martes, agosto 04, 2020

Zoé Valdés sobre el equivocado Eusebio Leal Spengler


Nota del Bloguista de  Baracutey Cubano


Cuando a finales de 1878 Juan Gualberto regresa a La Habana, conoce a  José Martí a través de un amigo en común, Don Nicolás Azcarate, que los pone en contacto en el bufete de Miguel F. Viondi, ubicado en la calle Mercaderes no. 2, Esquina Empedrado.

A partir de aquel encuentro comienzan a  verse todos los días, el propio Viondi les ofreció un despacho en su propio edificio, para que estuvieran más aislados.

El servil y canalla al desnudo:


********************
Tomado de https://www.cibercuba.com/

El equivocado Leal


Por Zoé Valdés
Agosto 3, 2020

Conocí a Eusebio Leal Spengler en el año 1979, a través del escritor cubano Manuel Pereira, quien en la actualidad vive en México. Ellos eran muy amigos y yo iniciaba una relación profundamente amorosa con Pereira cuyo matrimonio duró siete años.

Eusebio Leal Spengler, el apellido de su padre colocado al final, antes el de su madre (según contaba él, luego se verificaría que se trataba de una de sus mentiras), con quien se crió, en ausencia de su padre (batistiano), según tengo entendido, me pareció un hombre muy simpático.

Siempre andaba corriendo de un lado a otro de la ciudad, paraba poco en su oficina, y cuando llegaba iba saludando invariable y particularmente desde el vigilante hasta al anciano hijo del presidente Zayas, a las guardianas del museo. Desgranaba simpatía, aunque repartía órdenes muy estrictas y rigurosas que había que cumplir de inmediato.

En la época en la que lo frecuenté, algunas secretarias llegaban y se iban con toda rapidez porque no soportaban su ritmo o él no aguantaba la lentitud de ellas, hasta que se quedó con una llamada Diana.

Su brazo derecho, o eso hacía entrever, era otra funcionaria llamada Rayda Mara. Existía también el investigador e historiador, además de arquitecto, el chino Leonel S. Marrero, cuyo rostro denotaba su origen chino, y un equipo de arquitectos entre los que se encontraba una chilena que fue el amor de la vida de Silvio Rodríguez en la época, y dos cubanos, un hombre y una mujer. El arquitecto cubano se quedó algunos años más tarde en Italia, hoy vive en Miami.

Durante la época en que conocí a Eusebio Leal cambió de esposa en cuatro ocasiones, la primera, la madre de sus dos hijos Vivian y Javier, la segunda, Margarita, graduada en Historia del Arte, madre de su hijo Carlos Manuel, después Yamile Mansor, abogada, con la que no tuvo hijos, y Beatriz, una joven estudiante, a la que apenas conocí, porque ya en aquella época nos veíamos poco, y que lo dejó para casarse con uno de esos cubanos exiliados que en Cuba se decía -por debajo del tapete- que se trataba de un prófugo de la justicia norteamericana y otros opinaban que viajaba a Cuba con la esperanza de invertir dinero en aquella isla. Como un Carlos Saladrigas avant la lettre.

Eusebio Leal, sin el Spengler, apellido al que él no recurría nunca o casi nunca, en aquella época era un hombre enardecido que luchaba a brazo partido por el poder de la ciudad. No dudo un instante que su amor por La Habana Vieja fuera verdadero. Antes de llegar al salón que hacía de su oficina decidió conservar otro espacioso salón donde se encontraba la oficina de quien fuera su antecesor Emilio Roig de Leuschering, allí iba su viuda, María Benítez, a diario para hacer cualquier tarea que se le indicara. La recuerdo como una mujer elegante y silenciosa. Leal la utilizaba además como objeto de interés turístico o blasón de amistad.

Leal no era militante del Partido Comunista, y se debatía arduamente por ser aceptado en sus filas, su pasado católico se lo impedía. Tampoco era graduado universitario (estudiaba en el Curso para Trabajadores) ni contaba con publicaciones que lo validaran para heredar el puesto que había alcanzado –como él mismo decía- debido a su amistad y fidelidad con el antiguo historiador y su afectada devoción hacia una gran cantidad de personas, muy ancianas ya, de la antigua y altísima sacarocracia y burguesía cubana a quienes visitaba, y que decía que veneraba devotamente, o al menos eso parecía. Una de ellas, Dulce María Loynaz.

La amistad con estas personas, Sara Soler, la esposa del herrero Soler, y con una gran cantidad de ancianas a las que visitaba a diario, le abrió las puertas y la confianza de una casta marginada y vapuleada por el comunismo. Pero al mismo tiempo Leal pretendía el poder, el poder por encima de quien más lo vetaba, el alcalde de La Habana, Oscar Fernández Mell. Entre ellos no se podían ver, pero Leal siempre fue una persona muy astuta y supo colársele a Fernández Mell brindándole actos y conciertos musicales y poniéndolo en el pedestal que el otro exigía. Leal Spengler supo ser el intermediario entre esa casta marginalizada y los comunistas de poca clase y fineza.

Poco a poco y durante los años ochenta Leal se fue convirtiendo en el “duende” de La Habana, así lo llamaban todos, incluidos los vecinos de los solares aledaños a sus predios, entre quienes hizo amigos y a quienes atendía con tesón. Él mismo vivía en una magnífica casa pintada por dentro de blanco y azul, el exterior de piedra de taille, con persianas y plantas que su madre, la buena y silenciosa Silvia, cuidaba con pasión.

Vi la transformación de Eusebio Leal, pero no le di importancia, en aquella época muchos se comportaban como él lo hacía. Finalmente consiguió su afiliación al PCC, lo reconocieron como historiador –algo que le costó un gran esfuerzo, debido a la gran cantidad de enemigos que tenía, aunque consiguió poco a poco ser apoyado por Haydée Santamaría y por Alfredo Guevara, así como por René Rodríguez, entre otros-. Eusebio Leal siempre se mantenía en un nerviosismo extremo, en un corre p’aquí y arranca p’allá, que daba la sensación de que estaba en aquel momento haciendo su propia revolución. Una revolución a favor de los vecinos de La Habana Vieja. A algunos les prometió villas y castillos, lo que no cumplió.

Excavó La Habana Vieja, alrededor del Museo de la Ciudad, su cuartel, y de la Oficina del Historiador, encontró como tesoro esencial una botellería antigua de lo que fueron los vinos y las cervezas que se tomaron los españoles, y empezó a crear su propia leyenda. Esa leyenda empezó con las conferencias que llevaron como título Andar La Habana. Cada miércoles, al inicio, y luego cada sábado.

Eusebio Leal recorría La Habana Vieja contándola desde su exaltado verbo de historiador callejero, inventaba leyendas, transformándolas hasta el delirio. Lo cierto es que tuvo un éxito enorme. Los habaneros iban a verlo desde todas partes de la ciudad para reunirse con él en el fórum empedrado del Parque de los Enamorados a oír lo que a través del verbo –a veces cursi y hasta picúo- de Leal le contaba cada piedra de su antigua ciudad.

Su popularidad alcanzó niveles increíblemente peligrosos, porque en Cuba se puede ser de todo, menos más popular que los Castro, y su popularidad era su espada de Damocles, la que tuvo que empezar a dirigir –la popularidad, desde luego- a favor de los tiranos. No faltaba entonces el guiño final de cada intervención al identificar todo lo que él hacía como una obra de la revolución, incluso si la revolución no le daba un centavo por ello, o si lo despreciaba, hasta ese momento, ni contaba con su obra para llevar a cabo el trabajo de investigación y de restauración de La Habana.


Fui una de las que no se perdió una sola de sus conferencias. En aquella época estudiaba Filología en la Universidad de La Habana, leía enormemente y había vivido toda mi vida entre las piedras de la Ciudad Intramuros, primero en la calle Muralla, después en Empedrado, y más tarde en Mercaderes.

Eusebio Leal se dio cuenta al instante que yo conocía la ciudad como muy pocos. En una de las conversaciones en La Bodeguita del Medio mencioné que tendría que hacer mi trabajo de servicio social universitario, y mi esposo y él mismo me propusieron que lo hiciera en el Museo. Para mí fue de una gran alegría, primero porque me evitaba coger guaguas y alejarme de mi entorno, y segundo porque uno de los sitios que más amaba de la ciudad era el Museo. En una ocasión me tocó dar una visita dirigida, que terminó mal, porque el policía de la Plaza de la Catedral, creyendo que yo estaba molestando a los extranjeros, me montó en un patrullero, esposada.

En la Primera Unidad pasé momentos bastante angustiosos. Leal llegó allí al día siguiente, un poco tarde, no solo para remedar el error además para reprender al policía que era un pobre guajiro de Oriente que nada sabía de la Catedral ni de turistas –según la excusa que me dieron. Era la época en que empezaban a llegar los primeros visitantes europeos a la isla.

Después escribí tres crónicas sobre las conferencias de Leal que se publicaron en Granma a través de él. Más tarde trabajé durante meses en los dos últimos Diarios de Carlos Manuel de Céspedes, antes de morir en San Lorenzo.


Yo hacía la transcripción paleográfica de los Diarios a máquina valiéndome de una lámpara lupa (la foto de mi avatar en mi blog es de esa época, me la hizo Sonia Pérez) y Zayitas, el hijo del presidente Zayas, ordenaba aquellos documentos con sus referencias onomásticas e históricas, el glosario lo hice yo más tarde. Más tarde Rayda Mara se apoderaría de aquel trabajo como suyo, o quizás el mismo Leal se lo entregó para que ella se lo adjudicara, desconozco cómo se produjo el hecho posterior.

Leal tenía una gran facilidad de palabras, nunca la perdió, para la oratoria, una oratoria rimbombante, pero no así para la escritura. En varias ocasiones él escribía y otros reestructuraban sus textos. Su verdadero trabajo estaba en la acción: no se consideraba en aquella época un verdadero intelectual, sino más bien un investigador de la historia.

Era un hombre con una sonrisa forzada cuando el momento lo requería, casi siempre, o con una verdadera sonrisa cuando no estaba centrado en su verdadero objetivo: el poder. Podía ser muy amable, e igualmente muy altanero y rudo.

Sentía, según afirmaba una gran admiración por Fidel Castro, e intentaba llevarse de maravillas también con Raúl. Creo que la admiración por el primero era más bien actuada e hipócrita, pero supo de alguna manera metérselo en el bolsillo con sus extravagancias. Una de ellas fue sentarlo en el trono del rey de España en una de las salas de Museo, otra pedirle permiso para poder casarse en terceras nupcias, dado que para un militante sucedía lo mismo que para un católico, ese cambio tan frecuente de esposa se veía muy mal; para colmo, al parecer, Castro I tenía un gran aprecio por Margarita, la esposa a la que él dejaba en aquel momento por Yamile.

Así, haciéndose el gracioso indispensable y comprometiéndose cada vez más, se fue convirtiendo en uno de los hombres de confianza del régimen, en uno más del séquito, hasta cierto punto, además de un recaudador de divisas de armas tomar. En Francia algunos personajes de la política lo llamaron El Pedigüeño (Le Mendiant), porque siempre estaba pidiendo dinero para esto y para lo otro, y farolas para la ciudad, Y, con sus mítines históricos al parecer conseguía dormir al más pinto.

En una ocasión contó delante de mí que se había hecho de unas cuantas plumas antiguas y que con ellas iba abriéndose paso por el mundo. Le regaló una de esas plumas a Kadafi diciéndole que era un regalo que le entregaba de parte de Fidel Castro. Estuvo invitado por el Rey de España en varias oportunidades, y creo que hasta obtuvo una audiencia privada.

Al final, muchos años después, cuando yo ya apenas lo veía, nos encontrábamos por azar en algunas reuniones en casa de extranjeros o embajadas, él por su lado representando lo que representaba, y yo invitada por los diplomáticos, algunos ya conocían cómo yo pensaba en relación al castrismo.

Recuerdo una en particular: aquel día Leal había estado atacando fuertemente en la Asamblea del Poder Popular las antenas parabólicas artesanales vendidas en el mercado negro, las había calificado de ilegales, y que instalarlas eran verdaderos actos de corrupción, etcétera; lo que se había visto en la televisión cubana. Al saludarnos esa tarde, me le acerqué y le dije que yo tenía una, y que no entendía por qué él se había metido a denunciar lo de las antenas; sonrió y le preguntó al padre de mi hija si podía conseguirle una a él, para su casa.

No sé cuánto habrá ascendido Eusebio Leal Spengler en la confianza del tirano Raúl Castro, pero lo que sí se notaba qes que tenía mucho más poder del que él mismo hubiera podido imaginar, que alcanzó un puesto muy útil a la dictadura y que tal vez aspiraba a muchísimo más. Aunque dudo que Leal habría podido conseguir el poder absoluto, una vez desaparecidos los Castro I y II.

La pieza para mover y darle relevancia internacional a Mariela Castro, que es a la que quieren aupar como posible sucesora, podía haber sido sea Eusebio Leal, que es quien poseía conexiones para nada desdeñables, sobre todo en el mundo de la iglesia católica, y que sabía colarse en cualquier tipo de círculo, de hecho ya se había colado, sobre todo en esos círculos de la alta clase política y burguesa que se hace llamar de izquierdas, y también en la de derechas.

En resumen, en los círculos del poder político, y de las curias vaticanas. Allí habría llegado con el apoyo del que fuera embajador, Raúl Roa Kourí, entre otros. Su amistad con Carlos Manuel de Céspedes y con Jaime Ortega y Alamino también lo convirtió en un correveidile entre el poder y la iglesia, catapultándolo.

El mismo Alfredo Guevara se asombraba entonces de las habilidades de Leal Spengler, cuando todavía no había ni empezado a ser aceptado. De todo, de lo más mínimo, hacía un combate medieval, una batalla en la que iba armado como un gladiador, y de cada combate, sacaba una gloria personal, pero no le quedaba más remedio que poner esa gloria personal a favor del castrismo.

Los Diarios de Carlos Manuel de Céspedes, tardaron en publicarse, Castro I se negaba a ello, argumentando que de hacerlo se correría el riesgo de que las luchas intestinas que Céspedes señalaba en ellos podían ser comparadas e interpretadas por las que él mismo vivía en ese momento contra otros dirigentes, pero en realidad, a mi juicio lo que le molestaba era que en aquellos diarios apareció, por azar, esa frase tremenda de Céspedes: “La historia dictará su fallo”.

Lo que lo convertía a él en muy poco original con respecto a aquella frase suya del Moncada, o tal vez le molestaba que habiendo existido esa frase escrita tan poéticamente y muy anteriormente por un cubano y nada menos que por el Padre de la Patria, en un momento histórico que a él le hubiera convenido mejor, hubiera tenido que ir a copiársela a un tal Adolf Hitler. Leal se las apañó para convencerlo de lo contrario y por fin fueron editados los diarios en Colombia por primera vez –años más tarde en Cuba-, con un prólogo de Leal con el que se quedó endeudado de la pluma y el talento de algunos que trabajamos en la sombra.

Después de haberme acabado la vista con esos Diarios, mi nombre apareció apenas en letras muy pequeñas en los agradecimientos, entre el nombre del pobre Zayas, al que yo veía cada noche, escondido en la esquina entre Tejadillo y Villegas, contemplar a moco tendido el derrumbe de la estatua de su padre, mientras existió el Parque Zayas. Los demás en primer lugar, claro está. Y eso, en la edición colombiana, en la publicación cubana no existo.

Sí, Leal Spengler fue un hombre de mucho cuidado, pero también fue un hombre muy débil, porque el poder al que tanto aspiró, o los representantes desde hace más de medio siglo de ese poder, le sabían demasiados secretos.

Algunas de esas intimidades ya no tendrán valor ni actualidad, porque forman parte de la vida de un hombre muerto, que no tomó la pistola que guardaba en su escritorio para suicidarse a la edad en que murió Martí como tantas veces pronosticó que haría, pero sí le conocen otras debilidades de mayor peso que forman parte de la historia de su ascensión política y familiar, como escalador en esa soga podrida y frágil del poder, que en un país totalitario y castrista, un día se podría enrollar inesperadamente alrededor de unos cuantos cuellos. Eusebio fue el leal equivocado.

(Por ninguno de los trabajos fui remunerada. Eusebio Leal imprimió una litografía numerada, de un poema mío dedicado a Carlos Manuel de Céspedes, con un dibujo de un pintor del Taller de Grabados de la Plaza de la Catedral, lo que consideré una atención a mi trabajo.) Nota de la autora.

Etiquetas: , , ,


Para seguir leyendo hacer click aqui­ ...

jueves, mayo 21, 2020

Videos de Zoé Valdés en Zoeños de la Razón: Gastón Baquero y otros poetas…

Nota del Bloguista de Baracutey Cubano



 Detrás y casi al centro reconozco a Gastón Baquero, quién también publicó en la revista Orígenes pero que fue condenado al ostracismo por el Castrismo pues se fue poco después  del triunfo de la Revolución.  Gastón Baquero era del interior del país (guajiro),  pobre, mulato y homosexual y llego a ser Jefe de Redacción del Diario de la Marina, del cual se dice que era el diario o periódico más conservador de Cuba ¿Eso  no va en contra de lo que dice  la propaganda  Castrista respecto a lo que fue la República de Cuba antes de  la Robailusión Castrista? . Comentario del Bloguista de Baracutey Cubano


cervantesvirtual
4 de diciembre de 2018
Orígenes: Gastón Baquero



Entrevista a Cintio Vitier y Fina García Marruz, miembros del Grupo Orígenes de la literatura cubana. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Literatura y poesía cubana. Vídeo. Entrevista. Cuba. Alicante. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Contenidos:
- 0:00 Gastón Baquero, dos líneas literarias
- 1:01 Gastón Baquero, pieza fundamental del Grupo Orígenes

*****************

Zoeños de la Razón: Gastón Baquero y otros poetas…

Parte 1


Parte 2

*********
Nota del Bloguista

Gastón Baquero tenía ¨en su contra¨ cuatro supuestos estigmas para la Cuba anterior a 1959: ser de raza negra, campesino (para la mayoría de los residentes de La Habana, y sobre todo para aquellos habaneros de primera generación, ser de Banes y de cualquier pueblito del interior de Cuba es ser campesino), pobre y homosexual. En lenguaje peyorativo de la época, Gastón Baquero se diría que era: ¨negro, guajiro, 'muerto de hambre' y maricón¨ , o sea, ¨la última carta de la baraja¨; sin embargo, Baquero llegó a ser Jefe de Redacción del Diario de La Marina, el más importante diario o periódico cubano de Cuba. El gran poeta y ensayista Gastón Baquero es un ejemplo de que con talento y perseverancia se salía adelante en aquella anterior República tan vilipendeada por los Castristas.

Por cierto:

¿ Cuántos Jefes de Redacción negros ha tenido: Granma, Juventud Rebelde, Trabajadores o cualquier diario de provincias después del triunfo revolucionario de 1959 ?. Yo no he conocido a ninguno...
**********************


Texto de Gastón Baquero, Diario de la Marina, 19.4.1959



Al iniciar un viaje que por muchos motivos puede denominarse de vacaciones, consideramos obligado ofrecer a los lectores amigos los otros se lo explican todo a su manera algunas consideraciones sobre la actitud de este columnista antes y después del 1º de Enero.

Veníamos en silencio, sin escribir, desde la aparición de la censura. Meses y meses previos al desenlace de una etapa histórica, nos vieron callados, y posiblemente interpretados por algunos frívolos o por algunos ciegos apasionados como indiferentes a un dolor patrio o como partícipes de la mentalidad y ejecutoria que producía esos dolores. A cada cual su juicio, su interpretación, su creencia, que sólo puede modificarla el tiempo. Es inútil razonar contra los prejuicios.

Las personas de nuestra manera de pensar nos veíamos cada día más arrojadas a un callejón sin salida. Estábamos contra el crimen y la violencia, pero no podíamos irnos con la revolución. Comprendíamos que ya la tragedia cubana avanzaba con violencia arrasadora y que no tenía nada que hacer la voz del periodista, y menos si éste pertenecía a la ideología conservadora. Se habían gastado las palabras persuasivas, los llamamientos al cese de la lucha, las apelaciones a buscar una salida incruenta. La palabra pertenecía a las armas, que no se han hecho para propiciar el entendimiento. A quienes no podíamos ni aplaudir lo que ocurría, ni dar por bueno lo que venía, no nos quedaba otra postura que la del silencio. Y al silencio fuimos.

Los tiempos cubanos, como los de casi todos los países en esta hora del mundo, se inclinaban visiblemente hacia las soluciones extremas. Muchos creían que se gestaba simplemente la caída del gobierno con su reemplazo por otro mejor, pero adscrito en definitiva a una línea jurídica, económica, social, política, dentro de una tradición inaugurada en la Carta Magna de 1940. Quienes veíamos que la nueva generación iba mucho más allá, y propugnaba una revolución y no un simple cambio de gobernantes abogábamos, por no tener fe en las revoluciones, por salidas de otro tipo, que eliminaran el gobierno malo, pero que no abrieran la terrible incógnita de una revolución social siempre más radical y profunda de lo que ¨afortunada o desdichadamente¨ Cuba puede y debe intentar en esta hora.

¿Y por qué no tenemos fe en las revoluciones? No es porque ellas produzcan trastornos, lesionen intereses, vuelquen las costumbres. No tenemos fe en ellas porque siempre se fijan tareas que requerirían la asistencia de grandes genios, la milagrosa autoridad de ángeles y santos para cambiar de la noche a la mañana la naturaleza humana. Las revoluciones quieren hacer por decreto que en un instante se precipite el progreso, y nazca el hombre nuevo y surja por encanto la ciudad soñada. Su gran paradoja consiste en que no quiere dar al tiempo lo que es del tiempo, ni al hombre lo que es del hombre, sino que intenta saltar, a pies juntillas, por encima del tiempo y del hombre para llegar de una vez a la meta teóricamente fijada. Provocan sufrimientos y conmociones que alteran a fondo y por mucho tiempo el desarrollo normal y seguro, el avance lógico y humano hacia el mejoramiento constante de las formas de vida. Quiere la perfección de la noche a la mañana y es en definitiva una noble pero trágica terquedad ideológica, soberbia intelectual, que quiere desconocer la naturaleza humana y piensa que las grandes ideas, el afán por la justicia, la sed de verdad, no han aparecido en el mundo porque a éste le han faltado revolucionarios. La historia muestra que los revolucionarios han contribuido como nadie a la aparición de nuevas ideas, de mejoramiento y de justicia, pero que los revolucionarios, cuando triunfan, ya no saben sino saltar hacia el porvenir, de un golpe, ignorando la dura materia del tiempo y la fuerte resistencia del hombre. Mientras no llegan al poder son un bien, pues traen el fermento de la inquietud y el aguijón del progreso.

(Gastón Baquero en su Exilio en Madrid)

El progreso cubano culminó, como se sabe, en la fuga del dictador, en la impotencia de la junta militar, y en el ascenso al poder de la juventud partidaria de la revolución. Los caracteres ideológicos de ésta no fueron nunca disfrazados por sus dirigentes. En el manifiesto dado por el Dr. Fidel Castro en diciembre de 1957, al desembarcar en Cuba, están contenidas todas las ideas que hoy se van convirtiendo en leyes. (Nota de Mons. Carlos M. de Céspedes: el desembarco del Granma tuvo lugar el 2 de diciembre de 1956, no de 1957; a qué manifiesto se está refiriendo Gastón, ¿no será acaso a La Historia me absolverá, manifiesto pronunciado por el Dr. Fidel Castro en el juicio por el asalto al Cuartel Moncada y al Cuartel Carlos Manuel de Céspedes, en 1953?). Si algún capitalista se engañó, fue porque quiso; si algún propietario pensó que todo terminaría al caer el régimen, pensó mal, porque claramente se le dijo por el Dr. Castro que todo comenzaría al caer el régimen; y si alguna persona alérgica a las grandes conmociones económicas y sociales siguió y ayudó al Movimiento, creyendo que éste venía solamente a tumbar a Batista, pero no a cambiar costumbres muy arraigadas en la organización económica y social, se equivocaron totalmente o no leyó con atención aquel manifiesto. El Dr. Castro no ha engañado a nadie, aunque mucha gente conservadora y enemiga de las convulsiones le siguieron sin preguntarse detenidamente hacia donde la llevaban.

Y como este columnista no fue ni es partidario de las revoluciones, ni de las transformaciones violentas de la estructura social (lo que no quiere decir que permanezca indiferente ante los males y renuncie a la superación de estos por medios que le parecen menos dañinos y más duraderos), no creyó nunca que se debió abandonar los esfuerzos para poner fin pacífico y no revolucionario a los horrores que Cuba padecía. Por supuesto que esta idea no sólo fue derrotada por los hechos lo que es mortal para una idea sino que se prestó y se presta a las interpretaciones más agresivas y mortificantes sobre el origen de la actitud.

Al triunfar la revolución no faltaron los atolondrados que seguían creyendo que por haber sido más o menos antibatistianos eran ya suficientemente revolucionarios. No veían que el 1º de enero, volado ya el posible puente de una junta militar delicia de los que querían dinamitar la casa, pero sin derribar las paredes ni el techo, Cuba entraba a vivir una etapa histórica absolutamente distinta. Esta etapa iba a requerir una nueva mentalidad en las clases, en los ciudadanos, en el Estado, en las costumbres, pero muy pocos lo sospechaban.

Al principio, todo fue júbilo. La caída de una dictadura que cometió tan terribles errores y realizó tantos horrores, fue ocasión justificada para el desbordamiento oceánico de alegría pura y sincera, sin diferencia de clases ni de individuos. Todos eran felices porque había caído la tiranía; pero muchos no sospechaban siquiera que recibían entre palmas una revolución social. Ya de Batista estaban hasta la coronilla los más tenaces batistianos. El río de sangre, la inseguridad para la vida y la propiedad, la censura de prensa, el imperio del terror como norma de gobierno, habían llegado a sensibilizar hasta a los reacios al dolor ajeno. Cuba había apurado el límite de la resistencia física y de la resistencia moral. De todos sus sufrimientos parecía librarse, en jubilosa catarsis, cuando ofrecía enardecida a los revolucionarios victoriosos el laurel de la gratitud y el aplauso de la admiración. Y como en 1902, como en 1933, como en 1944, el pueblo cubano se dispuso a iniciar de nuevo el camino hacia la honradez administrativa, la libertad ciudadana, el respeto a los derechos, la desaparición de los privilegios, y la vida reglada por la paz, la cultura y el progreso.

¿Cuál era la actitud correcta de quienes no creímos en la revolución y no hicimos por ella nada, aunque tampoco hicimos, en conciencia, nada contra ella? A nuestro juicio, lo decoroso, lo justo, era el silencio. Fácil nos hubiera sido, de quererlo, y pese al riesgo de esa burla, presentarnos en pose demagógica, arrojando flores al paso de los vencedores. ¿No es esto lo usual?¿ No hemos presenciado el desfile ignominioso de los incorporados, de los revolucionarios del 2 de Enero, de los radicales que no tienen mucho que perder y de los conservadores y hasta reaccionarios disfrazados de dantones? Quienes comprendimos que el 1º de Enero se iniciaba en Cuba una etapa de gran conmoción social, de renovación que iba mucho más allá de lo imaginado por tantos y tantos que confunden revolución con antibatistismo y sentíamos que esas nuevas ideas triunfantes no eran las nuestras, no podíamos hacer otra cosa que callarnos y dejar que la revolución misma se abriese paso entre las clases sociales, perfilando su real fisonomía y declarando paladinamente a quienes aún vivían engañados cuáles eran sus verdaderas proyecciones.

Ahora nos encontramos en el ápice del despertar. Aquella señora que compró sus bonitos del 26, no soñó que la revolución le iba a rebajar el 50% de sus rentas por alquileres; aquel industrial que por ideología o por miedo abrió sus arcas, creyó que tenía adquiridos títulos revolucionarios y subsiguiente influencia; aquel sacerdote que hizo de su sotana un manto de piedad para salvar vidas de jóvenes acosados y de su Iglesia un centro de conspiración, creyó que se tendría en cuenta su filosofía de la sociedad y de la vida. Cuantas ilusiones, esperanzas, elucubraciones y cálculos han fallado. Pues llegó la revolución de veras, radical, inflexible, sin compromiso ante sus ojos y anhelosa de llevar a cabo un enorme cambio, un programa descomunal de contenido económico y social, que ha venido gestándose en la mente de los cubanos revolucionarios desde los mismos años inaugurales de la República. Llegó la revolución en la que no tienen cabida el perdón de los errores, el pensamiento conservador, la doctrina tradicionalista ni el conformismo acomodaticio que, es cierto, ha frustrado tantas esperanzas del cubano.

Al chocar frente a frente con la realidad, muchos se han asustado. No sabían que una revolución era así. Pues así, y más, son las revoluciones. Por eso ante ellas, quienes no tenemos vocación política y no nos inclinamos a participar en movimientos contrarrevolucionarios por mucho que la revolución nos persiga, no sabemos hacer otra cosa que ponernos al margen, dejar pasar el poderoso torrente y desear, sin el menor resentimiento, que triunfe y se consolide cuanto sea bueno para Cuba, y que se disuelva rápidamente en el vacío cuanto pueda ser un mal para esta tierra de la cual pueden incluso hasta arrojarnos, pero no pueden impedir que la amemos con la misma pasión que pueda amarla el más revolucionario de sus hijos.

Al iniciar este viaje, lector, dejamos en manos de nuestro querido Director y amigo, José Ignacio Rivero, hombre cristiano, hombre de carácter, nuestro cargo en el DIARIO DE LA MARINA, de Jefe de Redacción, que tanta honra nos deja para siempre. Comprendemos que hay momentos en los cuales pueden ser confundidas, con daño para lo que más importa que es el DIARIO, las actitudes personales, las ideas propias, con las actitudes del periódico. En medio de la pasión, del asombro de las clases, del choque ideológico inesperado, tiene por ahora poco que hacer un periodista verticalmente conservador, un derechista en tiempos de derrota para las derechas. Cabe la adaptación sinuosa, o cabe el combate. Aquella es lo innoble y éste es lo absurdo. Desde lejos hablaremos, en tanto Dios provea otra cosa si nos da venia para ello el Director y si no se oponen ciertos defensores de la libertad de pensamiento¨, de otras tierras, de otros cielos, de otros personajes. Posiblemente, con toda posibilidad, volveremos de un modo o de otro a defender aquellas ideas en las cuales creemos sobre la sociedad, la economía, las relaciones humanas, la libertad frente al comunismo esclavizador, ideas de las que nos sentimos orgullosos, por maltratadas, incomprendidas y vilipendiadas que hoy se hallen. El mundo las necesita, aunque no quiera verlo. El miedo a defender las ideas que van contra la corriente o que son estigmatizadas como nocivas, es la mayor de las cobardías. Vale más morir junto a una idea vencida, en la cual se cree todavía, que uncirse al primer carro victorioso que pasa, renunciando a tener ideas, a defender una ideología, a proclamar la visión propia y sincera que se tiene de los hombres y del mundo.

Etiquetas: , , , , , , , , , ,


Para seguir leyendo hacer click aqui­ ...

viernes, marzo 20, 2020

Zoé Valdés sobre coronavirus chino de la China Comunista y etcétera y demás y plantea que la China comunista debiera ser duramente sancionada tras esta experiencia que dará al traste nuevamente con la economía mundial.


Zoé Valdés sobre coronavirus chino de la China Comunista y etcétera y demás

************


Medidas serias contra China y el comunismo

*********
La China comunista debiera ser duramente sancionada tras esta experiencia que dará al traste nuevamente con la economía mundial.
*********

Por Zoé Valdés
2020-03-20

Una vez más, la China comunista pone al mundo en jaque, a un nivel de peligro inédito. Podíamos imaginar que algo de esto llegaría, y todavía se puede suponer que hay posibilidades para que acontezca algo peor.

La generosidad de algunas empresas chinas tras la plaga que en estos momentos azota al mundo es cuando menos sospechosa. No debemos dar absolutamente ningún crédito, y mucho menos ahora, a todas esas raras donaciones que han comenzado a abundar en medio del caos, con no sabemos qué intenciones y proyecciones.

Para colmo, la abducida prensa nos vende como actos de generosidad estos vergonzosos actos de mezquindad que sólo confirman un anhelo como mínimo egoísta de no ser observados y mucho menos significados como lo que son, como los malos de la película, y así continuar vendiendo al mundo sus nefastas copias y sus porquerías venenosas, que sólo representan el trabajo esclavo de millones de chinos, la continuidad del sistema opresor sino-comunista con su máscara de capitalismo-socialismo, y el exterminio de la economía occidental, y cuidado también de Occidente.


En medio de la plaga, han sido capaces de anunciar a bombo y platillo una vacuna, cuya base es una droga que ya había sido creada en Japón en 2014 con el objetivo de detener todas las plagas que la China comunista ha creado desde entonces, y también el ébola. Sin ningún tipo de escrúpulos, la prensa occidental (aunque no toda, sí la gran mayoría) se toma esto como un gesto bondadoso de los comunistas chinos, y nos lo introduce en el cerebro como una gran acción de quienes nos han inoculado su pandemia. Cuánta infamia.

El caso es que la China comunista debiera ser duramente sancionada tras esta experiencia que dará al traste nuevamente con la economía mundial, nos conducirá a una crisis sin precedentes y, lo peor, arrebatará una enorme cantidad de vidas de personas que hasta hace poco gozaban de buena salud. Es inadmisible, una vez más. El mundo debe despertar de esa anestesia que se llama comunismo, mantenga los rostros que mantenga.

En medio de la que está cayendo, en España al partido comunista Podemos no se le ocurre otra cosa que armar una cacerolada en contra del Rey y de la Monarquía. Francamente, creo que no hay que esperar a que la plaga sea cosa del pasado, si es que lo logramos, para pedir la dimisión inmediata de los responsables de esta lamentable situación, del Gobierno en pleno, y de toda esta gentuza que no hace más que trepar valiéndose de las desgracias y de las épocas de crisis.

Pero pienso más, es hora de prohibir de inmediato todos aquellos partidos cuya ideología se hermane con el comunismo. Es hora de prohibir al partido Podemos en España y a todos sus iguales o símiles en Europa, tal como se ha venido haciendo en la mayoría de los países excomunistas del Este europeo.

El comunismo sólo trae desgracias, infortunios, plagas. Recuerden Chernobyl, observen ahora mismo nuestro Chernobyl, que es este Covid-19, que nos confina en una situación desesperante de Estado supra-totalitario.

No lo olviden. No hay que continuar actuando con manos tibias frente a ningún militante de Podemos. Vean lo que ha expresado una de sus discípulas en Lanzarote, la concejala Elisabeth Merino: "La naturaleza nos avisa de que hay muchos mayores y pocos jóvenes". A esta gente no les temblará la mano frente a nuestros mayores, sépanlo. Y me vale una porca miseria que después haya pedido disculpas, conocido es cómo este elemento sólo da marcha atrás para coger y renovar impulsos y arremeter con algo peor.

Nada de manos tibias, reitero. De lo contrario, un día nos encontraremos con paredones masivos de fusilamientos, después de haber presenciado los bárbaros asesinatos del Rey y de su familia, tal como ya lo perpetraron en el pasado en otras regiones del planeta.

Los líderes de la derecha y de una cierta independencia ideológica de la ultraizquierda deben tomar las riendas y entrar de una vez en acción e intervenir legalmente y provocar la prohibición inmediata de Podemos. Aunque primero que nada debieran reclamar sin ningún tipo de temores la dimisión urgente del Gobierno. Es una cuestión de vida o muerte.

Mientras tanto, en Cagonia, ex Cuba, el presidente puesto a dedo Miguel Díaz-Canel autorizó –después de ser autorizado por Castro II– que un barco británico tocara puerto llevando dentro a varios infectados por el Covid-19, no sin antes cobrar, por supuesto, la módica suma de 10 millones de euros. El histórico líder José Antonio, que impidió la entrada de un barco inglés en Cuba, y que entregó su vida para evitarlo, debe de estar revolviéndose en su tumba. Las empresas de turismo castro-comunistas, de paso, publicitan cada vez más viajes a la calurosa isla; no se cortan ni un pelo al anunciar que el virus allí sería sofocado por las altas temperaturas.

En fin, que, como se observa, los comunistas se frotan las manos, avizorando ya más ganancias que pérdidas. Al fin y al cabo, unos cuantos miles de chinos menos, si comparamos las poblaciones mundiales con la de ellos, resulta más bien, para sus ingratos sistemas, el mayor de los alivios.
**********
CORONAVIRUS: CONSEJOS DEL DR ALFREDO MIROLI SOBRE COSAS QUE NADIE TE HA DICHO


Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , , , , ,


Para seguir leyendo hacer click aqui­ ...