleans, Jim Garrison, desestimó sus declaraciones, concluyendo de sus interrogatorios que eran el vicepresidente Lyndon B. Johnson y el director de la CIA, J. Edgar Hoover, quienes se aprovechaban del asesinato del presidente[6].

[1]Report of the Warren Commission on the assassination of President Kennedy, New York, Bantam Books, 1964.
[2] George Orwell, 1984, London, Sexker and Warburg, 1949.
[3] Los castristas y sus seguidores tienen muy poca imaginación. En enero de 2019, el presidente venezolano Nicolás Maduro retomaba esa consigna: «Donald Trump, hands off Venezuela!» Le había sido dictada, sin lugar a dudas, por su mentor Raúl Castro.
[4] Carlos Bringuier, Red Friday, 1969, Operación Judas, Miami, Universal, 1993, Crime without punishment, 2013.
[5] La infiltración en los medios anticastristas del exilio es uno de los métodos más comunes de la revolución, tal como se ve en la serie de la televisión cubana En silencio ha tenido que ser, o con la Red Avispa, que desembocó en el encarcelamiento y la condena en Estados Unidos entre 2001 y 2014 de varios espías, considerados y glorificados como «los cinco héroes» por el gobierno de la Isla, que dio lugar en 2019 a una película propagandística de Olivier Assayas.
[6] Jim Garrison, A heritage of stone, New York, Paperback, 1970.

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viernes, marzo 01, 2019

La fijeza reveladora (IV). Alejandro González Acosta con reflexiones y escolios en cuatro partes a propósito de Los últimos días de Batista. Contra-historia de la revolución castrista, de Jacobo Machover



La fijeza reveladora (IV)

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Reflexiones y escolios en cuatro partes a propósito de Los últimos días de Batista. Contra-historia de la revolución castrista, de Jacobo Machover
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Por Alejandro González Acosta
Ciudad de México
01/03/2019

Machover reseña con grandes pero reveladores trazos lo que fue La Habana en los años inmediatos anteriores al desastre progresivo de 1959. La capital cubana era como la Ciudad Maravilla, la Ciudad Esmeralda del Mago de Oz, el París de las Américas —así se le conocía— con tiendas como El Encanto y su Salón Francés, y las exclusivas de Christian Dior, Flogar, Fin de siglo y La Época... Una urbe repleta de vida y de esperanza, movida por una fiesta perpetua y con sueños de grandeza…

El hedonismo pagano fue abatido por la austeridad: una rencorosa Esparta santiaguera siempre desplazada de la historia, sometió finalmente a una Atenas habanera, hedonista y despreocupada. Aquella asombrosa Acrópolis batistiana, la Plaza Cívica, no sólo era un modelo latinoamericano excepcional en el momento (Brasilia aún ni se proyectaba, pues comenzaría apenas en 1956), sino la propuesta inicial para una reurbanización de la capital y luego de todo el país. La prenda codiciada se convirtió en el primer hurto castrista, al auto adjudicársela implícitamente y rebautizarla como Plaza de la Revolución, que era como decir, la Plaza particular de Fidel Castro. Paradójicamente, sin proponérselo, Batista fue, también, el escenógrafo de Castro, pues plantó el decorado para sus performances posteriores.

Como en tantos otros desastres, la arquitectura castrista ha sido un fracaso total, constructiva, estética y urbanistamente considerada. Un gobierno unipersonal, totalitario y absoluto, como el de Castro, desaprovechó lo único que podía justificarlo, arquitectónicamente: no debía respetar, consultar ni negociar un replanteamiento del paisaje; podía hacer y deshacer a su antojo sin nada ni nadie que lo enfrentara, como sucede en los estados de derecho democráticos; y sí hizo y deshizo, pero mal, muy mal, carente de un criterio estético —y tampoco social— para perjudicar el perfil de las ciudades cubanas con sus bodrios que, al menos, por fortuna, han sido minúsculamente escasos, lo cual es su única virtud: una ambiciosa y vanguardista Escuela de Arte, más inconclusa que la sinfonía de Schubert; un banco faraónico devenido en disfuncional hospital, que tardó en construirse más que las pirámides de Gizeh, y un restaurante leninista cuyo nombre es sinónimo del país y del efecto sobre las billeteras de sus presuntamente proletarios consumidores: Las Ruinas. El escaso resto son los galpones de los médicos de familia y las koljosianas Escuelas en el Campo, ya en franca extinción por inanición.

Nuevo Catón El Viejo, desde el fondo de su alma puritana Castro se propuso destruir hasta sus mismas bases esa Nueva Babilonia, esa Sin City luminosa, que se burló cruelmente de él tantas veces, por palurdo y desaseado, y donde recibió el más desacralizador de sus títulos, otorgado enfática y unánimemente por sus mismos compañeros de universidad: Bolae’Churre. “Delenda est Habana”, musita cada noche antes de dormirse, pistola a la cintura y con las botas puestas que no se quita ni para dormir, según testimonios creíbles, desde la lujosa Suite 2324 del Hotel Habana Hilton, recién inaugurado por sus laboriosos financieros, los afiliados del Sindicato de Trabajadores Gastronómicos de la República de Cuba, sus verdaderos dueños, y no Mr. Conrad Hilton, propietario sólo de la franquicia.

Sin buscarlo ni quererlo inicialmente, Cabrera Infante resulta al final el entusiasta trovador melancólico de La Habana de Batista (a quien combatió y criticó acerbamente, pecado juvenil que después pagará con creces junto con otros más), no la de Castro, quien será su implacable Ángel aniquilador. El novelista, como aquel Boabdil que suspiró desde el Sillón del Moro en la Alpujarra granadina, al volverse para mirar por última vez la ciudad de la Alhambra, pudo quejarse también: “Ay, de mi Habana”. A él le tocó el papel de entonar el triste canto del cisne y, luego, retorcerle el cuello.

La muy sui generis “dictadura” de Batista es lo menos parecido a lo que en el medio latinoamericano se entiende como una dictadura clásica, de rompe y rasga y de tiempo completo, sin medida ni tasa. La Habana se mostraba como la ventana vanguardista de lo que en poco tiempo más podía ser el resto del país, un escenario de creciente y sólida prosperidad, garantizada por el cuerpo de leyes y decretos, y la creación o fortalecimiento de instituciones, cuyo funcionamiento no podría haber sido ni medianamente exitoso sin contar con virtudes políticas propicias como son una estabilidad material y seguridad jurídica. Las débiles democracias latinoamericanas de casi todo el siglo XX, no fueron en gran parte, ni son todavía, modelos de ninguna de ambas virtudes.

Un formidable espejismo para incautos revolucionarios encegueció a Cuba, o casi toda. El tóxico sortilegio y la hipnosis colectiva del nuevo encantador de serpientes, se cernió sobre todos, incluso los más despiertos, o quienes solían serlo, como Jorge Mañach o José Lezama Lima; ellos creyeron ver en el advenimiento de un salvador, una necesaria purificación redentora sustentada por un peregrino misticismo tropical, de la mano de un nuevo mayoral mesiánico y vindicador. El Ángel de la Jiribilla acudió presuroso, sonrojado, pudibundo e ingenuo, a denunciar al inquietante Bustrófedon por exhibicionismo pornográfico y atentado a la moral pública.

El primero de enero de 1959, con Castro planeando sobre el país, fue la Hora Cero de la desgracia nacional. Pretenderá entonces que la Historia comienza y termina con él, mucho antes de Fukuyama. Querrá dejarlo todo a su paso “sic tabula rasa” y sólo en eso tendrá éxito, el único triunfo palpable de su trayectoria nefasta. Así como el agua del bautismo borra todos los pecados, su revolución será la inundación purificadora, la nueva eucaristía no del pan (cada día más escaso), sino del fuego (cada momento más intenso), y suprime todas las memorias molestas: sólo sobrevivirán los recuerdos útiles para la causa, y si estos no existen, se fabricarán diligente y disciplinalmente por los nuevos escribanos aplicados, y si ya estaban, pero no resultan adecuados, se deformarán convenientemente: porque la “revolución” es dueña no sólo del futuro y del presente, sino del pasado.

El boicot de los partidos políticos contra las propuestas de negociación y acuerdo presentadas por Batista y su equipo (responsabilidad absoluta y puntual de sus líderes individuales), impidió cualquier solución civilista al conflicto creado y atizado por ellos mimos. No advirtieron en su ceguera, su vanidad, su orgullo o su mezquino egoísmo estúpido, que, de esa forma, al deslegitimar todo, se estaban también autodesligitimando y desautorizando ellos mismos. Cavaron su propia tumba, y con ella, la de la incierta y frágil república, facilitando el trabajo final del sepulturero de las instituciones que acechaba no muy lejos, Quinto Jinete del Apocalipsis, ya con la pala en la mano para entonar el requiescat in pace liberticida, definitivo y total.

La legitimidad de las elecciones de 1954 y 1958 fue dinamitada concienzuda y suicidamente por la oposición, no por Batista. Cada medida propuesta por éste para negociar el conflicto y solucionarlo, fue rápidamente ripostada con otra contrapuesta negativa y descalificadora, cerrando todas las vías de alivio patriótico del problema, y engordando el caudal de la gran inundación que vendría después, cubriendo al país. Batista sacrificó su prestigio democrático (ganado a pulso en 1940), por la efectividad política necesaria para el progreso y bienestar del país (que atropelladamente lastimaría en 1952 con el Golpe de Marzo). Buen jugador, Batista sopesó las probabilidades y colocó su apuesta: pero perdió. Sus oponentes cerraron el juego. La fortuna le fue adversa y los intereses organizados contra él y su proyecto, fueron demasiados y lo superaron ampliamente. Levantó una ola que después no pudo aplacar a pesar de todas sus concesiones. Si el juego hubiera durado más, y con otros jugadores menos peseteros, quizá habría ganado y con él, Cuba. Hoy ya no se hablaría de Batista, y casi nada de Castro.

En virtud de aportes como este de Machover y varios estudiosos más, Fulgencio Batista se aprecia cada día más con todas sus luces y sus sombras, como el más grande estadista cubano del siglo XX por su visión y proyecto, y paradójicamente, también quizá el peor político, por sus resultados.

En esta tragedia, la dramaturgia de Castro se impuso desde el principio, pues fue concebida e interpretada en tono heroico. Para la izquierda mundial, carente entonces de figuras emblemáticas (el “padrecito” Stalin había muerto en olor de maldad en 1953), fue una bendición. Joven, exaltado, con un perfil legendario, oriundo de una isla exótica que nadie ubicaba muy bien y sólo de identificaba por sus habanos, en un continente telúrico donde aunque dentro epistemológicamente dentro del mundo occidental, la prédica y la praxis racionalista nunca se asentaron debidamente ni echaron raíces profundas; de verbosidad incontenible en los tiempos cuando la televisión ya comenzaba a empujar a la radio, a pesar de sus reiterados fracasos y sus excesos peligrosos como con los misiles rusos, y el derrumbe de la patética Zafra de los Diez Millones (su primero de muchos reveces convertidos en pírricas victorias), resultó anormalmente simpático y logró grabar en la psique mundial, con el jubiloso entusiasmo colaborativo de los medios y las academia de elite, su perfil griego, despojado ya de su referente humano: se convirtió en la estatua invencible, en el monumento unipersonal de la revolución mundial y en el valor transcendido de su significado, válido por él mismo: el símbolo de sí mismo. Y por su desesperante supervivencia, en un mito; además, por su longevidad, el último de los mitos del siglo XX, que vio figuras admirables de distintos signos ideológicos, y se prolonga incluso venenosamente en el XXI.

Mañach fue uno de los primeros incautos “compañeros de ruta”, pero fue prontamente desechado; a él le seguirían muchos otros: Carlos Franqui, Guillermo Cabrera Infante, César Leante… y la lista continúa hasta hoy.

La tristemente famosa Revolución cubana, que rebasa cualquier intento de resumirla sucintamente, permanece agazapada pero activa, como arqueológica advertencia, igualmente virulenta para los ingenuos, lo cual nos recuerda con creces este oportuno libro de Machover, que desmonta acontecimientos desconocidos o desvirtuados, los cuales ofrecen nueva luz para tratar de entender mejor nuestra historia y así procurar —es sólo un ingenuo deseo vagamente optimista— no repetirla.

Último texto de la serie.

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Breve exposición sobre el régimen de Fulgencio Batista  respecto a  las elecciones generales  de 1954 y 1958
Por  Pedro Pablo Arencibia
Agosto 6 de 2016



En Cuba es bastante poco   abordado por  los medios oficiales el hecho  que Fulgencio Batista después del Golpe del 10 de Marzo  de  1952  por iniciativa propia llamó a elecciones libres, las cuales se efectuaron  en noviembre de 1954  así como el hecho de que Batista le propuso al Movimiento 26 de Julio que participara como un partido político en las elecciones de 1958 en la que él no participaría pues él no tenía ningún interés en seguir en el poder (pensaba irse al extranjero) ni la Constitución de 1940 se lo permitía, algo que ya había pasado después de terminar su satisfactorio período de Presidente constitucional (1940-1944) para el cual tuvo que renunciar previamente a su condición de militar, algo que algunos historiadores olvidan. De esos dos hechos trata este artículo, el cual está conformado por fragmentos de  tres de mis notas en el blog Baracutey Cubano.

Después del golpe del 10 de marzo de 1952 se llevaron a cabo elecciones en 1954. Batista y algunos de sus cercanos colaboradores querían convocar a elecciones lo antes posible para mostrar sus intenciones democráticas; otros de sus cercanos colaboradores le aconsejaban a Batista que esperara a que la Oposición política le pidiera convocar a elecciones. Batista se inclinó por la primera variante y convocó a elecciones para noviembre de 195A; la oposición al ver que se acercaban las elecciones y no tenían posibilidad de ganar se fue al retraimiento, pues recordaban a Batista como ¨el hombre fuerte¨ que trajo la calma a Cuba en la década de los años 30 y la Constituyente de 1939  que después de ser legítimamente elegido en 1940  había  cedido el poder a la triunfante oposición auténtica pues la reelección estaba prohibida por la Constitución de 1940, la coalición política que había constituido Batista se había resquebrajado  y Carlos Saladrigas y Zayas (tio del empresario y ex banquero Carlos Saladrigas que desde hace un tiempo  aboga  por la normalización de relaciones entre los EE.UU. y la tiranía de los Castro) no era popular en algunos sectores como lo era Batista; también buena parte del pueblo cubano recordaba el pandillismo político que caracterizó los cuatro años del Presidente Grau y los dos primeros de Carlos Prío  así como hechos de corrupción  que fueron denunciados y exagerados por el Partido Ortodoxo en su propaganda política y sobre todo prelectoral y electoral, pues los últimos dos años de Carlos Prío, al desarrollar la política de ¨Los Nuevos Rumbos¨ había sido muy diferente de manera positiva a los dos primeros. Ramón Grau San Martín fue el último al irse al retraimiento, al irse dos días antes de las elecciones donde no tenía ninguna posibilidad de ganar;  Ramón Grau San Martín, planteó que las autoridades practicaban el acoso y la persecución de sus partidarios,  algo por lo que anteriormente habían pasado los batistianos en sus campañas políticas cuando el autenticismo estaba en el poder. Manuel Márquez-Sterling que es el historiador de la fuente (2) que veremos en el siguiente fragmento extraido de Wikipedia, está muy lejos de haber sido, o ser, un simpatizante de Batista, al ser el hijo de Carlos Márquez Sterling el oponente más fuerte que tenía el candidato oficialista Andrés Rivero Agüero en las elecciones del 3 de noviembre de 1958 y haber sido un crítico y opositor político a Batista .
(Dos fotos de un rally electoral a favor de Fulgencio Batista en las elecciones de 1954)

Los resultados de esas elecciones de 1954 fueron:
Tomado de http://es.wikipedia.org

Elecciones presidenciales de Cuba de 1954

Las elecciones presidenciales de Cuba de 1954 se llevaron a cabo el 1 de noviembre de ese año (1). Fulgencio Batista fue elegido presidente de la República para el período 1955-1959.

A lo largo de 1954 hubo algunos intentos de sabotaje al proceso electoral, incluyendo un complot organizado por el ex presidente Carlos Prío Socarrás y su ex Secretario de Educación. Durante la campaña electoral, Ramón Grau mostraba una importante intención de votos, pero no la suficiente para triunfar (2).

Los abstencionistas, que en general apoyaban a Prio, los Ortodoxos y los Comunistas boicoteaban los actos de Grau, irrumpiendo en los mismos con consignas revolucionarias. Los actos de Batista, por el contrario, se desarrollaban sin disturbios (2).

El ex presidente Grau, sospechando que Batista cometería fraude, renunció a su candidatura dos días antes de los comicios. Batista fue entonces elegido presidente sin oposición. La participación se redujo a un 52,6% frente al 79,5% de las elecciones de 1948 (3).

(1)Aquel 30 de septiembre de 1954 Juventud Rebelde, 29 de noviembre de 2009.
(2) Cuba 1952-1959: The True Story of Castro's Rise to Power . Manuel Márquez-Sterling. Páginas 56-57. ISBN 978-0-615-31856-1
(3) Cuba: order and revolution. Jorge I. Domínguez. Página 124. ISBN 0-674-17925-0
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En el libro ¡25448, No! Roberto Martín Pérez, de Rafael Cerrato Salas
se lee

"Batista anunció elecciones para noviembre de 1954. Se presentaron a estos comicios Batista y Grau San Martín, quien se retiró en el último momento consciente de su derrota, alegando sus partidarios habían sido aterrorizados. Batista fue elegido presidente con el 45, 1 % de los votos. Grau recibió sólo el 6, 8 %. A partir de este momento quedaba restablecida la constitución de 1940."

Tengo la opinión que fue un gran error de Batista postularse en esas elecciones celebradas el 1 de noviembre de 1954.

 Fulgencio Batista sí buscó una salida electoral ante una insurrección armada:


En enero de 1958 Fulgencio Batista había restaurado después de un breve tiempo, las garantías Constitucionales en el país pese a la actividad subversiva existente. Según se lee en el libro oficialista En el último año de aquella República, del autor Ramiro J. Abreu (ex oficial del MININT y funcionario del Departamento América del Comité Central del Partido Comunista de Cuba en los años ochenta del pasado siglo XX, años en que fue publicado dicho libro en Cuba; libro prologado por Carlos Rafael Rodríguez), Batista hizo ciertos cambios en su gabinete, compulsado por ciertas fuerzas políticas nacionales y extranjeras y hasta por el propio Nuncio, Monseñor Luigi Centoz, que conllevó a una nueva imagen de su régimen y a una posible solución no violenta a la situación política del país. Leemos en sus páginas 81 y 82:
¨… Ya, desde antes, permitió la reestructuración de los partidos políticos de ´oposición´, restableció ´la libertad de prensa ´ y las garantías constitucionales´, y el 10 de marzo dio el indulto a 40 personas. Con el mismo propósito, Batista se deshizo de su Premier, Jorge García Montes, y nombró en ese cargo a su Embajador en Estados Unidos, Emilio Núñez Portuondo, De esta forma, dio paso al llamado gabinete de la concordia, con el cual procuró tener una apariencia de Gobierno flexible con ribetes liberales …¨
En ese libro también se lee, en sus páginas 99 y 100, que Batista en marzo de 1958 le propuso al Movimiento 26 de Julio que participara como un partido político en las próximas elecciones junto a los otros partidos. Fidel Castro se negó alegando que esa proposición era una trampa de Batista. Los que hemos padecido la tiranía Castrista este medio siglo, sabemos que la verdadera razón de la negativa de Fidel Castro era que no quería Poder, sino todo el Poder y de manera vitalicia. En varios países de Latinoamérica han gobernado, y gobiernan hoy, individuos que fueron líderes de la lucha armada en países donde se llevaron a cabo diferentes Procesos de Paz cuando en ellos mandaban regímenes más autoritarios y represivos que el de Fulgencio Batista en Cuba. Leamos lo que se dice en el citado libro oficialista.
(Fulgencio Batsta y la Primera Dama Martha Fernández Miranda en las elecciones de noviembre de 1958)
¨Para estar a tono con este clima político, el Episcopado hizo un llamamiento público a la paz y a la concordia; esta gestión determinó de inmediato, la constitución de una Comisión de Concordia Nacional, integrada por distintas personalidades de la época: la encabezó el ex coronel de la Guerra de Independencia Cosme de la Torriente; los ex vicepresidentes de la república, doctores Raúl de Cárdenas y Gustavo Cuervo Rubio; y los también doctores José Manuel Cortina y Ricardo Núñez Portuondo; Víctor Pedroso, presidente de la Asociación Nacional de Bancos; y un representante del Episcopado, Reverendo Pastor González, secundados a su vez por la élite de los hacendados, banqueros y comerciantes. En síntesis esta comisión procuró lograr un arreglo entre Fidel y Batista, mediante el cual el Ejército Rebelde depondría las armas, se liberarían a los presos políticos, se permitiría el regreso de los exiliados, se restablecerían las garantías constitucionales y se efectuarían elecciones libres con la participación del Movimiento 26 de Julio como un Partido político tradicional más. Es evidente el carácter maniobrero y de completo servicio al régimen que tenía esa gestión de paz. El Comandante Fidel Castro denunció el 9 de marzo de 1958, en carta pública, los objetivos de esa comisión, con la cual terminó la corta vida de la misma.¨
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COMENTARIO DE ROBERTO A. TORRICELLA

(aechivo: dejado en Cubanet)
Por  Roberto A. Torricella

Tan culpables como los antedichos, algunos auspiciadores del triunfo comunista en Cuba entrevieron el peligro inminente pero las bajas pasiones (envidia, odio, hipocresía, resentimiento, cobardía moral y esa malsana inclinación de “pescar en río revuelto”) anularon la sensatez y al amor por Cuba. Miles de veces repetían la frase “cualquiera, con tal que se vaya Batista". Era intolerable para esa legión de necios que un hombre sin pergamino universitario, un simple sargento, dirigiera los asuntos del país. Y era tan profundo el odio clasista de tales “señoras y señores” que su animadversión era menor respecto a Castro. Cada vez que algún castrista arrepentido alude a la “traición” de Fidel, cita la promesa de éste de celebrar elecciones y de gobernar con la Constitución de 1940, como si esas circunstancias no hubieran ocurrido o estado vigente anteriormente.

DICTADURA O TIRANÍA

¿Qué es dictadura? ¿Qué es tiranía? ¿Qué es despotismo? ¿Hubo en Cuba durante la década de los 50s una situación que teórica o factualmente merezca cualquiera de esos nombres? Obviamente no. Veamos:

Dictadura es la concentración, en bien o en mal, de todos los poderes. ¿Tal era el caso en Cuba? Honestamente, no.

El Congreso ejercía sus funciones con independencia del Poder Ejecutivo y de la judicatura, con una representación oposicionista pequeña debido al retraimiento grausista en las elecciones, pero cumplió sus deberes con inteligencia y valor. En oportunidades diversas, leyes-decretos, aprobados por el Consejo de Ministros durante etapas de suspensión de garantías constitucionales y en receso el Poder Legislativo, fueron derogadas por éste al reanudar sus actividades.

El Poder Judicial (cuya independencia es suficiente para asegurar el carácter democrático de cualquier régimen), hubo de desenvolverse sin interferencia alguna, no obstante que su lenidad para con los terroristas constituía un estímulo a la sedición. ¿No se dictaron autos de procesamiento contra algunos miembros de la policía y del ejército por supuestos delitos cometidos al calor de la guerra civil? En ningún momento la estructura gubernamental, la “dictadura”, infringió la independencia del Poder Judicial.

No sólo los tres poderes del Estado eran interdependientes, sino que se desglosaron funciones del Poder Ejecutivo y se los adscribió a numerosos organismos autónomos y paraestatales cuya dirección y funcionamiento estaban a cargo de personas no vinculadas al gobierno.

Tiranía y despotismo poseen como elemento tipificador –adicional al de la dictadura- el ejercicio injusto, abusivo, anonadante de esos poderes. Contestemos con algunas interrogantes: ¿Por qué sobrevivieron Fidel y Raúl del asalto al Cuartel Moncada? ¿Por qué fueron excarcelados mucho antes de cumplir la sanción que le impusieron tribunales ordinarios? ¿Por qué la revista “Bohemia”, órgano del fidelismo, y otros, disfrutaron de las ventajas ofrecidas por bancos paraestatales creados por la “tiranía”? ¿Por qué la generalidad de los dirigentes terroristas y conspiradores claves que estuvieron en poder de la policía sobrevivieron a la “brutalidad” de ésta? ¿Por qué algunas entidades y empresas no fueron objeto de ataques o desaparecieron en aquella época a pesar de la ayuda notoria que prestaban al castrismo? ¿Por qué líderes oposicionistas recibían en el exilio las caudalosas rentas de sus propiedades? ¿Por qué periódicos, revistas, estaciones de radio y de televisión que alentaban la guerra civil no fueron allanados y destruidos sus maquinarias y mobiliario? Cualquiera que sea la respuesta, tendrá que aparecer en ella un elemento: la falta absoluta de crueldad, de prepotencia y de abuso por el gobierno existente.


¿Dónde está, pues, el dictador o el tirano?

BRUTALIDAD DE LA POLICÍA

La acusación de crueldad atribuida a la fuerza pública es la que más daño hizo ante la opinión pública internacional. Es, sin embargo, la más infame e infundada. La represión de los cuerpos policíacos fue una respuesta y rara vez se practicó descaminadamente. Aun así, como un exponente de que ni el ardor de la lucha ni la conciencia de que estaba en juego la vida, deshumanizaron la actuación del gobierno, ya que muchos pudieran confeccionar una extensa lista con los individuos a quienes protegió, escondiéndolos y atendiéndolos en sus casas, consiguiendo su excarcelación, facilitando su salida del territorio nacional, mientras que se mantenían a sus familiares en las posiciones públicas.

No puede aceptarse que la policía castigara con la muerte a quien produce la muerte indiscriminada con un aparato explosivo, pero no puede aceptarse tampoco que mientras se condene la acción policiaca, se cohoneste y aplauda la del terrorista. No puede aceptarse moralmente que el mayor número de víctimas producidas por un “revolucionario” merezca un alto grado en la jerarquía rebelde y que igual acción realizada por un miembro la fuerza pública merezca el pelotón de fusilamiento.

EL PELIIGRO DE CUBA

El peligro de Cuba no fue Fidel Castro ni su movimiento 26 de Julio. Lo fue la mayoría de la ciudadanía elite, clase media, y de profesionales, con cultura y patrimonio, que ciegamente y por odio apoyaron a un gánster de reconocida procedencia asesina. Será mucho más fácil rectificar el daño y la destrucción causada por la tiranía castrista que alimentar el sentido común y el juicio racional a una ciudadanía no pensante, fanatizada por tener a este tipo de criminal como su indiscutible líder cuando, en realidad, en Cuba no se requería ni había la necesidad de una sangrienta revolución terrorista. El problema es mucho más profundo y mucho más serio que Castro ya que él es una simple herramienta y síntoma del comunismo internacional que nos conquistó y destruyó a Cuba. Colocar la culpa solamente en el castro-comunismo no debe servir para cegarnos de la vasta cofradía de ignorantes que lo hicieron su príncipe. La república sobrevivirá a Fidel Castro y sus secuaces pero es menos probable que sobreviva a la multitud de necios irresponsables como los que lo convirtieron en su Robin Hood.



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