viernes, agosto 05, 2022

Alfredo M. Cepero: Las vivencias del amor a la Patria. Un hombre sin patria es un hombre sin rumbo.

 



Tomado de http://www.lanuevanacion.com/

LAS VIVENCIAS DEL AMOR A LA PATRIA

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Un hombre sin patria es un hombre sin rumbo.

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Por Alfredo M. Cepero

Director de www.lanuevanacion.com

Sígame en: http://twitter.com/@AlfredoCepero

La literatura universal está repleta de definiciones, opiniones y referencias a la palabra patria. El concepto de patria ha ido evolucionando a lo largo de la historia adquiriendo diversos significados. Fueron los humanistas renacentistas los que recuperaron esta palabra de origen latino y la incluyeron en el lenguaje común. La realidad es que el concepto de patria está matizado por las condiciones y la estación en la vida de cada persona. No es lo mismo la patria del pobre que la del rico, la del joven que la del viejo, la del peregrino que la del sedentario. Por lo que digo—con toda tranquilidad—que cada persona tiene su propia patria. En este trabajo haré un recorrido por la percepción de la patria según la edad.

LOS PATRIOTAS Y LOS APÁTRIDAS.

Ahora bien, antes de continuar quiero dejar bien claros dos conceptos totalmente opuestos el uno del otro. Me refiero a los patriotas y a los apátridas. El patriota es el que siente con mayor intensidad su vínculo con la patria. A tal extremo que su mayor honor es el de morir en el campo de batalla o padecer encarcelamiento por su libertad. La historia de nuestro continente está llena de hombres y mujeres que han hecho ese sacrificio supremo.

En el otro extremo se encuentran los apátridas. Personas que no se consideran nacionales de ningún estado. En mi opinión, un apátrida es una persona tan centrada en sí misma que es incapaz de sentir ataduras emocionales por nada ni por nadie que no le represente un beneficio personal. Llegan al extremo de servir al diablo con tal de beneficiarse ellos.  Estos son los miserables que han pavimentado el camino hacia la tiranía, la represión y la miseria en distintos pueblos del mundo.

ORÍGEN Y SIGNIFICADO DE LA PALABRA PATRIA.

La patria (del latín patrĭa, con el mismo significado) suele designar al lugar natal o adoptivo al que un individuo se siente ligado por vínculos de diversas índoles, como afectivos, culturales, históricos o familiares. La patria es la brújula que nos señala el norte hacia el cual nos dirigimos en el curso de nuestra vida. Ella determina nuestras relaciones y los actos en nuestra vida. Un hombre sin patria es un hombre sin rumbo.

LA PATRIA DE LOS POETAS

El poeta austriaco Rainer Maria Rilke afirmó que “la verdadera patria del hombre es la infancia”. Es, en efecto, durante esta etapa de la vida cuando se forma nuestra noción de hogar, nuestros recuerdos, los sueños que nunca nos abandonan del todo, nuestra nostalgia.

Agustín Acosta y Bonifacio Byrne fueron dos poetas cubanos que expresaron en emotivos versos su amor por Cuba. Agustín en su exquisita décima a la bandera dijo: “gallarda, hermosa, triunfal, de la patria representas el romántico ideal…” Y Bonifacio vaticinó con vehemencia y rabia patrióticas “si deshecha en menudos pedazos llega a ser mi bandera algún día, nuestros muertos, alzando los brazos, la sabrán defender todavía”.

Y el más patriota de todos los cubanos—que  vivió para ella y murió por su libertad—la definió con la ternura que matiza toda su obra poética. José Martí dijo que: “Patria es algo más que derecho de posesión a la fuerza…..Patria es comunidad de intereses, comunidad de ideales, fusión dulcísima y consoladora de amores y esperanzas”.

LA PATRIA EN LA ADOLESCENCIA

Es el concepto que nos transmitieron nuestros padres y nuestros maestros. Un lugar presidido en la escuela por las fotografías de los hombres y mujeres que forjaron nuestra nacionalidad. Un lugar que se materializa en el juramento a la bandera a los acordes de nuestro himno nacional que hacemos al final de cada semana. Un periodo hedonista en que la patria es el lugar donde disfrutamos de placeres y privilegios sin entender todavía nuestra responsabilidad por defenderla.

LA PATRIA EN LA JUVENTUD

El lugar donde soñamos alcanzar grandes triunfos. Donde comenzamos a entender nuestra responsabilidad de defender su libertad. Donde corremos riesgos sin pensar en el peligro. Durante la Edad Media y gran parte de la Edad Moderna, los europeos cristianos asociaban el término patria con el Paraíso. Así, por ejemplo durante la Edad Media la patria de los cristianos era el paraíso. Y en relación a esto se consideraba que el patriotismo tenía que ver con la virtud, con ser caritativo y buen cristiano.

LA PATRIA EN  LA MADUREZ

El lugar donde logramos estabilidad en nuestra vida privada y profesional. Donde nos aceptamos como somos y tomamos conciencia de nuestras limitaciones y posibilidades. Donde nos convertimos en factor estabilizador y ejemplo de servicio a la patria para las nuevas generaciones. En esta etapa de nuestras vidas nos consolidamos como los cimientos sobre los cuales descansan los deberes, los principios, las virtudes y las esperanzas de la patria de todos.

LA PATRIA EN LA VEJEZ

Esta es la etapa del deber cumplido para aquellos que hayan tenido a la patria como la estrella polar de sus vidas. Ya no hay segundas oportunidades. Lo hicimos bien o lo hicimos mal y tendremos que vivir o morir con las consecuencias. De todas maneras, es la plataforma desde la cual nos preparamos para emprender nuestro viaje hacia la eternidad de la patria celestial.

LA PATRIA PARA QUIENES NOS LA ROBARON.

El amor se convierte en obsesión para aquellos a quienes nos han arrebatado a la patria. Un dolor que llevamos a cuestas por el resto de nuestras vidas en exilio y sólo lo mitigaremos cuando volvamos a ella. De hecho, nuestro amor por la patria se ha hecho más intenso con la distancia y el tiempo. Algo así como un hechizo inexplicable que es al unísono redención y cruz. Andamos con ella a cuestas en la búsqueda obsesiva e infatigable del camino que nos lleve de regreso a la tierra, al mismo tiempo añorada y prometida, de una Cuba Libre.

8-2-22


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jueves, mayo 21, 2020

Videos de Zoé Valdés en Zoeños de la Razón: Gastón Baquero y otros poetas…

Nota del Bloguista de Baracutey Cubano



 Detrás y casi al centro reconozco a Gastón Baquero, quién también publicó en la revista Orígenes pero que fue condenado al ostracismo por el Castrismo pues se fue poco después  del triunfo de la Revolución.  Gastón Baquero era del interior del país (guajiro),  pobre, mulato y homosexual y llego a ser Jefe de Redacción del Diario de la Marina, del cual se dice que era el diario o periódico más conservador de Cuba ¿Eso  no va en contra de lo que dice  la propaganda  Castrista respecto a lo que fue la República de Cuba antes de  la Robailusión Castrista? . Comentario del Bloguista de Baracutey Cubano


cervantesvirtual
4 de diciembre de 2018
Orígenes: Gastón Baquero



Entrevista a Cintio Vitier y Fina García Marruz, miembros del Grupo Orígenes de la literatura cubana. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Literatura y poesía cubana. Vídeo. Entrevista. Cuba. Alicante. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Contenidos:
- 0:00 Gastón Baquero, dos líneas literarias
- 1:01 Gastón Baquero, pieza fundamental del Grupo Orígenes

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Zoeños de la Razón: Gastón Baquero y otros poetas…

Parte 1


Parte 2

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Nota del Bloguista

Gastón Baquero tenía ¨en su contra¨ cuatro supuestos estigmas para la Cuba anterior a 1959: ser de raza negra, campesino (para la mayoría de los residentes de La Habana, y sobre todo para aquellos habaneros de primera generación, ser de Banes y de cualquier pueblito del interior de Cuba es ser campesino), pobre y homosexual. En lenguaje peyorativo de la época, Gastón Baquero se diría que era: ¨negro, guajiro, 'muerto de hambre' y maricón¨ , o sea, ¨la última carta de la baraja¨; sin embargo, Baquero llegó a ser Jefe de Redacción del Diario de La Marina, el más importante diario o periódico cubano de Cuba. El gran poeta y ensayista Gastón Baquero es un ejemplo de que con talento y perseverancia se salía adelante en aquella anterior República tan vilipendeada por los Castristas.

Por cierto:

¿ Cuántos Jefes de Redacción negros ha tenido: Granma, Juventud Rebelde, Trabajadores o cualquier diario de provincias después del triunfo revolucionario de 1959 ?. Yo no he conocido a ninguno...
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Texto de Gastón Baquero, Diario de la Marina, 19.4.1959



Al iniciar un viaje que por muchos motivos puede denominarse de vacaciones, consideramos obligado ofrecer a los lectores amigos los otros se lo explican todo a su manera algunas consideraciones sobre la actitud de este columnista antes y después del 1º de Enero.

Veníamos en silencio, sin escribir, desde la aparición de la censura. Meses y meses previos al desenlace de una etapa histórica, nos vieron callados, y posiblemente interpretados por algunos frívolos o por algunos ciegos apasionados como indiferentes a un dolor patrio o como partícipes de la mentalidad y ejecutoria que producía esos dolores. A cada cual su juicio, su interpretación, su creencia, que sólo puede modificarla el tiempo. Es inútil razonar contra los prejuicios.

Las personas de nuestra manera de pensar nos veíamos cada día más arrojadas a un callejón sin salida. Estábamos contra el crimen y la violencia, pero no podíamos irnos con la revolución. Comprendíamos que ya la tragedia cubana avanzaba con violencia arrasadora y que no tenía nada que hacer la voz del periodista, y menos si éste pertenecía a la ideología conservadora. Se habían gastado las palabras persuasivas, los llamamientos al cese de la lucha, las apelaciones a buscar una salida incruenta. La palabra pertenecía a las armas, que no se han hecho para propiciar el entendimiento. A quienes no podíamos ni aplaudir lo que ocurría, ni dar por bueno lo que venía, no nos quedaba otra postura que la del silencio. Y al silencio fuimos.

Los tiempos cubanos, como los de casi todos los países en esta hora del mundo, se inclinaban visiblemente hacia las soluciones extremas. Muchos creían que se gestaba simplemente la caída del gobierno con su reemplazo por otro mejor, pero adscrito en definitiva a una línea jurídica, económica, social, política, dentro de una tradición inaugurada en la Carta Magna de 1940. Quienes veíamos que la nueva generación iba mucho más allá, y propugnaba una revolución y no un simple cambio de gobernantes abogábamos, por no tener fe en las revoluciones, por salidas de otro tipo, que eliminaran el gobierno malo, pero que no abrieran la terrible incógnita de una revolución social siempre más radical y profunda de lo que ¨afortunada o desdichadamente¨ Cuba puede y debe intentar en esta hora.

¿Y por qué no tenemos fe en las revoluciones? No es porque ellas produzcan trastornos, lesionen intereses, vuelquen las costumbres. No tenemos fe en ellas porque siempre se fijan tareas que requerirían la asistencia de grandes genios, la milagrosa autoridad de ángeles y santos para cambiar de la noche a la mañana la naturaleza humana. Las revoluciones quieren hacer por decreto que en un instante se precipite el progreso, y nazca el hombre nuevo y surja por encanto la ciudad soñada. Su gran paradoja consiste en que no quiere dar al tiempo lo que es del tiempo, ni al hombre lo que es del hombre, sino que intenta saltar, a pies juntillas, por encima del tiempo y del hombre para llegar de una vez a la meta teóricamente fijada. Provocan sufrimientos y conmociones que alteran a fondo y por mucho tiempo el desarrollo normal y seguro, el avance lógico y humano hacia el mejoramiento constante de las formas de vida. Quiere la perfección de la noche a la mañana y es en definitiva una noble pero trágica terquedad ideológica, soberbia intelectual, que quiere desconocer la naturaleza humana y piensa que las grandes ideas, el afán por la justicia, la sed de verdad, no han aparecido en el mundo porque a éste le han faltado revolucionarios. La historia muestra que los revolucionarios han contribuido como nadie a la aparición de nuevas ideas, de mejoramiento y de justicia, pero que los revolucionarios, cuando triunfan, ya no saben sino saltar hacia el porvenir, de un golpe, ignorando la dura materia del tiempo y la fuerte resistencia del hombre. Mientras no llegan al poder son un bien, pues traen el fermento de la inquietud y el aguijón del progreso.

(Gastón Baquero en su Exilio en Madrid)

El progreso cubano culminó, como se sabe, en la fuga del dictador, en la impotencia de la junta militar, y en el ascenso al poder de la juventud partidaria de la revolución. Los caracteres ideológicos de ésta no fueron nunca disfrazados por sus dirigentes. En el manifiesto dado por el Dr. Fidel Castro en diciembre de 1957, al desembarcar en Cuba, están contenidas todas las ideas que hoy se van convirtiendo en leyes. (Nota de Mons. Carlos M. de Céspedes: el desembarco del Granma tuvo lugar el 2 de diciembre de 1956, no de 1957; a qué manifiesto se está refiriendo Gastón, ¿no será acaso a La Historia me absolverá, manifiesto pronunciado por el Dr. Fidel Castro en el juicio por el asalto al Cuartel Moncada y al Cuartel Carlos Manuel de Céspedes, en 1953?). Si algún capitalista se engañó, fue porque quiso; si algún propietario pensó que todo terminaría al caer el régimen, pensó mal, porque claramente se le dijo por el Dr. Castro que todo comenzaría al caer el régimen; y si alguna persona alérgica a las grandes conmociones económicas y sociales siguió y ayudó al Movimiento, creyendo que éste venía solamente a tumbar a Batista, pero no a cambiar costumbres muy arraigadas en la organización económica y social, se equivocaron totalmente o no leyó con atención aquel manifiesto. El Dr. Castro no ha engañado a nadie, aunque mucha gente conservadora y enemiga de las convulsiones le siguieron sin preguntarse detenidamente hacia donde la llevaban.

Y como este columnista no fue ni es partidario de las revoluciones, ni de las transformaciones violentas de la estructura social (lo que no quiere decir que permanezca indiferente ante los males y renuncie a la superación de estos por medios que le parecen menos dañinos y más duraderos), no creyó nunca que se debió abandonar los esfuerzos para poner fin pacífico y no revolucionario a los horrores que Cuba padecía. Por supuesto que esta idea no sólo fue derrotada por los hechos lo que es mortal para una idea sino que se prestó y se presta a las interpretaciones más agresivas y mortificantes sobre el origen de la actitud.

Al triunfar la revolución no faltaron los atolondrados que seguían creyendo que por haber sido más o menos antibatistianos eran ya suficientemente revolucionarios. No veían que el 1º de enero, volado ya el posible puente de una junta militar delicia de los que querían dinamitar la casa, pero sin derribar las paredes ni el techo, Cuba entraba a vivir una etapa histórica absolutamente distinta. Esta etapa iba a requerir una nueva mentalidad en las clases, en los ciudadanos, en el Estado, en las costumbres, pero muy pocos lo sospechaban.

Al principio, todo fue júbilo. La caída de una dictadura que cometió tan terribles errores y realizó tantos horrores, fue ocasión justificada para el desbordamiento oceánico de alegría pura y sincera, sin diferencia de clases ni de individuos. Todos eran felices porque había caído la tiranía; pero muchos no sospechaban siquiera que recibían entre palmas una revolución social. Ya de Batista estaban hasta la coronilla los más tenaces batistianos. El río de sangre, la inseguridad para la vida y la propiedad, la censura de prensa, el imperio del terror como norma de gobierno, habían llegado a sensibilizar hasta a los reacios al dolor ajeno. Cuba había apurado el límite de la resistencia física y de la resistencia moral. De todos sus sufrimientos parecía librarse, en jubilosa catarsis, cuando ofrecía enardecida a los revolucionarios victoriosos el laurel de la gratitud y el aplauso de la admiración. Y como en 1902, como en 1933, como en 1944, el pueblo cubano se dispuso a iniciar de nuevo el camino hacia la honradez administrativa, la libertad ciudadana, el respeto a los derechos, la desaparición de los privilegios, y la vida reglada por la paz, la cultura y el progreso.

¿Cuál era la actitud correcta de quienes no creímos en la revolución y no hicimos por ella nada, aunque tampoco hicimos, en conciencia, nada contra ella? A nuestro juicio, lo decoroso, lo justo, era el silencio. Fácil nos hubiera sido, de quererlo, y pese al riesgo de esa burla, presentarnos en pose demagógica, arrojando flores al paso de los vencedores. ¿No es esto lo usual?¿ No hemos presenciado el desfile ignominioso de los incorporados, de los revolucionarios del 2 de Enero, de los radicales que no tienen mucho que perder y de los conservadores y hasta reaccionarios disfrazados de dantones? Quienes comprendimos que el 1º de Enero se iniciaba en Cuba una etapa de gran conmoción social, de renovación que iba mucho más allá de lo imaginado por tantos y tantos que confunden revolución con antibatistismo y sentíamos que esas nuevas ideas triunfantes no eran las nuestras, no podíamos hacer otra cosa que callarnos y dejar que la revolución misma se abriese paso entre las clases sociales, perfilando su real fisonomía y declarando paladinamente a quienes aún vivían engañados cuáles eran sus verdaderas proyecciones.

Ahora nos encontramos en el ápice del despertar. Aquella señora que compró sus bonitos del 26, no soñó que la revolución le iba a rebajar el 50% de sus rentas por alquileres; aquel industrial que por ideología o por miedo abrió sus arcas, creyó que tenía adquiridos títulos revolucionarios y subsiguiente influencia; aquel sacerdote que hizo de su sotana un manto de piedad para salvar vidas de jóvenes acosados y de su Iglesia un centro de conspiración, creyó que se tendría en cuenta su filosofía de la sociedad y de la vida. Cuantas ilusiones, esperanzas, elucubraciones y cálculos han fallado. Pues llegó la revolución de veras, radical, inflexible, sin compromiso ante sus ojos y anhelosa de llevar a cabo un enorme cambio, un programa descomunal de contenido económico y social, que ha venido gestándose en la mente de los cubanos revolucionarios desde los mismos años inaugurales de la República. Llegó la revolución en la que no tienen cabida el perdón de los errores, el pensamiento conservador, la doctrina tradicionalista ni el conformismo acomodaticio que, es cierto, ha frustrado tantas esperanzas del cubano.

Al chocar frente a frente con la realidad, muchos se han asustado. No sabían que una revolución era así. Pues así, y más, son las revoluciones. Por eso ante ellas, quienes no tenemos vocación política y no nos inclinamos a participar en movimientos contrarrevolucionarios por mucho que la revolución nos persiga, no sabemos hacer otra cosa que ponernos al margen, dejar pasar el poderoso torrente y desear, sin el menor resentimiento, que triunfe y se consolide cuanto sea bueno para Cuba, y que se disuelva rápidamente en el vacío cuanto pueda ser un mal para esta tierra de la cual pueden incluso hasta arrojarnos, pero no pueden impedir que la amemos con la misma pasión que pueda amarla el más revolucionario de sus hijos.

Al iniciar este viaje, lector, dejamos en manos de nuestro querido Director y amigo, José Ignacio Rivero, hombre cristiano, hombre de carácter, nuestro cargo en el DIARIO DE LA MARINA, de Jefe de Redacción, que tanta honra nos deja para siempre. Comprendemos que hay momentos en los cuales pueden ser confundidas, con daño para lo que más importa que es el DIARIO, las actitudes personales, las ideas propias, con las actitudes del periódico. En medio de la pasión, del asombro de las clases, del choque ideológico inesperado, tiene por ahora poco que hacer un periodista verticalmente conservador, un derechista en tiempos de derrota para las derechas. Cabe la adaptación sinuosa, o cabe el combate. Aquella es lo innoble y éste es lo absurdo. Desde lejos hablaremos, en tanto Dios provea otra cosa si nos da venia para ello el Director y si no se oponen ciertos defensores de la libertad de pensamiento¨, de otras tierras, de otros cielos, de otros personajes. Posiblemente, con toda posibilidad, volveremos de un modo o de otro a defender aquellas ideas en las cuales creemos sobre la sociedad, la economía, las relaciones humanas, la libertad frente al comunismo esclavizador, ideas de las que nos sentimos orgullosos, por maltratadas, incomprendidas y vilipendiadas que hoy se hallen. El mundo las necesita, aunque no quiera verlo. El miedo a defender las ideas que van contra la corriente o que son estigmatizadas como nocivas, es la mayor de las cobardías. Vale más morir junto a una idea vencida, en la cual se cree todavía, que uncirse al primer carro victorioso que pasa, renunciando a tener ideas, a defender una ideología, a proclamar la visión propia y sincera que se tiene de los hombres y del mundo.

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