jueves, marzo 10, 2022

José Gabriel Barrenechea desde Cuba: La supuesta conspiración occidental que obligó a Moscú a pactar con el diablo (II)

 
Tomado de https://www.cubaencuentro.com/

La supuesta conspiración occidental que obligó a Moscú a pactar con el diablo (II)

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Segunda y última parte de este artículo

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Stalin, Hitler. Composición fotográfica

Por José Gabriel Barrenechea

Santa Clara

08/03/2022 

Luego de la rápida caída de Polonia, tras una ofensiva fronteriza de los franceses sobre el Sarre, los franco-británicos, que todavía creían que la nueva guerra sería como la anterior, se atrincheraron tras el impresionante sistema de fortificaciones que Francia había tardado 20 años en construir en su frontera con Alemania, la línea Maginot. No porque esperaran que Hitler se lanzara al mismo tiempo a luchar en dos frentes, ya que sabían que, en ese momento ni la dirigencia de la Wehrmacht, ni la mayoría de la población alemana lo hubiera apoyado en ese acto suicida que iba contra la principal conclusión que había sacado Alemania de la I Guerra Mundial: que no podía pelear en dos frentes contra potencias de primer orden. En realidad lo hicieron porque, en primer lugar, en el tipo de guerra ante el cual pensaban estar, en que la potencia de fuego superaba a la movilidad, no creían contar con la suficiente potencia combatiente para lanzar una nueva ofensiva contra Alemania, ahora que podía concentrar el grueso de sus ejércitos contra ellos; en segundo, porque estaban convencidos que tarde o temprano los Estados Unidos volverían a entrar de su lado, y en tercero, porque abrigaban la esperanza de que el viejo buitre oportunista de Stalin atacara a Hitler por la espalda —no que Hitler atacara a Stalin, lo cual daban por descontado no haría.

Por tanto, el que los franco-británicos se replegaran a la llamada “guerra de broma”, entre octubre de 1939 y el 10 de mayo de 1940, no tuvo que ver con algún cálculo de que Alemania aprovecharía la inactividad del frente occidental para abrir otro oriental. Si acaso algún cálculo semejante hubo fue sobre la base, como hemos visto, de que Stalin se animara a atacar él. Como de hecho hizo en medio de la Batalla de Francia, al ocupar partes de Rumanía que no entraban en los acuerdos secretos del Tratado Molotov-Ribbentrop. Algo que amenazaba gravemente la seguridad de Alemania, porque Rumanía era entonces su principal suministrador de petróleo, y el atrevimiento de Stalin colocaba al Ejército Rojo en posición favorable para cortar sus líneas de aprovisionamiento de combustible. Sin embargo, Hitler no reaccionó, prefirió tragarse la humillación en silencio, lo cual demuestra su convicción del momento de que no podía dejarse a arrastrar a una guerra en dos frentes a la vez.

La Unión Soviética posterior a la Segunda Guerra Mundial, y ahora Putin, insistieron e insisten en justificar el Tratado Molotov-Ribbentrop en el que Francia y Gran Bretaña no hubieran aceptado entrar en una alianza con ella. El cual acuerdo Moscú buscó infructuosamente al menos desde 1936: lo cual no es falso, en verdad. La Unión Soviética y ahora Putin, no obstante, obviaban y obvian que fue precisamente el interés soviético en Polonia lo que explica esa reticencia de las dos grandes democracias europeas a llegar a acuerdos con Moscú. Francia y el Reino Unido estaban, como lo demostraron en 1939, plenamente comprometidos con su aliado polaco, y sabían bien que todo acuerdo con Stalin quizás les hubiera salvado de tener que entregar a Checoslovaquia, pero sólo a costa de aceptar sus reclamaciones territoriales en contra de Varsovia, o incluso de que la misma Praga se convirtiese en un semi-protectorado soviético.

Las reclamaciones soviéticas sobre Polonia están más que demostradas. Recordemos la fallida guerra que la naciente Unión Soviética lanzó sobre Polonia en 1920, para convertirla en una república soviética más —Polonia había sido parte del Imperio Ruso hasta unos meses antes—; o el acto de literalmente correr a Polonia hacia occidente, a expensas de Alemania, que ejecutó al término de la II Guerra Mundial, y gracias al cual Moscú se apropió nada menos que 140.000 kilómetros cuadrados —mucho más que la extensión territorial de la República de Cuba.

En 1939 aliarse con Stalin, para las dirigencias de París y Londres, equivalía, a buscarse un aliado para nada comprometido con su alianza, el cual los dejaría tirados al borde de la carretera en cuanto pensara que le convenía hacerlo, además de a nada menos que a entregar toda Europa del Este a la Unión Soviética, como ocurrió después, al cabo de la guerra que estaba entonces por comenzar.

En todo caso haberse puesto de acuerdo con Stalin, digamos en la primavera de 1938, habría sido la oportunidad ideal para poner en marcha la supuesta conspiración, al colocar frente a frente, sin tierra de por medio, a Alemania y la Unión Soviética. Hubiera bastado con haber fraguado un tratado semejante al germano-soviético, repleto de acuerdos secretos, con los cuales mostrárseles condescendientes al dictador moscovita en sus aspiraciones polacas y checas. Dejar par de condiciones, sin embargo, como al pasar: la intangibilidad de las repúblicas bálticas, o de Finlandia. Darle al déspota moscovita, una vez firmado el tratado, seguridades de apoyo frente a una Alemania todavía a medio rearmar, insegura de sí misma, mientras este se tragaba a Polonia, y convertía a Checoslovaquia en un estado títere. Dejarlo envanecerse hasta que Stalin, quien siempre percibía la condescendencia como debilidad, violara las condiciones iniciales impuestas y también se adueñara de la ribera báltica o del petróleo rumano. De que habría terminado por hacerlo no cabe dudar, en cuanto llegara a dar en la certeza de que los aliados occidentales, por tal de que amenazara a Alemania por el este, lo dejarían remodelar el este europeo a su voluntad. Entonces solo habría que denunciar lo acordado, en base a la violación de las condiciones, y dejar a Moscú solo ante Berlín… Hitler, que en esta situación podía haber interpretado desde el mismo inicio de la guerra el papel de salvador de Europa ante el comunismo, que quiso representar hacia el final de la misma, a posteriori del verano de 1943, para atraerse a los aliados occidentales en contra de unos ejércitos soviéticos que avanzaban incontenibles hacia el corazón europeo, entonces no habría perdido la oportunidad de saltar sobre el gigante eslavo y sus enormes espacios, “vitales” para la nación alemana. Estaría obligado a hacerlo, porque, aunque Stalin tuviese el cuidado de entregarle los territorios checoslovacos y polacos mayoritariamente poblados por alemanes, y el corredor polaco de Danzig, que cortaba en dos a Alemania, al correr sus fronteras hasta las alemanas la Unión Soviética se convertía en un peligro existencial inmediato para el III Reich, no ya en cinco o diez años. Las preocupaciones ante lo que harían Francia y Gran Bretaña, que por demás en esta hipotética situación se habrían cuidado de no movilizar el grueso de sus ejércitos hacia sus fronteras, pasarían irremediablemente a un segundo plano: Alemania debía hacer retroceder las fronteras soviéticas muy lejos, hacia el este, luego se vería qué hacer con franceses y británicos.

Magnífica oportunidad que no dudamos unos gobernantes occidentales menos escrupulosos no habría dejado de advertir. En todo caso el que tal oportunidad se desaprovechara demuestra a las claras que las intenciones adjudicadas a Francia y Gran Bretaña son infundadas, y sobre todo muy injustas. Las dirigencias de esas naciones estaban muy lejos del maquiavelismo de los líderes máximos de Alemania y la Unión Soviética, y esta, al intentar justificar a posteriori el Tratado Molotov-Ribbentrop en una supuesta conspiración occidental en su contra, solo demostraba lo acertado de aquel viejo refrán: el ladrón, piensa a todos de su misma condición.

En general, esta supuesta teoría de la conspiración anti-soviética solo puede sostenerse desde el desconocimiento de la época, y sobre la acumulación de calumnias sin fundamento en contra de las personalidades que estuvieron al frente de las principales potencias occidentales. Por ejemplo, un intelectual “orgánico” al régimen proruso de La Habana va más allá de lo escrito por Putin, y convierte a Roosevelt en un vil canalla antisoviético, a pesar de que es bien sabido el empeño del líder americano por acercarse a la Unión Soviética durante la guerra, y su voluntad más que demostrada de construir para la posguerra un mundo sostenido sobre las relaciones de respeto y mutua confianza entre Washington y Moscú.

Según Raúl Capote, columnista de Granma, en un artículo escrito para ese medio en mayo de 2020, a poco de salir el de Putin, existió un supuesto intercambio de notas entre Roosevelt y Churchill, a resultas de lo acordado en Múnich: “(Roosevelt) le envió un breve mensaje a Churchill: “Muy Bien”, afirma sin citar su fuente. O sea, en el espíritu de la interpretación que a esa reunión le da nuestro hombre, como pensada en Occidente para dividir Checoslovaquia, entregar Polonia y desviar a la Alemania nazi sobre la Unión Soviética, el presidente de Estados Unidos daba por muy bueno lo logrado en Múnich.

Este infundio, sin duda, no pudo ser propuesto sino por alguien que cree a Churchill primer ministro británico ya en septiembre de 1938, y a Chamberlain su canciller. Sin embargo, Winston Churchill no sería primer ministro británico hasta el 10 de mayo de 1940, cuando la maquinaria bélica nazi atacó a Francia, Bélgica y Holanda. En septiembre de 1938 Churchill era un político que proponía lo opuesto de lo que todo el mundo deseaba en Gran Bretaña: enfrentar a Alemania, y no intentar un apaciguamiento que según él lo único que lograría era echar gasolina en el ardiente revanchismo alemán. Era por tanto un político reducido a algo peor que la oposición, a la oposición dentro del partido en el gobierno, alguien sin reales posibilidades de llegar a primer ministro. Por demás cabe preguntarse por qué el Presidente de los Estados Unidos mantenía comunicación con un político reducido en su país a semejante situación, arriesgándose a que la corriente principal del Partido Conservador malinterpretara ese intercambio como un intento de manipular su política interna. Pero sobre todo cabe preguntarse por qué Roosevelt le expresaría en una nota su entusiasmo por lo logrado en Múnich a nada menos que el mayor crítico en todo Occidente de esa reunión y sus resultados.

La realidad es que el joven secretario adjunto de Marina, Franklin Delano Roosevelt, a quien la polio no había dejado todavía inválido, y Winston Churchill, que entonces andaba en un bajón en su carrera política, y con todo era nada menos que el ministro de municiones británico, algo así como el zar de la economía de guerra británica, se encontraron por primera vez en 1918. El británico era 8 años mayor, y mucho más arrogante que el americano, lo cual ya es mucho decir, por lo que la relación no prosperó hasta el punto de que ambos comenzaran un intercambio de correspondencia secreta. Fue a partir de la asunción al premiarato británico por Churchill que comenzaron a intercambiar correspondencia, pero no como amigos, sino como los líderes de las dos principales naciones de Occidente. No se encontrarían en persona por segunda vez hasta agosto de 1941, en Terranova, donde ambos firmaron la Carta del Atlántico. La amistad personal entre los dos hombres solo nacería tras las “vacaciones” que Churchill se tomó en la Casa Blanca, entre diciembre de 1941 y enero de 1942.

El interés presente al desempolvar estas tergiversaciones históricas por Putin, o al inventarse calumnias como la anterior en La Habana, no es otro que presentar a la Rusia actual como la víctima de una ancestral conspiración occidental en su contra. Ayudar así a justificar el ultimátum lanzado por Putin a Occidente, y la agresión contra Ucrania.

La realidad es muy otra.

Rusia ha justificado históricamente sus ganancias territoriales en la falta de barreras naturales que protejan a su pueblo de los invasores extranjeros. Por lo mismo, según su discurso victimista, ha debido ocupar tierras a su alrededor, para alcanzar esas barreras naturales. En ese empeño, sin embargo, el estado ruso ha pasado de los poco más de cien mil kilómetros cuadrados que tenía hacia 1390, a los diecisiete millones que tiene hoy día, aunque en el momento de su máxima extensión, en 1903, llegó a tener más de veintidós millones, si incluimos sus territorios no oficialmente anexados en China.

Por cierto, a pesar de su discurso de solo estar interesado en alcanzar barreras naturales tras las cuales resguardarse de sus enemigos, el estado ruso ha superado algunas tan excepcionalmente buenas como los Urales y el Volga, o el Cáucaso, sin detenerse tras ellas.

Rusia fue ya una vez the Ruler of Europe, entre la caída de Napoleón y las Revoluciones Europeas de 1848 —las primeras Primaveras, de ahí el desagrado de Moscú por ellas. En ese período de treinta años impuso, a través del Congreso de Viena, el regreso al mundo de las tradiciones y las jerarquías medievales a una Europa que tras las revoluciones francesa e industrial se despertaba a la modernidad, los derechos y el progreso. Ahora aspira nuevamente a serlo, y para ello ideólogos como Alexander Duguin, o políticos como Vladímir Putin, han reconvertido a Moscú en la Capital del paleo-conservadurismo global.

La realidad es que el imperialismo ruso existe, y es el más agresivo al presente, como lo demuestra la agresión contra Ucrania en curso. Es, por cierto, un muy particular imperialismo, que intenta justificarse no como otros anteriores en la superioridad de la nación, la raza, o en la religión o la ideología en cuestión, sino en la maldad de los demás, en su desprecio o envidia a las supuestas formas ancestrales puras del pueblo y el alma rusas. Es, en consecuencia, un imperialismo víctima, que solo “se defiende”… como cuando en agosto de 1939 tuvo que firmar un tratado con Hitler.

© cubaencuentro.com

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AmericaTeVeCanal41

Marzo 11, 2022

Putin extiende los ataques a ciudades del oeste de Ucrania y se acerca a Polonia



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miércoles, marzo 09, 2022

José Gabriel Barrenechea desde Cuba: La supuesta conspiración occidental que obligó a Moscú a pactar con el diablo (I)

Nota del Bloguista de Bararcutey Cubano

Antes de  decidir quién era más diabólico  entre Hitler y Stalin les sugiero ver el siguiente documental:

La verdadera historia sovietica



El Pacto Ribbentrop-Mólotov (agosto 23, 1939) se firmó en público por los cancilleres de la Alemania nazi (Joachim von Ribbentrop, a la derecha de Stalin) y de la URSS estalinista (Viacheslav Mólotov, a la izquierda de Stalin) con el propósito de formalizar el compromiso mutuo de no agresión, como difundió la prensa soviética (foto), pero en secreto definieron el reparto de Polonia entre Berlín y Moscú, así como las «zonas de interés soviético» en Europa del Este. Al cabo de medio siglo, bajo la presión de la tángana denominada Cadena Báltica (agosto 23, 1989), el Kremlin terminó por dar a conocer aquellas cláusulas.

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Tomado de https://www.cubaencuentro.com/

La supuesta conspiración occidental que obligó a Moscú a pactar con el diablo (I)

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Artículo en dos partes, que se publicarán de forma consecutiva

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Firma del Tratado Ribbentrop -  Molotov

Por José Gabriel Barrenechea

Santa Clara

07/03/2022 

El 23 de agosto de 1939, a pocos días de la invasión conjunta de Polonia, la Alemania hitleriana y la Unión Soviética estalinista firmaron el Tratado Molotov-Ribbentrop. Casi ochenta años después, Vladímir Putin, en un artículo por el aniversario cuarentaicinco de la derrota del nacionalsocialismo alemán, insistió en presentar dicho pacto como la única salida que le quedó a los soviéticos, ante la existencia de una conspiración occidental para desviar la agresividad hitleriana sobre ellos. La Unión Soviética se vio obligada a pactar con el diablo, porque “las grandes potencias capitalistas soñaban con ver desfilar a los panzer alemanes por las calles de las ciudades soviéticas”, no tardó en sostener en Granma Raúl Capote, un exinformante de la policía política reciclado en intelectual, dizque orgánico.

En la versión de lo ocurrido de Putin, y sobre todo de sus guatacas habaneros, se parte de tergiversar lo sucedido en Múnich, en septiembre de 1938. En esa ciudad del sur alemán se reunieron los primeros ministros de Francia y Gran Bretaña, Daladier y Chamberlain, con los máximos líderes de Alemania e Italia. Para, según la corriente revisionista prorusa, tratar el “desmembramiento de Checoslovaquia, la entrega de Polonia, y el ataque alemán a la URSS”. Lo cual es falso. En Múnich, Gran Bretaña y Francia, que todavía no se recuperaban del trauma psicológico de la I Guerra Mundial, en la que literalmente toda una generación se perdió en la guerra de trincheras, intentaron apaciguar a Hitler al transigir a sus reclamos de reunir en la nación alemana a las zonas checoslovacas mayoritariamente pobladas por alemanes.

O sea, que por tal de evitar una nueva guerra que ni la opinión pública británica, y mucho menos la francesa, deseaban, las dos potencias europeas vencedoras de la I Guerra Mundial aceptaron desmantelar una parte de lo acordado en el Tratado de Versalles. El cual acuerdo, establecido al final de la guerra, había entregado zonas mayoritariamente habitadas por alemanes, cual los sudetes checoslovacos, a los nuevos países eslavos que surgieron en Europa Central y Oriental al desintegrarse los Imperios austro-húngaro y ruso entre 1918 y 1919.

No es menos cierto que, en definitiva, al franceses y británicos mostrarse tolerantes con los deseos de Hitler de reunir en un Estado nacional a los alemano-parlantes —ya había ocurrido el Anschluss, la anexión de Austria—, lo que en realidad hicieron fue mostrarle a Alemania cuán desesperados estaban por evitar una nueva guerra, y con ello la estimularon a continuar atreviéndose en el futuro, y a la vez, a justificarlo en la situación de las minorías alemano-parlantes. Por lo demás en realidad discriminadas en las naciones a las que habían sido agregadas, a resultas de decisiones tomadas sobre el mapa por las dirigencias vencedoras de lo que entonces se llamaba la Gran Guerra.

Debe agregarse que Francia y Gran Bretaña transigieron, además de a resultas de las presiones de sus opiniones públicas, por la actitud tomada por Estados Unidos. Ese país, al otro lado del Atlántico, vivía entonces uno de esos profundos periodos de aislacionismo tan suyos, inaugurado por el mismísimo general Washington, al negarse a fines del siglo XVIII a involucrar a su país en las guerras europeas posteriores a la Revolución Francesa. Y si de algo estaban claros franceses y británicos era de que sin la masiva cooperación americana en hombres y material no habrían podido evitar la derrota frente a Alemania en la Gran Guerra, tras Lenin sacar de ella a Rusia en los primeros meses de 1918. Para Francia y Gran Bretaña la negativa americana a involucrarse implicaba quedar en una situación semejante a la de principios de aquel año: totalmente solos ante una Alemania que claramente los superaba sobre el terreno continental europeo.

Estas son las razones reales tras la aceptación occidental del desmembramiento de Checoslovaquia. Todo lo demás no son más que tergiversaciones históricas promovidas por la Unión Soviética posterior a 1945, que hoy Putin y el prorusismo cubano no tienen escrúpulos en desempolvar, con tal de lavarle la cara al renacido imperialismo moscovita.

Es falso que el Acuerdo de Múnich incluyera también la entrega de Polonia. Lo ocurrido menos de un año después lo demuestra. Por el contrario, en Múnich los primeros ministros de Francia y de Gran Bretaña intentaron hacerle comprender a Hitler que, si bien transigían en el caso de las minorías alemanas en Checoslovaquia, ese no sería el caso con Polonia, a la cual sus naciones estaban atadas por acuerdos de defensa común. Decisión sobrada de cumplir con los cuales acuerdos demostraron cuando en septiembre de 1939 se fueron a la guerra con Alemania, inmediatamente después de que esta atacara. Y por lo mismo, como no hubo, ni había intención de entregar Polonia, no puede tampoco sostenerse de ninguna manera que en Múnich los aliados occidentales maniobraran para desviar a la Alemania hitleriana sobre la Unión Soviética.

La determinación de franceses y británicos de defender a Polonia demuestra que no hubo ningún cálculo, o conspiración tras bambalinas, para desviar a Alemania sobre la Unión Soviética. Hitler había dejado muy claro, y esa era una de las razones del apoyo que en esta etapa le daba la alta oficialidad de la Wehrmacht, que esta vez Alemania no se dejaría enredar en dos frentes a la vez. Lo cual mantuvo como principio fundamental de su propuesta revanchista al pueblo alemán, por lo menos hasta que la maquinaria bélica teutona no demostró su extraordinaria eficiencia, precisamente en la Batalla de Francia. En la cual, entre mayo y junio de 1940, derrotó de forma aplastante a las fuerzas combinadas francesas, belgas y británicas, además de al ejercito holandés.

En 1938 y 1939, por tanto, en París y Londres sabían que dado que Alemania había sacado como enseñanza de la Gran Guerra —ya Bismark lo había advertido en los 1870, sin embargo— que no podía pelear una guerra en dos frentes contra las grandes potencias, en la cual categoría Polonia no caía, declararles ellos la guerra a Berlín no podía implicar más que cerrarse toda posibilidad de desviar la guerra sobre la Unión Soviética. Estaban más que conscientes de que al entrar Hitler en guerra en su contra, no solo se abstendría de atacar a la Unión Soviética, sino que haría lo imposible para evitar su intervención en el conflicto. Aunque para ello debiera entregarle casi toda Europa del Este, Finlandia, o transferirle tecnología militar, como finalmente se encargó de asegurarse antes de entrar en guerra, mediante el tratado Molotov-Ribbentrop.

En definitiva, suponer que Francia y Gran Bretaña planeaban desviar la maquinaria bélica nazi sobre Moscú, al tiempo que se proponían cumplir con su alianza de defensa común con el país por donde necesariamente tendría que pasar la Wehrmacht para atacar a la Unión Soviética, solo puede caber en la cabeza de alguien que nunca ha visto un mapa político de Europa en agosto de 1939, o para quien Francia y Gran Bretaña eran por entonces naciones dirigidas por personas con retraso mental severo.

Ya que la Alemania hitleriana y la Unión Soviética solo compartían unas escasas decenas de kilómetros de frontera, por demás en Prusia Oriental, un pequeño territorio alemán aislado por tierra del principal, para los aliados occidentales no había manera de desviar a Hitler sobre Moscú si antes no se le permitía ocupar a Polonia. Mas ello, en base a los tratados firmados con Varsovia, que demostraron estar dispuestos a cumplimentar, implicaba que Francia y el Reino Unido le declarasen la guerra a Alemania. Lo cual era en todo caso tomar un riesgo muy grande, porque por más que británicos y franceses retuvieran sus ejércitos en la frontera de Francia, a la espera de primero ser atacados por Alemania, nadie les podía asegurar que la Wehrmacht se desentendería de ellos para lanzarse, tomada Polonia, sobre la Unión Soviética.

De hecho, nadie en sus cabales en Alemania, incluido el propio Hitler, habría intentado algo tan masivo como atacar a la Unión Soviética, mientras en su frontera occidental se acumulaban millones de soldados franceses y británicos, con centenares de miles de toneladas de material, por más en broma que se tomaran la guerra. La dirigencia alemana podía arriesgarse, al pensar como ahora nuestros intelectuales y docentes pro-rusos, que los aliados occidentales permanecerían impasibles mientras Alemania destruía a la Unión Soviética. Mas esa dirigencia estaba consciente de representar una amenaza existencial para París y Londres; por lo que no iban a tomarse el riesgo de entrar en guerra con nadie más, mientras antes no les hubiesen propinado una contundente derrota a los aliados occidentales.

Sí, en Alemania podían creer que Francia e Inglaterra anteponían la ideología, la victoria del capitalismo sobre el socialismo, a las preocupaciones por su propia existencia o su estatus como líderes globales, pero a diferencia de nuestros articulistas de Granma y docentes pro-rusos, no dejarían de ver al cabo que en cuanto uno de los dos contendientes estuviese venciendo, ellos o los soviéticos, los “bromistas” en su frontera oeste intervendrían. Lo que en el mejor de los casos dejaría a Alemania, vencedora de Moscú, pero agotada por el esfuerzo, por completo desprotegida, mientras el grueso de sus ejércitos estaba a cientos de kilómetros de la patria, en medio de la nieve o el fango ruso, perdidos en las vastedades de un país casi sin vías de comunicación.

Mucho menos cabe creer que alguien en París o Londres, en la supuesta conspiración occidental contra el país de los soviets, contara con convencer a los polacos para que le dieran paso libre a Alemania, a través de su territorio. Algo de la magnitud de la Operación Barbarroja resultaba imposible a través de un territorio ajeno, tanto por los desafíos logísticos, como por la imposibilidad de ocultarla; y sin duda el secreto era un punto clave en todo plan que se propusiera derrotar al Ejército Rojo. Lo más importante, sin embargo, es que la Alemania nazi, a cualquier interés posterior en el engrandecimiento territorial y el “espacio vital”, priorizaba recuperar sus territorios y habitantes perdidos a resultas del Tratado de Versalles. Pérdidas que en el este estaban precisamente en Polonia, un país que por demás desde 1919 dividía a Alemania en dos. No había por tanto conciliación imaginable entre Hitler y una muy nacionalista Varsovia, contraria a toda concesión, como para permitir el paso de las tropas alemanas, y su posterior avituallamiento.

Entre la reunión de Múnich y el primero de septiembre de 1939 a nadie medianamente informado le cabía duda de cuál sería la próxima víctima de Alemania: Polonia. Tampoco nadie ponía en duda que Alemania haría lo imposible para evitar volverse a ver envuelta en una guerra en dos frentes contra grandes potencias. Y a pesar de ello Francia y el Reino Unido no dudaron en cumplir sus compromisos con Varsovia, con lo que se cerraban toda posibilidad de desviar a Hitler sobre la Unión Soviética. Ello demuestra la falsedad de la justificación que los soviéticos le dieron al Pacto Ribbentrop-Molotov, a posteriori de la Segunda Guerra Mundial, ahora desempolvada por Putin y el prorusismo cubano.

La realidad es que el tratado nazi-soviético, pactado solo ocho días antes del ataque alemán a Polonia, enlenteció la respuesta franco-británica, más allá de los naturales retrasos que implicaba la movilización general de ambos países, y en especial el traslado del British Expeditionary Force al continente. Las dirigencias francesa y británica, que antes de firmado el pacto esperaban solo tener que enfrentar a la Wehrmacht en ayuda de Polonia, ahora tenían la sospecha, que después se comprobó cierta, de que el Tratado iba más allá de las públicas seguridades de no agresión entre Berlín y Moscú. Que había además unos acuerdos secretos por los cuales ambos países se distribuían Europa del Este, y en particular Polonia. Esto implicaba que, si la Unión Soviética atacaba de inmediato, tendrían, en virtud de su alianza con Varsovia, que también declararle la guerra a ella. Lo que habría excedido con mucho sus fuerzas, y hubiera, por ejemplo, obligado a Gran Bretaña a destinar una parte considerable de sus fuerzas a defender Irak o India, ambas al alcance de los ejércitos soviéticos. Esto, cuando ya para los altos mandos de ambas potencias occidentales resultaba un axioma que solo para defender a Francia frente a únicamente Alemania, en el muy improbable caso de que Italia no interviniese, y sin el auxilio de Estados Unidos, negado a dejarse arrastrar a los enredos europeos, deberían concentrar hasta el último de sus hombres y de sus recursos materiales.

No obstante, Francia y el Reino Unido, a pesar de ese tratado, no dudaron en cumplir su compromiso e irse a la guerra por Polonia y su integridad territorial de inmediato.

Por fortuna Polonia se derrumbó bastante rápido ante el empuje del Blitzkrieg alemán, por lo que, cuando 16 días después el Ejército Rojo ocupó parte de lo que les había tocado a los soviéticos en los acuerdos secretos, Francia y el Reino Unido pudieron hacerse de la vista gorda ante ese acto hostil a un aliado, y dar por aceptable el argumento de Moscú de que lo hacía para proteger a los ucranianos y bielorrusos que habitaban en ese país del vacío de poder generado. No obstante, para todos en el planeta, dada la pacífica respuesta alemana ante la inesperada aparición ante sus tropas del Ejército Rojo, fue absolutamente evidente que la intervención soviética no podía más que haber estado acordada desde antes, lo cual convertía a los soviéticos en cómplices del ataque nazi.

En su citado artículo Putin llega a decirnos que en los acuerdos secretos la Unión Soviética había recibido mucho más territorio polaco del que después ocupó, y recibió. Cuenta, como un punto a favor de Stalin, el que se negara a intervenir de inmediato, a pesar de los continuos llamados desde Berlín para cumplir con lo pactado, y revela que tal actitud le costó una buena tajada de Polonia. La realidad que esto más bien nos habla del alma de ave de rapiña del dictador moscovita, quien prefería tener menos parte en el botín, pero a su vez tomar menos riesgos y dejarles el trabajo sucio a otros. Indudablemente la vieja hiena del Kremlin entendió que atacar desde el mismo inicio obligaría a París y Londres a declararle también la guerra a él, mientras retrasar su entrada en Polonia, en cambio, le permitiría sacar lo suyo, pero sin arriesgarse a entrar en guerra con nadie, mientras a la vez todas las demás potencias europeas se habían ido a ella.

Sin duda con semejante contraparte muy pocos se atreverían a firmar una alianza, a menos que como Alemania estuvieran desesperados por evitarse una guerra en dos frentes. La actitud de Stalin, revelada ahora por Putin, más que mostrar sus escasos apetitos territoriales, muestra las verdaderas razones de por qué nadie en París, Londres, y sobre todo Varsovia, quería pactar con la Unión Soviética: no por ninguna supuesta conspiración en su contra, sino por su ningún compromiso real con sus posibles aliados.

© cubaencuentro.com

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Nota del Bloguista

En Cuba durante más de 3 décadas no se podia hacer alusión al Pacto Ribbentrop-Mólotov ni siquiera en sus artículos públicos. Uno de los números de la revista soviética Sputnik que provocó la prohibición de su entrada en Cuba (a principios de los años 90s cuando la glasnot en la URSS ) por Fidel Castro fue la que mostraba al pacto Ribbentrop-Mólotov y los errores y horrores cometidos por Stalin.

En la Cuba de los Castro se puede hablar de los territorios mejicanos anexados por EE.UU., pero aún hoy se ve muy mal que uno señale estos ejemplos del imperialismo soviético; tampoco se puede hablar de la anexión de Yucatán por Méjico por el cruel general y dictador Antonio Lopez de Santa Anna quien vendía como esclavos en La Habana a aquellos yucatecos opositores que no mataba.

A continuación un video sobre las estrechas relaciones  y complicidades entre la Alemania nazi y la comunista URSS  en las que se incluye el entrenamiento por parte de militares soviéticos  a militares de la Alemania nazi para llevar a cabo ejecuciones masivas,  así como  facilitarle bases militares soviéticas a la aviación de la Alemania nazi para que bombardeara a otros países como, por ejemplo, a Noruega.

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El Texto Público del Pacto:

Tomado de http://www.exordio.com

Tratado de No Agresión entre Alemania y la URSS

El Gobierno del Reich Alemán

y

El Gobierno de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas:

Deseosos de fortalecer la causa de la paz entre Alemania y la URSS, y procediendo con las previsiones fundamentales del Acuerdo de Neutralidad firmado en Abril de 1926 entre Alemania y la URSS, han llegado al siguiente acuerdo:

Artículo I

Ambas Altas Partes Contratantes se obligan a desistir de cualquier acto de violencia, cualquier acción agresiva, y cualquier ataque a la otra parte, ya sea individual o en conjunto con otras potencias.

Artículo II

Si cualquiera de las partes fuera objeto de una acción beligerante por una tercera potencia, la otra Alta Parte Contratante de ninguna manera deberá dar apoyo a esa tercera potencia.

Artículo III

Los Gobiernos de las dos Altas Partes Contratantes deberán mantener en el futuro contacto continuo, con el propósito de intercambiar información sobre problemas que afecten a los intereses comunes a ambas partes.

Artículo IV

Ninguna de las dos Altas Partes contratantes deberán participar en agrupaciones de potencias, que de alguna forma estén dirigidas directa o indirectamente contra la otra parte.

Artículo V

En caso de surgir algún conflicto entre las Altas Partes Contratantes sobre problemas de cualquier tipo, ambas partes deberán resolver las disputas o conflictos exclusivamente a través de intercambios amistosos de opinión o, si fuera necesario, por medio del establecimiento de comisiones de arbitraje.

Artículo VI

El presente tratado concluirá en un período de diez años, con la previsión que, en cuanto alguna de las Altas Partes Contratantes no lo denuncie un año antes a la expiración de ese período, la validez del tratado será extendido por otros cinco años.

Artículo VII

El presente tratado deberá ser ratificado dentro del más corto tiempo posible. Las ratificaciones serán intercambiadas en Berlín. El acuerdo entrará en vigor tan pronto como sea firmado.

Redactado en duplicado, en idiomas alemán y ruso.

Moscú, 23 de Agosto de 1939.

Por el Gobierno del Reich Alemán:

V. Ribbentrop

Con amplios poderes del Gobierno de la URSS:

V. Molotov

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Acápite secreto del Pacto Ribbentrop-Mólotov

Texto en idioma Aleman del acápite secreto

[Geheimes Zusatzprotokoll]

Aus Anlaß der Unterzeichnung des Nichtangriffspaktes zwischen dem Deutschen Reich und der Union der Sozialistischen Sowjetrepubliken haben die unterzeichneten Bevollmächtigten der beiden Teile in streng vertraulicher Aussprache die Frage der Abgrenzung der beiderseitigen Interessensphären in Osteuropa erörtert. Die Aussprache hat zu folgendem Ergebnis geführt:

1. Für den Fall einer territorial-politischen Umgestaltung in den zu den baltischen Staaten (Finnland, Estland, Lettland und Litauen) gehörenden Gebieten bildet die nördliche Grenze Litauens zugleich die Grenze der Interessensphäre Deutschlands und der UdSSR. Hierbei wird das Interesse Litauens am Wilnaer Gebiet beiderseits anerkannt.

2. Für den Fall einer territorial-politischen Umgestaltung der zum polnischen Staat gehörenden Gebiete werden die Interessensphären Deutschlands und der UdSSR ungefähr durch die Linie der Flüsse Pissa, Narew, Weichsel und San abgegrenzt. Die Frage, ob die beiderseitigen Interessen die Erhaltung eines unabhängigen polnischen Staates erwünscht  ei-scheinen lassen und wie dieser Staat abzugrenzen wäre, kann endgültig erst im Laufe der weiteren politischen Entwicklung geklärt werden. In jedem Falle werden beide Regierungen diese Frage im Wege einer freundschaftlichen Verständigung lösen.

3. Hinsichtlich des Südostens Europas wird von sowjetischer Seite das Interesse an Bessarabien betont. Von deutscher Seite wird das völlige politische Desinteressement an diesen Gebieten erklärt.

4. Dieses Protokoll wird von beiden Seiten streng geheim behandelt werden.

Moskau, den 23. August 1939

gez. von Ribbentrop

gez. W. Molotow

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Tomado de http://www.exordio.com

Protocolo Secreto Adicional

1. En el caso de un reacondicionamiento territorial y político en las áreas pertenecientes a los Estados Bálticos (Finlandia, Estonia, Latvia Lituania), la frontera norte de Lituania representarán los límites de la esfera de influencia de Alemania y de la URSS. En relación con esto, el interés de Lituania en el área del Vilna es reconocida por cada parte.

2. En el caso de un reacondicionamiento territorial y político en las áreas pertenecientes al Estado Polaco, las esferas de influencia de Alemania y la URSS, serán limitadas por la línea de los ríos Narew, Vístula y San.

La cuestión de que si ambas partes ven como conveniente el mantenimiento de un Estado polaco y cómo ese Estado deberá limitar de alguna forma, esa limitación puede solamente ser determinada en el curso de los próximos desenvolvimientos políticos.

En cualquier caso, ambos Gobiernos resolverán esa cuestión por medio de un acuerdo amistoso.

3. En relación con el Sureste Europeo, la parte Soviética llama la atención sobre su interés en Besarabia. La parte alemana declara su completo desinterés político en esas áreas. [*]

4. Este protocolo deberá ser tratado por ambas partes en estricto secreto.

Moscú, 23 de Agosto de 1939.

Por el Gobierno del Reich Alemán

V. Ribbentrop

Plenipotenciario del Gobierno de la U.R.S.S.

V. Molotov

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[*] El texto en alemán de este artículo del protocolo es: " Hinsichlich des Südostens Europas wird von sowjetischer Seite das Interesse an Bessarabien betont. Von deutscher Seite wird das völlige politische Desinteressement an diesen Gebieten erklärt.

(Documentos capturados por los Aliados cuando Alemania trasladó los archivos desde la capital debido al asedio de los soviéticos)

National Archives and Records Administration

. . . to ensure ready access to essential evidence . . .that documents the rights of american citizens, the actions of federal officials, and the national experience . . .


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jueves, junio 25, 2020

David Barreira del diario El Español: Los 25.000 polacos que Stalin asesinó: así fue el mayor crimen soviético de la II Guerra Mundial

Nota del Bloguista de Baracutey Cubano

La verdadera historia sovietica


Documentos relacionados  con   el mayor crimen soviético de la II Guerra Mundial:



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Los 25.000 polacos que Stalin asesinó: así fue el mayor crimen soviético de la II Guerra Mundial

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Un libro indaga en la matanza perpetrada por la URSS en el bosque de Katyn y en la guerra propagandísitca que se desató entre nazis y aliados.
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Por David Barreira
10 marzo, 2020

El teniente coronel Friedrich Ahrens observó a un lobo cavando un agujero en la nieve profunda del bosque de Katyn, a las afueras de la ciudad rusa de Smolensk. Al lado del animal, el militar alemán vislumbró una cruz de abedul como las que se colocan sobre las tumbas de los soldados y rápidamente dio aviso al oficial al mando. Era finales de enero de 1943 y la tierra estaba congelada: hubo que esperar hasta mediados de marzo para que el lugar pudiese ser examinado. Aquellas fosas escondían miles de huesos humanos.

Tres años antes, primavera de 1940: más de 22.000 oficiales y funcionarios de la élite polaca son ejecutados con un balazo en la nuca entre los árboles del bosque de Katyn, al borde de una fosa común, y en otros lugares de la Unión Soviética. Muchos de ellos fueron a la muerte atados, otros con sus abrigos sobre la cabeza. Había oficiales de Estado Mayor, médicos, profesores y hasta medallistas olímpicos. También una mujer, la piloto Janina Lewandowska. ¿Su delito? Ser supuestos "criminales de guerra", "contrarrevolucionarios".

Pero en este caso, los verdaderos asesinos fueron Stalin y sus secuaces, con Lavrenti Beria, jefe del temible , NKVD, la policía secreta de Moscú, a la cabeza. Fue el mayor crimen cometido por los soviéticos en el trascurso de la II Guerra Mundial, una escalofriante lista de ejecuciones que el Kremlin tardó medio siglo en reconocer. Ahora, un ensayo del periodista e historiador alemán Thomas Urban, titulado La matanza de Katyn (La Esfera de los Libros), bucea en documentos originales y los relatos de los testigos oculares de la masacre para construir una rigurosa y documentada historia que vierte luz sobre todos los intentos de manipulación y mentiras que se encadenaron.


Su relato arranca con la inverosímil firma del Tratado de No Agresión entre la Alemania Nazi de Hitler y la Unión Soviética, y recordando que la invasión de Polonia en septiembre de 1939 no solo fue obra las tropas de la Wehrmacht. El Ejército Rojo, atacando desde el este, tomó 180.000 prisioneros polacos, unos números que superarían los 230.000 tras las detenciones realizadas por los funcionarios del NKVD en las semanas posteriores. La élite del país sería encerrada en tres campos de concentración: Kozelsk, Ostashkov y Starobelsk.

El 5 de marzo de 1940 comenzaron las tareas de liquidación: el Politburó emitió la 'Decisión nº 144', según la cual se fusilaría a 25.700 polacos. Dos días después, Beria firmó la orden de destierro por diez años de todos los allegados de los condenados a muerte sin su conocimiento. A partir de mediados del mes de abril, unas 60.000 mujeres, hijos, hermanos y padres fueron deportados a la estepa kazaja en condiciones miserables. Vivieron en pésimas cabañas de madera o agujeros en el suelo. Miles de ellos no sobrevivieron al primer invierno, con temperaturas de hasta 45º bajo cero. Todas sus propiedades fueron entregadas a los oficiales del Ejército Rojo y a miembros del Partido Comunista.

Los reos fueron transportados en trenes en grupos de 250 personas y conducidos al bosque de Katyn en autobuses. Los guardias soviéticos les habían hecho soñar con una inminente liberación, pero en realidad iban a ser despedidos con un disparo en la cabeza. "El nombre de este pequeño pueblo en el oeste de Rusia representa el intento de Stalin de exterminar a la clase dominante polaca, para extender su sistema totalitario de la Unión Soviética a Polonia. La orden del Kremlin no solo afectó a Katyn, sino también a otros lugares donde murieron, en total, unos 25.000 oficiales e intelectuales polacos", escribe Urban.

La jugada de Goebbels

La Operación Barbarroja lanzada en junio de 1941 sacudió el transcurso de la II Guerra Mundial: los nazis invadieron el territorio anexionado por los soviéticos y estos huyeron despavoridos hacia el este, elevando en miles el número de víctimas polacas. Paradójicamente, Moscú decretó una amnistía cuya finalidad era integrar a los oficiales de Polonia —a los que no habían ejecutado— en las filas del Ejército Rojo. A finales de ese año, se habían creado tres divisiones polacas, con un total de casi 40.000 hombres exhaustos y mal alimentados.

Pero el hallazgo en Katyn por los alemanes de las pruebas de la masacre soviética abrieron un nuevo frente en la guerra. "No podía creer lo afortunado que era", dijo de Joseph Goebbels, ministro nazi de Propaganda, uno de sus subordinados. Rápidamente y empujado por Hitler, armó una campaña destinada a abrir una brecha en los aliados: el 11 de septiembre de 1943, la agencia alemana informó del hallazgo de las fosas comunes con miles de cuerpos. El duelo propagandístico había dado el pistoletazo de salida: Radio Moscú contraatacó diciendo que sus enemigos habían preparado los cuerpo en Auschwitz y los habían enterrado en el bosque de la localidad rusa.

La operación de Goebbels fue un éxito a medias: por una parte, logró que el Gobierno polaco en el exilio reclamase al resto de los Aliados que una misión de la Cruz Roja realizase un informe sobre el terreno. La URSS, evidentemente, no estaba dispuesta a dilucidar responsabilidades. Reino Unido y EEUU trataron de apagar el incendio: en un telegrama, Churchill le dijo A Roosevelt: "Los hemos convencido de que no se concentren en los muertos, sino en los vivos, en el futuro, no en el pasado".

Los nazis, por el contrario, sí supieron explotar informativamente la masacre: Goebbels ordenó que los propios polacos relatasen a sus compatriotas los extremos de las ejecuciones. La Cruz Roja del país realizó una investigación en la que se concluía que los asesinatos tuvieron lugar entre marzo y abril de 1940 a raíz de los documentos encontrados entre los cadáveres.También les llamó la atención las heridas de bayonetas cuadradas que presentaban muchos de los cuerpos: este tipo de arma solo la poseían el Ejército Rojo y el NKVD.


A pesar de las evidencias irrebatibles, Stalin siempre negó la implicación de la URSS en la matanza de Katyn. Todo este proceso de sucesión de versiones lo reconstruye con elegancia y atractivo Thomas Urban en su libro. Algunos pasajes de su investigación se leen con perplejidad, sobre todo el capítulo dedicado a la Comisión Burdenko, una operación de reescritura sistemática de la historia orquestada por Beria y su delegado, Vsevolod Merkulov.

Los talleres de falsificación de los servicios secretos soviéticos, escribe el historiador, recibieron el encargo de "producir y obtener documentos fechados entre el otoño de 1940 y el verano de 1941. Debían demostrar que los oficiales polacos aún estaban a salvo en los campos soviéticos durante este período". Fotografías aéreas tomadas por los alemanes y conservadas en los archivos estadounidenses evidencian que en Katyn "se utilizaron excavadoras y bulldozers para realizar extensos movimientos de tierra" entre octubre y noviembre de 1943. También persiguieron a todo tipo de testigos mediante calumnias, intimidación o la liquidación. Pero las mentiras terminaron desvelándose.

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